Disclaimer: No soy Rowling, no gano dinero con esto, y vamos, nunca podría.

Jo! Ya cien fics, ¡parece increíble! :D Es mi forma de festejarlo, no es la gran cosa, pero disfruté mucho de escribirlo, en especial con esta canción de fondo, que me encanta =)

(es infaltable que lean el fic con esta canción, porque creo que es la que cierra todo, la que le da sentido u.u)

El fic va dedicado a todas aquellas personas que me han leído y apoyado, en serio, muchísimas gracias, no habría llegado hasta aquí si no hubiese sido por ustedes, eso seguro ;)


Recomendación musical:

Viva la vida-Coldplay


Hay lugares y objetos en el castillo que relatan la historia de quienes pasaron por allí.

Pequeñas conmemoraciones a lo que fueron, lo que son y lo que hubieran podido ser.

Está esa butaca con las patas flojas y el tapizado gastado, en el costado más apartado de la Sala común de Gryffindor. Ese mismo asiento en que Sirius se balanceaba con despreocupación mientras esperaba a que Remus terminara sus deberes, James dejase de mirar a Lily y Peter acabara de leer esas historietas que le prestaba su primo. Tiene aún una pequeña mancha de café en el forro, producto de esas grandes noches en que planeaba revolucionar el mundo junto a Lunático, Colagusano y Cornamenta.

Está el pedacito de marco que falta en la pintura ubicada en alguna parte del segundo piso. Ese que rompió Tonks cuando iba demasiado apurada porque llegaba tarde a Encantamientos. Había mucha -demasiada, de hecho- gente allí, por lo que tuvo que ir embalada llevando al mundo por delante, de lo contrario, su jefe de casa le retaría otra vez y no podría ver a Charlie en las prácticas de Quidditch.

Está ese espejo roto en la esquina del baño del tercer piso, ese en que Cho un día de abril hacía muecas junto a Marieta antes de entrar a las clases de Defensa Contra las Artes Oscuras. Katie, apareciendo de golpe por detrás con una mirada burlona, les asustó en su juego, y el espejo se vino abajo. Después no hubo tiempo para arreglarlo, no querían llegar tarde a la clase del profesor Snape y tener que diseccionar sapos, o algo por el estilo.

Está ese garabato que hizo Cedric en un libro de la biblioteca, mientras intentaba explicarle a uno de sus amigos el hechizo que Minerva les había enseñado aquella mañana de enero. Ese que no borró, porque tenía prisa, debía irse a entrenar con los muchachos y ya llegaba tarde.

Está la marca de R+L que un día Lavender talló en el tronco del viejo sauce cerca del lago, mientras Parvati ponía los ojos en blanco y se mordía el labio. Ese signo que no duró en el tiempo, pero permanece en la madera.

Está esa recordadora olvidada cerca de la cabaña de Hagrid, la que se le perdió a Neville uno de esos días en que debía pasear a su escreguto. Quizá la encuentre en sus recorridos a la nostalgia, cuando camina por el linde del bosque con las manos en los bolsillos de la túnica (que ya no le queda grande, por cierto).

Está el cuadro de Sir Cadogán que, pese a los años, sigue soltando desvaríos como el Quijote y guiando a los estudiantes por los tramos de aquella torre. Él dice que les conduce en una empresa hacia la victoria, ellos dicen que hacia el aula de Adivinación.

Está la varita oculta tras esa tumba de mármol en el fondo del lago, resguardada por unas manos que tantearon la textura de la humanidad y quizá comprendieron al mundo.

Están las voces y las palabras que el castillo resguarda. Esas risas, esos sueños, esa fe.

Están ellos, los que siguen en pie. También están los que han caído, pero permanecen de una u otra forma. Ellos son, ellos fueron, ellos serán: imborrables, imperecederos, invencibles.