NdA Bueno, pues aquí empieza la segunda parte de la saga. Las advertencias que hice en la primera parte se mantienen, aunque en esta segunda parte ya habrá algo de slash, pero no digo quién con quién para no spoilear.

La saga está costando lo suyo, así que agradecería comentarios para dar ánimos, opinar etc. Al fin y al cabo, si estáis leyendo esto es porque os entretiene un poco, ¿no? Voy a seguir escribiendo y publicando igual con un comentario que con cien, pero es agradable que la gente no se limite a leer y ya está.

Este mes de septiembre voy a publicar cuando me apetezca, pero a partir de octubre habrá un capi a la semana, seguramente los domingos.

Dicho esto, el disclaimer: todos los personajes son de Rowling y una servidora va a seguir igual de pobre que cuando empezó.

Y por último y no menos importante, le dedico este primer capi a Aryblack por su cumpleaños ^^


Capítulo 1 Asuntos veraniegos.

La habitación de Scorpius Malfoy sólo se distinguía de la de cualquier otro chico de su edad por su tamaño. Como todos los dormitorios construidos para alojar a la familia, tenía un cuarto de baño propio, un vestidor y una salita que los niños solían usar como sala de juegos y los adultos, como rincón privado. Todos los muebles de la habitación tenían varios siglos de antigüedad, pero se encontraban en muy buen estado, más allá de algunas iniciales que sus diversos ocupantes habían ido grabando en la madera para la posteridad desde la construcción de la casa. La excepción era el cómodo sofá del salón de juegos, que lo habían comprado poco después de que naciera Scorpius.

En su habitación, Scorpius guardaba todas sus cosas. Tenía varias estanterías con libros -algunos de ellos muggles-, su escoba nueva, apoyada cerca de la ventana, algunos juguetes que había conservando a lo largo de todas sus mudanzas y viajes, un globo terráqueo en el que se veían todas las comunidades mágicas del mundo, un póster dedicado del Buscador de los Falmouth Falcons, otro de los Unicornios Borrachos, el grupo de rock de moda, varias fotos de su familia…

Aquella noche, Scorpius estaba teniendo una pesadilla. Soñaba con el ataque de los dementores que había sufrido Hogwarts a final del curso anterior y, tal y como había sucedido en la realidad, acababa ocultándose en el mismo cuarto de baño. Pero estaba solo, y en el sueño el miedo le atacaba aún con más virulencia que en la vida real. Podía oírlos al otro lado de la puerta, rascando la madera con sus dedos blanquecinos como la panza de un pez, tratando de entrar. El frío era insoportable; estaba tirado en el suelo hecho un ovillo, tiritando y llorando.

Pero justo cuando la desesperación iba a ganar la partida, justo cuando el terror iba a ser tan intenso como para hacerle despertarse gritando, sintió una presencia cálida y reconfortante a su lado. Scorpius alzó la vista y descubrió que Albus Potter también estaba ahí, junto a él. Y por mucho que pareciera tan asustado y aterido como el propio Scorpius, éste sonrió, sabiendo de la manera inexplicable en la que se sabían las cosas en los sueños, que todo saldría bien.


-Papá –se quejó Lily Potter, bajando a toda prisa las escaleras-, Albus me ha quitado mi libro de "Betsy, la bruja detective".

-¡No es verdad, ya te lo he devuelto, chivata! –replicó Albus, bajando tras ella-. Papá, dile algo; sólo quiero leérmelo, pero ella no me lo quiere dejar.

-¡Porque yo no me lo he leído todavía y es mío! –replicó Lily a su vez, entrando en la cocina.

-¡Pero si te lo voy a devolver mañana! –protestó Albus-. Papá, yo no tengo la culpa de que sea tan lenta leyendo.

-¡No soy lenta!

La voz de James, el mayor de los tres, llegó alta y clara desde el piso de arriba.

-¡Albus, como me hayas cogido mi camiseta de la selección voy a retorcerte el pescuezo!

Albus, que también estaba ya en la cocina, hizo un gesto de impaciencia.

-¡Yo no tengo tu camiseta! Me vendría de vestido –añadió para sí mismo. Después volvió al tema del libro-. Papá, venga, dile que me lo deje para el viaje.

Lily lo miró con los brazos en jarras.

-Y si lo pierdes, ¿qué?

Harry meneó la cabeza, entre divertido y exasperado. Siempre que sus hijos se preparaban para ir juntos a un sitio, pasaba lo mismo. Armaban tal alboroto que eran capaces de rivalizar con el viejo Peeves.

