Bueno, aquí va el prólogo de la novelización de Dreamfall, la secuela de The Longest Journey, en español.

Disclaimer: Los diálogos (copiados directamente del juego y traducidos del inglés), los personajes, ideas, historia y escenarios pertenecen a Funcom, empresa creadora del videojuego.


Prólogo. Contaminado

Hacía ya varios días que estaba durmiendo en aquella habitación, pequeña y poco más cómoda que una celda de prisión. Las paredes, de piedra antigua, conseguían capturar un frío reconfortante en verano, pero helador en invierno. Allí no había luz artificial, y aquel cuarto estaba amueblado tan solo con una cama dura y un escritorio de madera; la vida de los lama es tan dura como sus camas. La única fuente de claridad era una pequeña ventana que dejaba entrar el resplandor de la luz solar que, aunque pequeño, bastaba para iluminar la habitación entera. Mi única fuente de entretenimiento era el diario en el que en este preciso instante estaba escribiendo mis últimas líneas.

Estoy en la encrucijada entre el despertar y el sueño. Un camino me dirige al mundo que dejé atrás; el otro camino… El otro camino se dirige a un lugar de sombras. Entre lo familiar y lo desconocido, entre la seguridad y la duda; mi elección parecería obvia. Cualquier hombre cuerdo se volvería, regresaría al mundo que conoce, olvidaría lo que ha aprendido, y viviría su vida gozando de su ignorancia. Pero la verdad es, que es demasiado tarde. Mi decisión ha sido tomada muchos años atrás, cuando me embarqué en este viaje por primera vez; ya no puedo volver. Dejo aquí estas palabras con la esperanza de que, algún día, le sirvan de mapa a alguien más. Para quienquiera que lea esto, suerte en tu viaje. Si alguna vez decides seguir mis pasos, búscame.

Brian Westhouse.

Garabateé mi firma con pereza, pero a la vez con seguridad; sabía que aquel iba a ser un camino difícil, pero aquella había sido mi elección, y ahora estaba seguro de que era lo correcto. Les he pedido a los monjes que cuiden de mi diario; ojalá ilumine el camino de otra persona. Uno de los monjes entró con prisas a mi habitación. Como todos los frailes en aquel monasterio, este iba vestido tan solo con una larga túnica de color rojo oscuro, y presentaba la cabeza rapada. Junté las palmas de mis manos y le hice una reverencia como saludo; el monje no me imitó.

-Estamos preparados, viajero.- me dijo con voz grave -Su viaje está a punto de comenzar. Sígame.

Seguí al lama por oscuros pasillos sin ventanas, iluminados por la tenue luz de las antorchas colgadas de la pared, al lado de unos objetos llamados "ruedas Mani", que contenían pergaminos enrollados con las palabras "Om Mani Padme Hum" impresas en ellos. Según los monjes, era una bendición. Al final del pasillo se alzaba una imponente puerta roja que llevaba a la otra mitad del monasterio. Seguí al lama por otra puerta, a la izquierda, y pronto me encontré ante la modesta sala de rezo del templo. Era una habitación circular sin ventanas; con una plataforma, también circular, en el medio. Sobre la plataforma había una pequeña mesa redonda en la que descansaban un par de velas. A su alrededor, seis monjes meditaban, con los ojos cerrados y las palmas de las manos juntas. Pensé que sería mejor esperar a que acabasen, para no molestarlos, y me di una vuelta por la estancia. No me había fijado, pero allí había más huéspedes del monasterio que parecía que cuchicheaban a mis espaldas, pues cuando me acercaba me miraban de reojo y se callaban. No me importó, pues pronto desaparecería de allí para siempre. Sin embargo, pude captar algunas palabras antes de que se percatasen de mi presencia.

-…ceremonia. Hemos esperado demasiado. ¿Será él el elegido?- preguntó el más bajito.

-Es entusiasta, es abierto, es perfecto.

-Espero que tengas razón, es nuestra última esperanza…

-Ten fe, el soñador será desatado, y…

-¡Shh! Las paredes tienen oídos- susurró el monje.

