Nota de la autora: Queridos lectores, este es el penúltimo capítulo, quedando el último más un epílogo. ¿Qué prefieren? ¿Qué el último vaya junto al epílogo? (donde me demoraría un poco más en actualizar) ¿O los publico por separado no más?

Espero que disfruten la lectura que viene a continuación. Si tienen un tiempito, dejen su apreciación del capítulo, pues me gustaría mucho saber su opinión (aunque tengo la leve sospecha que recibiré muchos vociferadores).

Finalmente, y antes de pasar a la acción, quería comentarles que dos lectoras me pidieron que hiciera una historia en donde Draco estuviera entre dos mujeres, en particular, Hermione y Ginny. Se me ocurrieron de inmediato un par de ideas pero primero quisiera saber si les interesa ese trío o no, ¿qué opinan?

Cariños,

Mad

Ps: Manden sus mejores energías, que los meses que se vienen, serán cuesta arriba para mí. ¿Quién me regala un giratiempo nuevo?

Ps2: Mientras escribía este capítulo lamenté profundamente no poder dibujar de manera decente, para poder mostrarles lo que tengo en la cabeza.


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El Diario de una Máscara

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23.- Imperio.

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El fuego avanzaba sin piedad, haciéndose dueño de cada espacio, de cada rincón, mientras generaba sombras espeluznantes de tres siluetas, las que se encontraban situadas en los extremos de un perfecto triángulo equilátero. Pero esa danza roja era lo de menos en esos instantes. Las miradas que cruzaban el aire eran más peligrosas todavía, más inclementes que las llamas que amenazaban con devorarlos.

–Pansy, retírate –ordenó Draco, impaciente–. Hicimos un trato, no deberías estar acá.

Ella arrugó los labios y negó con énfasis. Su ojo derecho, el único que le quedaba, relampagueaba odio parido y decisión.

–Cambié de opinión –espetó en tono grave–. Si quieres que me vaya tendrás que obligarme. Y créeme que te daré pelea.

El rubio miraba intercaladamente a Theodore y a Pansy, tratando de descifrar en su cabeza cuál era el mejor curso de acción. El transcurso de los hechos solo empeoraba con cada minuto, y cada minuto era un día perdido para todos. "Diablos" masculló en su cabeza, sin poder elaborar un plan lo suficientemente digno como para que funcionara.

–Está en su derecho –el timbre monocorde de Nott interrumpió sus pensamientos–. Déjala que lo intente –agregó, esbozando una sonrisa mordaz.

Draco notó como ella apretaba la varita y devolvía la sonrisa de Nott con una expresión lúgubre, llena de promesas de muerte y destrucción. Su rostro era un cúmulo de emociones destructivas y su disposición estaba enfocada a llegar hasta las últimas consecuencias.

–¿Ves Draco?, las damas primero –soltó la pelinegra, elevando de súbito su varita para atacarlo por sorpresa– ¡Ebublio!

Antes de que pudiera evitarlo, Draco Malfoy se vio encerrado en una burbuja gigante, la cual rápidamente se elevó por los aires con un preciso "Alarte Ascendare" que su compañera ejecutó a continuación. Descolocado, el muchacho se pegó contra los bordes inferiores de la burbuja tratando de observar la escena que había dejado atrás, sin dejar de proferir maldiciones e insultos.

–¡Sácame de aquí, maldita sea! –le vociferó rojo de ira, consumido por la preocupación–. ¡No te atrevas a dejarme fuera! ¡Libérame ahora!

Pero tanto ella como Nott lo ignoraban, y no sabía si era a propósito o porque desde donde se encontraba, el sonido de su voz se veía aplacado por esa cárcel improvisada. Por el rabillo del ojo, pudo vislumbrar como a los costados de la burbuja aparecían dos figuras, Chaos y Chronos, que apreciaban los hechos con sumo interés.

–Opino que no se han dado cuenta que antes de matarse mutuamente, morirán asfixiados –juzgó Chaos con un ánimo ambivalente, entre expectante por ver aquello y preocupado de que la diversión se acabase así de pronto.

–Creo que una habitación en llamas no es la mejor atmósfera para tasar las habilidades de la señorita Parkinson, ¿te molesta que haga unos cambios? –inquirió Chronos.

–En lo absoluto.

Draco era testigo del intercambio mientras les rogaba que lo ayudaran a salir de ahí para intervenir también. Pero ellos hacían caso omiso a sus súplicas, pues parecían estar conformes con la decisión de la muchacha de efectuar ese duelo uno a uno. "Mierda, mierda, mierda" repitió. Se sentía invisible, jodidamente invisible e inútil, además de histérico, pues sabía que Pansy tenía escasas posibilidades de vencerlo.

Notó como Chronos abría los brazos a los costados y sus ojos se tornaban igual de blancos que sus cabellos, los cuales ahora flotaban un par de centímetros por el poder mágico utilizado. Las murallas del laberinto comenzaron a caer como piezas de dominó, volviendo a ser tragadas por el suelo, mientras la tierra temblaba a los pies de los duelistas. Ambos perdieron el equilibrio y se vinieron guarda abajo, elevando por primera vez la mirada al percatarse que por sobre sus cabezas, ya no solo estaba esa prisión improvisada en forma de burbuja, sino que también se encontraban los entes sobrenaturales que los habían puesto en esa situación, "honrándolos" con su presencia.

En ese momento, Chronos elevó las manos y luego las dejó caer, haciendo llover desde las alturas para apagar el fuego a su paso. Una vez extinto el peligro, invocó una suave nevada, tan hermosa como poética, que desconcertó a los presentes, incluido a Lord Chaos. Por un instante, los dos jóvenes admiraron como los copos de nieve caían a su alrededor, en un breve paréntesis de tranquilidad antes de que la batalla tiñera lo blanco en sangre. Sus ropas, pegadas a sus cuerpos por el agua previa, los tiraban de regreso a la realidad, donde ya no existía el laberinto, sino una vasta explanada blanca.

–Atácame –le dijo entonces Nott –. Desquítate, ódiame, mátame. Pero no lograrás que me arrepienta de lo que hice hace cinco años atrás. Fue lo necesario, lo imperativo para salvarte. Pero como siempre, al final nada de eso importa, ¿no? Pues me obligarás a aniquilarte a pesar de lo paradójico que ello sea. Todos mis esfuerzos por protegerte siempre fueron en vano. Todo lo que sentí por ti siempre fue en vano.

–No te atrevas a victimizarte –le increpó ella, furibunda–. Cada cual toma sus opciones, Nott. Tú elegiste convertirte en un asesino despiadado en vez de pedir ayuda. No me pongas de excusa para tus decisiones, así que cállate y pelea en serio, que yo no tendré piedad contigo.

–Me parece. La piedad es para los tontos.

Pansy alzó su mano derecha y se quitó la coleta que sostenía su cabello, liberándolo después de tanto tiempo amarrado, dejándolo caer mojado sobre su espalda. Llevaba cinco años usándolo así, apretado con firmeza contra su cuero cabelludo, en un recordatorio metódico que no tenía tiempo como antes para preocuparse de esas cosas banales, pues sólo tenía un propósito en la vida, la venganza.

