Disclaimer: Shaman King no me pertenece y su autoría es exclusiva de Hiroyuki Takei. Sin ánimo de lucro.

Quédate a mi lado

— ¿Está segura?—cuestionó de nueva cuenta el médico

Definitivamente no todos los días llovían casos similares, especialmente con mujeres de su talla. Sin embargo, ahí estaba, impasible como siempre, una característica sorprendente para la juventud que poseía. Y aunque seguía causándole curiosidad las razones para hacerlo, debía cumplir con su trabajo y no preguntar más, ya que aquello correspondía a un área más específica.

—Si me permite decirlo, es usted muy joven—agregó consciente de la molestia de la mujer.

—Lo sé. Pero evidentemente estoy en una muy buena edad para concebir—aclaró con notable enfado.

Ella había hecho todos los exámenes y acatado cada una de las pruebas e imposiciones de los médicos que la observaron, entonces ¿cuál era el problema?

—Señorita Anna, ¿está 100% segura?—indagó nuevamente, no deseaba que su cabeza rodara por las filas de los desempleados, más por ser la hija de un importante político y una notable figura en ese ambiente.

—Tengo el dinero suficiente para realizar la inseminación y si usted se atreve a dudar de nuevo de mi palabra, haré que cierren este hospital—espetó con rudeza Kyouyama.

Ser la hija de un emblemático político norteamericano le daba la fortaleza y el poder de cumplir sus amenazas a terceros, a menos que la sentencia fuera para ella. Motivo por el cual estaba ahí, era sin duda una idea descabellada y alocada, pero lo tenía más que meditado, así que no había ni una sola duda en su mente. Su plan era ineludible, magistralmente calculado.

—Quiero un bebé y usted no me va a negar ese derecho. Y si se atreve a llamar a mi padre, no dude que no volverá a trabajar en veinte años—amenazó con fiereza al médico que la atendía.

—No... No se preocupe, nosotros le daremos todo lo necesario. Permítame. En estos momentos le mostrarán un catálogo—le informó casi con miedo, pero era al fin algo que tendría que acatar según los lineamientos del hospital.

Prólogo

A leguas se notaba el nerviosísimo y la impaciencia que tenía, aunque lógicamente no saldría huyendo, Yohmei sabía que debía de estar a su lado a como diera lugar para evitar una fuga.

—Deja de quejarte muchacho, aún tienes la obligación de procurar el bienestar social de tu familia— recriminó el anciano con mucha calma, algo que no dejó callado al joven, quien en definitiva, no dudó en expresar abiertamente su opinión.

—La verdad, abuelo… no quiero tener hijos —replicó sin ánimo— Además, no quiero ser un político, es aburrido. Y no va para nada con lo que yo espero de mi vida.

Claro que Yohmei conocía sus sentimientos al respecto, pero nada cambiaría su punto de vista. Yoh era el único descendiente que podía aspirar a la grandeza del poder, sólo él lo haría correcta y adecuadamente.

—La familia Asakura ha sido y será siempre respetada por su apego a la política. Lo llevas en tu sangre, Yoh—le repitió una vez más el discurso que él mismo odió y escuchó con anterioridad de su padre y sus abuelos, y que por lo visto permanecería en la filas por mucho tiempo—Es parte de la tradición familiar.

Un linaje con influencias políticas ancestrales, vaya ironía. Él tratando de huir del pasado y su familia era precisamente un libro de historia. Por supuesto, tenía sus beneficios, ya que gracias a eso tenían dinero, y podía vivir relativamente con calma o eso había pensado, hasta que Hao se separó de la familia. Fue todo un escándalo, pero el único perjudicado fue él, no sólo lo orillaron a casarse, sino que ahora toda la responsabilidad quedó sobre sus hombros.

—Si Hao estuviera aquí, otro mundo sería. Yo no tendría por qué ser un político, podría vivir sin preocupaciones como ésta— se lamentó el Asakura.

Su hermano, contrario a la línea política de su familia, abandonó el barco y partió al lado opuesto. Era todo un rebelde que Yoh admiraba con el alma, su hermano había hecho lo que él a sus veintiún años no podía. Sin embargo, ahí estaban, en el hospital más eficaz de todo Houston.

— ¿Tardará mucho Tamao?—comentó esta vez, totalmente desganado y resignado a su situación.

— ¿Ya hiciste tu trabajo?—fue la única respuesta que encontró Yohmei al asunto en sí, en sus épocas eso no se estilaba, cómo iba a saberlo él.