-Sentaos y desayunad –dijo, señalando los platos con tostadas y los vasos de zumo que ya estaban sobre la mesa-. ¡James, baja a desayunar o te irás con el estómago vacío!

-Papá… -insistió Albus.

Harry suspiró.

-Lily, déjale el libro a tu hermano.-Albus sonrió y su hermana abrió la boca para protestar, pero Harry continuó hablando antes de que pudiera decir nada-. Y si te lo pierde, te comprará uno de su bolsillo, no te preocupes.

Albus puso los ojos en blanco, como si quisiera decir que era imposible que tal cosa sucediera, pero luego asintió, encontrando el trato justo.

-No lo perderé. Yo no voy por ahí perdiendo cosas, ese es James.

Como si lo hubieran ensayado, James entró en ese momento en la cocina con expresión malhumorada.

-¿Seguro que nadie ha visto mi camiseta?

-Si no te fueras dejando las cosas tiradas por cualquier sitio… -le riñó Harry.

-No estaba tirada, yo la dejé en el cajón –replicó, sentándose a la mesa-. ¿Y si Kreacher la ha guardado en algún lado?

Aunque el elfo doméstico seguía en casa de Andromeda Tonks, iba tres veces por semana a casa de Harry a limpiar un poco. Sin embargo, tenía órdenes de no entrar en los dormitorios de los dos chicos. Harry pensaba que sus hijos debían de hacerse responsables del estado de sus habitaciones; si querían tenerlas como pocilgas era cosa de ellos, pero nadie las limpiaría en su lugar. Lily aún era demasiado pequeña para pedirle que mantuviera limpio su dormitorio, pero se le aplicaría la misma regla que a sus hermanos cuando empezara a ir a Hogwarts.

-Si la ha tenido que guardar, entonces es que la camiseta no estaba en ese cajón.

-Papá… -protestó James.

-Luego lo llamaré –cedió Harry-. Ahora, desayuna. Dios mío, dais más faena ahora que cuando erais pequeños.

El ánimo gruñón de James desapareció como por ensalmo y le dedicó una mirada burlona.

-Pobre papá, vamos a hacer que le salgan canas.

Albus y Lily soltaron una risilla y el propio Harry sonrió también.

-Exacto. No me extrañaría nada que el tío Ron y la tía Hermione se arrepintieran de haberos llevado con ellos al cabo de cinco minutos.

-No, nos portaremos muy bien –prometió Albus-. Cuando la tía Hermione nos riñe es tan largo…

Harry se tragó una carcajada como pudo, recordando todas las veces que había recibido algún sermón de Hermione. No hacía mucho del último, no era como si ella hubiera dejado de hacerlo tras dejar Hogwarts. Pero sabía que los niños la querían mucho, especialmente Albus, ya que ella era su madrina. Por su parte, Ron era el padrino de James y Luna, la de Lily. Los magos sólo tenían una cosa u otra; a veces Harry se preguntaba si todo aquello del hada madrina de los cuentos muggles no vendría de ahí.

-Es una pena que no puedas venir, papá –dijo Lily-. ¿De verdad no puedes venir con nosotros aunque sea a ver el partido?

A Harry le habría gustado poder asistir a la final del Mundial de Quidditch en Turquía, entre otras cosas porque en todo lo que llevaban de verano sólo había podido ver a Ginny una vez, y eso porque había conseguido hacer una escapada con un Traslador Internacional. Pero, ¿cómo irse cuando la sociedad mágica se encontraba en un estado de silenciosa alarma? A mediados de julio había habido una nueva desaparición, y todos parecían haber asumido con fatalismo que no había nada que el Ministerio pudiera hacer para protegerlos. Harry no estaba de acuerdo; aurores y vigiles patrullaban a lo largo y ancho del país, poniendo especial énfasis en las zonas donde residían magos y brujas solitarios, y Shacklebolt había doblado el número de vigiles en sólo unos meses. Se hacía hincapié constantemente en las normas de seguridad y a los magos menos poderosos o menos hábiles se les había ofrecido la posibilidad de que los propios aurores levantaran las protecciones alrededor de sus hogares. Harry pensaba que sin todas esas medidas, habría habido aún muchas más desapariciones, pero en el fondo dudaba de que aquello pudiera ser un consuelo efectivo, porque a muchos les recordaría que el peligro aún era mucho mayor.

