Resumen: Bella se muda a Forks con la excusa de darle espacio a su madre… pero la verdad es que fue convertida en vampiro en Phoenix, y está escapando hacia un lugar sin sol. ¿Qué mejor que Forks, donde nunca brilla el sol y nadie sabe lo que ella es…? Excepto esa extraña familia de ojos castaños, claro.

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Capítulo uno: Llegada.

La despedida de mi madre fue difícil. Durante el viaje al aeropuerto apenas si hablamos y tratándose de ella, eso era algo verdaderamente excepcional.

Ella no comprendía. Siempre habíamos sido muy cercanas, pero en las últimas semanas una brecha se había abierto entre nosotras. De pronto yo tenía todo tipo de manías y costumbres a las que ella, por más que se esforzara, no conseguía llevarles el ritmo.

Por ejemplo, en ese momento yo iba tapada de pies a cabeza. Faltaba poco para que me pareciera a esas fotos que distribuyen los manifestantes de derechos humanos, o que a veces se ven en internet o en televisión, de mujeres de países islámicos que casi no pueden mostrar nada de su cuerpo. Yo no estaba muy lejos. Llevaba una blusa de manga larga abotonada hasta arriba, un pañuelo alrededor del cuello, vaqueros, zapatillas deportivas, los lentes de sol más grandes que conseguí y un enorme sombrero. También había adquirido la nueva costumbre de usar guantes con las puntas de los dedos cortados, y no me los quitaba ni para dormir.

Iba demasiado abrigada para el clima de Phoenix, y la gente me miraba raro. No me importaba mayormente la opinión de ninguno de esos desconocidos, pero eso de llamar la atención era incómodo. Después de un par de intentos, Reneé había dejado de tratar averiguar a qué se debía el cambio en mi vestimenta. Lo aceptó como un capricho adolescente, supongo.

Tras repetirme ella que no tenía que hacerlo, y de insistirle yo que sí quería hacerlo (lo cual era completamente honesto), mi madre y yo nos despedimos por fin. Tuve que contener el aliento y gritarme internamente que era mi madre para no morderle el cuello cuando me abrazó. Sentí su estremecimiento cuando besó mi mejilla demasiado dura y anormalmente fría. Ella no sabía qué había pasado conmigo, pero claramente intuía que algo iba mal, muy mal. Le respondí con otro beso pequeño, conteniendo la respiración. Tendría que haberme alimentado antes de viajar.

Tras unos trámites breves por fin pude subir al avión. El vuelo fue muy tranquilo, pero pasar tanto tiempo recluida en un espacio cerrado, y rodeada de tantos humanos, fue una dura prueba para mi autocontrol. Me había acostumbrado rápidamente a no respirar, pero todavía se me hacía raro. Y no podía distraerme ni un momento, lo cual era difícil con mis nuevos súper sentidos, o inhalaría una bocanada de aire cálido y oloroso a humano que me haría perder el control.

Llegar al aeropuerto fue un alivio. No por último porque estaba lloviendo suavemente. El olor de la tierra mojada, la humedad y los pinos que rodeaban la pista de aterrizaje me calmaron lo suficiente como para enfrentar a Charlie sin saltarle al cuello, y no precisamente para darle un abrazo.

Aquí estoy, en esta pueblito dejado de la mano de Dios. Forks. Probablemente, el lugar más lluvioso del planeta.

Suspiro una vez, mientras desempaco a toda velocidad mi maleta. Por suerte Charlie, mi padre, es un hombre de pocas palabras y que sabe dejarla sola a una cuando es necesario.

Abajo me espera la vieja Chevy, mi regalo de bienvenida. Sonrío al verla por la ventana, ¡es genial! Tiene… personalidad, sí, esa es la palabra. Además, es de esas piezas casi irrompibles que ya no se fabrican hoy día. No va a ser necesario que preste excesiva atención para no romper algo.

Suspiro de nuevo. El cambio a tanta tranquilidad es grato, a su manera. Reneé estuvo tan preocupada por mi estas últimas semanas que era insoportable. No el hecho que fuese ella ni que se preocupara por mí, sino el que lo cacareara todo el tiempo. Porque cuando algo le ronda por la cabeza a mi madre, no puede simplemente decirlo: tiene que cacarearlo.

Charlie es mucho más reservado, de pocas palabras y muy poco dado a las muestras físicas de afecto, algo que me viene muy bien. Es obvio que ni bien me vio, en el aeropuerto, notó el cambio que se había operado en mí, y a través de mi visión periférica podría jurar que lo vi asentir con la cabeza para sí mismo. Rayos. Tendría que haber imaginado que había hablado con Reneé sobre mí. Pero no hizo comentarios, y se limitó a murmurar algo sobre que estaba mayor y más bonita de lo que me recordaba.

Era estupendo el que además de hombre, y por lo tanto poco observador, a lo poco que veía no lo comentaba.

El viaje pasó sin novedades, la mayor parte del tiempo en silencio, lo cual me vino muy bien, porque para hablar es imprescindible respirar. Abrí un poco la ventanilla, logrando que un soplo de aire me diese en plena cara. Fue un alivio, y conseguí sobrellevar bastante bien el viajar en un lugar tan cerrado junto a un humano… aún así, llegar fue lo mejor, y lo más seguro.

-¿Bella? –preguntó Charlie cautelosamente, golpeando la puerta de mi cuarto con los nudillos, trayéndome de regreso al presente-. ¿Necesitas algo? ¿Estás cómoda…?

-Gracias, estoy bien –respondí sin abrir la puerta-. Me gustaría darme una ducha –improvisé. Una ducha era algo lógico y esperable después de un viaje largo como el mío, ¿no?

-Claro, claro. Las toallas están en el lugar de siempre… Si necesitas algo…

Era evidente que Charlie estaba incómodo, y que no sabía muy bien cómo comportarse. No quería ser entrometido ni molestarme, pero tampoco quería que me faltara nada. Intenté hacerle la situación un poco más llevadera completando lo que intentaba decirme:

-Te lo digo, de acuerdo. Gracias.

Él regresó escaleras abajo, y escuché el sonido del televisor comenzando a trasmitir un juego de básquetbol. Tomé aire profundamente una vez más, y fui a darme un baño.

Mientras el agua caliente caía sobre mi cuerpo, tuve oportunidad de relajarme un poco y empezar a pensar en el día siguiente. Nueva escuela, nuevos compañeros, nuevos profesores… toda esa gente… esos humanos…

Cambié apresuradamente el curso de mis pensamientos antes de perder el escaso autocontrol que tenía. No había dudas, tendría que salir esa noche. Tenía demasiada sed.