—Sí, desde hace rato—contestó sin ánimo de seguir la charla.

Comenzó a hojear las revistas que había en el estante, en busca de algo que le obligará a distraerse y así relajarse, pero era algo que simplemente no podía hacer con facilidad. No ahora que tenía la presión de darle a la familia un heredero lo más pronto posible.

—Yoh, vas a ver que un niño te va a cambiar el panorama de tu vida… ya lo verás—aseguró con más firmeza el anciano.


En realidad, quién podía culparla, era su primera vez en un banco de semen y también la única experiencia que tenía respecto a hospitales, así que ver a tantas personas y parejas entrando y saliendo le generaba un sentimiento de gran incomodidad. Su inquietud fue en aumento cuando contempló todos los folletos que tenían en el mueble, especialmente los relativos al proceso de fecundación. El medico se acercó a darle la información pormenorizada de la inseminación y ahora más que nunca debía ser valiente, no se arrepentía de su decisión. El momento era ahora y lo sería siempre.

— ¿Qué color de ojos desea?—cuestionó mecánicamente la señorita que le atendía.

—Negros, miel, me da igual—respondió indiferente.

Lo único que quería era iniciar el tratamiento de inmediato, esa fue su amenaza al entrar a la oficina de la mujer. Las características físicas del niño no importaban en lo absoluto. Mucho menos si se trataba de diseñar a su hijo respecto a la genética de un hombre que no conocía.

— ¿Segura que no quiere alguna especificación?

—No…. En realidad, sí, quiero que mi hijo tenga un color de cabello distinto al mío, una tonalidad café—concordó sin ninguna duda, después de todo, no quería problemas a futuro con su padre.

Rápidamente, la mujer revisó a detalle la lista. No tenía en el inventario de donadores a un hombre con esas características, por lo cual calló un largo lapso antes de dar una respuesta. Su mirada chocó con la intempestiva observación de Anna y tuvo un pequeño choque nervioso.

—No tengo donantes así, pero… hay un caballero con cabello color negro—habló con bastante desconfianza, especialmente porque ella se veía de armas tomar.

— ¡Sólo pido un hombre así y nada es posible! Creo que me equivoque al venir a Houston por un niño—respondió con frialdad en cada una de sus palabras, sobre todo por el nerviosismo que la ataba ahora.

Se había levantado molesta. Tantos hombres con ese color de pelo y la señorita simplemente se negaban a conceder una bendita petición. Además, negro era el cabello de su padre y lo que menos quería era evocarlo cada vez que viera a su hijo.

— ¡No, no se preocupe, nosotros atenderemos todas sus peticiones! Llamaré de inmediato al banco más cercano, seguro ellos deben tener a un hombre de tal naturaleza.

—Pues hágalo— le ordenó Anna—Iré a tomar un café, porque el día de hoy, no me marcharé sin saber que me han implantado el esperma.

Y fue así como ella desapareció de su vista. Fue tal su molestia que podría haber cortado cabezas en ese mismo instante, llevaba días llenando formularios y atendiendo cada uno de los estudios que le pedían, y hubiese sido tan fácil conseguir al donante, pero en definitiva quería ese niño exclusivamente para ella. Y nada ni nadie le impedirían tal proeza.


Su semblante lo decía todo: sus gestos, sus movimientos metódicos, hasta la forma tan precisa en que escribía en una hoja de papel. Si no fuera tan observador, o mejor dicho, si tuviese alguien más a quien ver, seguramente no notaría detalles como esos.

—Señor Asakura—atrajo su atención el médico especialista—Me temo decir que en esta ocasión tampoco hemos tenido éxito.

Afortunadamente se encontraban dentro de su consultorio, muy por separado de la sala en que Tamao terminaba de vestirse y acomodarse, razón por la cual podía escucharlo atentamente. Yoh sabía cuán difícil sería para ella enterarse de su infertilidad, por ello el doctor hablaba con él en privado.

— ¿No hay ninguna posibilidad?—preguntó con esperanzas, en verdad quería a Tamao a pesar de que no había sido propiamente su elección para esposa.

—Sólo… alquilar un vientre—dio como última alternativa a su plan—Hemos repetido este proceso 4 ocasiones y me atrevo a decir que el accidente que tuvo su esposa cuando era niña dañó bastante su cuerpo, a tal grado que es la razón por la cual no ha retenido al bebé.

