La Saga Crepúsculo pertenece a Stephenie Meyer.

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Tío Edward

Capítulo 7. Desde siempre.

¿Qué me pasaba? Era una pregunta sencilla, como respirar. La persona que la plantea, la suelta y la deja en el aire, echándole el marrón a la persona cuestionada. Ésta podía hacer dos cosas, dos únicas cosas, bueno, en realidad tres, pero la tercera, que era huir, ya no entraba en mis planes pues, fuera dónde fuera, Edward me encontraría. La primera cosa que podía hacer era mentir, otra vez. Decir hechos que no eran ciertos mientras sus ojos verdes se lo tragaban, otra vez. Crear tal bola de mentiras de la cual ya no podrás salir de ella indemne. Y la segunda opción era la verdad; la simple y cruel verdad.

Mi cerebro comenzó a funcionar para crear una mentira consistente, de esas a las que no le faltan flecos ni preguntas incontestadas. Incluso encontré una versión de lo que me pasaba bastante creíble, pero no me veía con las fuerzas necesarias de decírselo, ni tampoco me veía capaz de llenarle la mente con mentiras nada piadosas. Yo cuando mentía, mentía a lo grande… y ya estaba cansada. Cansada de sonreír, de decir que todo está bien, de esconder la verdad… Estaba cansada de muchas cosas y una de ellas eran guardar los sentimientos que tenía por Edward en mi corazón.

Así que, tras darle vueltas y vueltas en un corto período de un minuto con sus ojos duros sobre mí, decidí decirle la verdad. Se lo merecía y me lo merecía yo para sentirme un alma libre de coger la maleta e irme a una universidad lejos de él; un tiempo para Edward y, sobre todo, un tiempo para mí alejada de su presencia que se volvía densa como la niebla y me impedía ver qué me estaba perdiendo delante de mis ojos inocentes.

—¿Qué me pasa? —susurré, apretando las manos contra mis rodillas—. Me pasa muchas cosas, Edward.

—¿Me las quieres contar?

Asentí lentamente, sin darme la opción de tirar hacia atrás y recurrir al factor de la mentira.

—Te acuerdas… —carraspeé para encontrar la voz que había huido garganta abajo—. ¿Te acuerdas de aquel chico? El chico que me gustaba.

—No —murmuró—. ¿Te vas por un chico? —Parecía escéptico y yo cerré los ojos para no verle, dejando de escuchar a mi cerebro que me pedía que corriera lejos—. ¡No puedes dejar que un chico influya tanto en ti! Sino te quiere, allá él, le olvidarás y encontrarás a otro mucho mejor. Siempre hay alguien que está esperándote. Siempre.

Y probablemente habría alguien esperándome sentado en algún sitio…, pero me negaba a olvidarme de Edward sin haberlo intentado si quiera. En algún lugar de mi cerebro, una voz valiente, me dijo que ya lo había intentando al haberlo besado y había sido —cruelmente— rechazada.

Sacudí la cabeza y fijé mis ojos en él.

—Edward…, ese chico… —callé, siendo poseída por la Bella cobarde.

—¿Qué pasa? ¿Te ha dado calabazas? —Asentí—. Es idiota. Punto. No mereces llorar por él; sino ha sabido querer tu compañía es porque no sabe lo que se pierde.

No pude evitar soltar una sonora carcajada. No me hacía gracia la situación, pero el hecho de que Edward se estuviera criticando a sí mismo sin él saberlo era cómico… y patético, por la forma en que me miraba ahora.

—Lo siento —me disculpé—, un arranque de nervios.

Me acarició el pelo, enterrando los dedos entre mis mechones y me pregunté por qué él no podía verme como una chica; una chica cualquiera; no la chica que era su sobrina.

—¿Crees que soy bonita? —pregunté de golpe, sin arrepentirme.

—Bella eres hermosa —me sonrió y me entraron ganas de llorar.

—Entonces por qué no… —el llanto me cortó la voz y una ventada de aire me hizo estremecerme.

Me abracé a mí misma y Edward se levantó, ofreciéndome su chaqueta.

—Vámonos; hace frío —echó a andar con paso seguro, sabiendo que yo le seguiría. Y así lo hice.

—¡Pero…! ¡Edward tenemos que hablar! —exclamó, poniéndome a su lado mientras me abrochaba la chaqueta, la cual olía a él.

—Tus padres estarán preocupados —dijo—. Podemos posponer esa conversación para mañana, si quieres. O si tus padres no te castigan.