Ahora, frente a su orbe azul estaba su objetivo, alguien que por mucho tiempo fue uno de sus mejores amigos, pero que en los últimos años se fue convirtiendo en un desconocido, un extraño que le provocaba escalofríos. Pero esa sensación ya no se albergaba en su pecho. Estaba sedienta de sangre, su sangre, dándose cuenta que matarlo era el único propósito que la había mantenido respirando. Podía escuchar a lo lejos el ruido de la voz de Draco protestar, insistir en que lo liberara, rogarle que lo dejara ayudarla, pero no. Ella no lo haría pues esto era algo que debía hacer sola, por su cuenta.

–¡Hey, Chaos! –gritó ella, elevando la mirada hasta ese ente-. Haz de nuestra batalla un lugar interesante. No merecemos este hermoso paisaje que Chronos nos fabricó.

Gratamente sorprendido, Chaos esbozó una mueca ladeada repleta de satisfacción y flotó por delante de su colega, quien parecía algo molesto por el rechazo de su creación. El ente sobrenatural, de cabellos de fuego y tez blanca como el marfil, los apuntó con el índice de su mano derecha, empezando a dibujar cosas en el aire ante la mirada expectante de todos, incluyendo a Draco, que ya había comprobado que no tenía como salir de la burbuja por dentro, ya que cualquier hechizo que pronunciaba rebotaba contra él.

Chaos dejó de bosquejar y con una sonrisa arrogante, dio un aplauso, dando por finalizada una de sus mejores obras.

–¡Que comience el duelo! –exclamó entusiasta, mientras se escuchaba de fondo como la tierra comenzaba a rugir.

Pansy sabía que había desatado el Apocalipsis, pero todo tenía su qué, no era estúpida. Estaba consciente que en un combate cuerpo a cuerpo, varita contra varita, no tenía oportunidad de sobrevivir contra Theodore Nott, a quien de pequeño lo habían entrenado para esa clase de situaciones. Su sádico padre en cierta forma terminó siendo su mejor escuela, dejándolos muy atrás en lo que habilidades oscuras se refiere.

Sin embargo, con distracciones, elementos para usar de arma, lugares para guarecerse, entre otros, podía llevar adelante con éxito su venganza, porque si bien no tenía el poder mágico de sus amigos –por su tardío entrenamiento–, era veloz y astuta. No por nada había llegado a la prueba final solo con un ojo menos, contra todo pronóstico.

¡Fulgari! –atacó primero, lanzado cuerdas luminosas y brutales con el objetivo de atraparlo y dejarlo a su merced.

Pero Theodore ni siquiera tuvo la oportunidad de esquivarlas.

De pronto, la tierra se fracturó a sus pies y ciertas porciones comenzaron a elevarse mientras otras descendían, generando una sucesión de pequeñas montañas y profundos precipicios, donde un paso en falso te podía matar. Ella había quedado en la parte de arriba, mientras Theodore la miraba divertido desde abajo.

–¡Maldición! -reclamó Pansy, barajando sus opciones.

–Parece que el tiro te salió por la culata, querida... ¡Defodio!

Las rocas debajo de sus pies comenzaron a derrumbarse sin control, por lo que ella, de un salto felino, desapareció del lugar para aparecer detrás de él.

–Sorpresa –le susurró al oído–. ¡Deprimo!

Theodore sintió una presión fuerte y a continuación, nada. Un enorme agujero se había creado bajo su cuerpo y comenzó a caer a través de él ante la mirada satisfecha de la pelinegra. Pero su expresión pronto mutó a desconcierto al ver que la figura caía sin más hasta estrellarse contra el piso y desaparecer.

–¿Qué demonios? –farfulló pasmada.

En ese momento, sintió un repentino aliento helado en la oreja izquierda.

–¿Me extrañaste?

Pansy se dio vuelta con el corazón en la mano y el ceño fruncido, percatándose que no estaba loca, que había sido Theodore Nott quien le musitó la frase en la oreja, pero ¿Cómo?. Él le sonrió soberbio y con un movimiento de mentón, le indicó que mirase a su alrededor. Sin bajar la varita, ella dio un rápido vistazo y percibió como la sangre de sus venas dejaba de fluir, paralizándose por completo.

No había uno, ni dos, sino cinco Theodores observándola desde distintos ángulos, algo que el accidentado paisaje creado por Chaos le permitía. ¿Cuál era el verdadero? ¿Cómo saberlo? Volvió su atención al que le habló, pero ya no se encontraba allí, se había esfumado.

–¡No te escondas, cobarde! –rugió desesperada, apuntando en todas direcciones.

Desde las alturas, Draco estaba enloquecido presenciando todo. Miró a los seres que lo acompañaban y con voz suplicante les soltó.

–¡Haré lo que sea! ¡Lo que sea! –ofreció con voz estrangulada–. Pero déjenme salir de aquí. Déjenme ayudarla.

Ambos lo observaron de reojo, sin inmutarse.

–La única vez que te pedí algo, no fuiste capaz de entregármelo. ¿Por qué tendría que confiar en tus palabras? –le restregó Chaos, a lo que luego agregó al ver la cara de desconcierto de Draco–. ¿Acaso ya te olvidaste de la tercera prueba?

El muchacho se tensó notoriamente. A esa prueba había llevado por equivocación a Hermione disfrazada de Pansy gracias a una poción multijugos que ella había ingerido para sacarle información. Chaos le había ofrecido un par de semanas de vida a cambio de que le entregara a la joven para su satisfacción personal, a lo cual se negó rotundamente, arriesgando su pellejo en el proceso.

–Veo que sí –señaló Chaos, deleitado al ver como sus ojos grises se ensombrecían–. No pudiste entregarme a la señorita Parkinson para jugar un rato... ¿O debería decir a la señorita Granger?

Draco apretó las mandíbulas tanto que sentía que sus dientes estaban a segundos de pulverizarse.

–Lo sabían –escupió rabioso.

–¡Que esperabas! –intervino Chronos–. Obviamente lo sabíamos, pero incluso en ese momento, no fuiste capaz de sacrificar a alguien que ni siquiera era tu amiga. Lo siento, me caes bien muchacho, no lo voy a negar. Pero tienes una tendencia molesta a hacer lo correcto a espaldas del resto. Cualquier cosa que te pidamos irá contra tu esencia y romperás el trato, obligándonos a matarte por mentiroso. Así que no ofrezcas cosas que no vas a cumplir.

–Pruébenme –desafió el rubio, mortalmente serio–. Haré lo que sea para salvar a Pansy mientras no metan a Granger en el asunto. Solo sáquenme de esta puta burbuja.

Ambos seres se lanzaron miradas significativas como usando telepatía, hasta que Lord Chaos se decidió a hablar.

