En capítulos anteriores:

El intercambio entre los cuerpos de Kardia y Milo parece haber funcionado, y Kardia ha vuelto al pasado. En el presente, Camus y Shaka esperan la vuelta de Milo.


El presente.

Un golpe de cosmos sacudió ligeramente el cuerpo de Milo. Camus, que sostenía una de sus manos, sintió el impacto como si fuera una corriente eléctrica.

―¿Qué fue eso? ―preguntó, alarmado. Se inclinó sobre Milo en busca de algún tipo de señal que le indicara que algo había cambiado, pero no notó nada después diferente.

―El proceso fue completado ―respondió Shaka mecánicamente.

―¿Cuánto tendremos que esperar hasta saber si funcionó? ―insistió Camus, sin apartar la vista del rostro dormido de Milo.

―No lo sé. Quizás sería mejor regresar a Doce Casas... ―Sonaba cansado, pero se puso de pie, y Camus siguió su ejemplo, luego de acomodar a Milo en sus brazos para levantarlo.

―Aiolia sospecha algo ―apuntó el acuariano.

―Iré adelante y lo distraeré para que puedas pasar sin que haga preguntas ―dijo Shaka, poniéndose en marcha.

Camus lo siguió, siempre caminando a cierta distancia. El recorrido por los templos se sucedió sin problemas, pero a Camus se le hizo interminable. Nada indicaba que Milo fuera a despertar pronto.

En Escorpio, Camus ingresó a uno de los cuartos de la parte residencial, donde dejó a Milo sobre una cama que se veía demasiado grande, aunque quizás fuera porque en aquel momento, él se sentía más pequeño de lo que era. Shaka llegó detrás, pero se quedó junto a la puerta, desde donde habló en voz baja.

―Tenías razón sobre Aiolia. Me preguntó por Milo. En cierto sentido se parecen, no soportan sentir que están siendo dejados por fuera de algo.

Lo que Shaka decía era verdad, pero Camus apenas escuchaba. Estaba impaciente. Acarició el rostro de Milo, que continuaba impasible. Milo se caracterizaba por estar siempre buscando algo que hacer. Aunque muchas veces antes había deseado que se quedara tranquilo, en ese preciso momento hubiera dado cualquier cosa por verlo moverse.

―Necesito que despiertes ―suplicó Camus―. Tengo que hablar contigo.

―Él también tiene muchas cosas que decirte ―comentó Shaka. Con esto sí logró atraer la atención de atención de Camus, que levantó la mirada.

―¿Eh...?

―Incluso desde antes que esto pasara. Supongo que sabes a qué me refiero...

La idea de que Shaka supiera cosas que él no sabía hizo que Camus se sintiera incómodo. Estaba considerando si debía pedir o no más explicaciones cuando notó que Shaka se acercaba de repente. En un segundo entendió lo que estaba ocurriendo. Bajó la vista y vio a Milo observándolo con sus enormes ojos azules.

―¿Camus? ―susurró Milo. Camus apenas tuvo tiempo de alcanzar a asentir antes de encontrarse atrapado en el caluroso abrazo de Milo, que se incorporó sin darle tiempo a nada.

Esta vez, Camus no tenía la fuerza ni la voluntad para rechazarlo. Cerró los ojos y se dejó contagiar por el burbujeante entusiasmo de Milo. Prestó atención a su respiración, a la sensación de cosquilleo que le despertaba estar en contacto con su piel, al tenue aroma seductor que emitía.

―¿Estás bien? ―preguntó Camus, apretando a Milo con cariño.

―Sí...

―Es bueno tenerte de vuelta, Milo... ―terció Shaka. Su intervención logró que Milo se despegara de Camus por un momento. Miró a Shaka como si acabara de darse cuenta de que estaba allí. Lucía todavía desorientado, y se veía un poco avergonzado. Aún así sonrió.

―¿Shaka?

―Bienvenido.

El virginiano se acercó y puso una mano sobre la cabeza de Milo.

