¡Perdón! No tengo excusa -¡Mentira! Tengo muchas excusas. ¡Y algunas són ciertas! - Aunque vosotros, amados lectores, merecéis algo más que mis excusas, de modo que os dejo con el capítulo. Espero que compense en algo vuestra paciente espera. Gracias a todos los que leéis, a los que dejáis reviews y especialmente a AnnaMg, Janethunderwitch, Jadenyugi9, Inur, Jessica Winchester y Rododeth0891. Ella/os ya saben porqué. (Aunque quizás no lo recuerden) Perdón otra vez. Por cierto, de este capítulo en adelante el fic pasa a tener la calificación M. Avisados quedáis.


El fuego crepitaba en el hogar. Joseph Tuesti repasaba unos informes en su escritorio. Alguien lo estaba observando desde un pasillo a oscuras. 'La sorpresa será mayúscula', pensó. Sin emitir ni un sólo ruido, una sombra avanzó por el salón. Poco a poco llegó a plantarse justo detrás de la silla. Se quedó mirando por encima del hombro del ingeniero, hacia los papeles desperdigados por la mesa. Sonrió. El hombre ni se había percatado de que alguien estaba a su espalda. Lentamente alzó ambas manos hasta la altura del cuello de Joseph.


Joseph estaba absorbido por los documentos enfrente suyo. No era un experto en criptografia. Sólo un ingeniero. Aún así había logrado descifrar suficiente. Suficiente para que cualquier persona decente se echara a temblar.

Lo había descubierto por accidente. Al empezar a entender de lo que se trataba había repasado su lista de contactos. No tenía sentido arriesgarse a probar suerte con Cetra alguno. La única opción fue Harlan Shinra. Era una lástima que no tuviera tanta influencia como otras alternativas... Sin embargo lo compensaba con cierta intuición para saber lo que había que hacer. Joseph sabía que los planos no eran prueba de nada, de modo que antes de atreverse a hacer ningún movimiento en público debería conseguir algo sólido. Si alguien podía darle ese argumento sólido era Harlan.

Cerró los ojos, cansado. Estaba a punto de recostarse en la silla cuanto unas manos frías rodearon la base de su cuello, sobresaltándolo. Antes que pudiera reaccionar las manos se desplazaron hacia sus hombros y empezaron a masajearle. Joseph no pudo reprimir una sonrisa.

-Sura.

-Joseph, cariño... ¿Cuantas veces tengo que decirte que no es sano estar tanto tiempo con esos informes?

-Cuantas sea necesario con tal de oír tu voz. -Ella rió.

-Bromas aparte, ¿És muy grave?

-Bastante. -Joseph frunció el ceño.- Si no logramos detener esto ahora quién sabe lo que podría suceder dentro de un siglo. Es preocupante.

Por toda respuesta Sura besó su cuello. Mientras las manos de su mujer se deslizaban hacia su pecho ella le habló al oído.

-Ya pusiste a Shinra sobre aviso. -Él asintió, mientras recibía un beso en la sien.- Por mucho que te preocupes no harás que las cosas vayan más deprisa.

-Ya lo sé, cielo. Pero no logro sacármelo de la cabeza. -Ella volvió a reír.

-Entonces buscate una distracción, guapo.

Joseph acarició las manos de su esposa antes de mirar hacia arriba. Enarcó una ceja y puso la más seductora de sus sonrisas.

-Bueno... ¿No se te ocurre nada que pueda distraerme, Sura?

-Tal vez... La película que compraste ayer. Podríamos verla. -La sonrisa se borró de la cara de Joseph. -O... podríamos aprovechar que los niños están durmiendo para hacer... 'ejercicio'.

Entonces Joseph alejó la silla del escritorio y se quitó las gafas. Dejó que Sura se sentara en su regazo mientras él reía suavemente.

-Una excelente idea. -La besó en los labios, acariciando su cuello con dulzura. Sura acariciaba sus mejillas a la vez que se apretaba contra él. Tras un buen rato ambos se separaron. La respiración de Joseph había empezado a acelerarse.- Dime, ¿Intentamos estar callados?

-Teniendo en cuenta que deben estar jugando en lugar de dormir, creo que sería lo mejor.