Los artículos de El Profeta tampoco resultaban de ninguna ayuda. Era cierto que no resultaban tan alarmistas y demagógicos como en la época de Voldemort, pero seguían cuestionando sin tregua las acciones del ministro y de los aurores. Ginny le había expresado su malestar en algunas cartas: no le gustaba demasiado estar trabajando para un medio de comunicación que estaba torpedeando a su marido, pero Harry sabía que no le quedaba otro remedio que aguantarse si quería ser periodista. Ningún otro medio de comunicación era tan crítico como El Profeta, pero en ocasiones también la WWZ, o Corazón de Bruja o incluso El Quisquilloso decían cosas sobre él que no era exactamente halagadoras.

Así que Harry había pasado todo el verano en Inglaterra trabajando en el caso y cuidando de los niños y resignado al hecho de que toda la gente que conocía estaba acudiendo a alguno de los partidos del Mundial menos él. Pero a pesar de la presión del caso, la ausencia de Ginny y la falta de vacaciones, no se lo había pasado mal. Había jugado un par de partidos de quidditch con los Weasley y los chicos más mayores, había cenado dos o tres veces por semana con Ron y Hermione, había llevado a los niños a la piscina y al cine… Hasta su cumpleaños había sido fantástico, aunque se hubiera sentido un poco raro aquella noche al meterse solo en la cama.

-Me gustaría mucho acompañaros, Lily, pero no puede ser –contestó-. Vosotros pasadlo bien y ya me lo contaréis todo cuando volváis.

Además, volverían con Ginny, porque el Mundial ya habría acabado. Harry no sabía si iba a poder evitar abalanzarse sobre ella cuando entrara por la puerta –o llegara por Red Flú-.

El resto del desayuno transcurrió con relativa calma mientras hablaban de otros partidos a los que habían asistido. Después James le recordó que tenía que llamar a Kreacher, y Lily y Albus subieron a por sus bolsas de viaje y volvió a formarse un pequeño alboroto hasta que el elfo localizó por fin la camiseta perdida.

-Gracias, Kreacher, ya puedes marcharte.

El elfo hizo una reverencia y se Desapareció justo cuando Ron, Hermione y sus hijos llegaban por la chimenea, todos vestidos con camisetas de la selección inglesa. Harry los saludó con una sonrisa, consolándose con el hecho de que Rose y Hugo parecían estar tan histéricos por el viaje a Turquía como sus primos. Por suerte, Ron, acostumbrado a crecer en una familia numerosa, nunca perdía la calma cuando todos empezaban a alborotar a la vez; Hermione también era paciente, aunque con un estilo más mandón.

-¿Estáis todos listos? –preguntó Ron-. Casi todo el mundo ha salido ya para allá.

Hubo un "sí" general. Harry besó a Lily y Albus y le dio un abrazo a James.

-Portaos bien.

Ron le tendió la mano.

-Lástima que no puedas venir, colega. El quidditch no es lo mismo sin ti.

-Otra vez será.

Hermione le dio un beso en la mejilla.

-Le daremos a Ginny recuerdos de tu parte.

Harry asintió, sonriente.

-Decidle que la quiero. Y pasadlo bien.

-Adiós, papá –volvió a despedirse Lily, mientras se metía en la chimenea tras James.

Uno a uno, todos fueron desapareciendo en una nube de polvo verde dejando atrás a Harry. Este miró la chimenea con una ligera envidia, suspiró y se dio media vuelta para prepararse e irse al ministerio.


En pleno mes de agosto, y aunque Hermione acabara de salir para Turquía, el único departamento que se encontraba anormalmente activo era el de Refuerzo de la Ley Mágica. Chloe Segal, la mano derecha de Harry en la Oficina de Aurores, también se había tomado quince días de vacaciones, así que había algo de papeleo pendiente del que Harry se encargó porque era mejor eso que estar mirando las paredes de su despacho toda la mañana. Habría preferido tener algo más que hacer, pero todas las investigaciones se encontraban en un punto muerto, incluso la de la última desaparición.

Harry almorzó con el ministro Shacklebolt, que también había tenido que quedarse sin vacaciones, y después decidió que con haber hecho acto de presencia en el ministerio aquella mañana ya había cumplido con lo que los ciudadanos mágicos parecían esperar de él. Entonces se fue al callejón Diagón, donde todas las tiendas permanecían abiertas a pesar de ser agosto. Había muchísima menos gente de la habitual, aunque eso cambiaría en cuanto terminara el Mundial. La última semana de agosto, además, era tradicionalmente tan bulliciosa como la de Navidad, porque la zona se llenaba de familias que ultimaban las compras para Hogwarts.

