Advertencia: Este fanfic es un ZADR = Un romance de Zim y Dib. Si el tema no es de tu agrado, no lo leas. DE VERDAD.

Todo lo relacionado con Invasor Zim no me pertenece ;w;

Clasificación: T, por escenas medio violentas y lenguaje pero nada del otro mundo xp

Género: Universo alternativo. Un poco de angustia y una cucharadita de comedia.

Resumen: Después de una accidentada huida por el Universo, Zim encuentra un planeta habitable más allá de los confines del universo conocido, su última esperanza para sobrevivir y continuar con su misión. Lamentablemente, después de vagar por años huyendo del Imperio Irken, queda varado sin posibilidad de salir de ese planeta primitivo. A partir de ahora, Zim deberá adaptarse a la vida en la Tierra, obligado a vivir bajo el techo del único humano capaz de entender su naturaleza y tecnología, el joven investigador paranormal, Dib Membrana. Por su parte, tras un error de cálculo, Dib estará obligado a ayudar al irken a regresar al espacio.

¿He mencionado ya que deberán colaborar sin matarse entre ellos?

Remembranzas

Capítulo II - Jouzai

El finísimo hilo de niobio-titanio se rompió y el irken soltó un rugido exasperado. A su lado había una maraña de decenas de metros de alambre roto, enredado y doblado en varios puntos junto a algunas piezas de diferentes aleaciones fundidos y destrozados. En el pasado él había construido máquinas de guerra, diseñado novedosas y motíferas armas de asalto, junto a un repertorio de máquinas robotizadas para masacrar planetas enteros. Y por más que lo intentara, por mucho que vertiera sus inigualables y superiores conocimientos tecnológicos, ¡no había forma de construir un maldito cargador de baterías para su SIR en ese mugroso planeta!

Llevaba meses con apenas una mitad del dispositivo, la sección más "fácil" pero a ese paso necesitaría más de un año para terminar el circuito completo, pensando que al final funcionara correctamente. Lamentablemente, sin el SIR no podía hacer nada, absolutamente NADA para irse de ese primitivo y apestoso y asqueroso y ruin y detestable planeta. El robot no solo era un acumulador de información, un práctico termo y una pequeña pero poderosa máquina de guerra, era también la herramienta primordial de un soldado irken de alta categoría para sobrevivir en los ambientes más hostiles, como ese lodazal ácido.

Zim planeaba recargar la batería del SIR y, después, éste podría poner en marcha la agotada celda de energía de su base, energía que Zim también había utilizado en su desesperación para mantener su nave espacial funcional en medio del inhóspito espacio exterior.

Se puso de pie de un brinco, dando pisotones comenzó a maldecir su suerte y enfocó su ira sobre el humano que no había hecho más que empeorarlo todo. Si el idiota cabeza de sandía no hubiera movido la cápsula central de la nave de su sitio de aterrizaje, el vehículo se habría reensamblado al cabo de uno o dos días terrestres, entonces Zim habría recargado la celda de ignición de la nave y la del SIR sin problemas con los paneles solares auxiliares y, en cuestión de días, habría retomado su viaje a los confines del universo. Pero gracias al Dib, todo se había convertido en polvo.

- ¡Augh! ¡Cuánto lo odio! - Exclamó. – Algún día haré sus huesos grumos y sus órganos un batidillo. ¡La ira de Zim será devastadoramente infernal! – Gruño Zim por lo bajo, imaginándose esa placentera escena que de momento sería imposible de realizar. - Sufrirá tanto ¡Lo disfrutaré tanto!

Se sentó indignado en el sofá de la pequeña sala de trabajo, completamente frustrado por sus repetidos intentos fallidos. Necesitaba herramientas especializadas que probablemente encontraría en la Tierra si esperaba cinco mil años a que los cerdos humanos tuvieran la capacidad técnica para fabricarlas.

- No, yo no voy a quedarme aquí en este pútrido tiradero de estiércol. - Se levantó apretando los puños y decidido se dirigió al rincón donde había trabajado en las últimas horas en armar un complicado entramado con el delicado hilo de niobio-titanio, apenas lo más cercano a un conductor eléctrico de baja eficiencia en la tecnología irken. - Lo único que me falta es que ni siquiera pueda hacer esto bien. - Miró acusadoramente hacia la estructura base del adaptador. Semejaba más a un nido hecho por un pájaro ciego de pico chueco que a un dispositivo de avanzada tecnología elaborado por un profesional del ingenio irken. Cuanto añoraba las sofisticadas herramientas y la increíble maquinaria del complejo de investigaciones en Vort.

¡Pero él era ZIM! ¡No había nada que no pudiera hacer! ¡Él era un invasor! ¡El guerrero irken élite! Zim nunca se rendía ante nada ni nadi...

Las palabras quedaron suspendidas en el aire con incomodidad al recordar su precaria posición actual.

Hacía un año el panorama se había tornado tan oscuro y sombrío que el cansancio mental y físico al fin lo había vencido y, sin más, dejó que el humano con la rara cresta negra lo capturara, con la esperanza que él terminara todo. Después de vagar por tanto tiempo en el espacio y la constante presión por desaparecer de los radares del omnipotente y omnipresente Imperio Irken lo habían quebrado por dentro, simplemente había perdido las fuerzas para continuar con su misión autoimpuesta.

Pero jamás permitiría que lo volvieran a humillar de esa manera.

- Primero muerto. - Gruñó, apretando los dientes, decidido a cumplir su palabra. La próxima vez usaría el botón de autodestrucción sin dudarlo. No volvería a manchar el nombre del imperio de una forma tan ruin y vergonzosa. Afortunadamente para su propia vanidad y ego, no hubo testigos irken que pudieran repudiarlo por su deshonrosa rendición. Lo que había hecho bien se merecía un "borrado total".

Pero el humano, en vez de saciar su curiosidad con sus entrañas y su valioso pak, le había perdonado la vida y, para empeorar el maltratado orgullo del irken, le había metido un poco de sentido común a base de golpes. Por lo menos Zim lo había arrinconado para que le retribuyera el daño que había cometido al arruinar su nave.

Ahora los dos estaban atascados en una situación detestable y no sentía haber mejorado su postura.

Dib habitaba una pequeña madriguera que se había tornado demasiado incomoda para ambos. Tanto Zim como el humano necesitaban su propio espacio, uno para armar y construir de cero los dispositivos básicos para reactivar al SIR y el otro para ordenar y clasificar los documentos y materiales para investigar los innumerables fenómenos paranormales que se reportaban diariamente alrededor del mundo. Sin tomar en cuenta que el humano también hacía, a los ojos del irken, una burda imitación de tecnología que empleaba para sus investigaciones de campo. Muchas veces la falta de espacio y herramientas para ambos había desencadenado fieras batallas para reclamar más terreno dentro del escondrijo humano. Era como meter dos demonios de Tazmania en una jaula de 30 cm de lado.

Hablando del mono terrícola, hacía más de veinticuatro horas que no sabía nada de él. El día anterior el humano llegó apresuradamente. Sin dar explicación, Dib recogió varias cámaras y artefactos extraños y salió disparado, balbuceando algo sobre un lugar embrujado, una oportunidad única, un grandioso hallazgo. Zim no le había prestado la más mínima atención, con la prisa que el mono terrícola llevaba el irken confiaba que se matara en algún lado. Tal vez ese día se le cumpliría el deseo.

Entonces, para desilusión del irken, la puerta principal se abrió y Dib entró completamente exhausto, con los hombros caídos y arrastrando los pies.

Con cierto esfuerzo, alzó la mirada y gruñó algo inteligible hacia el irken, tal vez un "hola" pero el humano estaba tan cansado que, sin más, se dirigió al sofá y cayó en él, cara de frente, soltando un gemido.

Extrañado, el irken se acercó desconfiado al humano, notó algunos rasguños en sus manos, su ropa tenía algunas marcar menores de quemaduras y despedía un intenso olor a incienso que la humana Callie quemaba por kilos en su casa, Zim aun no entendía qué tenía que ver eso con las seudo-investigaciones de esos dos humanos.

Con un destornillador, Zim picó la inflada cabeza de Dib buscando alguna reacción.

- ¡Hey! ¿Me escuchas? Si te mueres, Zim no tendrá tiempo para tirar tu cuerpo en un botadero de desperdicios.

- Ya, Zim. Quieto. - El humano se quejó sin energía. Con gran esfuerzo, se retiró los lentes y, disgustado, fijó su desenfocada vista al irken. - ¿No puedes hacer algo más que molestarme?

- Zim solo está estableciendo prioridades. - Contestó, lejos de preocuparse por el humano.

- Por lo menos tus comentarios no me echarán a perder mi buen humor esta noche, grillo espacial. - El humano se acomodó mejor en el sofá y sonrió sin razón aparente.

- Mono cerdo idiota. - Respondió Zim automáticamente al insulto pero, ¿por qué el humano estaba sonriendo? ¿Qué se traía entre manos? - ¿Qué tienes? ¿Por qué estás tan feliz? ¿Al fin van a reducirte ese cráneo obscenamente grande? - Preguntó, receloso de Dib.

Acosado sobre su espalda, Dib extrajo de un bolsillo de su pantalón un juego de llaves que resonaron en la sala.

- Tengo nueva casa. - Dijo con una sonrisa amplia, mostrando las llaves como un trofeo. - Por lo menos en ella será más fácil evitar ver tu fea cara.

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Dib aparcó el carro frente a una casa que Zim calificó como insípida, fea y estúpida, con horribles ventanales, un jardín frontal repugnante, de un color azul claro vomitivo, peor que las demás casas circundantes. Zim no paró de despreciar cada aspecto de la vivienda hasta que Dib lo apartó del acceso con un empujón malhumorado, haciendo que la peluca del irken se ladeara.

- Si no te gusta, Zim, a un kilómetro hay un punto de reunión para vagos. Se que estarán encantados de recibir a un alienígena herrante como tú.

- ¡Calla, insoportable humano porcino! - Exclamó, acomodándose rápidamente su disfraz. - A menos que quieras que Zim te regale otra cortada en la cara.

Sobre la mejilla izquierda del muchacho había una gruesa gasa protegiendo un largo rasguño que el irken le había propinado el día anterior por insultarlo, no era profunda pero dolía bastante al gesticular. Aunque Zim también había recibido su tanda de golpes en respuesta, éstas habían desaparecido solo horas después gracias a su rápido mecanismo de curación.

- No me presiones más, Zim. - Dijo, ignorando la rabieta del irken y de su saco extrajo el juego de llaves. - Esta casa la compré para mí y te vas a adaptar a ella. - La puerta se abrió con un chillido que estremeció al irken. - Así que entra y conoce tu nuevo hogar. - Dib entró a la casa sin esperar a que el irken lo siguiera. Le daba igual lo que pensara o hiciera, mientras lo dejara en paz con sus investigaciones paranormales, Zim se podía ir al carajo.

Zim entró con cautela. Su propia naturaleza desconfiada lo puso en guardia, en espera de cualquier amenaza. Además, había algo que le daba mala espina en ese lugar.

- Huele a ese enfermizo polvo-incienso. - Comentó venenosamente el irken, mirando hacia las habitaciones vacías, como si esperara que algo le saltada encima de sorpresa.

