Disclaimer: Obviamente, todos los personajes –excepto unos pocos- pertenecen a Stephenie Meyer. Yo sólo echo a volar la imaginación, disfrutando con el universo que ella ha creado.

A/N: La historia está narrada bajo varios puntos de vista.

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Capítulo Uno: "Micaela"

PV Bella:

Una vez más, Alice me había arrastrado a otra de sus excursiones de compras a la ciudad. Debo reconocer que, a lo largo de estos quince inmensamente felices años como una miembro más de la familia Cullen, casada con Edward, he aprendido a disfrutar del exquisito gusto de mi hermana para vestirnos a toda familia. Pero en especial a mí. Yo soy su maniquí preferido. Un hecho altamente sorprendente si tenemos en cuenta que mi otra hermana es Rosalie Hale: rubia, 1'80 m., curvas de infarto… Sin embargo, Alice experimenta un placer lúdico resaltando cada uno de mis atributos.

Odiaba separarme de Edward, pero los chicos habían decidido ir a cultivar su último hobby adquirido, fruto del deseo de explotar al máximo las excelencias del paraje donde Esme había encontrado nuestro actual hogar: la pesca.

En mis primeros años de neófita me maravillaba descubrir lo intensas que parecían ahora las sensaciones que me causaba el mundo que me rodeaba, los colores, los olores, el tacto del viento sobre mi piel me fascinaba. Nada podía resultarme aburrido. Nada menos la pesca. Ni siquiera había intentado asomarme a ese mundo con Charlie, y no me sorprendió seguir encontrándolo igual de mortalmente aburrido en mi vida de vampira.

Pero los chicos habían encontrado en la pesca el hobby perfecto para tener sus "charlas hombre a hombre", término que naturalmente me sonaba ridículo en los labios de tres vampiros hechos y derechos. Así que mientras ellos pescaban, Alice había decidido aprovechar un momento de debilidad para llevarme de tiendas. Si yo no hubiera mencionado mi intención de visitar la librería, ella no me habría metido en el coche.

_ Alice, por favor… Necesito ese libro. Lo tengo encargado hace un mes, y será estupendo usarlo en Lingüística.- le recordé a mi hermana desde fuera del probador donde ella comprobaba que lo último en pantalones vaqueros –desteñidos y con calculados rotos a lo largo del muslo- merecía su aprobación. Era necesario no quedarse atrás en cuanto a la moda, para no "destacar" más de lo debido entre el resto de universitarios. Lo que Alice no parecía entender es que ella ya destacaba lo suficiente vistiendo a la última, al contrario que sus compañeros de la facultad de Informática.

_ ¡Ay, Bella! Si ya entregaste el trabajo, no entiendo por qué te empeñas en tener ese manual, y además en francés…

_ ¿Te pregunto yo por qué has comprado tres portátiles en menos de tres meses?- ataqué a la desesperada, consiguiendo mi objetivo: la cabeza de Alice emergió entre la cortina del probador. Su ceja izquierda graciosamente levantada indicaba que acababa de tener una idea.

_ Hagamos un trato.- propuso entornando peligrosamente sus ojillos dorados-. Yo termino las compras y te espero aquí. Tú puedes ir a esa librería,

_ ¡Gracias, Alice!- interrumpí radiante y di media vuelta para huir de allí cuando oí su voz continuar la frase.

_ Si…

_ ¿Si?- pregunté sabiendo lo que me esperaba. Ella había dicho "hagamos un trato".

_ Si me dejas que te compre el vestido que tan alegremente has vuelto a colocar en su percha.-concluyó con tono triunfante.

Suspiré. Me gustaba la comodidad. Ese "vestido" que yo tan alegremente había vuelto a colocar en su percha era una blusa de seda de cuello halter con un delicado estampado floral en tonos azules, malvas y rosados, que en un cuerpo como el de Rosalie habría encajado a la perfección, como la blusa que era. Sin embargo, yo era un poco más bajita y eso hacía que la prenda me quedara larga, lo suficiente para servir de camisón cortito. Pero Alice se había empeñado en que con unas sandalias –de altísimo tacón, por supuesto-, podía ser un conjunto de lo más sugerente.

