¡Hola! ¿Qué tal el pequeño descanso que os he dado? Espero que hayais descansado de mi Edward y mi Bella de Cinco razones para no enamorarse porque este es el primer capi de la continuación y no quiero que os empacheis.

Os cuento un poco cómo va a ir más o menos el fic. Va a ser bastante más largo que Cinco razones... y en los capis voy a mezclar el POV de Edward y de Bella, aunque este primero está narrado solo desde el punto de vista de Edward. Además, va a haber un poco más de drama. No demasiado, ya sabeis que lo mío es la comedia, pero en el siguiente capi ya entendereis a lo que me refiero.

Y por si hay algún lector nuevo por aquí, os digo que aunque sea la continuación de otro fic mío, Cinco razones para no enamorarse, no es imprescindible habérselo leído antes. Si sería recomendable, para comprender más a los personajes, la relación que tienen y cómo han llegado al punto en el que están en este primer capítulo, pero no es totalmente necesario. Digamos que la trama de este fic es bastante independiente, aunque hay varios puntos de conexión con Cinco razones...

Ah, y otra novedad. Diana Prenze ha hecho de beta y le ha echado un vistazo al capi para que no sea tan desastre XD. Muchas gracias por echarme una mano con el fic =)

Ahora sí, hechas todas las advertencias previas, creo que ya podeis empezar a leer. ¡Espero que os guste!

CARIÑO, TE HE COMPRADO UN ANILLO.

[AH, AU]: Edward Cullen es el novio perfecto. Hasta que decide comprar un anillo y proponerle matrimonio a Bella Swan, alérgica a las bodas para más señas.


CAPÍTULO 1. REGALOS BRILLANTES Y OSTENTOSOS.

Edward Cullen

Pi. Pi. Pi.

Gruñí internamente mientras rebuscaba por toda la sala mi maldito busca. Después de varios segundos, unos cuantos molestos pitidos más y otro gruñido, finalmente lo encontré, cubierto por antiguos partes médicos y carpetas amarillentas llenas de informes desfasados. Rápidamente, pulsé el botón que acabaría con aquel irritante pitido.

Pi. Pi. P…

- ¿Sí? – respondí, sin molestarme en ocultar mi irritación.

- Edward – llamó una voz femenina excesivamente acaramelada al otro lado del aparato – Te necesitan en consulta.

Un nuevo gruñido brotó de mi pecho sin que yo pudiera evitarlo.

- ¿Ahora? Lauren, mi turno acaba en cinco minutos, ¿no hay nadie más que pueda encargarse de ello?

- Negativo. Se trata de la señora Woods y sabes lo insistente que es siempre para que seas tú el único que la atienda.

Sin más explicaciones y sin ni siquiera darme una oportunidad para escaparme de las garras de la señora Woods, Lauren cortó la comunicación. Murmuré entre dientes una sarta de insultos, sin saber exactamente a cuál de las dos mujeres iban dirigidos, y traté de prepararme mentalmente para la tortura que me esperaba en la sala de consultas. En cualquier situación normal, el hecho de que un paciente tan solo aceptara ser atendido por mí podría tomarse como un halago, pero no cuando el paciente en cuestión aprovechaba la más mínima ocasión para alargar la mano y tomar por sí misma una lección de anatomía. Y sí, eso era precisamente lo que hacía la señora Woods cada vez que me veía obligado a pasarle consulta.

Y por supuesto, tampoco era nada halagador teniendo en cuenta que mi turno prácticamente había terminado ya y que en escasos cincuenta minutos Carlisle y Esme Cullen daban una fiesta en su mansión. Fiesta a la que, por supuesto, tal y como Alice se había encargado de recordarme hasta la saciedad, estaba obligado a ir.

Inconvenientes de ser hijo de los Cullen, supongo.

Me detuve unos segundos delante de la puerta de la sala de consultas y respiré hondo varias veces. Tras haberme prometido a mí mismo que, bajo ningún concepto, perdería los nervios, apoyé la mano en el picaporte y empujé la puerta. Asomé la cabeza con cautela y me encontré con la imponente figura de la señora Woods, envuelta en su abrigo de piel, esperándome sentada en una de las incómodas sillas que el hospital había puesto frente a mi escritorio. En cuanto escuchó la puerta cerrarse a mis espaldas, la señora Woods se dio la vuelta con rapidez y me dio la bienvenida, esbozando una gran sonrisa que supuse debería ser cálida y seductora al mismo tiempo. Un escalofrío recorrió mi columna al contemplar aquella mueca.

