IN FRAGANTI

Por: Tita Calderón

CAPITULO XLIX

- ¡WILLIAM!

Aquella voz retumbó como trueno en las paredes y se extendió por todos los rincones de la casa.

- ¡WILLIAM!

Las palabras cargadas de terror desgarraron la quietud de la estancia y perforaron el profundo silencio que reinaba en aquel momento.

- Albert, no está tía – le recordó Candy – Se fue con el administrador en la mañana.

- ¡Virgen Santísima! – se llevó las manos al pecho – ¿Tenía que ir justo hoy? ¡Cuando más se le necesita! – la pobre anciana estaba a punto de sufrir un paro cardiaco masivo.

- No podía saber que el bebé nacería cuando no estuviera – lo defendió Candy.

- ¡¿Qué vamos a hacer?! – se preguntó horrorizada llevándose las manos al rostro.

- ¿Y si llamamos al doctor? – sugirió Candy mirando el piso mojado alrededor de sus pies.

Respiró hondo, ella era enfermera y sabía que en estos casos lo mejor era conservar la calma. Respiró hondo tratando de no entrar en pánico mientras su corazón se agitaba en medio del terror y la emoción ante el inminente nacimiento de su bebé.

- Será lo mejor. – Elroy estaba más pálida que un cadáver, su sobrino-nieto estaba por nacer y ella jamás en su vida había visto romperse el agua de fuente a nadie.

- ¡Dalia! - llamó desesperada a la mucama - ¡Ben! – llamó al mayordomo.

Prácticamente la mucama y el mayordomo se materializaron de ipso facto apenas escucharon los gritos de la anciana.

- ¡Vayan por el médico y por William! ¡El bebé va a nacer!

Pese a que sabían que este momento llegaría, se les abrieron los ojos con pánico.

- Enseguida señora.

- Y por Bethia – añadió Elroy revoloteando alrededor de Candy sin saber muy bien que hacer.

- Si señora.

- Y por la cocinera, para que prepare agua caliente.

- Si señora.

- ¡Vayan por todo el mundo!

- Si señora.

- Dalia, tu no, tu ayúdame a llevar a Candice a la habitación.

- Si señora.

- ¿Y usted que hace aquí parado? ¡Muévase!

- Si señora.

Albert estaba terminando de rodear los límites de la propiedad cuando vio a la distancia al muchacho de las cuadras acercarse a todo galope.

- ¡Señor Andrew! ¡Señor Andrew! - gritaba el muchacho mientras se acercaba tratando de llamar la atención en la distancia.

Le bastó apenas un segundo para saber que algo pasaba.

- La señora, rompió una fuente pero no tiene dolores y me mandaron por usted por el bebé.

Albert tuvo que ordenar las incoherentes frases del muchacho.

- ¿Ya va dar a luz mi mujer?

- Eso creo…

- ¿Fueron por el médico?

- Si señor.

Albert se subió casi al vuelo al caballo y cabalgó como si le persiguiera el diablo.

Al llegar a la casa vio un revoltijo de gente en medio del caos.

- ¿Ya nació? - preguntó preocupado a Ben que estaba dando órdenes a diestra y siniestra

- Aun no señor, llegó a tiempo – dijo el mayordomo visiblemente aliviado de ver a su señor de regreso.

- ¿Ya vino el doctor?

- Sí señor, acabó de llegar, ya está con la señora. Yo mismo fui por él.

- Gracias Ben.

Albert subió y vio a la tía Elroy caminando nerviosa y sosteniendo en la mano un rosario.

- ¡Al fin llegaste! ¡¿Cómo se te ocurre salir precisamente hoy?! – descargaría con él toda su frustración. - ¡Tu hijo está por nacer!

- ¿Cómo está Candy? – obvió los reclamos y se enfocó en lo importante.

- Se le rompió el agua de fuente y luego le empezaron los dolores, Bethia acabó de llegar y me sacó del dormitorio. Yo voy hacer la abuela directa de ese bebé y Bethia me sacó – se quejó Elroy - ¿A dónde vas?

- A ver a Candy.

- No puedes entrar.

- Mi hijo está por nacer y mi mujer me necesita.

- Mírate, vas a ensuciarlo todo.

Albert se miró, a pesar de todo, su tía tenía razón.

- ¡Maldición!

- No maldigas y ve a cambiarte. No querrás conocer a tu hijo pareciendo un jornalero.

