Los personajes no me pertenecen, ya sabemos a quien si

Y esto es solo una adaptacion de una de mis escritoras favoritas Helen Bianchin

La mejor solución

Bella sabía que Edward Cullen estaba totalmente fuera de su alcance y ni siquiera soñaba que él pudiera interesarse en ella como mujer. Sólo había acudido a él como último recurso para ayudar a su familia... jamás habría podido imaginar la solución que le iba a proponer.

Edward conseguiría que desapareciesen todos sus problemas si Bella accedía a casarse con él y a darle un heredero. Era una verdadera locura, pero una locura muy tentadora: casarse con un hombre tan sexy y compartir su cama... Sólo tenía veinticuatro horas para tomar una decisión antes de que él fuera a buscarla.

Capítulo 1

¿Que se ponía una para acudir a una cita con el diablo? Bella echó una mirada experta a la ropa de su armario, eligió un vestido y empezó a vestirse cuidadosamente.

El ático que compartía con su madre en un ba­rrio selecto a las afueras de Seattle siempre ha­bía sido su hogar. Era grande y lujoso, y representa­ba a la perfección los gustos de la clase alta.

Pero no por mucho tiempo. Pensó con tristeza que todo aquello tenía los días contados. Habían vendido cuadros muy valiosos, y antigüedades de valor incalculable habían sido sustituidas por muebles de segunda mano. Habían empeñado las joyas. El elegante Bentley había sido reemplaza­do por un simple sedán. Los acreedores espera­ban ansiosamente a que se declarara la quiebra, y a que el ático, totalmente hipotecado, se subasta­ra.

Las tarjetas de crédito de su madre habían llega­do al límite, y la boutique de lencería La Femme es­taba luchando por mantenerse a flote, pensó Bella mientras se ponía uno de sus pendientes de diamantes. Eran una reliquia que había pertenecido a su abuela materna, lo único que Bella se había empeñado en conservar.

En menos de una semana tendrían que dejar el ático, llevar sus objetos personales al juzgado para saber si el juez les permitía quedárselos, cerrar La Femme, buscar un apartamento mediocre y encon­trar trabajo.

Tenía veintisiete años y era pobre. No era agra­dable, pensó mientras se disponía a salir.

Hacía casi un año que salía solo para acudir a las invitaciones de los pocos amigos que le quedaban. Todavía había algunos leales a su madre, viuda de un hombre que había pertenecido a una familia inglesa de alcurnia.

La cita de aquella tarde era un último esfuerzo desesperado por implorar clemencia al dueño del edificio donde vivían, y del centro comercial donde se encontraba su boutique. El hecho de que también fuera el propietario de una parte del centro de la ciudad y tuviera un polígono industrial era irrele­vante.

En la escala social de la ciudad, Edward Cullen era un nuevo rico, pensó Bella mientras llegaba al aparcamiento.

Era poseedor de una fortuna inmensa. Tenía casi treinta y dos años, y era famoso porque hacía grandes donaciones para obras de ca­ridad. Las malas lenguas decían que solo lo hacía para introducirse en la élite social de los ricos y fa­mosos.

Un círculo en el que Bella y Renee ya no po­dían permanecer.

De todas formas a ella no le quedaba más reme­dio que tener en cuenta a aquel hombre.

Su foto aparecía con frecuencia en la sección de negocios de los periódicos locales, y también en las páginas de sociedad. Acudía a todos los eventos, siempre acompañado por la joven más bella agarra­da del brazo, por una mujer famosa en la so­ciedad que deseaba llamar la atención de la prensa, o por una de las cientos de mujeres que se disputaban su atención.

Bella lo había conocido hacía un año, en una cena que ofreció una supuesta amiga que la había dejado de lado cuando la situación económica de Renee trascendió.

Aquella vez, lo había mirado y se había escondi­do tras una ligera sonrisa y una conversación ama­ble pero distante. Había adoptado ese comporta­miento por instinto de conservación, porque tener algo que ver con un hombre como Edward Cullen ha­bría sido como bailar con el diablo.

