- Todos los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, para su creación "Ranma ½", (a excepción de algunos que son de mi invención, y que se irán incorporando durante el transcurso del relato en una especie de "actores secundarios"). Esta humilde servidora los ha tomado prestados para llevar a cabo un relato de ficción, sin ningún afán de lucro.


"El salvaje caballo bajo un cielo escarlata"

"De no estar tú

Demasiado enorme

Sería el bosque".


Capítulo XXV

"Revelaciones"

El hombre había permanecido encerrado en su palacete desde que había recibido la orden del emperador de abandonar el palacio imperial.

Se encontraban en pleno invierno y aunque hacía frío en la capital, Soun Tendo había encontrado interesante el permanecer todas las tardes contemplando uno de los jardines de su palacete. Así lloviera, nevara o simplemente estuviera nublado, él abría las contraventanas de par en par y se sentaba mirando al jardín. Ni siquiera ante la insistencia de su más antiguo y apreciado lacayo el cortesano había querido dejar de realizar aquel extraño ritual día tras día desde que había regresado desde el palacio imperial por exigencia del mismísimo emperador.

Así era que Soun Tendo había encontrado una forma agradable y tranquila de pasar sus días de soledad y exilio en su residencia, rememorando el pasado, cuestionando sus decisiones, examinando su alma, temiendo el futuro que le esperaba a él y a su familia.

En su fuero interno, el experimentado cortesano sabía que con su accionar había hipotecado el favor imperial con el que hasta hacía poco tiempo había contado indiscutiblemente. El emperador ya nunca volvería a confiar ciegamente en él y aunque eso le dolía, no era lo que más le preocupaba ya que, en el peor de los casos y si llegase a perder totalmente el beneplácito del emperador, contaba con tierras y riqueza suficientes como para comenzar a labrar un futuro nuevo, aunque para ello se sintiera viejo y derrotado.

Las intrigas de la corte tendrían que esperar en un segundo plano puesto que ahora todas sus cavilaciones estaban dirigidas a sus tres hijas en territorio del shōgun.

Se preguntaba qué habría pasado con Nabiki ya que en una de las cortas conversaciones que había mantenido con el señor de Nerima antes de dirigirse junto a él al palacio imperial, éste le había contado que su hija permanecía en territorio del señor de Seisyun, pero no le había sabido especificar en qué condiciones se encontraba, ya que el daimyō solo había leído la carta que le había enviado Nabiki a su hermana menor Akane informándole de la situación reinante, pero no supo decirle si su hija se encontraba con bien. Soun Tendo sabía, como todos los que conocían al señor de Seisyun, que el señor Kuno era un fanático irascible, así que tenía buenas razones para estar asustado ante la posible reacción iracunda del daimyō si se enteraba o sospechaba que había sido engañado. Su hija, aquella que se había comportado como el heredero que nunca tuvo podía morir en manos del despiadado señor de Seisyun. El solo pensamiento de un desenlace similar le hizo estremecer de pies a cabeza.

Por otro lado estaba Akane quien se encontraba en peligro ya que su yerno le había puesto en conocimiento de la guerra que seguramente se estaría desarrollando en esos momentos. Sin embargo, el cortesano creía, o más bien se había obligado a creer, que su hija menor se encontraba en una situación un poco más favorable, ya que contaba con los guerreros de su esposo para defenderla, y, esperaba que prontamente también con las tropas de su majestad imperial. Sólo esperaba que la chiquilla tozuda e indomable no se expusiera por voluntad propia a los peligros que asechaban el dominio de su esposo, ya que él mejor que nadie conocía el carácter aguerrido de su hija menor. No, Akane debía librar con bien los obstáculos que la odiosidad de los señores de la guerra le habían puesto, así debía ser y seguramente él podría visitarla para pedirle perdón por todo lo que le había hecho padecer cuando todo volviera a la calma.

Y Kasumi, ¿vería una vez más a su hija mayor algún día? No sabía nada de ella y aunque todavía no podía perdonar todo el daño que había causado con su incomprensible y disparatado comportamiento, en el fondo de su corazón él sabía que si ella se presentara frente a su puerta de un momento a otro, él correría a abrazarla porque la extrañaba, porque le hacía falta y porque la quería.

El hombre abrió los ojos y en silencio levantó una plegaria, pero ésta vez no a los dioses, sino a su difunta esposa, para que ésta cuidara a sus tres hijas y él tuviera la oportunidad de abrazarlas una vez más, tal como cuando eran unas niñas pequeñas y corrían a buscar cobijo entre sus brazos.


Los acontecimientos habían sucedido demasiado rápido para el gusto del guerrero que se había convertido en el cabecilla de la reducida tropa que iba a cargo de la seguridad de la señora del dominio. Habían terminado separados en dos grupos cuando se percataron que la señora Saotome se encontraba herida y él se había cuestionado casi de inmediato si había sido una buena decisión exponerse a llevar a la señora del clan a la casa del lago, puesto que no sabía cómo reaccionaría la impredecible dueña del lugar. En ese momento solo había pensado en darle cobijo a una mujer herida que por lo demás, era la esposa de uno de los más importantes daimyōs del país. Lo cierto es que el extranjero no meditó mucho su propuesta, solo la hizo pensando en que sería lo mejor. La casa del lago se encontraba muchísimo más cercana que el castillo de Nerima de donde se habían detenido cuando habían descubierto que la señora del dominio se encontraba herida, pero ciertamente, debían adentrarse por territorios abandonados y que seguramente eran transitados por guerreros en busca de algún botín de guerra. Eso era conocido por todos quienes habían participado alguna vez en una batalla, sobre todo si la ciudad se encontraba totalmente deshabitada, puesto que toda la población había sido trasladada al sur del dominio tiempo atrás para salvar sus vidas, incluso él mismo había colaborado en el traslado.

Así fue que la pequeña tropa compuesta por dieciséis hombres incluyéndole a él, al monje guerrero y al guerrero llamado Daisuke, además de las dos mujeres que acompañaban a la señora de Nerima se había aventurado por los caminos que los llevarían a la casa del lago.

No fue necesario avanzar mucho para que a sus oídos llegara el sonido emitido por cascos de caballo y vieran materializarse a otra pequeña tropa que venía en sentido contrario al que ellos iban. Algunos de los hombres montaban a caballo, pero la mayoría venían trotando a pie. El extranjero rogó para que aquellos hombres que les salían al encuentro pertenecieran a las fuerzas del clan Saotome, sin embargo, pronto se dieron cuenta que la tropa estaba compuesta por hombres del clan Kuno. El extranjero detuvo el avance de su tropa e intercambió una mirada significativa con Shinnosuke y Daisuke, éste último fue el primero en reaccionar.

-Vete con ella –dijo el guerrero-. Devuélvete junto a las mujeres y un par de hombres, nosotros les alcanzaremos.

-Son demasiados –rebatió Mousse haciendo rápidamente un cálculo mental de los hombres que seguían avanzando-. Por lo menos unos treinta.

-Lo único importante aquí es la seguridad de la señora Saotome –intervino el monje-. Daisuke tiene razón, pase lo que pase debes protegerla a ella y llegar a un lugar donde pueda descansar.

-¿Todos saben dónde queda la casa del lago? –preguntó el extranjero.

-Sí, es un sitio conocido por todos –contestó Daisuke.

-Bien, nos vemos allá entonces –dijo girando al caballo para deshacer el camino ya recorrido-. Alcáncenos apenas puedan librase de ellos.

-Sí –dijo el monje-. Sólo asegúrate de cuidarla con tu vida.

-Así lo haré.

El extranjero avanzó y le dijo a las dos mujeres, así como a tres de los hombres que los acompañaban que le siguieran. A todo galope los seis caballos se alejaron del lugar.

Shinnosuke observó hacia atrás por un instante y luego volvió su atención hacia el camino. Los guerreros Kuno ya estaban muy cerca.

-Nuestro deber será no dejar que persigan al extranjero –le dijo a Daisuke-, y para eso es necesario acabar con todos ellos, aunque suframos pérdidas.

-Sí –contestó el aludido-. ¡Ya escucharon! ¡Debemos darle seguridad a nuestra señora y acabar con todos estos ladrones que deshonran la casta de los guerreros!

Y así fue que una pequeña escaramuza comenzó entre uno y otro bando, en el camino hacia el poblado de Nerima y con una desventaja palpable para los guerreros Saotome.

Mientras tanto, avanzando a gran velocidad montado en su caballo iba el extranjero cargando con el mayor cuidado del que era capaz el cuerpo de la señora Saotome, en la difícil situación en la que se encontraban. Había decidido bordear el camino que daba directo a la casa del lago y desviarse un poco para lograr su objetivo.

Cabalgaron por varias horas y en un absoluto silencio hasta que una sonrisa se formó en el cansado rostro del extranjero al reconocer las primeras casas del pueblo y percatarse que ya faltaba poco para cumplir con la misión de llegar con la importante dama a la que cargaba y otorgarle cobijo y seguridad.

Avanzaron por las calles vacías y fue entonces que una mueca de preocupación de instauró en el rostro del guerrero, ya que si le preguntaban, en sus planes nunca había estado hacer daño a la señora de Nerima, sino más bien salvarle la vida, pero mientras avanzaba con el cuerpo malherido de la joven en sus brazos, el guerrero extranjero se cuestionó seriamente si había estado en lo correcto al llevar y exponer a la esposa del señor de Nerima ante una persona que parecía odiar con todo su ser al daimyō en cuestión. Lo cierto es que Mousse se debatió todo el trayecto pensando en qué debía hacer en caso que a la señora de la casa del lago se le ocurriera aprovechar tan inesperada oportunidad para vengarse de su adversario a través de su esposa, y la respuesta siempre fue la misma en su cabeza, de tener que hacerlo, iba a enfrentarla asumiendo las consecuencias de todos y cada uno de sus actos.