–Hay varias cosas que podría pedirte, Malfoy, pero por primera vez, dejaré de lado mis deseos y respetaré los ajenos –reconoció, algo molesto por su propia resolución–. ¿Acaso no puedes entender a tu compañera? Si intervienes y matas a Nott, ella jamás te lo perdonará. Tan solo mírala. ¿La ves realmente? ¿La entiendes realmente? Está haciendo su mejor esfuerzo para acometer su venganza. Ella necesita esto. Necesita hacerlo sola, por algo se aprovechó de tu guardia baja y te encerró ahí. No quiere tu ayuda y respetaremos su deseo aunque eso la lleve a la muerte, porque será una muerte que ella decidió.

Un grito desvió la atención de la conversación para regresarla a la acción. Abajo de ellos, los hechos se desencadenaban a una velocidad abrumadora. Los cinco Theodores Nott estaban atacándola desde todos los ángulos, enviándole rocas como proyectiles. Pansy retrocedía y convocaba escudos protectores mientras saltaba de aquí para allá, pero no pudo evitar que una roca le diera en pleno brazo izquierdo, fracturándolo. Ella cayó sobre su rodilla derecha y ahogó un gemido. Extrañamente, los clones dejaron de atacarla y la observaron con severidad.

–Levántate –ordenaron al unísono–. Tienes un minuto para recuperarte.

Ella se inspeccionó el brazo herido y notó que lo estaba no solo por el golpe sino que, además, se veía rasgado, cortado. Achicó los ojos para tener una mejor visión y se percató que en la piel ostentaba un pequeño pedazo de vidrio incrustado.

–Creo que ya se dio cuenta del regalito que le dejaste –murmuró Chronos desde las alturas, ante la mirada extrañada de Draco.

–Ya estaba bueno que se percatara. Pero no sé si ahora tendrá suficiente poder mágico para poder lograrlo –opinó Chaos–. Ese brazo ya pasó a mejor vida.

–Tiene que lograrlo, o sino, esto se terminó –aseveró el de cabellos blancos–. En todo caso, la venganza y la adrenalina son excelentes combustibles. Por lo demás, esa habilidad que adquirió en la cuarta prueba le costó un ojo. Es hora que haga valer la inversión.

El rubio no entendía ni pizca de lo que los seres estaban conversando, y regresó su atención a la pelea, la cual estaba en un breve intervalo de tregua a la espera de que la joven se incorporara. Pansy, aún con la rodilla en el piso, bajó la palma derecha y acarició con cuidado la tierra, formando una suave sonrisa en los labios, como si hubiera encontrado oro. Y es que por primera vez se dio cuenta que el suelo no solo estaba hecho de rocas y tierra, sino que Lord Chaos había reciclado el laberinto que antes los aprisionaba para formar esa cadena cerros. Todo estaba compuesto también de vidrio, acero, madera y ramas.

–¿Y bien? ¿Te levantas o te rindes? –le espetaron sus contrincantes con un aire de superioridad.

–¡Primero muerta! –le gruñó furibunda.

Con la palma aún en la tierra, cerró su ojo para concentrarse. Sabía que la debilidad que experimentaba era un fuerte óbice para lograr lo que estaba planeando, pero debía intentarlo, tenía que desenmascarar al verdadero Theodore y separarlo de sus clones, para poder destruirlo. Se mentalizó e invocó cada gota de magia que le quedaba en el cuerpo, logrando que sus cabellos negros comenzaran a levitar ante la mirada asombrada de los presentes, formando alrededor de ella un escudo protector.

La tierra comenzó a sacudirse como si se tratase de un terremoto.

–Qué carajo… –alcanzó a esbozar Theodore, antes de que todo se fuera a la mierda.

Los vidrios que estaban incrustados en las rocas de todo el lugar se desprendieron y rápidamente ascendieron como cuchillas mortales, atacando a diestra y siniestra, sin distinción. Los seres sobrenaturales invocaron escudos protectores y Draco cerró los ojos, creyendo que en cualquier momento seria atravesado. Pero no. La burbuja en la cual lo había encerrado su amiga era tan poderosa que repelía cualquier proyectil.

Al percatarse de ello, Draco volvió su concentración a la pelea, entendiendo por fin el plan de su amiga. Solo el verdadero Theodore se protegería de un ataque tan certero como aquel, y así fue. Solo uno estaba invocando un encantamiento protector, develando su identidad.

–Atrapado –rió ella, deteniendo el ataque para aparecerse detrás de su futura víctima–. ¡Everte Statum!

El hechizo le dio de lleno en la espalda, empujándolo hacia adelante, aturdiéndolo, desestabilizándolo, logrando que trastabillara. Pero eso era solo el comienzo.

Incarcerous –pronunció.

El maleficio convocó diversas sogas que se apearon al cuerpo de Theodore Nott, rodeando sus extremidades y cuello, lanzándolo al suelo, estrangulándolo. Sin embargo, él comenzó a reír despectivamente.

–¿Crees que estas cuerditas podrán detenerme, Parkinson? –le lanzó divertido.

Pero ella fue la que terminó riendo también, desconcertándolo. Pansy Parkinson no era imbécil, sabía que debía finiquitar luego el asunto pues cada minuto que le regalaba de vida, era una ventaja para él. No obstante ello, no podía acabarlo sin darse el gusto de verlo sufrir, aunque fuera unos instantes.

El odio acumulado en su pecho fue suficiente para darle nuevas energías. No importaba su brazo roto, no importaba su débil cuerpo luego de tamaño despliegue de energía. Nada de eso importaba, solo verlo sufrir. Podía sentir el sabor metálico de su sangre en los labios.

–No –concedió–. Pero me da tiempo para hacerte esto... ¡Crucio!

Un fulminante rayo rojo impactó el pecho de su contrincante, que se tensó de inmediato, resistiendo su embestida. Ella se concentró aún más en su odio, en su sed de venganza, e intensificó el ataque, no dándole respiro, enfocándose en lacerarle mentalmente cada centímetro de piel, cada músculo, martillando su cabeza y triturándole los huesos para que deseara la muerte, al borde de la agonía.

Necesitaba escuchar la dulce sinfonía de sus gritos.

Pero él sencillamente no quería regalárselos.

¡Crucio! –coreó exasperada.

Solo uno. Solo un grito pedía y ella podría descansar en paz. Si bien, ni muerto Theodore Nott podría compensarle el asesinato de Alexander y todos los años de padecimiento que vivió, al menos un grito de su parte, de uno de los magos más poderosos que conocía después de Voldemort, podría saciar su sed para proceder a desaparecerlo de la faz de la tierra.

¡Crucio! –repitió enloquecida, desbordando frustración.

Y entonces lo vio. Vio como comenzaba a retorcerse bajo las cuerdas, y como estas cuerdas seguían aferrándose a su cuerpo a medida que se movía. Quizás, ver como se encrespaba ante el dolor era lo único que podría obtener de él. Quizás tendría que conformarse con eso.

O quizás debería verlo desangrarse.

