¡Hola, Gente!

Este oneshot lo hice hace semanas para el cumpleaños de Rashel, una chica que conocí en un foro de Avatar. El mismo fue hecho según las ideas para una actividad, por lo que es AU porque tiene que ser AU, espero les guste en algo.

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Del porqué el Engrosamiento Anual del Nilo

La noche estaba oscura, fría, despejada y totalmente estrellada cuando los cuatro niños se sentaron en el suelo, alrededor de la fogata, para oír la historia que la abuela les iba a contar.

La mujer con la piel morena y curtida por los años de aguantar el calor y el frío extremo de esas arenas interminables, levantó la mirada y les sonrió dulcemente. Sus arrugas se tensaron, haciéndose más profundas ante la luz amarilla del fuego, pero el cariño que les prodigaba desde sus ojos azules, la hacían hermosa ante los ojos de cualquiera que recibiera esa expresión.

Frente a la mirada y expresión de los niños, la abuela se hizo desear un poco y miró alrededor (a la sala con muebles simples pero de buena calidad), como para dar más suspenso. Aunque, al ver por la ventana una de las pirámides, que eran para ella tan inmutables como una montaña lo fueron antes, no pudo dejar de verla, embelesada… y, al fin, supo cuál historia iba a contar.

Los miró a ellos, dos niños y dos niñas de entre cuatro y doce años, y empezó su relato:

—Cuenta la historia… —con una voz hermosa y profunda, que invitaba a cerrar los ojos, dejarse envolver en ella y ser guiado hacia la historia, para vivirla.

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"Que el Dios del Sol y los Vientos, Amon-Ra, voló por todo el desierto, durante días y días, en busca del lugar perfecto en donde iniciar su pueblo. De día y de noche, sin descanso, su carruaje pasó por el cielo viéndolo todo, pero sin llegar a encontrar lo que buscaba.

Arena, arena y más arena… calor muy fuerte en el día, un frío igual de extremo en la noche. Amón-Ra supo que los humanos no podrían vivir en un lugar así y se preocupó en verdad. Por lo que volvió a subir hacia Nun, la morada de los Dioses, y se entrevistó con su madre Nut, pidiéndole ayuda por su problema, a lo que ella le contestó con estas palabras:

Lo único que puedes hacer, Amon-Ra, es hacer que las condiciones sean idóneas para tu pueblo.

¿Cómo logro esa empresa, madre?

Simplemente debes saber que no lo lograrás hacer solo.

Y de esa manera, Nut despidió al Dios del Sol y el Viento de su vista, por más que éste no estaba convencido de esa respuesta.

Volviendo a viajar por los aires, arriba de las dunas sinuosas de arena; se le ocurrió que, podía reorganizar las cosas para que cierta parte del desierto no fuera tan caliente de día, ni recibiera tantas ventiscas pero, aparte de eso; estaba de acuerdo con su madre: necesitaría ayuda.

Lo primero que vino a su mente fue el problema del frío nocturno. Luego, el de la Tierra fértil, y, además, el de la necesidad de Agua.

Conforme se le ocurría un problema, se le ocurrió la respuesta y fue en busca de quien pudiera ayudarlo.

Liè, la espíritu del Fuego, danzaba dando luz y calor a su alrededor, al son de la música en su crepitar. Cuando Amon-Ra se le puso al frente y le hizo una inclinación, ella le respondió con un movimiento sinuoso de cabeza y siguió con su danza, haciéndose cada vez más grande, caliente, rápida y su crepitar, más alto; pero mirándolo con gran atención.

Oh Gran Liè, espíritu del fuego, vengo a pedir respetuosamente tu ayuda.

Con tus ráfagas algunas veces me avivas y alegras, Amon-Ra, trataré de cumplir tu petición.

Necesito que le enseñes a los humanos a calentarse con tu poder, para que puedan sobrevivir a las noches frías del que será mi pueblo.

El movimiento caliente de la espíritu se acentuó, acercándose a él y le respondió al fin, sonriéndole:

Cuando tengas a tu pueblo, les enseñaré, te lo prometo… —y despareció en el aire, dejando humo y su penetrante olor impregnando a Amon-Ra.

Éste, entonces, fue a buscar al siguiente espíritu elemental:

Quàn, el espíritu de la Tierra, se encontraba reposado, en calma... enorme, basto. Amon Ra se posicionó frente a él, lo saludó con una inclinación y le dijo:

Oh Gran Quàn, espíritu de la Tierra, vengo a pedir respetuosamente tu ayuda.

Con tu luz y calor me ayudas a hacer crecer las plantas en mí, Amon-Ra, trataré de cumplir tu petición —le respondió Quàn y, al moverse para poder hacerlo, Amon-Ra sintió como donde estaba en pie, vibraba con la fuerza de ese espíritu. Cuando se dio el silencio y la vibración terminó, él le dijo su petición:

Necesito que la arena se convierta en tierra fértil, para que mi pueblo tenga qué comer.