―Tú ayudaste, ¿verdad? ―musitó Milo, cuya voz seguía teniendo a pesar de todo un dejo de somnolencia. Su mirada iba de Camus a Shaka, sin querer perder de vista a ninguno de los dos.

―Sí. Pero después hablamos.

Haciendo un gesto de saludo, Shaka se retiró. La puerta se cerró detrás de él, y el único sonido pasó a ser el de la respiración agitada de Milo, que se encontró sentado sobre la cama, a solas frente a Camus.

Tenía muchas cosas que decirle, pero no sabía por dónde empezar, y acababa de recordar que su último encuentro no había sido especialmente amistoso. Se estudiaron mutuamente durante un buen rato, preguntándose qué sería lo primero que diría el otro. Milo presentaba un aspecto cómico; mantenía una expresión seria y grave, pero sus ropas estaban arrugadas y su pelo completamente despeinado. Camus tuvo la intención de estirar la mano para ordenar un poco su melena, pero se contuvo. Decidió que lo primero que debía hacer era sincerarse.

―Perdóname ―comenzó por decir―. Cometí un error la última vez que nos vimos.

―¿Un error...? ―dijo Milo, inquietándose por lo que seguiría. La última vez que se habían visto, habían intercambiado un beso―. ¿Te refieres a...?

El pulgar derecho de Camus se posó en sus labios, pidiéndole silencio. Milo no pudo terminar la frase, pero el gesto de Camus no lo ayudó a calmarse, sino que incrementó su ansiedad. Un hormigueo le recorrió el cuerpo.

―Déjame terminar ―continuó Camus―. Eres mi mejor amigo...

Haciendo caso omiso al dedo que se apoyaba contra su piel, Milo no pudo contenerse y volvió a hablar.

―Tú también eres mi mejor amigo...

Camus suspiró, resignado. Atrajo a Milo más cerca, tomándolo por la cintura, y apoyó el dorso de su mano sobre la boca del escorpiano. Esperaba que ejercer un poco más de presión ayudara a recordarle a Milo que necesitaba que se mantuviera callado un poco más.

―Pero hay algo más. Es algo que he estado preguntándome cómo manejar.

―Camus... ―Cuando la palabra chocó contra la piel de Camus, Milo recordó que debía guardar silencio, y ofreció una mirada de disculpa.

―Si nos dejamos llevar por ese algo, no habrá vuelta atrás. ¿Entiendes, Milo? No quiero perder lo que ya tenemos, nuestra amistad. Sé que no te lo digo siempre, pero para mí es algo muy importante.

Camus dio por terminada su elocución apartando la mano. Apretó el puño, queriendo disimular que estaba temblando. Su piel extrañaba la cercanía de Milo. Le pareció tener un hueco en la zona que venía de estar en contacto con él.

Milo, por su parte, había adoptado una actitud pensativa. Quería tomar en cuenta cada cosa que Camus había dicho y asimilarla bien antes de responder. Camus esperó por él en silencio, a pesar de estar siendo carcomido por la ansiedad.

―Camus... ―dijo Milo―. ¿Pero y si por miedo estuviéramos perdiéndonos de algo mejor...? ―aventuró, tímidamente―. Una vez me dijiste que nada podría hacerte perder la confianza que tienes en mí...

Sonriendo levemente, Camus asintió. Milo era del tipo de persona que le daba mucha importancia a todo lo que le dijeran, fuera bueno o malo. Podía citar cosas que le hubieran dicho hacía mucho tiempo, si se trataba de algo que lo había marcado, o sacar a relucir un pequeño detalle que en su momento había parecido irrelevante.

―Yo... no tengo miedo ―continuó Milo―. Quiero estar contigo. ¿Qué quieres tú? Dímelo y lo aceptaré. Pero necesito saber.

Nuevamente, un manto silencio cayó entre los dos. Milo temblaba por dentro, pero dio lo mejor de sí para mostrarse firme y seguro mientras esperaba la contestación, que pareció tardar siglos en llegar.