¡Sectumsempra!

Casi pudo ver las cuchillas invisibles apuñalándolo, desgarrando su cuerpo en innumerables ocasiones, manchando su ropa de color rojo oscuro. Lo escuchó quejarse suavemente y luego, nada. El silencio se había instalado y la figura de Theodore Nott dejó de moverse.

Draco observaba todo desde las alturas escéptico, con la respiración agitada por el nerviosismo. Se negaba a creer que eso fuera todo, que Pansy hubiera logrado vencerlo sin matarse en el proceso . "Imposible. Esto no ha terminado" pensó, alarmado al notar que su amiga bajaba la guardia. La vio elevar la mirada hasta encontrarse con sus ojos y sonreírle con lágrimas de desahogo corriendo libremente por sus mejillas, para luego fulminar a los Lords con una mirada desafiante.

–¡¿Y bien?! –les gritó–. ¡¿Felices con el show?!

Pero para su infortunio, una voz de ultratumba se coló en sus oídos, regresando de súbito su atención al piso.

–Asumo que ya te desquitaste.

Como si nada, y aún sangrando profusamente, Theodore Nott apretó los músculos y rompió las sogas que lo aprisionaban, levantándose con tranquilidad, ante la mirada asombrada de los espectadores.

–¿Qué? –esbozó Pansy incrédula. No podía entender que después de todos sus esfuerzos, de haberlo asfixiado, torturado y desangrado, él pudiera levantarse y actuar como si nada hubiera pasado.

¿Y si todo este tiempo él estuvo actuando como si tuviera una oportunidad? Razonó horrorizada, sintiendo de lleno el dolor que albergaba en su brazo roto y que había dejado en el olvido gracias a la adrenalina.

Atónita, lo vio tomar su varita y pronunciar el contra hechizo a sus cortes, que seguían borboteando. "Vulnera sanentur" pronunció su enemigo en voz baja, mientras murmuraba cosas en algo parecido a un cántico. Primero detuvo su hemorragia, luego curó sus heridas, y finalmente cerró sus cicatrices. Pansy Parkinson no podía dar crédito a lo que presenciaba. Ni siquiera Snape fue tan rápido de lograr ese efecto, lo que hacía que cada vez estuviera más segura de que todo lo que recién había pasado había sido porque él se dejó dañar para regalarle algo parecido a un desquite.

Su corazón no pudo soportar el desengaño, la humillación y la decepción.

En una acción poco razonada, se acercó hasta Theodore y lo abofeteó con tanta fiereza que le volteó la cara, dejando sus finos dedos marcados en su mejilla izquierda. Cuando se disponía a volver a estamparle otro golpe, él la atrapó al vuelo por el antebrazo, evitando el impacto.

–Realmente no quería hacer esto, Pansy –le reconoció, y en sus ojos sinceros se anunció un destino inevitable–, pero no me dejaste opción.

–¡Suéltame! ¡No me toques! –chilló ella, tratando de zafar el agarre.

Sin embargo, Theodore le dio una vuelta en ciento ochenta grados y le retuvo afirmando sus brazos con una sola mano, abrazándola contra su voluntad desde la espalda. Pansy sintió como las prendas de Theodore empapadas de sangre comenzaban a permear su propia ropa, dejándola toda pegajosa. Furiosa, le impregnó más fuerza a sus intentos de liberarse, pero solo pudo observar como él elevaba su mano libre y la posaba en su cabeza, dejando la palma a la altura de su sien izquierda.

–Será rápido e indoloro, no te preocupes –le susurró calmo, acunándola-. Tu sufrimiento se detendrá ahora, lo prometo.

De la palma del joven comenzaron a centellear pequeños relámpagos color violeta, los que se estrellaron contra la sien de su víctima, quien poco a poco fue dejando de luchar hasta darse por vencida, cerrando los ojos con una expresión tranquila en el rostro.

–¡No! -clamó Draco desde las alturas, con los músculos contraídos.

Sus instintos asesinos, aquellos que alguna vez tuvo en batallas cuando aún servía para el Señor Oscuro, emergieron a su máxima potencia, exigiendo la vida de ese homicida. Pero la burbuja que rodeaba su existencia aún lo aprisionaba, por lo que no perdía la esperanza de que su amiga todavía respirara.

–Vaya... No tenía idea que Nott podía hacer eso –se sorprendió Chaos, acariciando su barbilla.

Draco giró su cabeza hacia él tratando de entender a qué se refería.

–Está reflotando los mejores recuerdos que la señorita Parkinson guarda en su memoria –explicó Chronos, intrigado-. ¿Quieres ver?

No esperó respuesta. Estiró ambos brazos y los llevó desde arriba hacia abajo, formando un círculo en donde se comenzaron a proyectar imágenes. Draco percibió como sus cejas se expandían de asombro.

Frente a él se presentaban tres pequeños jugando por los prados de la Mansión Parkinson, y no tardó en reconocerse como uno de ellos. Los otros eran Theodore y Pansy, que reían exageradamente mientras el rubio trataba de domar al perro de la muchacha. Esa mascota tenía la mala costumbre de saltarle encima y llenarlo de baba, lo que si bien para el resto era divertido, para Draco resultaba asqueroso. Sólo tenían cinco años en ese entonces. Y si lo pensaba bien, ni siquiera podía recordar desde cuando se conocían. Probablemente de toda la vida.

La imagen cambió. Ahora se mostraba a Pansy un poco más grande, pero de nuevo quienes se encontraban acompañándola eran ellos dos. Draco recordaba a la perfección ese verano, pues fue justo antes de ingresar a su primer año en Hogwarts. Hacía poco había muerto la madre de Theodore y la señora Parkinson y su madre, Narcissa, se habían llevado a los tres de paseo para calmar los ánimos, especialmente considerando lo violento que se había vuelto el señor Nott después de eso, intensificando el entrenamiento de su amigo al punto de dejarlo hecho trapo en más de una ocasión. A pesar del origen triste del paseo, ese debe haber sido el mejor verano de su puta vida, y al parecer, también lo había sido para Pansy. Durante el día exploraban, conversaban y realizaban travesuras, mientras que en las noches, apostaban ranas de chocolate en largas partidas de snap explosivo.

¿Por qué todo tenía que irse a la mierda? ¿Por qué no podían continuar siendo aquellos críos? No pudo evitar preguntarse, mientras seguía viendo la proyección que hacia Chronos de las imágenes que estaba recordando su amiga gracias a Nott.

Desolación. Eso provocaba en Malfoy lo que estaba presenciando.

Nuevamente, cambio de escena. En ella, aparece Pansy corriendo por los pasillos de Hogwarts con cara compungida, probablemente atrasada a pociones, teniendo en cuenta los libros que aferraba a su pecho. Dobla a la derecha, luego a la izquierda, y termina en el suelo acompañada de un sonido estrepitoso. Se le oye maldecir hasta que enfrenta con la mirada a quien la chocó, observándolo por primera vez con atención.