Tuve que hacer acopio de toda mi paciencia y refrenar mi sed todo lo posible para esperar hasta la madrugada, a que todo el mundo duerma y no haya testigos. Entonces abrí con cuidado la puerta de mi dormitorio, escuchando con atención. Charlie roncaba desacompasadamente en su dormitorio. Sonreí. No había nada que me detuviese.

Me deslicé afuera con sigilo y cuidado. Esto es algo que agradezco a mi nueva naturaleza, posiblemente lo único positivo del cambio: la gracia en mis movimientos y los excelentes reflejos. Para alguien capaz de tropezarse hasta con su propia sombra, como había sido mi caso hasta hace un par de semanas, al menos este cambio era bienvenido.

Algo bueno tenía que tener esto que soy ahora.

Corrí hasta Seattle a velocidad sobrehumana. El viento en mi cara es bienvenido, y una sensación de omnipotencia se instala en mí. Esta noche voy de caza.

La rutina es la común para mí. Me paseo por unos callejones de aspecto nada recomendable, intentando dar un aspecto de susto y nerviosismo. Está mal iluminado, sólo hay una luz no muy buena ni muy potente cada cien metros o algo así. No es que eso sea un problema para mí, pero contribuye a darle un aire algo tétrico al lugar.

Por fin, al cabo de casi dos horas, escucho unos pasos que me siguen. Sonrío aliviada.

Por fin.

Apresuro el paso, mientras miro por sobre mi hombro de vez en cuando, fingiendo nerviosismo, ocultando mi alegría.

Un sujeto muy bien vestido, con ropa cara y de marca, me sigue a unos pocos metros. Es joven, tendrá algo más de veinte años. Sonríe en forma maníaca con sus ojos algo desenfocados, y al respirar casi exhala alcohol en lugar de dióxido de carbono. ¿Cómo es posible que esté de pie…?

Olfateo con cuidado. Ajá, eso supuse. El olor dulzón de la marihuana está impregnado en él… y hay algo más… cocaína, si estoy en lo correcto. Una mezcla peligrosa.

Y, por supuesto, el olor de su sangre… No huele increíblemente apetitosa, tan contaminada como está, pero tengo sed suficiente como para que no me importe.

Doy un par de vueltas por los callejones, caminando cada vez más rápido, pero siempre a paso humano. Hasta que… bingo. Un callejón sin salida. Sonrío ampliamente un momento, de cara a la pared, antes de componer mi mejor mueca de espanto. Me giro hacia él, mi cara reflejando miedo, mis manos delante del pecho como si quisiera atajarme de algo. Mi espalda está contra la pared, y para añadirle más dramatismo hasta finjo hiperventilar.

El muy idiota me mira sonriente, con manifiesta lascivia. Saca rápidamente una navaja muy afilada (casi puedo ver los restos de cocaína pegados a la hoja) y avanza hacia mí con el arma en alto. Sonrío interiormente, lo del arma es una ayuda extra para mí. Mejor no dejar marcas de dientes, por si acaso.

Lo que sigue es muy rápido.

En un momento él está sonriendo y acercándose, al instante siguiente yo cubro su boca con la mano izquierda, le quito sin esfuerzo la navaja con la derecha y con la misma arma con que él pensaba herirme a mí, hago un diestro tajo en la vena que palpita bajo la piel, sujeto la parte posterior de su cabeza con la mano derecha, en la que aún tengo el arma, y acerco mi boca a la pequeña herida, de la que emana esa sangre tan roja y apetitosa.

¡Ah, qué delicia…!

Él gimotea, intenta apartar mi mano de su boca, trata de darme una patada, se retuerce…

Casi no me doy cuenta de eso. Estoy demasiado absorta saboreándolo. Es cierto que el alcohol le da un sabor algo amargo, y las drogas no ayudan, pero es alimenticio para mi pobre garganta seca. Pronto sus movimientos se vuelven cada vez más leves, poco después deja de moverse y no mucho más tarde deja de respirar y su corazón ya no late.

Me aparto de él cuando está seco. Lo sostengo y analizo con ojo crítico por un momento. Hum… ¿cómo deshacerme de la evidencia?

En eso, recuerdo la navaja que aún tengo en la mano.

Al día siguiente estuve en la cocina muy temprano. Al preparar el desayuno para Charlie comprobé que la alacena está totalmente desabastecida. Voy a ir de compras después de clase… me gusta cocinar, aún cuando no pueda saborear lo que preparo.

Charlie estuvo agradablemente sorprendido al encontrarse con el desayuno servido.

-Me levanté temprano, estaba nerviosa con todo esto del primer día de clases, y bueno… -me excuso-. Pensé que lo mejor era aprovechar el tiempo.

-Por favor, no te preocupes tanto, seguro que vas a encontrarte a gusto –murmura Charlie, sirviéndose grandes cantidades de huevos revueltos-. Está delicioso –dice tras tomar un bocado-. ¿No comes?

-Ya comí –le respondo, mostrándole el plato que tuve el cuidado de ensuciar.

Charlie asiente y fija su mirada en el televisor, encendido pero con el volumen muy bajo. No quise despertarlo, y además, yo lo oía perfectamente. Él toma el control remoto y sube un poco el volumen, aparentemente interesado en le pronóstico meteorológico. Para Seattle y alrededores, el hombre del tiempo anunciaba lluvia. Qué raro.

-¡Noticia de último momento! –el informador del noticiero luce entre emocionado e incrédulo-. La policía encontró esta mañana en la ciudad de Seattle el cadáver decapitado de un hombre, provisoriamente identificado como Shawn Tortsken, prófugo de la justicia y acusado de diversos crímenes, entre otros la venta de drogas, asesinato y violación. Se sospecha que se trata de un ajuste de cuentas entre bandas de narcotraficantes, ya que además de estar decapitado, le habían cortado las manos, y se sospecha que hay un mensaje mafioso en este gesto… vamos con Peter Jenks en nuestro móvil desde el lugar de los hechos.

A continuación aparecieron en pantalla unas imágenes no muy claras, se notaba que era muy temprano por la mañana y la iluminación era mala. Una lona en el suelo cubría algo que tenía una forma humanoide, aunque no había sangre ni cuerpos desmembrados a la vista. Unos cuantos policías estaban de pie alrededor, vigilando que los curiosos no se acercaran demasiado.

La imagen cambió a un policía de rango algo superior, al que de inmediato se le preguntó qué había pasado.