Pero las cosas habían cambiado. No tenía elec­ción. Llevaba varias semanas intentando reunirse con él, y había sido él quien había insistido para que cenaran juntos.

El restaurante que él había elegido estaba en el centro de la ciudad, al final de una calle estrecha de un solo sentido, en la que estaba prohibido aparcar, así que dio la vuelta a la manzana con la esperanza de encontrar un sitio.

Por eso, ya llegaba diez minutos tarde. Un pe­queño retraso que cualquiera disculparía, excepto Edward Cullen.

Lo vio en cuanto entró en el restaurante, apoyando en la barra del bar. Aunque Bella le dijo su nombre al maitre, él no esperó y se dirigió hacia ella. Era alto y peligroso y sus ojos verdes tenían un poder hipnótico.

Bella sintió un escalofrío que le recorrió la espalda, y se le aceleró el corazón.

Había algo en él que alertó sus defensas.

-Siento que haya tenido que esperar- Él arqueó una de sus oscuras cejas.

-¿Es una disculpa?

Había un rastro de fiereza bajo el barniz de sofisticación que parecía confirmar el ru­mor de que su juventud había transcurrido en las calles de Chicago, donde solo sobrevivían los más fuertes.

-Sí -Bella lo miró sin pestañear-. Es que me ha resultado difícil aparcar.

-Podría haber venido en taxi.

-No, no podía -dijo ella sin alterarse. Su presu­puesto no cubría la tarifa de los taxis, y una mujer sola no se arriesgaba a usar el transporte público por la noche.

Él le hizo una seña al maitre, cuyas muestras de atención rozaron el servilismo mientras los condu­cía a la mesa y llamaba al camarero con un impe­rioso chasquido de dedos. Bella no quiso tomar vino, pidió un entrante ligero, un segundo plato y tampoco quiso pedir postre.

-Me imagino que usted ya sabe por qué quería mantener esta reunión.

La miró con detenimiento, observando su orgu­llo, su valentía... y también cierta desesperación.

-¿Por qué no nos relajamos un rato y disfruta­mos de la comida y de la conversación antes de ha­blar de negocios?

Ella le sostuvo la mirada.

-La única razón que tengo para conversar con usted son los negocios.

-Me alegro de no tener un ego frágil -dijo él, y esbozó una ligera sonrisa desprovista de sentido del humor.

-No creo que haya nada frágil en usted -era de granito, y tenía el corazón de piedra. ¿Qué esperan­zas podía albergar de convencerlo para que no eje­cutase la hipoteca? Aun así, tenía que intentarlo.

-La sinceridad es algo admirable.

El camarero llevó el primer plato, y ella tomó al­gunos bocados sin ningún apetito, con cuidado de no estropear el trabajo de presentación del chef mientras comía.

Todo lo que tenía que hacer era sobrellevar las próximas dos horas. Cuando se fuera de allí, tendría una respuesta, y tanto su destino como el de su ma­dre estarían decididos. Estaba segura de que la co­mida estaba exquisita, pero sus papilas gustativas no cumplían su función. Por eso, no hizo más que juguetear con el segundo plato al tiempo que daba sorbitos al agua mineral burbujeante.

Él disfrutaba de la cena. Utilizaba los cubiertos con movimientos precisos. Realmente, parecía aquello en lo que se había convertido, pensó Bella distraídamente... todo un hombre que sobresalía entre los demás, vestido impecablemente, con un traje a medida confeccionado por un gran modisto. ¿Armani? La camisa azul oscuro era del algodón más fino, y la corbata de pura seda. Llevaba un re­loj caro.

Pero ¿quién era el hombre que había bajo aquel traje? Tenía fama de ser implacable en los negocios.

¿Sería igual cuando ella hiciese su petición?

Bella intentó controlar los nervios y esperó hasta que el camarero hubo retirado los platos para pronunciar las palabras que había ensayado tanto.

-Por favor, ¿podría concedernos una prórroga en el plazo?

-¿Con qué propósito?

No iba a aceptar. Sintió una punzada de dolor en el estómago.