Así cabalgó de forma rápida y decidida a la cabeza del grupo, cargando con la mayor delicadeza de la que fue capaz el cuerpo inerte de la esposa del señor de Nerima, rogando para que los dioses de aquel país que no era el suyo intervinieran en favor de la joven que yacía inconsciente entre sus brazos y pidiendo en su interior para que la dueña de la casa donde pensaba llevarla no antepusiera sus intereses personales y él se viera en la obligación de intervenir.

Mousse, el guerrero extranjero, como la gente solía llamarle, estaba confundido. Durante todo el tiempo que había pasado realizando la misión encubierta que le había encargado su verdadera señora, nunca pensó que los acontecimientos lo llevarían inexorablemente a simpatizar con la joven esposa del daimyō al que le habían encargado espiar. Lentamente la esposa del señor de Nerima se había ganado su admiración y respeto con sus actos, y, en secreto, él podía admitir que hasta le había tomado algo de cariño a la joven señora, por lo que no concebía que alguien le hiciera daño. No ahora que la había aprendido a conocer; no ahora que la admiraba por haberle demostrado a todos lo intrépida y valiente que era; no ahora que se atrevía a reconocerse así mismo que podía llegar a respetar a una mujer como cabeza de un clan de guerreros, porque la joven que yacía en sus brazos le había demostrado a todos que podía ser tan dulce y amable en tiempos de paz, como intrépida y audaz en tiempos turbulentos.

Sí, la joven señora de Nerima se había ganado todo el respeto del guerrero extranjero y allí, cuando ya tenía a la vista la casa en la que pensaba pedir ayuda, el guerrero juró que si llegaba a darse la situación, él defendería a la señora de Nerima, puesto que su señora podía vengarse de la forma que quisiese del señor Saotome, pero él no iba a permitir que ella utilizase a la joven que había comenzado a admirar en secreto, aunque eso significara oponerse a su verdadera dueña.

-No dejaré que pagues las culpas de otro, mi señora –susurró el joven guerrero aminorando el paso de su caballo-. No ahora que comprendo que el verdadero valor de un ser humano no está en esconderse y valerse de terceros para conseguir sus propósitos, sino que está en buscarlos y realizarlos por sí mismo. Gracias a ti lo entendí, mi señora. Ella no te hará daño para vengarse de tu esposo. No se lo permitiré.

El guerrero detuvo a su caballo y el resto de sus acompañantes hicieron lo mismo tras él.

Ukyo y Cologne se apresuraron en bajar de sus monturas para ayudar al extranjero con el cuerpo de Akane, ya que entendieron que habían llegado a destino, pero el extranjero no las dejó hacer. Mousse no quiso aceptar ayuda de nadie para bajar de su montura y finalmente descendió sólo y sin ayuda del caballo sosteniendo entre sus brazos a la joven inconsciente.

Con paso decidido avanzó cargando con delicadeza el cuerpo de la joven por el camino que llevaba al interior de la casa seguido de cerca por sus acompañantes y cuando llegó a la puerta, solicitó a uno de los tres hombres que iban con él que abriera la puerta destrozándola de ser necesario. El hombre obedeció, mas no fue preciso tirar la puerta ya que ésta cedió de inmediato dejando ver el oscuro interior de la casa.

-¡Hay alguien! –Levantó la voz el extranjero-. ¡Soy yo, Mousse! –dijo avanzando al interior con cautela.

El resto de los acompañantes del guerrero se internaron en la casa, observando todo alrededor hasta que Ukyo encontró una lámpara que procedió a encender.

Del interior de la casa se escucharon débiles pasos y dos siluetas comenzaron a materializarse alumbradas por la mortecina luz de una lámpara.

-¿De verdad eres tú, Mousse? –se escuchó una voz femenina, trémula y apagada, la que fue silenciada de inmediato por otra voz femenina, aunque ésta era potente y decidida.

-Calla –dijo la mujer deteniendo su andar y el de su compañera-. No vienes solo –acusó.

-Señora, necesito ayuda –contestó el joven acercándose un poco más a la dueña de la casa-. Tú ayuda y amparo.

-¿Quién es el herido? –preguntó de forma altiva.

-Herida –rectificó el joven-. La señora de Nerima se encuentra herida y me he prometido a mí mismo que la cuidaré con mi vida.

La advertencia estaba hecha y la señora de la casa así lo entendió, pero no pudo ocultar su impresión, puesto que la expresión de su mirada le demostró a Mousse que ella se había sorprendido por aquella declaración.

-Solo necesito que nos cobijes en esta casa hasta que encontremos la forma de que los médicos del castillo se puedan hacer presente para atenderla –terminó de decir el decidido guerrero.

La mujer asintió en silencio y luego volvió a hablar.

-Vamos a mi habitación –accedió, cediéndoles el paso a Mousse y a las dos mujeres que había visto ingresar con él-. Supongo que el resto son guerreros a los que no les permitiré el ingreso. Sólo tú y las mujeres, Mousse.

-Sí. Ustedes tres pueden quedarse aquí –dijo el extranjero avanzando por los pasillos de la casa seguido por cuatro mujeres.

La habitación les recibió luminosa y templada. Las lámparas se encontraban encendidas y en el centro había un brasero que calentaba la habitación.

Mousse se dirigió a uno de los costados en donde había desplegado un futón y allí depositó el cuerpo de Akane. De inmediato comenzó a quitarle la armadura para examinar la herida, pero Ukyo se escandalizó ante el atrevimiento del guerrero.

-¡Qué haces, idiota! –exclamó la doncella arrojándose cual felino a detener la mano que osaba tocar la indumentaria de su señora.

-¡Solo quiero saber en qué condiciones se encuentra! –contestó Mousse cuando la doncella lo apartó bruscamente del cuerpo de su señora-. ¡Es de suma importancia saber…

-¡Lo sé, pero no permitiré que un idiota como tú toque el cuerpo de mi señora! ¡Quítate! –ordenó.

El guerrero obedeció y se puso en pie solo para ser testigo de otro extraño suceso. La anciana nodriza había estado tan preocupada de su señora que no había prestado mucha atención a las mujeres que los habían recibido y no fue hasta que vio a Ukyo encargarse de Akane que no reparó en lo descortés que había sido, por lo que se volteó para presentarse debidamente y saludar a sus anfitrionas, pero no pudo emitir sonido alguno al contemplar el rostro preocupado de una de las mujeres que observaban la situación a una distancia prudente.

-No… -logró articular la anciana-. No puede ser cierto…

Ambas mujeres la miraron sin entender hasta que la anciana dejó caer su bastón al piso de la impresión.

-No puedes ser…

-¡La herida es profunda y sigue sangrando copiosamente! –exclamó Ukyo alarmada, interrumpiendo a la anciana-. Además, está ardiendo. ¡Cologne, debemos hacer algo rápido!

La anciana volvió su atención a la muchacha herida e inconsciente, sus preguntas debían esperar, ante todo estaba la salud de su pupila.

La dueña de la casa del lago salió rauda de la habitación dejando a los demás con la señora de Nerima para luego volver a ingresar cargando una pequeña caja.

-Es medicina, hōtan –dijo acercándose a la mujer postrada en el futón mientras hacía a un lado a la doncella de ésta-. Debemos bajarle la temperatura –declaró tocando la frente de la joven-. Ve a buscar agua fría y algunos paños, Mousse.

-No me moveré de aquí –sentenció el guerrero dirigiéndole una mirada significativa a la dueña de la casa.

Ella comprendió con sólo ver la expresión en el rostro del guerrero que él no confiaba en ella y lo que pretendía hacer con la joven esposa del señor de Nerima. Sonrió ante las sospechas del joven. Bien sabía ella que él la conocía tanto que tenía todo el derecho a sospechar de sus intenciones. Asintió con un movimiento de cabeza antes de volver a hablar.

-Entonces, que vaya la chica- expresó abriendo la caja que sostenía en sus manos.

Mousse asintió y le indicó a Ukyo que podía hacer lo que solicitaba la mujer. La doncella se puso en pie y comenzó a avanzar hacia la puerta.

-Acompáñala –solicitó Mousse de forma suave, casi amorosamente a la otra mujer que había permanecido en pie a distancia de ellos-. Por favor –sonrió de medio lado.

-Sí –respondió la chica devolviendo la sonrisa.

Al escucharla, Cologne dio un respingo y vio de soslayo cómo las dos mujeres hacían abandono de la habitación. Suspiró, ya tendría tiempo de hacer preguntas y averiguaciones, ahora solo importaba la salud de Akane y por todos los dioses que ella no iba a dejar que su pupila abandonara este mundo.


Nabiki Tendo no podía creer lo que había ocurrido frente a sus ojos y aun cuando había presenciado los hechos siendo protagonista de los mismos, todavía le parecía inverosímil encontrarse a salvo en la seguridad del castillo de Nerima.

Todo lo que había sucedido había ocurrido demasiado rápido para procesarlo de inmediato, sin embargo, ella estaba segura que era una realidad ya que ella lo había vivido en carne propia.