-Una vecina del lugar llamó cerca de las seis de la mañana para denunciar la existencia de un cuerpo en un callejón cerca de aquí –enumeró el policía con aire circunspecto-. Al presentarnos en el lugar, descubrimos que se trata de un masculino de unos veinte años, que ha sido apuñalado y decapitado, y al que además le amputaron ambas manos a la altura de las muñecas. Creemos que la causa de muerte fue la decapitación, aunque habrá que esperar a las investigaciones correspondientes, ya que casi no se encontró sangre en el lugar, por lo que no se descarta que este sujeto haya sido asesinado en otro sitio y luego trasladado hasta aquí por el o los asesino o asesinos.

Apenas si contuve una risita. "El o los asesino o asesinos" sonaba tan rimbombante…

-¿Creen que se trata de un mensaje mafioso, dado el inusual hecho de que le fuesen amputadas las manos? –preguntó el periodista enviado por el canal.

-No estamos en condiciones de descartar ninguna hipótesis –respondió cuidadosamente el policía.

-La cabeza y las manos, ¿estaban junto al cuerpo?

-Sí, aunque las manos habían sido intercambiadas. La derecha estaba junto a la muñeca izquierda, y viceversa –admitió el policía.

Casi empiezo a reír. Fue una inspiración de último momento, la idea de darles un acertijo imposible de resolver a los policías, algo que les hiciera romperse la cabeza sin ningún motivo.

-¿Cuál creen que fue el arma? ¿La encontraron?

-Sí, se trata de una navaja… está clavada en la frente del muerto. Quienquiera que lo asesinó, debe poseer una fuerza excepcional. El arma está enterrada hasta la empuñadura en el cráneo y sin duda atravesó el hueso.

Olvidó decir que no hay huellas digitales en la navaja. Bah, ya van a descubrirlo.

-¿Fue la decapitación anterior o posterior al apuñalamiento? –preguntó el periodista, con obvio interés morboso.

La cámara volvió a enfocar a los policías que conversaban entre ellos, a la pequeña multitud que estiraba el cuello intentando ver algo, y a la lona que cubría el cadáver.

-Aún no lo sabemos con certeza. Eso lo dirá la autopsia –respondió el policía.

-¿Tenía antecedentes penales este hombre?

-Aún no está confirmada su identidad, pero si se trata de Shawn Tortsken, tal como sospechamos, sí, estaba prófugo de la justicia y ya había estado preso varias veces.

A la pantalla regresaron el policía entrevistado y el micrófono del periodista.

-¿Hay algún sospechoso de ser el autor del crimen?

-No, no tenemos a nadie en la mira.

Tuve que llevarme la mano a la boca para no estallar en carcajadas, pero no pude evitar un ruidito ahogado. Charlie se giró hacia mí, alarmado.

-No te preocupes, Bella, esto no es lo usual por aquí… este tipo de crímenes nunca habían ocurrido… y además es Seattle, no es Forks, es…

-Está bien –le respondí, tras conseguir calmarme-. Estoy bien. Es sólo que… me impresionó.

-Sí, es impresionante… Espero que encuentren a los que hicieron eso.

-¿Crees que haya sido una banda? –le pregunté sin apartar la mirada del televisor, que mostraba un primer plano de la lona que cubría al muerto.

Por fuera, mi voz aparentaba curiosidad. Por dentro, apenas contenía la risa.

-Una sola persona no podría haber hecho todo eso –respondió Charlie.

El presentador había pasado a la inofensiva noticia de una presentación del grupo de ballet infantil que tendría lugar en unos días en el centro de Seattle. La directora de la academia de baile narraba emocionada cuánto habían practicado y ensayado las niñas, y lo orgullosas que estaban de mostrarle a la comunidad lo que habían aprendido. La cara excesivamente maquillada y ojerosa de la mujer se intercalaba con imágenes de las niñas más pequeñas, de cinco o seis años, dando saltitos con sus zapatillas de bailarinas y tutús rosas.

Aparté la vista. No me interesaba el baile, y mis lecciones infantiles de danza no me traían recuerdos muy gratos.

-Papá, me voy a clase. Sé que es temprano –atajé cuando él abrió la boca-, pero estoy nerviosa, y me preocupa llegar tarde el primer día. No conozco el camino, y prefiero manejar despacio y con cuidado…

-¿Quieres… que te lleve? –ofreció él, indeciso.

Había pocas cosas me entusiasmaban menos que comenzar en una escuela nueva llegando en el móvil patrulla de Charlie.

-No, gracias. Es muy generoso de tu parte –añadí, tratando de no hacer el rechazo demasiado brusco-, pero prefiero ir en la Chevy. Quiero pasar por el supermercado después de clases y aprovisionarnos.

-Bien. Nos vemos esta noche –asintió Charlie, levantándose de la mesa-. Que tengas un buen día.

-Gracias. Igualmente –le respondí, antes de tomar la mochila y salir. Mi provisión de aire sin olor a Charlie estaba agotada; menos mal que no había tenido que seguir hablando.

Dentro de la Chevy estaba helado, pero no me importó. El motor arrancó al primer intento, aunque con un estruendo ensordecedor. Di marcha atrás y salí a la calle, sonriendo cínicamente ante la idea de que llegaría mucho más rápido a pie que en este vehículo. Pero sería sospechoso, y además me gustaba mucho esta querida vieja Chevy. Siempre había querido tener un auto propio, y uno tan resistente como éste era ideal para alguien que, como yo, de pronto tiene demasiada fuerza y aún no la controla del todo.

El viaje hasta la escuela fue lento y cuidadoso, tal como le había dicho a Charlie. Después de todo, había salido con tiempo de sobra. Estacioné e hice tiempo un rato, releyendo un libro de texto. Me sorprendí otra vez al notar que lo recordaba todo con increíble exactitud.

Esa es otra de las cosas a las que aún no me acostumbro. Siempre fui una buena estudiante, pero no algo excepcional. Mantenía buenas notas gracias a que llegaba puntual a clase, entregaba los deberes a tiempo y estudiaba bastante: era responsable, no superdotada. Pero ahora, recordar cualquier cosa que había leído era sumamente fácil. Tenía todas las noches para hacer los deberes, dado que ya no dormía. Sonreí para mí. Tenía la excusa de haber estado en un curso avanzado, pero aún así esperaba que mis notas sorprendieran a todos.

Bajé de mi querida Chevy cuando el estacionamiento estuvo medio lleno y me dirigí a las oficinas administrativas. Obtener los papeles necesarios fue muy simple, y pronto me estaba dirigiendo a mi primera clase, Lengua y Literatura, junto a los demás estudiantes, con mucho cuidado de no respirar.

El profesor firmó mi comprobante de asistencia con una mirada algo babosa hacia mi persona. Le dirigí una pequeña sonrisa y él tartamudeó torpemente una bienvenida a la ciudad y a la escuela. Le respondí con otra mirada y una sonrisa, y me alejé hacia mi asiento antes que ese humano tuviese un infarto.

