DONDE TODO EMPIEZA

Capítulo 1: Era de Leyendas

- ¿Listo?

El cálido aire de esa mañana de verano griego se llevó consigo la infantil voz del pequeño niño. Los jardines del templo principal reverdecían en todo su esplendor gracias al magnífico clima con el que el país de las leyendas había sido bendecido en esos días. El fresco aroma de la naturaleza flotaba en el ambiente mientras sus colores, intensos y llenos de vida, alegraban la vista de todo aquel que caminase por las angostos pasillos de ese oasis situado en medio del antiguo edificio.

- ¡Listo! -respondió un segundo infante idéntico al primero.

Los gemelos se sostuvieron la mirada una fracción de segundo. Sus vivaces ojos verdes brillaron con determinación pensando que la victoria le pertenecía a cada cual. Con un silbido del viento, el silencio entre ambos niños se dejó sentir. No pasaban de los seis años, sin embargo el futuro de una de las razas de guerreros más antiguas del mundo descansaba ya sobre sus hombros; en el cielo su destino había sido escrito por la mano de la diosa que desde el día de su nacimiento les acogió en sus brazos.

Ahí, en medio de ambos, el mitológico Aquiles inmortalizado en piedra arropaba con su sombra a los niños. Habían escuchado innumerables historias de él, ese regio hombre de piedra que majestuosamente se erguía al mando de su cuadriga; él era lo más cercano a lo que ellos se convertirían en un futuro.

- ¡El primero que llegue hasta su cabeza será el ganador! ¡Adelante! - dio la orden de salida el de cabellos azules más claros.

De inmediato ambos comenzaron la frenética subida para conquistar los hombros del monumento dedicado al gran héroe griego. Ninguno se detendría hasta conseguir su objetivo. La sed de victoria corría por sus venas. Ágiles y temerarios se valieron de todas sus habilidades para ir acortando la distancia entre ellos y el triunfo. La misión de conquista transcurrió sin eventualidades hasta que sus caminos coincidieron y el espacio se redujo dejando únicamente espacio para uno de ellos, el otro tendría que resignarse con el amargo sabor de la derrota. Sobre los hombros del hijo favorito de Grecia, los pequeños herederos de Pólux y Castor se involucraron en una pelea por el control.

- ¡Muévete, Saga! - espetó el menor de los dos.

- ¡No! ¡Yo llegué primero, así que muévete tú! - Saga batallaba para mantenerse arriba de la estatua aún en contra de los manotazos y empujones propinados por su gemelo.

Y, como en todo enfrentamiento, uno de ellos prevaleció por encima del otro. Un grito de dolor escapó de la garganta de Saga cuando su cuerpo golpeó inmisericorde el piso. Se retorció sobre el suelo mientras se tomaba el brazo con fuerza. En su rostro el dolor se dibujó y, por más que se esforzaba por contenerlas, varias lágrimas traicioneras rodaron por sus mejillas. Pero no volvió a emitir un solo sonido. Después del grito inicial, su garganta se selló dejando a las lágrimas como la única evidencia de su sufrimiento.

- Saga, ¿te encuentras bien? - le cuestionó el menor temeroso de la respuesta.

Kanon aún permanecía sentado tranquilamente sobre los hombros de Aquiles observando desde las alturas a su hermano. Lo vio incorporarse con torpeza pero sin soltar su brazo izquierdo. Por un momento fijó sus ojos sobre la extremidad de su hermano y, con sorpresa, pudo distinguir que el brazo se encontraba doblado en una forma poco natural. De inmediato descendió y corrió a acompañar a su gemelo. Con una mezcla de fascinación y preocupación se agachó frente a él, estupefacto de verlo aguantándose el llanto. Aquel gesto de vulnerabilidad no era propio de su hermano mayor.

- ¿Saga? - insistió preocupado al no recibir respuesta.

Saga permaneció con la mirada clavada en el piso. Unos cuantos mechones de cabello azul protegían sus ojos acuosos de que alguien más pudiera atestiguar las saladas lágrimas que amenazaban con correr por su rostro formando ríos. Pudo sentir el tibio y temeroso toque de la mano de Kanon acariciando sus cabellos y fue entonces cuando se dio cuenta de que no podría tragarse más el llanto. Con un gemido dio rienda suelta a su dolor.