―Yo también quiero estar contigo ―reveló Camus.

La confidencia hizo que Milo se quedara atónito. Aunque hubiera soñado con recibir esa respuesta, en realidad no podía creerlo. Frunció el ceño y respiró hondo, esperando que eso lo ayudara a digerir mejor las palabras. Bajó la cabeza y luego volvió a levantarla para mirar a Camus.

―¿En serio...? ―preguntó Milo.

Camus abrió la boca como si fuera a decir algo, y Milo se acercó para escucharlo mejor. Lo hizo con tal descuido que, como la última vez que se habían visto, sus labios terminaron rozándose con los de Camus, casi por accidente, o quizás no. Pero en esta ocasión fue distinto. No se apartaron enseguida, ni tampoco se unieron de inmediato.

Permanecieron cerca, saboreando durante unos instantes el preludio del beso, investigando cómo se sentía estar así de juntos, tanto como para poder tocar la sonrisa del otro con su propia sonrisa. Después, se rindieron al reflejo que los llevó a abrir la boca y permitir que el otro entrara a explorarla, poco a poco.

Un abrazo los reunió. Milo dejó que sus manos descendieran por la espalda de Camus, y sintió que los dedos de Camus respondían abriéndose paso a través de su ropa con lentitud. Camus avanzaba con cuidado, como si estuviera desenvolviendo un regalo delicado, palpando primero el cuerpo sobre la tela, y después apartándola a un lado, dejando cada vez más al descubierto la piel. Milo intentó controlar sus ansias de apurarlo cerrando los ojos, y se tomó el tiempo de escuchar cómo reaccionaba su cuerpo.

La cercanía hacía que partes de él de las que nunca había sido consciente hasta ese momento despertaran, y que lugares que no consideraba especiales se sintieran diferentes. Camus estaba en su misma situación, y cuando se apartaron un poco para respirar, intercambiaron la misma mirada de despistado entusiasmo.

A Camus le gustaba tener todo bajo control, pero en ese momento en particular se sentía bastante torpe. Mientras él recorría el cuerpo de Milo, examinando las reacciones que se iban produciendo con cada caricia, Milo jugueteaba con él de manera mucho más casual, dejando un rastro de besos y mordiscos afectuosos en cada nuevo lugar que iba revelándosele, a medida que iba descartando la ropa de Camus. Siguiendo sus instintos, Camus descendió por el abdomen de Milo, siguiendo el camino hacia el sur de su ombligo para llegar a su entrepierna. Sintió que el calor se agolpaba a allí, pero su concentración fue distraída por una risita de Milo.

―¿Está mal...? ―preguntó Camus, apenado.

―¡No...! ―exclamó Milo, cubriendo la mano de Camus con la suya―. Espera... Me gusta.

Era como estar ensayando una coreografía de la que acababan de aprender los pasos básicos. Les faltaba mucho por andar y por descubrir del cuerpo del otro, y esa idea llenaba a Milo de expectación, hasta que recordó algo que lo hizo caer en la cuenta de que quizás no les quedaba demasiado tiempo.

―Dijiste que te irías pronto ―murmuró, apoyando su cabeza en el hombro de Camus, que detuvo de repente todo lo que estaba haciendo.

Estuvieron un tiempo en silencio, Milo prendado de Camus, y Camus sintiéndose acorralado por el comentario. Cuanto más demoraba Camus en contestar, más fácil era para Milo dejarse atropellar por una multitud de pensamientos angustiantes.

―No tengo opción ―susurró Camus―. Es para que tengamos un mejor futuro. Para que más gente pueda sobrevivir. Es por ti, también. Tú eres una de las razones por las que lucho. ¿No te lo he dicho ya, acaso?

La respuesta hizo que Milo se aflojara un poco. Se apartó un poco de Camus y volvió a sentarse frente a él de manera de poder verlo a la cara.

―Sí...

―Es cierto que te dije que confiaba en ti ―continuó Camus―. ¿Tú confías en mí? ―preguntó, tomando la mano de su compañero.