El ravenclaw Alexander Bleu se agacha hasta su altura, sumamente preocupado ante la posibilidad de haberla dañado y le pide sinceras disculpas. Ella se sonroja con su cercanía y trata de levantarse, pero trastabilla en el intento. Alexander se ofrece a llevarla hasta la enfermería, pero ella sabe que si falta otra vez a pociones, de seguro reprobará. Sin preguntarle, él la sube a su espalda y comienza a correr para llevarla a clases. Ella se aferra pasando sus brazos por su cuello y apoya la barbilla por encima de su cabeza. Sus mejillas están encendidas y trata, sin mucho éxito, de reprimir una sonrisa nerviosa. Al parecer, a Pansy la habían flechado a primera vista.

La sucesión de imágenes continuó, una tras otra. Ella riendo, ella bailando, ella conversando y jugando con sus amigos...

...Besando al ravenclaw por primera vez.

Draco veía pasar la vida de la pelinegra frente a sus ojos con el alma en vilo, sospechando qué pasaría una vez que los buenos recuerdos se acabaran, antes de que la felicidad de su amiga se truncara por completo.

Lo último en mostrarse, fue el momento en que Alexander la sacó a bailar, la noche en que todo cambió. Ella luce una sonrisa ancha y apoya su frente cariñosamente contra la de él. La música da igual, sus compañeros que gritan alrededor también. Ellos se mecen a su propio ritmo conversándose al oído como si no existiera nadie más en el mundo, intoxicados por la presencia del otro, casi fundidos entre sí.

El recuerdo comienza a difuminarse y se va a blanco, pero la sensación de plenitud permanece, pues Pansy luce una expresión tranquila en el rostro a pesar de estar atrapada en los brazos de su enemigo.

–Adiós Pansy –le dijo entonces Theodore, sacando la mano de su sien para apuntarle con la varita a la altura del corazón–. Avada Kedavra.

–¡No! –gritó desde las alturas Draco, observando casi en cámara lenta como un rayo verde se incrustaba en el pecho de su amiga, extinguiendo su vida por completo.

Theodore se desembarazó del cuerpo inerte de su víctima, dejándola con suavidad en el suelo, a la vez que la burbuja que encerraba a Draco se reventaba como una pompa de jabón, por esfumarse el poder mágico de quien la había conjurado. Él rubio cayó dando un giro en el aire y aterrizó con una habilidad abrumadora, impulsándose derecho hacia Theodore Nott con la intención de sacarle las tripas con las manos desnudas.

Pero antes de llegar a su objetivo, algo pasó. Lord Chaos apareció entre ambos y dejó sus respectivas extremidades paralizadas.

Ese capítulo de la séptima prueba había terminado.

Era el momento de salir de esa dimensión y enfrentarse a la realidad.

–¡¿Qué hiciste Nott?! –le vociferó enardecido, ignorando al ser sobrenatural que se interponía en su camino–. ¡¿Qué mierda hiciste?!

–Lo que tenía que hacer –respondió él, sin quitar la vista del cuerpo frío de la muchacha–. Lo que ella quería hace mucho tiempo.

–¡Me las pagarás infeliz!

Theodore lo miró con suficiencia y un brillo maligno se cruzó por sus orbes oscurecidos.

–Te estaré esperando, Malfoy –le masculló-. Pero por mientras, supongo que le envías tus saludos a Granger, ¿No?

La amenaza velada quedó en el aire, convirtiéndose en una promesa de tragedia.

–Si tan solo le tocas un pelo...

–Pretendo algo más que eso y lo sabes –le interrumpió, mordazmente-. Pero ya te enterarás cómo aproveché mis cuatro horas de ventaja. Me encargaré de que lo sepas.

Draco reparó como una profunda cólera lo consumía, y lo desgarraba no poder encestarla en quien la había ocasionado. El pensar que ese bastardo tenía por objetivo a Hermione lo encrespaba y estremecía en partes iguales. Solo esperaba que la Comadreja o Potter estuvieran cerca para protegerla hasta que él pudiera llegar a reventarle lo sesos a ese hijo de puta que tenía al frente.

De pronto, Chronos apareció detrás de Theodore y, colocando una mano en su hombro, comenzó a desaparecerlo de su vista, hasta que su imagen se tornó traslúcida.

–Los diez segundos que se vienen serán los más largos de tu vida, ¿O me equivoco? –alcanzó a carcajear su rival antes de desaparecer frente a sus ojos.

10…

–Me simpatizas muchacho –dijo entonces Chronos, llamando la atención de Draco.

8...

–Por eso te daré el siguiente regalo –continuó, acercándose a él.

6...

–Lo que buscan, no son solo objetos –reveló, colocando una mano encima de su hombro derecho.

4...

–Recuerda eso en la batalla final –recomendó.

1…

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Resopló exasperada. No podía creer que la hubieran censurado después de la última misión por tomar "decisiones apresuradas". Para colmo, la plana superior decidió que para esta búsqueda, era mejor que también asistiera Ron Weasley, como "apoyo en caso de emergencia".

¿Acaso no podían elegir a otra persona para hacer las veces de niñera? Parecía un mal chiste, y el pelirrojo tampoco estaba contento con la decisión. Tres meses habían transcurrido desde que ambos se habían separado como equipo –luego de la desaparición de Malfoy–, pero Ron seguía lejano con ella. Bueno, hasta ese momento, donde la coyuntura lo obligó a tratarla.

Malfoy

El apellido del rubio aún erizaba su piel y la condenaba a un sin fin de retortijones en el estómago. Ya nadie lo daba por vivo, pero ella se negaba a pensar que estuviera muerto mientras no encontraran su cuerpo. Luna había logrado convencerla de ello, aunque no era tan optimista como ella, que transitaba por los días como si nada, sin dudar un ápice de que su amigo volvería. Hermione no era así, a veces dudaba y eso echaba su espíritu al suelo, ensombreciendo su vida.

Sacudió la cabeza para enfocarse. No podía demostrarle a Ron ni a Luna que efectivamente sus capacidades estaban mermadas desde la desaparición de Draco. Su orgullo no se lo permitía. Así que se acercó al traslador donde la esperaban sus amigos, y contaron hasta tres antes de tocarlo al unísono. Nadie les había dicho donde aparecerían por motivos de seguridad de la misión. Solo sabían que en lugar al que llegaran, habría un horrocrux, aunque nadie conocía la forma del mismo ni dónde estaría escondido. Al final, se encontraban a ciegas, pero según lo informado -y Dumbledore confiaba en su fuente-, ese sería su paradero. Para eso necesitaban a Luna, que resultó ser una excelente rastreadora de objetos mágicos. Ron y Hermione eran los refuerzos.

"Debe ser una puta broma" pensó cuando llegaron al lugar.

Habían aterrizado en los jardines de Malfoy Manor, la que aparentemente llevaba semanas desocupada. Se sintió observada por sus amigos y los motivos eran bastante obvios, por lo que trató de teñir su semblante de indiferencia para que aquello no afectara la tarea. Ella fue la primera en avanzar hasta esas amplias puertas pero, antes de poder abrirlas, Ron la detuvo por el hombro.