- ¡Me duele! - los gritos resonaron en la tranquilidad.

Una alarma se disparó en la cabeza de Kanon a sabiendas de que se meterían en líos gracias a los quejidos de su hermano. Atemorizado, retrocedió mirando a Saga cual si fuera la criatura más extraña del planeta ganándose con ello una mirada de reproche por parte del mayor.

- Ya, ya, seguro que no es para tanto. Deja de llorar. - intentó consolarle sin éxito.

Aquellas palabras de Kanon solamente consiguieron hacer que los gritos y quejas del otro niño incrementaran su volumen, sin importar lo que dijera su hermano menor en realidad le dolía mucho el brazo. La demostración de dolor carcomió por dentro a Kanon. Se sentía asustado y temía que Saga estuviera peor de lo que se veía. La impotencia también jugó sus cartas y pronto los ojos verdes del gemelo menor se nublaron de lágrimas que, al igual que con Saga, batallaban para doblegar la férrea voluntad del niño.

- S-Saga… - con el nombre de su hermano el llanto hizo su entrada triunfal.

El desgarrador llanto irrumpió en la calma del Templo de Athena. Auxiliadas por el eco del edificio, su voces recorrieron con rapidez los pasillos de piedra alertando a su paso a cuanto persona se encontraba cerca.

- ¿Qué sucede aquí? - tras unos minutos se dejó escuchar una suave voz cansada por los años pero llena de sabiduría.

El semblante del anciano Patriarca se enturbió con ansiedad ante la dantesca escena protagonizada por sus protegidos. Saga aún yacía en el piso retorciéndose de dolor al mismo tiempo que sujetaba su brazo herido y expresaba escandalosamente su dolor. A su lado, el pequeño Kanon se encontraba hincado observando a través de sus húmedos ojos el sufrimiento de su hermano gemelo sin poder hacer nada para mitigarlo. Tan pronto escuchó el sonido de la voz de su Maestro y alcanzó a divisar la silueta del lemuriano, el menor de los gemelos corrió al encuentro del hombre al que consideraba como su padre.

- Saga se ha lastimado. -chilló lanzándose contra el regazo del compasivo hombre.

Shion pasó su mano sobre los cabellos azules del niño y de inmediato caminó hasta donde se encontraba Saga. Se hincó a su lado y lo tomó entre sus brazos, todo bajo la atenta mirada del hermano menor. Los gritos de Saga cedieron. Un leve sollozo escapó de su garganta mientras refugiaba su rostro en el pecho del Gran Maestro buscando en él un poco de consuelo. Con cuidado, Shion examinó el brazo herido. Estaba roto. Sintió al niño respingarse ante el delicado toque de sus manos y pudo imaginar cuanto dolor experimentaba en ese momento.

- Tendremos que llevarte a la Fuente de Athena. - dijo mientras apartaba los mechones azules que caían sobre la cara del niño.

Limpió las lágrimas de aquel angelical rostro y procedió a aplicar un poco de su cosmos para mitigar momentáneamente el dolor de su joven discípulo.

- ¿Cómo ha sucedido esto? - les preguntó sin dejar de aplicar su energía en la extremidad herida y dándole un poco de tiempo a Saga para recuperarse.

- Saga se cayó de la estatua. - Kanon contestó con la voz aún ahogada en sollozos mientras se limpiaba las lágrimas con tosquedad usando su antebrazo.

- ¡Mentira! Tú me tiraste.

- ¡No es cierto! - lloriqueó el más pequeño - Fue un accidente.

- Me parece que no es la primera vez que os he advertido acerca de no jugar en las estatuas del jardín, pero como de costumbre ignoráis mis advertencia. - sin que ninguno de los niños se diera cuenta, Arles se encontraba de pie detrás de Shion.

Su postura estirada y su inflexible carácter le habían ganado la enemistad de los gemelos. Si bien nunca habían recibido maltrato por parte de la mano derecha de Shion tampoco recibieron afecto, así que la brecha entre los niños y él se abría más y más con el paso del tiempo. Lo único que emanaba de ese hombre era indiferencia, fría y hostil indiferencia. Probablemente no lo hacía a propósito. Para Arles, más allá de ser una cuestión personal, la relevancia de aquel par de infantes radicaba en el destino que les tocó vivir. No eran niños. Eran futuros santos, y como tales tenían que aprender a atenerse a la disciplina de un Santuario al que algún día comandarían como guerreros de élite que eran.