- Buenas tardes, doctor Cullen – saludó con su voz azucarada y sin borrar su siniestra expresión.

Correspondí a su saludo con una media sonrisa nerviosa, sin poder ocultar totalmente el temor que la señora Woods despertaba en mí, y rodeé mi escritorio rápidamente para sentarme en mi sillón, tratando en todo momento de mantener la mayor distancia posible entre mi paciente y yo.

Como si eso me fuera a librar de la tortura, pensé con pesimismo.

Comencé a pasar las hojas de su historial médico con parsimonia, en un intento desesperado por ganar algo más de tiempo, antes de levantar la mirada lentamente y mirarla directamente a los ojos con severidad. Al fin y al cabo, yo era su médico. Es el médico quien intimida al paciente, y no al contrario.

- Señora Woods – pronuncié con claridad. La mueca sonriente de la señora Woods se amplió al escuchar su nombre salir de mi boca.

- Sabe que puede llamarme Lillian, doctor Cullen.

- Señora Woods – repetí el formalismo, impasible - ¿Qué la trae por aquí esta vez?

La señora Woods arrastró la silla en la que estaba sentada con la intención de separarla unos centímetros de mi escritorio, y levantó su falda más de lo socialmente aceptado en una consulta para mostrarme sus muslos.

- Mis piernas – dijo, como si su movimiento no hubiera sido lo suficientemente aclaratorio – Ya sabe usted que paso demasiadas horas de pie al día y…

- ¿Está tomando la medicación que le receté la última vez? – pregunté, interrumpiendo su explicación. Había escuchado las mismas palabras demasiadas veces; la señora Woods debería ir pensando en una excusa nueva para obligarme a pasarle consulta.

La señora Woods compuso una falsa mueca de culpabilidad.

- Lo cierto es que no – abrí la boca, pero esa vez fue mi paciente quien me interrumpió – Le prometo que lo he intentado, doctor Cullen. Pero esas pastillas son demasiado fuertes para mi delicado estómago.

Con un suspiro de resignación, rebusqué en uno de los cajones de mi mesa y saqué una libreta. Apunté el nombre de un nuevo medicamento en la hoja de recetas y se la tendí a la señora Woods.

- Este protector de estómago le vendrá bien.

Mientras la señora Woods tomaba entre sus manos la hoja de recetas y la guardaba en su bolso, eché un rápido vistazo al reloj que colgaba en la pared opuesta. Hacía trece minutos que mi turno había acabado. Si por cada tres minutos de retraso, recibía en mi móvil una llamada perdida de Alice, la cuenta me salía a…

- ¿Y no sería mejor algún remedio más… manual? – preguntó la señora Woods, interrumpiendo mis cálculos mentales. Alcé las cejas sin comprender lo que me estaba intentando decir – Quizás unos masajes me ayudarían a recuperar toda la movilidad de mis piernas.

- Puedo darle un volante para que pida cita para el fisioterapeuta, si es lo que quiere.

- En realidad estaba pensando en usted, doctor Cullen. Esas manos de pianista deben de hacer milagros.

La señora Woods adelantó una de sus manos para acariciar el dorso de la mía, pero a esas alturas de mi experiencia como médico residente conocía demasiado bien sus tácticas de seducción. Adivinando sus movimientos, retiré rápidamente mis manos y las escondí debajo de mi mesa, completamente a salvo de sus garras.

- La última vez que lo comprobé, mi título universitario decía que soy licenciado en Medicina y no en Fisioterapia, señora Woods. Creo que desde entonces mi currículo no ha cambiado – me levanté del sillón y me dirigí a la puerta – Y ahora si me disculpa, mi turno acabó hace casi veinte minutos. La enfermera se encargará de pedirle cita para un verdadero fisioterapeuta. Si quiere terminar con sus dolores musculares, le aconsejo que se tome las medicinas que le he recetado. Buenas tardes.

Sin darle ni siquiera la oportunidad para despedirse, me escabullí de la sala de consultas antes de que le diera tiempo a procesar mis palabras. Sabía de sobra que la señora Woods no se iba a tomar las medicinas, dudaba incluso de que esos dolores musculares fueran ciertos. Si tenía un poco de suerte, en dos semanas como plazo máximo la tendría de nuevo en el hospital, exigiendo a todo el personal que fuera yo, y solamente yo, quien le pasara consulta.