Dib giró los ojos pero contuvo su creciente irritación. A sus ojos, la casa era perfecta y el irken no sería capaz de arruinarle el momento. El lugar era espacioso, bien iluminado y, aunque necesitaba un poco de trabajo, todo estaba casi listo para mudarse ahí. Incluso había adelantado un poco con la compra de la mayoría del mobiliario.

Zim se desplazó por la casa furtivamente, como si estuviera reconociendo un terreno potencialmente hostil. Encontró en la planta baja una cocina, la sala, un comedor, un medio baño, una habitación vacía que Dib tenía destinado para un estudio y, al final, el acceso al garage. En el piso superior encontró tres amplios cuartos, un baño al que se negó a explorar a fondo y la entrada al ático, la primera y única vez que lo vería vacío.

En su meticulosa exploración, Zim encontró varias marcas y símbolos de tiza en las habitaciones, pasillos y marcos de las puertas que reconoció con facilidad. Los había visto en uno de los gruesos libros mohosos del Dib, ¿por qué estaban dibujados ahí?

Intrigado, avanzó sigilosamente y regresó con el humano, lo encontró guardando justamente esos libros polvorientos y desgastados, algunas velas, equipos vários, cámaras de video y fotográficas con cuidado, las mismas que había recogido apresuradamente en el departamento días atrás.

- Ven, Zim. Quiero enseñarte algo. - Dib hizo un ademán para que el irken lo siguiera.

Al final de un pasillo, había una gruesa puerta con remaches, desencajado del ambiente hogareño y desembocaba a unas escaleras de concreto.

- Tal vez no te interese saber cómo es el resto de la casa, pero al menos tendremos más espacio aquí abajo para nuestros trabajos. - Indicó el muchacho, bajando las escaleras con cuidado. Aun había varios focos sin instalar por lo que la casa estaba a medio iluminar. - Me alegra que en el siglo pasado existieran familias lo suficientemente paranoicas para construir... - Dio unos pasos tentativos en la oscuridad, estiró el brazo hacia el techo y con un click la habitación se iluminó débilmente. - ...estos bunkers domésticos durante la Guerra Fría.

Zim se encontró en un amplio sótano vacío. Haciendo un rápido cálculo mental, el área era mucho mayor al de la casa a nivel del suelo. Se venía en las paredes y el piso de concreto reforzado indicios de muros falsos recién removidos. Había cables de electricidad a medio ensamblar sobre una delgada capa de polvo y un montículo de escombros al lado de un recogedor y una escoba.

- Aun no termino con el reacondicionamiento de la instalación eléctrica pero, con algunos detalles más, podremos mudarnos aquí. Los dueños anteriores no tuvieron oportunidad de hacer los arreglos básicos. - Explicó el muchacho, entusiasmado e impaciente por cambiarse lo antes posible. - Sabes, fue una verdadera ganga, cuando supe...

Zim no parecía tan emocionado, ni siquiera prestaba atención al humano. Estaba resignado a que era lo más que podría pedirle a su suerte. Si con eso disminuía su contacto con el humano, mejor para él. Al menos podía estar de acuerdo en algo con él, sería más fácil evitarse mutuamente en ese lugar.

De repente, Zim se sintió observado. Instintivamente se giró y al mirar arriba de la escalera, vio una figura borrosa desaparecer.

"¡Estúpido mono sarnoso! ¿A qué agujero nauseabundo nos metió?" Sin pensarlo dos veces, se lanzó detrás de la sombra como una fiera. Lo quisiera o no, ahora ese era su territorio y no iba a permitir que hubieran intrusos.

Al llegar a la planta baja, Zim buscó desesperadamente al intruso sin escuchar los lejanos gritos de Dib. Escaneó cada cuarto, de arriba abajo hasta dar nuevamente con la figura en la cocina. Zim no sabía mucho de ropa humana. Lo único que veía era una mujer alta de cabello café claro con un tipo particular de vestido holgado, parada en una esquina sin prestarle mucha atención al alborotado irken. Con un objetivo claro, Zim desplegó las mortales patas metálicas de su pak y se lanzó contra ella. La atravesaría como una salchicha y expondría su cuerpo sanguinoliento entre las margaritas del jardín y el cubo de basura para disuadir cualquier otro extraño impertinente.

- ¡ESO NO!

Una pesada bota negra golpeó su cabeza, haciéndolo trastabillar y sus patas metálicas se enredaron a su alrededor, inmovilizándolo precariamente.

Zim apenas pudo recobrarse del golpe, estaba demasiado confundido para controlar sus extremidades. Sintiéndose aun en peligro, lanzó insultos y patadas, agitó sus garras en todas direcciones para defenderse del enemigo.

- ¡Basta, Zim! ¡Déjala en paz! - Al final sus antenas captaron la agitada voz del humano y sus ojos encontraron al humano jadeando con un pie descalzo apoyado en el marco de la puerta.

- ¡¿Cómo te atreves? ¡¿Estás loco? ¡Hay un intruso, gusano imbécil! ¡¿Quieres que nos maten? - Aun con la huella de la bota en la cara, Zim vociferó, pataleando enérgicamente.

- ¡Mierda, Zim! ¡¿Por qué nunca me escuchas? - Dib tomó del suelo su bota y enérgicamente volvió a ponérsela. - ¿Me vas a dar un segundo de tu maldito tiempo para explicarte?

Las patas del pak se retrajeron al fin y se levantó, listo para pelear a muerte. Pero el espacio estaba vacío ahí donde estuvo la mujer momentos atrás.

- ¡Se escapó! ¿Te has dado cuenta de lo que has hecho? - Acusó, buscando a su alrededor a la intrusa. – Ahora conoce nuestras defensas y debilidades. Volverá y nos matará en cuanto tenga la oportunidad. Sabía que tu gigantesco cráneo estaba lleno de aire, pero no creí que fueras tan estúpidamente suicida.

- Y no has hecho nada más que hacer un imbécil de ti, idiota. Si ella quisiera matarnos, lo habría hecho desde que entramos.

- Explícate, escoria, antes que te rompa las costillas. – Siseó Zim, preparándose para repartir dolor y ruina.

- Se llama Rose, es un fantasma. – Respondió Dib, fastidiado de la respuesta exagerada del irken ante algo tan trivial. – Era la dueña de la casa hace tiempo y se ha negado a salir desde su muerte. Los dueños anteriores salieron despavoridos de aquí por ella. Se pone muy malhumorada de vez en cuando. Por eso dejaron la casa a tan buen precio, nadie la quería comprar.

Después de un año de convivencia forzada, Zim había escuchado el concepto de fantasma cientos de veces. Ahora esos símbolos rayoneados por la casa tenían sentido. Los humanos los empleaban para expulsar o confinar esos seres etéreos de un territorio en concreto.

Aunque nunca lo admitiera, la idea de tener, lo que Zim llamaba, un "despojo humano incorpóreo" rondando por ahí a su libre albedrío y que ningún arma, por muy poderosa y destructiva que fuera, pudiera hacerles daño, estremecía su squeedle spooch. Eso era completamente antinatural, contrario a todo su conocimiento, experiencia y entrenamiento. Todo debía poder ser reducido a cenizas con el calibre de arma adecuado. ¿Cómo podían esos garabatos insulsos de tiza corriente ser más útiles que un arsenal irken completo? Eso no era correcto en ningún sentido.

- ¿Tenemos uno de esos aquí? – Zim dio un pisotón en dirección al humano. Tal vez el efecto habría sido mayor si no tuviera la marca de la bota visible sobre su mejilla. - ¿Dices que estamos a expensas de sus caprichos? – Avanzó otro paso amenazador y la poca respuesta intimidada del muchacho lo irritó aun más. – No hay manera que expongas a Zim a ESO, JAMÁS.

- Ningún fantasma te va a hacer nada en esta casa, estúpido irken. - Dib cruzó los brazos. – Me la pasé todo un día aplacando a Rose para que dejase a atacar a los habitantes de esta casa. Y si, gracias, lo hice perfectamente. Seguimos vivos, ¿no?

- ¿Y eres tan iluso para creer que... ESO no nos va a atacar cuando bajemos la guardia?

- No voy a discutir contigo y tus paranoias, Zim. Si no te gusta, ya te dije en la entrada cuál es tu otra opción. Con gusto te puedo llevar ahí.

Las mejillas de Zim se incendiaron de ira. Odiaba al humano, de verdad lo odiaba, casi tanto como su afán de ridiculizarlo. Sin pensarlo dos veces, se lanzó contra Dib extendiendo sus garras hacia él.

- ¡Insolente mono porcino!

Desde una esquina, la fantasma observó la intensa y violenta pelea de los muchachos. Se sentía algo desconcertada y curiosa respecto a ese peculiar par. El más pequeño se veía tan lleno de energía, como una pequeña granada explosiva, pero percibía un profundo miedo en su interior oculto bajo la gruesa capa de orgullo narcisista e ira caldeada. Aceptaba que no era humano, estando en ese plano de la existencia ya pocas cosas le sorprendían. El más grande la inquietaba tanto como la atraía, había algo diferente en él, sin embargo era incapaz de determinar si era maligno o benéfico, nunca había percibido algo similar.

Como si se tratase de un pequeño lucero, Rose detectó una pequeña criatura escondida dentro de ese tal Zim. Interesada en la figura agazapada en el fondo del pak, Rose se concentró en ella y se topó con una visión que la sobrecogió por primera vez en décadas.

...

En el estudio, Dib estaba analizando una transmisión en tiempo real desde el Himalaya en busca de alguna pista para hallar el escurridizo Yeti. Pero era más difícil que armar un rompecabezas de seis mil piezas de gatos blancos en la nieve. La toma mostraba un escenario desérticamente montañoso, cubierto completamente por una gruesa e inestable capa de inmaculada nieve blanca, en contraste con un brillante cielo despejado. Aparte de un terriblemente lento desliz de unas nubes a lo lejos, no había nada extraordinario.

Su sistema de monitoreo había detectado algo esa noche y no había despegado la vista de las pantallas. Tal vez solo se trataba de alguna cabra montañesa.

Dib se acomodó en el asiento, y esperó a que apareciera cualquier anormalidad en la pantalla.

Media hora más tarde, apareció un hocico peludo husmeando sobre la cámara. La cámara enfocó una imponente cabra de grandes cuernos, tan blanca como la nieve, alejándose por una pendiente inclinada cercana.

Efectivamente, era una cabra.

- Que pérdida de tiempo. – El muchacho se recostó en el sillón y frotó el puente de su nariz. – Estúpida cabra. Mejor dejo grabando, no gano nada con estar aquí. – Justo antes de iniciar la grabación, un grito enfurecido al cual se iba acostumbrado cada día quebrantó la calma de la casa.

- ¡Maldito gusano homínido!

Y no por eso dejaba de disgustarle.

- ¿Ahora qué? - Se lamentó, maldiciendo por lo bajo al irken. ¿Acaso no podía quedarse callado y quieto por un día? ¿Por qué Zim tenía que ser tan quejumbroso y fastidioso?

Dib se levantó de su sillón y Zim entró furibundo como un torbellino a la habitación.

- ¿Qué pasa, Zim? – El muchacho preguntó resignado a su maldita suerte.

- ¡Mira! ¡Mira lo que ese maldito líquido ácido de este asqueroso e inmundo planeta le hizo al uniforme de ZIM! – Chilló el irken extendiendo el blusón rojizo de su uniforme hacia él.