Los demás estudiantes cuchicheaban, aunque desde luego los podía oír claramente.

-Es hermosa… parece una modelo –susurraba un chico de cabello rubio.

-¡Qué piernas, mamita! –silbaba otro en voz baja.

-No sé qué le ven. Es muy pálida, parece enferma –murmuraba una chica de cabello rizado, fulminando con la mirada al chico rubio.

-¿Crees que sea una peluca? –le murmuraba una chica rubia de aspecto altanero a su compañera de banco-. No puede tener ese cabello perfecto con este tiempo tan húmedo…

-Estoy viendo un ángel –susurró un chico moreno, llevándose una mano al pecho.

-¡Qué ropa tan anticuada! –gruñía para sí una chica vestida como para ir a un desfile de modas-. Ese pantalón debe tener más años que mi abuela. Y las botas no combinan con el abrigo…

La hora pasó rápidamente, aunque el profesor se equivocó un par de veces… sobre todo cuando miraba en mi dirección. Algunos ahogaron risitas, algo que a mí me incomodaba. Me hubiese sonrojado de haber podido.

Un chico de aspecto aburrido, cabello grasiento, acné en la cara y nulo sentido del humor me acompañó hasta mi siguiente clase. Tendría que esquivar al tal Eric en adelante.

Las clases siguientes, Historia y Matemática, transcurrieron casi de la misma manera. El profesor de Matemática me obligó a presentarme a la clase, ocasión en la que hice de tripas corazón y me las compuse para soltar un pequeño discurso:

-Hola… soy Isabella Swan, aunque me dicen Bella. Vengo de Phoenix, y ahora vivo aquí con mi padre, el jefe de policía Charlie Swan.

Nada que no supieran ya: eso fue intencional. Les sonreí suavemente, volviendo a deslumbrar a algunos. A esta altura, la mitad femenina del alumnado me odiaba.

-Espero que todos hagan sentir cómoda a Isabella… -comenzó el profesor.

-Bella, por favor –lo corregí con una sonrisa amable que casi lo hizo hiperventilar, y que hizo que yo buscara desesperadamente con la vista un agujero en la tierra que me tragara. Odiaba que una simple sonrisa hiciera comportarse tan estúpido a alguien normalmente razonable.

-Ah, eh… sí… como decía –el profesor carraspeó y volvió a comenzar-. Espero que hagan sentir cómoda a… Bella… que la integren y le ayuden si tiene dificultades con las aulas o alguna otra cuestión.

De un solo vistazo descubrí a seis voluntarios ansiosos y a al menos cuatro chicas que me dirigías miradas de franco odio. Genial. Nada mejor que empezar el año escolar con una tanda de admiradores babosos y una de compañeras que me deseaban sabañones, caspa, acné, verrugas, canas, forúnculos, que engordara treinta kilos…

Cuando por fin terminó la clase (que también fue muy simple, no había descubierto hasta ese momento que mi nueva mente no tenía problema alguno con las matemáticas) huí al patio a respirar aire puro un momento antes de dirigirme a la cafetería acompañando a la marea humana. Desde luego no iba a comer, pero hubiese llamado la atención que me saltara el almuerzo.

Inspeccioné la comida con aire crítico. Hasta hace poco se me hubiese hecho agua la boca ante la pasta con esa deliciosa salsa de tomate y pequeñas albóndigas de carne. Hoy sólo podía fruncir la nariz ante el olor picante de los condimentos, la fritura de las albóndigas, el aroma como aguado de la pasta…

-¿No piensas comer? –me preguntó una chica de cabello rizado que ya me había fulminado con la mirada al menos dos veces esa mañana, pero aún así por alguna extraña razón insistía en acompañarme… quizás con la esperanza de hacerme una zancadilla cuando nadie nos estuviese viendo. Jessica, recordé con mi nueva memoria perfecta.

-No, no me gusta –dije con mi mejor tono de desprecio-. Sólo tomaré una gaseosa.

Había descubierto que si bien el sabor de las gaseosas no me entusiasmaba demasiado, me gustaba la sensación del líquido frío y cosquilleante bajando por mi garganta. De modo que compré una lata de gaseosa y regresé a sentarme junto a los demás.

Aunque intentaban disimularlo, todos los de mi mesa estaban vigilando cada uno de mis movimientos. Me esforcé en parecer común y aburrida, con la esperanza que hablaran entre ellos y me dejaran en paz a mí.

Pero sería difícil dejar de ser el centro de atención, al menos durante ese día. Era la recién llegada en un pueblo donde escaseaban las novedades, además de que era la hija pródiga del jefe de policía y su caprichosa ex esposa, la que se mandó a mudar poco después de que ambos cumplieran un año de casados.

También estaba mi aspecto físico. Yo nunca había sido nada de otro mundo en la escuela anterior, pero aquí era una novedad… y también estaba el asunto de mi transformación. Me sentía muy extraña al mirarme al espejo (algo que de todos modos procuraba no hacer casi nunca), porque lo que veía era en parte a la misma Bella de siempre, y en parte a una completa desconocida, demasiado perfecta y hermosa. Racionalmente, sabía que era hermosa y que conseguía deslumbrar a la gente si me lo proponía (y también si intentaba no hacerlo, por lo visto), pero de alguna manera, era un cambio muy repentino al que todavía no me había acostumbrado.

Y por último, pero no por eso menos importante, estaba mi vestimenta. Extrañamente, casi cualquier cosa que usara me sentaba muy bien. Me había maquillado levemente para no parecer demasiado pálida y ocultar, en medida de lo posible, las leves ojeras. Aquí al menos no me miraban raro por usar mangas largas, pero mis guantes de dedos cortados eran algo que nadie más usaba, y mis lentes también eran una novedad.

-Me gustan tus lentes… ¿son recetados? –preguntó un poco tímidamente una chica amable y callada. Ángela, si escuché bien.

Le sonreí con aprecio. Era de esperar que llamaran la atención, y ella había sido muy cortés en el modo de comentarlo.

Descubrí por las malas que los lentes de contacto, además de ser muy incómodos, se desintegraban después de una media hora de llevarlos puestos. De modo que seguí buscando algo hasta que llegué a los lentes con cristales de color. Giselle, una chica de mi curso el Phoenix, tenía lentes con cristales azules, y eso me dio la idea. Ahora yo llevaba lentes de montura negra, delgada y discreta, con cristales de color verde. Con ellos, mis ojos color carmesí parecían de un marrón dudoso, pero al menos no eran rojos. Eso hubiese sido demasiado llamativo. Los lentes de sol habrían sido aún mejores, pero no podía usarlos continuamente: se esperaba que al menos en clase me los quitara. En cambio, a estos otros podía usarlos siempre sin levantar sospechas, aunque no dejaba de ser molesto ver todo de color verdoso, y también me molestaba muchísimo cualquier mínima suciedad del vidrio, pero era algo con lo que tenía que vivir.

