Summary: La aventura en Isla Esme desde el punto de vista de Edward. Sin tapujos. Sin penas… solo amor puro.

Disclaimer: Todos los personajes y nombres le pertenecen a Stephenie Meyer, aunque en las noches Jacob es mío, en el día Edward, y también me presta a Ian, a Jared y a Gabe… para los fines de semana… hahaha

MALDITA MEYER! PORQUE HACE HOMBRES TAN IRRESISTIBLES!


Nuestra luna de miel

Parte 08


Llegué a la habitación y vi que la cama estaba vacía. Me estremecí un poco al percatarme que Bella se había despertado en el medio de la noche y yo no había estado ahí, para ella. Quizás se había despertado con otra de sus pesadillas. Últimamente eran más constantes y parecía más asustada.

Estaba lo bastante preocupado por ella como para opacar una de mis actividades predilectas: observarla dormir. Siempre la había visto por gusto, ahora lo hacía afligido y cuidando de despertarla si la pesadilla se ponía muy angustiante.

Fui hasta el closet y saqué ropa limpia. Me cambié en segundos y fui hasta la cocina… la segunda cosa que me tenía un poco desconcertado desde que habitábamos la Isla Esme era su apetito.

La ventana estaba abierta y en el ambiente estaba mezclado un olor a pollo y a brisa de mar. Olisqueé un poco el aire y me percaté que el olor del pollo provenía del cesto de basura. Fruncí el ceño un poco al percatarme que el guisado de pollo que quedaba en la basura, estaba prácticamente entero. Me pareció de lo más extraño. Traté de no tomarle mucha importancia y dejé la cocina para dirigirme a la sala de estar.

Estaban las demás ventanas abiertas y reparé en mi musa dormida en el sillón de debajo de éstas. El menú del DVD corría una y otra vez. Bella se había quedado dormida viendo la película que habíamos visto el otro día. Me acerqué silencioso y miré su rostro más pálido de lo normal. Mis nervios se acrecentaron al instante. Algo raro pasaba con Bella y no tenía idea de que era lo que sucedía. Traté de relajarme y me reprendí a mi mismo por andar de paranoico. Mi frágil humana, mi esposa, decía que estaba bien y yo debía de creerle. Sabía que ella confiaba en mí y si se sentía lo suficientemente mal ella me lo diría… ¿verdad?

No quise despertarla, así que con mucho cuidado, como si fuera de cristal, la moví un poco, me senté en el sillón y la acomodé en mi regazo. Ella no se inmutó, ni pareció molesta por mi intromisión, si no por el contrario, estaba sudando y mi temperatura helada pareció complacerla, inclusive sonrió un poco y suspiró tranquila y relajada. No pude evitar sonreír y al mismo tiempo sentirme culpable por no considerar el calor que sufriría por mi culpa. Pasaron algunas horas antes de que mi Bella se removiera y su respiración cambiara la cadencia. Había despertado.

—Lo siento —murmuré mientras frotaba mi gélida mano contra su frente sudada—, tanta meticulosidad con todo y no se me ocurrió que tendrías mucho calor cuando yo me fuera. Haré que instalen un aparato de aire acondicionado antes de que me vaya otra vez.

—¡Discúlpame! —jadeó luchando por liberarse de mis brazos.

La solté automáticamente.

—¿Bella?

Salió corriendo hacia el baño, tapándose la boca con la mano. Llegó a la taza del baño y vomitó violentamente. Corrí a su lado.

—¿Bella…? ¿Qué te pasa?

No me respondió. La sostuve, angustiado, apartándole el pelo de la cara, esperé hasta que recuperó la respiración.

—Maldito pollo rancio —gimió.

—¿Estás bien? —pregunté con voz tensa.

—Bien —replicó entrecortadamente—. Es sólo que me intoxiqué con la comida. No es necesario que veas esto, vete.

—Por supuesto que no, Bella.

—Vete —gimió de nuevo, y quiso levantarse. La ayudé ignorando los débiles empujones que me daba.

Después de que se limpiara, la llevé a la cama y me senté con cuidado, sujetándola de los brazos.

—¿Una intoxicación de comida?

—Ay, sí —graznó—. Hice un poco de pollo anoche. Sabía raro, así que lo tiré, pero antes me comí unos cuantos bocados.