–Quizás sea mejor que te quedes afuera –propuso serio.

–¿Perdón? –espetó ofendida–. ¿Estás insinuando que estorbo?

Su voz había emergido de sus labios de una forma más agresiva de lo que pretendía, pero no pudo evitarlo. Hace días que todos la trataban distinto y no entendía si era porque estaban perseguidos acerca de su estabilidad emocional o si efectivamente ella se había vuelto inestable y, por lo tanto, innecesariamente osada.

–Estoy insinuando que sería mejor que alguien se quedara afuera en caso de que sea necesario advertir visitas inesperadas –explicó Ron, lo más calmado que pudo, aunque notoriamente molesto-. No es todo sobre ti, Hermione. Baja las revoluciones que alterada no nos sirves.

–Creo que Ronald tiene un punto –terció Luna, aparentemente inadvertida del momento tenso que se vivía entre sus dos acompañantes–. Alguien debe quedarse.

Hermione suspiró.

–De acuerdo. Pero cada diez minutos alguno de ustedes deberá enviarme un patronus para saber que están bien –condicionó, recibiendo un asentimiento de parte de ambos.

Ron soltó su hombro y él y Luna ingresaron a la Mansión, ambos con encantamientos desilusionadores encima. Hermione se sentó en las escaleras de la entrada y movió impaciente sus pies, mientras con los ojos registraba los alrededores, en búsqueda de peligro.

Pronto, llegó el primer patronus. Una liebre indicaba que todo estaba bien. "Perfecto" razonó Hermione, y siguió esperando, siguió vigilando, sumamente aburrida. Luego, un Jack Russell apareció corriendo alrededor de ella, indicando que las cosas seguían marchando bien. "Genial" se dijo, ya impaciente, pues si bien esperaba que el asunto se tardara un poco, se suponía que ella estaría ahí también trabajado, no calándose los huesos a la intemperie.

Pasaron los minutos y pronto se dio cuenta que no existía otro aviso de parte de ellos. "Esperaré un poco más" decidió, pero al darse cuenta que la situación no cambiaba, prefirió ir a chequear personalmente qué ocurría.

Entró despacio y lo primero que sintió fue como un frío glacial le congelaba la piel. Era un frío insólito, peor que el que existía afuera. Además, todo estaba demasiado oscuro, y por más que trató de enfocar la vista, era imposible ver algo en esas condiciones.

Lumus –articuló en un murmullo, con un terrible presentimiento en la cabeza.

Avanzó a paso quedo y sigiloso, pronunciado en voz baja los nombres de sus amigos, sin obtener respuesta. Aquello no podía estar bien. Apretó con firmeza la varita entre sus dedos, tratando de alertar sus otros sentidos. En eso estaba cuando percibió una suave brisa en su espalda y se giró para comprobar qué había sido, pero nada se encontró ahí. Suspiró aliviada y volvió su cuerpo a la dirección original, solo para dejar escapar un grito al percatarse que ya no estaba sola.

–Tardaste. Te estaba esperando.

–Nott...

El corazón de Hermione se disparó al verlo frente ella, con esa mirada fría y desalmada taladrándola, observándola entre aquellos cabellos que caían desordenadamente desde el comienzo de su frente. Sus ojos ya no poseían un asomo de ese verde que solía hipnotizarla, y era como haberse topado con la sombra de aquel Theodore que conoció. Su cerebro, que iba dos pasos adelantado, concluyó rápido que si él estaba ahí y había sobrevivido a la séptima prueba, Draco no lo había logrado.

Palideció de forma evidente, creyendo que se iba a desmayar en cualquier minuto.

–Esta vez no me molestaré en ocultarte la verdad –espetó el hombre, leyendo sus pensamientos con facilidad–. Esa rata está viva, solo que levemente retrasada. Me tardé tres horas en averiguar dónde podría pillarte, por lo que todavía tengo una de ventaja. Así que, mientras lo esperas, tendrás que conformarte conmigo.

Ella trató de permanecer imperturbable, a pesar de que por dentro, un alivio temporal se había instalado al saber que contra todo pronóstico, Draco Malfoy seguía vivo. Tuvo que reprimir las lágrimas de felicidad que se agolpaban en sus ojos.

Pero el resplandor asesino en los orbes de su interlocutor la alertó.

–¿Dónde están mis amigos? –interrogó ceñuda al recordarlos.

–¿Te refieres a estos dos?

El hombre dio un chasquido y todos los candelabros de la Mansión se encendieron con llamas resplandecientes, dejando a la vista como sus compañeros flotaban de cabeza desde el techo, absolutamente inconscientes, con sogas apretadas en sus respectivos cuellos.

El terror carcomió su espíritu.

–¡Ron! ¡Luna! –gritó desesperada–. ¡Déjalos en este instante! –ordenó, apuntándolo decidida con la varita.

Pero él simplemente parpadeó hastiado.

–Baja esa varita, Hermione, antes de que provoques un lamentable accidente –pronunció su nombre arrastrando las palabras-. Desde esa altura y con esa posición, si me atacas podría dejarlos caer y de seguro se romperían el cuello o se asfixiarían. Como sea, no sobrevivirían a eso, ¿de verdad quieres arriesgarte?

Ella miró a sus amigos y luego a su enemigo, evaluando rápidamente sus cartas, llegando a la terrible conclusión que no tenía ninguna sin arriesgar sus vidas. Bajó la varita con frustración y el rostro desdibujado.

–Qué deseas...

–¿Qué me ofreces? –la cortó, impaciente–. Negocia, Granger, se supone que eres inteligente.

Ella apretó los puños y bajó la mirada, entregada al no ver como tomar ventaja de la situación.

–Haré lo que quieras, tan solo déjalos ir.

Él resopló, insatisfecho.

–Eso es muy amplio, Granger. Yo que tú tendría cuidado porque estoy seguro que hay cosas que no podrías cumplir. Espero una oferta concreta. Vamos, no demores.

Hermione se mordió el labio, sin saber qué decir, y sin saber que ese acto llamaría la atención de quien la enfrentaba, provocándole un desorden mental que le fastidiaba y le incitaba por partes iguales.

Theodore tuvo que reprimir las ganas de tomarla por la fuerza ahí mismo, ya que para su malestar, verla ahí, tan sumisa pero a la vez tan digna, le encendía a pesar de que había jurado mentalmente que esa mujer ya no tendría más poder sobre él. La odiaba. Odiaba que tuviera la capacidad de hacerlo perder el control. Odiaba tenerla tan cerca y tan lejos a la vez.

–Se te acabó el tiempo –proclamó molesto–. Creo que después de todo, no tenías intenciones de rescatarlos. No me queda más que ponerle fin a sus tristes vidas.

Ella levantó la mirada, lívida.

–No te atreverías.