Dib observó un largo desgarrón en una manga captando de inmediato la queja del irken. Había reparado semanas atrás en un gradual deterioro de la tela del uniforme. El color se había opacado como si hubiesen diluido un cloro barato poco a poco sobre la prenda, la tela se veía frágil en algunas zonas, como si tuviera décadas de uso. Supuestamente ese uniforme estaba hecho con los mejores materiales disponibles en el planeta de Zim, materiales de aplicación militar a prueba de todo. Excepto al agua, aparentemente.

- Dame aquí. – Dib tomó el uniforme y examinó las finas hebras rotas.

Aparentemente la tela tenía la misma debilidad del irken por el agua, pero al menos soportaba mejor el ataque ácido durante el lavado. También los pantalones y el traje ajustado que Zim usaba debajo se veían gris rata en vez de omnioso negro. Todos los juegos de uniforme se encontraban igual de descoloridos y quebradizos y a ese paso el irken quedaría en trapos en unos meses más.

Habían tratado incluso con lavado en seco, pero la ropa se había desintegrado y por poco Zim le desgarraba la garganta al dueño de la lavandería.

A pesar del enfado del irken, ambos sabían que no había nada que hacer. Por lo menos no de momento. Hasta que Zim no instalara su base no habría forma de lavar los uniformes con lo que sea que usaran los irken para eso o, al menos, acceder a nuevos juegos de ropa.

Dib eligió ignorar la rabieta, lo único que Zim quería era culparlo como un tubo de escape a su frustración y dejarse llevar por la provocación no les ayudaría en nada. El daño en los uniformes ya estaba hecho, pero sí había una alternativa.

- Ya no puedes usar ésto...

- Muchas gracias por la información, mono obviedad. - Replicó Zim ásperamente.

- ...pero, si Su Majestad lo desea, podemos ir a comprarle algún ropaje digno de su magnanimidad. – Ofreció Dib en mofa, con reverencia incluida.

Con un rápido movimiento, Zim le arrebató su traje.

- ¿Y dónde pretendes que un honorable soldado del Imperio Irken consiga alguna ropa decente en este mísero planeta?

- En alguna tienda de ropa, ¿quizá? Espero no pedir demasiado a Su Excelentísima que se rebaje a usar algunas tiras de fibras orgánicas sobre usted para cubrirse de las inclemencias del ambiente terrestre.

De espaldas a la pantalla, Dib no prestó atención a las imágenes. Al contrario, Zim desde su posición podía observar la toma perfectamente. Un gran ojo simiesco apareció en primer plano, observando con curiosidad aquel objeto ajeno al medio ambiente montañoso. La criatura, con grueso pelaje blanco se alejó un poco, tomó la cámara con sus grandes y toscas manos, la agitó, la mordisqueó y, al no encontrarlo comestible, lo dejó botado sobre la gruesa capa de nieve.

- ¿Pretendes que Zim use esos harapos que llamas ropa humana? ¡Jamás! – Inconscientemente, Zim abrazó su uniforme, negándose a renunciar a su querido vestuario y lo que representaba para él. Si la milicia irken llevaba a encontrarlo, por lo menos quería enfrentarlos con la dignidad e imagen para demostrar su honor como miembro del imperio y darles a entender que, como tal, Zim había sobrevivido con decencia su exilio.

Y, sobre todo, ¿usar ropa de nativo terranoide apestoso? ¡Ni hablar!

El Yeti metió una mano en la nieve, extrajo una pesada piedra, la sopesó y con extraordinaria fuerza y tino, la piedra trazó un arco en el aire y golpeó mortalmente a una cabra rezagada. Con alegría, el raro homínido llegó junto al peludo cuerpo caído y tras confirmar su éxito, realizó un elaborado y jubiloso baile de la victoria. Con el cuerpo caprino en alto, se alejó hasta perderse de vista.

- Pretendo que un soldado irken no se vea como un loro desplumado, Zim. Hasta que no tengas tu base, tendrás que adaptarte a lo que puedas hallar aquí. Pero si lo prefieres, ponte de nuevo ese trapo y esperemos que te dure hasta entonces.

Zim se vio forzado a evaluar ambas perspectivas. Tenía que afrontar esa nueva humillación con el rostro en alto. Desde un inicio sabía que su huída no sería fácil pero lo que quedaba de su dignidad iba deslizándose por el drenaje junto con su orgullo. Observó las desquebrajadas fibras de su uniforme con desgarrante resignación.

Ante el silencio del irken, Dib se dio la vuelta para continuar con su trabajo. Repentinamente la mano de Zim jaló el cuello de su playera y bajó su rostro a escasos centímetros de él.

- Lleva a Zim a la ropa terrestre, inmediatamente. – Gruñó el irken amenazante. - Tus otros parientes primates pueden esperar otro día. Zim tiene prisa. - Soltó al humano y marchó hacia la salida. - ¡AHORA!

- ¿De qué primates hablas, Zim? - Dib miró hacia la escena glacial con la toma de la cámara completamente girada a como estaba minutos atrás. Entonces recordó con alarma no haber iniciado la grabación. – Zim, ¿qué viste en la pantalla?

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Había muchos humanos, demasiados, yendo de un lado a otro. Había pilas de ropa ordenadas sobre estantes y mesas, o colgadas en fila por todos lados.

- Bien, aquí estamos. Ahora ve y escoge. – Explicó Dib, con la paciencia al filo.

Zim observó a su alrededor, indeciso. Hasta el momento no se había planteado en entero la idea de elegir ropa para él, era una opción que no se le había presentado nunca antes, incluso resultaba escandalosa si pensaba en ello detenidamente.

En Irk estaba claro el tipo de ropa que se debía usar a diario, dependiendo de la ocasión y el estatus-altura en la sociedad. Normalmente eran variantes del uniforme básico pero, ahora, rodeado de tantos diseños y con la libertad de elegir estilos y combinaciones, la sola idea lo aturdía.

Dib notó su titubeo y concluyó que sería una larga espera. Para él, con que el irken eligiera algo y no destruyera nada en el proceso, se daba por satisfecho. Aunque eso implicaba no perderlo de vista, para su propia seguridad y la de los demás.

- Zim, no es tan difícil. Solo toma algo que te guste. – Apremió el muchacho.

- ¡Calla, mono porcino! - Zim tomó un respiro profundo envalentonándose y se dirigió al colgador más cercano. - ¡No apures a Zim!

- Tal vez no lo haría si me hubieras avisado que el Yeti estaba en la mira. ¡Ahora tengo que regresar a casa a ver si el Yeti se digna a regresar al mismo lugar!

- ¡Y Zim que iba a saber que estabas buscando esa bola de pelos!

Los dos desviaron la mirada, incapaces de soportar la presencia del otro. Sin embargo, Dib se forzó a entender que Zim apenas sabía de la fauna terrestre para discernir entre lo normal y lo paranormal. El irken aborrecía todo ser viviente del planeta así que el Yeti y las palomas piojosasde la ciudad estaban etiquetadas por él de la misma manera: Como animales repulsivos e indignos de su atención.

Eso no quitaba su frustración.

- Mira, Zim. Solo... solo ve y escoge algo. Déjame un rato en paz.

Zim se dio media vuelta con el rostro en alto y se perdió entre las pilas de ropa, aliviado por alejarse de él.

Repentinamente una pequeña y enjuta humana salió de entre los colgadores de ropa con una amplia sonrisa. Sobresaltado, Zim dio unos pasos atrás hasta golpearse con un aparador.

- Buenas tardes, ¿te puedo ayudar en algo? - Dijo la joven con voz chillante.

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Dib se había refugiado entre un maniquí de ropa deportiva y una mesa de playeras polo de colores rompeme-la-retina. Se sentía demasiado fuera de lugar, Dib podía ser un genio en todos los campos de la ciencia pero, en cuanto a modas, estaba perdido al igual que desinteresado. Pocas veces salía de su vestuario habitual: Pantalones negros, sacos negros, playeras de tonalidades frías, principalmente el azul y gruesas botas negras.

¿Para qué complicarse tanto la vida?

A lo lejos, observó como una joven dependiente se acercaba demasiado al irken. Por un momento temió por su vida, Zim parecía sobresaltado y eso era en extremo peligroso. Pero, por primera vez, vio al irken actuar civilizadamente, aunque receloso en un inicio. Después de una breve conversación, la joven lo condujo entre los pasillos entusiasmada y extrañamente excitada. Por instantes se paraban, intercambiaban algunas palabras y seguían su curso, como dos pequeños tiburones en el multicolor mar de telas de algodón, poliesters, cierres y botones.

En algún otro punto, otra dependienta se les unió. Para entonces, Zim no parecía haber elegido nada, rechazaba todo lo que le presentaban para desánimo de las muchachas. Ante la duda, otra joven dependienta se les unió y quedaron pensativas estudiando la delgada figura del irken.

Durante todo el rato, Dib notó las fugaces miradas de las dependientas sobre él ni pasó por alto las risitas contenidas. Seguramente Zim estaba hablando pestes de él.

"Y encima, voy a tener que pagar la ropa de éste cabrón" Pensó Dib agriamente.

Dib no despegó la vista del irken, decidido a mantener a todos a salvo si Zim liberaba su furia por alguna indiscreción de las jóvenes. No debía distraerse, cualquier desgracia caería sobre su conciencia de por vida. Era su deber profesional y moral, evitaría férreamente que cualquier amenaza paranormal a la vista lastimara a algún inocente, por muy cretina que fuera la gente. O eso pensó hasta que vio pasar en la cercanía una mujer de generoso cuerpo y ropa ajustada. La visión disparó ciertas hormonas clave a su cuerpo, llevándose por delante su atención y sentido de supervivencia.

Disfrutó del revelador traje rosado, del contorno de sus muslos torneados, de su estrecha cintura, su larga cabellera negra, el escote atrevido y sus dos firmes amigas. Cerró los ojos y se grabó la imagen en la mente para "usos recreativos" posteriores. "Tal vez venir no fue tan malo después de todo", suspiró para sus adentros. Mantuvo su atención sobre ella hasta que desapareció por el área de zapatería.

"Ahora, de vuelta a la realidad." Musitó, pesadumbrado. Y, al voltear, el irken había desaparecido junto con su séquito.

- ¡Carajo! – Y sintió como sus pispiretas hormonas juveniles eran arrolladas por un trailer de adrenalina en su estado más puro a cien kilómetros por hora. - ¡Zim! ¡¿Dónde estás? - Y emprendió la busqueda desesperada.

Sabía que parecía un chiflado, corretenado por los pasillos como quien ha perdido a su hermanito menor y lo espera en casa su madre, en medio de un tratamiento para controlar la neurosis. O, mejor dicho, cómo un miembro de la unidad anti-bombas persiguiendo a un perro dopado de antipsicóticos con unos cuantos kilos de dinamita encima.

Al correr por los pasillos entre los colgadores, exhibidores y maniquíes, Dib imaginó todos los escenarios posibles, uno más horroroso que el anterior. Explosiones, gritos de agonía, cuerpos desmembrados.

Tenía el número de su abogado a la mano, ¿verdad?

- ¡Zim! - Llamó, por enésima vez. Había recorrido la tienda departamental de arriba a abajo sin resultado.

- ¡Dib! ¡Ya callate, humano porcino!

