Yo no lo escribí, es de Secret Hate of Indecison originalmente, en inglés. Link en mi profile

Prólogo: Complicación

Carlisle Cullen amaba su trabajo. No solo pagaba bien, pero podía salvar vidas. Después de que su perro murió cuando era un niño pequeño, supo que quería ser doctor. Al principio creía que iba a ser veterinario. Pero los humanos se le hacían más importantes de todas formas. Y sí, él estaba estudiando para ser cirujano.

Sus amigos y su esposa, Esme, le habían dicho que no trabajara tiempo de más.

-Ya eres bien conocido,- Esme le dijo. –Eres un doctor famoso; ganas mucho dinero. Está bien.

Sí, estaba bien. Esa era la vida para Carlisle. Disfrutaba su vida.

Pero él quería hacer más. Él creía que si alguien era capaz de hacer algo bueno, debía de hacerlo. Se apegó a esa filosofía, y nada iba a cambiar eso; ni siquiera su amada Esme. Si era capaz de convertirse en cirujano, aunque le fuera a costar mucho trabajo, el lo haría.

Después de todo, una persona podía hacer una gran diferencia en el mundo. ¿Cierto?

Lo bueno de ser doctor era la parte en donde salvabas vidas. Era más fácil detector y diagnosticar pacientes cuyas enfermedades se podían curar si se detectaban a tiempo. También disfrutaba trabajar con niños de vez en cuando, porque no podía tener un hijo.

Nunca culpó a Esme por eso, ignorando las muchas veces que ella había llorado y pedido disculpas por esa situación. Pero no. Carlisle amaba a Esme hasta el fin de la Tierra, y solo porque no podía concebir a un hijo, no la dejaba de amar. Aparte, ellos podían adoptar. Y eso hicieron. Emmett fue lo mejor que le pudo haber pasado a Esme, aparte del mismo Carlisle, claro.

Pero todos los trabajos tienen algo malo, y Carlisle odiaba eso. Es más, el trabajo de Carlisle tenía un par de cosas malas. Carlisle odiaba cuando los doctores hacían su mayor esfuerzo para salvar la vida de alguien, para que terminara en la muerte de esa persona. Era como golpear a un caballo muerto, en una manera muy rara y torcida. Siempre lo hacía enojar que las cosas pudieran haber sido completamente diferentes (como la vida en vez de la muerte) si una u otra cosa no hubieran pasado.

¿Y la segunda cosa mala? Decirle a los familiares de los pacientes que habían perdido a un ser querido era una de las cosas más difíciles de hacer. Odiaba especialmente el llanto de las madres, lo pálidas que se volvían. El simplemente pensar en la muerte era agonizante, y decirles a las personas y pasarles el sufrimiento no hacía que las cosas mejoraran. Carlisle odiaba que no podía decirles –Todo va a estar bien.- y ser sincero. Había visto todas las reacciones que había, pero esas eran solo imágenes. No había verdaderos sentimientos o emociones que Carlisle sentía aparte de arrepentimiento y compasión. Él no sabía lo que se sentía perder a un ser querido.

Hasta ahora.

Volteó a ver a su pequeño "sobrino", sintiendo los suaves y dorados ojos de la enfermera haciéndole un agujero en un lado de su cabeza. La expresión seria de Carmen era nerviosa, porque su habitual comportamiento coqueto había desaparecido. Carlisle nunca la había visto tan seria.

La habitación olía a hospital, punto. El constante beep, beep del monitor era audible pero no reconocido, como de costumbre. Había cortinas en las paredes del lado este y oeste de la habitación, y en el centro hacia atrás estaba la cama. Ahí descansaba un hermoso joven.

-Ha sufrido de un severo golpe de cabeza,- dijo ella silenciosamente, sus manos juntadas respetuosamente en frente de ella. En la tenue luz del hospital, su grueso cabello negro parecía brillar. –Le causó amnesia retrógrada, Doctor. No va a recordar qué pasó.

Carlisle no respondió. Su primo y la esposa de su primo estaban muertos. Pálidos y sin vida. Y lo único que dejaron fue a su hijo sobreviviente, quien no solo sufrió de una severa contusión, sino que además recibió más heridas que parecían casi imposibles de curar.

Era un sentimiento extraño para él, porque había visto a la feliz familia hace cuatro horas antes de que murieran. Un momento, estaban discutiendo el embarazo de siete meses de Elizabeth, y el siguiente, todos habían muerto. Excepto por Edward Jr., claro.

-Es un milagro que haya sobrevivido.- Carmen murmuró suavemente, su voz un poco más fuerte que un susurro. Parecía vacilante por un momento, y luego continuó lentamente, -Mi madre... ella solía decir que los milagros pasan por una razón. Era una de las cosas que me dijo en el hospital antes de morir. Edward Masen está destinado a hacer algo en la vida.

Carlisle desvió su mirada del niño hacía la cara de Carmen, su piel un pálido color blanco en la luz de la habitación.

-¿Cómo puedes estar tan segura?- preguntó Carlisle antes de que pudiera detenerse.