Cuando le habían informado en el castillo de Seisyun que el intercambio de esposas como ella había llamado al episodio se llevaría a cabo, ella quiso hacer algo para que éste no se realizara, pero nunca se le ocurrió qué podía hacer. Se encontraba encerrada y vigilada de cerca, en un lugar que no conocía bien y totalmente sola. Entonces se resignó a colaborar en el plan del señor de Seisyun y con el ánimo por los suelos dejó que la prepararan para interpretar su papel en la historia. Ya estaba todo perdido; ella sería utilizada como moneda de cambio, su hermana menor tendría que desposarse con el impredecible señor de Seisyun, ella tendría que volver a su palacio mordiendo la derrota que le había propinado un estúpido señor de la guerra y el nombre de su familia quedaría enlodado por siempre, su padre quizá nunca volvería a recuperar el favor del emperador y si eso sucedía, ella jamás podría ejecutar sus propios planes de regir sus propias tierras. La agobió ese sentimiento de pesar al ver que todos sus sueños y anhelos eran destrozados por un idiota que había contado con la fortuna de nacer varón y dentro de una familia de guerreros, pero Nabiki Tendo ya no podía hacer nada al respecto, solo resignarse ante la contundencia de los hechos, por lo tanto, se preparó para el encuentro con su hermana menor.

Lo que no imaginó nunca fue cómo terminaría aquel encuentro. Recordaba haber llegado dentro del palanquín que habían preparado para ella; la llevaban como una prisionera puesto que no le habían dejado ver nada en el exterior del palanquín, pero ella podía imaginar que se encontraba rodeada de guerreros, ya que a sus oídos llegaban fragmentos amortiguados de conversaciones mantenidas por hombres. No supo cuánto tiempo pasó desde que habían salido del castillo de Seisyun hasta que se habían detenido. Estuvieron bastante tiempo esperando, hasta que volvieron a poner en marcha el palanquín y llegaron a destino. Luego, fue una espectadora silenciosa pero atenta al plan desplegado por el clan Saotome.

Al principio no entendía nada de lo que en ese claro de un bosque ocurría y le costó mucho no demostrar su sorpresa al reconocer a su hermana comportándose como una sirvienta; luego, comenzó a vislumbrar todo con mayor claridad: era un plan, una estratagema que seguramente los adversarios del señor Kuno habían desplegado para ganar aquella estúpida guerra valiéndose para ello de la obsesión del mismísimo señor del clan de Seisyun. Quiso reír a carcajadas al darse cuenta de lo que ello significaba, porque el imprudente daimyō no se imaginaba lo que estaba a punto de suceder, mas no tuvo tiempo de cumplir aquel deseo porque fue instada de inmediato a escapar.

Subió con dificultad al caballo con la ayuda de uno de los guerreros Saotome y éste espoleó al animal para avanzar a toda velocidad, pero antes de alejarse totalmente de aquel lugar, pudo observar a lo lejos el momento exacto en que el señor de Seisyun era rodeado y capturado por los guerreros Saotome. Soltó una risa ahogada y luego se concentró en el camino que iban dejando atrás, tratando de recrear en su mente todos los detalles de aquel extraño encuentro, pensando en cómo lo haría Akane para alcanzarlos y por sobre todo, cómo terminaría aquel episodio.

Cuando llegaron al castillo después de haber cabalgado por horas sin descanso, el guerrero que la conducía la acompañó al interior del recinto. Allí, el joven explicó escuetamente a uno de los consejeros lo que había sucedido, la presentó ante él y la dejó para ir a encontrarse con el resto de la comitiva que había concurrido al encuentro con el señor de Seisyun, o al menos eso fue lo que dijo el hombre.

El consejero se mostró amable con la recién llegada y envió a buscar a las doncellas de la señora del castillo para que ayudaran a la hermana de ésta. Las dos chicas no tardaron en presentarse y para Nabiki fue un alivio ver dos rostros conocidos. Las doncellas saludaron a la señora con toda la solemnidad que requería el momento ya que ambas sabían que Nabiki Tendo distaba mucho de ser una mujer dulce como lo era su hermana Akane. La introdujeron al castillo, la escoltaron y la ayudaron a asearse, la vistieron con ropas de la señora del castillo y luego la acompañaron hacia uno de los salones en donde habían recibido órdenes del mismo consejero de llevarla cuando terminara de acomodarse.

Ya anochecía cuando Nabiki Tendo ingresó con total dignidad al recinto, encontrándose de frente con el hombre que la había recibido al momento de su arribo al castillo y con otra persona que no esperaba encontrar.

Observó con una mezcla de alivio y rabia a la mujer que permanecía con la cabeza baja a un costado del consejero que la observaba sonriente.

-Señora Tendo –dijo el consejero haciendo una breve reverencia-, las órdenes que recibí de su hermana, la señora Saotome, fueron las de reunirla con su hermana mayor y brindarle una estadía cómoda y agradable en el castillo hasta que ella pueda reunirse con ustedes.

La joven de castaños cabellos asintió en silencio sin dejar de observar a su hermana mayor y miles de pensamientos y emociones rondaron su mente en ese momento.

-¿Sabe algo de mi hermana o del señor de Seisyun?

-Nada todavía, señora Tendo. En cuanto sepa algo se lo comunicaré –dijo el hombre haciendo una nueva reverencia-. Ahora, si me disculpan debo volver a mis labores supervisando las defensas del castillo. La noche cae y creemos que las hostilidades de los Kuno se detendrán por hoy puesto que la misión al parecer ha resultado ser un éxito, pero debemos estar prevenidos.

-¿Quién planeó la estrategia? –preguntó Nabiki tratando de sonsacarle información al consejero.

-Su hermana, por supuesto –contestó el hombre-. Al principio nadie creyó que fuera capaz de reemplazar al señor Saotome a la cabeza del clan, pero ella ha demostrado ser una verdadera estratega. Enviaré a alguien a servirles la cena. Perdonará usted que no podamos ofrecerle un banquete como el que usted merece, pero estamos en guerra y…

-No se preocupe –interrumpió Nabiki-. Sólo le pediré que me mantenga enterada de lo que suceda con mi hermana y con el señor de Seisyun.

-Lo haré, pierda cuidado, señora Tendo.

Las hermanas por fin se encontraban solas y se observaron por unos momentos antes de hablarse. Kasumi sabía que era muy probable que su hermana menor la regañara y le enrostrara todo lo que había sucedido desde que había dejado el castillo de su padre para desposarse con un daimyō de Edo, lo sabía y ciertamente estaba dispuesta a afrontar todo eso porque creía que lo merecía ya que era ella la responsable de todas las dificultades que habían pasado sus hermanas durante aquellos meses.

A Nabiki no le resultaba fácil tener frente a ella a la culpable de todas sus vicisitudes, de todos sus sueños rotos, porque ahora estaba segura que su familia caería en desgracia.

-Así que estás bien después de todo –comentó sin un atisbo de compasión en el tono de su voz.

-Sí –contestó la mayor asintiendo levemente-. Akane me dio cobijo en el castillo de su esposo.

Nabiki cerró los ojos por un instante y luego no se contuvo en propinarle una sonora bofetada a su hermana mayor, quien tuvo que hacer un esfuerzo para no caer sentada en el piso de la habitación.

Kasumi la observaba con pesar tocando con su mano la mejilla castigada, pero no hizo ningún comentario para defenderse, ningún cuestionamiento o explicación salió de labios de la mayor de las hijas de Soun Tendo, sólo lágrimas dejó escapar; silenciosas lágrimas que sin embargo no lograron convencer a su enfurecida hermana menor.

-Akane no debió haberte dado cobijo, más bien debió mantenerte prisionera para que no volvieras a cometer otra estupidez como la que cometiste al escaparte con ese médico –escupió Nabiki conteniéndose apenas de propinarle un nuevo golpe a su hermana mayor.

Kasumi bajó la mano que mantenía en su mejilla y luego agachó la mirada clavándola en el suelo.

-¿Sabes lo que ha sufrido padre con todo esto? ¿Sabes lo que ha tenido que hacer Akane para mantenernos con vida a todos? ¿Sabes lo que he sufrido yo por tratar de encontrar una solución? ¿Pensaste alguna vez en las consecuencias de tus actos, Kasumi? –Nabiki se interrumpió y la observó en silencio-. Siempre creí que Akane nos metería en algún problema de proporciones por el carácter indomable que tiene, sin embargo, nuestra hermana pequeña ha demostrado ser una mujer inteligente, audaz y digna de toda mi admiración, en cambio tú… Yo te tenía como un referente, un modelo a seguir, según las palabras de nuestro padre, pero nos has decepcionado de la peor manera.

-Nabiki, yo… lo siento…

La aludida soltó una carcajada y luego suspiró.

-Lo sientes, así de simple. Tú lo sientes –la mujer guardó silencio por un instante-. No sé si pueda perdonarte alguna vez –expresó con rencor-, no sé si padre pueda hacerlo y ciertamente, no sé si Akane lo haya hecho, lo único que sé es que el nombre de nuestra familia quedó enlodado por tu comportamiento y si logramos salir con vida de esta estúpida guerra y regresar a Kioto, probablemente ya no gozaremos del favor imperial, así que ve haciéndote a la idea desde ya que nuestras vidas cambiarán, para bien o para mal y según lo dicte el mismísimo emperador.

La puerta se abrió en ese momento y por ella ingresó una sirvienta con algunas viandas. Luego de acomodar la mesa, hizo una reverencia y se retiró. Nabiki se sentó y observó con molestia a su hermana de pie a su lado.

-¿No vas a sentarte?

-No tengo hambre –contestó su hermana.

-Por lo menos deberías hacerme compañía mientras esperamos noticias de quien te salvó la vida.

