Disclaimer: Todos los personajes de Black Jack, del Manga y Anime homónimos, así como todas sus situaciones, son propiedad de Osamu Tezuka.

Nota de Autor:

Creo que este es el primer fic del Dr. Black Jack publicado en español. Está dedicado a una chica muy especial de Chile, Rancagua: Pamela (blackjack).

El enfoque de esta historia será en lo sobrenatural—con un ligero X-over de otras series de Tezuka—, aunque contendrá algo que vagamente se le podría llamar romance. Gran parte de la trama derivara del capítulo 'El Nacimiento de Pinoko," que es quizás una de aquellas instancias en que la serie raya en lo terriblemente oscuro y siniestro. Tono que se mantendrá en esta historia.

Para entender un poco más de Black Jack y Pinoko, les recomiendo leer "Lo Siniestro en el Noveno Arte" escrito por Pablo Nieto.

El presente fic explorará la respuesta a varias preguntas: ¿Qué es lo que Black Jack realmente siente por su asistente Pinoko?, ¿Por qué no ha decidido darle un cuerpo adulto a pesar de sus increíbles habilidades?, ¿Qué ocurrió con los extraños poderes paranormales de Pinoko, los cuales poseía cuando aún era una malformación en el cuerpo de su hermana gemela?

Bueno, aquí se intentará responder a todo eso, quizás no con la mayor delicadeza, ni con la mayor prontitud (ya que les aseguro que se ocupara mucho tiempo para llegar al final) pero espero que esta primera instancia sea de su agrado.


"En Tus Manos"

Capitulo 1: Rumores y reclamos

Un fic de Black Jack y Pinoko

por

Miriam Puente (Esplandian)

Kuroo Hazama, mejor conocido en los círculos de la medicina cómo el genial pero clandestino doctor Black Jack, había amado sólo una vez en su juventud. El romance empezó y terminó con un solo beso; y desde entonces, decidió no depositar su afecto en ningún otro ser humano por lo que le restara de vida.

Siempre había sido cuidadoso de no desarrollar afección alguna por alguien, en especial por una mujer. Pero poco a poco, y sin darse cuenta, —de la forma más inesperada—, el amor llamo por segunda vez a su puerta. Ya no era aquel que llego en su juventud, cuando aún era un interno, sino aquel tipo de amor que imperceptiblemente florece en el corazón como una flor salvaje; por eso no le reconoció.

Le daba la extraña impresión de que había estado con Pinoko siempre, tanto que era esencial para él. Ella era una mujer en el cuerpo de una niña. Si bien su comportamiento era infantil la mayor parte del tiempo, no lo eran sus intuiciones y habilidades a la hora de asistirle. Ya el personal del hospital se había acostumbrado a Black Jack y a su enfermera Pinoko, aunque no por ello seguían admirándose de aquel par tan inusual.

Aquella cicatriz que recorría el joven y apuesto rostro desde la frente hasta la mejilla izquierda, la cabellera azabache dividida por un mechón blanco y aquel anticuado traje victoriano—negro como la reputación del doctor—, contrastaban con la belleza perfecta e inmaculada de la alegre niña de cabello cobrizo. Los jóvenes internos siempre mostraban sorpresa cuando estos, al preguntarle a la pequeña si era su hija, recibían como respuesta que era la esposa del oscuro doctor. El doctor pos su parte, no asentía ni negaba aquella afirmación.

Más se sorprendían los jóvenes al ver a la niña asistir al habilísimo doctor en las operaciones; y aprendían que era sabio no preguntar nada relacionado con la vida personal de aquel siniestro personaje.

Murmuraciones, rumores, a eso se reducía su existencia para quienes le rodeaban en los fríos pasillos de aquel hospital. Black Jack, el hombre con las manos de Dios; un vampiro de la medicina que exprimía hasta el último céntimo de sus opulentos clientes.

Los doctores temblaban al verle entrar al quirófano. "Debe ser un demonio. Un brujo," exclamaban con una mezcla de asombro y envidia al ser testigos de su renombrada destreza y acierto con el bisturí. Al final del día, se sentían aliviados de entregarle un maletín con la cuota acordada.

Black Jack parecía distante, quizás hasta prepotente en su trato con ellos. Solamente Pinoko le conocía lo suficiente para comprenderle, pero aún cuestionaba al doctor por sus motivaciones para permanecer cómo una leyenda negra. Sus buenas acciones ella las conocía, su dedicación a los pacientes, su bondad para quienes no podían pagar sus servicios, su eterno aire de tristeza, y su casi imperceptible dulzura.

No tardaron Black Jack y Pinoko de salir del hospital.

—Pinoko, déjame ayudarte con eso. Tu cuerpo artificial no resiste tanto esfuerzo.

Ushted bien shabe que necechito el ejercicio. Esfuersho o no, no shaldre de este cashcaron sin él— replicó Pinoko mientras terminaba de subir el maletín del doctor a la parte trasera del auto.

—Bien, haz lo que gustes.

—Chenchei, dijo que había poshibilidades de que me diera una nueva prótesis.

—Eso depende de cómo te desarrolles en estos próximos diez meses. Aun así, esta clase de esfuerzo no contribuirá mucho que digamos, pero si quieres persistir, bien por ti.

— A veches creo que sholo lo dice para moleshtarme. Tengo añosh en eshte cuerpo, y sabe que quiero ser adulta— se ajustó el cinturón de seguridad enérgicamente.

—No entiendo cuál es la fijación por cambiar tu aspecto. A mí me pareces perfectamente bien tal y como eres—. Le contesto el doctor encendiendo la ignición del auto—. Aunque alguien se embellezca por fuera, no deja de ser quien es por dentro: No se puede cambiar la esencia de la persona.

—Tiene rashon. Pero usted no me notará hasta que no tenga una apariencia de adulta—. Pinoko se volvió a él de la forma más intensa posible, al mismo tiempo de que trataba de modular su voz para parecer más madura—. Al menos no de la forma en la que quisiera que usted me notara.

—No digas tonterías. Eres básicamente la única compañía femenina que he tenido en toda mi vida, que más atención podría darte.

Chenchei, puede que ushted sea un genio… ¡Pero a veces es de lo más despishtado!

No cruzaron palabras durante el transcurso del viaje. Black Jack se estaba acostumbrando a los constantes roces con Pinoko desde hace meses, a sus desplantes, a sus silencios; parecían un viejo matrimonio disfuncional. Siempre era más sencillo dejarla ser que afrontar todo aquello. Además, tenía una larga lista de pacientes en lista de espera. Algunos eran casos verdaderamente fascinantes; otros, mero producto de la vanidad humana. Por suerte, esta vez no había ninguna urgencia real. Igual, tenía muchas otras cosas en que ocupar su mente que no fueran los berrinches de su asistente.

La carretera. La lluvia. El camino a casa era largo…