Lo primero que hice al llegar al vestuario fue recuperar mi teléfono móvil, escondido en mi taquilla, y revisar las últimas llamadas. Siete llamadas perdidas de Alice. Una pequeña sonrisa se formó en mis labios al comprobar que mi turno había terminado hacía exactamente veintiún minutos; la pequeña duende a veces era demasiado predecible.

A pesar de eso, sabía que una Alice enfadada, además de predecible, podía ser temible. Y esas siete llamadas perdidas demostraban que su estado de ánimo en esos momentos no era precisamente de felicidad. Y todo gracias a mí. Me deshice de mi uniforme lo más rápido que pude y me coloqué los pantalones de vestir y la camisa verde que Alice me había obligado a llevar esa noche. Tras despedirme de mis compañeros, los desgraciados a los que ese día les tocaba cubrir el turno de noche en el hospital, saqué mi Volvo del garaje. Apenas veinticinco minutos después, estacionaba el coche delante de la mansión familiar, a las afueras de Washington.

Sin ni siquiera darme tiempo para desabrocharme el cinturón de seguridad, la puerta del lado del conductor se abrió y me encontré cara a cara con Alice.

Una Alice de brazos cruzados y mirada crispada, para más señas.

- Llegas tarde – me informó con voz contenida. Por alguna extraña razón, prefería que me gritara a que utilizara ese tono bajo y peligroso.

Puse los ojos en blanco y me bajé del coche. Como si no me hubiera dado cuenta ya de que llegaba tarde.

- ¿Dónde está Bella?

Alice apretó los labios con fuerza y me miró con más ira todavía, como si es que eso era posible.

- Si de verdad esperas que tenga un poco de compasión y no descargue toda mi cólera sobre ti, esa no es precisamente la pregunta adecuada, Edward.

- ¿Qué ha pasado? – pregunté, de pronto alarmado, ignorando su poco sutil amenaza.

- ¿Que qué ha pasado? – preguntó Alice con incredulidad, descruzando los brazos y llevándolos a sus caderas – Me he pasado cuarenta y cinco minutos intentando colocarle un vestido bonito a Bella y ella se ha negado a vestirse hasta que no le explicara por qué no aparecías. Te he llamado siete veces a tu teléfono pero el señor doctor "estoy-demasiado-ocupado-y-no-tengo-tiempo-para-ir-a-las-fiestas-de-mis-padres-ni-para-responder-a-mis-llamadas" Cullen no se ha dignado a contestar. Finalmente, he tenido que amenazar a Bella con una sesión de depilación completa a la cera para conseguir que se vistiera. Eso es lo que ha pasado, Edward.

Sin percatarse de ello, durante su amenazador discurso Alice se había ido acercando a mí y había acabado acentuando cada una de sus palabras con un golpe en mi pecho. Apenas medía 1'60, pero realmente, cuando esos 160 centímetros estaban llenos de ira, Alice era terrorífica.

Sin embargo, tras veinte minutos encerrado en la sala de consulta con la señora Woods y tratando de bloquear todos sus intentos de seducción, no me quedaba el suficiente sentido común como para temer a Alice. Lo único que sentía en esos momentos era enfado.

- Lo siento, Alice, pero he hecho todo lo que me habías pedido. Me he puesto la ropa que tú querías y me he venido para aquí en cuanto he salido del hospital. No es mi culpa si las reglas para los empleados no nos permiten tener el teléfono móvil con nosotros en horario de trabajo y tampoco es mi culpa que una de las pacientes del hospital esté obsesionada con que sea yo quien la atienda y me hayan obligado a pasarle consulta cuando mi turno ya había terminado.

Respiré agitadamente, sintiéndome extrañamente liberado tras haber expulsado toda la frustración de la tarde en esas palabras. Alice me observó con el ceño fruncido durante unos segundos antes de hablar.

- Vamos, Cullen – dijo, tomándome del brazo y arrastrándome hacia la puerta trasera de la casa – Te llevaré hasta donde está tu irritante novia. Quizás entre los dos encontréis una manera de liberar todas vuestras frustraciones sin molestar al resto del mundo.