Kanon le siguió con la vista mientras el santo caminaba alrededor del Patriarca para posicionarse frente a frente con él. Sintió la fría mirada posarse en él y apretó los puños a sabiendas de que el santo de Altar no dejaría pasar la ocasión sin alguno de sus comentarios. No estaba equivocado.

- Habéis dejado en malas condiciones al gran Aquiles - acotó llevando sus ojos a la imponente efigie del héroe griego - Sin embargo espero hayáis aprendido vuestra lección y este incidente no vuelva a repetirse.

- Estás siendo duro, apenas son unos niños – la voz de Shion se escuchó tan clara y tranquila como solía ser siempre.

- Con todo respeto, Su Ilustrísima, tal vez usted es demasiado blando.

Shion no respondió a la acusación de Arles. Se puso de pie llevando entre sus brazos a Saga quien se aferraba a su cuello y ocultaba la cara en los largos cabellos verdes de su protector, levantó la vista y fue entonces cuando las miradas de Shion y Arles se encontraron. Una llena de severidad, la otra de paz.

"Probablemente lo sea." replicó usando su cosmos "Pero quiero que sean felices al menos por un breve tiempo. No necesito explicarte que en la vida de un santo las sonrisas no abundan, ¿verdad?" Sin mirar atrás, el mayor de todos los santos emprendió el camino hasta el lugar de recuperación de los guerreros de Athena.

A la par del gran maestro, Kanon correteaba siguiéndole el paso mientras toda clase de historias fantásticas salían de su boca robando con ellas la sonrisa del anciano. En sus brazos, el pequeño Saga sonreía a pesar del dolor. El candor de su infancia le impedía ver más allá del verdadero motivo de su vida dentro del Santuario. Se limitaba a disfrutar cada gota de cariño que recibía de aquel hombre bueno y misericordioso, ese quien les había rescatado de la orfandad, ese al que había aprendido a querer como a un padre.

-2-

Un liberador suspiro salió de la boca de Saga cuando terminaron de enyesar su brazo. Lo movió un poco tentando al dolor y, aunque el duro material era sumamente molesto, al menos el malestar habían disminuido un poco.

Kanon se acercó a su hermano. Pasaba su vista del yeso al rostro de Saga resultandole imposible de ocultar la curiosidad que representaba el nuevo "aditamento" que su gemelo portaba. Tomando sus precauciones, extendió la mano para tocar con la punta del dedo el frío yeso. Lo hizo con delicadeza para no importunar a Saga quien se limitaba a seguir con sus ojos cada uno de los movimientos del menor. Era tal la fascinación de Kanon que, por un breve momento, Saga llegó a sentirse importante al llevar el brazo enyesado.

- ¿Te duele? – por fin preguntó Kanon.

- No. - Saga volvió a levantar el brazo para demostrar que se encontraba mejor sin embargo una repentina punzada de dolor le llenó los ojos de lágrimas. No lloró porque su orgullo le detuvo, pero tenía que admitir que aún le dolía.

-No deberías forzarlo tanto, recuerda que la herida aún es reciente. - los niños voltearon de inmediato hacia donde se encontraba sentado el Gran Maestro.

Shion había esperado con paciencia mientras Saga era atendido. Sus facciones no lo demostraban, pero por dentro una gran preocupación se albergaba en su corazón. Sí, el accidente de los gemelos había contribuido a sus tribulaciones, mas por encima de esa infantil aventura, el anciano sabía que aquel día no sería uno más en la vida de sus pequeños aprendices. Era un día especial, un momento extraordinario que los llevarían un paso más cerca a alcanzar su destino. Quizás si hubieran sido otros pequeños sería una fecha memorable, pero por razones que encontró egoístas, tenía miedo…miedo de perderlos.

- Shion, ¿estás bien? - la pregunta de Saga lo sacó de sus pensamientos.

- Sí. -respondió con una sonrisa. Tomó al niño y lo sentó en sus regazo para luego revolver los mechones azules de cabello - Tendrás que cuidarte por un tiempo, nada de travesuras si quieres que tu brazo se recupere del todo. Si todo sale bien, en unas cuantas semanas te retirarán el yeso.