Puse mi mano en su frente para checar su temperatura. Parecía acalorada.

—¿Qué tal te sientes ahora?

Ella dudó un momento.

—Estoy bastante bien. De hecho, estoy bastante bien. De hecho, incluso algo hambrienta.

¿Hambrienta? No le dejé ver el ceño fruncido de mi frente, pero estaba empezando a inquietarme su abundante apetito. Con cuidado la ayudé a ponerse de pie y me paré para ir a la cocina. Llené un vaso con agua y regresé para dárselo. Dejé pasar una hora antes de freír unos huevos y darle de desayunar a mi esposa, quería que su estomago reposara. Ella comió feliz y parecía mucho más relajada. Me tranquilicé y me dispuse a ver un momento las noticias, ella se reunió conmigo de inmediato y se dejó caer sobre mis rodillas. Mi cuerpo aceptó gustoso su contacto y me quedé relajado mientras respiraba su dulce aroma. El noticiero de la CNN estaba más aburrido que de costumbre, década tras década me tocaba ver como poco a poco el mundo se iba desmoronando, pero en esa ocasión todo era diferente; a pesar de que el mundo cada vez estaba peor lo miraba con otros ojos porque ahora tenía a mi musa y podría jurar que mi corazón estaba más vivo que nunca… aunque sabía que no era así.

Bella se volteó para besarme, estaba ansioso de recibir sus labios cuando se quedó estática y su rostro reflejó dolor. Su rostro palideció y se llevó la mano a la boca. Salió corriendo esta vez a la cocina y descargó su malestar en el fregadero. En menos de un segundo ya estaba a un lado de ella sujetándole el pelo.

—Quizás deberíamos volver a Río a ver al médico —sugerí con preocupación mientras ella se enjuagaba la boca.

Negó con la cabeza y se fue hacia el pasillo.

—Estaré mucho mejor después de lavarme los dientes.

Agarré mi cabello y tiré de él con fuerza. En todo el tiempo que había conocido a Bella, jamás había tenido esa clase de reacciones su cuerpo. Caminé a paso humano hasta la habitación y la vi con el rostro aún más pálido, había varias cajitas de analgésicos a su alrededor y sostenía con rostro ido una cajita azul. Di un paso más golpeando la puerta, Bella se sobresaltó y la cajita que sostenía cayó dentro de la maleta de los primeros auxilios.

—¿Estás bien? —pregunté desde la puerta—. ¿Te mareaste otra vez?

—Sí y no —dijo pero su voz sonó ahogada.

—Bella, ¿puedo entrar, por favor?— Estaba muy preocupado, esto se estaba saliendo de control.

—Pues…sí.

Entré y valoré la situación, estaba sentada entre el suelo y la maleta, y su expresión pálida, mirando a un punto fijo. Me senté delante de ella, puse la mano en su frente otra vez.

—¿Qué va mal?

—¿Cuántos días han pasado desde la boda?— susurró.

—Diecisiete— respondí mecánicamente —Bella, ¿Qué es lo que pasa?

Pareció ausente otra vez, levantó un dedo indicándome que esperara y articuló números como para sus adentros pero la podía escuchar perfectamente. Siguió ignorándome y siguió contando para sí misma.

—¡Bella!— cuchicheé con nerviosismo —Me vas a volver loco.

Nerviosa buscó en la maleta y revolvió en ella hasta que encontró lo que buscaba. Me tendió la cajita azul en silencio y esperó por mi respuesta.

No entendía lo que pasaba. La tomé y vi que eran los tampones. Fruncí el ceño confuso y me puse delante de ella.

—¿Qué? ¿Estás intentando hacerme creer que tu enfermedad es el síndrome premenstrual?

—No —dijo con voz ahogada—No, Edward. Estoy intentando decirte que tengo un retraso de cinco días.

Me quedé inmóvil tratando de analizar lo que me estaba diciendo.

—No creo que esto sea una mala digestión —siguió— Los sueños —susurró a si misma demasiado bajo—. Dormir tanto. Los llantos. Toda esa comida. Oh. Oh. Oh.

No podía ser cierto. No podía darme a entender eso. Era imposible, algo totalmente insólito.