Dib se giró de redondo y Zim se veía mosqueado junto a un monte de ropa a unos pasos. Las dependientes parecían entretenidas con ese espectáculo gratuito, podían lidear con los clientes deschabetados siempre que supusiera una muy bien remunerada comisión.

Dib no había sentido tanto alivio en su vida desde que, siendo niño, consiguió, después de una maratón por toda la ciudad a altas horas de la noche, lo que incluyó el ataque rabioso de un gato callejero, ser atropellado por una bicibleta y la pérdida total de dignidad al rompersele los pantalones, un sustituto perfecto para unos lentes de sol que había tomado a escondidas del cuarto de su hermana.

Necesitaba los lentes para realizar un experimento con luces de amplio espectro para reproducir y anular las capacidades de invisibilidad de algunas pequeñas criaturas del folklore universal, como hadas y duendes. En fin, una cosa desembocó a otra y, cuando se dio cuenta, los lentes se habían derretido como una papilla frente a sus ojos. Su hermana nunca se enteró y él pudo ir a la clinica, convencido que los dolorosos y cuantiosos piquetes de la vacuna antirrabica eran el precio justo por estar aun vivo.

- Zim, ¿dónde estabas? - Preguntó el muchacho, recobrándo el aliento.

- Por ahí, humano idiota. - El irken señaló vagamente al resto de la tienda. - Zim fue a buscar ropa con estas siervas de los textiles. Es ésto. - Dijo, señalándo al cúmulo de ropa. - Paga.

"Esta bién." Murmuró para sí. "Lo que sea pero ya vamonos de aquí".

Entregó su tarjeta a la dependienta y esta empezó a marcar con entusiasmo. Con la mente más fría, Dib notó cierto patrón extraño en la ropa del irken, mucho rojo, morado y rosa, estampados de los mismos colores y, ¿aquello eran lazos? Prestando más atención, se arrepintió aun más haber descuidado al irken, ¡malditas hormonas! Si él no sabía mucho de modas, mucho menos el irken. ¡Lo que había elegido seguro era de la sección de niñas adolescentes!

- Zim, no puedes llevarte eso. Eso es para…

- ¡Zim se va a llevar lo que él quiera! ¡Ahora calla y terminemos con esto de una vez! – Chilló, atrayendo aun más la incómoda atención de los demás clientes sobre ellos. Y con eso, Zim puso fin a la discusión. Aun así, las muchachas soltaron unas risitas contenidas ante la discusión entre ambos.

.

- Dib-humano, ¿esas larvas femeninas tienen… - Zim se tomó un segundo para encontrar las palabras, haciendo un gesto ambiguo con las manos en el aire. - …poderes psíquicos?

- No, no creo. ¿Por qué? - Preguntó extrañado. Normalmente Zim no se interesaba en lo paranormal o lo que estuviera remotamente relacionado con eso.

- Me preguntaron si me habías hecho algo para estar yo furioso contigo. - Dib no percibió rastro alguno de malicia en sus palabras, sino una legitima sinceridad pero su comentario cayó sobre él como un balde de agua fría. – Dijeron que al llevarme ahí estabas comprando mi perdón. ¡Ja! Como si esto fuera suficiente.

- ¡¿Que te dijeron qué?

- Y también que parecías un "buen partido", ¿a qué se referían con eso?

...

Zim salió de su habitación, ideando algún nuevo método para avanzar en la construcción del adaptador de corriente sin hacer explotar nada, sobre todo al SIR. Sopesaba la opción de emplear un nuevo material que el mono terranoide había encontrado por accidente durante una de sus exploraciones. Dib tenía puesta toda su atención y esfuerzo en un caso especialmente complicado y, aunque se le hizo un hallazgo prometedor, de momento no parecía que fuera a estudiarlo. Zim había tenido la curiosidad suficiente para analizar dicho material y, para su sorpresa, encontró propiedades que le serían útiles en su tarea.

Iría al sótano para realizar más análisis a ese material e ingeniárselas para adaptarlo a sus necesidades.

Bajó las escaleras con paso ligero, acostumbrándose a la tosca sensación de los pantalones a la cadera de mezclilla ajustados y el cálido algodón de la playera de manga larga entallada a su dorso. Aun no entendía por qué el humano se escandalizaba por su atuendo y, por lo tanto, Zim prefería pasar de él. El mono terrestre jamás entendería sus necesidades de vestuario, tal vez la ropa terrestre no tenía la misma flexibilidad ni resistencia que la irken pero al menos esa facilitaba sus movimientos para cualquier posible batalla.

Dib idiota.

Fiel a su palabra, el humano le había proveído, en la medida de lo posible para la tecnología terrestre, los materiales y herramientas que necesitaba para retomar su rumbo por el espacio; independientemente de la conflictiva relación que compartían. Al menos Zim podía estar seguro que, tarde o temprano, podría abandonar ese planetoide horrible para no regresar nunca.

Al acercarse a la sala, se hizo consciente de una conversación y el tono aireado de las voces. En parte por entrenamiento y por mero fisgoneo, Zim se acercó sigilosamente a la entrada. Del pak salió un delgado cable con una diminuta lente de cámara en la punta y ésta se asomó por el marco de un acceso, dándole una visión extra sin obviar su presencia.

- Lo único que estás haciendo, Dib, es arriesgarte más de lo necesario. – Callie agitaba un puñado de papeles en dirección al humano. – Llevas al menos veinte casos en el año haciendo lo mismo y éste... – Soltó los papeles, agregándola a la montaña de documentos desparramados sobre la mesa de café. - …lo acabas de sumar. No puedes seguir así.

- Lo he hecho bien hasta ahora, Callie. - Contestó el muchacho a la defensiva, desde el otro lado de la sala. – Tengo mis formas para hacer mi trabajo sin apelar a tales recursos. - Zim conocía el amplio especto de enojo del humano pero en esta ocasión Dib se mostraba arrinconado e inseguro, un aspecto que hasta ahora no le había mostrado en las innumerables y acaloradas discusiones que ambos entablaban regularmente, ni siquiera cuando las cosas terminaban en una pelea a golpes.

- Se que no me debo meter en tus problemas, pero no tiene sentido exponerte de esa manera. Usarlo no te va a convertir en alguien como ella. - Por su tercer ojo, Zim notó la repentina tensión en la pose del muchacho, como si escuchar esas palabras le hubiera creado un nudo en la garganta. - Ya vi las grabaciones del exorcismo que hiciste aquí. - Prosiguió la muchacha y caminó hacia Dib. - Te atreviste a hacer el ritual completamente solo, lo que nunca se debe hacer; sobre todo sabiendo la terrible reputación de esta casa. Rose casi te mata. ¡No puedo creer lo necio que eres!

- ¡Ese no es el problema! – Exclamó, ofuscado, titubeó un instante y desvió la mirada. Dib rara vez mostraba vacilación, se percató Zim. ¿Cómo era posible que él, el temible ZIM, nunca hubiera extraido esa sensación de temor del humano?

- Entonces, ¿qué más podría ser? Siempre has detestado la idea de asemejarte a ella, por todas esas cosas horribles que ha hecho con eso.

Zim notó esa expresión iracunda que Dib adoptaba justo antes de lanzarse al ataque. Con cierta morbosidad, esperó que Dib actuara de la misma forma con ella. En cambio, el humano exclamó ofendido:

- ¿Acaso no sabes lo alienado que me hace sentir? Hacerlo a mi manera, tal como lo haría cualquier otra persona, me hace sentir más normal, Callie. Ésto... - Dijo señalándose a sí mismo. - ...es lo que el desgraciado de mi padre hizo conmigo, me hizo una aberración. ¿No recuerdas como los demás niños me trataban? Todos, TODOS sabían que había algo raro en mí, pero nunca supieron qué, ¿cómo lo podrían averiguar? ¡Jamás voy a renunciar a lo poco de humanidad que me queda! Prefiero morir como una persona normal y aferrarme a la más pequeña pizca de normalidad en mi vida.

Al finalizar su arrebato, Dib notó la expresión dolida de su amiga y entendió el error que había cometido al desahogar sus frustraciones con ella. Ella no lo había rechazado nunca bajo ninguna circunstancia, aun conociendo todos los aspectos de su pasado.

- Callie, por favor, entiende. Todo ésto me hace sentir...

- Eres un idiota. - Murmuró Callie. No quiso escuchar más explicaciones. Tal vez no podía entender los sentimientos de Dib ni su punto de vista del mundo, la vida de él estaba plagada de desilusiones y carencias afectivas de las cuales muchas no eran culpa de él. Pero lo que estaba haciendo era una estupidez.

Sin decir palabra, Callie tomó sus cosas y se fue de ahí, incapaz de mirarlo, sin poder decidir entre pedir perdón, aceptar sus disculpas o insultarlo más.

La cámara regresó a su lugar dentro del pak, normalizando la visión del irken. En silencio, Zim ingresó al sótano, decepcionado por esa discusión tan vanal. Dejó a segundo término el drama que acababa de presenciar y de dispuso a continuar con su tarea. De momento solo tenía cabeza para una cosa y esa era regresar al espacio. Lo que hicieran los terrícolas le tenía sin cuidado.

...

Sentado en un rincón, observaba con creciente exasperación a la multitud primate-porcina a su alrededor. A pesar de haber anteriormente asistido a cuatro convenciones de humanos subnormales obsesionados con bichos raros o inexistentes, su odio por esas reuniones insufribles no hacía más que aumentar. Y el causante de todo estaba desaparecido, ni siquiera podía ubicarlo por esa sobresaliente antena falsa de proteína muerta tan característica del mono idiota.

Zim se encontraba sitiado en una zona de descanso del centro de convenciones donde se llevaba a cabo una de las tantas reuniones que esos sacos de grasa porcina planeaban al año, hasta había dispuesto los sillones circundantes a su alrededor como una pequeña fortaleza de viníl naranja. Afortunadamente Dib era lo suficientemente sensato para solo ir a unos cuantos de ellas al año, tres máximo. Pero una vez estando en la convención Dib mantenía un nivel asombroso de actividad que no veía fuera de esos eventos. Asistía a cada exposición con gran entusiasmo, pero en general la gente terminaba asombrada con sus descubrimientos y, para sorpresa del irken, su rostro era reconocido por más gente conforme pasaba el tiempo.

Fastidiado de tanta apestosa humanidad a su alrededor, Zim se levantó irritado de su rincón y, al abandonar su refugio polímerico con viejas marcas de cigarrillos, Dib apareció de repente, cargado de carpetas, discos de datos y panfletos con información que muy probablemente no le serviría, Dib estaba demasiado adelante de todos para sacar mucho provecho de eso.

- Hey, Zim. ¿Divirtiéndote? - Preguntó Dib, sin prestar atención a la mirada iracunda del irken. – Perfecto. Igual yo. ¿Sabes? Encontré un dato curioso en la última conferencia sobre cierto comportamiento similar de los lobos de crin con lo documentado del extinto tigre de Tanzania. De ser cierto, tal vez haya posibilidades que...

"Algún día, maldito primate infeliz." Gruñó Zim con odio en su mente, ignorando la exaltación del humano. "Te voy a hacer pagar por ésto."

Hacía un par de meses desde que Zim había accedido a "trabajar" al lado del humano miope, cuando habían encontrado un ejemplar de husmeador en medio de un maloliente y pútrido bosque terrestre. En momentos como esos, se arrepentía en lo más profundo de su squeedle spooch esa insensata decisión; ahora no tenía excusas para no acompañar al humano, ahora era parte de sus responsabilidades.