¿De qué estarían hablando? Parecía una conversación muy fuera de lo convencional en un monasterio de clausura. ¿Qué era el soñador? ¿Quién era su última esperanza? Antes de que pudiese hacerme más preguntas, el fraile que había venido a buscarme se puso de pie y me habló.

-El ritual está preparado. Suba al estrado, viajero.

Solté un largo suspiro y obedecí. Cada paso que daba hacia aquella mesita redonda rodeada de velas era lento y doloroso, pero mi cuerpo estaba lleno de una asombrosa seguridad en mí mismo. Me coloqué en medio de la habitación y observé como pequeñas hojas verdes volaban rodeándome, guiadas por un viento inexistente. Unas bandas de luz de color azul intenso siguieron a las hojas, y comenzaron a girar a mi alrededor. Asombrado, miré a todas partes mientras un escalofrío me recorría todo el cuerpo; nunca había visto una magia parecida. De repente algo horrible ocurrió. Sentí como si una fuerza desconocida me empujase hacia arriba, elevándome varios centímetros del suelo, y una espantosa sensación de frío me invadió por completo. Sentía como si mi alma estuviese abandonando mi cuerpo, y este se estuviese quedando vacío.

De pronto el frío desapareció, y cuando abrí los ojos me encontré con un paisaje realmente impresionante. Kilómetros y kilómetros de nieve blanca era lo único que alcanzaba a ver a través de la tenue luz de la luna. Me sorprendió el calor que me embriagaba. Lo único que rompía ese armonioso panorama era la figura de un hombre, delgado, desgastado y sin pelo, que llevaba una túnica azul oscuro y portaba un largo bastón. Estaba de pie, al lado de el único árbol en el horizonte, y junto a un pequeño fuego.

-¿Qué...?- musitó.

Me acerqué rápidamente, en busca de la única ayuda que podía encontrar para saber qué estaba ocurriendo. Evidentemente, algo había salido mal. Desafortunadamente, aquel hombre parecía incluso más sorprendido de mi presencia que yo mismo.

-¿Qué está haciendo aquí? ¡No puede estar aquí! ¡Te encontrará!

Sus ojos se encontraron con los míos y me estremecí. Su expresión era fría, congelante. Me fijé en su cuerpo, lleno de tatuajes con símbolos extraños, que sin duda significarían algo que yo desconocía, y en un colgante en forma de sol que le colgaba del cuello.

-Yo... no... ¿Dónde estoy?- pregunté desconcertado -¿Qué es este lugar?

-¿Cómo ha llegado aquí? ¡Vuelva por donde ha venido! ¡Rápido! ¡No puede quedarse aquí!

-Yo no... no sé como ir...

El hombre rompió el contacto visual, y se concentró en las llamas que ardían a sus pies.

-Está aquí.- susurró con una voz aún más aterradora y penetrante -¿Qué has hecho? ¿Qué has hecho?

-¿Qué quiere decir? ¿Qué...?

-El soñador...

¿El soñador? ¿Qué era el soñador? Aquello me sonaba de algo, pero no tenía ni idea de qué. Un sonido indescifrable me llamó la atención detrás de mí, y me giré, asustado.

-¡Dios! ¿Qué... es eso? ¿Qué...?

Una gran sombra se había abierto paso entre el azul del cielo, y tomaba una forma cada vez más compacta, hasta formar una masa negra y viscosa. Di un par de pasos hacia atrás, torpemente, sin apartar la mirada de aquella cosa; perdí el equilibrio y me caí. Me sorprendió el hecho de no sentir la fría nieve ni el golpe de la caída, y caí en la cuenta de que, en realidad, no sentía nada en absoluto. Intenté levantarme, pero los nervios y la angustia se apoderaron de mí con facilidad. Me volví a caer y gateé hacia la nada, desesperado, hasta que supe que ya no podía hacer nada.

-No... No. ¡No!- exclamé, totalmente en vano.

Un tentáculo negro había crecido de aquella cosa negra y se había aferrado a mi tobillo con fuerza. Le dirigí una mirada exasperada al misterioso hombre, que me miraba de pie, bastante lejos de donde estaba yo ahora, sin hacer nada. Aquella sombra se enroscaba cada vez más en mi cuerpo, y yo no tenía nada que hacer contra aquello.