-ODIO DE CARMÍN-

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Dominique se miró furiosa al espejo y lo que le devolvió la mirada no le gustó demasiado. Desesperada, se restregó con fuerza la mano por los labios haciendo que gran parte del carmín rojo quedara esparcido por los alrededores, dándole el aspecto de una lunática desesperada. Las lágrimas de furia hicieron lo propio con la máscara negra de sus pestañas.

La ravenclaw gritó, amortiguando el ruido con su propio puño. Lo que menos le interesaba en aquellos momentos es que una Fleur histérica se asomara a ver qué era lo que pasaba.

¿Por qué tenía que ser todo así? ¿Por qué el mundo era tan injusto?

Llevaba su ropa, su perfume, su lápiz de labios y seguía sin ser ella, como bien se recordaban de recordarle cada vez que podían. ¿Qué era lo que tenía esa estúpida de Victoire que la hacía tan especial? ¡Maldita sea!

Un ruido la hizo volverse hacia la puerta del baño.

-¿Dominique? Es tu là?

-Oui, c'est moi –respondió cuando creyó que su voz no la traicionaría.

-¿Vas a tardar mucho? He quedado con Teddy dentro de media hora.

La niña descorrió el cerrojo y dejó pasar a su hermana. Victoire entró con una gran sonrisa en los labios que se borró en cuanto vio el aspecto tan lamentable de Dominique.

-¿Qué te ha ocurrido, petite? –preguntó sorprendida al mismo tiempo que mojaba la primera toalla que tenía a mano y la pasaba con cuidado por el rostro de su hermana y borraba los rastros de su última pataleta. –Con lo hermosa que eres.

En ese momento Dominique se la quedó mirando. Las manos de Victoire eran delicadas pero decididas y la sonrisa lánguida que lucía se le antojó de lo más apetecible. La rubia estiró la mano y comenzó a acariciar lentamente aquellos cabellos dorados mientras su hermana seguía con su trabajo. En cuestión de segundos, el odio se había tornado fascinación y algo demasiado próximo al deseo.

Desde que eran pequeñas, Victoire siempre había estado ahí para consolarla y cuando sus pieles se tocaban Dominique sentía que por fin estaba completa.

Conexión.

Las dos mitades de un todo.

La menor de las Weasley se elevó sobre las puntas de sus pies y acarició lentamente los labios de su hermana con los suyos propios. Sólo un segundo, quizás dos. Al fin y al cabo no era tan raro. Todas las hermanas se besaban.