Me llevó a través de las escaleras hasta mi antigua habitación, en el último piso de la casa, y me empujó dentro. Bella se encontraba de espaldas a nosotros, apoyada en la barandilla del pequeño balcón que daba al jardín trasero, y no nos había oído llegar. Las luces de la habitación estaban apagadas y la única fuente de claridad provenía de los farolillos que mi madre había colocado por todo el jardín con ayuda de Alice. Me quedé observando a Bella en silencio unos segundos hasta que un golpe en mi brazo me sacó de mi ensimismamiento.

- Está irritada después de nuestra sesión así que ya sabes, suave Cullen – me advirtió Alice, mirándome seriamente.

Esbocé una media sonrisa para tranquilizarla.

- Esa es mi especialidad, Alice.

Alice puso los ojos en blanco antes de dejar escapar una pequeña risita y abandonar la habitación, cerrando la puerta a sus espaldas y dejándonos completamente a solas.

Bella aún no se había percatado de mi presencia, por lo que di unos cuantos pasos silenciosos hasta que alcancé la puerta de la terraza y me posicioné tras ella. Observé como un ligero temblor recorría su espalda y me pregunté si se había dado cuenta ya de que estaba aquí, y en lugar de saludarme estaba lo suficientemente enfadada como para no querer dirigirme la palabra. Coloqué las manos en la barandilla, a ambos lados de su cuerpo, y deposité un pequeño beso en su hombro desnudo, justo al lado del fino tirante del vestido que Alice había conseguido colocarle.

Bella suspiró e inclinó la cabeza ligeramente hacia la derecha, dándome un acceso más fácil a su piel. Comencé a besar lentamente la sensible piel de su cuello y sentí su cuerpo estremecerse entre mis brazos. Esa vez no tuve dudas de quién era la causa de sus temblores, por lo que no pude evitar que una sonrisa de autocomplacencia se dibujara en mis labios.

- Llegas tarde – susurró Bella.

Apoyé la frente en su hombro y suspiré.

- Lo sé – admití en un tono igualmente susurrante – La tarde se complicó en el hospital y tuve que pasar consulta cuando mi turno estaba a punto de terminar. ¿Estás enfadada?

Levanté la cabeza para dejar que Bella se diera la vuelta y se acomodara entre mis brazos de nuevo, esta vez de frente a mí. Me miró en silencio durante unos instantes antes de comenzar a jugar distraídamente con uno de los botones de la camisa que Alice me había obligado a ponerme.

- Bonita camisa – comentó, ignorando deliberadamente mi pregunta - ¿Alice?

Asentí con la cabeza, cauteloso.

- ¿Estás enfadada? – repetí.

Bella levantó la mirada hacia mis ojos y esbozó una pequeña sonrisa, moviendo ligeramente la cabeza de lado a lado.

- No, pero me has abandonado en medio de una de las sesiones de Alice y eso no es fácil de perdonar – bromeó.

Reí entre dientes, aliviado de que Bella no se hubiera tomado mi retraso de una forma tan melodramática como Alice. Me separé unos cuantos centímetros de ella para admirar lo que el duende maléfico había hecho con Bella. Su pequeño cuerpo estaba envuelto por un sencillo vestido de color azul marino que resaltaba sus curvas en los lugares precisos, y calzaba unos zapatos negros. Incliné la cabeza hacia un lado y comprobé que los zapatos eran de tacón. No pude evitar fruncir el ceño; la experiencia me había enseñado que Bella y tacones no eran una buena combinación. Alice debería saberlo.

Tras mi análisis, fijé mi mirada de nuevo en sus ojos y esbocé una media sonrisa.

- Bonito vestido – dije finalmente, imitando sus palabras.

Bella rodó los ojos, pero aún así sonrió. Sin previo aviso, me tomó del cuello de la camisa y me acercó a ella. Sus labios rozaron mi lóbulo cuando abrió la boca para hablar.

- ¿Cuándo piensas darme un beso de saludo en condiciones?

Sonreí de nuevo, dispuesto a complacer su petición inmediatamente. Rodeé su cintura con mis brazos, acercándola más a mí cuando…

¡Bum!

Un sonoro golpe en la puerta de mi habitación interrumpió todos mis movimientos.

- ¡Hermano Cullen 1 llamando a hermano Cullen 2!