Kasumi no contestó, sabía que de seguir la conversación con su hermana, ésta encontraría cualquier pretexto para recalcarle lo que había hecho, así que se sentó en silencio y así permanecieron ambas esperando noticias de Akane, hasta que el mismo consejero ingresó en la habitación con cara de aflicción.

-Señoras.

-¿Se supo algo de mi hermana? –preguntó Nabiki poniéndose en pie secundada por Kasumi.

-El señor de Seisyun fue ingresado en calidad de rehén al castillo de Nerima hace poco más de una hora, pero la señora Saotome…

-¿Qué le pasó a mi hermana? –preguntó Nabiki intuyendo que algo malo había sucedido.

-La señora Saotome fue herida. El chambelán del castillo, el maestro Happosai, acaba de llegar junto a otros hombres y me lo comunicó. A la señora Saotome la llevaron al pueblo porque no podía realizar el trayecto completo al castillo; según dice el señor Happosai, debemos esperar a que ellos envíen a alguien con la ubicación para enviar a los médicos del castillo y así puedan atender a tu hermana.

Las dos hermanas se observaron, la mirada de una de ellas reflejaba temor; la mirada de la otra rencor. En silencio Nabiki culpaba a Kasumi de lo que había pasado con Akane, en silencio la responsabilizaba de la herida que había sufrido su hermana menor, en silencio le reprochaba todas las vicisitudes que habían sufrido como familia desde que ella había decidido abandonar el compromiso adquirido con el señor de Nerima.

Y fue en silencio que esperaron durante esa noche a que el mensajero con la ubicación de Akane se hiciera presente para enviar a los médicos a curarla… pero ese mensajero nunca llegó al castillo de Nerima.


Las horas pasaban muy lento para aquellos que se encontraban encerrados en un lugar pequeño y sin comunicación al exterior. Al menos eso le parecía al encolerizado daimyō que habían capturado y llevado al castillo de Nerima.

Y es que simplemente para Tatewaki Kuno resultaba inverosímil estar encerrado en uno de los calabozos del castillo de Nerima, bajo la supervisión de varios soldados pertenecientes al clan Saotome y que ninguno de sus hombres hubiera ido a rescatarle todavía.

¿Qué pasaba con Taro que todavía no iba a buscarle? ¿Y sus aliados? ¿Dónde estaban esos estúpidos a quienes había obligado a unírsele contra el bastardo?

Él había comprado a muy buen precio su lealtad, ya fuera prometiéndoles riquezas y tierras o valiéndose de amenazas en contra de sus respectivas familias; sea como fuere, todos ellos se le habían unido en contra de su enemigo a cambio de algo, entonces, por qué todavía ninguno de ellos había concurrido a socorrerlo.

Era cuestión de invadir Nerima, atacar el castillo del bastardo y rescatarle; para eso se habían unido conformando un ejército el doble de grande que el que defendía el castillo del bastardo, entonces, por qué todavía no escuchaba gritos, ni agitación dentro del castillo de Nerima.

Deberían estar atacando el lugar y los habitantes del castillo deberían estar desesperados tratando de escabullirse de una muerte segura, a menos que… a menos que la chiquilla hubiera sido lo suficientemente inteligente para conseguir que esos idiotas se rindieran ante una mujer.

-Una mujer –murmuró el daimyō deteniendo su caminar al tiempo que su rostro adquiría una mueca de desprecio-. Una inmunda mujer que logró engañarme con una estratagema indigna de la esposa de un señor de la guerra. Esa estúpida mujerzuela es igual de despreciable que su esposo el bastardo.

Pasos se dejaron escuchar fuera del recinto en donde permanecía el cautivo daimyō; pasos apresurados de quien viene a comunicar algo urgente. El señor de Seisyun avanzó con rapidez hacia la puerta corredera para tratar de escuchar qué se decía afuera, sin embargo sólo escuchó murmullos de los hombres que le custodiaban, luego, la puerta se abrió bruscamente y él casi cae al suelo por el imprevisto movimiento.

-Quién diría que tan importante daimyō trataría de escuchar conversaciones de unos simples samurái detrás de una puerta –se burló uno de sus custodios.

-Tal vez se encuentre impaciente por conocer su destino –argumentó su compañero.

-¡Déjenme salir de este inmundo lugar! –exclamó el abatido daimyō-, ¡Ustedes no tienen derecho a mantenerme prisionero en este lugar!

-Tranquilo, señor Kuno –expresó el hombre que parecía ser el encargado de aquella pequeña guardia-. Se nos ha ordenado custodiarte y mantenerte a salvo incluso de ti mismo, pero quizá sea capaz de olvidar tal orden y decapitar al causante de la muerte de dos de mis hermanos y la de mi padre al enfrentarse en una batalla provocada por el imprudente señor de la guerra que se encuentra frente a mí.

Kuno retrocedió tres pasos, asustado por la mirada decidida de ese hombre ya que pudo darse cuenta de todo el odio y desprecio que destilaban esos ojos negros que permanecían clavados en su persona.

-¿Qué pretenden hacer conmigo? –preguntó con un hilo de voz pensando que sería ejecutado ahí mismo.

El hombre rió a carcajadas e hizo un movimiento de cabeza en negación.

-Ya te lo dije, nuestras ordenes son las de mantenerte custodiado y a salvo, pero si sigues comportándote como un niño llorón y maleducado, ten por seguro que seré el primero en solicitarle a nuestra señora acabar con tu vida y gustoso lo haré yo mismo.

-Pero… debe haber un rescate… mis hombres deben pactar una tregua para que yo vuelva a mi castillo.

-Quizá tus hombres no te tengan en tan alta estima como lo imaginas –sonrió el samurái-. ¿No le apodan el desquiciado entre las tropas? –preguntó a su compañero apuntando al señor de Seisyun con su dedo pulgar; su compañero asintió sonriendo-. Sólo te obedecen porque temen a Taro y si él no ordena rescatarte, entonces nadie lo hará –terminó de decir encogiéndose de hombros.

Kuno abrió mucho los ojos y su rostro palideció. El hombre tenía razón, Taro era el único que podía ordenar un rescate porque los hombres le obedecían, pero si todavía no se producía tal acontecimiento era porque algo raro estaba sucediendo.

-Ahora, quédate tranquilo y disfruta de la hospitalidad del clan Saotome.

-¿Qué hora es? –preguntó viendo que sus custodios estaban prontos a retirarse del lugar.

-Temprano para un desayuno, pero demasiado tarde para la cena –contestó el samurái cerrando la puerta y dejando al daimyō en la duda y la penumbra.

Tatewaki Kuno se dejó caer al suelo, sentándose con las piernas cruzadas en la estera de paja; observó la luz de la pequeña lámpara que permanecía encendida en un rincón y le pareció descubrir en aquella titilante llama la verdadera situación que estaba viviendo.

Había confiado en que Taro iría a rescatarlo apenas supiera de su destino; había confiado en que sus aliados montarían en cólera cuando descubrieran que había sido apresado por los Saotome y arrasarían con el dominio de Nerima para prestarle ayuda y así honrar su alianza; había confiado en que Sasuke se impondría ante todos como el consejero de más renombre del clan y lograría que persiguieran a sus captores.

-Temprano para un desayuno… pero demasiado tarde para la cena –murmuró empuñando sus manos con rabia contenida.

Era evidente que a Taro no le importaba lo que sucediera con él; era evidente que sus aliados habían encontrado una buena idea el abandonarlo a su suerte; y era evidente que no podía confiar en la diplomacia de Sasuke, puesto que el estúpido hombrecillo no se comparaba al astuto Gosunkugui. Maldijo a Taro por desleal; maldijo a sus aliados por traicionarlo; maldijo a Sasuke por inepto y maldijo a Gosunkugui por haberse dejado embaucar por una mujer, ya que si no fuera por eso, el consejero estaría todavía vivo y sirviéndole.

-Una mujer –escupió-. Una inmunda… mujer.

Rememoró el rostro desafiante de aquella mujer, los ojos vivaces y decididos, la voz autoritaria y demandante. Sonrió de medio lado y tuvo que reconocer que Akane Tendo tenía todo para poner a sus pies a cualquier hombre y la odió por eso, porque sabía que de salir con vida de aquella prisión y volver a su dominio, ya nada podría hacer para llevársela. El bastardo no se lo permitiría, ni a él ni a nadie.

Tarde hizo tal descubrimiento.

Tarde, porque ahora se encontraba en las manos de aquella mujer y solo ella decidiría su futuro inmediato.

El señor de Seisyun dejó caer todo su peso de costado en la estera de paja y se abrazó a sí mismo, flexionando sus rodillas. Así decidió esperar el destino que los dioses habían dispuesto para él, los dioses y aquella mujer que venía a desafiarlo con esa decidida mirada cada vez que cerraba sus ojos.


La dama del castillo se encontraba en sus aposentos cuando fue alertada por una de sus doncellas que había un mensajero esperando por ella. La mujer se dirigió con parsimonia hacia la puerta y luego de apartar de un empujón a la doncella, caminó para recibir el mensaje destinado para ella.

Cuando llegó frente al mensajero, una mueca de desagrado adornó su joven rostro, ya que pudo comprobar que el sujeto que permanecía arrodillado frente a ella se encontraba desaseado, con sus ropas sucias y salpicadas de sangre reseca; a la joven no le pareció una buena forma de presentarse ante ella, mas no emitió comentario alguno, puesto que sabía que se encontraban enfrentados en una guerra y seguramente el hombre tenía la misión de entregar un importante mensaje, de lo contrario no estaría allí.

-¿Qué quieres? – dijo la mujer sin siquiera saludar al hombre.