–Hace unas horas maté a Pansy –declaró, viendo como la cara de la muchacha se desfiguraba de la sorpresa–. No sabes de lo que soy capaz.

A penas terminó esa frase, chasqueó los dedos y las cuerdas apretaron más a sus amigos, quienes debido a su inconsciencia, ni siquiera podían oponer resistencia. Luego, el hombre apuntó hacia abajo y el hechizo levitador que los tenía en el aire se desvaneció, logrando que los cuerpos comenzaran a caer en picada.

–¡Por favor Theodore! ¡No lo hagas! –rogó ella con los ojos cerrados, arrodillándose frente a él.

No escuchó el estruendo de sus cuerpos estrellarse contra el piso, por lo que Hermione lentamente abrió los párpados, encontrándose con que ambos estaban a solo treinta centímetros del suelo, levitando aún. Al parecer, su suplica había sido lo suficientemente rápida para que el hombre cambiara de opinión en el último segundo, evitando la colisión.

–¿Crees que llamándome de esa forma podrás ablandarme? –le espetó con rencor–. Ya no tienes ese poder, Granger. No desde que te vi abrirle las piernas tan descaradamente.

–¿Ah?

Theodore se mordió la lengua. Esa frase solo era la exteriorización del poder que ella ejercía sobre sus acciones, por lo que en vez de explicar a qué se refería, volvió a chasquear los dedos para regresar flotando a sus dos prisioneros hasta el techo.

–Olvídalo –gruñó–. ¿Sabes? me diste pena así que te daré una oportunidad.

Hermione lo miró desde el piso desconfiada. No era estúpida y lo que fuera a decir a continuación no haría más que hundirla. De eso estaba segura.

–No puedes salvar a ambos, pero puedes rescatar a uno –soltó, inconscientemente imitando la forma en que Voldemort le había hablado aquella fatídica tarde–. Elige, Granger. Decídete por uno o mueren los dos. Solo tienes un minuto.

–¡No puedo hacer eso! –exclamó ella de inmediato, incapaz de levantarse.

–Esto no es negociable –coaccionó, con un semblante cada vez más oscuro–. Te estoy dando el regalo de salvar a uno de tus estúpidos a amigos. Elige, pues necesito que alguien más pase por esto. Alguien debe entender que no tuve opción.

¿Que necesitaba entender qué? Hermione no comprendía de qué hablaba, y sin presupuestarlo, comenzó a respirar aceleradamente, elevando sus ojos hasta donde se encontraban sus amigos.

No. No podía hacer eso. No podía elegir. Prefería morir antes.

–¡Por favor, Granger! –soltó exasperado–. Tú y yo sabemos que salvarás a Weasley por sobre Lovegood. Él es tu amigo de toda vida. Ella es solo un accesorio. Confiésalo de una buena vez. Salva a Weasley.

–¡No elegiré! -le gritó ella con los ojos húmedos de impotencia–. ¡No condenaré a uno para salvar a otro!. No me obligarás a cargar con eso. Si los matas es tú decisión, no mía.

–No estoy bromeando, Granger.

–Yo tampoco –replicó decidida–. Si quieres, quítame la vida a mí, pero no me vas a obligar a que tome una decisión como aquella. Me rehúso.

El apretó los dientes. ¿Por qué demonios tenía que ser tan malditamente obstinada? ¿Por qué siempre tenía que llevarle la contraria?

–Acabas de condenarlos a ambos, idiota –aseveró furioso.

–No. Tú los condenaste –señaló ella–. Y yo no te daré el gusto de verme presenciar eso.

En un acto que podría ser calificado tanto valiente como estúpido, Hermione Granger levantó su varita y se apuntó al cuello, con una actitud resuelta a pesar de que aún se encontraba arrodillada a sus pies. Era una jugada peligrosa, demasiado tal vez. Pero estaba apostando que a él aún le importaba algo, lo suficiente como para que la amenaza de atentar contra su propia vida lo hiciera recular.

–¿Qué pretendes? –preguntó Theodore entre dientes.

–Sabes muy bien lo que pretendo. Déjalos caer y verás.

Hermione tragó espeso, pero trataba de no parpadear para teñir de seguridad su amenaza. Tenía que salvar tanto a Ron como a Luna, para ella no había otra alternativa. Quizás, si lograba entretener lo suficiente a Theodore, Draco tendría tiempo para que llegar de refuerzo. Después de todo, el propio Theodore le había anunciado que venía en camino.

–Estás jugando. No lo harías –resopló él, mientras comenzaba a mover los cuerpos de sus amigos en círculos, advirtiendo que los dejaría caer.

–¿Quieres averiguarlo? –rebatió ella, alzando el mentón soberbia–. Ya te dije, si los sueltas, te ahorraré el papeleo y antes de que toquen el piso, yo ya estaré muerta.

–¿Por qué habría de importarme eso?

–No lo sé. Explícamelo tú.

"Maldita seas, Granger" aulló en su cabeza Theodore.

A pesar de estar arrodillada, su mirada era tan insolente que no podía dejar de admirarla y desearla con todo su ser. Si bien, estaba excesivamente más delgada de la última vez que la vio, su cuerpo era un fruto prohibido que no dejaba de atormentarlo. Unos bucles exquisitos enmarcaban ese delicado rostro que se le aparecía por las noches y esos labios, ¡Por Morgana esos labios! Lo llamaban a destrozarlos, a comérselos a mordiscos.

No lo pensó dos veces. Ya no tenía el control y detestaba no tenerlo. Se abalanzó sobre ella, lanzando lejos su varita de un manotazo para inmovilizarla contra el piso, quedando encima de su cuerpo. Sólo existían dos opciones para él. Tomarla o matarla.

Y esta vez, elegiría la segunda.

Sus manos se veían ridículamente grandes alrededor de su tibio cuello. Su piel suave era un recordatorio de lo que nunca tendría para sí.

La estrujó con mayor ímpetu de puro despecho.

–Incluso ahora no dejas de jugar conmigo, Hermione Granger –acusó, haciéndola boquear y retorcerse bajo su cuerpo–. No puedo creer que he dejado que sigas respirando a pesar de lo cruel que eres.

La muchacha trataba de quitárselo de encima infructuosamente, pero ya casi no le quedaban fuerzas ni aire en los pulmones.

–La única culpable de todo eres tú, siempre fuiste tú –prosiguió, aplicando más fuerza–. Te advertí no una, sino varias veces que no te acercaras, que no me dejaras encariñarme contigo, pero tú no me escuchaste, ¡No! ¡Nunca me escuchaste! Me diste alas para luego darme las buenas noches con la intención de follarte al que alguna vez fue mi mejor amigo.

¿Podía escucharlo siquiera? Hermione ya estaba cianótica y parecía que en cualquier momento perdería el conocimiento. Ya casi no luchaba, ya casi no se movía.

–Me quedé solo, absolutamente solo, y no te importó en lo más mínimo –le reprochó, enterrando los dedos en su piel, sintiendo como los tendones de su cuello cedían-. Pero aun así, te diste el gusto de manipularme, de meterte en mi cabeza, de esperar cosas de mí, de nublarme el juicio. Quizás... Quizás si te mato ahora, toda esta pesadilla acabe.