La voz atronadora de Emmett nos llegó desde el pasillo. Con un gruñido de desesperación, tomé a Bella de la mano y la saqué del balcón, llevándola hacia la puerta. La abrí con más ímpetu del necesario para encontrarme con la mueca burlona de Emmett.

- ¡Hermano Cullen 2! – exclamó de nuevo, utilizando ese exasperante código con el que había decidido nombrarnos desde que uno de sus compañeros de trabajo le había convencido para tragarse juntos todas las temporadas de una estúpida serie de ciencia ficción de los 80 – Esme se preguntaba si habías muerto de aburrimiento en tu habitación o si finalmente habías decidido dejar de ser un Cullen para dejarme a mí toda la herencia.

Bella rió a mis espaldas por las palabras de Emmett. Yo solo pude poner los ojos en blanco.

- Dudo mucho que esas palabras hayan salido de la boca de Esme.

- En realidad se estaba preguntando en voz alta porqué su hijo pequeño aún no había ido a saludarla, pero todos sabemos que era eso lo que quería decir – explicó Emmett.

Bella volvió a soltar una carcajada. Me soltó la mano y se adelantó, saliendo al pasillo y tomando uno de los enormes brazos de mi hermano entre sus pequeñas manos.

- Deja de desvariar, Emmett. Deberías estar abajo, bloqueando a todos los incautos invitados que intenten ligar con tu Rosie.

Emmett se encogió de hombros con indiferencia.

- Pueden intentarlo todo lo que quieran, pero todos saben que mi Rosie nunca me dejaría. Soy demasiado bueno en la cama.

Y como si con ese comentario Emmett estuviera reclamando la presencia de su novia, la rubia cabeza de Rosalie apareció en ese mismo momento por las escaleras. Y a juzgar por su expresión, había escuchado con total claridad las palabras de mi hermano. Nada más acercarse a nosotros, golpeó a Emmett en la cabeza y le miró sin compasión.

- Yo que tú no daría nada por seguro, Cullen – le advirtió, destilando ira en cada palabra.

Emmett ya había abierto la boca para disculparse, dejando toda su dignidad a un lado, cuando la aguda voz de Alice nos llegó por el hueco de la escalera con total claridad, como si estuviera gritando directamente en nuestros oídos y no desde tres pisos más abajo.

- ¡Edward Cullen! ¡Tu madre está esperando a que su hijo prodigo se digne a bajar y saludarla como es debido! ¿No crees que nueve meses ya fueron suficiente espera para verte la cara de una vez?

En cuanto los gritos de Alice dejaron de oírse, Bella, Emmett y Rosalie estallaron en carcajadas sin disimulo alguno.

- Creo que eso significa que bajes. Ya – dijo Rosalie, logrando hacerse oír entre las histéricas risas.

- Yo que tú no la haría esperar – me aconsejó Bella, al tiempo que apretaba los labios con fuerza para contener un nuevo ataque de risotadas – Creo que fui yo quien agotó su paciencia cuando la hice pasarse casi una hora intentando que me vistiera. Desde entonces está un poco irascible.

- Ya me había dado cuenta – murmuré entre dientes, provocando una nueva ola de carcajadas.

Murmurando insultos sin sentido, comencé a bajar las escaleras seguido de Bella, Emmett y Rosalie, que continuaban riéndose a mandíbula batiente. Al pie de la escalera, Alice me esperaba de brazos cruzados y con la misma mirada iracunda con la que me había recibido al llegar del hospital. Al comprobar que su cólera, en una escala del uno al diez, estaba ya en el nivel once y camino del doce, imploré internamente para que Jasper se dignara a aparecer. En esos momentos, él era el único capaz de aplacar a su novia.

Maldito amigo traidor.

Abrí la boca para hablar, pero Alice me cortó.

- En la cocina – informó, sin esperar a que formulara la pregunta.

Giré rápidamente y me encaminé hacia la cocina, seguido por Bella, mientras Emmett y Rosalie se quedaban en el hall echándose unas risas a mis expensas. Confiaba en que mi experta maniobra fuera suficiente para ahuyentar a Alice, pero me di cuenta de mi error cuando apenas había caminado dos pasos y la oí gritar a mis espaldas:

- ¡No pienses que te has librado de mí, Cullen!

Escuché como Bella reía entre dientes a mi derecha.