El descubrimiento del husmeador no habría sido una gran noticia si Dib no hubiese relacionado las propiedades pirotécnicas de animalillo con la combustión expontanea humana, dando, al fin, la explicación definitiva a ese misterio, lo que en breve desembocó a replantear toda las leyes de la termodinámica conocidas.

Sin embargo, un puñado de cientificos se tomaron demasiado a pecho el cambio. Decidieron que el Universo, tal como lo concebían, se había ido al traste de la noche a la mañana y optaron por pasarse a la siguiente vida con la esperanza que, al menos, ahí las cosas tuvieran más sentido.

La humanidad era, por mucho, la especie más patética que Zim había conocido en su prolifica vida en el ejercito del imperio.

- ...tal vez deba hacer un breve viaje a Sudamérica a finales de año. Después de mi exposición de hoy, tendré poco tiempo. Van a ser unos meses bastante pesados. - Dib miró hacia el gentío con cierto interés.

- Y yo no se por qué te molestas tanto en convencerlos que los fantasmas de verdad existen. Esas cosas llevan vagando en tu misero planeta por miles de años y, hasta ahora, tu pseudo-ciencia terricola cree que son solo ilusiones de gente transtornada. - El humano debía ser un imbécil crédulo, pensó Zim. ¿Y por qué tenía la ligera sospecha que el humano lo estaba ignorando?

- Por que, a diferencia de otras investigaciones, yo sí tengo pruebas irrefutables, en gran parte gracias a Rose. - Entonces, su atención se fijó a lo lejos. Zim siguió su mirada y, al otro extremo de la sala, junto a una mesa de rebosantes bocadillos baratos, había una humana que también tenía la vista sobre él. - Además, hay una razón por la que haya elegido esta convención en particular para dar a conocer mi descubrimiento. - Dib sonrió de una forma extraña, era como si hubiera ubicado una presa potencial, concluyó Zim, incluso la mirada lo delataba. Consternado, Zim notó también en ella la misma intención acechante. ¿Era alguna clase de ritual humano?

- ¿Y cuál podría ser esa? - Había algo entre los dos, pero ¿qué era? ¿qué estaban haciendo? Tenía que haber algún tipo de comunicación ahí, pero ¿cómo descifrarla? ¿qué mensaje se estaba trasmitiendo? ¡¿qué estaba planeando el humano? gritó su instinto de supervivencia bordeando el sinuoso acantilado de la paranoia.

- ¿Ves el monticulo de ahí afuera? - Por una de las entradas, había a unos metros de ahí un montículo de tierra rodeado de piedras, lo suficientemente grande para enterrar un carro compacto en él. - Ese era un antiguo cementerio indio al que vine años atrás y me encontré con alguno que otro espiritu dispuesto a ayudarme para esta ocasión. - Dib ordenó las hojas y panfletos en una pila maniobrable sin mostrarse particularmente interesado en la conversación.

- ¿Y lo harán solo por que sí? - Incrédulo, Zim se halló turbado ante su incapacidad de comprender al humano, sintiéndose tenso por la inexplicable conducta. Debía entenderlo cuanto antes, de lo contrario no podía predecir al humano y eso podía ser mortal para él, ¿qué tal si de pronto, ante ese cambio, decidía traicionarlo y exponerlo ahí mismo, entre los demás humanos fracasados?

- Lo harán por que no tienen nada mejor qué hacer. Además... - El bolsillo interno del saco, extrajo un aparatejo del tamaño de una caja de dulces. - Al fin podré usar esto. - Era un dispositivo en el que Dib había trabajado enajenadamente por meses, haciendo mano de los aparatos electricos de la casa con tal de no perder tiempo de salir a comprar componentes eléctricos. Solo entonces Zim valoró los controles remotos y el lavavajillas automático.

Dib se ajustó las gafas, sonriendo con pretensión.

- Ahora, si me disculpas, tengo un asunto que atender. - Dib le entregó la pila de documentos, sin notar la confusión del irken y la ausencia de protesta de su parte. - Te veo en la habitación.

Para cuando Zim notó el peso sobre su manos, Dib ya había cruzado la sala. Parado en la zona de descanso, podía ver el acercamiento de Dib a la humana y ésta, en contra del condicionamiento impreso en cada una de las células y circuitos del irken, consintió su aproximación sin violencia, o al menos un gesto de advertencia. "¡Qué tenía en la cabeza! ¡Los dos! ¡¿Cómo se le ocurría al humano hacer eso? ¿Qué tal si ella lo atacaba? ¿Con qué distancia podría reaccionar?" Pero, el inexplicable comportamiento de Dib también podía significar que él podría atacarla tambien, ¿cierto? En dado caso, ¿por qué lo haría?

- ¡Humanos tarados! - Gruñó Zim, genuinamente pasmado. Con ese tipo de defensas tan bajas, ¿cómo los humanos habían sobrevivido hasta entonces? Si él estuviera en servicio como invasor, necesitaría solo una semana para tener a toda la población terrestre bajo su poder.

Dib y la joven charlaron por espacio de varios desesperantes minutos. Para disgusto y exhasperación de Zim, a esa distancia era incapaz de escuchar la conversación, sobre todo ahora que estaban demasiado cerca el uno de otro para gusto del irken.

No, con tres días serían suficientes. Y tendría a los humanos construyendo los cimientos de su fortaleza tiránica al cuarto día.

Entonces, sin razón aparente, los humanos se retiraron de la sala.

Decidido a llegar al fondo del asunto, Zim tiró los documentos a un lado y los siguió a una distancia prudente.

El centro de convenciones formaba parte de la infraestructura de un hotel grande donde se hospedaban y, por suerte, los humanos se dirijieron allá. Los humanos no se percataron de la persecución y entraron a la habitación de ella.

Zim llegó a la puerta y afinó sus antenas pero con tantos asistentes de la convención circulando por los pasillos que pudieran delatara su presencia, más el ruido de una pulidora de pisos cercana, no podía percibir más allá de un murmullo inteligible.

- Maldición. - Debía hacer algo para averiguar qué estaba pasando detrás de esa puesta. A través de una ventana cercana, Zim dislumbró un robusto y alto árbol cerca del edificio. Recordó de pronto que el hotel estaba rodeado de árboles iguales a aquel. Entonces tuvo una idea.

Salió del hotel y justo debajo de la ventana donde estaba Dib había un árbol lo suficientemente alto y fuerte para soportar su peso. Aprovechando la creciente oscuridad del anochecer se encaramó, desplegó las patas del pak y subió por las ramas con agilidad inigualablemente irken.

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No sabía qué hora era pero era lo menos que le importaba, Dib caminaba por los pasillos del hotel sonriendo satisfecho por el dulce recuerdo de la noche. La chica era linda y se podía entablar una conversación amena con ella, lastima que Dib tenía la estricta política de "solo una noche".

Llegó a su cuarto, esperando encontrar al irken. Sin embargo, al entrar, Zim no estaba.

- Qué raro. - Zim normalmente se refugiaba en la habitación para no mezclarse con los demás "malolientes monos granudos". - Ya llegará. - Zim no precisaba de niñera las veinticuatro horas. Dib se tomó un baño. Sin embargo al salir Zim aun no había llegado.

Después de vestirse, el muchacho se paró en medio del cuarto, inquieto. "¿Dónde estará?" se preguntó. "Mientras no lastime a nadie..."

- Ya sé. - Chasqueó los dedos al tener la idea. Sin duda debía estar ahí, casi nadie se paseaba en ese nivel. Seguro Zim se había aburrido y tampoco podía pedirle al irken quedarse encerrado en el cuarto todo el tiempo.

Dib tomó el ascensor hasta el último piso y ahí encontró la puerta a la azotea. Sin sorprenderse, el candado estaba roto.

- Espero que el personal no se de cuenta hasta que bajemos. - Susurró para sí mismo mirando por sobre su hombro.

Al cruzar la puerta y cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, Dib encontró la incomparable silueta del irken, sentado en el suelo. Zim se giró malhumorado, sabía que era Dib por la forma de pisar.

- ¿Qué quieres, Dib? - Zim escupió el nombre con veneno concentrado. - ¿Cómo te atreves a interrumpir la tranquilidad de Zim?

- Va, no te pongas así. Solo vine a ver cómo estabas.

- Me encontraba perfectamente hasta hace un instante. - Respondió el irken, alzando el rostro de forma altiva. Hasta el momento, Dib no había conocido a alguien capaz de expresar tanta autosuficiencia con solo un gesto, ni siquiera en quinceañeras malcriadas con padres ricos y/o extremadamente condecendientes.

- Bien, entonces me voy a descansar.

- No. - Y el humano frenó en seco. - Aprovechando que estás aquí, Zim quiere hacerte una pregunta. - Dib nunca se había reusado a contestar sus preguntas, es más, hasta parecía dispuesto a revelarle sus conocimientos sobre la Tierra, engrandeciendo su patética y vulgar existencia, y Zim no veía la razón por la cual esta ocasión fuera diferente. - Dib, ¿qué estabas haciendo con la humana esa?

- ¿Hacer qué? ¿Te refieres allá abajo, en el descanso? Solo charlé con ella un rato. - Respondió Dib, inocentemente.

- Subí por uno de los árboles hasta alcanzar la ventana de esa... celda de panal donde estuviste. Tú y esa mona fémina estaban haciendo y diciendo cosas. Casi todo el tiempo te la pasaste sobre ella. ¿Qué era?

- ¡¿Qué tu qué? - Dib se asomó sobre el pasamanos y comprobó la perfecta posición del árbol respecto a la susodicha ventana. Ese día, en definitiva, se estaba convirtiéndo en el más embarazoso de su vida. - ¡Zim! ¿Cómo pudiste? Eso... eso no se hace. ¿Estás dañado del cerebro?

- "¡Zim, no hagas eso!" "¡Zim, no hagas aquello!" "¡Para ahí, Zim!" - El irken explotó. - ¡Ya me estoy cansando de esto! ¡No tengo por qué quedar como un idiota cada vez que hago algo que no te parece! ¿Piensas que por ser yo un extraño en este cochinero voy a tener mis circuitos neuronales mal interconectados? ¿Crees que si tuviera mis propias fuentes de información haría investigación de campo gratuita? ¿O, peor aun, rebajarme a preguntarte?

Eso fue suficiente para enfriar los ánimos del muchacho. Por una parte no sabía como manejar la idea que el irken lo había espiado en sus actividades amatorias, lo que si podía tratar de entender era el punto de vista del irken. Aparentemente el irken no sabía nada del tema, lo que comenzó a generarle preguntas, ¿cómo no podía saberlo? Espera un segundo, ¿qué hacian los irken a cambio?

"Calma, date un respiro y explícale la situación." Dijo un pensamiento. "Claro, dale "la charla" a un alienígena violento y narcista, trata de sintetizarle las complejidades del sexo y amor humanos. Eso sí que va a ser divertido. ¡Oh! Sería aun más divertido explicarle por qué eso no se aplica para tí." Dijo otro pensamiento mordaz. "Ni loco. Solo me apegaré a lo estrictamente necesario."

- Perdón, Zim. Solo... solo no vuelvas a hacerlo, conmigo ni con nadie, ¿está bien? Es muy embarazoso y raro.

