Desde una ventana, Philip observaba atentamente el patio de armas. En concreto, miraba al niño pequeño que, altanero, paseaba afuera, dirigiendo severas miradas a todo aquel que se le cruzara. Al verle girar la cabeza despóticamente cuando un grupo de chiquillos le increpó algo, Philip sonrió con tristeza. Sin duda, era un digno hijo de Joan.

El niño vagaba completamente solo por el patio, sin hablar con nadie. Habían pasado dos meses desde la muerte de su madre, pero aún parecía alicaído, aunque seguía conservando toda su arrogancia. No se hablaba con los demás niños, y estos le dejaban en paz y apenas le molestaban. Los hijos de Philip, Rose y Galen, habían intentado, por pura cortesía y alentados por sus padres, entablar amistad con él, sin resultado. Esa fallida intentona alegró profundamente a Rosie y a Galen, quienes por nada del mundo se habrían relacionado con él.

Philip y Aurora debían haber enviado al crío a vivir con sus familiares hacía meses, pero siempre encontraban una excusa para retrasar el viaje. Aurora, inexplicablemente para Philip, no quería que se marchase. Aunque fuera el hijo de su antigua enemiga, tan solo era un niño que necesitaba cariño. Philip, por su parte, deseaba acabar con todo aquello cuanto antes, pero había algo en él que le impedía separarse del chico. La posibilidad, aunque remota, de que fuera hijo suyo no hacía sino aumentar esa desazón por tener que separarse de él.

Con un suspiro, el príncipe se apartó de la ventana y se dirigió hacia el patio. Allí se aproximó al niño, sonriente.

-¿Echas de menos tu casa, Sven? –preguntó Philip amablemente.

El chico le echó una desdeñosa mirada, dándole a entender que Philip era el responsable directo de que él estuviera en esa situación. Philip expulsó aire con lentitud, preparado para un nuevo intento.

-¿Te apetecería salir a montar conmigo y con Galen?

Al instante, Philip comprendió que había cometido otro fallo. Sven se limitó a bufar en actitud despectiva nada más oír el nombre de Galen. El príncipe se apresuró a arreglarlo.

-Si no quieres que venga Galen, pues no vendrá –añadió.

Entonces Sven asintió secamente con la cabeza. Poco después, los dos cabalgaban por el bosque cercano al castillo. Pasadas unas horas, Philip decidió hacer un alto para que los caballos descansaran. Se detuvieron en un claro y se tumbaron sobre la hierba mientras sus monturas pastaban a lo lejos.

Philip estaba preocupado por Sven. Parecía que se recuperaba tras la muerte de su madre, pero Philip sabía muy bien cuanto podía retraerse en sí mismo un niño. Decidió abordar el tema de lleno, mas no le hizo falta, pues fue el niño quien habló en primer lugar.

-Mi madre solía decir que tumbarse así en la hierba era propio de un campesino, no de un caballero –meditó mirando al cielo- Pero ahora ella no está aquí para decirme lo que debo y no debo hacer.

El príncipe le echó una rápida ojeada, intrigado. ¿Estaba de veras contento por librarse de su madre, o se trataba de una alegría fingida? Decidió averiguarlo.

-¿Qué piensas cuando alguien menciona a tu madre, Sven? –preguntó.

El niño soltó una risotada.

-Pienso que nadie la conocía –respondió, muy serio- Todos en el castillo decían que era cruel, pero conmigo nunca lo fue. Los criados no saben nada, se quejan porque ella siempre los ponía en su sitio. A veces parece que no se den cuenta de que están donde están para servirnos…

Philip no estaba en absoluto de acuerdo, pero le dejó hablar. Eso era precisamente lo que quería, que el chico se sincerase con él.

-…Y ella era buena conmigo –continuó Sven, ahora en tono apesadumbrado- Nunca me pegó y nunca me reñía, y siempre me trataba bien…

El príncipe estaba impresionado. Parecía que estuviera hablando con un adulto, no con un niño pequeño.

-¿Conociste a tu padre, Sven? –preguntó Philip en tono amable, intentando desviar la conversación.

El niño negó con la cabeza.

-Murió poco después de nacer yo.

Sven calló, y Philip no insistió más. Se le veía dolorido a pesar de toda su apariencia serena. Para intentar animarle, Philip le sonrió abiertamente y empezó a hablar de temas banales, intentando atraer la atención del chico.


Al poco tiempo llegó el abuelo materno de Sven para llevárselo con él. El anciano caballero llegó en mitad de una tormenta, preocupado por la tardanza de su nieto. Sus maneras eran educadas, pero se adivinaba la prisa que tenía por llevarse al niño. No hizo preguntas acerca de la muerte de su hija, pero acordó, junto a Philip, en levantar una lápida en mitad del patio de armas de Llanwik, pues allí reposaba ahora Joan. Además aceptó que los príncipes costearan parte de la manutención de Sven, aunque sin comprender del todo por qué.