Por suerte Ben ya estaba ahí, tras él, con ropa limpia y una cubeta de agua para que se aseara.

Más se demoró la tía Elroy en seguir maldiciendo a Bethia por sacarla de la habitación que Albert en estar listo.

- ¿Vas a entrar? - Elroy tenía fruncido el entrecejo. Entre Bethia y William estaban revirándole el hígado.

- Sí. – contestó más por consideración que por otra cosa. Su hijo estaba por nacer y su tía se ponía a estar cuestionando sus acciones.

- Eso es cosa de mujeres William, no hay lugar para ti ahí.

- Tía, por favor no empiece.

- William no te atrevas a entrar…

Pero las palabras de Elroy quedaron flotando en el aire, Albert entró sin esperar a que terminara de pronunciar su nombre.

- ¡Albert! ¡Llegaste! – dijo Candy en cuanto lo vio, casi sin fuerzas.

Su cara estaba bañada en sudor, su pelo recogido en un moño desordenado, llevaba un camisón y su cara reflejaba dolor y alivio al mismo tiempo.

- No puedes estar aquí – apuntó Bethia, que estaba junto al doctor. Por suerte sus manos estaban ocupadas con los instrumentos del doctor como para sacar a Albert de un brazo como lo había hecho con Elroy.

Albert no la escuchó, se acercó al costado de la cama y tomó la mano de Candy.

- Ya estoy aquí preciosa – besó su frente con infinito amor.

Una contracción acompañada de un fuerte dolor hizo que Candy cerrara los ojos con sufrimiento.

Albert tomó su mano, no podía compartir el dolor que ella sentía pero estaría ahí para ella.

- Ya viene, veo su cabeza – dijo el doctor luego de tres contracciones más – Puje un poco más señora.

- Tu puedes preciosa – dijo Albert dándole ánimo.

Candy tomó aire e hizo su último esfuerzo gritando a fondo y apretando con fuerza la mano de Albert.

Un llanto fuerte y claro inundó la habitación.

- ¡Es un varón! – dijo Bethia en cuanto el doctor sacó al bebé.

Candy derramó lágrimas de alegría, alivio y dolor en partes iguales, mientras pegaba su cabeza a la de Albert, que había enmudecido de emoción.

- Es un niño sano y fuerte – añadió el doctor luego de examinarle.

- Gracias Dios mío – dijo Candy cerrando los ojos.

Bethia les entregó al bebe luego de limpiarlo y arroparlo en una manta.

En cuanto Candy lo tuvo en sus brazos el bebé dejó de llorar.

Los dos se quedaron sin aliento por un instante viendo en vivo y en directo al fruto de su amor.

Al fin había un rostro tangible al que amar.

Ambos encontraron un poco del otro en su hijo.

Su hijo, esa personita tan pequeñita, frágil e indefensa estaba en sus brazos.

Y supieron que el amor si era tangible.

- Hola mi amor – dijo Candy con los ojos llenos de lágrimas de emoción, en cuanto lo tuvo en sus brazos, mientras Albert tomaba la diminuta mano de hijo.

- Es perfecto – comentó Albert en un susurro.

Era el ser más perfecto que había visto en su vida. Su cabecita calva, su rostro enrojecido y algo hinchado por haber nacido hace un par de minutos, era simplemente perfecto y hermoso.

- Se parece a ti – añadió Candy luego de un momento de mirarlo detalladamente y grabar en su memoria cada uno de sus rasgos.

- Es tan perfecto como tú. – insistió Albert.

Albert los envolvió en un abrazo, lleno de amor y protección.

- Será mejor que salga a darle la buena nueva a Elroy – dijo Bethia mirándolos con ternura – antes que Elroy siga pidiendo que mi alma arda en las llamas eternas del infierno.

Pero los recién estrenados papás apenas y la escucharon estaban fascinados escuchando los tiernos gemidos de su hijo y mirando con atención cada uno de sus movimientos.

.

- ¿Por cuánto tiempo vas a seguir con la mano estirada? – preguntó Neil con una mezcla de sarcasmo y buen humor.

- Por siempre – dijo Elisa mirando su anillo – ¿No es hermoso? – le preguntó sin dejar de mirar el anillo que brillaba en su dedo anular.

Neil quiso responderle que ese anillo no era nada comparado al anillo que Donald le había dado, pero calló al ver el brillo de felicidad en los ojos de su hermana.