-Sí, son para descansar la vista –le dije a Ángela, repitiendo la excusa que había dado a todo el mundo-. No tengo problemas de visión en realidad, pero suelo tener dolores de cabeza si no los uso –una pequeña mentira, pero no podía confesarle lo mis iris encarnados.

-¿No vas a sacarte los guantes? –me pinchó Jessica-. Mi madre siempre dice que no hay que usar sombrero ni guantes en la mesa.

-Entonces no usaré sombrero ni guantes el día que vaya a comer a tu casa –le respondí con indiferencia-. Pero me gustan mis guantes, y no me los saco ni para bañarme.

Mala idea. La mayoría de ellos no entendió la broma, y no fue hasta que el tal Mike estalló en carcajadas, varios segundos después, que acabé explicando el chiste, lo cual se llevó mis pocas reservas de aire. Tendría que salir al patio antes de entrar al aula otra vez y respirar profundamente. Todavía no me sentía lo suficientemente segura como para inhalar tan cerca de los humanos.

Abrí velozmente la lata de gaseosa, introduje la pajita y bebí un gran sorbo. Me hizo cosquillas en la garganta y ayudó a calmar un poco mi molestia con todos esos humanos, amén de la sed que me estaban inspirando pese a estar bien alimentada. Estaba mirando alrededor, intentando distraerme, cuando los vi por primera vez.

Eran cinco personas. Tres muchachos y dos chicas. Dos morenos, dos rubios y uno de cabello castaño-rojizo. Sin embargo, no me llamó tanto la atención su sobrenatural belleza, su aspecto aburrido, o el que no comieran, como lo hizo otra cosa.

Eran blancos, los más pálidos de entre todos aquellos estudiantes de un pueblo condenado a la lluvia. Sus movimientos eran gráciles. Susurraban en voz baja entre ellos, por lo que aguzando mucho el oído alcancé a escuchar una parte de la conversación:

-Lo siento –murmuraba un chico alto, rubio y corpulento. En su voz se mezclaban la culpa y la rebeldía. ¿Por qué se estaría disculpando?

-No ibas a hacer nada –le aseguró la chica bajita de pelo oscuro y corto-. Lo vi.

¿Lo vio? ¿Qué vio…? ¿Y qué era lo que no iba a hacer? Me carcomía la curiosidad. Esa conversación no tenía sentido para mí.

-Pensar en ellos como personas ayuda un poco -sugirió la chica de cabello oscuro con voz aguda y musical, demasiado baja y rápida para que la escucharan los oídos humanos.- Se llama Whitney y tiene una hermanita muy pequeña a la que adora. Su madre invitó a Esme a aquella fiesta en el jardín, ¿te acuerdas?

- Sé quién es -contestó el rubio secamente. Parecía en cierta medida molesto.

Lo que había empezado a sospechar para mis adentros desde que los vi, tan pálidos y perfectos, se confirmó en ese instante.

Vampiros.

Eran vampiros. Como yo.

No. No como yo. Había algo distinto en ellos…

La chica menuda de cabello oscuro tomó su bandeja (no había tocado la comida), la vació y se marchó con un trote veloz y grácil, más de lo humanamente posible.

Sí. Sin ninguna duda, vampiros.

-¿Ya te llamaron la atención, eh? –me preguntó con algo de sorna una chica de cabello rubio sentada cerca de mí. Lauren, si mal no recuerdo. La que sospecha que llevo peluca.

Asentí levemente, sin tomarme la molestia de sentirme insultada. Me moría de ganas de preguntar, pero ya me había quedado sin aire.

Afortunadamente, a Lauren ese leve gesto le fue incentivo suficiente para empezar a hablar hasta por los codos.

-Son los Cullen –me comunicó de inmediato, mirando soñadoramente en dirección a los Cinco Perfectos, o en su defecto, a los cuatro que aún están ahí-. Emmett, que es el forzudo musculoso; Alice, la que acaba de salir; y Edward, el de cabello color bronce, son los Cullen, y los mellizos: Rosalie, la que parece una modelo, y Jasper, el que tiene cara de estar sufriendo, son los Hale. Todos viven con el Doctor Cullen y su esposa. Son adoptados –añadió, remarcando la última palabra, con la entonación con que usualmente se dice de alguien que es vago, borracho o ladrón.

-¿Todos? –pregunté con el ultimísimo resto de aire que me quedaba, intentando imaginarme qué tipo de padres adoptarían a un quinteto de vampiros… otros vampiros, fue la única respuesta que encontré.

-Sí. Los Cullen son la familia de acogida de los Hale… la señora Cullen es su tía o algo así, parece que han estado con ellos desde los ocho años –añadió Jessica, entrometiéndose felizmente en la conversación-. Y además están juntos. Son pareja.

Enarqué las cejas, confundida. No podía estar hablando de los mellizos, los tales Jasper y Rosalie. Por más vampiros que sean, el que fuesen pareja hasta a mí me parecía excesivo.

-Jasper y Alice, y Emmett y Rosalie –aclaró Lauren-. Forman dos parejas, y viven juntos.

La forma en que dijo "viven juntos" traía implícito que no sólo compartían la casa, sino que eran pareja en el sentido más completo del término.

-Parece que a sus padres no les molesta –añadió Jessica-. Dicen que como no son hermanos de sangre, no hay problemas en realidad. A mí me parece chocante.

Me encogí de hombros mientras Jessica y Lauren seguían discutiendo si la relación entre los hermanos adoptivos era incestuosa o no. Yo tenía dos teorías básicas:

1) Que se tratara de una familia cuyos integrantes habían sido convertidos en vampiros, todos ellos… pero tenía en contra la aseveración de que eran hijos adoptivos. No se molestarían en construir esa versión sin un motivo.

2) Que se tratara de un grupo de vampiros que vivían juntos y se fingían familia para camuflarse mejor entre humanos, y llamar menos la atención. Al no parecerse físicamente, la versión de la adopción justificaba todo.

-Jessica Stanley y Lauren Mallory le están sacando a la Swan, la chica nueva, todos los trapos sucios del clan Cullen -le murmuró de pronto el de pelo cobrizo, Edward, al más grandote, Emmett. Intenté prestar atención sin que se notara, y ya el tal Edward estaba hablando de nuevo, sin que el otro hubiese respondido nada: -En realidad, las dos son bastante poco imaginativas. Sólo le han dado un toque escandaloso, nada más. Ni una pizca de terror. Me siento un poco decepcionado.