Muy a su pesar, Aurora y Philip se despidieron de Sven. El niño se despidió amablemente de Philip, pero actuó con la cortesía propia del momento con Aurora, Rose y Galen. Cuando llegó el momento de estrecharle la mano al niño, ambos se echaron una gélida mirada, y se despidieron sin decirse absolutamente nada. Entonces el niño partió junto a su abuelo y se alejó casi al galope de Hamlin Garde, sin mirar en ningún momento atrás.


Aquella tarde llovía copiosamente. El patio de armas de Llanwik estaba desierto, a excepción de cuatro figuras que en ese mismo momento lo atravesaban en silencio. Dos de ellas iban ataviadas con caras capas para protegerse de la lluvia; las otras dos vestían austeramente, sin nada que les cubriera. Los cuatro se pararon justo en el centro del patio, donde se adivinaba la forma de una enorme fosa rellenada recientemente y, a sus pies, había una losa de piedra tendida sobre el barro.

Lentamente, Philip se quitó la empapada capucha, pues llovía tanto que daba igual que la llevara puesta o no. Aurora le imitó sin decir una palabra y le cogió del brazo, intentando darle fuerzas.

Los dos hombres, en silencio, empezaron a cavar un pequeño hoyo al pie de la fosa. Tras unas cuantas paladas, colocaron la base de la losa en la zanja y la rellenaron. Después hicieron un gesto hacia los príncipes para indicar que habían terminado. Aurora les dio permiso para irse y, contentos, los dos hombres se alejaron casi a la carrera, internándose en el castillo.

Los esposos permanecieron allí largo rato, bajo la lluvia, contemplando en silencio la lápida. Aurora tiritaba, pero no se apartaba de Philip. Él la necesitaba, por lo que por nada del mundo se habría apartado de su lado. Finalmente, Philip se dirigió a la lápida y la tocó con suavidad.

-Adiós, Joan –murmuró.

Aurora hizo lo propio en un absoluto silencio. Acto seguido ambos se dirigieron a las caballerizas, montaron en sus caballos y salieron al galope del castillo.

Llegaron a Hamlin Garde de madrugada. Un grupo de sirvientes les esperaba a la entrada, los cuales casi arrastraron a sus señores a su habitación y les obligaron a darse un baño caliente. Aurora y Philip, agotados, se dejaron hacer. Después del baño, ambos cayeron rendidos en el lecho. Sin embargo, ninguno de los dos podía conciliar el sueño. Permanecían uno a cada extremo de la cama, sin decir nada. Aurora estaba desesperada; había intentado animar a Philip de todas las maneras posibles, pero sin resultado.

Fuera, la lluvia había crecido de intensidad hasta transformarse en una tormenta. La princesa podía oír con claridad el rugido de los truenos, y no pudo evitar pensar en que de un momento a otro Rosie y Galen vendrían a su cuarto, completamente aterrorizados. Y, efectivamente, en unos minutos interrumpieron en la habitación, temblando de miedo. Los príncipes no tuvieron más remedio que dejar que los dos se metieran en la cama junto a ellos. Aurora les contó un cuento para tranquilizarles y, al poco rato, los niños dormían placidamente.

Philip no apartaba la mirada de sus hijos, sonriendo levemente. Había estado tanto tiempo separado de ellos…Tanto que ya no sabía como recuperar el tiempo perdido. Aurora miró a los niños y después a Philip, también sonriendo.

-Están orgullosos de su padre –dijo a media voz- Cuando estabas fuera les encantaba escuchar tus aventuras. Sobre todo –añadió- aquella en la que su padre combatía contra un dragón por el amor de una chica.

Philip rió por lo bajo. Extendió una mano hacia su mujer y le acarició la mejilla. Ella se inclinó y le besó dulcemente, satisfecha por verle reír. Por fin, tras tantos años sin verse, tras todos esos años de preocupaciones, volvían a estar juntos, junto a sus hijos. Y, por primera vez en años, ambos se sentían plenamente dichosos.

The end


Bueno, por fin terminé. Si os soy sincera, ahora mismo os diría que estoy triste por haber terminado. Pero he de admitir que he disfrutado mucho escribiendo la historia (¡Si ya lo dicen los filósofos, que no importa la meta, sino el viaje!). Como dije en el capítulo anterior, nunca en mi vida pensé que escribiría tanto. ¡Y todo para contar desde mi punto de vista la segunda parte del cuento según Perrault!

Pues sí, ésta historia nació para contar a mi manera la segunda parte del cuento. No os aburriré con los detalles, sólo os diré que era, más o menos, un Aurora vs. su suegra (serpientes incluidas). Pero como, entre otras cosas, ya había introducido a la madre de Philip en mis historias (y con un caracter completamente antagónico al del cuento), decidí reinventar la versión. Admito que ahora estoy orgullosa de la historia. Ya veremos mañana si no la quiero quemar, xd.

En cuanto a los comentarios, me gustaría pediros lo que os pedí en After the Curse: que me comentéis la historia en general, qué os ha parecido mejor y qué peor, etc. Espero con todas mis fuerzas que esta historia salida de una mente muy fumada os haya gustado, o que por lo menos os haya entretenido.

Saludos desde mi habitación y buenas noches, pues en estos momentos en España son las tres de la mañana y debería irme a la cama. Besos