-Me enviaron con la misión de entregarte esta misiva, mi señora –contestó el aludido sin levantar el rostro, extendiéndole un trozo de pergamino arrugado y manchado.

La dama del castillo observó esa mano sucia y herida que temblorosa sostenía el pergamino y no pudo reprimir un gesto de profunda repulsión al momento de arrebatarle de mala forma la misiva al guerrero.

-Está bien, ahora puedes retirarte –ordenó tomando con la punta de sus dedos el ajado pergamino.

-¿Mi señora enviará una respuesta a la misiva? – quiso saber el hombre.

-Espera afuera –contestó la mujer-, te avisaré si es necesario que aguardes por una respuesta. Ahora vete.

-Sí, mi señora.

El hombre se retiró y la joven se estremeció de pies a cabeza. No le gustaba recibir a los guerreros de su hermano y mucho menos si esos guerreros eran incapaces de presentarse en óptimas condiciones ante ella, una mujer acostumbrada a los lujos y la opulencia. ¿Era mucho pedir que el individuo al que enviaba su hermano se aseara un poco antes de concurrir a su presencia? Y es que simplemente Kodachi Kuno parecía vivir en un mundo paralelo, su propio mundo bajo sus reglas y condiciones. Ella sabía que estaban en guerra, pero no comprendía los alcances que eso significaba ya que nunca nadie la había instruido en el tema. Su hermano solía llegar sin ningún rasguño después de enfrentar alguna batalla e incluso olía bien y ella consideraba que todos sus hombres debían seguir su ejemplo. Para una mujer como Kodachi Kuno, que nunca había visto un enfrentamiento de cerca, la guerra seguía siendo poética, en donde los guerreros luchaban pero no había sangre, ni sudor, ni suciedad, sin embargo, algo le decía que ahora conocería el verdadero rostro de la guerra, porque ese mensajero distaba mucho de los gallardos e invencibles guerreros que aparecían en las leyendas.

La mujer hizo una mueca y enfocó su mirada en el pergamino, éste venía sellado, pero el sello no era el de su hermano, sino el de otro daimyō; ella supuso que su hermano estaría muy ocupado para dirigirle una carta y que por ello le había pedido a uno de sus aliados que le escribiera, así que con calma rasgó el sello y extendió el pergamino en sus manos. La carta era escueta y concisa, por lo que al leerla Kodachi Kuno estuvo a punto de perder la estabilidad y caer al suelo de la impresión. La joven señora se arrodilló lentamente para sentirse más segura y volvió a leer la misiva; de inmediato su rostro palideció y su cuerpo comenzó a temblar, lo que le informaban no podía ser cierto porque su hermano mayor le había asegurado que con la estrategia que desplegarían todos se beneficiarían ya que él recuperaría a la que debía convertirse en su esposa, las tierras del señor Saotome quedaría a disposición de los hermanos Kuno, y Tatewaki le había prometido que cuando llegara su enemigo, él sería benevolente y le cedería un pedazo pequeño de terreno en donde podría construirse un pequeño palacete, siempre y cuando aceptara desposarse con su hermana Kodachi y no volver a reclamar lo que a los Kuno les pertenecía. La estrategia era perfecta: reunirse con la usurpadora, capturarla, derrotar a los guerreros Saotome, recuperar el dominio de Nerima y luego, obligar al señor Saotome a aceptarla como esposa; nada podía salir mal, entonces…

-¿Cómo fue que te dejaste capturar, hermano? –se preguntó la mujer arrugando el trozo de pergamino que conservaba en sus manos-. Sólo debías atraparla y el resto dejárselo a tus hombres y ahora…

Volvió a enfocar su vista en la carta y una mezcla de rabia e impotencia la envolvió. La carta estaba firmada por el señor Sanzenin, aliado de su hermano, y en ella el daimyō le informaba escuetamente que estuviera preparada porque los guerreros Saotome habían capturado al señor Kuno y que lo mantenían prisionero en el castillo de Nerima, pero que lo más grave del asunto era que al parecer el comandante de los guerreros Kuno no tenía intenciones de rescatar a su señor, ya que había dado la orden de esperar al amanecer para contraatacar a las fuerzas del clan Saotome. El amanecer ya había pasado hacía horas y ella sólo podía imaginar los motivos que había tenido el hombre de confianza de su hermano para hacer algo semejante y sólo una opción cabía en su cabeza: traición. El maldito de Taro debía estar tramando algo para su propio beneficio, de lo contrario no hubiera retrasado el rescate de su hermano.

-El verdadero traidor resultó ser Taro y no Gosunkugui –murmuró la dama-, y Tatewaki no pudo vislumbrarlo a tiempo.

Hizo con el pergamino una bola y lo arrojó lejos de ella; de sus ojos comenzaron a brotar lágrimas de impotencia y un grito iracundo escapó de sus labios mientras azotaba el suelo con ambas manos.

Todas sus esperanzas por convertirse en la señora Saotome habían muerto y ahora no sabía qué esperar de aquella situación, porque se daba cuenta que estaba sola y sin protección. Sea cual fuera el bando que ganara esa guerra, ella no tendría ninguna importancia y sería desechada como una ropa vieja.

Buscó entre sus vestiduras hasta que encontró un pequeño recipiente de bambú, lo observó en su mano y sonrió entre lágrimas.

-Llegado el momento será lo mejor –dijo con convicción-. Si no puedo obtener a Ranma Saotome, prefiero morir.

La joven obsesionada con el señor de Nerima volvió a guardar el recipiente y se puso de pie, decida a acabar con su vida antes de verse despojada de su único sueño.


La anciana nodriza y el guerrero extranjero se habían obstinado en permanecer junto a la señora Saotome durante toda la noche. La primera había aducido su cercanía con la dama desde su mismo nacimiento para permanecer a su lado, y el segundo había argumentado que, en caso de producirse cualquier situación extraña, él estaría preparado para esconderse o escapar con la joven dama herida, puesto que a medida que pasaban las horas, él ya había perdido toda esperanza de que los guerreros a los que había dejado atrás volvieran sanos y salvos.

Así pues, ambos se quedaron velando el sueño intranquilo de la señora del dominio enviando a Ukyo y a los tres guerreros que les acompañaban a descansar después de un día agitado. A regañadientes la doncella de Akane aceptó irse a dormir junto a la otra chica que habitaba en la casa del lago, y a regañadientes los tres hombres hicieron lo propio, claro que con la salvedad que ellos dispusieron de turnos para su descanso; no querían que en un eventual ataque por parte de guerreros Kuno les pillaran desprevenidos.

En tanto, la dueña de la casa del lago se negó a retirarse de aquella habitación, ya que tampoco quiso perderse detalle de la evolución en el estado de salud de su huésped.

La habitación solo se encontraba iluminada escasamente por una lámpara, dándole un aspecto lúgubre al lugar y fue allí que pasada la hora del tigre, y, aprovechando que la dueña de la casa se ausentó por un momento para avivar el fuego del bracero, la anciana nodriza se atrevió a realizar la pregunta que desde que había llegado a ese lugar tan extraño había querido hacer.

-¿Desde cuándo conoces a la dueña de la casa? –dijo en un susurro cambiando el paño mojado que tenía Akane en su frente.

-Desde hace muchos años –contestó escuetamente el extranjero.

-Y la joven que vimos cuando llegamos, ¿es familiar de ella?

-No –dijo secamente el joven visiblemente incomodo-¿Por qué lo preguntas?

-Sólo curiosidad –dijo encogiéndose de hombros-. Ellas no se parecen, sin embargo, la joven le muestra un gran respeto y permaneció aquí, a sabiendas que enfrentábamos una guerra y que se les ordenó a todos los habitantes del dominio hacer abandono de sus casas para refugiarse en el sur. Creo que sólo alguien que esté emparentado por la sangre o sienta una lealtad muy grande hacia otra persona sería capaz de arriesgar su vida por esa persona.

-Ella le debe mucho a la señora de esta casa, al igual que yo –contestó Mousse observando con precaución a la anciana, sin embargo, algo le decía que debía confiar en ella y que podía contarle parte de su historia sin temer el ser juzgado-. La señora de esta casa nos salvó la vida.

-¿Cómo? –quiso saber la anciana.

-Llegué del continente siendo un niño de once años y perdí a mis padres a temprana edad. Fui salvado por una familia de ninjas y me llevaron a su aldea en donde aprendí muchas de sus técnicas de combate. En uno de los trabajos que le encargaron a la aldea de mi familia adoptiva, conocí a la chica que viste cuando llegamos. Yo tenía quince años y ella tenía diez cuando se vio envuelta en el ataque que perpetramos al castillo de un gran señor de la guerra. Nuestra misión era acabar con todos los habitantes del castillo, incluyendo a la servidumbre… nadie sobrevivió, salvo ella.

-Intuyo que… también mataron a sus padres.

-Sí. –el guerrero no percibió el estremecimiento que provocó esa afirmación en el cuerpo de la anciana y continuó hablando-. Ella era la hija de una sirvienta y de un guerrero de bajo rango. Yo la encontré agazapada tras un camastro cuando me enviaron a prenderle fuego a todas las habitaciones del castillo y bueno… yo era sólo un niño, fui incapaz de matarla, así que la llevé conmigo y convencí a mi familia adoptiva para quedarnos con ella. Así podríamos entrenarla o bien, ocuparla en misiones menores e inclusive asignarle las tareas de una sirvienta. Al poco tiempo, la aldea en donde vivíamos fue atacada y yo logré escapar con ella. Deambulamos por cerca de dos años, viviendo de limosnas, de los pequeños trabajos que la gente me ofrecía y de lo que yo podía cazar, hasta que mi camino se cruzó con el de la dueña de esta casa. Para ese entonces, yo contaba con diecisiete años y la señora de la casa del lago era una joven de diecinueve años que ya ostentaba la fama de una cotizada geisha. Ella vio que yo podía serle de utilidad manteniendo a sus amantes a raya, protegiéndola y sirviéndole en todo lo que ella ordenase; a cambio, yo recibiría comida y un techo para mí y para mi protegida. Así hemos sobrevivido hasta ahora, al amparo de mi señora.