Fruncí el entrecejo. Había algo raro ahí…

En ese momento, Edward levantó la vista y me miró directamente por primera vez. Mis ojos rojos ocultos tras los cristales verdes se clavaron en sus ojos oscurecidos por la sed. También él me miró fijamente.

Algo que no era un duelo de miradas pero casi lo parecía se entabló entre nosotros. Dado que no necesitaba parpadear, no aparté mis ojos de los suyos. Aún en la distancia podía apreciar claramente cada detalle de sus ojos, y había algo en ellos que me confundía. No eran rojos, sino… castaños. De un tono castaño claro, cercano al dorado. Aunque oscurecidos por la sed, era obvio que no eran rojos.

Me pregunté por un momento si tenía algo que ver con la edad, o el género, o el tiempo que llevaba siendo vampiro. Quizás, como a los humanos ancianos les salen canas, los ojos de los vampiros que llevan mucho tiempo siéndolo se vuelven castaños. Por otro lado, él era un vampiro hombre; tal vez tenía que ver con eso. O cabía la posibilidad que el color de ojos variara de un vampiro a otro; no es como si yo supiera mucho del tema.

De pronto él parpadeó y apartó la mirada, se giró en la silla y me dio la espalda. Suspiré brevemente, y de pronto todos mis compañeros de mesa estaban aplaudiéndome. Me sobresalté. No había notado el silencio que se había instalado en la mesa, tan absorta estaba.

-¡Genial, Bella! ¡Ya era hora que alguien pusiera en su lugar a Cullen! –me felicitó el rubio, Mike.

-Bien hecho, Bella. ¡Las chicas mandan! –me felicitó Jessica.

-¡Es la primera vez que alguien consigue sostenerle la mirada a Cullen! –se sorprendió Eric.

-¿Cómo conseguiste no parpadear? –quiso saber Lauren con aire inquisidor.

-Es tan intimidante… ¿No te dio un poco de… impresión? –quiso saber otra chica, Ashley.

-¿Quién empezó con el juego? –Ángela estaba muy curiosa al respecto.

-No importa, ¡sabemos quién ganó! –festejó Tyler, contento.

A penas me contuve de rodar los ojos. Hablaban como si hubiese llevado a cabo una proeza, algo excepcional. Y todos estaban mirándome. Sencillamente fantástico. Justo cuando lo único que quería era no llamar la atención, consigo todo lo contrario.

Por suerte la hora del almuerzo terminó casi en ese momento. Me dirigí rápidamente a clase, con la excusa de no querer llegar tarde el primer día. La puntualidad es siempre una buena aliada para salir de situaciones comprometedoras. Claro que antes me escapé un momento al bosque cercano, a respirar profundamente aire que no oliera a…comida.

La siguiente clase era Biología. El profesor me miró apreciativamente de arriba abajo, pero con disimulo, y firmó mi comprobante de asistencia sin hacer comentarios. Supe que íbamos a llevarnos bien.

Y entonces me encontré con que el único asiento libre estaba al lado de Edward Cullen, que estaba mirándome como si yo acabara de bajar de un plato volador.

Le devolví la mirada como si él también acabara de bajar de un plato volador, pero de uno proveniente de un planeta completamente distinto.

Decidida a no recaer en el jueguito de la guerra de miradas, me giré para sonreírle al profesor antes de encaminarme a mi asiento, evitando a toda costa mirar a mi compañero de banco. Tomé asiento muy dignamente, coloqué mi cabello de modo que formara una especie de cortina entre los dos y me pasé toda la clase pendiente de lo que decía el profesor.

El tal Mike parecía haberse encaprichado conmigo. Me acompañó a mi siguiente clase, entabló una conversación, me dedicó algunas zalamerías. Ni la poca atención que le presté ni mis monosilábicas respuestas parecieron desalentarlo.

La clase de Educación Física que siguió fue… interesante. El profesor me consiguió un uniforme, aunque no me hizo vestirlo ese día, y tampoco me obligó a jugar. Por suerte, porque todavía no había considerado eso… tendría que practicar en casa el hacer deportes pareciendo normal.

Eso también sería un cambio: con mis nuevos súper reflejos y mi fuerza excepcional, ya no tendría que preocuparme por caerme o que la pelota golpee a una compañera de equipo en lugar de ir a parar al otro lado de la red. Ahora solo tenía que preocuparme el que saliera disparada con demasiada fuerza y matara a alguien.

Sí, decididamente, un cambio interesante.

Cuando las clases de ese día por fin acabaron, me dirigí a mi Chevy con ansias. Aunque me había alimentado la noche anterior y racionalmente no tenía sed, el estar rodeada por tantos humanos durante horas enteras era algo que aún no manejaba del todo. Al menos el día escolar había acabado sin muertos ni sospechas.

Me refugié dentro de la cabina, agradeciendo que el único olor ahí era el mío, además de una mezcla de tabaco, gasoil, e inexplicablemente, menta. Respiré profundo, intentando calmarme. Quizás sería mejor pedir pizzas por esta noche y dejar las compras para mañana…

Observé por el espejo retrovisor a los Cullen y sus hermanos o primos o lo que fueren, los Hale. Estaban subiendo a un reluciente Volvo plateado, el automóvil más nuevo y llamativo del lugar. Todos ellos echaban miradas precavidas al Chevy, como si fuese radiactivo o algo así.

Bufé. La presencia de un grupo tal de vampiros en el lugar me había tomado por sorpresa en un primer momento, pero después de pensarlo un poco durante la clase de Historia, concluí que en realidad no era tan excepcional. Después de todo, Forks es el lugar más lluviosos y nublado de los Estados Unidos, sino del mundo entero, y era bastante lógico que alguien que le rehuyera al sol se refugiara aquí.

Esa era la razón por la que yo me había mudado a este pueblo, aunque oficialmente decía que quería estar más cerca de Charlie, que estaba muy solo y no sabía cocinar; y extraoficialmente explicaba que quería darle espacio a mi madre, que se había vuelto a casar.

El Volvo arrancó y salió. Pude ver al menos dos caras, la de los tales Jasper y Alice, pegadas a las ventanillas, siguiéndome con la mirada. Instintivamente, les mostré los dientes y gruñí levemente.

Bufando aún, me dirigí al supermercado, a comprar alimentos que cocinaría, pero no podría comer. Todo sea por Charlie.

El filete con papas debió haberme salido muy bien, porque Charlie se zampó todo y con buen apetito. Me preguntó por las clases y yo le respondí vaguedades, intentando mentir lo menos posible. Antes solían delatarme los sonrojos; ahora, que ya no podía enrojecer, mis mentiras rara vez se descubrían… pero no quise llevar esto demasiado lejos. Por si acaso.