Su pálida mano viajó hasta su estomago y se tocó como si albergara algo en él.

—Oh— musitó de nuevo.

Se tambaleó sobre sus pies y se subió el camisón azul para dejar descubierto su vientre. La miré completamente ido, no podía decir nada. Era como si las fuerzas se hubiesen ido de mi cuerpo.

—Imposible— gimió.

¿Cómo era posible? Tenía un pequeño bulto. Un bulto que debí de haber notado mientras le hacía el amor. Un bulto que quizás me había negado a considerar. No podía ser cierto.

Bella se siguió observando y sopesé las consecuencias si acaso lo que sospechaba era cierto. No podía pensar en otra cosa que no fuera… muerte.

Su muerte.

No había forma de que Bella pudiera tener un bebé de un vampiro. La criatura la mataría, eso era más que lógico. Bueno… eso si es que había criatura. Comencé a buscar en mis recuerdos algún antecedente como este pero no conocía nadie con una experiencia de ese tipo.

Bella siguió contemplándose y pasó sus dedos sobre el bulto.

—Imposible— repitió.

Y sí que era imposible. Tenía que haber una explicación para los síntomas. Quizás alguna enfermedad o un embarazo psicológico.

Sí, Edward. Y por eso tiene un bulto en el vientre.

Me maldije en silencio. Todo eso era mi culpa. No había sido una buena idea hacer el amor con una humana. Al parecer había más consecuencias que el autocontrol… estaba el posible embarazo.

De repente recordé a Tanya y las chicas Denali. Ella adoraban revolcarse con hombre humanos y ninguna de ellas estaba embarazada. Miré de reojo a Bella y maldije de nuevo.

¿Y si eso era posible porque Bella es humana y su cuerpo sí cambia?

Había escuchado historias ficticias acerca de incubus… demonios que se introducían al cuarto de bellas mujeres mortales, les hacían el amor y las dejaban preñadas. Pues al parecer no eran tan ficticias como había creído.

Paralizado como estaba, comencé a fantasear. Un bebé. Producto del amor de Bella y mío. Un pedazo de los dos. Quise alegrarme por la idea, pero no pude. Al pensar en Bella y un bebé vampiro al mismo tiempo me daba nauseas y lo único que podía pensar era en… muerte.

Por primera vez en muchos años. Me sentí tonto e ignorante. Tantos años conociendo la respuesta a millones de cosas y hoy que necesitaba con urgencia saber algo de esa magnitud… no lo sabía.

Bella seguía inmovilizaba salvo para acariciar su vientre cuando de repente sonó mi teléfono. No me pude mover. No paraba de imaginar una escena en donde sostenía a un pedazo de Bella y mío, pero con mi esposa muerta a mis pies. El teléfono siguió reclamando por mi respuesta, pero todos mis músculos estaban atrofiados, se rehusaban a reaccionar, quizás era yo el que se rehusaba a reaccionar. Bella estaba lagrimeando y eso sólo me atrofio más. No tenía nada que decirle… no sabía cómo apoyarla. No sabía si todo iba a estar bien.

Quise morir… de verdad quise morir.

El teléfono siguió sonando hasta que Bella reaccionó. Se agachó hacia mí, rebuscó en mis bolsillos y sacó teléfono. Juro que quise reaccionar, pero me fue imposible.

—Hola, Alice —dijo Bella en cuanto contestó. Se aclaró la garganta.

—¿Bella? ¿Bella, estás bien? —preguntó Alice. Podía escuchar perfectamente a mi hermana del otro lado de la línea.

—Sí. Um. ¿Está ahí Carlisle?

—Está. ¿Cuál es el problema?

—No estoy… uno por ciento…segura.

—¿Está Edward también bien? —preguntó cautelosa. Ella dijo el nombre de Carlisle y entonces insistió.

—¿Por qué no toma el teléfono?— preguntó—. Bella, ¿qué está pasando? Yo solo vi…

—¿Qué es lo que viste?

Hubo un silencio.

—Te paso a Carlisle— respondió finalmente.

El silencio de Alice me perturbó. ¿Y si ella había visto a Bella bañada en sangre y a mí sosteniendo a un pequeño demonio? Eso me dejó más tieso de lo que ya estaba.