El joven permaneció en silencio con su mirada perdida en un punto fijo al frente de él, rememorando ese pasado que lo mantenía atado a la señora de la casa del lago ya que él sabía que le debía la vida. Cologne cerró los ojos por un instante para no delatar el desasosiego que provocaba en su alma la historia que acababa de escuchar.

-Ella… la chica… -titubeó-, ¿ella trabaja para la señora de esta casa?

-No –respondió Mousse mirando directamente a su interlocutora-. Ése fue el trato, yo hago todo lo que mi señora me ordena a cambio de un lugar en donde le brinde protección a la mujer que amo –reconoció sin titubear-. Sólo tengo que… ayudarle en una última misión que me ha encomendado y podremos ser libres de nuestro pacto, aunque no estoy seguro de poder conseguirlo.

-¿Qué misión?

-Eso no puedo decírtelo, anciana.

-¿Cuál es el nombre de tu amada?

El joven estaba a punto de contestar cuando la dueña de la casa abrió la puerta corredera.

-Mousse, ¿puedes ayudarme con esto?

-Sí.

El joven se levantó, tomó el bracero y lo dejó en el medio de la habitación.

-¿Cómo está? –cuestionó la recién llegada.

-Sigue sumida en un sueño intranquilo y delira de vez en cuando –contestó Cologne.

-Debemos darle otra dosis de hōtan.

-Sí.

Allí permanecieron los tres por el resto de la noche, esperando a que el estado de salud de la señora del dominio no se agravara y que al despuntar el alba pudieran enviar a alguien al castillo de Nerima solicitando la ayuda de un médico.

No hubo más conversaciones por esa noche, pero para la anciana Cologne estaba claro que la chica que permanecía en una de las habitaciones de aquella casa de entretención, era su nieta. Lo había sabido apenas la había visto puesto que la chica era el vivo retrato de todas las mujeres de su familia.

El amanecer ya se había hecho presente y a esa temprana hora la lámpara que había permanecido encendida durante toda la noche ya había extinguido su amarillenta luz.

La joven señora del dominio de Nerima había pasado una mala noche producto de la fiebre, el dolor causado por la herida recibida y el cansancio; sufriendo de delirios, no había dejado de pronunciar el nombre de su esposo en sueños y sólo cuando la dueña de la casa del lago o su nodriza lograban bajar la fiebre valiéndose para ello de compresas húmedas, la joven parecía poder descansar un poco.

Al principio, la anciana nodriza desconfiaba de los cuidados que le prodigaba a su señora una mujer que para ella resultaba ser una extraña, pero al final había aceptado compartir el cuidado de la enferma al comprobar que la mujer de exótica cabellera realmente parecía saber lo que estaba haciendo para aliviar los padecimientos de Akane y porque el guerrero extranjero le había jurado que él no dejaría de velar el descanso de su señora. Así fue que la dueña de la casa del lago junto a la anciana y al extranjero habían sido los únicos testigos de las alucinaciones de la joven dama, intercambiando sólo una mirada preocupada cada vez que la muchacha se alteraba y llamaba a su esposo en sueños.

El extranjero sólo observaba desde su posición sentado a los pies del futón, cómo la dama de la casa del lago atendía a la señora de Nerima e iba en busca de agua fresca cada vez que la anciana lo creía necesario, pero sólo eso. Ninguno de los tres había vuelto a hablar luego de la breve conversación que Cologne había mantenido con el guerrero y tampoco lo harían con la llegada de la mañana, puesto que los tres parecían estar sumidos en sus propios pensamientos.

Para el extranjero no había pasado desapercibido que durante toda la noche y cada vez que la dama Akane se inquietaba y hacía mención del señor de Nerima, la dueña de la casa fruncía el ceño y contenía una mueca de disgusto, como si el solo hecho de escuchar aquel nombre la hiriera en lo más profundo de su ser. El joven se preguntaba en su interior como tantas otras veces lo había hecho anteriormente el porqué del odio que parecía profesarle la dama de la casa del lago al señor de Nerima, sin saber que ese mismo día le sería revelado aquel misterio.

Recién habían iniciado la hora del dragón cuando Ukyo concurrió a la habitación en donde permanecía Akane para enterarse de su estado de salud y relevar a las mujeres para que éstas descansaran, pero Cologne le indicó que lo mejor que podía hacer sería alimentarse, alimentar a los guerreros que hacían guardia afuera de la casa y luego ver qué iban a hacer para ir en busca de ayuda al castillo; el extranjero estuvo de acuerdo y la joven doncella se retiró a regañadientes de la habitación, con la indicación de ir en busca de la otra chica que permanecía en la habitación contigua para que le ayudara con los alimentos.

La dueña de la casa del lago aprovechó aquel intervalo para levantarse de su lugar al lado del futón y buscar un lazo con el que pudiera amarrar sus cabellos que hasta aquel momento habían permanecido sueltos a su espalda. No había pasado mucho tiempo desde que había vuelto al lado de la señora del dominio para revisar que la herida no se hubiera vuelto a abrir, cuando sintió un débil toque en su brazo derecho. Observó fijamente el rostro de la joven mujer y ésta última le devolvió una mirada soñolienta, luego sonrió débilmente.

-Ranma –susurró.

-No debes esforzarte, mi señora –contestó la sorprendida mujer.

-Sabía que… volvería a verte –dijo la joven presionando un poco más el brazo de su cuidadora-, aunque fuera por última vez.

-Me confundes con tu esposo, mi señora –acusó la mujer alarmada tocando la frente de su huésped al tiempo que trataba de esquivar sus ojos.

La joven frunció el ceño y pareció decepcionarse antes de hacer otro esfuerzo por hablar.

-Sin embargo –se interrumpió y suspiró-, tus ojos… son los de él…

La mujer se estremeció e hizo el intento de alejarse del lado de la joven herida, pero Akane la tenía tomada de su brazo derecho, por lo que ella sólo volvió a observarla sin percatarse de la mirada estupefacta que le dedicaban tanto el extranjero como la anciana. Y es que para Mousse ahora todo estaba tomando mayor claridad, por fin se estaba haciendo una idea de la verdad que escondía su señora, mientras que para la anciana resultaba evidente que la señora de la casa del lago tenía algo que ocultar.

-¿Quién… eres? –cuestionó la joven dama del dominio cerrando sus ojos por el esfuerzo realizado.

La dueña de la casa mordió su labio inferior y observó a Mousse quien la miraba fijamente, luego, las tres personas que se encontraban cuidando a la enferma se alertaron, ya que Akane pareció desvanecerse y comenzó a quejarse del dolor.

-Vuelve a tener fiebre –dijo la dueña de la casa-. Hay que bajársela.

-Yo puedo hacerlo –contestó la anciana encargándose de cambiar las compresas húmedas que permanecían en la frente de su joven señora-. Ahora bien, me gustaría que me dijeras la verdad.

-No te entiendo, anciana –dijo la mujer.

-La señora Saotome te hizo una pregunta y aunque ha perdido el conocimiento nuevamente, a mí me gustaría saber quién eres en realidad ya que las apreciaciones que hizo mi señora son reales.

-La señora Saotome tiene razón –dijo el extranjero apoyando a la anciana nodriza-. Ahora me doy cuenta; si tus cabellos fueran negros y no rojos, serías idéntica al señor de Nerima, mi señora.

-No sé de qué hablan. Ella estaba delirando, Mousse.- Trató de defenderse la mujer.

-Dime quién eres –insistió Cologne.

La mujer la observó por un instante y luego suspiró.

-Tenemos que darle otra dosis de hōtan para bajarle la temperatura con mayor rapidez–declaró tratando de salir de esa situación.

-Responde mi señora, así aclararás las dudas de la señora Saotome, de su nodriza y de paso, las mías también –cortó Mousse de forma desafiante-. Creo que después de todo lo que he hecho por ti, es lo mínimo que merezco, mi señora.

La dueña de la casa del lago se sintió acorralada, y, segura de que no podría esquivar por más tiempo los cuestionamientos de los presentes en aquella habitación se decidió a hablar de una vez. Cerró los ojos y una leve arruga se logró apreciar en su entrecejo, luego, apretó sus puños y soltó el aire de sus pulmones antes de emitir algún sonido.

-Mi madre fue la campesina escogida por el padre del esposo de la señora de Nerima para concebir a su heredero –escupió como si cada palabra que saliera de su boca la estuviese quemando-. Cuando ella entregó al recién nacido a Genma Saotome, él ordenó su ejecución dejándome huérfana, ya que mi padre había muerto unos años antes. Yo tenía nueve años recién cumplidos cuando todo sucedió.

El silencio reinó por unos momentos en la habitación.

Cologne había dejado de atender a su señora y se encontraba impactada por tal revelación; ella conocía la historia, la misma Akane se la había contado tiempo atrás, cuando el señor de Nerima se había sincerado con ella, pero ninguna de las dos hubiera imaginado nunca que el señor del dominio pudiera llegar a tener una hermana porque al parecer, él no lo sabía.