—Tengo casi dieciocho años. Puedo hacer lo que me dé la gana —susurré con rabia. ¿Por qué todo el mundo me controlaba? ¿Por qué todos querían mandar en un pedazo de mi vida? ¿Acaso no me veían suficientemente capacitada para tomar decisiones que perjudicaran mi futuro, ya fuera para bien o para mal? Sabía que se preocupaban por mí y lo hacían por mi bien, ¡pero por una vez quería que me apoyasen, que me dijeran que no estaba de acuerdo, pero que lo aceptarían si ésa era mi decisión!

Sin embargo sabía que eso no ocurriría no en un millón de años.

Me senté en el asiento copiloto del Volvo, me puse el cinturón y me apreté la chaqueta de Edward contra mí. Calculando mentalmente, tardaríamos una media hora en llegar. Me acurruqué contra el asiento, apoyando la cabeza en la puerta mientras cerraba los ojos. Últimamente no dormía mucho y se notó en cuanto me abandoné al mundo de los sueños, apartando la realidad que me dolía a un lado.

Lo próximo que noté fueron las voces de mis padres, la puerta abrirse y a alguien levantarme en brazos, cogiéndome con muchísimo cuidado.

—¿Está bien? ¿Le ha pasado algo?

—Sólo se ha dormido —oh, dios…, ¡Era Edward quién me había cogido en brazos! Lo aproveché, apretándome más contra él mientras suspiraba y apretaba con fuerza los párpados. No quería una discusión con mis padres, no ahora, no cuando podía llorar.

—Llévala a la habitación —Charlie no dejó lugar a ninguna réplica y Edward me condujo hasta mi habitación. Nadie le siguió.

Entró en mi cuarto, me dejó sobre la cama y me apartó el pelo de la cara. Casi podía imaginármelo sonriendo. Después se apartó y se marchó, dejándome en una penumbra total. Fue entonces cuando murmuré «te quiero, Edward». Pero para ese momento él ya no estaba allí y yo me sumía en un sueño profundo.


.


Renée y Charlie, al día siguiente, no estaban en casa. Y cuando bajé al piso de abajo, con la chaqueta de Edward aún puesta, recordé que tenían una boda, lo cual me daba la ocasión perfecta para… argumentar motivos sobre mi partida a un lugar lejano y desconocido después del verano.

Desayuné, fregué los platos y volví a mi habitación como un felino que acecha a su presa. Entonces, dejé caer mi cuerpo sobre el colchón y miré al techo.

Se lo tengo que decir, pensé, apretando las mandíbulas. No puedo permitirme vivir con esta duda siempre.

Me levanté, arrastré los pies hasta el cuarto de Jasper y llamé varias veces. Nadie me contestó y opté por abrir la puerta y encender la luz: vacío. Fruncí el ceño, enfadada, pero pronto lo relajé, viendo mi oportunidad perfecta. Le pediría a Edward que viniera a mi casa porque necesitaba una cosa muy urgente… ¿decirle mis sentimientos era urgente para que viniera enseguida, no? No me importó; quería ser egoísta. Además, sabía que no tendría otra oportunidad puesto que ahora era la ocasión perfecta; ni mis padres, ni Jasper, ni Alice…

Así que, lo llamé.


.


Antes de que Edward aparcara delante de mi casa con su flamante Volvo, llamé a Alice al móvil —no quería llamar a su casa y tener que hablar con Esme— y lo contestó con voz dormida. Me sorprendí pues ella no eran de esas personas que estaban en la cama mucho tiempo.

—¿Ali?

—¡Bella! —gritó como si le hubiera pillado haciendo algo horrible—. ¿D-Dónde estás?

¿Tartamudeo?

—En casa, ¿dónde voy a estar? —escuché movimiento al otro lado de la línea, como quien se levanta y corre hacia algún otro sitio.

Fruncí el ceño.

—¿No habíamos quedado, no?

—No —respondí, confusa—. Oye, Alice, ¿estás bien? Te veo agitada, lo cual es preocupante.

—Sí, sí, tranquila —su comenzó a tener su timbre normal—. Me acabo de despertar…

—Cosa que encuentro muy rara.

—No dormí bien anoche… —se excusó.

—¿Por qué noto que me ocultas información?

—¡¿Que te oculto información? —Su voz salió más chillona de lo que ella pretendía. Vale, algo me escondía.

—Muy bien. Lo que tú digas; ni un secreto que revelar.

Carraspeó en un silencio incómodo.

—En fin…, ¿por qué has llamado? ¿Ocurre algo?

Decidí ser sincera y soltárselo sin más rodeos.

—Edward viene hacia aquí y le voy a decir lo que siento. —Sólo hubo silencio al otro lado del teléfono—. ¿Alice? —No contestó—. ¡Joder, Alice, me estás preocupando!