Le había dicho a Charlie que era claustrofóbica y que tener puertas y ventanas cerradas hacía que me enfermara. Era la mejor forma que había encontrado de que me llegara aire fresco sin recurrir a un tubo de oxígeno. Le debió parecer extraña mi repentina fobia a los espacios cerrados, pero lo aceptó sin comentarios, de modo que siempre había una ventana abierta o al menos entreabierta cuando estábamos los dos en la misma habitación.

Tomé una bocanada de aire fresco que entraba por la ventana. Noté que Charlie se estremecía de frío y dudé por una fracción de segundo si no sería mejor cerrarla, pero una segunda inspiración, que hizo que toda mi garganta ardiera furiosamente de sed, me hizo cambiar velozmente de idea. Era preferible que Charlie se resfriara a que yo lo mordiera. De una gripe podía recuperarse; de morir desangrado en mis labios, no.

-Papá… ¿quiénes son los Cullen? ¿Siempre han vivido aquí? –pregunté con aparente naturalidad. En realidad, la curiosidad me carcomía desde hacía horas. Necesitaba urgentemente saberlo todo acerca de ellos.

-¿Los Cullen? Deben ser los hijos del doctor Cullen y su esposa –respondió Charlie, la atención dividida entre el televisor, la cena y la conversación-. Unos jóvenes muy amables y educados, debo decir.

-Parecen no caer demasiado bien en la escuela –me aventuré a decir.

El aspecto enojado de Charlie me sorprendió. Él no era una persona que perdiera la calma fácilmente.

— ¡Cómo es la gente de este pueblo! —murmuró—. El doctor Cullen es un eminente cirujano que podría trabajar en cualquier hospital del mundo y ganaría diez veces más que aquí —continuó en voz más alta—. Tenemos suerte de que vivan acá, de que su mujer quiera quedarse en un pueblecito. Es muy valioso para la comunidad, y esos chicos se comportan bien y son muy educados. Albergué ciertas dudas cuando llegaron con tantos hijos adoptivos. Pensé que habría problemas, pero son muy maduros y no me han dado el más mínimo problema. Y no puedo decir lo mismo de los hijos de algunas familias que han vivido en este pueblo desde hace generaciones. Se mantienen unidos, como debe hacer una familia, se van de campamento cada tres fines de semana... La gente tiene que hablar sólo porque son recién llegados.

Era el discurso más largo que había oído pronunciar a Charlie; debía de molestarle mucho lo que decía la gente. Sin embargo, algo me llamó la atención más que el resto: dijo que eran "recién llegados".

-¿Hace mucho que se mudaron? –pregunté, tratando de no sonar demasiado curiosa-. Tal vez es sólo cuestión de tiempo…

-Hace dos años, más o menos, que están aquí. La gente debería dejar de tratarlos como extraños –bufó Charlie, irritado.

-La verdad, sólo eran dos chicas que hoy, a la hora del almuerzo, comentaron algo… pero creo que estaban celosas –improvisé, aunque me pareció que había algo de verdad en eso-. Es que los Cullen son todos muy guapos.

-Deberías ver al padre de los chicos –medio rió Charlie-. Es una suerte que esté felizmente casado. Hasta a las enfermeras más veteranas y a las médicas más serias se les hace difícil no distraerse con él cerca.

Asentí ausentemente, con un nuevo enigma en mi cabeza. ¿Cómo era posible que el padre de los Cullen fuese médico, y cirujano por añadidura, si efectivamente era… como yo? A menos que no lo fuese…

Pero entonces recaía en mi pregunta anterior: ¿qué padres adoptarían a unos vampiros, es más, a cinco vampiros, ¡cinco!, nada menos? Cabía la posibilidad que los padres no lo supieran, pero me parecía poco probable. Sólo a alguien tan despistado como Charlie es posible mantenerle en secreto este tipo de cosas durante un tiempo más o menos prolongado.

La única respuesta lógica era que el padre de los Cullen también fuese vampiro, pero entonces no podría trabajar en un hospital, donde la sangre estaba tan presente, y menos como cirujano. Si fuese pediatra, otorrinolaringólogo, gastroenterólogo o cualquier otra especialización que no incluyera la necesidad de acercarse a la sangre, ya hubiese sido bastante sorprendente… Pero en toda cirugía, por controlada que fuese, había sangre. ¿Cómo haría para resistirse…?

Harta de no encontrarle respuesta a unas preguntas que me estaban martillando la cabeza, opté por irme a mi cuarto a terminar con los deberes.

Por desgracia, los deberes eran demasiado fáciles y terminé muy rápido, lo cual otra vez me dejaba tiempo de sobra para pensar.

Había venido a Forks creyendo que sería única, que nadie sabría nunca lo que yo era, porque difícilmente habría alguien más como yo… y de pronto me encontraba a cinco como yo. Quizás seis, si el padre también lo era. Siete, suponiendo que la madre también. Era demasiado.

Ordené otra vez mi dormitorio, aunque ya estaba perfectamente ordenado. Me decidí a cambiar los muebles de lugar, en la desesperación de hacer algo que me mantuviese ocupada, siempre con la puerta cerrada. No había necesidad que Charlie me viese levantando la cómoda con una mano. Cuando acabé, decidí que me gustaba más como estaba antes, de modo que volví a colocar cada cosa en su sitio.

Charlie pasó a darme las buenas noches, a lo que le respondí deseándole buenas noches a él también y fingiendo un bostezo. Después eso, tuve que dejar de hacer ruido. Nada de mover muebles durante la noche: hasta al poco observador Charlie le parecería sospechoso.

Me cepillé los dientes por pura costumbre, y por la misma costumbre me vestí con mi improvisado pijama: una camiseta muy vieja, con unos cuantos agujeros, y un pantalón igualmente viejo. Afuera llovía, para variar. Me acosté en mi cama, me arrope y apagué la luz.

Sabía que no iba a dormir, pero no podía evitar seguir esos pequeños ritos humanos. Y dado que no podía dormir y tenía demasiado tiempo para pensar, recaí en el tema que me tenía los pelos de punta desde el almuerzo.

Los Cullen.

Los vampíricos Cullen.

Aunque todavía me costaba usar la palabra, aún en mi cabeza, para referirme a mí… o más recientemente, a ellos… esta vez salió sola.

La pregunta del millón era: ¿qué debía hacer yo?

Nunca hubiese esperado no ser la única… vampiresa. De acuerdo, imaginé que quizás había más como yo, pero inconscientemente me los imaginé, no sé, en Transilvania o algo así. No como cirujanos y estudiantes.