- Si yo fuera tú, no me reiría tanto – murmuré sombríamente – Es posible que esta noche tu novio no logre llegar a casa de una sola pieza.

Mis palabras parecieron tener el efecto contrario al que buscaba, ya que las disimuladas risitas de Bella se convirtieron en abiertas carcajadas. Cuando llegamos a la cocina, Bella aún continuaba carcajeándose de mí, por lo que Esme nos observó con una sonrisa entre divertida y complacida.

- ¿A qué viene tanta risa? – preguntó mi madre.

Negué con la cabeza y las risas de Bella aumentaron de intensidad. Cuando por fin logró calmarse un poco, murmuró un apenas audible "Alice". Mi madre sonrió de nuevo, comprensiva, antes de darnos la bienvenida con un cálido abrazo a cada uno.

- ¿Mucho lío en el hospital? – se interesó.

- Demasiado – respondí, suspirando con cansancio – Hay una paciente en concreto cuyo principal hobbie parece ser hacerme la vida imposible. Se inventa enfermedades para aparecer por el hospital cada semana, exigiendo siempre que sea yo quien le pase consulta.

- ¿La señora Woods?

Me di la vuelta para encontrarme con la figura de mi padre apoyado contra el marco de la puerta de la cocina, con los brazos cruzados a la altura del pecho y una sonrisilla condescendiente en los labios.

- ¿Tienes el placer de conocerla? – quise saber, imprimiéndole una nota de sarcasmo a mi voz al pronunciar la palabra "placer".

Mi padre asintió, sin borrar su mueca sonriente, y dio dos pasos hacia nosotros para envolver a Bella en un abrazo y darme dos golpes cariñosos en la espalda a modo de saludo.

- De vez en cuando se pasa por mi consulta pidiéndome que le practique un aumento de pecho – explicó – Parece que no le importa el hecho de que yo no sea un cirujano plástico y que no esté capacitado para realizar ese tipo de operaciones.

Había abierto la boca ya para mostrar mi alivio, ya que la fijación de la señora Woods parecía ser con el gen Cullen en general y no solo conmigo, pero mi madre me interrumpió.

- Vamos, vosotros dos. Hoy está prohibido hablar de trabajo. Carlisle, ¿por qué no me acompañas a saludar a los últimos invitados y dejamos a los chicos un momento solos?

Esme tomó a Carlisle del brazo y le condujo hacia la puerta, guiñándonos un ojo en señal de complicidad mientras salían de la cocina. Puse los ojos en blanco, pero aún así no pude esconder una pequeña sonrisa al comprobar que mi madre todavía creía que debía hacer de casamentera entre Bella y yo.

Sentí la pequeña mano de Bella posarse sobre mi brazo e instantes después, sus suaves labios moverse contra mi oreja al tiempo que hablaba en un susurro.

- Por si no te has dado cuenta, estamos solos. ¿Por qué no me saludas en condiciones de una vez?

Reí suavemente mientras me giraba y capturaba su cintura entre mis brazos. Acerqué mi boca a su oído para susurrar mis palabras, consciente de que ese era uno de mis trucos del que Bella parecía disfrutar más.

- ¿Tan impaciente estás por saludarme?

Bella gruñó entre dientes y cerró sus manos alrededor de mi cuello, forzándome para que me acercara más a ella.

- No es muy agradable ver cómo saludas a todo el mundo y dejas a tu novia para el último lugar.

Sin decir una palabra más y sin ni siquiera esperar a que pudiera moverme ni un centímetro, Bella tomó la iniciativa y aplicó más fuerza sobre mi cuello, chocando sus labios contra los míos. Me deleité durante unos segundos en la familiar y maravillosa sensación de sus labios moviéndose contra los míos, dejando que fuera ella quien marcara el ritmo, pero cuando estaba decidido ya a tomar el control del beso, Bella se separó de mí.

Coloqué una mano en su nuca y la acerqué hacia mí, pidiendo más, pero ella se libró hábilmente de mi agarre. Un gruñido de queja brotó del fondo de mi garganta y Bella rió.

- No te emociones demasiado, Edward, y resérvate para la noche – me aconsejó con esa sonrisilla condescendiente bailando en sus labios – Además, ya sabes que no me gusta demasiado el exhibicionismo – añadió, señalando con la cabeza hacia el salón, desde donde llegaba ya el murmullo de las conversaciones de los invitados a la fiesta.