Nunca la había visto tan feliz, ni enamorada.

Rezaba por dentro para que ese amor le durara para siempre porque si algún día se terminaba se daría de nariz contra el mundo.

- Supongo que si – contestó por educación - Ya sabes que los hombres no nos fijamos en esas cosas – mintió para no borrar su sonrisa.

- Ni el anillo que le diste a la víbora de tu novia es tan bonito.

- Por favor Elisa, no empieces.

- Digas lo digas este anillo es hermoso.

- No me refería a eso, sino a que la dejes de llamar víbora.

- Está bien, está bien – hizo con la otra mano un gesto despectivo – por haberme ayudado trataré de portarme mejor con ella. – ofreció – Debo reconocer – dijo con una ligera mueca – que si no fuera por su falsa amistad jamás hubiera conocido el amor de verdad.

- No empieces…

- Tranquilo – dijo meditando un poco – Total que casi ni la veré.

- ¿Estás segura que no echarás de menos esto? – preguntó Neil haciendo un gesto con la mano a toda la sala.

Elisa bajó la mano y miró a su alrededor.

- Sin Tom, todo esto pierde valor. – aseguró dando una mirada rápida a su alrededor para luego volver a poner atención a su anillo.

- Por todos los cielos, sí que has cambiado. - meditó Neil llevándose una mano al mentón.

- No sé cómo, ni cuando, pero cambié – corroboró con un suspiro.

Ahora su corazón estaba lleno de tanto amor que no había espacio para nada más.

- Disculpe señorita, el joven Stevens - anunció el mayordomo, dando paso al flamante, aunque algo campirano, novio de la ex estirada señorita Elisa.

- Tom – saludó Elisa en cuanto lo vio entrar y el mundo se le iluminó.

- Elisa – contestó Tom, con una tierna sonrisa, y mirándola como si fuera el hombre más afortunado del planeta.

Neil los miró, la mirada que le dedicó su futuro cuñado a su hermana calló todas sus dudas, era como si fuera una polilla encandilada por la luz.

No los hubiera ayudado sino hubiera estado convencido que este disparate de amor era algo tan real. Y si no hubiera comprobado las buenas intenciones del ranchero.

- No, Elisa, yo no puedo manchar tu reputación – le había dicho Tom enfático en cuanto Elisa le explicó el plan que tenía para que los dejaran casarse.

Si su tío y Candy se habían casado porque los habían encontrado in fraganti porque ellos no podían hacer lo mismo.

- Pero no será verdad, será una pequeña mentira para que mis padres acepten nuestro matrimonio.

- Yo te quiero bien, y si tengo que esperar para que acepten nuestro noviazgo, lo haré. Te amo, y haré todo bien. – había refutado Tom inquebrantable.

- ¿Es que no lo entiendes? Ellos nunca cambiarán de parecer. – los ojos enturbiados de Elisa mostraban la angustia que sentía.

Neil los miró, y decidió interceder.

- Pues, mi querido amigo, te tengo malas noticias, anoche escuché a mis padres decidir que enviarían a Elisa a Inglaterra mientras arreglan un noviazgo con un viejo socio de mi padre. – y no exageraba, después que Tom intentó pedir la mano de Elisa, sus padres se pusieron a buscarle novio debajo de las piedras.

Elisa y Tom lo miraron boquiabiertos.

- Si quieres casarte con mi hermana la única opción es que yo finja que los encontré "in fraganti", eso no les dejará otra opción a mis padres.

- Pero yo no puedo hacerle eso a tu hermana, mancharía su reputación.

Neil admiró a Tom por esa respuesta.

- Es eso o perderla – le dijo mirándole a los ojos.

Neil miraba como Tom se debatía entre el amor y sus principios.

Ganó el amor.

- ¿Qué tengo que hacer?

.

La casa en Escocia se llenó de flores y paulatinamente de cartas, telegramas, tarjetas de felicitaciones y regalos.

- ¿A dónde va, Ben? - preguntó Elroy al mayordomo al ver que se dirigía hacia las escaleras.

- Acabó de llegar la correspondencia.

- Démela.

Elroy ojeó la correspondencia que ya estaba clasificada por el mayordomo. Le gustaba leer los nombres de los remitentes. Contrastaban mucho los remitentes de las cartas de Candice con las de William, porque los de ella eran de familiares y amigos cercanos, mientras que los de William eran de empresarios, políticos e incluso del espectáculo, como acababa de leer en el sobre que sostenía en sus manos.