-¡¿Semanas?-exclamó Saga para luego quejarse -¡Pero si esta cosa pica!

-Lo siento, pequeño, pero debes comprender que romperse un brazo o cualquier parte del cuerpo es algo serio que debe ser tratado con cuidado.

-Shion, si me rompo una pierna, ¿me enyesarán también?-interrumpió Kanon mientras miraba su extremidad intentado descifrar como alguien podría caminar con semejante cosa alrededor de ella.

-Sí, tendrían que hacerlo, pero te garantizo que es todavía más incómodo que romperse el brazo.

El gemelo torció la boca y subió los hombros concediendo con ese gesto la razón al lemuriano para luego continuar curioseando todo dentro de la habitación en la que se encontraban. Merodeó todos los rincones encontrando siempre algo que capturara su atención, fueran los instrumentos médicos o algún viejo libro de medicina cuyas hojas amarillentas ya eran carcomidas por el tiempo. Se entretuvo husmeando los líquidos de colores almacenados en botellas. Contempló un grotesco reflejo suyo que se generaba en los gruesos cristales de varios recipientes y aspiró con fuerza impregnando su olfato del penetrante aroma a alcohol y desinfectante que se sentía en ese lugar. No fue sino hasta que la puerta se abrió que la tranquilidad de Kanon se vio interrumpida momentáneamente.

-Maestro, ya casi es hora.-anunció Arles no sin antes reprender con la mirada al niño que sostenía entre sus manos una enorme botella llena de un líquido verdoso.

-Por favor, Arles, ve a recibirle. Yo estaré ahí es unos momentos más.

- Como ordene, Su Ilustrísima - el santo asintió y, con la misma presteza con la que había aparecido, desapareció.

Tan pronto la puerta se hubo cerrado, Kanon corrió para ponerse de pie frente a Su Santidad. Se paró firme y llevó sus manos detrás de su espalda al mismo tiempo que mecía su cuerpo hacia los lados esbozando en sus labios una pícara sonrisa.

-¿Quién viene de visita?-cuestionó sin ninguna vergüenza.

Shion respiró profundamente. Posó su mano sobre la cabeza del niño para acomodar su rebelde cabellera al mismo tiempo que dibujaba una sonrisa en su rostro, una sonrisa matizada con un dejo de tristeza.

- Alguien a quien quiero que conozcan, así que démonos prisa y no le hagamos esperar.

El mayor de los santos se puso de pie llevando en sus brazos a Saga y sujetando de la mano a Kanon. No se inmutó, sino que caminó con paso seguro en dirección al salón del trono. No podía retrasarlo más. El destino llamaba a la puerta y era hora de contestar.

-3-

Desde que había vuelto de su entrenamiento matinal, permanecía sentado en la escalinata que conducía al Templo de Géminis. El calor asfixiante del sol y la brisa caliente de aquel día de verano no ayudaba en absoluto a que el mal humor del turco se apaciguara. Alzó la vista y con el ceño fruncido entrecerró sus hermosos ojos grises mientras fijaba su mirada en el contorno del Templo Papal, allá donde el tortuoso camino entre las Doce Casas encontraba su final.

Perdido en sus pensamientos esbozó una sonrisa que a un desconocido se le hubiera antojado casi hermosa; pero que en el Santuario, a la mayoría le resultaba escalofriante. A partir de aquel día, ya no sería únicamente Zarek, Santo de la Tercera Casa del Zodiaco. No… Dos niños iguales cual gotas de agua deberían referirse a él como Maestro y aquello distaba mucho de ser de su agrado. No era un secreto que el Caballero de Géminis no deseaba entrenar a nadie, menos aún a dos niños consentidos como aquellos.

Recordaba a la perfección a esos dos chiquillos que perseguían al Maestro Shion por todas partes mientras con sus voces y risas infantiles llenaban el Templo Principal de una alegría tan inusual… como incomoda.

