Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. Pero la trama de esta historia es completamente mía.

N/A: Estoy realmente muy contenta por la fabulosa aceptación que tuvo este minific. Me alegra muchísimo que le guste, en serio. Yo había pensado que a nadie le interesaría leerse esta cosa, pero, ¡wow!, me equivoqué completamente. Aquí les dejo el segundo capítulo, disfruten.


«Ah, tu pelito y tus ojos de miel.
Pero ya en tu pecho florecerán canciones de amor.»

(Mira Niñita — Los Jaivas.)


Recomendación Musical: Heaven's Light (Hunchback of Notre Dame, solo piano) — CalikoKat.

Link: (Youtube)/watch?v=br4aJuusaF4


Capítulo II:
«Mariposas en la oscuridad».

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No se han soltado la mano, es imprescindible para seguir atados a una vida que ya se ha escapado; el tacto cálido y ausente de una mano invisible hace pensar a Bella. La hace pensar… ¡Cómo le ama! No lo niega, ¿para qué? Ha aceptado ya que es hora de estar a su lado, y aquél pensamiento anula todo el dolor físico que puede correr por su cuerpo y rozarle la piel.

Edward la mira sin pestañear (nunca lo ha necesitado, sólo pretende imitar a los humanos). Los murmullos airados de la adolescente le habrían pasado por balbuceos incomprensibles si no fuera lo que es.

—Edward —dice ella.

El ángel se muerde los labios, y se le aparece a ella completamente, como si fuera un ser de carne y hueso más en el mundo. Le toma la mano con fuerza, se la presiona y la suelta un poco. Lo poco como para hacerle sentir que está ahí, lo suficiente para darle a conocer que a él, su lenta y suave muerte, le duele casi tanto como a ella.

—¿Sí, Bella? —susurra con voz aterciopelada.

Ella no tarda en contestar, con una sonrisa cansada y fatigada. —¿Voy a tener alas?

Las cejas del ángel se fruncen. Aquella pregunta sólo le da a entender que ella ha asumido que no volvería a pisar la Tierra nunca más. Tiene ganas de enojarse con Él, pero no puede… no, no puede. «Él es bueno», piensa —recuerda— el ángel, «muy bueno. Me ha dado a Isabella… me la ha dado».

—Porque… —continúa la humana al no escuchar ninguna respuesta de su ángel— tú no tienes alas, pero… pero tú nunca has muerto. Yo lo haré —suspira, y Edward se muerde el labio inferior. Sonaba tan, tan horrible cuando Bella lo musitaba—, por eso, quería saber…

Un beso suave, delicado, insensible… Labios contra labios, que, en realidad, no están ahí. A Edward le agrada pensar que ella lo siente. A Bella le gusta pensar lo mismo. Pero un escalofrío recorre su cuerpo cuando él hace eso. De alguna manera logra sentirlo, no físicamente, sino, más adentro… en su alma.

—Con alas o sin ellas —murmura Edward en el oído de su niñita— eres hermosa para mí.

Y Bella sonríe con las pocas fuerzas que le quedan.

«No luches contra las lágrimas que aún no llegan, Bella, no lo hagas. Los ángeles no lloran…

no pueden llorar».

* * *

La había visto decir su primera palabra. Le había sujetado la cintura mientras daba sus primeros pasos. La desvió del camino cuando casi se cae de las escaleras. Había podido, por primera vez, entrar en sus sueños. Le había alejado las pesadillas y secado las lágrimas. A veces le hablaba de Él en susurros que ella escucharía mientras dormía. La despertaba a la hora adecuada para poder jugar. Le quitaba el arma en el perchero de la vista, siempre. Y, más importante, le decía todos los días cuánto la amaba.

Habían pasado alrededor de seis años, y Edward siempre permanecía junto a la pequeña Isabella. Los ojos se le habían oscurecido y el pelo le había crecido. Ahora, también, era casi tan pálida como una muñeca de porcelana, y se la imaginó tan suave como una.

Renée solía vestirla de rosa, y ella no se oponía, pero Edward sabía muy bien que ese color no era de su agrado.

«No tienes que mentir, Isabella, eso no le gusta a Él, ya te lo había dicho, ¿recuerdas? Y, ¡oh! Renée, tan inexperta y atolondrada como siempre, ¿verdad? Es una niña, Renée, no una muñequita, es una niña… es tu hija, es mi niña».

A veces ella se escondía en su habitación («¡Mami! Quiero una habitación para mí»), observando las paredes pintadas de cielo y las cortinas de sol. Frecuentemente le gustaba mirar la lluvia, pero no la lluvia misma («¿Papi, a dónde se ha ido el sol?» «¡Mira, mira! Ha salido el sol… ¿pero porqué no tengo calor, mami?»). Y Edward siempre se sentaba al borde de la cama a mirar a Isabella, pensando en que el tiempo corría demasiado rápido.

El ángel suspira. Así que de esto era lo que vivían los suyos. Edward nunca había entendido al cien por cien de su labor, hasta que vio esos ojos como el té sin cargar… Ahora oscuros como la leche achocolatada. ¿Por qué el tiempo tiene que ponerla cada día más hermosa? ¿Por qué el tiempo tiene que hacer crecer su amor por ella a cada hora? ¿Será que podrá detener, algún día, el crecimiento de ese sentimiento hacia ella?