—Bella, soy Carlisle. ¿Qué pasa?

—Yo… —se quedó callada un momento. Quizás estaba sopesando como diría la terrible sospecha que teníamos—. Estoy un poco preocupada por Edward… ¿Pueden los vampiros entrar en shock?

— ¿Está herido?— la voz de mi padre sonó imperiosa.

—No, no— le aseguró. —Es sólo que ha tenido una sorpresa.

—No entiendo, Bella.

—Yo creo…bueno…yo creo que… quizás… puedo estar…—tomó aire— embarazada.

Inmediatamente después de eso Bella tocó su estomago. Carlisle no respondía nada del otro lado de la línea. Debía de estar tan sorprendido como yo.

—¿Cuál fue el último día de tu pasado ciclo menstrual?—preguntó de repente, como el buen médico que era.

—Dieciséis días antes de la boda.

—¿Cómo te sientes?

—Rara —contestó con voz quebrada. Más lagrimas bañaron su rostro—. Va a parecer una locura. Sé que es muy pronto para cualquier cosa de estas. Quizás estoy loca. Pero tengo sueños extraños y como todo el tiempo y lloro y vomito y….. yo noto algo que se mueve dentro de mí justo ahora.

¿Se movía? Mi cabeza se levantó para verla mejor. Como si quisiera ver atreves de su piel y poder encontrar a la criatura. Por fin había podido reaccionar.

Bella suspiró aliviada mientras yo levantaba la mano pidiéndole el teléfono.

—Um, creo que Edward quiere hablar contigo.

—Pásamelo—dijo él.

Bella dudó un poco, pero al final me puso el teléfono en mi mano extendida.

—¿Es posible?— murmuré sin preámbulos ya con el auricular en el oído.

—No tengo idea, Edward. Nunca había escuchado de otro caso así. Es algo totalmente desconcertante, pero supongo que si existimos nosotros y los lobos… es posible cualquier cosa. Además, los síntomas son demasiado claros. Sé que es un poco precipitado que los este presentando, pero debemos considerar que no sería un embarazo normal.

—¿Y Bella?— pregunté apremiante. Mi esposa era lo que más me importaba. Mi brazo tembló hacia ella mientras me ponía a su lado.

—La verdad es que ella me preocupa bastante. No sé si su condición de humana podrá soportar un cambio de ese tipo. No sería cualquier bebé, sería tú bebé. Tendrá tus genes. —guardó silencio un momento —No quisiera pensar en algo fatalista, pero dudo que Bella pueda sobrevivir a un embarazo de este tipo. Necesito hacerle análisis y varios estudios. Pero creo que lo mejor será sacarle al bebé antes de que sea demasiado tarde. Tienen que regresar. Al parecer el embarazo está avanzando muy aprisa, no tenemos tiempo que perder. Tráemela hoy mismo.

—Sí, sí, lo haré.

Retiré el teléfono de mi oreja, finalicé la llamada e inmediatamente marqué al aeropuerto.

—¿Qué dice Carlisle?— preguntó Bella.

—Piensa que estás embarazada —respondí con voz débil mientras esperaba a que me contestaran.

—¿A quién estás llamando ahora?— preguntó.

—Al aeropuerto. Volvemos a casa.

Batallé bastante por boletos para un vuelo próximo. Me decían que estaban todos agotados y que el más próximo era dentro de tres días. Traté de controlarme y no gritarle a la mujer. Como pude hablé entre dientes y prometí pagar el doble por los boletos, pero necesitaba conseguirlos con urgencia. Mientras ella decía que vería que podía hacer yo estaba haciendo las maletas. Saqué ropa para Bella y se la aventé a la cama, no quise ser brusco pero no tenía cabeza, ni paciencia. Mientras ella se cambiaba corrí de un lado a otro para terminar de recoger las cosas que empacaría. La mujer de la línea me tenía en espera y no podía sentirme más frustrado y con ganas de arrancarle la cabeza. Lo había arruinado todo. Era mi culpa que la vida de Bella volviera a peligrar. Siempre era por mí. Siempre era mi culpa.

—¿Señor Cullen? —preguntaron por fin del otro lado de la línea.

—Sí.

—Nos acaban de cancelar dos boletos. ¿Entonces dice usted que está interesado?