Carmen le sonrió, pero no era una sonrisa coqueta o seductora, pero más de empatía y compasión. –Nadie está seguro del futuro, Dr. Cullen. Vivimos ciegamente.- Señaló al niño de pelo color bronce acostado desamparado en la cama del hospital. –Nadie vio venir esto. Pero… tengo un sentimiento. Hay algo sobre él que me dice que está vivo por alguna razón.

-Todos tienen una razón para vivir,- Carlisle contrarrestó, metiendo sus manos en los bolsillos de su bata blanca.

Carmen no movió su mirada del niño. –Claro que si,- Carmen estuvo de acuerdo. –Pero si era eso, entonces ¿cuál era la razón para que Elizabeth viviera? ¿Sólo para morir?- preguntó mientras jugueteaba con sus pulgares, pensativa.

Carlisle sacudió la cabeza, sintiéndose medio molesto y medio curioso. –Todos mueren eventualmente,- murmuró.

Carmen dio un pequeño paso al frente, viéndose tensa y un poco incómoda. -¿Por qué tan pronto?- arqueó una ceja hacia él, -Piense, Dr. Cullen.

Carlisle estaba listo para salir de la habitación. Pero resistiendo hacerlo, sólo miró al pequeño al que le gustaba llamar su sobrino y citó lo que Elizabeth siempre decía, -Ella vivió porque estaba destinada a conocer a mi primo, y estaban destinados a casarse y tener hijos,- Él suspiró tristemente, sintiendo su estómago apretándose.

Carmen asintió, estando de acuerdo nuevamente. –Entonces tal vez Edward Jr. sobrevivió porque estaba destinado a conocer a alguien mas. A un alma gemela, quizá.

Una repentina imagen de una pequeña niña de cabello café apareció en su mente, y Carlisle recordó a Elizabeth describiendo las actividades de su hijo en el parque hace unos años. Había descrito a esta pequeña niña quien aparentemente se había vuelto cercana a Edward en quince minutos.

Saliendo de su sueño, Carlisle desvió su mirada hacia Carmen otra vez, y ella le sonrió gentilmente. -¿Cómo lo sabes?- repitió, su expresión levemente escéptica. Era tan irreal y sin sentido que él se quería reír, si tan solo el ambiente no fuera tan formal.

-Dr. Cullen, yo no sé nada,- repitió, sacudiendo la cabeza. –Es sólo cuestión de deducir.- Pausó, frunciendo sus labios, y luego lo miró con tanta fiereza en sus ojos, que Carlisle se sorprendió. –Ves a este niño crecer. Lo quieres y lo cuidas como tu primo lo hizo, y lo amas como si fuera tu propio hijo.- La intensidad en su voz era alarmante, pero logró mantener su voz suave y silenciosa. –También amarás a tu nuera, porque si es lo suficientemente importante para Edward, es lo suficientemente importante para ti.- Levantó su mano para no dejar que Carlisle interrumpiera, y su profunda y rica voz continuó, -Y cuando tú y Esme estén viejos y arrugados, se podrán sentar en el viejo porche de madera de su vieja casa y jugaran con sus nietos.

-Ese siempre fue el sueño de Edward,- dijo Carlisle, sonriendo al pensar en la cara de Edward padre. Pero cuando la sonrisa se fue cuando se sintió culpable por sentirse aunque fuera un poco feliz.

-Claro,- murmuró Carmen. –Pero ya no está aquí para cumplirlo,- dijo simplemente, cuidadosamente viendo la reacción de él. Carlisle mantuvo su expresión impasible, aunque sus adentros se revolvían.

-Carlisle,- lo llamó, esperando a que la volteara a ver. Cuando al fin desvió su mirada hacia ella, Carmen sonrió con simpatía. –Hazlo. Sabes que Esme quiere, y sabes que en el fondo, tú también quieres.

Con eso, salió de la habitación silenciosamente.

Carlisle vió una vez más a Edward Jr, luego abandonó la habitación después de ella y caminó hacia su oficina. Mientras daba vueltas en la silla de piel, recargó sus codos en el recarga brazos y mordió la tapa de su pluma.

Él no creía que un muchacho tan joven e inocente pudiera merecer tanta agonía. Es más, nadie merecía ese sufrimiento. ¿A dónde iba ir Edward ahora? No tenía padres. No recordaría su infancia, ni a su madre o a su padre. Su familia estaba en pedazos. Y él estaba tan joven. Tenía toda su vida por delante, y Carlisle sabía que él era capaz de hacer lo mejor. Carmen sabía eso también. A Carlisle le gustaba un poco ese aspecto de ella.

Y por vez primera, Carlisle se sintió egoísta mientras repetía las palabras de Carmen en su mente. Él sabía que en el fondo, no confiaba en la familia que adoptara a Edward. Se sintió protector por alguna razón. Él sí quería al niño, mucho en verdad. Esme lo quería también, y ¿qué diría Emmett cuando descubriera que nunca vería a Edward otra vez? Emmett estaría devastado. Era un niño grande intimidante de 12 años, pero tenía un gran corazón.

Carlisle sabía que podía hacer. A Esme no le importaría tener a otro hijo, y sólo se imaginaba la reacción entusiasta de Emmett. A Carlisle tampoco le importaba. Edward Anthony Masen Cullen, su nuevo hijo. Le gustaba cómo sonaba.