Después de comprar algunas cosas que hacían falta en casa, Harry decidió ir a por un helado a Florean Fortescue. La estupenda heladería del callejón Diagon había cambiado ya de dueño, pero conservaba el nombre original y seguía haciendo los mejores helados que Harry había probado en su vida. Uno de los mejores recuerdos de su vida eran las semanas que había pasado allí durante el verano del 93, a punto de empezar tercero. Recordaba bien la mesa en la que solía sentarse a ojear los libros de aquel curso, las conversaciones con Tom el tabernero, la caricia del sol cuando paseaba por el callejón Diagon, desoyendo los consejos del ministro de aquel entonces, quien creía, como todos, que Sirius Black había escapado de la cárcel para matarlo.

Cuando Harry entró en la heladería estaba tan concentrado en decidir qué sabor iba a escoger, que tardó unos segundos en darse cuenta de que había una notable representación de la Casa de Slytherin en una de las mesas. Allí estaban los cuatro Malfoy, sin Lucius y Narcissa, los Nott e incluso Greg Goyle con Millicent Bulstrode y sus dos hijos. Ellos no le habían visto y charlaban animadamente, un espectáculo poco habitual. Harry no pudo dejar de observarlos con cierta curiosidad, sobre todo a Scorpius. Ni sus sobrinos ni James tenían un gran concepto de él, pero Albus le había dicho claramente que pensaba que era un buen chico y que no entendía por qué la gente insistía en tratarlo como si fuera igual que su padre. "A lo mejor es como tu padrino o la señora Tonks", había sugerido, mirándolo con incertidumbre. Harry tenía que admitir que, en vista de cómo se había comportado Scorpius con Urien, era muy probable que Albus estuviera en lo cierto. Desde luego, el niño merecía ser juzgado por sus actos, no por los de su familia.

Entonces Daphne le vio y se lo dijo en un cuchicheo a los demás. Harry recibió varias miradas de reojo y vio a su vez como la animación del grupo desaparecía en un parpadeo. Ahora estaban serios y tensos; ese era el aspecto con el que los había visto siempre, sobre todo a los Malfoy y a los Bulstrode. Hasta los niños estaban ya notando algo, y para sorpresa de Harry, Scorpius le dirigió una mirada larga y absolutamente inclasificable.

Harry sintió algo extraño, difícil de explicar, al darse cuenta de que su presencia podía arruinar una reunión amistosa de esa manera. No era una sensación agradable, pero se dijo que si habían reaccionado así debía de ser porque sabían que con él no podían jugar.

Entonces se marchó a la calle con su helado de chocolate y nueces con miel. Al ver a Scorpius se había acordado también de Urien y del juicio a su padre. El Wizengamot realmente había hecho todo lo que estaba en su mano para proteger la intimidad de los dos niños y el juicio había sido a puerta cerrada, sin prensa. Y la condena había sido tan rápida como inclemente; cadena perpetua con posibilidad de libertad condicional tras cincuenta años, sólo si Urien y su hermana Penelope daban su permiso. Robert Sutherland había recibido su sentencia con lágrimas y gritos de terror, como si lo hubieran condenado a ser dementorizado.

Harry pensó que el Wizengamot debía de ser el tribunal más impredecible del mundo. Igual podía condenar a un mortífago al beso del dementor sin juicio como podía dejarlo libre con sólo unas palabras de reproche como castigo. Y podía cometer los mayores errores del mundo y al día siguiente, acertar y dar la sensación de que la justicia realmente existía.

-¡Harry!

Éste se detuvo, interrumpiendo sus reflexiones sobre el Wizengamot, y saludó con una sorprendida sonrisa a Minerva McGonagall.

-Hola, Minerva. ¿Ha venido de compras?

La directora de Hogwarts llevaba una de sus largas túnicas negras, y Harry pensó cómo era posible que no se muriera de calor. Aquel día era tórrido.

-En realidad, no. He quedado en el Caldero Chorreante con un candidato a ocupar el puesto de profesor de Defensa de Artes Oscuras.

Harry la miró, interesado.

-¿Le conozco?

-Lo cierto es que sí, pero ya te diré quién es si decidido contratarle.-Parecía tener algunas dudas al respecto.

-Mis hijos estaban bastante contentos con la profesora Daskalova. Es una lástima que decidiera cambiar de trabajo.

-Sí, no es fácil encontrar a alguien como ella. No puedes ni imaginarte los currículums que me han llegado. Y como además los he tenido a casi todos de alumnos, los recuerdo como adolescentes llenos de acné y arrogancia y no me despiertan ningún respeto.-Harry soltó una risita y ella le dirigió una mirada ligeramente esperanzada-. Imagino que no estás interesado en pasarte a la enseñanza.