Me tomó de la manó, arrastrándome fuera de la cocina. Me dejé llevar, dispuesto a recordarle más tarde lo mucho que me había reservado para la noche en el caso de que a Bella se le olvidara su promesa.

* * * * * *

La fiesta había resultado ser una especie de tortura china para mí. Mi madre y Alice se habían compinchado para secuestrar a Bella, en contra de su voluntad y de la mía, y darle el correspondiente tour social, presentándole a todos los invitados. Mi padre tenía como única misión que tomara parte en las discusiones médicas con sus colegas cirujanos (pasando por alto la prohibición que nos había impuesto Esme sobre nada de trabajo esa noche). Para rematar la faena, Rosalie parecía haberse tomado la noche libre y se las había arreglado para empaquetarme la tarea de hacer de niñero de Emmett y evitar que se pasara con las cervezas. Y con el tequila, el ron, la tarta de whisky y cualquier alimento o bebida que contuviera un mínimo de alcohol.

Sin mencionar, claro, que Jasper había desaparecido hábilmente y era prácticamente imposible dar con él y lograr que vigilara a Emmett durante dos minutos.

Revolví distraídamente el contenido de mi copa, con la atención fija unos cuantos metros por delante de mí, donde Esme, Alice y Bella estaban enfrascadas en una conversación con dos amigas de mi madre. Mientras, vigilaba a Emmett por el rabillo del ojo en un intento desesperado por evitar que cayera en un coma etílico y la furia de Rosalie se descargara sobre mí en toda su gloria.

Cuando el brazo de mi hermano se extendió por quinta vez en lo que llevábamos de noche en busca de una cerveza, decidí que por el bien de mi integridad física, lo mejor sería intervenir urgentemente.

- Em, ¿no crees que te estás pasando?

Emmett siseó y me miró con los ojos ligeramente desenfocados al tiempo que trataba en vano de abrir la botella de cerveza.

- Pshhh… yo controlo, Eddie – me aseguró, arrastrando levemente las palabras. Primer síntoma de que Emmett estaba pasando al feliz mundo de la intoxicación por alcohol.

- Emmett, por tu bien y por el mío, sería mejor que dejaras esa cerveza antes de que Rose se entere de la borrachera que estás pillando - le recomendé.

- Psshh – volvió a sisear – Rosie me quiere, Eddie, nunca me haría daño. ¿Te he dicho alguna vez lo mucho que te quiero?

Puse los ojos en blanco y suspiré con resignación. Segundo síntoma de su elevado nivel de alcohol en sangre: Emmett declarándole su amor incondicional a su hermano pequeño. Había vivido demasiadas borracheras con mi hermano como para no saber cuál sería el siguiente paso. Y no, sospechaba que observar cómo Emmett trataba de seducir a Rosalie en medio de la fiesta organizada por nuestros padres no era precisamente el perfecto final que Esme se había imaginado para una velada como aquella.

Agarré el brazo de Emmett con fuerza y logré arrebatarle la botella de cerveza. Mi hermano se revolvió, tratando de recuperarla, pero conseguí esconderla lejos de su alcance. Le empujé hacia la silla más cercana, obligándole a que se sentara.

- ¿Crees que serás capaz de quedarte aquí sentado un par de minutos?

Emmett frunció el ceño en señal de concentración, antes de asentir.

- Está bien. Iré a por un vaso de agua para ti, ¡no te muevas!

Me encaminé hacia la mesa de bebidas que mi madre había preparado en uno de los laterales del jardín, pero mientras buscaba algo de agua para Emmett, me vi distraído por una risa familiar a mis espaldas. Me di la vuelta para encontrarme con Bella conversando alegremente con el jefe de cirugía de mi padre. Inconscientemente, dejé todo lo que estaba haciendo y me crucé de brazos, observándola mientras una sonrisa involuntaria se dibujaba en mis labios.

- ¿Pensando en comprarle un anillo?

Me giré, sorprendido por la inesperada interrupción, encontrándome con la enorme sonrisa de Alice. Fruncí levemente el ceño, confuso por sus palabras.

- ¿Un anillo? – repetí, sin saber a qué se refería – Alice, ya sabes que Bella odia los regalos. Y más si son ostentosos y brillantes.

Alice puso los ojos en blanco y me golpeó suavemente en el brazo.