—Sí, pagare lo que sea.

La mujer me pidió el número de la tarjeta de crédito y los datos. Cuando todo estuvo listo colgué y cerré mi maldita maleta.

Fui a buscar a Bella que estaba en la cocina y tenía una mano en el estomago. Parecía ida.

—¿Bella?— pregunté cuidadosamente.

Cuando Bella volteó, vi que estaba llorando. ¡Demonios, debía de sentirse mal!

—¡Bella!— Crucé la habitación con gran velocidad y puse las manos en su cara.—¿Estás dolida?

—No, no…

La abracé contra mí pecho. Tenía que hacerle saber que todo estaría bien.

—No estés asustada. Estaremos en casa en dieciséis horas. Estarás bien. Carlisle estará preparado cuando lleguemos. Nosotros nos encargaremos de esto y tú estarás bien, estarás bien.

—¿Encargaros de esto?¿Qué quieres decir?

Bella no estaba entiendo la situación. No se había dado cuenta del peligro que corría por mi culpa. Me aparté de ella y la vi a los ojos.

—Vamos a sacar esa cosa de ti antes de que te haga daño. No tengas miedo. No voy a dejar que te haga daño.

—¿Qué cosa?—jadeó.

Miré repentinamente hacía la puerta.

Oí que se acercaban Gustavo y Kaure. Ella venía con su mentalidad usual… verificar si Bella estaba viva y creyendo fervientemente que soy un monstruo… y tenía toda la razón.

—¡Maldita sea! Se me olvidó que Gustavo venía hoy. Me desharé de él y volveré— Salí como una flecha de la habitación.

Abrí la puerta y Kaure me vio desafiante.

—Gracias por venir, pero ya no necesitamos de sus servicios. Hoy mismo nos regresamos a casa y podrán limpiar tranquilamente mañana —argumenté en portugués, lo más educado que podía en ese momento.

—No se preocupe, es nuestro trabajo —dijo Gustavo sin mortificarse.

—De verdad pueden venir mañana —insistí— les dejare una muy buena propina.

Metí mi mano al bolsillo y me disponía a sacar la cartera cuando Kaure se abrió pasó sin importarle si yo estaba de acuerdo.

Eso si me sacó de quicio. No estaba en las mejores condiciones como para tratar a mujeres supersticiosas.

—Kaure, de verdad no es necesario —dije entre dientes.

—¿Por qué no quiere que hagamos nuestro trabajo? ¿Es que acaso le ha pasado algo su esposa?

—¡Kaure! —la reprendió su compañero.

—Bella, está a la perfección —la palabra perfección sonó hueca en mis labios. Bella no estaba bien… y para variar era de nuevo mi culpa.

—Entonces no tendrá inconveniente en que le de la cena que les preparé.

Podía leer perfectamente en la mente de Kaure que no me creía y que pensaba que Bella estaba muerta y desangrada por mí. Apreté la mandíbula y estiré la mano indicando la cocina.

—Después de usted.

Entré a la cocina y fui directo hasta Bella que seguía llorando. Limpié con pesar y un tremendo dolor en el pecho sus lágrimas y murmuré furioso en su oído, pero tranquilo y tenso a la vez:

—Ella insiste en dejar la comida que trajo, hizo la cena para nosotros. Es una excusa. Ella quiere asegurarse de que no te he matado aún —terminé con frialdad.

Kaure entró nerviosamente en la cocina con el plato en sus manos. Sus ojos nos estrujaron un momento y pensó en "muerte". Puso el plato en la encimera y en ese momento otra palabra cruzo en su mente. "Muerta".

Sentía que mi mundo se desmoronaba.

Se retiró y con el giró de su falda nos aventó el olor del pescado encebollado que había traído. Bella le dio una mordida y con eso tuvo para correr al fregadero a devolverlo. Puse mis manos en su frente para refrescarla y gruñí impotente. Era obvio que ese alimento le revolvía el estomago a Bella así que la dejé un momento para guardarlo en el refrigerador y que así el olor se dispersara. Regresé mis manos a su frente para seguirla refrescando.

Bella acercó su boca al fregadero y la enjuagó mientras se mojaba la cara.