¿El gran actor, Terruce Grandchester, le escribía a William? No sabía que se conocían, pero seguramente así era, por la carta que sostenía en su mano.

En cuanto George había recibido el telegrama de William con la buena noticia, se lo contó a Eleonor y Eleonor a Terry.

Terry había sonreído levemente ante la noticia, pese a que la esperaba no dejó de sorprenderlo y aprovechó el gran acontecimiento no solo para felicitarles por el nacimiento de su hijo, sino también para darles la noticia que él y Karen también se convertirían en padres dentro de cuatro meses.

No cabía duda que el nacimiento del primogénito de los Andrew había sido un acontecimiento digno de mencionarse, no solo en las altas esferas de la sociedad, sino también entre los más humildes.

Margarita, la antigua secretaria de Albert, apretó con fuerza el periódico que daba la gran noticia, y lo imaginó a él cargando a su hijo, debía ser hermoso verlo así, porque William Andrew no era de los hombres que dejaran la crianza de un hijo solo a su esposa, como era la costumbre entre los hombres de aquella época y especialmente entre los de la alta sociedad.
Él era diferente, siempre sería diferente. Por eso se había enamorado perdidamente de él.

Suspiró hondo, una parte de ella siempre lo amaría. Pero ese amor siempre sería secreto, sobre todo ahora que había decidido darse una oportunidad con alguien para el cual no era solo una simple secretaría…

- William debe estar en la biblioteca – le dijo Elroy al mayordomo - yo le daré la correspondencia a Candice – añadió al ver que el mayordomo esperaba el resto de la correspondencia.

Elroy subió las escaleras y se quedó un momento mirando los remitentes de las cartas para Candice, como era su costumbre.

El primer remitente era Annie Britter. Seguramente eran detalles sobre los preparativos de la boda, aún faltaba algunos meses para el gran acontecimiento. Cuando el bebé cumpliera tres meses regresarían a América y se pondría a ayudar a Emma, la mamá de Archivald, en todo lo que necesitara para la boda.

Pero la carta a más de lo que Elroy imaginaba certeramente, Annie le contaba a Candy que su papá le había llevado al hogar de Pony para visitar a la señorita Pony, había sido muy lindo volver al lugar de su niñez y reencontrarse con sus raíces, porque pese a ser una Britter hoy en día, tenía claro que siempre sería una niña del hogar de Pony.

Reconocerlo le había llevado su tiempo, pero lo hizo más fácil cuando Archie le dijo que no tenía que avergonzarse de aquello, ya que gracias a eso, ella fue adoptada por los Britter y por eso ellos se conocieron.

El apoyo de Archie fue el empujón que necesitó para pedirle a su padre que la llevara al hogar de Pony.

El siguiente remitente era Patricia Cornwell: hubiera querido leer esta carta porque seguramente le contaba cómo les iba a los recién casados. Sin duda el matrimonio le había sentado de las mil maravillas a Alistear. Movió la cabeza ligeramente al recordar lo obsesionado que estaba Alistear con Candice y la vergüenza que tuvo que pasar cuando salía con alguna incongruencia a la pobre Candice.

¿De dónde habría sacado que estaba enamorado de ella?

Aunque ahora que conocía a Candice podía entender esa obsesión. Incluso Neil había caído bajo la bondad de Candice, y si regresaba un poco en el tiempo, incluso Anthony, su querido Anthony, había estado prendado de ella. El único que no había caído era Archivald, según Elroy, ignoraba que de todos sus sobrinos, el más enamorado fue Archie.

La carta de Patty no solo hablaba de lo bien que les iba como matrimonio, sino traía una grata sorpresa.

Estaban esperando su primer bebé.

- Felicitaciones – les había dicho el doctor cuando Alistear y Patty fueron al médico.

- ¿Por qué? – preguntaron sin saber bien que pasaba, si estaba enferma no entendían el porqué de las felicitaciones.

- Van a ser padres.

Stear se había quedado sin aire en los pulmones y Patty se había llevado las manos a la boca para ahogar un grito.

- ¿Qué haces Stear? - le preguntó Patty – Ven a dormir, ya pasa de la media noche.

- ¿Te desperté? Pensé que no estaba haciendo ruido

- No fue el ruido, sino fue por el frío.