Zarek volvió la vista al frente al pensar en ello. Nunca le habían gustado los niños en general, pero si había unos en el Santuario a los que encontraba terriblemente irritantes… era a esos dos. Pese a ello, le resultaba reconfortante saber que a partir de ese día dejarían de ser los niños de oro del Patriarca para convertirse únicamente en unos aprendices cualquiera. Él demostraría quien era el Santo de Géminis, y que para sucederle era necesario mucho más que el incomprensible orgullo y la enfermiza fe que su Santidad mostraba por los mocosos. Le resultaba terriblemente molesta la ilusión que reflejaban aquellos ojos rosados al posarse en ellos. Una ilusión que jamás había mostrado al mirarlo a él o a cualquiera de sus once compañeros.

- ¿Señor?

La tímida voz de una doncella a sus espaldas lo sacó repentinamente de sus alborotados pensamientos. Pero Zarek ni siquiera contestó, se limitó a observarla con su penetrante mirada gris; y casi complacido, sintió como el miedo que provocaba en la joven la atenazaba, impidiéndola hablar.

- No tengo todo el día. - espetó de pronto.

- S-si… Lo siento, Señor. - se disculpó mientras clavaba la mirada en el piso bajo sus pies.- El dormitorio de los niños está listo.

- Esta bien. - respondió el Santo mirando al frente. - ¿Qué hora es?

- ¿P-perdón…?

- He preguntado qué hora es, mujer.

- Cerca de medio día, Señor.

La doncella no recibió más que un gruñido por respuesta, mientras Zarek se ponía en pie. Se adentró en las profundidades del Templo y no se detuvo hasta quedar frente a su armadura, vistiéndola casi de inmediato. Peino su larga melena, tan roja y brillante como el fuego con sus finos dedos, anudando rápidamente su cabello en una coleta baja. Segundos después, tomó la capa de seda blanca que reposaba sobre la cama y con habilidad, la abrochó bajo sus hombreras dejando que la vaporosa y fina tela cayera hasta casi rozar el suelo de mármol. Y finalmente, observó el espejo que tenía frente a él. Su armadura era más que hermosa y su reflejo… imponente.

Con rápidos pasos abandonó el cobijo de la Casa de Géminis y emprendió el camino hasta el Templo del Maestro. La escalera Zodiacal estaba tranquila, como siempre. Sus Guardianes apenas se dejaban ver, así que Zarek no se topó con nadie por el camino. Al menos así fue hasta llegar a Sagitario; pues al encaminarse a la salida del Noveno Templo, la voz de su guardián interrumpió su tranquilidad.

- Me pregunto si alguien como tú será capaz de recordar que solamente tienen seis años, Zarek. - La pausada y tranquila voz lo enervó; mientras reemprendía su camino sin voltear a verlo siquiera.

- Te equivocas, Orestes. - dijo con calma. - A partir de hoy dejarán de ser niños.

El de la armadura alada lo observó marchar, negando suavemente con la cabeza. Sabía que aquel era un Santo peligroso.

Finalmente, las altas y torneadas columnas del Templo Papal se erigían ante el Caballero de Géminis, dándole una sombría bienvenida. Los guardias que flanqueaban la escalinata, agacharon el rostro a su paso, a modo de reverencia, mientras el Santo se perdía entre los frescos pasillos que llevaban al Salón del Trono. Pronto, la guardia personal del Maestro apareció ante él, custodiando la enorme puerta labrada de doble hoja.

- Anunciad a su Santidad que el Santo de Géminis ya ha llegado.

En apenas un gesto perceptible, los guardias asintieron. Uno de ellos desapareció tras la puerta, e instantes después; esta se abrió pesadamente desde el interior.

- Podéis pasar, Señor. - anunció el guardia con la cabeza baja.

El Santo, se adentró en el enorme salón, escuchando como sus metálicos pasos se amortiguaban al pisar la mullida alfombra roja. Sin embargo, cuando sus ojos se posaron en el contorno del trono vacío, no pudo evitar fruncir el ceño en evidente disgusto. Se arrodilló con desgana mientras contemplaba como únicamente Arles se acercaba hasta él.

- Zarek de Géminis, nos honra tu presencia.

- No veo a nadie más por aquí, Señor. - comentó mordazmente, ofendido ante la ausencia del Maestro.

El Caballero del Altar frunció el ceño con disgusto ante la falta de respeto; cuando una voz tan calmada como antigua, interrumpió la escena, acompañada por una risa infantil.

- Ruego que perdonéis nuestro retraso. - El Santo alzó su rostro.