-Renee llevaría la boutique y yo trabajaría por cuenta ajena.

-¿Para ganar un sueldo que apenas cubriría los gastos de una semana? -se apoyó en el respaldo de la silla e hizo un gesto al camarero para que le relle­nase la copa de vino-. No es una solución factible.

La deuda que tenían con él ascendía a una fortu­na, y ella nunca podría pagarla. Lo miró fijamente.

-¿Le produce satisfacción verme suplicar? -Él enarcó una ceja.

-¿Es eso lo que está haciendo? -Bella se puso de pie y tomó su bolso.

-Lo de esta noche ha sido un error -se dio la vuelta para irse, pero sintió que él le agarraba la muñeca con fuerza.

-Siéntese.

-¿Por qué? ¿Para que usted siga viendo cómo paso vergüenza? No, muchas gracias -tenía las mejillas muy rojas y sus ojos marrones brillaban de ira.

Él apretó la muñeca.

-Siéntese -repitió con una suavidad mortal-, no hemos hecho más que empezar.

Ella miró al vaso de agua, y por un momento so­pesó la posibilidad de arrojárselo a la cara.

-No lo haga -era una advertencia suave como la seda que envolvía una gran amenaza.

-Suélteme la muñeca.

-Cuando vuelva a sentarse.

Aquello era una lucha de voluntades y ella no quería ceder. Pero había algo en su mirada que la advertía de que nunca conseguiría vencerlo, y después de unos segundos tensos, volvió a su asiento, mientras se frotaba inconscientemente la muñeca. Sintió un ligero escalofrío al pensar que él podría haber roto fácilmente sus delicados huesos.

-¿Qué es lo que quiere? -las palabras brotaron de sus labios antes de que hubiera podido pensarlas bien.

Edward tomó la copa, dio un sorbo de vino y volvió a dejarla en la mesa mientras miraba a Bella atentamente.

-Primero, hablemos sobre lo que quiere usted- El recelo y la aprensión le retorcieron el estóma­go-

-La lista de cosas que deseo incluye la plena propiedad del apartamento, recuperar las antigüeda­des, las obras de arte, las joyas y saldar todas las deudas. Además, quiero reabrir la boutique de Renee en Toorak Road con un buen contrato de arren­damiento -le resultaba imposible adivinar qué motivos tenía él para escucharla, así que ni siquiera lo intentó-. Todo esto representa una suma de dinero considerable -conjeturó ella.

-Un millón y medio de dólares, más o menos.

-¿Cómo lo sabe? ¿Es que ha hecho un inventa­rio? -le hervía la sangre de ira. Tuvo que controlar­se para no explotar.

-Sí.

-¿Por qué? -apretó los puños con fuerza hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

-¿Quiere que se lo explique con todo detalle?

Había visto tranquilamente cómo se vendían to­dos los preciosos tesoros y pertenencias de su ma­dre, uno por uno. ¿Cuál era su propósito?

-Ordené a una persona que comprara en mi lu­gar todos y cada uno de los objetos que su madre se vio obligada a vender.

¿Qué tipo de hombre era aquel? Sin duda, un hombre que haría cualquier cosa para conseguir su objetivo. Algo que hacía a ella se le helara la san­gre. Bella miró sus marcados rasgos y sintió que estaba a punto de dejarse llevar por los nervios.

-¿Para qué?

La miró fijamente y esbozó una vaga sonrisa que, sin embargo, no denotaba ningún sentido del humor.

-A lo mejor ha sido solo un capricho.

Un hombre como Edward Cullen no había llegado hasta allí permitiéndose caprichos. Bella lo miró sin intentar disimular la indignación que sentía.

-Por favor, no me trate como a una estúpida- Él bebió un poco, alzó la copa y la giró suave­mente para estudiar el color y el cuerpo del vino durante unos segundos que a Bella le parecieron interminables. Después, la miró a los ojos.

-Usted me intriga.

El corazón le dio un vuelco, y todos sus sentidos se pusieron en alerta. Solo una ingenua o una tonta habría sido incapaz de entender lo que aquello sig­nificaba, y Bella no era ninguna de las dos co­sas.