Hice una mueca. Era muy raro todo. Bah, todo había sido raro desde que, después de un confuso episodio y un tiempo indefinido de dolor enloquecedor, había despertado siendo lo que soy ahora.

Reflexioné mucho al respecto de los Cullen, de cómo comportarme frente a ellos, si acercarme o no. Ganó el miedo, cuándo no. Ellos probablemente no me querrían aquí, invadiendo su terreno de caza, de modo que los evitaría en medida de lo posible, tratando de evitar la confrontación. No los molestaría, me esforzaría en seguir actuando como humana, y los atacaría a la menor señal de que tratasen de herirme.

Eso me llevó a otro punto. No estaba muy segura de si era posible herirme. El sol había probado no hacerme daño. El ajo olía mal, demasiado fuerte, pero no me lastimaba. Las cruces me eran tan indiferentes como lo habían sido siempre. Las estacas se rompían en contacto con mi piel, al igual que se abollaban los cuchillos.

Oh, sí, había probado de todo en los primeros días de mi nueva… existencia.

Pero, me dije, si había una manera de herirme, no hablemos ya de matarme, ellos quizás lo supieran. Eran más, y tenía la sospecha que llevaban más tiempo que yo siendo… oh, vamos, vam-pi-ros.

Aunque me moría de curiosidad, mi instinto de preservación era más fuerte. Nada de acercarme a quienes probablemente eran los únicos que sabían cómo acabar conmigo…

El resto de la semana transcurrió sin novedad.

Llegaban casi cada día correos electrónicos de Reneé, que me extrañaba y daba por perdidos un montón de objetos que ya sabía mejor que ella dónde estaban (la blusa, en la tintorería; los zapatos negros, debajo del sofá; la llave de repuesto, en el bolsillo interior de la cartera blanca).

Las clases marchaban viento en popa, en gran parte porque no respiraba dentro del edificio escolar. En Deportes conseguí no matar a nadie por accidente, aunque sí me las arreglé para golpear una pelota durante un partido de Voley justo a la cara de Lauren, la antipática que andaba desparramando el chisme que yo era anoréxica porque nunca comía en la cafetería. El ojo morado le duraría una semana, para mi gran satisfacción, y ni todo el maquillaje que se untó pudo disimularlo (es más, sólo lo hizo más evidente). Me disculpé mil veces, y aunque ella estaba furiosa, nadie pudo negar que había sido un accidente. Como Lauren seguía comportándose antipática después de todos mis pedidos de perdón, los demás concordaron que ella era una rencorosa sin motivos. ¡Ja!

Tenía a al menos la mitad de lo chicos de la escuela comiendo de mi mano, por mucho que yo los desalentara. Ángela seguía siendo amable conmigo y era lo más cercano que tenía a una amiga. Jessica buscaba mi compañía todo el tiempo, sólo para soltar comentarios mordaces a los que yo respondía con aún más veneno.

Durante los almuerzos mantuve mi dieta de sólo bebidas gaseosas, aunque tuve que limitarme a unos pocos sorbos por día. Resultó que una lata por día me provocaba eructos por el gas carbónico que contenía, además de malestar estomacal al incorporar a mi organismo otra cosa que no fuese sangre.

Mi relación con los Cullen y los Hale seguía siendo nula. Nos ignorábamos cortésmente, aunque yo los observaba cuando me parecía que no me estaban mirando, y tenía la impresión que ellos hacían lo mismo. Aún no habíamos cruzado palabra. Ni siquiera con Edward, el único con el que compartía alguna clase, y solamente una: Biología. Yo llegaba al aula siempre después de él, me sentaba a su lado sin mirarlo, extendía mi cortina de pelo entre ambos y salía en cuanto era posible.

Con bastante esfuerzo, conseguí resistirme siempre y no alimentarme de nadie. La policía aún no había cerrado el caso por mi anterior víctima, y si bien honestamente no creían que hallarían al culpable, el orgullo les impedía admitirlo (eso me lo había confiado Charlie).

Los periódicos habían publicado que la autopsia confirmaba que la muerte se había producido al ser desangrado, a pesar que casi no se halló sangre en el lugar donde fue encontrada la víctima. La reconstrucción hipotética señalaba que tras matarlo dejando que se desangrara, varias personas habían trasladado al muerto hasta allí, lo habían decapitado con su propia navaja y le habían cortado las manos antes de clavarle la misma arma en la frente, que posteriormente limpiaron de huellas dactilares. El que las manos estuviesen intercambiadas, su propia navaja clavada en la frente con milimétrica simetría y que no hubiese señales de que el muerto hubiese luchado o intentado defenderse, no hacían más que acercar el caso al nivel de una novela de detectives.

Había pasado casi una semana sin mayores contratiempos, pero cada día la sed se hacía un poco peor. Mi intención inicial había sido alimentarme lo menos posible, sin embargo, seis días después de mi última ingesta casi no podía más. Cada día junto a todos esos apetitosos humanos era una tortura; aunque no podía olerlos, todavía oía sus corazones latir rítmicamente si prestaba un poco de atención, veía sus sonrojos, y la ponzoña se acumulaba en mi boca. Ya había cazado en Seattle una vez, cambiar a Port Angels sería una buena idea.

El viernes por la madrugada corrí a Port Angels. En algún lugar cerca de la costa escuché ruido de pelea, golpes y maldiciones. Cuando llegué, ya todo había pasado y no quedaba nadie en el lugar, sólo un hombre agonizante cubierto de sangre.

Sobra decir que me di un festín. Casi sin darme cuenta conté al menos doce puñaladas de arma blanca en el abdomen, el pecho, los brazos. Estaba tan herido que no tuve necesidad de morderlo, la sangre escapaba a raudales por las múltiples lesiones.

Pasé tranquilamente el fin de semana, sin enterarme mucho de nada. Limpié toda la casa a velocidad humana, solo para tener algo que hacer durante más tiempo. Terminé todos los deberes y hasta adelanté trabajos. Lavé ropa, la tendí afuera, la entré en cuanto estuvo seca y hasta planché una pequeña montaña de prendas. Leí íntegramente Orgullo y prejuicio de Jane Austen otra vez, sólo por diversión. Le escribí un larguísimo correo electrónico a Reneé, contándole todo tipo de detalles de mi vida diaria (todos los que podía contarle, al menos) y asegurándole que estaba perfectamente bien y feliz. Cociné para Charlie con especial esmero, en gran parte por lo aburrida que estaba.

Charlie estaba feliz de verme cómoda y a mis anchas, y yo estaba feliz de verlo tranquilo y sin sospechas. Todo marchaba perfectamente.