La escuché jadear. ¿Tan mal se había tomado la noticia que has había parado de respirar? Sino hubiese sido porque mi tío estaba a punto de llegar, hubiera cogido la puerta y habría ido hasta su casa a ver qué pasaba. Porque algo pasaba. Conocía a Alice como si fuera mi hermana, así que…

—¿Ya sabes lo que le vas a decir? —Su voz sonó tímida y me extrañó mucho.

—No sé, Alice, me declararé —me acerqué a la cortina para vigilar la calle; todavía no se veía ningún coche.

—Muy pocas chicas dicen lo que sienten al chico que le gusta.

—Bueno, yo seré una de ellas —me senté en el sofá y apoyé los pies encima de la mesita—. Además, el «no» ya lo tengo; sino consigo el «sí», al menos podré decir que lo he intentado. Creo que sino lo intentara no me lo perdonaría nunca.

Suspiró.

—Bella…, yo te apoyo. —Me mordí el labio inferior para no llorar antes de tiempo—. Sin importar lo que Edward te conteste, quiero que sepas que estaré aquí, tanto si es para celebrarlo o lamentarlo.

—Gracias —fue todo lo que pude decir antes de escuchar el timbre de mi casa. El corazón me salió disparado, queriéndose ir con su dueño—. Ya está aquí. Te llamo luego —y colgué.

Al abrir la puerta, me encontré con sus ojos verdes y le invité a pasar a la cocina pues el salón estaba hecho un desastre cortesía de Renée por no recoger la mesa de la noche anterior. Obviamente, yo tampoco me veía con la suficiente fuerza como para ponerme a ordenar sin tener otras preocupaciones que atender. Como mi tío, por ejemplo.

—Quiero hablar contigo, Edward —murmuré mientras él se apoyaba contra la mesa y yo me sujetaba a la encimera.

—¿De lo de ayer? —asentí—. Te lo dije ayer y lo digo ahora, ese chico no te mereces. Tienes diecisiete años, Bella, ¿por qué centrarte en uno solo sin pensar que pueden venir más detrás de él? Yo creo que es una obsesión.

Tal vez era eso. Una obsesión, una dulce y sana obsesión, pero…, ¿en éstas las mariposas del estómago existían?

—Edward.

—¿Qué?

—Cállate —me miró sorprendido— y déjame hablar a mí.

Se cruzó de brazos, esperando. Tardé un minuto exacto para que el aire se compinchara con mi voz y comenzara a soltar todas esas palabras que con tanto ahínco había ocultado en mi interior. Ahora que veían la luz se sentían intimidadas, igual que yo.

—Ese chico no existe. O sea, existe, pero no es un chico de mi edad, ni de mi colegio ni nada de nada —intentó abrir la boca para decir algo, pero alcé las manos, deteniéndole—. Déjame terminar.

Apoyé mi mano en mi corazón y arrugué la camiseta, tratando de calmar los latidos alocados que bailaban contra mis costillas y amenazaba con subirme por la garganta y vomitarlo.

—¿Desde cuándo nos conocemos, Edward? —pregunté

—No lo sé —murmuró—. Cuando me casé con tu tía, creo.

—Tenía catorce años. Hace tres años, casi cuatro —me pasé la lengua por los labios. Cerré los ojos con fuerza, pero luego los abrí y le dije, con voz firme y poderosa—. Llevo enamorada de ti caso cuatro años. La primera vez que te vi me caí delante de ti y pensé que eras ese príncipe que salen en las películas Disney: el príncipe azul. Madre mía. Desde entonces no pude mirar a otro chico; eras el único.

»Intenté por todos los medios que te fijaras en mí, pero tú en ese aspecto eras un ciego. Yo era tu sobrinita, la dulce y pequeña Bella, esa niña que creía en el amor y sigo creyendo en él, aunque mucho menos. Ahora pienso que Cupido es un cabrón, sin embargo no estamos hablando de qué es Cupido en estos instantes. Y cuando te divorciaste, pensé que tenía una oportunidad, por mínima que fuera, por muy pequeña que fuera en aquel momento. Me daba igual. Yo quería estar contigo y…, y quiero y quiero hacerte feliz y…

Apoyé un dedo sobre mis labios, controlando el llanto. Edward no decía nada, sólo me miraba como…, no pude desentrañar su expresión, pero me imaginé que pensaba que yo estaba mal de la azotea. Yo también lo creía.

Tragué saliva.