- Lo siento. Es que estoy construyendo una cuna automática.

Patty abrió los ojos, primero se acostaría ella en esa cuna antes de poner a su bebé. Solo por si acaso…

Elroy casi se cae de espaldas cuando leyó la siguiente remitente, ignoraba que Elisa y Candy habían iniciado una amistad algo extraña, pero muy sincera por carta.

Miró de lado la carta, no quería que Elisa incomodara a Candice mientras se preguntaba que tendría que contarle Elisa a Candice.

Recordó que Sara estaba deshecha y mortificada imaginado a su hija viviendo en un rancho. Y para variar, en cuanto se casó con ese maldito granjero se había alejado de ella, y le escribía escuetas cartas sin mayor detalle. Neil era el único que le decía que no se preocupara por Elisa, que ella estaba donde quería estar.

Y Elisa era feliz, sumamente feliz con Tom, incluso se había adaptado a la vida en el rancho. No fue fácil al principio, pero su fuerza de carácter, enfocada a dar lo mejor de sí para ser feliz fue lo que necesitó para convertirse en la esposa que Tom necesitaba.

Elroy arregló las cartas en sus manos antes de encaminarse a la habitación de los recién estrenados papás. La puerta estaba media abierta y no se escuchaba ningún ruido. Tocó levemente con los nudillos pero la puerta se abrió sin hacer ruido dándole una vista panorámica de la enorme habitación.

Al fondo estaba una gran ventana por donde entraba a raudales la luz bañando de luz y calidez la habitación. Y ahí, a un costado estaba la gran cama y en ella estaban Candice, el bebé y William.

Los tres profundamente dormidos.

Sonrió llena de ternura al ver aquella imagen.

Los risos desordenados de Candice contrarrestando con la calvicie de su pequeño bebé y el corto cabello de William

Una imagen vino a su mente, una imagen algo parecida a esta, pero al otro lado del Atlántico y en una habitación más pequeña que esta.

Era la habitación de Candice, donde empezó todo, cuando los descubrió "In Fraganti".

FIN.


Notas de la autora:

No creí que llegaría este día, pero llegó, y no sé si llorar o reír. No saben lo lindo que fue escribir esta historia, porque al igual que Candy yo también me enamoré de Albert.

Les quiero contar algo, cuando escribí el primer capítulo, ya sabía cómo iba a terminar In Fraganti, tenía la imagen bien clara del final, pero no tenía ni idea que me llevaría 50 capítulos llegar hasta aquí.

No sé si dieron cuenta que este capítulo inicia como inició el primer capítulo. Esto también era algo que lo tenía en mente desde el inicio.

Y bueno, han transcurrido nueve años desde que empecé a escribir esta historia, y creo que es hora de ir hacia otros mundos, hacia otras aventuras, hacia otras historias. Pero antes de hacerlo, quiero darles las gracias por acompañarme a lo largo de todo este tiempo, por leer In Fraganti y soñar conmigo. Me ha llegado al alma ver la acogida que tuvo esta historia y como pasito a pasito superó los seis mil reviews, algo que no es fácil conseguir y, pese a la demora, estuvieron conmigo hasta el final.

"Gracias Totales", como diría Cerati.

Gracias mis queridas amigas y lectoras por leer In Fraganti. No saben cuanta gente linda conocí gracias a esta historia, amigas invaluables.

Gracias a Elisa, a Nerckka y a Chilenita por el reviewton que se idearon a mediados de esta historia para que me destrabara. Funcionó, porque sin ese incentivo no hubiera avanzado tanto en esta historia.

"Gracias a ti, que me dejaste un review luego de leer un capítulo. Yo esperaba tu review como tú esperabas un capítulo. Tus palabras significaron mucho para mí."

Gracias por sus mensajes llenos de cariño y de bendiciones y de buenos deseos para mi persona. No saben cuánto significaron aquellas palabras de aliento cuando perdí a mi papá y ustedes casi en forma masiva me mandaron sus condolencias y sus ánimos para que continuara. Gracias, gracias, gracias. Todos sus mensajes los tengo guardados en una carpeta especial. Y si alguna vez me siento desanimada los leo y me levantan el ánimo.

Gracias a las que leyeron en silencio.

Gracias a todos por su infinita paciencia y por creer en mí.

Gracias por todo.

Tita Calderón

Septiembre 2017