—Si no queda otra salida, tendremos que hacerlo. Mis abuelos y mis padres quieren un descendiente a toda costa.

Por supuesto que no quedaba otra opción y ya no valía la pena sacrificar seis meses más cuando la causa no tenía frutos adecuados.

—Ya sabe lo que tiene que hacer—indicó el doctor con la misma paciencia de Yoh, quien veía bastante repetitivo ese proceso que sobraban las palabras para hacer referencia a su labor masculina— Bastará con hacerlo una vez más.


Entonces lo vio acercarse a prisa. Sinceramente esperaba noticias de todo tipo, incluso que su padre estuviese ahí, aunque eso ya le sonaba más a paranoia. Supuso, por su cara, que las noticias serían fatales o al menos acontecía algo importante para venir e impedir su cometido.

— ¡Señorita Anna, su padre quiere que viaje con ellos a Viena a más tardar esta noche, no podemos prolongar más tiempo su estadía aquí!

—No te preocupes, Ryu. Esta noche nos vamos. Y mañana temprano estaremos ahí—dijo sin la menor importancia.

Ryu era el hombre de más confianza de su padre y por supuesto de ella. No perdía detalle alguno de su vida y eso incluía la peligrosa y arriesgada idea que tenía al embarazarse de un completo desconocido.

—Deja de mirarme así. Y no te atrevas a preguntar si realmente estoy segura de esto—le advirtió de buen modo Kyouyama.

—Sabe que yo le cubro la espalda, pero… dudo un poco de esto, puede salir a la luz pública y arruinarla ante la sociedad.

—Me importa muy poco la sociedad, no creo que hagan un escándalo mayúsculo por una mujer embarazada—respondió sin importancia— Además, este embarazo es para eso, para que mi padre me desherede de todo y de sus malditos intereses políticos.

—Señorita Anna…

—No te preocupes, yo sé a lo que me arriesgo. Tú ve a comprar los boletos y por las maletas, en poco tiempo nos iremos—habló con mayor comprensión, Ryu no era un hombre que merecía sus desplantes y malos tratos.

—Sí, Señorita Anna—contestó del modo más cortes y amable que tenía, no sólo porque la quería, sino porque no existía otra persona a la que él amara tanto.

—Serás un buen tío, Ryu….


La mirada obscena de la señora sin duda alguna lo intimidaba, pero tenía que ser valiente y atreverse a seguir con la rutina. A pesar de que era la primera vez que la mujer lo veía, parecía no sorprenderse cuando le pidió tres recipientes.

— ¿Te crees mucho hombre?—lo retó la enfermera.

El castaño sonrió nervioso por semejante acusación, pero en definitiva no iba a negar el talento que tenía en ese aspecto.

—Por si acaso— fue lo único que se le ocurrió decir.

—Llene la forma—le indicó con cierto desprecio.

Asakura no procesó nada más. Llenó cada uno de los documentos que ella le entregaba y fue así que tuvo su momento de privacidad, lejos de la mirada perversa de esa mujer.

—Porque no puede ser más fácil esto—se lamentaba internamente el castaño, pero por otra parte no deseaba herir a Tamao.

—No se preocupe, Asakura, en caliente es mejor—oyó la voz grave de la señora acercase por el primer recipiente.

— ¿Podría ser más sutil? No puedo concentrarme—replicó molesto, tenía paciencia pero ésta parecía agotarse lentamente.

—Trabajas bien—lo felicitó con ironía la enfermera cuando vio el segundo, y aunque lo odiase, admitía que era bastante bueno con su labor.

Y para ello no demoró mucho más tiempo, deseaba acabar lo antes posible y salir corriendo del lugar. Agarró el último frasco y corrió la cortinilla, tan sólo tomaría sus dos recipientes y saldría de ahí. Sin embargo…

— ¿Y los otros dos?—cuestionó lo bastante aturdido como para pensar algo más.

—Se los llevaron.

— ¿Quién? ¿Por qué?—explotó con una serie de preguntas.

—Necesitaban tu ingrediente en otro hospital y alégrate, la chica en verdad deseaba tus genes.

—Esto es una bajeza, ¡acaso no sabe quién soy yo!—alzó la voz con fiereza y dureza, aunque era claro que nadie en el país extranjero lo conocía y menos en un hospital, pero valía la pena decirlo — ¡Soy Yoh Asakura y no vengo por ningún motivo a hacer una donación! ¡Este material es exclusivo para mi esposa!

La mujer se carcajeó enérgicamente. Sus gestos llenos de furia no la atemorizaban ni un centímetro.