- Humano tarado, me bastó con una sola ocasión. - Susurró Zim, acomodándose de nuevo en su lugar. - Responde, ¿Qué hiciste con ella? - Ordenó tajantemente.

Resignado, Dib se sentó cerca de Zim, dándose tiempo para ordenar sus ideas después de ese momento tan bochornoso.

- ¿Sabes siquiera qué fue lo que viste? - Preguntó Dib, para asegurarse que Zim no tenía ni la más mínima idea sobre el tema y, al menos saber con qué empezar.

- Te ví a tí sobre esa fémina humana haciendo ruidos y movimientos extraños. Y sus bocas se juntaban repetidas veces. Éso fue, creo, lo más asqueroso de todo, ¿sabes todas las bacterias y restos de comida que hay ahí? A la larga me aburrí y me fui.

"Que bueno que nos la pasamos cubiertos por las sábanas casi todo el acto." Pensó Dib. "O Zim estaría más traumado, de seguro."

- Entonces, no sabes en lo absoluto qué estaba ocurriendo. - Dijo, afirmando sus sospechas.

- ¡Claro que Zim sabe algo! - Exclamó Zim en automático, para no evidenciar su completa ignorancia. - Estabas... estabas demostrando tu autoridad sobre ella ¡eso! - Apuntó Zim, creyendose su propia declaración vacía. Si Dib estaba sobre de ella, tenía que significar al menos eso, ¿no?

- ¿Por qué tengo yo que explicarle esto a él? - Se lamentó por lo bajo. En definitiva, la noche se había arruinado.

- Zim, te voy a explicar qué acabo de hacer. Pero, primero quisiera saber algo, ¿cómo se reproducen ustedes, los irken? - Hasta el momento no le había surgido la duda ni había visto a Zim bajo esa luz. Pensando al respecto, Zim tenía más un cuerpo de una jovencita de pecho plano que la de un muchacho adolescente, sobre todo por la ligera curva de sus caderas y sus rasgos delicados. ¿Serían esas características deseables en una especie militar? ¿Estaría fichado como un individuo atractivo o todo lo contrario?

- Clonación. - Fue si respuesta inmediata. Y conociendo al humano, Zim se adelantó a su pregunta. - Hay un área constante y fuertemente custodiada en Irk donde se encuentran hectáreas de tubos incuadoras. En ella se realiza una mezcla de genes aleatorio para evitar cualquier tendencia de rasgos y evitar el riesgo de deshomogeneizar mi especie. Al cabo de unas semanas, cuando el producto, el smeet, está listo, se quiebra el tubo y, para darle "el choque inicial" de animación, se implanta el pak.

Dib tomó nota de esa información para analizarla posteriormente, pero en un nivel básico sintió una vaga simpatía por el irken. "¿Con que clonación, cierto? Mira comó son las cosas." Pensó Dib.

- ¿Qué tiene que ver eso con lo que ví? - Zim preguntó impaciente.

Dib tomó valor y le explicó, de la forma más tecnica posible, el proceso de reproducción humana, tal como él mismo la había obtenido de una enciclopedia en casa de su padre. El profesor Membrana, en algún punto, había obviado ese conocimiento en sus hijos, evitando a ambas partes "la platica", con las típicas y absurdas alusiones a abejas y flores.

Lo que Zim entendió de todo eso, haciendo gestos de asco en el proceso, fue que debía haber una excitación e intercambio de fluidos entre un humano femenino y masculino sexualmente maduros, por medio de sus órganos reproductivos, para que la concepción se llevara acabo.

- Humanos desagradables, con sus organos, sus fluidos y sus... cosas. - Concluyó Zim, haciendo gestos vagos son sus manos y alejándose unos cuantos centimetros del humano. - Entonces, ¿vas a ser en unos meses una unidad paterna?

- No, claro que no. - Respondió Dib, escandalizado ante la mera idea.

- Pero, tuviste... ¿cómo le llamaste? Un coito con ella, entonces lo natural sería que...

- No, de ninguna manera. - Interrumpió Dib tajantemente, con su rostro aun más rubirizado. - Zim, los humanos podemos tener sexo por puro placer sin necesidad de reproducirnos. Tenemos métodos anticonceptivos para eso.

- Viendo a tantos humanos alrededor, no creo que sean tan eficaces. - Comentó Zim. - Entonces, ¿no habrá un pequeño Dib molestoso cerca de mí? - Interrogó, genuinamente preocupado por lo que eso podía representar para su relativa calma diaria.

- No. Jamás. - Dib cruzó los brazos, incómodo con la idea y decidido en evitar su propagación genética a cualquier costo. Había sido una decisión que había tomado años atrás y no había poder en la Tierra que le hiciera cambiar de parecer.

- ¿Seguro?

- Seguro.

- Bien, ya es suficiente con el Dib grande. - Zim recogió sus piernas contra su pecho y fijó su mirada al cielo.

Para romper con el silencio, Dib le preguntó vacilante.

- Entonces, ¿ustedes son asexuales? Me refiero, ¿ustedes tienen algún género?

- Zim es geneticamente masculino. - Respondió. - Pero si tu pregunta es si tenemos organos reproductores como los tuyos, no. ¿Por qué habríamo de tenerlos? Los antiguos técnicos tomaron la mejor decisión de quitarnos de encima la responsabilidad y la perdida de tiempo que supone la gestación y ese insalobre intercambio de fluidos. - "Qué asco." - No me imagino a una irken fuera de acción por más de una semana, en especial por que ellas son las unidades más fuertes y agresivas del ejercito. No sé explicar por qué ustedes se toman tantos problemas concibiendo y criando sus larvas.

- Bueno Zim. Normalmente las personas tienen bebes por que...

- Cualquiera que sea la razón, debe ser una tontería. No quiero ni escucharla. - Había tenido suficiente de disparates humanos por una noche.

Avergonzado por la conversación, Dib intentó distraerse. La noche estaba ligeramente fría, sin luna ni nubes, el cielo estaba completamente claro y, de inmediato, reconoció cada una de las constelaciones del hemisferio. De niño había aprendido el nombre, forma y posición de cada una y, desde entonces, las estrellas eran transparentes para él o eso creía inocentemente. Sin embargo, con Zim a su lado, se sentía un verdadero ignorante de lo que había haya afuera.

Entonces, Dib notó la intensidad con la que el irken miraba la cielo. ¿Acaso, Zim estaba...?

- Zim, ¿reconoces alguna de esas estrellas?

Molesto por la interrupción, Zim la lanzó una mirada funesta.

- ¿Cómo podría, humano idiota? Ni siquiera sé en qué zona del universo estoy atrapado. - Zim soltó un bufido y levantó la mirada al cielo. - Todo está fuera de lugar. Esta área jamás ha sido cartografiada. Ni siquiera se cómo voy a regresar a Irk. - Si alguna vez se lo permitían.

Había desconsuelo en su voz, Dib no pudo evitar notarlo. Ahora que pensaba en ello, seguramente Zim sentía terriblemente solo, él único de su especie en milones de años luz a la redonda, constantemente confundido en un mundo ajeno a él, mientras que Dib era libre de ir y venir entre las demás personas, hasta podía darse el lujo de despreciarlas ¿Cómo no lo había notado antes? Quién sabe por cuanto tiempo el irken había vagado por el vasto universo, tan frío, silencioso e inhospito, solo con sus recuerdos, pensó el humano. Si Zim había escapado de Irk, cualquiera fuera la razón de su huida, seguramente llevaba a rastras culpas y arrepentimientos, atormentándolo día a día. Eso enloquecería a cualquiera.

Poco a poco Dib entendía más al irken y no le sorprendía que se le hubiesen acabado las fuerzas hace más de un año, cuando se dejó atrapar por él, dispuesto a dejar su suerte en sus manos. Pero, ahora Zim estaba ahí, determinado en seguir su viaje a cualquier costo. Eso era digno de admiración sin duda alguna.

- Puede que falte tiempo para poner en marcha tu nave, Zim. - El irken desvió su atención al humano, preparandose para algún sutil insulto. - Pero hasta entonces te ayudaré en todo lo que pueda. Te lo prometo.

Y, por primera vez desde que comenzara esa conflictiva relación, el investigador paranormal deseo genuinamente cumplir con su palabra.

Sorprendido por la declaración, Zim volvió su mirada al cielo con una ligera sonrisa dibujada en sus labios, buscando con esperanza la más mínima referencia entre las estrellas, el más mínimo rastro que pudiera llevarle de nuevo a su planeta natal. Sin embargo, tras haber escuchado las palabras del humano, algo en su interior se calmo y de alguna forma ya no se sintió tan lleno de incertidumbre y nerviosismo. Si había aprendido algo del humano, era que él siempre cumplía con su palabra.

- Dib. Y eso que hicieron en el área de descanso, ¿también era parte del "cortejo"? Lo de quedarse mirando uno al otro y acercarse demasiado.

- Sí, ese lenguaje corporal no siempre es igual. Depende de la situación y las personas.

- Normalmente, los irken somos más gestuales en eso para transmitir mensajes. - Respondió Zim.

- ¿Por ejemplo?

Zim hizo una serie de gestos casi inperceptibles sin apartar la vista de él.

- ¿Qué quisiste decir? - Preguntó Dib, curioso por ese lenguaje de señas tan sutíl y curioso, sin embargo el irken aun no parecía entender que el lenguaje corporal y el de señas eran diferentes.

- DESTRUCCIÓN TOTAL. OBJETIVO SIN VALOR ESTRATÉGICO.

- Ah... - ¿Qué clase de vida llevaba Zim en Irk?

...

Zim se extrañó ver la luz del sótano prendido a esas horas de la madrugada, no por la hora en sí, sino por el absoluto silencio; la luz no podía estar prendida sin escucharse el chispazo de los circuitos electrónicos, el golpeteo de piezas mecánicas, el ritmico tecleo del teclado o, al menos, el gemido frustrado del ocupante en turno.

Bajó con precaución, alistándose física y mentalmente para alguna posible confrontración, el vecindario era tranquilo hasta el aburrimiento, sin embargo no se dejaba engañar por la apariencia ni bajaría su guardia. Agudizó sus sentidos y sus fibras musculares se tensaron. Al llegar al sótano, se asomó brevemente y encontró al humano acurrucado sobre sus libretas de apuntes y hojas sueltas.

El ex-soldado irken soltó un bufido desilusionado y se dirigió al joven investigador paranormal. Si bien era satisfactorio pelear con el mono con cresta de vez en cuando, nada se comparaba a una pelea mortal contra un enemigo que, seguro, te destriparía si le dabas la oportunidad, ni al golpe de adrenalina capaz de hacerte olvidar cualquier duda o vacilación. Y mientras tuviera que cohabitar con el humano, no podía matarlo.

Dib tenía el rostro oculto entre sus brazos, sus lentes estaban a un palmo de distancia y entre sus dedos sostenía uno de sus innumerables lápices deformados. En momentos de profunda concentración, el humano jugaba con ellos y, a los pocos días, los lápices mostraban una honda mella en el medio.

¿Qué hora era?, pensó y su pak le mostró la hora terrestre.

A pesar de la hiperactividad del humano, había un estrecho margen en la madrugada, esa hora justamente, en la que el Dib caía dormido fuera lo que estuviera haciendo.