—Con esto no te estoy obligando a nada. Querías saber qué me pasaba y esto me pasa. Me voy lejos porque si me quedo aquí, sé que nunca te podré olvidar porque… —me detuve un instante—, porque sé que te voy a querer para toda la vida. Porque, desde siempre, llevo notando esas estúpidas mariposas en mi estómago y no paran. Por eso te besé, Edward, porque no aguanto más.

Dos lágrimas cayeron por mi rostro y me apresuré a limpiármelas.

El silencio se implantó en la cocina, dejando que el viento que hacía fuera —algo raro en verano—, chocara contra los cristales. Edward seguía con el ceño fruncido con los brazos cruzados y sus ojos fijos en el fregadero.

Al no poder soportarlo más, aventuré a decir:

—No es ninguna broma…, de verdad que yo te…

—Calla —cerré los labios y miré sorprendida a mi tío—. No digas que me quieres; no puedes quererme. No me conoces.

—¿Que no? —exclamé, indignada—. ¡Eres amable, simpático, cariñoso, alegre y cuando las cosas se tuercen, cuando todo empieza a ir mal, incluso aunque tú no puedas ni levantarte, sonríes! Es una sonrisa que te aviva de esperanzas, porque que si tú estás a mi lado, puedo lograr cualquier cosa. Porque todos necesitamos una sonrisa, porque tú eres mi sonrisa. Así que no me digas que no te conozco.

Parecía que la declaración continuaba, cosa que encontraba normal después de casi cuatro años callándome, temiendo.

—Son chorradas. No puedes quererme —se irguió, apretando los puños a cada lado de su cuerpo—. Nadie me conoce más a fondo que Jasper. No soy un caballero como todos pensáis. Hago daño a las chicas, me acuesto con ellas y al día siguiente las dejo…

—¡Pero eso lo hacéis todos los hombres! En tu caso está justificado —hasta ese momento no me di cuenta de que estaba gritando.

—Eso es injustificable —murmuró con rabia—. Sabes…, ¡Sabes por qué las dejo! —negué con la cabeza—. Porque así me siento poderoso. Porque disfruto haciendo el mismo daño que Tanya me hizo a mí tras marcharse con otro. Porque soy un cabrón, Bella. ¡No te puedes enamorar de un cabrón! —se detuvo un momento—. No, no soy un cabrón; debo ser el rey de los cabrones. Y lo que más me gusta es que las mujeres saben cómo soy y, sin embargo, son tan perras como para olvidarlo durante un instante mientras nos acostamos.

El labio inferior me temblaba.

—Tú te mereces algo mejor que yo.

Se encaminó hacia la puerta, pero le barrí el paso, poniéndome en medio.

—¿Y por qué no puedo elegir yo lo que me merezco? —Edward me miró con los párpados entrecerrados—. Yo…, yo sé que tú eres bueno. Aunque hagas daño a esas mujeres…, lo puedo sentir.

—¿El qué sientes?

—Que lo haces por despecho, por venganza…, pero nunca desde aquí —di un golpecito con el dedo justo encima de su corazón.

—Bella —cerró los ojos, tratando de concentrarse—, puede que tengas razón en esto, pero… te estoy rechazando.

Oh. Eso cambiaba las cosas.

Di un paso al lado, dejando la puerta a su alcance, aunque no se movió, sino que inspeccionó mi rostro. Por primera vez agradecí que no me vinieran las lágrimas ni los ojos se me pusieran rojos, delatando mi debilidad. Mantuve mi cara sin ningún tipo de expresión.

—Bella, no quería ser tan cruel… —pues lo había sido.

—Vete, por favor —murmuré, abriendo la puerta de la cocina. Le miré y le sonreí falsamente y él se dio cuenta—. Estoy bien, pero quiero estar sola.

Me miró por última vez, cruzó el recibidor, cerró la puerta de entrada y hasta que no escuché el motor de un coche arrancar, no dejé que mi cuerpo perdiera toda la fuerza invisible que tenía y me derrumbé allí mismo. En mitad del umbral de la cocina con los ojos llenos de lágrimas.

Maldita sea. Últimamente no hacía más que llorar.

Y con razón lloraba.


Sí, sé qué día somos y que no es domingo y que debería haberlo subido ese mismo día, pero..., mi palabra no vale mucho, no os enagañaré xD. Pero ya decían por ahí que 'más vale tarde que nunca' y yo hago las cosas, aunque algunas veces sea tarde. Pero aquí está el capítulo con la declaración de Bella y la desesperación de Edward.

¿Qué pasará en el siguiente capítulo? No lo sé; todavía tengo que consultarlo con la almohada.

Espero que os haya gustado, de verdad. Y agradezco mucho a todos los que me dejan los comentarios!

(:

JenAckles