Su mirada se endureció al contemplar al Patriarca. En sus brazos, uno de los dos gemelos se sostenía su pequeño brazo enyesado, aforrándose con fuerza al cuello del Maestro con el otro; mientras su hermano caminaba tomado de la mano de Shion.

- Por favor, levántate Zarek. - dijo el mayor.

El de Géminis obedeció, y una vez en pie, observó como el Maestro dejaba en el suelo al pequeño y se acomodaba en el trono. Tan pronto como Shion había soltado la mano del otro chiquillo, este se había dejado caer tranquilamente en el primer escalón a los pies del trono dorado, sentándose allí sin preocupación alguna. Mientras su hermano, permanecía al lado del Patriarca, mirando al geminiano con sus ojos verdes brillantes y cargados de recelo; como si supiera que pasaría a partir de entonces. Zarek sonrío ligeramente, provocando en el pequeño Saga un escalofrío que lo impulsó a urgir a su hermano a ponerse en pie.

- Kanon… -llamó en apenas un susurró.

- Deberías imitar a tu hermano y mantenerte en pie, niño. Estas frente al Santo Dorado de Géminis, tu Maestro.

Kanon se levantó de su improvisado asiento como un resorte y rápidamente se colocó al lado de su Saga. Tan unidos y tan iguales, que a Zarek le resultaba imposible recordar quien era quien. Sin embargo, no le había pasado desapercibido el intercambio de miradas entre los hermanos derrochando curiosidad por esa última frase que acababan de escuchar. En unos segundos, tanto él mismo como el Maestro Shion se habían convertido en el objetivo de dos miradas tan inocentes como interrogantes.

- Niños… - comenzó el Maestro adoptando una expresión seria y captando la total atención de los pequeños.- A partir de hoy, Zarek de Géminis será vuestro nuevo Maestro.

- Pero… - susurró Saga.

- No hay pero alguno que valga, niño. - espetó Zarek sin miramientos, ganándose una mirada dura por parte del lemuriano y consiguiendo el silencio del pequeño.

- ¡Nosotros ya tenemos un Maestro! - dijo de pronto Kanon, y volteando, continuó convencido.- ¿Verdad, Shion?

Pero el Maestro no contestó. Se revolvió nerviosamente en su asiento, y suspiró; mientras sentía todas las miradas fijas en él. Pocas veces había tomado una decisión que sabía era correcta, con tanto pesar. Pero aquellos dos niños, que lo miraban como dos cachorros indefensos; le partían el corazón.

- No, Kanon. - dijo al fin, mientras observaba la sorpresa en los ojos del pequeño, y a toda costa, evitaba mirar a su hermano, pues sabia lo que encontraría ahí: abandono.- Ha llegado el momento de que emprendáis el camino que os llevará a ser Caballeros algún día. Él será vuestro Maestro ahora.

- Pero tú eres… - insistió Kanon.

- Él, es el Santo Patriarca del Santuario, la Mano y la Voz de la Diosa Athena. - interrumpió el pelirrojo.- Desde hoy ya no será nada más que eso para vosotros.

Desolación y miedo. Aquello fue exactamente lo que vio Shion cuando sus ojos viajaron, finalmente, de uno a otro de los gemelos. Sus ojos brillantes, eran claro indicativo de que ambos contenían sus lágrimas. El Patriarca suspiró. Quizá debió haberles advertido… haberles suavizado el momento… O quizá, lo mejor había sido no hacerlo y haberles evitado el sufrimiento por días.

- De todos modos, seguiréis viniendo a vuestras clases por las mañanas.

- ¿Viniendo? - la voz temblorosa de Saga, captó su atención.- ¿No viviremos más aquí?

Saga era un niño endemoniadamente perceptivo. Por un instante, sus ojos relampaguearon, haciendo al pequeño casi imposible la tarea de aguantar las lágrimas que pugnaban por salir nuevamente. Inconscientemente, Kanon tomó su mano, estrechándola entre las suyas y con toda su atención centrada en el Maestro, ambos esperaron una respuesta.

- De ahora en adelante, viviréis en el Templo de Géminis. - aclaró Shion, y volteando sus ojos cansados y tristes hacia Zarek, prosiguió.- ¿Está todo listo en el Templo?

- Si, Alteza.

- Entonces, adelante. Podéis marcharos. - sentenció.