Pero en ese momento, en ese preciso instante en que la vida de Hermione Granger se desvanecía entre sus dedos, la soltó.

–¡Ah! -gritó ella, abriendo los ojos de par en par, jadeando, inhalando desesperada, tosiendo también.

Él, todavía inmovilizándola con su propio cuerpo, miraba con decepción como el pecho de la muchacha iba recobrando la respiración, hasta regularizarse. Observó su cuello detenidamente, notando como sus manos habían quedado marcadas en toda su extensión. De seguro quedarían hematomas con la forma de sus huellas dactilares.

–Maldita seas –bramó frustrado.

Hasta que sus ojos se encontraron.

Granger lo estaba ojeando fijamente, pero no con odio, no con miedo, no con reproche. Hermione lo miraba con comprensión, como si la confesión que acababa de hacerle tuviera sentido. Y en cierta medida, así era. Ella efectivamente lo había buscado a pesar de sus advertencias, efectivamente se había enamorado de su mejor amigo, y efectivamente lo había abandonado a su suerte. Se había entregado a él durante su encierro dándole ideas equivocadas y nuevamente lo había abandonado, a pesar de sospechar que sus sentimientos por ella aún permanecían inalterables.

Pero no todo era su culpa como él afirmaba. Él tenía en gran medida la responsabilidad de las cosas. No solo era una víctima de las circunstancias. Cada uno tomó sus propias decisiones y él había adoptado las peores. Nada en el mundo podía justificar aquello. Nada disculpaba la sangre que tenía entre sus manos.

Sin embargo, una parte de ella aún quería salvarlo.

–¿Qué haces?

La voz de Theodore retumbó amilanada, súbitamente incapaz de reaccionar. Ella había colado las manos en sus mejillas y las dejó reposando en el lugar, en una caricia queda, en un roce cálido.

–Todavía puedes hacer lo correcto -le musitó Hermione, sin dejar de observarlo fijamente-. Aún no es demasiado tarde. Déjame ayudarte.

La mirada sincera de ella, sus ojos brillantes, lo estaban atravesando. ¿De verdad aún creía que no era demasiado tarde? ¿De verdad era capaz de ayudarlo? Por una parte, su parte racional, estaba consciente que ese ofrecimiento no implicaba que los sentimientos de ella hacia él hubieran cambiado. En absoluto. De seguro, se trataba de una ofrenda de paz amistosa y no una promesa de estar juntos. Pero algo dentro de él, su parte animal, se activó al verla mirarlo de esa forma, con su pelo ondulado cayendo en forma de abanico sobre el suelo, sus labios rojos entreabiertos para ayudarse a respirar, y sus pestañas largas, que no hacían más que aletear como mariposas. ¿Acaso ella no se daba cuenta que la única forma de salvarlo era estar con él? Él no necesitaba nada más del mundo, solo su compañía. Solo tenerla entre sus brazos. Anhelaba... no, mejor dicho, necesitaba su cercanía.

Estaba sediento, y su parte animal reclamaba espacio, hasta hacerse por completo de sus acciones.

–Ya no puedo… –fue lo único que dijo.

Rápidamente quitó las manos de la castaña por las muñecas y las aprisionó contra el suelo, invadiendo su boca sin previo aviso, sin piedad y sin dar marcha atrás. Percibió como ella daba un respingo y luego intentaba zafarse, por lo que él intensificó sus movimientos, arrancándole un quejido al morder su labio inferior para abrirse paso con la lengua. ¿Era sangre lo que estaba probando?

La sintió arquear la espalda y aprovechó aquello para atrapar ambas muñecas con una sola mano, rodeando con la otra su cintura, apegándola más a él. Estaba enviciado, narcotizado por su cercanía, y apenas podía razonar, solo necesitaba beber de ella, tenerla una vez más. Inesperadamente, ella dejó de resistirse y su cuerpo languideció. ¿Acaso le estaba correspondiendo?

Su lengua comenzó a danzar tímidamente contra él, al igual que sus caderas. Theodore sintió que se desdoblaba de felicidad al escucharla gemir ¿Había podido convencerla que su futuro era junto a él? ¿Que esa química arrebatadora que tenían en el colegio no había desaparecido?

Pero la sensación de victoria duró unos segundos, ya que al rato se percató que algo andaba mal. Que esos movimientos eran desapasionados, torpes, mecanizados. Que ella estaba lejos de ahí, solo ganando tiempo. ¿Hasta dónde sería capaz Hermione Granger de llevar adelante esa farsa? ¿Sería capaz de llegar hasta las últimas consecuencias?

Su parte animal rugía por comprobarlo, por seguirle el juego y tomarla sin más. Pero su lado racional se sintió asqueado, estúpido y humillado. Se estaba burlando de él otra vez, así que con un último mordisco, tomó toda su voluntad para separarse de su boca y acribillarla con la mirada.

–Puedo sentir tu desagrado -susurró con tono viperino-. Puedo darme cuenta que lo haces solo para salvar a tus estúpidos amigos. Ni siquiera puedes fingirlo. Eres una pésima actriz... ¿Tanto me desprecias?

La vio titubear.

–No se trata de eso.

Él rió.

–Cierto. Se trata de que elegiste a Malfoy por sobre mí.

La sintió tensarse nuevamente y no necesitó que ella comprobara su aseveración de forma verbal. Un odio descomunal se instaló en cada poro de Theodore Nott y lo llevó a levantarse intempestivamente llevándosela consigo, abrazándola por la espalda mientras la retenía de la misma forma que retuvo a Pansy unas horas atrás.

Pero no. A Hermione Granger no la asesinaría. Le dejaría esa labor a alguien más.

–¡Pues bien! Quedémonos aquí esperando a tu querido Draco, que llegará en cualquier instante. Veamos si es capaz de sacrificarse por ti. Veamos si le importas lo suficiente.

–¿A qué te refieres...?

Hermione no podía ver su rostro, pero el sonido de su voz la aterrorizó.

–Que disfrutaré ver cómo reaccionará Malfoy cuando tenga que enfrentarse a la poderosa Hermione Granger en un duelo a muerte. ¿Será capaz de atacarla cuando ella intente asesinarlo? ¿Será capaz de morir bajo su varita para no hacerle daño?

-Yo no...

La muchacha detuvo su oración cuando pudo entrever las intenciones de su captor. Era demasiado maquiavélico, demasiado despiadado, demasiado inhumano. Incluso para él.

–No lo harías –quiso creer, sintiendo como la varita de Theodore Nott se le incrustaba en la sien.

Él reprimió una risa y le depositó un tortuoso beso en la mejilla.

–Mírame hacerlo murmuró cargado de resentimiento, firmando su sentencia con sangre-. ¡Imperio!

...

..

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Continuará…


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Nota de la autora: ¿Se lo esperaban?