Mientras hablaba, Sura le había empezado a desabrochar la camisa. Sus labios volvieron a encontrarse al tiempo que Joseph desabrochaba el sujetador de su esposa por debajo del jersey. Mientras retiraba la goma que sujetaba el rubio cabello de Sura y dejaba que una cascada de oro se derramara entre sus cabellos castaños, Joseph no pudo evitar maravillarse ¿Cómo había logrado que una mujer como ella lo amara? No era el físico, eso seguro. ¿La personalidad? ¿El encanto? ¿Cómo usaba la lengua en la cama? Nunca logró averiguarlo y la verdad, no era que le importara mucho. Amaba a Sura y mientras ella permaneciera a su lado nada de eso le importaría. El fuego ardía en el hogar mientras Joseph dejaba los generosos pechos de su mujer al descubierto y empezaba a lamer los endurecidos pezones. Sura, por su parte ya había desabrochado los pantalones de su amado, y procedía a acariciar su miembro con firmeza. Incapaz de contenerse por más tiempo Joseph hizo a un lado las bragas de Sura y la penetró ávidamente aunque gentil. Sura dejó escapar un gemido de placer y empezó a moverse. En pocos momentos sus movimientos ya se habían sincronizado y Joseph se acercaba peligrosamente al clímax. Sintió cómo su mujer se acercaba también, si acaso a un ritmo más lento. Decidido a cambiar las tornas deslizó una mano entre ambos cuerpos y empezó a acariciar el clítoris de su amada. Sura abrió los ojos y echó la cabeza hacia atrás antes de correrse mientras soltaba una suave mezcla entre grito y gemido. Ese sonido provocó que Joseph alcanzara el éxtasis apenas un segundo por detrás de su mujer. Rendidos, ambos se mantuvieron abrazados, recuperando el aliento durante lo que parecieron horas.

-Joseph, amor... Si sigues follándome así algún dia terminaremos corriéndonos a la vez...

-¿Y eso no te gustaría?

-Me encantaría... -Sura se levantó y empezó a vestirse. -Pero ahora deberíamos ir a meter en la cama a nuestros hijos y luego ya veremos si hay segundo asalto.

-¿O segundo asalto o una duchita y a la cama, eh?. -Se abrochó los pantalones y acarició la mejilla de Sura. -Y por cierto... ¿Te he dicho ya que me encantan tus insinuaciones?

-Siempre, Joseph. -Cuando iban a besarse otra vez fueron interrumpidos por el estruendo de cristales rotos.

-Qué demonios...? -Joseph se acercó a la ventana del pasillo y vio un pequeño objeto en el suelo, parecía un spray.

-Cielo. ¿Qué ha sido eso?

-Pues...

Antes que pudiera terminar la frase el bote empezó a desprender un humo espeso. Instintivamente Joseph se llevó a Sura de vuelta al estudio y cerró la puerta.

-¿Una granada de humo? ¿Quien haría algo así?

Joseph iba a responder a su amada cuando todos los cristales del estudio estallaron y cuatro granadas más rodaron por el suelo. En cuestión de segundos la habitación estaba a rebosar de humo. Oyó a su mujer.

-¡Los niños!

Tapándose la boca y la nariz con pañuelos los dos se dirigieron a toda prisa hacia las escaleras. Mientras avanzaban por el pasillo unas enormes sombras oscuras aparecieron de la nada y se abalanzaron sobre ellos. La reacción de Sura fue inmediata e instintiva. Con una gracilidad innata giró sobre si misma y aprovechó el impulso de su enemigo para lanzarlo sobre su espalda. Sin siquiera detenerse salto y propinó una patada al plexo solar de la segunda sombra. Joseph sólo pudo darse cuenta de refilón. Se encontraba demasiado ocupado forcejeando con un tercer enemigo. Tras unos segundos de logró golpearle la cabeza contra la pared. Ya libres de enemigos ambos corrieron hacia el vestíbulo. Nada más entrar en él se encontraron de frente con cinco hombres, todos apuntándolos con subfusiles. De repente les golpearon por detrás de las rodillas, haciéndoles caer al suelo. En menos de veinte segundos se hallaban esposados y a merced de los atacantes.

El humo se acumulaba en la escalera. Joseph, preocupado por sus hijos iba a pedir que los sacaran de allí, pero antes que pudiera abrir la boca se escucho toser a alguien. Oyó una voz aguda y suave.

-¿Papá? ¿Mamá?

Los ojos de todo el mundo se volvieron hacia las escaleras. Entre el humo se veía una pequeña silueta. Parecía que hubiera otra detrás de la primera. En sus manos llevaban...

-¡Están armados! -Gritó alguien.