—Eres un idiota, tú llenaste las formas—respondió con bastante tranquilidad— Y podrías ser el presidente, pero aun así, aquí tú fuiste el del error.

— ¡Exijo hablar con un superior!—fue lo único que pudo pronunciar, su molestia ya rebasaba sus límites y más aún cuando la mujer no movió ni un sólo músculo.


Fue algo mucho más sencillo de lo que pensó, a pesar de que el dolor que sintió era ya un piquetito. Suspiró y se recargó en el respaldo de la silla tratando de asimilar lo que había hecho.

—Listo, ahora tendrá que venir y…

—Ahórrese las explicaciones, supongo que con esto ya no tengo nada que hacer aquí—se levantó de golpe la rubia, aunque eso denotó una molestia evidente en su cuerpo.

Aquel gesto lo notó el médico, quien le pidió y casi suplicó que fuera bastante cuidadosa.

—Tiene que quedarse inmóvil, así que le pediré una habitación—le recomendó con intensiones serias.

—El procedimiento ya terminó, ¿no es así? Tengo y necesito viajar esta noche a Viena— fueron claras y firmes sus convicciones y ningún tratamiento le impedirían llegar a su destino, no cuando de ello dependía para cubrir las huellas de sus actos— Confío en que desaparezca cualquier evidencia que delate mi estadía aquí.

—Confíe en mí, pero cuídese y hágase un chequeo dentro de tres semanas para asegurarse de su estado—pronunció más confiado y mucho más preocupado de su salud que de la hostil respuesta que recibiría.

—Estaré bien—aseguró Anna—Tan sólo guarde mi secreto.


El único gesto que Yoh no podía emitir estaba en el rostro de ella, su esposa. Tamao sabía de antemano que ningún tratamiento estaba funcionando, pero eso no le quitaba sus esperanzas de ser madre algún día.

—El doctor dice que en poco tiempo sabrán si este nuevo intento funcionará—habló con renovados ánimos la mujer, aquellos que tanto le hacían falta al castaño.

A pesar de tener sólo un año de casados, ella ya conocía absolutamente todo de él, incluso sus gestos más abstractos. Lo amaba y agradecía infinitamente la protección de la familia Asakura desde su más tierna infancia, porque sin duda, ella había nacido para convertirse en la esposa de ese hombre.

— ¿Ocurre algo?—preguntó en forma dulce y absorbente.

—No, no te preocupes… todo está bien—trató de calmarla, pero internamente sabía que sus palabras estaban muy lejos de cumplirse, especialmente al evocar las palabras del director del hospital.

—Lo siento señor Asakura, pero no tenemos registro de una donación con sus características—le informó el directivo—Cada uno de nuestras consultas son parejas, es imposible que nuestro hospital haya recibido su muestra.

Las palabras del médico no calmaban en nada su ansiedad. Tal vez Tamao no podía concebir un hijo, pero ese alguien podía tener la esperanza de procrearlo y eso lo asustaba en exceso.

—Me alegro mucho que estés aquí a mi lado—le susurró la mujer al oído con amor.


Ryu compadecía mucho a la rubia por sus constantes cambios de humor y sus persistentes mareos, pero ella parecía disfrutar cada uno de sus recientes síntomas. Y eso lo notó en cuanto salió del consultorio médico, el sobre cayó en sus manos y tuvo el privilegio de ver tan grande acontecimiento. El orgullo en la expresión de la rubia no desapareció, ni siquiera cuando tuvo la oportunidad de vociferar la gran noticia.

—Estoy embarazada—confirmó alegre—Ahora nada, ni nadie, me va impedir obtener mi libertad.

—Es una locura, una completa locura—habló casi al borde de las lágrimas Ryu—Pero créame señorita, estoy… contento, muy feliz.

—Yo también, pero alguien sin duda no lo estará…


El sermón de su abuelo lo asfixiaba y no era por la repetición de ideas y palabras, sino porque lo ahogaba con todas sus obligaciones y repercusiones.

— ¡¿Has pensado siquiera en qué pasaría si esa mujer llega a embarazarse?!

—Todas las noches—le repitió en forma tan mecánica que ni él mismo creía ser Yoh Asakura.

— ¡Tienes que encontrarla! No puedes tener un hijo natural, va en contra de todos nuestros principios. Tu heredero debe crecer dentro de una familia rica y portentosa como la nuestra, de ninguna manera permitiremos que se críe en cualquier lugar—habló con emoción ante la llegada de un nuevo miembro, aunque todavía no confirmaba la noticia del todo.