Su orgullo y su valentía le dieron fuerzas para decir con sangre fría:

-Con todas las mujeres de la ciudad, solteras o no, a sus pies - deliberadamente hizo una pausa y añadió con sarcasmo-: perdóneme, pero no acierto a entender esa fascinación.

El camarero sirvió el café y se retiró con amabi­lidad pero rápidamente al notar la tensión que había en el ambiente. Bella reprimió su deseo de hacer lo mismo. Sabía que a Edward Cullen no le iba a im­presionar ningún gesto de esa clase.

-Mi padre y mi abuelo trabajaron en los viñedos de la familia Swan antes de emigrar a Estados Unidos, y consideraban un honor trabajar para un terrateniente tan rico -no dejó de mirarla ni un ins­tante-. Estará de acuerdo conmigo en que resulta irónico que el hijo de un inmigrante tenga el poder de rescatar a la nieta del reverenciado Joaquín Swan.

Bella tenía el corazón encogido.

-¿Se trata de una venganza?- Él sonrió fríamente.

-Solamente estaba explicando la situación.-Bella observó cómo él echaba una cucharada de azúcar en el café, y le dio un sorbo al suyo. La traspasó con la mirada, y añadió con una expresión enigmática:

-Todo tiene un precio, ¿verdad?- Bella tuvo el presentimiento de que la estaba manipulando.

-¿Qué es lo que quiere usted?

-Quiero un niño que lleve mi sangre, para que un día herede mi fortuna. ¿Y quién mejor que usted para darme un hijo que descienda de la aristocrática familia Swan? -él observó su expresión, y vio primero la duda y luego la ira reflejadas en su cara.

-¿Está usted loco? -le preguntó muy alterada-. Hay muchísimos niños que no tienen familia en el mundo. Adopte uno.

-No.

Ella lo miró sin dar crédito.

-Es una cuestión de necesidades. Las suyas y las mías -Edward hablaba con una expresión imperturba­ble.

-¡No lo es en absoluto!

La miró con los ojos entreabiertos, con una ex­presión tan implacable que daba miedo.

-Esa es mi oferta. O lo toma o lo deja.- Dios Santo. Aquello era un despropósito.

-Déjeme que aclare las cosas. ¿Me está pidiendo que me case con usted, que sea la madre de alquiler de su hijo... y que después desaparezca?

Él no fingió que no la entendía.

-No hasta que el niño empiece el colegio.- Sintió deseos de golpearlo, y estuvo a punto de hacerlo.

-¿Me está hablando de la guardería, de preescolar o del colegio?

-Del colegio.

-Casi siete años, si soy lo suficientemente afor­tunada como para quedarme embarazada enseguida.

-Sí.

-¿Y por eso tendré una recompensa de más o menos doscientos mil dólares al año? -ella hizo una pausa para controlar la indignación que sentía, y tomó aire para continuar-. ¿De modo que pudié­ramos recuperar el ático y todos los objetos valio­sos de Renee, pagar las deudas y reabrir la boutique?

-Sí.

-¿Y qué pasa con los años que yo tendría que pasar siendo su esposa?

-Usted disfrutaría de todos los beneficios adi­cionales que conlleva vivir en mi casa, acompañar­me a los eventos sociales, tener una generosa asig­nación -y esperó un momento antes de añadir- y compartir mi cama.

Bella lo miró con incredulidad.

-Perdóneme, pero no creo que acostarse con us­ted sea ningún incentivo.

-Esa es una afirmación sin sentido -contestó Edward con un atisbo de sentido del humor-. Sobre todo en boca de alguien que no me conoce como amante.

Ella intentó borrar de su mente las imágenes de aquel poderoso cuerpo en la intimidad, y sostuvo su mirada mientras le contestaba:

-¿De verdad? ¿Y esa idea la ha sacado del com­portamiento de las mujeres cuando están en su compañía y de incontables cumplidos del tipo «ha sido maravilloso, cariño»?