- ¡Pero nosotros no queremos irnos! - gritó Kanon finalmente, al borde del llanto.- ¡Queremos estar contigo!

- Poco importa lo que vosotros deseéis. - escupió con expresión burlona el Santo de Géminis. Inclinó su cabeza, a modo de reverencia y giró sobre sus talones.- Andando. - ordenó.

Kanon, ignoró por completo la orden de su nuevo Maestro. Permanecía con sus hermosos ojos abiertos de par en par, clavados en Shion, totalmente incrédulo. Volteó entonces a ver a Saga, que permanecía a su lado casi ausente, con la mirada fija en el suelo.

- ¡Saga! - gritó el menor tirando de la mano de su gemelo y llamando su atención. - ¡Díselo tú!

Pero sorprendentemente, el niño no se movió. Sus ojos siguieron el camino marcado por la alfombra escarlata, hasta que se toparon con el hermoso brillo dorado de la armadura de Géminis reflejando el sol, mientras la suave brisa que entraba por las ventanas agitaba la capa blanca. Era una imagen tan bella e hipnotizante…

Finalmente, volteó a ver a Shion, dispuesto a decirle algo tal y como su hermano le había suplicado, dispuesto a intentarlo con todas sus fuerzas. Pero su voz se negó a dejarle pronunciar palabra, pues sus ojos habían reparado en la expresión ausente del Maestro, que ni siquiera había vuelto a mirarlos. Su rostro, normalmente dulce y amable con ellos, se había tornado serio e impenetrable. Fue en ese momento, cuando Saga supo que ninguna palabra o súplica, que ninguna lágrima… haría que el Maestro cambiara de opinión.

Retiró la mirada y volvió a fijarla en el suelo, sintiendo como cada vez le resultaba más complicado aguantar las lagrimas. Apretó de nuevo la mano de su hermano.

- Vámonos, Kanon. - alcanzó a decir con la voz quebrada mientras una imprudente lágrima rodaba por su aterciopelada mejilla.

- Pero… - quiso protestar el menor.

- ¡Vámonos! - gritó finalmente Saga, comenzando a llorar libremente.- No nos quiere aquí, ¿no lo comprendes?

Kanon lo contempló boquiabierto, sin alcanzar a decir nada, mientras sus lágrimas hacían exactamente lo mismo y comenzaban a escapar rápidamente.

Shion había volteado a verlos exaltado al escuchar las palabras de Saga. Hubiera deseado que ambos emprendieran su camino, tal y como lo estaban haciendo ahora, tomados de la mano y siguiendo a su nuevo Maestro; pero hubiera deseado que no se fueran con aquel pensamiento en su cabeza. Hubiera deseado que se fueran pensando que los quería como si fueran sus propios hijos, y que extrañaría sus risas antes de acostarse… que extrañaría sus travesuras y ocurrencias… sus miradas llenas de admiración y amor.

Sin embargo, Kanon no pensaba nada de eso. Cuando cruzó el umbral de la puerta, volteo a ver a Shion una vez más, sentado en el trono, con la mirada perdida y el semblante tan serio que parecía una estatua. Miró a su hermano, que al igual que él, era incapaz de dejar de llorar en silencio. Supo, cuando escuchó cerrarse las puertas tras de si, que ya nada volvería a ser igual; que todo cambiaria a partir de aquel instante.

-¡Apresuraos! - La voz de Zarek lo sobresaltó, y apretando ligeramente la mano que aún permanecía entrelazada con la suya, ambos hermanos agilizaron el paso.

-4-

- Saldrán adelante, Alteza. - susurró Arles mientras se acercaba al Maestro.

- Sólo espero que ambos lo hagan. - contestó mientras se levantaba del trono dispuesto a marcharse, a sabiendas de que uno de aquellos dos niños se quedaría sin nada y seria condenado a vivir a la sombra del otro.- Arles…

- ¿Si?

- Las estrellas han hablado. Sagitario y Leo serán los siguientes.

-5-

Zarek no había dejado de contemplarles de soslayo un solo segundo en todo el camino hasta Géminis. Ambos permanecían callados, ahogando como podían los sollozos que aún les dificultaba la respiración.

- Este es vuestro dormitorio. - dijo secamente mientras abría la puerta de la habitación y entraba en ella seguido de los pequeños. Volteó a verlos. - Ni siquiera las niñas lloran en este Santuario. Mucho menos un Caballero.