Para Mousse, ahora estaba claro el motivo por el cual la señora de la casa del lago sentía tanto odio hacia Ranma Saotome, después de todo, el señor de Nerima sin quererlo había despojado a su señora de todo lo bueno que alguna vez había tenido, haciendo que ella tuviera que arreglárselas desde muy pequeña para sobrevivir sin la protección de una familia.

-Ahora debes hacer que la señora Saotome tome la medicina, anciana –declaró la mujer entregándole el envoltorio a Cologne para posteriormente ponerse de pie sin mirar a ninguna de las tres personas que permanecían con ella en la habitación-. Iré a ver qué sucede afuera.

-Tu secreto no será revelado por mí si tú así no lo quieres –le dijo Cologne al verla avanzar hacia la puerta.

La mujer no contestó, sólo hizo un leve asentimiento con la cabeza.

-Su hermana –musitó Akane, quien pese a su desvanecimiento previo había logrado escuchar la confesión de la señora de la casa. Haciendo un esfuerzo abrió los ojos buscando la mirada de su nodriza.

-Calma, mi señora –contestó la anciana acercándose un poco más al lado de Akane-. Debes recuperarte y luego podrás cuestionarla. Para ella debe haber sido muy difícil revelar ese secreto. Déjala descansar porque ella cuidó de ti toda la noche y ahora lo que menos queremos es que tu salud se agrave. Deberías descansar tú también.

Akane asintió levente mirando a su nodriza y al extranjero

-Es… la hermana de mi esposo…

-Sí –asintió Mousse-, y al parecer sólo nosotros lo sabemos. Es mejor que siga siendo así hasta que tú te recuperes, vuelvas a ver a tu esposo y le informes de la situación.

La joven pareció quedarse sin fuerzas y finalmente cayó en un sueño profundo, momentos después, la anciana nodriza volvió a hablar.

-Él no lo sabe –le dijo al extranjero-. El señor de Nerima no sabe que tiene una hermana.

-Y tú no vas a decírselo, ¿verdad?

-No. Eso es algo que sólo les atañe a ellos.

-Bien.

-Una última pregunta –dijo la anciana mirando de soslayo al extranjero-. No me dijiste el nombre de tu protegida.

-Shampoo –contestó-, ese es el nombre que le dieron en la aldea de ninjas, su verdadero nombre lo desconozco, ella nunca quiso revelármelo.

-Entiendo.

La anciana asintió y pronto vio cómo ingresaba en la habitación de forma decidida la joven doncella de Akane.

La anciana se encontraba demasiado perturbada por la información que durante aquella jornada le habían revelado, por lo que tardó en prestarle atención a la joven que parecía muy agitada.

-Llegaron tres de los hombres que dejamos en el camino- dijo Ukyo apresuradamente.

-¿Y el resto? –consultó Mousse observando a la doncella con preocupación, ella hizo un frenético movimiento de cabeza en negación.

-Los demás perecieron en el enfrentamiento con la tropa de guerreros Kuno. El monje está malherido, al igual que sus compañeros. Una familia les dio cobijo durante parte de la noche y luego los acompañó hasta acá.

-¿Una familia? –preguntó el extranjero con curiosidad-. ¿No se supone que todas las personas fueron evacuadas?

-Todas, a excepción de los paria.

-Esa gente no se acerca a los guerreros ni a ninguna otra persona que no provenga de su propia casta, les está prohibido –declaró Cologne interviniendo por primera vez en la conversación-. ¿Debo suponer que tuvimos la suerte de que la familia a la que te refieres sea la misma que encontramos camino al Templo del Ruiseñor meses atrás?

-Supones bien –contestó Ukyo-. Gracias a la bondad de mi señora para con ellos aquella vez, ellos decidieron ayudar a los guerreros Saotome y están dispuestos a ir en busca de ayuda al castillo.

-Los matarán si se acercan solos al castillo y dudo mucho que de salir con vida en una misión semejante les dejen hablar con Happosai –dijo Cologne.

-¿Entonces, qué hacemos? –cuestionó Mousse.

-Contamos con cuatro hombres en óptimas condiciones…

-Yo no me moveré ni un palmo de este lugar –sentenció Mousse observando a la anciana de forma amenazante.

-¿Temes que algo le suceda a la señora del dominio al permanecer en compañía de la dama de la casa del lago? –preguntó de pronto Cologne sin observar el semblante inquieto del guerrero.

-No –mintió el extranjero-, pero soy el único que conoce esta casa y sus alrededores a la perfección. Si los guerreros Kuno llegasen a incursionar por estos lados, creo ser el único que está en condiciones de escapar con la señora del dominio hacia otro refugio.

-Hum –asintió la anciana nodriza enjugando la frente de su señora con un paño húmedo-. Puede que tengas razón.

-Iré yo -habló Ukyo-. No contamos con muchos hombres, así que le pediré al padre de la familia que trajo a los heridos y a uno de los guerreros que me acompañen hasta llegar al castillo de Nerima. Una vez allí, acompañaré a los médicos de vuelta a esta casa puesto que ya no será una persona a la que tendrán que atender, sino a cuatro. Eso, si el chambelán no dispone otra cosa.

-¿Estás segura que quieres hacerlo, Ukyo? El camino es peligroso, está lleno de guerreros que se dedican al pillaje como los que encontramos ayer y la batalla se debe seguir desarrollando en las cercanías del castillo –dijo Cologne conociendo desde ya la respuesta favorable de la joven.

-Todos se han arriesgado por mi señora, es hora de que yo también lo haga –sentenció la joven-. Sólo les encargo que la cuiden y la protejan hasta que yo vuelva con la ayuda.

-Pierde cuidado –contestó Mousse-. Protegeré a la señora de Nerima con mi vida.

-Te acompañaré para organizar a los hombres y ver el estado de los heridos ya que este joven se ha convertido en el guardián personal de mi señora y al parecer no pretende moverse de su lado.

El extranjero le dedicó una sonrisa torcida a la anciana, quien le devolvió el gesto. Luego, ambas mujeres salieron de la habitación para realizar los preparativos del viaje de regreso al castillo de Nerima.

Dentro de la habitación quedó solo el extranjero observando el rostro pálido y perlado de sudor de la joven tendida en el futón; entonces, elevó una oración en silencio al buda misericordioso por la joven señora para que pudiera resistir hasta la llegada de los médicos, elevó una oración por la escueta comitiva que tenía por misión traer la ayuda para que no encontrara ningún contratiempo en el camino, elevó una oración por los heridos que habían llegado a la casa del lago, así como por los muertos; y también elevó una oración por la señora de la casa del lago, para que fuera lo que fuera lo que pensaba hacer, no resultara lastimada. Ahora que conocía la verdad, su preocupación por la mujer que tanto le había ayudado se acrecentaba en su corazón.


Después de una breve reunión sostenida por quienes se encontraban en condiciones de realizar el camino hacia el castillo de Nerima para solicitar ayuda, se había decidido que irían solo cuatro personas en aquella misión.

Así fue que la doncella de Akane partió aquella mañana, acompañada por uno de los guerreros Saotome y por el padre y el hijo de la familia de parias que les habían prestado ayuda. Habían decidido ir a pie por sugerencia del hombre que les había ayudado puesto que él les había convencido que les resultaría más fácil esconderse de los posibles enemigos que encontraran en el camino. Él y su hijo sabían muy bien cómo pasar desapercibidos y les llevarían por rutas seguras sin llamar la atención de posibles guerreros rezagados. Así que, si bien es cierto los guerreros Saotome pensaban que realizando la travesía a caballo llegarían con mayor prontitud y podrían escapar de un posible ataque, también era cierto que no poseían los hombres suficientes como para repeler un ataque, ya que sólo acompañaría un guerrero a la escueta comitiva, así que la mejor opción sería esconderse y realizar el trayecto con cautela. Todos concordaban en que debían ser muy cuidadosos, puesto que el único objetivo era llegar al castillo de Nerima y volver con ayuda lo más pronto posible.

Fue así que emprendieron el viaje, escondiéndose entre el bosque y los campos de cultivo. Empapados y embarrados hasta los huesos por las inclemencias del clima, tuvieron que sortear muchos obstáculos y en una ocasión, se encontraron de frente con dos sujetos que se dedicaban al pillaje. El guerrero que les acompañaba acabó con uno de ellos asestándole un limpio golpe con su sable; el otro corrió igual suerte gracias a que el padre y el hijo de la familia de parias se valieron de piedras que fueron arrojadas con precisión hacia la cabeza del hombre y luego, Ukyo tuvo la sangre fría de cercenar la cabeza del hombre con un movimiento rápido y efectivo de su naginata. La muchacha sólo pensaba en llegar al castillo de Nerima y volver con los médicos que atenderían a su señora, y no iba a permitir que nadie le impidiera conseguirlo.

El trayecto cada vez se tornaba más pesado y el pequeño grupo no lograba acercarse con la rapidez que hubieran querido a su destino final ya que habían tenido que desviarse varias veces del camino más directo, ya fuera por los guerreros Kuno que pululaban por doquier, por los obstáculos que habían puesto los propios guerreros Saotome cortando los caminos para evitar el avance de los Kuno o bien, por las propias inclemencias de la naturaleza.

Calculaban que se encontraban prontos a pasar la segunda hora del gallo cuando el guerrero Saotome que comandaba el grupo les hizo una seña para que detuvieran su avance y se escondieran a la orilla del camino. Estaban cerca del castillo cuando vieron materializarse a un guerrero solitario que se acercaba raudo por el camino cercano, luego, el guerrero se bajó de su caballo de un salto y se introdujo en una casa cercana dando un fuerte golpe en la puerta de entrada para arrancarla de cuajo. Lo vieron salir con la misma rapidez que lo habían visto ingresar y subirse a lomos de su caballo con prestancia. Fue ahí cuando Ukyo le reconoció.