Se veía tan frágil y dulce. Si hubiese sido otra la situación no hubiera cabido duda de que hubiera sido el hombre más feliz sobre la tierra, pero como no lo era… no podía sentirme más sucumbido y desdichado.

Me envolví entorno a ella, juntándola en mis brazos. Recostó su cara en mi hombro y sus manos fueron inmediatamente a su estomago.

—¡Oh!

Por estar tan concentrado en Bella me había olvidado de que Kaure aun se encontraba en la casa. Más bien no me había importado. Ella estaba dudando en el umbral con manos extendidas y estaba buscando ayuda. Sus ojos se concentraban en las manos de Bella y su boca abierta no podía significar otra cosa más que… ella lo sabía.

—Oh— repetí yo también y me puse delante de Bella. Protegiéndola. Pasé mis manos por su torso y la aseguré pegándola en mi cuerpo.

—¡Monstruo! —me acusó Kaure en voz alta con su característico acento portugués—. ¿Cómo osaste seducirla y provocarle semejante daño? Asesino. Saldré de aquí y llamare por ayuda. Pobrecita, me da pena por ella pero tendremos que matarla, lleva a un monstruo en el vientre —amenazó agitando un puño en el aire.

—¡No te atrevas! —grité exasperado.

La mucha o poca paciencia que tenía se había esfumado. Las imágenes mentales de Kaure sobre Bella muerta me estaban haciendo pedazos.

—¡No es culpa de ella! El único culpable soy yo —retomé con voz demasiado gutural.

No podía estar calmado y Bella se había percatado de ello porque se agarró de mi brazo cuando di un paso, como si quisiera evitar que me le acercara a la entrometida mujer.

—Bella lo es todo para mí y me mata saber que la he perjudicado, es suficiente sufrimiento para mí saber eso y que todavía venga usted a recordarme lo atroz y vil que soy.

Kaure me vio con sorpresa y repasó en su cabeza mis palabras. No se esperaba que reconociera el monstruo que era y mucho menos que le confesara sentimientos por mi esposa. Meditó con ojos entrecerrados si lo que le decía era verdad.

—¿Si tanto significa para ti, porque le has hecho semejante daño? Dime algo… ¿la amas?

Mi mirada cayó y me sentí vacio. Ella tenía razón, si tanto significaba Bella para mí ¿Cómo la había expuesto a semejante daño? No me quedó más que asentir a su pregunta. Aunque no me lo creyera, yo amaba a Bella, con todas mis fuerzas.

Ella dio un paso atrás y se maravilló.

Yo amaba a Bella y era importante para mí que ella lo supiera. Me acerqué a Kaure y apunte a mi esposa.

—Esa mujer que ves parada ahí, es la razón por la que mi cuerpo muerto vive —terminé posando una mano en la mejilla de Bella.

—¡Tu lo acabas de decir! ¡Tu cuerpo muerto! ¡No es natural! Y gracias a que no te importó la haz condenado a muerte. Todos los demonios como tú son iguales. Vienen y seducen a mujeres inocentes y después… las dejan morir —acusó ella agitando los brazos.

—No lo entiende. La amo, no puedo estar lejos de ella, lo intenté, juro que lo intenté pero me es imposible estar alejado de ella. Yo no quería que esto sucediera, pero hare lo posible por ayudarla. Lo único que me importa es el bienestar de Bella… mi esposa.

La expresión de Kaure era dudosa, realmente no sabía qué pensar. Kaure miró varias veces a Bella y llegó a la conclusión de que merecía una oportunidad de tratar de ser salvada… aunque dudaba que pudiera ser así. Comenzó a acercarse a nosotros inconscientemente.

Hizo el gesto de un globo delante de su estomago con las manos y pensó "embarazada de un monstruo, esto no terminara bien" Siguió avanzando.

—¿Qué piensas hacer? —preguntó ella.

—Trataremos de sacárselo. Mi padre es médico.

—¿Tu padre?

—Mi creador. Es muy sabio y jamás ha tomando sangre humana, él sabrá que hacer.

Vi los ojos desconfiados de Kaure y supe que no confiaba en mí o en cualquiera de mi especie. No éramos más que demonios para ella. Dudaba que pudiéramos hacer algo. Ella había escuchado de varias leyendas de demonios como yo, que embarazaban a las mujeres y las dejaban con un una aberración en su interior. Un demonio que las despedazaba por dentro.