Quàn se mantuvo tanto tiempo en silencio, impasible, que Amon-Ra iba a volver a decir su petición, cuando la tierra empezó a vibrar nuevamente ante las palabras de su espíritu:

Te prometo convertir la arena en tierra fértil, pero no puedo asegurar que tu pueblo tenga qué comer.

Te agradezco tu ayuda, Quàn.

Pero éste no le respondió, se mantuvo impasible. Amon-Ra confió en su promesa y siguió su camino hacia el tercer espíritu elemental.

Cuando lo encontró, Shàn lo saludó pasando alrededor de él con parsimonia, siguiendo su camino… siempre con un movimiento fluido, perenne en él. Amon-Ra tuvo que volver a montar en su carruaje para seguirlo y decirle:

Oh Gran Shàn, espíritu del Agua, vengo a pedir respetuosamente tu ayuda.

Shàn se engrosó y pareció hacerse más alto para verlo al responderle:

Amón-Ra, trataré de cumplir tu petición.

Necesito que llegues a las tierras fértiles en mis territorios y a los humanos que serán mi pueblo, para que no mueran secos del calor ni del hambre.

Shàn se mantuvo en silencio, moviéndose sin parar, hasta que llegó a un lugar muy basto y se mantuvo ahí, en movimiento, pero sin ir a otro lado. Finalmente, le dijo:

No puedo prometerte eso, Amon-Ra. No puedo adentrarme de esa manera en tus tierras.

Amon-Ra se mantuvo frente al gran Shàn, pensando en qué hacer para convencerlo. Finalmente, sólo se le ocurrió decir:

Tu hermano Quàn me ayudará.

Lo ayudas a que las plantas crezcan en él. —le respondió, sin más.

Tu hermana Liè me ayudará.

Shàn se estremeció todo él, emocionado ante esa mención. Amon-Ra supo que era verdad lo que se decía de ellos dos: se amaban. Tal vez porque, por sus naturalezas, no podían estar juntos. De esa manera, se les había prohibido totalmente que alguno de los dos estuviera cerca del otro, para evitar que se hicieran daño.

Amon-Ra tuvo una idea y le dijo:

Volveré a hacerte una petición, Gran Shàn, y trataré de lograr que esta vez me puedas brindar tu ayuda.

Fue cuando Amon-Ra volvió a subirse en su carruaje para ir hacia Nun, la morada de los Dioses, y entrevistarse de nuevo con su madre Nut, a la cual le dijo después de hacerle una reverencia:

Oh Gran Nut, madre de los Dioses, vengo a pedir respetuosamente tu ayuda.

Te escucho Amon-Ra.

Necesito que sea mi pueblo el lugar en donde Liè la espíritu del Fuego y Shàn, el espíritu del Agua; puedan verse. Así, mi pueblo conseguirá agua para beber y para entregarle a la tierra fértil que Quàn me dará.

Nut se mantuvo pensativa, muy pensativa y severa, por lo que Amon-Ra tuvo que insistir:

Fue usted, madre, la que me dijo que no lo lograría hacer solo. Tuvo razón, como siempre, no lo puedo hacer sin su ayuda.

Ante las anteriores palabras, Nut se convenció de mandar lo siguiente:

Shàn tendrá que llegar a tu territorio todo el tiempo, pero Liè sólo podrá ir por algunos meses al año.

Gracias por su ayuda madre.

Y así fue como se inició la crecida del Río Nilo, pues, los meses en que Liè está en estos parajes para poder estar con su amado, Shàn se pone tan contento, que nos da mucha más agua que la de siempre".

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—Y por eso, es en esos meses que vienen los maestros y maestras agua-control, para hacer más grande la afluencia del río —dijo el niño de doce años.

La mujer le sonrió con orgullo, y siguió contando:

—¡Y se da la celebración de cortejo de nuestros pueblos, Agni, los maestros control del Fuego y los de Kuruk, los que tienen los maestro control Agua… y, algunas veces, un poco de fuego sube hacia el nacimiento del Nilo…!

—Y otras veces, gracias a los dioses, un poco de Agua se queda en el desierto…

Dijo un hombre tan mayor como ella desde la entrada, con una quemada en su cara y viéndola con un brillo especial, viendo a la misma la maestra Agua que hace tiempo llegó con la crecida del Nilo, y se quedó en su corazón.

La mujer le dedicó una sonrisa y mirada de amor que sólo él veía, mientras los niños iban a recibirlo diciendo:

—Abuelito Zuko —gritaba una niña como de ocho años— ¿¡Oíste que linda historia nos contó la GranGran Katara!

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Pues, es eso… ¿comentarios?