El Santo observó casi divertido como los dos niños se secaban las lágrimas con el dorso de la mano, en un gesto casi idéntico cargado de rabia. Por primera vez, se habían soltado desde que abandonaran el Templo Papal. Recordó entonces el yeso que cubría el antebrazo izquierdo de Saga.

- ¿Quién de los dos eres… Saga o Kanon? - le preguntó.

- Saga. - dijo el niño suavemente mirándolo a los ojos por primera vez. Zarek asintió.

- ¿Cómo te hiciste eso? –preguntó.

- Me caí. - contestó sin retirar la mirada. Zarek alzó una ceja sorprendido. No era habitual que nadie lo mirase de ese modo sin acobardarse.

- Dudo seriamente que alguien tan frágil como tú llegué a ser más que un simple soldado en este Santuario. - Miró a Kanon.- Los Santos debemos ser mucho más fuertes que eso.

- No es su culpa… - susurró el menor.

- No me importa de quien sea la culpa. - espetó el Caballero y dirigiéndose nuevamente a Saga, continuó con tono burlón.- No sobrevivirás mucho tiempo.

- Lo haré. - respondió el chiquillo sorprendiendo a sus dos acompañantes.- Y seré un Santo mucho mejor que usted.

Sin embargo, si hay algo que no se debe hacer con un Santo Dorado, es cuestionar su valía como tal, desafiarlo. Menos aún, si eres su aprendiz.

Zarek imprimió la fuerza suficiente a su mano como para que la bofetada que asestó al chiquillo lo enviara directo al suelo, dejando una gran marca rojiza en su mejilla. El pequeño, ignoró el golpe de su rostro y se llevó la mano al brazo roto, sujetándolo con cuidado; pues aún era demasiado reciente y con la caída había comprobado que dolía demasiado. Miró a su Maestro y sintió como las lágrimas invadían sus ojos una vez más; pero esta vez… no las dejaría caer, al menos no delante suyo.

- ¡No le toque! - gritó Kanon, quien se había colocado con una rapidez sorprendente delante de su hermano. Pero la escalofriante risa del geminiano los estremeció a ambos.

- Debéis comprender algo: Soy vuestro Maestro. Este es mi Templo y son mis órdenes las que debéis obedecer. No consiento gritos ni reproches de ningún tipo. - comenzó mientras miraba de uno a otro.- Las lagrimas podéis guardároslas para Shion, porque yo no soy como él, y no me conmueven en absoluto. No os atreváis a tratarme como si de veras me importaran vuestras rabietas. Para mi no tenéis nada de especial… Así que, yo en vuestro lugar, me esforzaría por obedecer y no hablarme así de nuevo. Os queda un largo camino bajo mi mando y si no lo hacéis dudo si quiera que os mantengáis vivos mucho tiempo. - Se acercó hasta la puerta, y cuando estaba punto de salir, dijo sin mirarlos:- Ardo en deseos de que me demuestres que algún día serás mejor que yo, Saga.

No dijo más, su risa retumbó en el pasillo mientras se alejaba, dejando a los dos hermanos solos. Kanon, tan pronto lo perdió de vista, se arrodilló rápidamente ante su gemelo y tomó su mano una vez más. Ambos se recargaron contra la pared tras ellos, en silencio.

- ¿Estas bien? - preguntó suavemente. Saga no alcanzó a decir nada, sólo asintió.- ¿Estaremos bien? - insistió en apenas un murmullo conteniendo el llanto, al sentir contra él los sollozos contenidos de su gemelo.

- S-si… - respondió el mayor.

Kanon esbozó una sonrisa casi imperceptible y se apoyó en Saga. Aquella afirmación era una que sabia ninguno de los dos creía… pero también sabía que su hermano solamente intentaba tranquilizarlo. Su camino recién empezaba, y al final… únicamente había una armadura.

El menor de los hermanos, sin embargo, no sabía que pasaría de ahora en adelante, sólo sabía que mientras estuvieran juntos, los dos estarían bien.

- Continuará… -

NdA: Y hasta aqui el primer capitulo de esta historia... Donativos para que el Yeso de Saga dure intacto un tiempo... aqui por favor.

Sunrise Spirit & La Dama de las Estrellas