Lo dudaba, pero no le importaba.

En las noches, mientras Charlie le contaba cuentos de princesas a su hija, Edward escucha también.

—¿Entonces yo también encontraré a mi príncipe azul? —pregunta Isabella, suavemente, antes de bostezar.

—Por supuesto, princesa —pero esperemos que no sea pronto.

Edward pone una mano sobre su cabello, nuevamente frustrado por no poder escuchar los pensamientos de la niña de sus ojos. Ya ha preguntado, ¿por qué Él no le ha dado la respuesta? Ni siquiera uno de los suyos se ha dignado en aparecer… Le molesta, mucho, porque quiere conocerla toda; sus pensamientos, frustraciones, anhelos y deseos… todo.

—Pero, papi —susurra Isabella—, yo… yo prefiero un ángel que a un príncipe.

«Tu inocencia es una de las cosas que más adoro de ti, Isabella. Tu ángel también te prefiere a ti sobre todas las cosas, ¿sabías? Eres lo más importante para tu ángel… lo más importante.

Daría mi existencia por ti, Isabella; lo daría todo por ti.»

—¿Un ángel? —sonríe Charlie. Bien, eso es menos probable…

Los pensamientos del padre protector divierten al ángel. «Es más probable que encuentres ángeles a un príncipe azul, Charlie. Todos los míos están entre los tuyos, frente a tus narices, Charlie…»

—Porque así mi ángel me querrá ¡muchos años!, porque no puede morir…

«Sólo un ángel te querrá por siempre…»

—Y me cuidaría de todo, papi. Así como tú y mamá. ¿Ustedes son mis ángeles?

—Por supuesto, mi amor. Ahora a dormir.

No es difícil para Isabella dormirse, por alguna razón está entusiasmada de hacerlo. Quiere volver a soñar con ese ángel que aleja sus pesadillas, ése que le dibuja mariposas de luz que le alejan la oscuridad. Ese ángel que tiene los ojos como dos soles bajo el agua, que se ven verdes, hermosos… celestiales.

Isabella no sabía si decirle o no a su mami sobre ese ángel que siempre estaba en sus sueños. Tal vez le gustaba tener su propio secreto, no lo negaba.

Y cuando entra a su paraíso de colores pastel, la pequeña corre sobre la hierba mullida, como almohadones de plumas, y las mariposas se le posan sobre el pelo, mientras sus trenzas se le elevan en el aire. Llega a ese claro donde sabe que estará su ángel, rodeado por esa luz extraña que le oculta las alas (ella cree que tiene alas) y le hace ver el pelo como el bronce pulido. Y ahí está, por supuesto…

Edward la ve correr hacia él, y cómo se le arrima a la sotana blanca, sonriéndole con dulzura y genuina inocencia. «¿Cómo no amarla?», piensa el ángel con una sonrisa torcida que se le adhiere a los labios. «Es imposible no hacerlo».

«Hola», saluda el ángel con voz irreal.

—¡Edward! —musita la pequeña.

«¿Cómo estás, Bella?»

¿Bella? Te falta el «Isa», Edward, ¿recuerdas? —y le jala un mechón de cabello travieso, para luego ponerlo torpemente tras la oreja del ángel.

«Es un sobrenombre cariñoso, Isabella, además significa «hermosa» y tú lo eres».

El ángel apreció con brillo en los ojos cómo las mejillas pequeñas y de porcelana de su niña cogían un adorable rubor por el cumplido.

—¿Soy hermosa? —pregunta Bella con sutileza.

«'Hermosa' no es suficiente, Bella, no. He de pedirle a Él que me de una palabra más adecuada para ti, porque 'hermosa' no es digno de ti, no. Tú eres más que eso, Isabella, más… más…».

Se despierta de su sueño, sonrojada y feliz. Renée la observa mientras ordena los juguetes sobre el suelo, de la tarde anterior.

—Buenos días, Isabella —saluda con cariño la madre.

—No, mami, soy Bella, Be-lla. Es lindo, ¿no crees? —le sonrió.

«Es perfecto para ti, pequeña.»

—¿Bella? —rió suavemente—. ¿Y ese sobrenombre te lo dijo un pajarito?

Bella meneó lentamente su cabecita, y sus cabellos castaños bailaron en una canción sin compás. Edward se acomodó al lado de su pequeña, pero no se hizo aparecer ante ella. «Aún es muy joven, aún…» Le besó la cabeza rápidamente, como para que no se diera cuenta. Pero, aún así, la niñita se llevó una manita al lugar que los labios del ángel habían tocado, mientras que éste parpadeaba confuso.

—No —contestó finalmente Bella, acariciando la mano que anteriormente se había llevado a su cabeza—. Más bien… me lo susurró un ángel al oído.


Continuará.


N/A: Calculo que han de faltar unos tres capítulos, más un epílogo. No es muy largo. ¡Espero que le guste! Y muchísimas gracias por todos sus maravillosos reviews. ¿Verdad que un Edward ángel es lo más amor que hay?

Saludos a todos.

~Meli.