—Lyserg está en su búsqueda, algo nos debe de informar—comentó sin ánimo.

—Si ese niño llega a existir, lo único que harás será negociar con la madre. Tamao no puede tener hijos y esto le quitará un gran peso de encima.

— ¡No puedes asegurarlo, abuelo!

—Creo que a estas alturas, es más obvio que nada, Yoh.


La noticia había sido como un balde de agua helada, al menos para él. La exigencia de Anna con el sexo opuesto era tal que ni uno sólo de los jóvenes acaudalados que conocía cumplía con sus requisitos. Por eso era imposible lo que decía, no lo creía.

—Por supuesto que sí—afirmó Kyouyama—Tengo tres meses de gestación.

Su padre la miraba incrédulo, ella no salía con ningún hombre en estos momentos, esencialmente luego de haber concluido con honores la universidad, pero ahora más que nada lamentaba haberla obligado a estudiar sola, debió enviarla a estudiar en casa.

— ¡Dime el nombre de ese mal nacido!—gritó furioso el hombre— ¡Y más te vale que sea rico o la prensa nos comerá vivos!

— ¡No es necesario que busques nombres, porque no los hay!—lo enfrentó con fiereza y sin titubeo— ¡Y esto es porque ni tú, ni nadie más controla mi vida!

Apretó con fuerza los documentos que verificaban y confirmaban su estado. Él promoviendo su imagen en el extranjero y ella osaba poner en boca de todos el buen nombre de su familia y no sólo eso, arruinar la excelente negociación de matrimonio con un importante ministro.

— ¡Eres una cualquiera! Tú madre tenía razón cuando dijo que no debías irte a estudiar sola—espetó con rudeza y la abofeteó— ¡No te quiero volver a ver en mi vida, desaparece, muérete!


A esas alturas morir era lo único que le quedaba. Una semana y él tendría que volver a Japón, pero lo que más le aterraba era saber que su estúpido error había fructificado. Tamao intentó de todo, absolutamente de todo y nada podía hacer realidad la dicha de convertirla en madre ¿Por qué?, ¿por qué entonces una simple desconocida, obtenía lo que su esposa no? ¿Por qué?

—No debes enfadarte, no ha sido tu culpa— oyó su voz comprensiva—Sabes que tendrás un hijo, deberías estar alegre.

Yoh la miró con desilusión. Tamao tenía una gran fortaleza, especialmente cuando se enteró del problema, pero no podría ocultarlo por más tiempo. Sobre todo porque sus abuelos y padres añoraban, no, ya soñaban con ese niño que venía en camino.

—No es justo, Tamao—expresó sus sentimientos abiertamente—Ese niño debería haber sido tuyo.

Ella lo miró con dulzura, jamás la comprendería, pero aun así le dolía hacerla sufrir.

—Un hijo tuyo, es como si fuera mío, Yoh. Lo cuidaré y amaré—respondió segura de que esos serían sus sentimientos por ese niño.

Lyserg juró llevarle al niño, tenía las pistas y la certeza por parte del médico que la llevó a ese lugar, que ella estaba embarazada. Sin embargo, desapareció mucho antes de revelar la identidad de esa mujer.

—Sabes que es una mujer hermosa y rubia, será un encanto.

—No me lo imagino, de verdad… no me lo imagino.


Sufría y eso lo toleraba, pero no a tal grado. El sudor comenzaba a empapar su frente de manera salvaje. La voz del doctor quedó atrás cuando escuchó a las enfermeras aproximarse y darle un poco de aliento.

—Usted puede, falta muy poco—animó una de las mujeres—Ya ha pasado lo más difícil, ahora es cuando lo tendrá, no sé de por vencida.

Y fue entonces que una contracción más sucumbió sus deseos de contestar. Gritó. Fue tan imprevisto, que ni siquiera Ryu, su único acompañante, vio venir el momento tan pronto.

— ¡Tú puedes, Anna, está cerca!—habló el doctor con felicidad— ¡Un poco más!

Fue su esfuerzo monumental y una fugaz energía lo que la obligó a continuar hasta que lo escuchó. Dolió como nada en el mundo, pero por nada cambiaba esa dicha y es ligereza que sentía en ese momento, especialmente al oír su llanto. Lo miró, era hermoso…

—Felicidades, es un niño—aclaró con emotividad el médico.

Continuará...