- No me refería a un anillo cualquiera, sino a EL anillo, Edward. ¿Me sigues?

La observé durante unos segundos con la misma confusión reflejada en mi cara.

- Creo que no – reconocí.

Alice suspiró con desesperación.

- El anillo, Edward – repitió insistentemente, sin poder creer que todavía no supiera a qué se estaba refiriendo exactamente – El anillo que le regalas a alguien cuando le propones matrimonio.

Las palabras de Alice comenzaron a tomar forma lentamente en mi cerebro. Alcé las cejas, sorprendido y aún confuso. Alice no podía estar hablando de… eso. ¿Verdad?

- ¿Matrimonio? – repetí, sin poder evitar una leve nota de terror en mi voz - ¿Estás hablando de lo que creo que estás hablando? ¿Casarme? ¿Yo? ¿Con… Bella?

Alice se cruzó de brazos y me miró con el ceño fruncido, golpeando con insistencia el pie contra el suelo.

- A no ser que tengas una amante escondida, de la que no tengamos noticia y con la que quieras casarte – Alice me observó en silencio durante unos segundos antes de volver a golpearme en el brazo, esta vez con mucha más fuerza - ¡Claro que con Bella! ¿Con quién sino? Por si tú y tu obtusa mente aún no os habíais dado cuenta, lleváis dos años y medio siendo pareja, casi dos viviendo juntos y estáis tan colados el uno por el otro que incluso a mí hay veces que me sacáis de quicio. ¿Qué más pruebas quieres para darte cuenta de que Bella es lo único que vas a necesitar en tu vida?

Tras su discurso improvisado, Alice se quedó en silencio, con los brazos aún cruzados con fuerza a la altura del pecho y observándome con esa intensidad que solo ella podía imprimir a sus miradas.

Abrumado por sus palabras y por la fuerza con la que me estaba analizando, giré la cabeza ligeramente para volver a centrar mi atención sobre Bella. Estaba todavía inmersa en su charla con el jefe de mi padre y por su lenguaje corporal, podía adivinar que se encontraba ligeramente incómoda por ser el centro de atención, pero aún así exhibía su sonrisa más agradable y educada.

Alice tenía razón. Hacía mucho que tenía claro que Bella era todo lo que necesitaba. Estaba seguro de que íbamos a pasar juntos el resto de nuestra vida, así que…

¿Por qué no empezar ya a hacerlo oficialmente?

Me volví hacia Alice. No tuve ni siquiera que abrir la boca para que Alice supiera exactamente lo que acababa de pasar por mi mente. En cuanto echó un rápido vistazo a mi expresión, sus labios se curvaron en una sonrisa entre complacida y excitada. Un pequeño escalofrío recorrió mi espalda al darme cuenta del lío en el que me había metido.

Alice tenía una misión y estaba dispuesta a cumplirla.

- Entonces, ¿cuándo estás libre para venirte conmigo a buscar el anillo perfecto? He visto uno precioso en Tiffany's que creo que a Bella le va a encantar…

Había abierto la boca ya para poner algunas condiciones cuando fui interrumpido por la voz de Emmett, que retumbó a nuestras espaldas.

- Vamos, Rosie. ¡Sabes que no te puedes negar a mis encantos de seductor!

Alice y yo nos giramos al mismo tiempo para encontrarnos a Emmett agarrado a Rosalie en medio del jardín, rodeados de un pequeño grupo de curiosos que les observaban entre divertidos y escandalizados.

- Mierda – susurré para mí mismo.

Había olvidado por completo que había dejado a un Emmett alcoholizado y dispuesto a seducir en público a Rosalie sin vigilancia. La mirada mortífera que me dirigió Rose desde el otro lado del jardín me hizo saber que estaba en problemas.

Serios problemas.


Bueno, ¿qué os ha parecido? Ya sé que no nos hemos metido mucho en el lío, pero los primeros capítulos son siempre de introducción.

Las actualizaciones en principio van a ser una vez por semana. Me gustaría poder actualizar con más frecuencia, pero estoy preparando a la vez otro fic que quiero tener escrito entero antes de publicarlo y mi cabeza no da para más.

Así que ya sabeis, si os ha gustado, si lo habeis odiado, si creeis que el título apesta (lo cual sería bastante comprensible)... lo que sea, un review y os estaré muuuy agradecida.

Hasta el próximo capi.

Bars.