-Tal y como están las cosas, suena bastante tentador, no crea. Pero me temo que me toca seguir siendo jefe de Aurores durante una buena temporada aún.

Minerva asintió con expresión comprensiva.

-Las desapariciones, ¿eh? –Harry asintió también con gesto resignado-. Mala cosa, desde luego. Ojalá te cambie pronto la suerte con ese asunto.

-Gracias, espero que sí.

Ella le sonrió.

-Tengo que irme o llegaré tarde y ese es un mal ejemplo. Cuídate.

-Lo mismo digo.

Harry miró cómo se marchaba su antigua profesora de Transformaciones, preguntándose quién sería el candidato que iba a entrevistar. Entendía que no quisiera darle su nombre si no estaba segura aún de ir a contratarlo; no era cuestión de ir contando a quién rechazaba para el puesto. Pero sentía curiosidad porque no había oído a ninguno de sus conocidos, aparte de Neville, claro está, mostrar interés por enseñar en Hogwarts. En cualquier caso, ya se enteraría cuando llegara el momento.


Minerva observó al hombre que tenía frente a ella. Su currículum era sólido; no sólo tenía experiencia previa en la enseñanza, sino que además había trabajado como Rompedor de maldiciones durante cinco años, lo cual significaba experiencia práctica. Era un Slytherin, y eso, en ese momento, era una ventaja. Horace Slughorn, actual profesor de Pociones y Jefe de la Casa de Slytherin, era aún más mayor que ella y no iba a durar eternamente (a no ser que le sucediera como al profesor Binns y ciertamente Hogwarts no necesitaba dos fantasmas como docentes). Minerva sabía que tenía que contratar otro profesor de Slytherin para darle el control de la Casa cuando Horace se retirara porque en aquel momento no había ningún otro profesor que pudiera sustituirle. Y además, ni su familia ni él habían tenido conexión alguna con Voldemort, así que su nombramiento no podía levantar demasiadas polémicas, independientemente de la escandalosa fama de su madre.

La única objeción que Minerva encontraba era que aquel hombre resultaba, definitivamente, demasiado atractivo.

La cuestión podía parecer tonta, pero en un colegio lleno de adolescentes en celo no lo era, no lo era en absoluto. Minerva recordaba perfectamente lo que había pasado en Hogwarts cuando aquel pobre idiota de Gilderoy Lockhart había sido nombrado profesor precisamente de Defensa y no quería que se repitiera el espectáculo. Y el hombre que tenía delante era más atractivo y muchísimo más inteligente que Lockhart, así que probablemente causaría una conmoción mayor en el alumnado. Ella quería que sus estudiantes aprendieran a defenderse de las Artes Oscuras, no que se distrajeran soñando despiertas –o despiertos- con el nuevo profesor.

-Me parece que aún tiene dudas, profesora McGonagall –dijo él, con voz suave y educada-. Si fuera tan amable de compartirlas conmigo, quizás podríamos encontrar una solución.

-Le encuentro altamente cualificado, créame. Pero me pregunto si está preparado para lidiar con adolescentes impresionables que sólo están esperando una excusa para decidir que han encontrado al amor de su vida.

Él la sorprendió echándose a reír. No creía recordar haberlo visto reír una sola vez mientras estaban en Hogwarts.

-Me halaga usted. Pero le aseguro que no favorezco que los alumnos se hagan ilusiones conmigo. Puedo prometerle que no me convertiré en un segundo Gilderoy Lockhart.

Minerva no se preguntó si habría usado Legeremancia: cualquiera que hubiera conocido a Lockhart tenía que usarlo de ejemplo cuando pensaba en idiotas narcisistas y vanidosos. Pero tenía que tomar una decisión y reflexionó sobre ello. Quedaban sólo dos semanas para que comenzara el curso, no es que tuviera todo el tiempo del mundo para encontrar un profesor para ese puesto. Y en realidad no podía rechazar a alguien tan bien preparado sólo porque fuera tan guapo. Quizás lo único que podía hacer era arriesgarse, confiar en que sabría atajar enamoramientos tontos en su clase y contratarlo; si se equivocaba con él, siempre podía despedirlo cuando acabara el curso.

-Está bien. La verdad es que es uno de los curriculums más completos que he recibido.-Le tendió la mano-. Será un placer contar con usted el próximo curso. Tendré los papeles de su contrato preparados para cuando se instale en Hogwarts.

Blaise Zabini sonrió, mostrando unos dientes blancos y regulares, y le estrechó la mano.

-Muchas gracias, profesora. Lo haré lo mejor que pueda.

Continuará