El irken decidió ir a la sala y ver la televisión por un rato. Superando su inicial retinencia, si él iba a ayudar al Dib con sus investigaciones paranormales entonces debía saber, al menos, qué era lo "normal" y como un curso rápido sobre flora y fauna terrestre, una de las tareas de Zim era leer revistas de naturaleza y ver programas educativos. Pasadas las protestas, Zim había aceptado su destino y absorbía la información a gran velocidad gracias a su avanzada capacidad de procesamiento.

Pero algo llamó su atención.

Tomó algunos apuntos del primate, en los margenes y entrelíneas identificó escritura irken y sonrió satisfecho. Todo estaba escrito correctamente.

Desde hacía meses, Dib le había pedido insistentemente enseñarle escritura irken. Para fortuna del humano, había casi tantos caracteres irken como romanos pero el problema principal residía al momento de emplearlos y arreglarlos para trasmitir un mensaje. Gracias al pak, un irken podía leer rápidamente sin perder información de por medio, sin embargo los arreglos especiales de escritura estaban hechos para acelerar la lectura, incluso en textos cifrados; en esos arreglos, el significado de la lectura se perdía si no se leía a la velocidad adecuada, velocidad que solo se alcanzaba con el pak.

Hasta el momento Dib había aprendido los tres sistemas básicos de escritura, los únicos que podría leer sin mayor problema, y, por las notas que encontró en las hojas, no estaba perdiendo la oportunidad para ejercitarlo. Algunas veces hasta quería darle palmeadas a Dib en la cabeza y decirle "Buen chico" por su buen aprendizaje.

Su buen humor hubiera continuado hasta el amanecer si no hubiese leído el contenido de las hojas. Sintió algo similar a un filoso trozo de hielo glacial raspar y triturar sus vertebras. Privado por el describrimiento, corrió hacia su adaptador de energía, en el extremo contrario del sótano.

"¡El humano arruinó todo! ¡Dos años de duro trabajo echados a perder!" Ni siquiera quería ver el desastre que había dejado el simio retrasado.

Sobre su mesa de trabajo impecablemente ordenado estaba el adaptador, cerrado y pulcro, tal como se lo había imaginado por más de un año. Y al lado estaba el SIR, listo para iniciar su bien merecida recarga.

Zim se dio cuenta que había contenido la respiración y, entonces, tomó una gran bocanada de aire.

- ¡¿CÓMO PUDISTE, MALDITA BOLA DE CEBO? ¡¿QUÉ LE HICISTE? - Gritó Zim, presa del pánico. No sabía ni por dónde empezar. La tarde anterior había dejado varias piezas menores desensambladas, habían conductos milimétricos que aun no había llenado con superconductores líquidos que aun no había producido. Ahora, todas las piezas estaban en su lugar. - ¡Te juro que te vas a arrepentir por ésto el resto de tu vida! - Abrió el adaptador con dificultad, sus manos le temblaban y su mente estaba abrumada por la creciente posibilidad de pudrirse en la Tierra.

Dib se levantó con sobresalto y se aferró a la mesa para evitar caerse. Para cuando se ajustó los lentes y estuvo consiente de su realidad inmediata, ya tenía al irken sobre de él. Con un fuerte tirón, se vió lanzado por los aires y aterrizó sobre una pila de discos compactos.

Con el costado doliendole como los mil demonios, Dib trató de girarse y erguirse sobre las destrozadas cajas y discos de acrílico pero la gruesa bota del irken cayó entre sus homóplatos, clavándole esquirlas en el pecho. A pesar de la delgada figura del irken, pesaba más que el humano.

- No voy a repetirme, gusano. - Rugió Zim, torciendo su talón sobre Dib. - ¿Qué mierda le hiciste al adaptador? - Y de su pak se extendieron cuatro cables con garras serpenteando a escasos centimetros de la cresta proteínica humana.

- ¡Aprende a decir "Por favor", imbécil! - Dib alargó una mano y, haciendo uso de todas sus fuerzas, derribó un estánte cercano.

Pesadas cajas llenas de archivos cayeron como una cascada de ladrillos. De un salto, el irken se alejó y al aterrizar resbaló sobre resbalozos discos compactos. Su espalda resintió el mayor impacto al caer justo sobre el pak.

Para cuando el irken se recuperó del golpe, la tempestad de papeles había terminado. Trató de levantarse pero se sintió retenido por el pak.

- ¡Maldita porquería! - Maldijo, apartando la capa de hojas a su alrededor. Tres de los cables flexibles del pak habían quedado atrapados debajo del pesado mueble y en la posición en la que se encontraba inmovilizado era imposible desplegar los miembros metálicos sin lastimarse él solo.

Debajo del desastre se oyó largo quejido y, a los pocos segundos, la superficie de papel de perturbó, emergiendo precariamente de ella el mono terrícola.

- ¡Joder, mi brazo! - Gruñó el humano, haciendo esfuerzos en vano por salir de ahí. Tenía el peso del estante sobre su antebrazo y aun tenía trozos de acrílico enterrandose en el pecho. Para empeorar la situación, no tenía los lentes puestos, se habían perdido en algún punto. No podría ver más allá de treinta centímetros. - ¡Siempre tan impulsivo, Zim! - Reprochó Dib, apartando las cajas despedazadas de acrílico debajo y alrededor de él para aliviar un poco el dolor de los filosos trozos. - Mira en lo que nos has metido. ¡Mierda, duele!

Zim tiró de los cables y se agitó, sin embargo el mueble lo mantuvo aprisionado.

- ¡Calla, simio bobalicón! Es tu culpa que estemos en este aprieto. - Zim reprochó, empleando su cable libre para liberarse, pero esas extensiones del pak no estaban hechas para cargar grandes pesos, estaban diseñadas para sujetar y desgarrar.

- Y, claro, lo primero que tenías que hacer era lanzarme como un muñeco de trapo. - Alargó la mano en busca de sus lentes, la punta de sus dedos rozaron el armazón y se estiró hasta alcanzarlos.

- ¡Me habría ahorrado la molestia si no hubieras tenido el atrevimiento de tocar mi adaptador! - Al intentar levantar el estánte, su pak giró por su propia curvatura,causando que los cables se tensaran y la cubierta metálica empezó a separarse. - ¡Ah, trasto inmundo!

- ¡El adaptador ya está listo, bicho lobomotizado! - Con el pecho contra el suelo y el antebrazo aprisionado, la movilidad de Dib era prácticamente nula. Sentía que cualquier movimiento brusco le descolocaría el hueso de hombro.

- En tus sueños, gusano rastrero. No tienes la capacidad intelectual para entender la complejidad que supone la tecnología del adaptador. - Replicó Zim, refunfuñando.

- No te des tantos alardes, chico espacial. Solo hice pequeños ajustes al adaptador después de leer tus notas. – Explicó el muchacho, retorciéndose bajo los escombros. - Nada para que te cabrees tanto, Zim.

- ¿Y todavía tienes el descaro de presumir tu falta? ¡Estoy hablando de tecnología irken, no son simples cablecitos o engranajes!

- Mira Zim, si seguimos en esta situación a mí se me va a romper el brazo y a tí los retraíbles. Ayudame a salir de aquí y seguimos con esto luego, ¿va?

Con claro rechazo a la propuesta de Dib, el ex-soldado irken se contorsionó en vano para liberarse. Al tensionarse los retraibles, Zim desistió. Mientras no tuviera su base y su equipo de reparación médica, no podía permitirse dañar los componentes del pak.

- Bien, humano. Levantemos esta carga a MÍ indicación. Y una vez Zim esté libre de este predicamento te quebrará todos los huesos de su mantecoso cuerpo, uno a uno. - Amenazó Zim.

Al siguiente minuto, los muchachos levantaron el estánte y escaparon de esa incómoda situación.

- Ésto va a doler mañana. - Masculló Dib, mirando el extenso moretón ahí donde el mueble había caído.

- Y espera a que Zim te ponga las garras encima, rata inmunda. - De una mesa cercana, Zim tomó un puñado de sus herramientas y se dirijió a la suya. - Si no fuera por que debo revisar lo que hiciste ¡estarías en este momento suplicando a Zim por tu miserable vida!

- Zim, ¿por qué no eres capaz de creer que haya podido terminar el adaptador? Ya medí la energía de salida con una carga de prueba, nada explotó ni se fundió, todo está correcto. - Explicó Dib de modo conciliatorio, acercándose a Zim con sumo cuidado. Sabía que la ira de Zim era tan destructiva como un tornado y estaba sufriendo las consecuencias, no obstante no habría trabajado en el dispositivo de estar inseguro de sus conocimientos. - Has la prueba.

Zim se había encogido sobre el adaptador, revisando cada sección sin creerse la estúpida osadía del humano. Si había solo un cable mal conectado, una pieza fuera de su lugar, mal ensamblada o el material no era el correcto, el SIR volaría por los aires y provocaría una explosión que barrería con la casa desde sus cimientos. Por lo menos así Zim ya no tendría que preocuparse más pero él ya había dejado atrás su etapa suicida. Para él ya no había vuelta atrás, jamás volvería a rendirse ni se permitiría morir tan fácil. Ni ahora ni nunca, mucho menos estando cara vez más cerca de volver al espacio.

El adaptador parecía estar bien, muy bien por cierto. Conocía perfectamente la estructura para pasar desapercibido el más mínimo detalle. El humano estaba muerto si algo salía mal.

El irken lanzó una intensa y oscura mirada asesina a Dib, estremeciendo cada fibra de su ser hasta lo más profundo de su alma. Tras varias pruebas y chequeos, Zim hurgó en el interior del robot, extrajo un manojo de cables y los conectó al adaptador, conectó éste último y titubeando, lo encendió. Después de unos tensos segundos de espectativa, la antena del SIR comenzó a parpadear. ¡Las baterías se estaban recargando con éxito!

- ¡Funcionó, Zim! - Vitoreó el humano, orgulloso de sí mismo. - Te lo dije.

Y, a modo de felicitación y profundo agradecimiento eterno, Zim lo golpeó en el estómago.

- ¡Y es lo menos que te mereces, humano despreciable! - Dib, derrumbado en el suelo, sabía que eso podría ocurrir; de no estar tan adolorido podría haber esquivado el golpe. De verdad estaba doliendo y apenas podía respirar.- ¡Ni se te ocurra poner tus grasientas manos sobre mis cosas otra vez!

"¡Mono atrevido! Solo por que GIR se está recargando no lo destripo con una cuchara." Murmuró, haciendo una última revisión. La batería del SIR se estaba recargando y en unos meses podría desplegar su base. Al fin su propia guarida, su propio trozo de Irk en ese lejano abismo en el espacio. Era como regresar a la civilización, aunque fuera solo una ilusión.

Antes de retirarse, Zim observó como el humano hacía esfuerzos por levantarse, todavía boqueando por aire, con el rostro y la ropa rasguñados y manchados de sangre. Dib era fuerte, estaría bien. Sin embargo, por primera vez desde que se conocieran, Zim admitió que el humano era más listo de lo que había pensado. Las notas que había dejado solo mencionaban los principios físicos del adaptadormás unas anotaciones mínimas, no cómo funcionaba en especifico.

¿Hasta dónde llegarían sus capacidades?, se preguntó genuinamente sorprendido. ¿Qué oportunidades nuevas representaba para él esa revelación?