―¡Claro que sí! ―afirmó Milo―. ¡Más que en nadie en el mundo!

El fervor exagerado con que Milo se expresó hizo sonreír a Camus. Milo lo notó y desvió la vista, ruborizándose levemente y cruzándose de brazos como un niño ofendido. Camus acarició su mejilla y con este gesto logró que volviera a mirarlo a los ojos.

―Entonces cree en mí cuando te digo que esto no es un final, Milo.

Milo escudriñó a Camus con la mirada, pero no necesitaba mucho para saber que lo que estaba diciendo la verdad. Tocó la mano que Camus había apoyado en su mejilla y el nudo de dudas atascadas en su interior comenzó a deshacerse, dejando paso a una cálida sensación de seguridad. Camus quería estar con él tanto como él quería estar con Camus. Podía sentirlo.

―¿Adónde vamos a partir de ahora? ―preguntó.

Esta vez no temió cuando Camus se tomó su tiempo para responder. Se entretuvo recorriendo las facciones del rostro del acuariano con las yemas de sus dedos, y luego robándole un beso. Camus lo dejó avanzar sin oponer resistencia.

Sentir que se dirigía hacia un lugar donde los límites de su espacio personal podrían terminar siendo difusos había sido uno de los grandes miedos de Camus en el pasado, pero ahora descubría que eso no tenía por qué ser tan terrible como había creído. Cuando los dos se encontraban, ninguno de los dos se perdía, sino que se creaba un nuevo espacio. Algo diferente, algo a ser explorado.

―Juntos...

oOo

Al entrar al templo de Virgo, Milo pudo oler el dulce aroma del té caliente llegando desde la sala principal. Siguió su rastro hasta encontrarse con Shaka, que estaba sentado a la mesa como tantas otras veces.

―Milo... ―dijo el virginiano, levantando la cabeza. Milo se acercó y notó que había dos tazas sobre la mesa―. Siéntate ―agregó Shaka, sirviendo té en la taza vacía, que parecía estar esperando por el recién llegado.

Mientras aguardaba pacientemente por que Milo se decidiera a hablar, Shaka procedió a beber de su propia taza. Milo observaba su té en silencio, soplando ocasionalmente para bajarle la temperatura al líquido.

―Tenías razón, Shaka ―susurró Milo―. Si todo esto ocurrió es porque había algo que debía ser resuelto.

―¿Fue resuelto, al final?

―Sí... ―dijo Milo, alegrándose de que Shaka mantuviera sus ojos cerrados, porque de esa manera no podía ver el rubor que cubría sus mejillas―. Y tú nos ayudaste.

―Era lo que correspondía, ¿no? Somos un equipo, y somos amigos.

Al escuchar aquello, Milo se sentó más erguido y sonrió con orgullo. Tomó un sorbo de té y lo saboreó lentamente. Cuando volvió a dejar la taza sobre la mesa y se dispuso a coger uno de los bocaditos que estaban sobre la bandeja junto a la tetera, se sorprendió al notar que Shaka tenía los ojos entreabiertos, y lo observaba con una sonrisa.

―¡Shaka...! ―exclamó Milo, estupefacto. Era una de las pocas veces en que lo había visto abrir los ojos en un momento de calma.

―No hace falta que seas tan dramático.

Aprovechando la rara oportunidad de poder mirarlo a los ojos, Milo se dio cuenta de que era el momento justo de decir aquello que tenía atragantado desde que había llegado.

―Gracias por todo...

―¿Fueron despejadas las dudas de tu corazón, entonces? ―preguntó Shaka.

Milo se llevó instintivamente una mano al pecho, al tiempo que se tomaba un instante para pensar su respuesta.

―Podría decirse que sí, pero aparecieron nuevas preguntas.

Shaka asintió. Aunque se esforzara en encubrirlo, él mismo se encontraba ahora siendo acosado por unas cuantas incertidumbres.