Los siguientes momentos se sucedieron a cámara lenta en su retina. Joseph estaba seguro que nunca iba a poder borrarlo de su mente. Un subfusil llevado al hombro. El destello de la bocacha. Un estampido. Otro fogonazo. Otro estampido. Trayectorias entre el humo. Un agujero en un pijama de chocobos. Ojos desorbitados. Fogonazo. Estampido. Agujero. Una boca abierta para gritar. Fogonazo. Estampido. Agujero. Otra vez. Otra. Pequeñas sacudidas hacia atrás con cada agujero. Fogonazo. Estampido. Agujero. Silencio. Cuerpos cayendo. Ojos vacíos. Mirándole, suplicándole. Dos pares de ojos vacíos en medio de un gran charco de sangre. "Su" sangre. Un grito. Su mujer. Bilis en su garganta. Un golpe en la nuca. Inconsciencia.


Marcel Wallace supo que había habido algún imprevisto al oír los disparos. Nunca hubiera pensado que se trataría de una estupidez semejante. Miró con cierto desdén al soldado que estaba sollozando en la entrada de la mansión. Eli. Un chaval. Nada mas que un chico que no había cumplido los veinte. Leal, sí. Excelente actitud, cierto. Por eso mismo había sido elegido para esta misión. ¿Quien iba a imaginarse que iba a disparar a dos niños sólo porque llevaban pistolas de juguete? ¿Tan nervioso se había puesto? Mientras se hacía esas preguntas Marcel se acercó a los cadáveres. Suspiró. Él y Aldous habían confiado en usar a los críos como moneda de cambio para facilitar la confesión que ya estaba redactada. El plan principal se había ido a la mierda y ahora le tocaba improvisar.

- ¿Algún herido?

- Steffon, señor. Una costilla podría haberle perforado el pulmón.

- ¡Bien! No tiene sentido quedarnos aquí más tiempo. Llevaos a los traidores a la base. Aerin y John, ayudad con Steffon. Eli, tu te quedas conmigo. ¡En marcha, pandilla de vagos!

- ¡Señor, sí señor!

Se dirigieron hacia la sala de la caldera y empezaron a buscar. Al poco salían de allí con varias latas de combustible para generadores, altamente inflamable. Empezaron a rociar toda la mansión, empezando por las habitaciones de arriba. En cuestión de minutos se reunieron al pie de las escaleras.

- ¿Todo a punto, soldado?

- No, señor. Aún falta la planta baja, señor.

- Venga, pues ponte a ello. No tenemos todo el día.

Marcel se quedó esperando en la entrada. Eli terminó de empaparlo todo en cinco minutos. Se dirigía hacia la salida cuando el brazo izquierdo de Marcel se transformó en una ametralladora gatling. Marcel vio cómo los ojos del muchacho se abrían de miedo. Metió un cargador en la ranura de carga. Eli se llevó el subfusil al hombro. Sin embargo, antes que pudiera siquiera apuntar una ráfaga le seccionó el torso. Mientras ambas mitades del cadáver se estremecian en un estertor y el cargador vacío caía al suelo, el brazo de Marcel regresó a su estado normal. Arrancó una pernera de los pantalones del muchacho, la empapó y la introdujo en la última de las latas de combustible. Sacó un puro y una caja de cerillas de sus bolsillos. Se dio la vuelta y mientras echaba una profunda calada arrojó la lata, ya convertida en un cóctel molotov hacia la pared. Con el infierno desatándose a sus espaldas salió de la mansión. Expulsó un par de anillos de humo.

- Esto es lo que pasa cuando me joden, Eli.


Se hallaban a un par de días de Nibelheim. Zack había cazado un venado. Ya habían comido pero Zack y Harlan habían asado la pieza entera, para reponer provisiones y por lo de mañana por la noche. Harlan se había pasado el día recordándoles que mañana no debían encender ningún fuego. Para no ser vistos. Zack se había burlado de él, pero al menos había tenido la decencia de reconocer que Harlan sabía de lo que hablaba. Valentine y Aerith se habían limitado a asentir.

-... y entonces, el lobo se puso boca arriba y empecé a rascarle la barriga. Creo que me convertí en el macho alfa o algo así.

La risa de Aerith acompañaba las historias de Zack. Harlan se sorprendió a si mismo pensando en la Cetra por su nombre. ¿Desde cuando confiaba en ella? Tal vez fuera el modo en que Nanaki la había aceptado, pero aún así... ¿Cómo podía alguien ganárselo de ese modo? Mientras pensaba la conversación se fue por otros derroteros, y Valentine se había unido a ella.

- Hay algo que debo saber, Zack.

- ¿De qué se trata?

- Tus ojos.