Zim salió del sótano, decidido a probar al humano para conocer exactamente de qué madera estaba hecho.

...

Era una tranquila tarde de verano. Los árboles estaban en su momento cumbre de muda, cuando las hojas se han tornado de infinitas tonalidades de rojo, amarillo y dorado y las vainas están a fibras de desprenderse de las ramas. Un ventarrón fuerte e iniciaría la lluvia rojiza que los jardineros odiaban con especial ahínco. Lo veían venir, lo sentían en sus huesos.

Era ese tipo de tranquilidad con la cual uno se sentaría en el porche a contemprar esa maravilla natural, reflexionando sobre la efímera vida mortal.

- ¡Y ESA CABEZA ENORME QUE TIENES ME DA GANAS DE VOMITAR!

Sin embargo, no todos estaban de ánimos poéticos.

- ¡¿Y TU CREES QUE ES FACIL TENER EN CASA A UN BICHO RASTRERO TAMAÑO JUMBO GRITANDO Y QUEJÁNDOSE TODO EL DÍA?

Otros preferían estar en la sala de estar, compartiendo ese momento calmo con sus seres cercanos.

- ¡TUS OJOS SALTONES Y TU ESTÚPIDO CABELLO PUNTIAGUDO SON UNA BURLA!

- ¡LOS TUYOS PARECEN DOS GLOBOS CON CONJUNTIVITIS CRÓNICO!

- ¡ERES UNA BESTIA ENFERMIZA PULULÁNTE!

- ¡VE A QUE TE DEN, PEDAZO DE IRKEN!

- ¡IGUAL, TERRANOIDE RETRASADO!

- ¡YA, HASTA AQUÍ! - Bramó Dib y un tenso airea se abrió entre ambos.

La reacción del humano tomó a Zim por completo desprevenido. Así no era como el humano debía responder, ambos debían seguir con la discusión hasta que estuviera a un hilo de matarse. Era una discusión tan ensayada que el irken se preguntó si había estirado demasiado ese hilo limitante.

- ¡Ya estoy harto que siempre hagas lo mismo! ¿Crees que tu juego iba a durar por siempre? - Dib vociferó, confrontando a su aborrecible huésped.

- ¡Zim no está jugando, piojoso primate! ¡Simplemente no te soporto! - Respondió, sintiéndose acorralado. ¿El humano se había dado cuenta?

- Llevo más de medio año viendo y soportando cómo te comportas como un verdadero imbécil cada dos meses, ¿pensaste que no iba a detectar la frecuencia de estos arrebatos?

"¡Diablos! ¡Diablos! ¡Diablos! ¡Diablos!" Zim estaba sin palabras, ¿qué iba a hacer? ¡Era terrible! ¡Estaba muerto! Tal vez debería sopesar la opción de buscar un agujero solitario a las afueras de la ciudad pero ya no tenía tiempo, estaba demasiado cansado, sería un suicido hacerlo ahora.

Dib tenía la boca llena de insultos y estaba a punto de soltarlos cuando notó la vacilación e incertidumbre del irken, como la de un niño al que acaban de descubrir rompiendo el florero de cristal cortado favorito de mamá.

Dib soltó un suspiro y sintió como se quedaba desarmado ante la mirada de temor de Zim. "De verdad, no lo entiendo." Otra vez, ¿por qué el irken tenía que complicar las cosas?

- Zim, esto no puede ocurrir cada que necesites dormir. - Dijo el muchacho, cansado y desanimado. Debía poner fin a esta locura sin sentido por su propio bien mental. - Ven para acá. - Dib sujetó a Zim del brazo y se lo llevó a rastras a su cuarto.

Hacia medio año, en una discusión similar, los dos muchachos se habían lanzado injurios hasta terminar con las gargantas irritadas y una pizca de aliento en sus pulmones. Destilando ira, Zim subió a su habitación, imprimiento una clara sensación de dejavú en el muchacho. De golpe, Dib notó que eso mismo había ocurrido con anterioridad, repetidas veces, particularmente por que esas discusiones iniciaban de la nada realmente. Zim se cabreaba por una verdadera tontería que, incluso para los volubles estandares del irken, eran demasiado vanales. Entonces empezaba el griterío y no acababa hasta que Zim se iba a su habitación y se encerraba por horas.

Dos meses más tarde, volvió a ocurrir lo mismo, pero esta ocasión estaba preparado. Dib ocultó una diminuta cámara de exploración en la habitación de ZIm, observó como el irken se hacía ovillo en una esquina de la cama y se quedaba dormido casi al instante. Dos meses después se desató la ira de Zim por que "la engrapadora no había engrapado en el ángulo adecuado de las hojas y como pertenecía al humano sarnoso, era culpa suya", el irken se enclaustró en un habitación y volvió a quedarse dormido.

Al principio, Dib no supo qué hacer con eso. Por un lado, quedaba resuelto el misterio sobre el descanso irken. Había llegado a pensar que gracias al pak, Zim podía prescindir de eso. Evidentemente, el pak no lo podía hacer todo y requería un periodo de sueño restaurador, como cualquier ser vivo de la Tierra (excepto por las ranas toro, por ejemplo).

En todo caso, ¿por qué habría Zim de cabrearse como si le hubiera aventado un globo de agua a la cara? ¡No tenía sentido!

"Vamos, Dib. Tu eres bueno en esto de las teorías". Así que dispuso las "piezas" en su mesa de trabajo mental.

Al final de las discusiones, Zim se encerraba en su habitación por un par de horas cada dos meses. El tiempo suficiente para descansar su cuerpo y mente. Recordó los insultos que le había lanzado en la discusión anterior, con tanto furor, con tanta colera, lo fúrico que terminaba él y su creciente necesidad de torcerle el cuello. Pero Zim se largaba a su cuarto, justo que lo que Dib quería al final, ya no verlo ni escucharlo más por el resto de la tarde.

"Al final de las discusiones, Zim se encerraba en su habitación por un par de horas cada dos meses." Pensó con énfasis.

Un pájaro en el patio trasero. Una mancha en sus zapatos deportivos. Una grapa mal colocada. Con esas tonterías la ira irken explotaba minutos antes de ir a dormir. Era como si provocara las peleas y cayera dormido. ¡No, Zim estaba provocando las peleas! Pero, ¿por qué? Zim no encajaba en su mentalidad lógica, actuaba de acuerdo a sus propios intereses sin importarle el costo, pero ni siquiera él actuaría tan agresivo arbitrariamente, ¿qué no estaba viendo? ¿qué impulsaba al irken?

Si Zim lo sacaba de sus casillas, eso le aseguraba algunas horas en las cuales él no iría a buscar al irken.

¡Ah! ¡Eso era! Pero... ¡qué miserable! !¿Después de todo y le salía con eso?

- ¡Suéltame! - Protestó Zim al llegar a su habitación. - ¡¿Qué diablos te pasa?

- Dime una sola razón que te haya dado para hacerte creer que voy a atacarte a traición mientras descansas.

Zim estaba preparado para más insultos, no para una pregunta directa y bien planteada a la cual no quería responder. Eso admitiría su constante estado de alerta y temor. ¿Admitir inseguridades? No, no podría ni en el mejor de los momentos. Pero Dib estaba de verdad iracundo, quería explicaciones y él no tenía tiempo para darle largas al asunto. Sentía todo su cuerpo pesado, lo malo de discutir así era que terminaba sin energías.

¿Qué más da? El Dib lo intuiría tarde o temprano.

- Pueden venir por mí. - Dijo, retraído.

A Dib le tomó un momento entender a quienes se refería.

- Zim, ¿de verdad crees que los soldados de Irk van a llegar a la Tierra, perdida como está en el infinito Universo, solo para capturarte? - Había algo que Zim no le estaba contando y al menos esperaba que le soltara alguna explicación.

- No conoces lo que el Imperio puede hacer, mono terrestre. - Humanos. - Lo que es capaz de hacer cuando tiene un objetivo claro. - Idiota - ¡No, no lo entiendes! ¡Nunca lo harás! Acepto que yo no soy el mejor ejemplo para demostrartelo, pero si llegan aquí y yo estoy dormido, completamente indefenso... - Esa palabra, cómo raspaga la garganta si la usaba en él. - Creeme, no habrá nadie en quien pueda confiar.

"Con que era eso también. Entonces no me tenía desconfianza, tal vez un poco de recelo condicionado por su preparación militar. Si no que está convencido que los irken son capaces de ponerme en su contra. En este caso, tendré que confiar en su palabra. Zim conoce mejor los trucos del ejercito irken y si dice eso es por algo." Perfecto.

Dib arrastró una silla, la instaló junto a cabezal de la cama y se sentó en ella, con los brazos cruzados.

- Cierra la puerta y duermete. - Zim, confundido, lo miró como si hubiera hablado en otro idioma. - ¿No tenías sueño? Ya, duermete.

- ¿Qué pretendes, Dib? - Ya no entendía nada, solo quería dormir pero, ¿con Dib ahí? ¿qué estaba confabulando?

- Te guste o no, de ahora en adelante voy a estar aquí cada que necesites dormir. - Zim conocía al humano lo suficiente para saber que, una vez se le había metido algo a la cabeza, no había forma de pararlo. - Si llega un soldado irken te despertaré para que puedas defenderte, ¿está bien? - Era justo como acompañar por las noches a un niño que le teme a la oscuridad.

- ¡No está bien! ¡No necesito que me vigiles como si fuera un smeet asustadizo! - Protesto Zim, sabiendo que era inutil, ya no tenía tiempo.

- Deja de quejarte, Zim. - Y Dib se quedó plantado en la silla.

Renuente, Zim subió a la cama y se sentó en su lugar habitual.

- No vas a servir de mucho, ¿sabes?

- Creo que al menos serviré de blanco distractor, ¿no crees? - Dib sonrió jactacioso, pero recordó algo en último momento. - ¡Oh, espera! - Salió del cuarto y regresó a los pocos segundos con una delgada sábana azul. - Ten.- Zim la tomó con sospecha sin saber qué hacer con ella. - Solo acuestate bien y tápate con eso. Te garantizo que vas a descansar mejor así. Recuerda, voy a estar aquí para lo que sea.

Excéptico, Zim inspeccionó la manta con leve olor a suavizante de flores primaverales. Miró la cama y el espacio tamaño matrimonial que le ofrecía para acostarse. ¿La cama siempre había sido así de grande?

Zim se acostó y se hizo un ovillo con la manta. Observó al humano aun receloso y se acomodó mejor al otro lado de la cama, lo más alejado de él. Envuelto con la suave tela, Zim notó una extraña relajación acogedora invadir su cuerpo. "Qué calido se siente" pensó fugazmente.

- ¿Qué ganas con ésto, Dib? - Murmuró el irken, ya adormilado. De verdad, los humanos eran tan raros.

- Evitarme una úlcera estomacal a mis diecinueve años a cambio de dos horas bimetrales de inactividad, ¿te parece justo? - Susurró el muchacho, pero Zim ya no lo escuchó. De un momento a otro, había cerrado los ojos y quedado profundamente dormido con el humano guardando su sueño.

Dib contempló al irken dormir. Se veía tan tranquilo que le costaba creer la inmensa violencia que había en esa pequeña forma. Definitivamente, Dib lo prefería dormido, además así Zim tenía un aire bastante tierno. Había cosas que incluso él no podría negar.