―Pero si tuviéramos las respuestas a todas las preguntas, no valdría la pena vivir, supongo.

oOo

En los días siguientes, a medida que Camus empezaba a elegir aquello que se llevaría consigo a Siberia, el área residencial del templo de Acuario comenzó a ser consumida por el desorden. Cuanto más intentaba convencerse de que no era conveniente llevar demasiado, más difícil se le hacía escoger. Por eso había iniciado el proceso de selección con bastante anticipación.

―Pero no pretenderás llevar tantos libros, ¿o sí...? ―preguntó Milo, que buscaba el camino que llevaba a Camus por entre el laberinto de libros apilados en el suelo.

―¿Por qué no...? ―Camus parecía genuinamente extrañado por la pregunta.

Milo sonrió y continuó esquivando obstáculos, hasta que algo le llamó la atención. Se trataba de un viejo libro que descansaba sobre una mesita, y que le resultó terriblemente familiar. Se acercó a él para verlo mejor, y cuando lo tuvo en sus manos, una exclamación de sorpresa escapó de su boca.

―¡Esto...! ―Abrió el libro y comenzó a pasar las páginas con delicadeza. No cabía duda. Lo había visto hacía poco tiempo.

―Ten cuidado con él ―advirtió Camus―. Es una edición antigua de Shakespeare. Lo encontré hace poco, tengo que retomarlo...

―Está subrayado... ―comentó Milo, que acababa de encontrar un fragmento resaltado.

―Lo sé, ni me lo menciones... ―respondió Camus con cierta exasperación―, no puedo creer que alguien haya osado hacerle eso a un tesoro así.

Pero para Milo, eso no era lo importante. Sintió sus latidos acelerarse, y las palmas de sus manos humedecerse al reconocer aquel objeto. Ese era el libro que Dégel había estado leyendo la última vez.

―Camus ―dijo en un hilo de voz―, esto era de Dégel...

Al percibir el súbito cambio en la actitud de Milo, Camus se acercó a él, y después de un rápido intercambio de miradas, tomó el libro de entre sus manos. Recordaba haberlo encontrado escondido hacía poco tiempo, por casualidad, y había estado en proceso de examinarlo cuando el problema de Milo y Kardia había estallado. Con el ajetreo de los últimos días, se había olvidado por completo de él.

En la primera página estaba escrito el nombre del dueño, algo que había pasado por alto hasta ese momento: «Dégel de Acuario». Le seguía un mensaje escrito en lo que aparentaba ser una especie de código. Y entre las páginas del libro, en un lugar señalado por un pétalo seco, estaba la frase subrayada, algo que ya había visto, pero que solamente ahora cobraba sentido:

"Nuestras dudas nos hacen perder a menudo el bien que podríamos ganar, por temor a experimentarlo."

Sus ojos fueron entonces hacia Milo, que se veía perdido. Camus recordó sus propias inseguridades, respecto a Milo, respecto al futuro, respecto a tantas cosas. Pero ahora, al mirar dentro de sí mismo, se dio cuenta de que más allá de todas sus dudas, estaba siendo guiado por una certeza.

―Entendí... no te preocupes ―murmuró el acuariano para sí, apretando el libro entre sus brazos.

―¿Camus...?

La voz desconcertada de Milo le hizo regresar al mundo real. Después de recorrer con la vista el mar de volúmenes esparcidos por la habitación, Camus puso el viejo libro a un lado y le ofreció su mano a Milo, que la tomó y se acercó a él.

Se fundieron en un abrazo cariñoso, y Camus mantuvo a Milo contra sí el tiempo suficiente como para poder escuchar las pulsaciones del corazón de su compañero latiendo regularmente contra su propio pecho. Milo debía de haber estado comiendo manzanas, a juzgar por el suave sabor dulce que se desprendía de las comisuras de sus labios. La energía del cosmos de Milo se volvió más tibia, anticipándose al beso que estaba en camino, pero antes de entregárselo, Camus le regaló una confesión envuelta en un susurro.

―Te quiero, Milo.