—¿Podemos salvarla? —pregunté agonizante. Quizás hubiese una leyenda de alguna mujer que vivió y que pudiese contar la historia.

Kaure meditó en su mente los cuentos y las historias y después sacudió la cabeza dándome la negativa.

—Tiene que haber algo que podamos hacer. Me rehúso a perderla… la amo demasiado —susurré con un nudo en el pecho y aunque no necesitaba del aire sentía como si me ahogara. Era tal mi dolor y agonía que Bella se dio cuenta porque volteó a verme con cara sorprendida.

Kaure camino con lentitud y colocó su mano en la parte superior del estomago de Bella.

—Muerte —susurró para mi desgracia. Se volteó derrotada y decidió irse. En su mente le deseo suerte a Bella.

Me quedé inmóvil de nuevo. No podía concebir siquiera la idea de perder a Bella cuando apenas podía jactarme de decir que era mía, mi mujer, mi vida entera. Kaure me dejó más alterado de lo que ya me sentía, me dejó con la sensación de culpabilidad a flor de piel. Yo sabía que ella tenía la razón y no podía reclamarle nada. Escuché como ella discutía con Gustavo y se iban en su barco.

No supe cuanto tiempo estuve ido, meditando en la pelea con Kaure hasta que Bella empezó a caminar.

—¿Dónde vas? — mi voz era lastimera.

—A lavarme los dientes otra vez.

Mi pobre esposa, lidiando con cosas que no debía. Seguro debía de estar confundida por la pelea que se había llevado en nuestra cocina. Bella no era nada tonta y era obvio que se había dado cuenta de por qué peleábamos. Quizás y hasta hubiese entendido algo de lo que Kaure había dicho.

—No te preocupes sobre lo que ella dijo, son leyendas pero no son nada, antiguas mentiras para el buen entretenimiento.

—No entendí nada —replicó ella.

—Ya guarde tus cosas en la maleta; te traeré el cepillo.

Fue enseguida a la habitación por el cepillo. Se lo entregué y se volteó para dirigirse al lavabo.

—¿Nos iremos pronto? —preguntó a mis espaldas.

—En cuanto estés lista.

Esperé a que terminara de lavarse los dientes, inquieto. No podía estar sereno. Caminé alrededor de la habitación. En cuanto terminó me lo dio.

—Llevare el equipaje a la lancha.

—Edward…

Volteé nervioso.

—¿Sí?

Ella dudó un momento.

—¿Te importaría… que nos lleváramos algo de comida? Ya sabes, por si me da hambre otra vez.

—Claro —dije, mi mirada se enterneció. Mi pobre frágil y linda esposa—. No te preocupes de nada. Estaremos con Carlisle en unas cuantas horas, y pronto todo habrá terminado.

Asintió con la cabeza.

Me volteé y salí de la habitación con una maleta en cada mano.

No tenía cabeza para nada… estaba completamente en shock. No podía reponerme y seguía sin poder asimilar lo que estaba pasando. Bella esperaba un bebé vampiro… un bebé que no la dejará vivir. Dejé las maletas en la lancha y por más prisa que quise darme, me quedé un momento contemplando el mar y respirando agitadamente, como si realmente lo necesitara. Traté de dejar la cabeza fría y después de un minuto corrí por Bella.

Cuando me acerqué a la casa escuché que estaba hablando.

—Muchas gracias, sabía que serías la única en entenderme —y después de esa frase se escuché un "click" del teléfono.

Había olvidado de que había dejado el celular en una encimera. Fruncí el ceño sin comprender a quién podía haber llamado y entré hasta la habitación para ver a una Bella con una mirada totalmente decidida.

—¿Con quién hablabas? —pregunté inquieto.

—Con Rosalie… hablaba con Rosalie.


Ahahahaha el milagro se hizo. Es que juro y perjuro que no fue mi intención dejarlas tanto tiempo sin el último capítulo. Pero aquí tienen mi punto de vista de lo que pasó ese día por la mente de Edward Cullen. Un millón de gracias por todo su amor y apoyo… son únicas. Miles de besos mordelones.

¿Aullidos?

Kokoro