-¡Es el señor Saotome! –exclamó sin poder contener su sorpresa.

-Tienes razón –contestó el guerrero que la acompañaba levantándose con rapidez desde donde habían permanecido los cuatro agazapados-. ¡Señor Saotome! – gritó avanzando con dificultad hacia el camino al observar que su señor empezaba a avanzar en sentido contrario- ¡Mi señor!

-¡Señor Saotome! –gritó Ukyo avanzando al igual que lo hacía el guerrero a su lado- ¡Señor Saotome!

El señor de Nerima detuvo a su montura y le hizo girar sólo para ser testigo de la carrera que emprendían cuatro personas en su dirección. Divisó a dos hombres, una mujer y un niño. Hizo avanzar a Saikyo al momento que desenfundaba a Kibō para enfrentarse a los desconocidos de ser necesario, pero su sorpresa fue grande cuando pudo reconocer a la doncella de su esposa entre la pequeña comitiva. De un salto bajó de su caballo y avanzó al encuentro de los viajeros, mientras enfundaba su sable nuevamente.

-Mi señor –dijo el guerrero posando una de sus rodillas en el suelo para hacer la respectiva reverencia que indicaba el protocolo.

Ukyo reverenció de igual manera al señor de Nerima y padre e hijo de la familia paria se dejaron caer con sus cabezas tocando el suelo enlodado.

-Eres la doncella de mi esposa –dijo Ranma con dureza-. Ukyo ¿no?

-Sí, mi señor, yo…

-¿Dónde está mi esposa? –interrumpió acercándose a la muchacha dispuesto a levantarla del suelo y zarandearla de ser necesario.

Ukyo levantó la mirada y se aterró al ver esos ojos que le transmitían furia, sin embargo, no se dejó intimidar y enfrentó al señor de Nerima con la altives que le caracterizaba.

-Ella está a resguardo en una casa alejada de aquí. Nosotros debemos llegar al castillo para llevar la ayuda necesaria y con esa misión hemos hecho este trayecto.

-¿Está bien?

-Sí, pero su situación es de cuidado y la dueña de la casa en donde permanece no tiene ni los conocimientos ni las medicinas de un médico. Es urgente que lleguemos al castillo, mi señor.

Ukyo observó cómo el señor del castillo soltaba un suspiro y su mirada pareció suavizarse por un momento.

-Quiero verla –sentenció el señor del dominio-. Necesito que uno de ustedes me lleve con mi esposa.

-Pierde cuidado, mi señor –dijo el guerrero-. Te llevaremos con ella, pero antes debemos…

-Antes nada –contradijo Ranma fulminando al hombre con su mirada-. Exijo ver a mi esposa ahora, así que uno de ustedes me indicará el camino hacia esa casa en donde la atienden.

-Mi señor, todavía debemos enfrentar a los guerreros Kuno hacia el castillo y como verá, sólo somos nosotros cuatro, es fundamental que…

-No tendrás que enfrentar a ningún guerrero Kuno, soldado. La batalla la ganamos y todos los infames que se escondían tratando de llevarse algo de las casas de mi dominio fueron aniquilados por mi sable. El camino está despejado, así que puedes ir tranquilo hasta el castillo y volver con la ayuda requerida.

-Yo… yo quisiera seguir el camino al castillo –se atrevió a decir Ukyo. Durante todo ese tiempo había tratado de no pensar en Ryoga, pero ahora que se encontraba tan cerca de donde permanecía el malherido comandante de las tropas Saotome, su ansiedad por saber qué había sido de él se acrecentaba en su corazón.

-Yo puedo acompañar al señor de Nerima –susurró el niño que permanecía todavía con su cabeza en el lodo-. Si a mi señor no le incomoda ser guiado por alguien de mi condición social.

El padre del niño se estremeció y tanto Ukyo como el guerrero temieron por la vida del niño que les había ayudado.

-Incorpórate –ordenó el señor de Nerima.

El niño se puso de pie y permaneció con la mirada baja. Ranma se acercó a él y tomándolo del mentón, le obligó a mirarlo de frente. El señor de Nerima sonrió con autenticidad.

-Eres el niño que encontramos en el camino cuando iba a desposarme –dijo-. Es por eso que estás ayudándola ¿no?

-Mi señora fue muy bondadosa con mi familia ese día. Le estaremos por siempre agradecidos.

-Entonces, ¿me indicarás el camino para reunirme con ella?

-Si mi señor así lo quiere, lo haré con gusto.

-Vamos entonces –dijo Ranma acercándose a su caballo para luego montar en él-. Y ustedes, sigan su camino. Ya sabes que puedes seguir el trayecto directo al castillo sin la preocupación de ser atacado, soldado, así que espero que más pronto que tarde envíes la ayuda que se requiere.

-Sí, mi señor –asintió el guerrero-. Oigo y obedezco.

Ranma asintió en silencio y vio que el muchacho empezaba a caminar rápidamente delante de él.

-¿Qué haces? –preguntó.

-Guío a mi señor –contestó el niño.

-Nos tardaríamos demasiado tiempo en llegar si vas por el camino – dijo Ranma acercando su caballo al niño para luego tomarlo de uno de sus escuálidos brazos y alzarlo hasta posicionarlo atrás de su cuerpo sobre el caballo-. Tú me indicarás qué dirección debemos tomar sentado atrás de mí, aunque deberás afirmarte muy bien, Saikyo es bastante rápido cuando le ordeno que lo sea y podrías salir despedido de la montura.

-Sí, mi señor –contestó el niño tomándose de la montura del caballo.

-No te afirmes de la montura, rodea mi cintura para que no te caigas.

-Pero, mi señor… yo…

-Hazlo de una vez, sin miedo –interrumpió Ranma-. Creí que te había quedado claro que ni yo ni tu señora somos de los que andamos maltratando a las personas por no pertenecer a la misma casta.

El niño no contestó y se abrazó al cuerpo del señor de Nerima.

Ranma dio un golpe a su caballo y éste comenzó a avanzar a gran velocidad. Él estaba seguro que ya faltaba menos para ver a su esposa y aunque sabía que ella se encontraba herida, la doncella le había confirmado que estaba bien. Pronto acabaría esa angustia que le había acompañado durante su larga separación. Akane estaba cerca y su corazón ya empezaba a encabritarse ante la anticipación de aquel reencuentro tan esperado.

Así que el señor de Nerima dio gracias a los dioses por haber tomado la decisión de realizar aquel trayecto y haberse encontrado con los viajeros. Cabalgando en su caballo y acompañado de aquel niño se internó en el poblado, sólo pensando en ver el rostro de su esposa, sin imaginarse que en cuanto llegara a su destino, otro encuentro también se produciría el cual traería consigo una desconcertante revelación. Un encuentro del que nadie sería capaz de vislumbrar sus consecuencias… ni siquiera los propios dioses.


Notas finales:

1.- Hola… a quien siga esperando una actualización de esta historia. Esta vez no voy a pedir disculpas ni extenderme mucho dando explicaciones del por qué la tardanza en actualizar. Baste decir que no han sido tiempos buenos para mí y que quien haya sufrido alguna vez de una enfermedad del alma como al menos yo suelo llamar a la depresión y sus distintas compañeras, entenderá que cuando uno pasa por un periodo de oscuridad, aunque uno quiera con todo su corazón y energía realizar actividades que realizábamos con gusto, resulta imposible volver a hacerlas hasta no estar mejor. Ahora estoy mejor y poquito a poco voy retomando mis actividades, así que, quien siga esperando el final de esta historia puede estar seguro que no habrá esperado en vano; ya me siento en condiciones de terminarla y a la vez, me sirve para terminar de sanar mi alma.

2.- Palabras del capítulo, solo una:

-Hōtan: Medicamento rojizo oscuro con un fuerte olor a menta que se ocupaba entre otras cosas para bajar la temperatura.

3.- Agradezco inmensamente a quienes a pesar de todo siguen aquí conmigo, leyendo y comentando. Muchas gracias porque gracias a sus palabras es que he podido seguir adelante con este escrito y prometo no volver a dejarles con la incertidumbre de lo que va a suceder con él. A quienes comentaron el capítulo anterior (algunos hasta más de un vez): Andy-Saotome-Tendo, caro, Ana-Gami, Jessica , Chat'de'Lune , Vernica, Faby Sama, nancyricoleon,Earilmadith21, Sailor-chan, SaV21, Esmeralda Saotom, IramAkane, Zwoelf, azzulaprincess, Rubens, Ranmacane, Shojoranko, Katalyn, AkaneSodi, Ishy-24, Auri22, rosefe-123, Nikita Shinoda, margarita99dst, Luna Akane, azzulaprincess, Silvia PB, chelimosi, Nikita Shinoda, Otokani, BloodyP xD, Aimi Tendo, rogue85, Starmed, Claudio, Belen, Sakurami-San, Lucitachan, Gogoga, Pataisho, SKARITO21, Bonchi, Lezti, Impaciente y a todos quienes no dejaron su nombre, infinitas gracias por haberme regalado un poco de su tiempo leyendo y comentando esta historia.

4.- Será hasta una próxima actualización y una vez más, gracias por seguir aquí conmigo, apoyándome y dándole una oportunidad a este escrito.

Un abrazo a todas (os) y buena suerte!

Madame…