Fin~


Notas: Bueno, aquí termina oficialmente Fiebre, después de dos años xD PERO aunque este es el final "oficial", va a haber un capítulo más que va a servir como EPÍLOGO.

Será un capítulo que explique qué pasó con Camus y Milo luego de esto, una vez que Camus se fue a Siberia. Quiero hacerlo por dos razones: una es porque creo que estaría bueno para mostrar que sí siguieron juntos, y otra porque como en el epílogo serían mayores que aquí, allí podría (intentar) hacer algo más subido de tono xD

A la hora de escribir esto, me encontré con que eran bien jóvenes y no tendría sentido que actuaran como si fueran expertos, cuando no han estado nunca juntos... por eso intenté que esa escena reflejara el hecho de que es la primera vez que tienen la oportunidad de estar así de cerca a un nivel tan íntimo. En esos casos, hay (al menos, es mejor que haya) un período de exploración antes de tirarse al agua.

Para algunos de los diálogos de este capítulo me inspiré en el manga Episodio G. En el capítulo 82, Milo y Camus fueron los protagonistas, y se dijeron cosas hermosas xD Entre ellas, lo de "nada podría romper la confianza que tengo en ti" que menciona Camus, además de que los dos mencionan varias veces que son los mejores amigos del universo, que luchan el uno por el otro y ese tipo de cosas. Los diálogos entre ellos dos en ese capítulo son realmente tiernos, cómplices, y casi cursis, así que me ayudaron mucho xD En este manga se pone mucho énfasis en que los dorados hablen sobre la amistad, pero el despliegue de afecto entre Camus y Milo me sorprendió.

A propósito, la cita de Shakespeare que se menciona en este capítulo es de la obra "Medida por medida".

En fin, agradezco mucho a quienes me han acompañado... este es el fic más largo que he hecho. Quienes leen las otras cosas que hago sabrán que yo tiendo a hacer oneshots, mis historias suelen ser bien cortas. Así que dudo que vaya a volver a hacer algo tan largo como esto.

Como está pensado para funcionar dentro de la cronología pero lo empecé antes de que terminara Lost Canvas, también necesita revisiones y probablemente algunos ajustes y pulidos, luego pondré manos a la obra con eso.

Cuando empecé este fic, Lost Canvas seguía publicándose, yo era muy nueva en el fandom y había escrito muy poco. No sé si haya aún alguien que me siga desde el principio, pero en el caso de que lo haya, agradezco la paciencia.

Cuando imaginé la historia, imaginé un principio y un final (incluyendo un epílogo), pero no que el camino que llevaría de un punto al otro sería tan largo. Y como no creí que fuera a tener la disciplina de escribir lo que yo creía que serían 4 capítulos como máximo, en principio pensé en publicar el primer capítulo en solitario, como si fuera un oneshot, y dejar el resto de la historia en mi propia mente nada más.

Pero hubo dos personas que me insistieron mucho en que continuara en aquel entonces, Circe y Songfic Maniak, así que también les agradezco a ellas. Además, una de ellas me ayudó a entender a Camus, que era un personaje que se me hacía difícil de manejar, hasta que pude agarrarle la mano.

Gracias a James, Nande, Eiserne, Joyce, Freya y por sus comentarios en el capítulo pasado, aunque fuera bien cortito... ya tuve la oportunidad de responderles :D Y en general, agradezco a todos los que me dieron ánimos y estén leyendo hasta ahora... hubo momentos en que dudé sobre si seguir o no, y si lo hice fue por su apoyo ^^

Y también agrego un gracias para quienes me dejaron comentarios luego de que terminara el fic pero no les pude responder directamente porque no tienen cuenta aquí... sí lo leo y sí los valoro mucho :3 chetzahime, Freya, Yuri, FreyaKamir, y sí, jimeniita, claro que leí tus comentarios. Fíjate en mi blog ^^

Si tienen alguna pregunta sobre la razón por la que pasó o no pasó tal cosa o tal otra, o si hay algo que no hayan entendido, siéntanse libres de preguntar. Y de nuevo, gracias :D