- ¿Qué les pasa a mis ojos? -Harlan notó que Zack empezaba a tensarse. Recordaba muy claramente lo que pasaba cuando alguien presionaba a Zack sobre su pasado, y Valentine no parecía ser de los que cejaban fácilmente.

- Zack ha tenido los ojos así desde que lo conozco, señor Valentine. -"No sigas, cabronazo" pensó.

- Los ojos brillantes como los míos, como los tuyos, Zack... Indican la exposición a altas concentraciones de mako. -El héroe ignoró su advertencia.

- Pues lo siento, Vincent, pero no tengo ni idea de lo que és ese "mako". -La voz de Zack se había vuelto áspera como una piedra. Aerith observaba la confrontación alarmada, por su cara era evidente que no esperaba algo así.

- Puede que así sea. Pero seguro que ocultas algo. Todos ocultamos algo de nuestro pasado. -Zack estalló.

- ¡Cállate! ¡Tú no sabes nada! -Zack se alejó del campamento a toda velocidad. Al cabo de un segundo Aerith se levantó y fue tras él. Harlan clavó en Valentine una mirada dura. Cuando habló su voz era más fría que el hielo.

- Puede que sea un héroe, pero vuelva a hacer algo semejante y lo juro, le partiré la cara, señor Valentine.


Zack se detuvo en un claro del bosque. Se sentó en el borde de un arroyo. Suspiró. No lograba entenderlo, hacía ya cuanto, ¿Ocho años, nueve? No quería recordarlo. "Lo he superado. Ya lo he superado." Tal vez fuera cierto, pero de ser así, ¿Por qué seguía haciéndole daño recordar?. Nanaki le había dicho que no debería guardarlo todo dentro de sí. ¿Contarlo sería una buena idea? ¿Y a quien? Tan absorto se hallaba en sus cavilaciones que no se dio cuenta que lo habían seguido hasta que Aerith se arrodilló a su lado. Permanecieron en silencio durante un buen rato. Mientras contemplaba la corriente no pudo evitar preguntarse porqué ella lo había seguido. ¿Por qué? ¿Por qué estaba a su lado, mirando el río junto a él? "Tal vez... ¿Debería confiar en ella? Me gusta, pero no quiero que sienta lástima por mi..." Hizo acopio de valor y se tragó sus dudas.

- Siento haber hecho esa escena. -Aerith se limitó a asentir. - Supongo que querrás saber porqué.

- Sí. Pero no si tú no quieres, Zack.

- No quiero... Pero creo que debo.

- Entonces, ¿Por qué?

- Ese "mako" al que se refería Vincent... Se trata de la Corriente Vital, ¿no?

- Sí.

- Lo suponía... ¿Te he contado que no nací en este continente?

- Creo que me dijiste algo mientras íbamos hacia Gongaga.

- Allí los nómadas suelen vivir en pequeños clanes itinerantes.

- Y tú vivías en uno de esos clanes. -Zack asintió en respuesta.

- Mi familia había liderado el clan desde hacía generaciones. Teníamos algunas tradiciones... inusuales. -Aerith levantó las cejas. - En el día de su decimosexto cumpleaños el primogénito de la familia debía adentrarse en las ruinas de la gran ciudad.

- ¿Te refieres a Midgar?

- No sé como se llamaba. El caso era que debías encontrar un edificio concreto, un templo de alguna clase, con una especie de manantial. Una vez lo encontrabas tenías que beber del agua y regresar. Sólo así eras considerado un hombre.

- ¿Fue difícil?

- Un poco. Al final volví con los demás y nos pusimos a preparar una fiesta. Fue entonces cuando... -Las palabras murieron en su garganta, una especie de nudo le impedía seguir hablando. Notó cómo Aerith tomaba su mano. - Fue una horda de monstruos... Sólo quedé yo.

Miró las estrellas mientras esperaba que la chica hablara. El silencio sólo era roto por algún animal nocturno. Un instante antes de que empezara a hallarse incómodo ella lo abrazó. La miró con sorpresa. Sus ojos verdes contenían una emoción que no se correspondía con la lástima que había esperado encontrar en ellos. Aerith reposó la cabeza en su hombro mientras estrechaba el abrazo. Zack lo comprendió. Devolvió el abrazo mientras hundía su cara en un mar de cabellos castaños. "Gracias, Aerith".


Ya... Duro ¿No és así? Imaginad lo que me ha costado de escribir...

En fin, gracias por leer, espero que os haya gustado. Trataré que el próximo no tarde tanto, pero ya avanzo que no puedo prometer nada. Lo siento.

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