Resumen: .:Sirius/Remus:. Porque las injusticias no se lavan con lágrimas, perdones ni lamentos y, menos aún, se limpiarán al derramar la sangre equivocada sobre ellas.

Beta: Azazel Black. Muchísimas gracias por la ayuda, guapa ;)

Dedicatoria: Sé que no puedo hacer nada que sea lo suficientemente digno para algo así, y esto es lo único que puedo ofrecerte, pero va con todo mi cariño.

-En memoria del Toto de mi querida Saiph-



• Injusticia •


Cuando Sirius Black fue enviado a Azkaban, no todos coincidieron en que se hiciera justicia con el veredicto definitivo.

El Remus Lupin interno fue uno de los más inconformes, cerró sus puños con fuerza y se mantuvo callado al oírlo, pero él no estaba entre los que —a gritos y por sobre la risa histérica de Sirius que seguía retumbando en su cabeza— pedían el beso del dementor. El silencioso dolor de ese Remus era egoísta; sabía que lo peor que podían hacerle a Sirius era encerrarlo en vida… encerrarlo y tirar la llave para que no saliera nunca más por lo que había hecho.

Con el embotamiento de la incredulidad latiendo en las sienes, se mordió los labios para no hablar y cerró con fuerza los puños, la vida era injusta con él, siempre quitándole lo que había aprendido a amar. Siempre dejándolo solo y obligándolo a ser fuerte.

Dumbledore puso la mano sobre su hombro y Remus se sobresaltó al darse cuenta de que el Wizengamot ya se había retirado. El viejo mago, con su cansada mirada azul, entendiendo el dolor de Remus más que nadie en el mundo, puesto que él también había amado y amado mal, intentó transmitirle algo de calma. El Lupin externo solo pudo asentir, depositando su confianza en su mentor, pero el lobo aulló en su interior, gritando por su pareja perdida y por los amigos muertos y él, confuso, empequeñecido y asustado, se dejó convencer de que perder a Sirius sería una forma de hacer justicia.

El Remus externo, el que todos veían, se limitó a incorporarse, retirándose junto con Dumbledore del Ministerio sin mirar hacia atrás como el anciano mago sí había hecho al dejar a Gellert Grindewald en la prisión de Nurmengard. Pero el Remus de verdad —el Remus interno, quien se estaba clavando las uñas en la palma de la mano para contenerse de chillar "¡Injusticia!" porque sentía que le estaban arrancando un trozo de sí—, se descubrió como un masoquista cuando comenzó, en los doce años que siguieron, a esperar las noches de luna llena con morbosa ansiedad. Eran su único consuelo porque, después de todo, en ellas no tenía que pensar en lo perdido ni ocultar sus ganas de gritar y podía, simplemente, dejarse desangrar en su propia cárcel construida por el dolor.


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