Rodé los ojos dándome por vencida. A fin de cuentas, siempre podía buscar un cortísimo maxicinturón de los que se llevaban por la universidad y aportarle un poco más de tela al conjunto. Sostuve la percha en alto tratando de imaginar el efecto final, cuando la risilla complacida de mi hermana llenó la tienda.

_ Tú ganas, por supuesto.- contesté colgando la percha de la barra del probador donde Alice aún estaba metida, y saliendo de la tienda, mientras la oía canturrear tan bajito que sólo nosotras éramos conscientes del comentario.

_ Acabarás dándome las gracias.

Suspiré. Siempre acababa dándole las gracias. Alice parecía encontrar una diversión fascinante en provocar las hormonas de mi marido. Más de una vez me había preguntado si no se sentiría incómoda "viendo" antes que nadie las pícaras decisiones que su elección de mi guardarropa hacían brotar de la mente de Edward, y de las cuales yo no podía quejarme. El tacto de esa seda sobre mi piel había sido…

Agité mi cabeza obligándome a volver a la realidad. Debía darme prisa si quería volver con Alice antes de que eligiera también las sandalias por mí.

La librería estaba a unas dos manzanas de la tienda de ropa, y el libro ya estaba encargado, así que no tardaría mucho. Crucé la calle haciendo caso omiso de las miradas alucinadas de los transeúntes y traté de concentrarme en el título de mi próxima adquisición: "Cours de linguistique générale » de Ferdinand de Saussure. Alice llevaba razón, yo ya había entregado el trabajo de Lingüística, utilizando una traducción moderna, pero Edward me había insistido en que, si realmente quería entender los razonamientos de Saussure, debía analizarlos en su idioma y no en el nuestro. Y no es que yo supiera francés, pero Edward había prometido ayudarme.

Ni bien entré a la librería advertí su presencia. Su aroma la delataba, pero parecía claramente atribulada.

_ No logro entend.. ¿Me oyes? Estoy en la calle… ¿Oye? ¿Oye? ¡Merda!

Una vampira italiana en una librería de Toronto. Sostenía una guía de la ciudad y un diccionario de bolsillo. Su atuendo era el de cualquier otro turista. ¿Alice no la había visto aparecer?

_ Disculpa, ¿puedes hacerme un favor?- me dijo de repente, mirándome esperanzada.

_ ¿En qué puedo ayudarte?- pregunté educadamente, sintiéndome de inmediato fuera de lugar. No lograba recordar cómo había llegado a aquella librería.

_ No soy de aquí. Intentaba decirle a mi amiga dónde venir a recogerme, pero mi móvil se ha quedado sin batería.- me explicaba aquella joven pelirroja en un inglés rudimentario.

_ Vaya, eso es una faena.- contesté mirándola embelesada.

_ ¿Me prestaría su móvil para continuar la llamada? Se la pagaré. Necesito que venga a recogerme.- solicitó amablemente, sin dejar de mirarme.

_ Claro.- respondí yo de inmediato-. No se preocupe por el dinero, no es problema.

Extendí mi móvil plateado a aquella muchacha mientras empezaba a sentirme inexplicablemente cómoda, como si la conociera de siempre.

_ ¡Oh, gracias!- contestó ella cogiéndolo con avidez-. Mi nombre es Claudia.

Estrechó mi mano con fuerza y me sentí marear. Casi me desplomé en medio de la tienda. Me apoyé instintivamente en una de las estanterías repletas de libros.

_ ¡Micaela! Micaela, ¿estás bien?- me llamó la joven que sostenía el teléfono plateado.

_ Sí, yo… ¡vaya, debo haberme tropezado!- respondí sorprendida. ¿Desde cuándo las vampiras se tropiezan?

_ Micaela, soy yo, Claudia. ¿Cómo has podido tropezarte?- contestó ella, soltando mi mano.

_ Pues, no lo sé Claudia. Pregúntame algo que pueda responder.- bromeé con gusto.

_ Estás muy rara. Menos mal que acabo de recibir la llamada que esperábamos.- me informó en un tono algo confidencial, e inclinándose sobre mi oído derecho añadió-: "Volvemos a Volterra". Dicho esto, nos incorporamos, Claudia pagó la guía turística y el diccionario de bolsillo y salimos de la librería.