-¿Necesita usted referencias de otras personas sobre mi habilidad sexual?

No sabía por qué, pero Bella tenía la sensa­ción de que se estaba metiendo en arenas movedi­zas.

-Y cuando haya cumplido mi parte de este trato diabólico que usted ha ideado, ¿qué pasará?

-Sea más precisa.

-Después del divorcio.

-Eso habría que negociarlo.

-Quiero que me lo explique todo ahora. ¿Podría visitar a mi hijo? ¿O me apartaría del niño cuando ya no le fuera útil?

-Lo arreglaremos de la forma más conveniente.

-¿Conveniente para quién?

-No es mi intención borrarla de la vida del niño.

-Pero usted me limitaría el tiempo a las vacacio­nes y algún fin de semana que otro -estaba segura de que contrataría a los mejores abogados para ase­gurarse de que su influencia sobre el niño fuese to­tal-. Y por supuesto, un contrato prenupcial le ase­guraría que yo me iría después del divorcio sin un dólar.

-Podrá disfrutar de una residencia adecuada has­ta que el niño sea mayor de edad.

-Me figuro que pondrá todo esto por escrito.

-Ya está -deslizó una mano dentro del bolsillo de la chaqueta y sacó un documento doblado-. Ha sido firmado ante notario -lo colocó en la mesa, ante Bella- Lléveselo, estúdielo a fondo y déme su respuesta en veinticuatro horas.

Le resultaba increíble estar allí sentada a esas al­turas. El orgullo casi la había impulsado a dejarlo plantado una vez. Pero sabía que él no haría ade­mán de detenerla en una segunda ocasión.

-Lo que me está pidiendo es imposible.

-No está en situación de regatear.

-¿Me está amenazando con retirar su oferta?

-Yo no he dicho eso -la miró fijamente-. Esto es un negocio, ni más ni menos. Ya le he explicado las condiciones, usted es quien tiene que decidir ahora.

¿Realmente era tan cruel? Bella se sintió mal mientras se ponía en pie y tomaba su bolso. Si per­manecía más tiempo a su lado, acabaría por decir o hacer algo de lo que podría arrepentirse.

-Gracias por la cena -dijo. Sus palabras eran amables, pero no sinceras.

Edward le hizo una seña al camarero.

-La acompaño al coche.

-No es necesario en absoluto -respondió fría­mente mientras se dirigía hacia la salida. Se despi­dió del maítre y salió a la calle. Solo había recorri­do unos metros cuando él la alcanzó.

-¿Tiene tanta prisa por huir? -le preguntó Edward, mirando cómo las luces de la ciudad iluminaban sus expresivos rasgos.

-Es usted muy inteligente.

Se movía tan deprisa como se lo permitían los tacones de aguja. Solo tenía que avanzar una man­zana más y se vería libre de su presencia. Estaba contando los segundos.

-Buenas noches.

Él no se dio por enterado, la acompañó hasta el coche y no se movió de allí hasta que estuvo dentro. Bella arrancó el motor y trató de cerrar la puerta, pero él la sujetó y se inclinó hacia ella.

-Veinticuatro horas, Isabella. Medítelo. Tiene mucho que ganar, y todo que perder.

Después se incorporó, y ella salió del aparca­miento y se perdió entre el tráfico.

Maldito. ¿Quién se pensaba que era ella, por Dios Santo?

«No contestes a eso», le dijo una voz interior mientras intentaba concentrarse para salir del centro de la ciudad.

En realidad, un matrimonio de conveniencia no era algo descabellado en aquellos días. La cuestión era si podría hacer un trato de esa clase con un hombre que le desagradaba tanto.

Un hijo. Sintió una punzada de dolor en el estó­mago solo con pensar en la idea de ser madre de al­quiler. Edward Cullen le había asegurado verbalmente que ella podría según- siendo una parte importante en la vida del niño después del divorcio.

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Espero que lo disfrutaran!

¿Era un precio demasiado alto?

Primero, decidió que un abogado examinase lo que le había dado por escrito.

Después, tomaría una decisión.