Disclaimer: Acá es donde yo digo que nada de lo que puedas reconocer es mío ;)

Cumpleaños de Drehn, cumpleaños de Drehn, cumpleaños de Drehn, cumpleaños de Drehn. Y regalo de cumpleaños.

Héroes por Fantasmas

Misión: Camiseta de los Chuddley.

Sirius Black con algo de Merodeadores (pero Sirius).

James la mira mientras revuelve la leche caliente de la taza roja con una cucharita que ha sacado del cajón. La mira pero es como si no la viera, porque está lejos, perdido en algún trance, en alguna reflexión de esas que le salen últimamente.
Lily se deja resbalar por la mesada hasta tocar el piso con las dos manos y sentarse con las piernas cruzadas una sobre la otra. Lo mira, lo espera.

Al final, James sacude un poquito la cabeza y sonríe como diciendo aquí no ha pasado nada. Luego deja la taza a un lado, se despereza de forma escandalosa y le pide que vaya a buscar donde Sirius (si es que puede, porque ha admitido –con una sonrisa de esas que descreen todo– que él mismo no se anima a correr semejante peligro) su camiseta de los Chudley Cannons, porque planea ir a verlos con Marlene el viernes (a veces pareciera que si ha visto la guerra -y Lily sabe que sí, que la ha visto-, no lo recuerda), y sería tristísimo ir a verlos sin su camiseta, teniendo una camiseta como la suya, que además, es cábala.
Sería más triste si perdieran el juego por no llevar su camiseta, todo porque Sirius Black y su malhumor de últimamente le dan miedo.

Así que Lily –mujer temeraria donde las haya– le ha dicho que sí, que no hay problema, pero que mejor vaya a acostarse porque está con mala cara.
Ni siquiera sabe por qué le ha dicho a James que sí (quizás porque algo en su cabello inusualmente correcto le dice que no se está sintiendo muy bien, o quizás porque sabe todo el amor que le tiene a esa camiseta).

En Londres llueve como si se viniera el mundo abajo y a Lily todo eso le da un no-sabe-qué, una tristeza insólita, una angustia como nudo en el estómago.
En el cuartel de la Orden del Fénix pareciera que también llueve; las ventanas están abiertas, la música suena haciendo retumbar las paredes de las casas de los vecinos, que –bendita sea la magia– no pueden escuchar nada.

De lejos se escucha que Ojoloco se queja de algo (que posiblemente sea la música), y Remus pasa con una taza de té de un lado para el otro. La ha visto y le ha sonreído, como si verla ahí supusiera para él una casualidad de sala común de Gryffindor, como antes, cuando eran más felices y ligeramente más invencibles.

Alice ha pasado por allí en algún momento, porque se ha dejado su mochila, su osito Teddy de la suerte, una sudadera de las Brujas de Mcbeth y un par de calcetines. Hay olor a budín en la cocina.

Lily deja su abrigo sobre un sillón, porque en ese cuartel de locos a nadie se le ocurrió traer un perchero. Casi se le ha pasado inadvertida la enorme moto gris detrás de la que se esconde Sirius, sentado en el piso, con la barba desprolija de algunos días (que para qué afeitarla si volverá a crecer), el cabello sujeto con una gomita que ella misma le ha obsequiado; trapo en mano.
La moto allí, en el medio de la sala es parte de un orden que sólo es orden en sí mismo, algo curioso, como el mundo Alice estallando en el sillón o la taza de Peter, esa que dice coffee y que sigue volcada sobre la alfombra sin que nadie la haya levantado. Un orden en el cual conviven armoniosamente las cortinas floreadas de la cocina, un paquete de cigarrillos que alguien ha dejado por allí (llámese Dorcas, llámese Gideon) y el plano con turnos del Ministerio y estadísticas colgado en la pared, que Ojoloco cuida tanto o más que a su vida.
La moto entre tanto absurdo metafísico (taza de Coffee, oso Teddy de la suerte, cortinas floreadas, cigarrillos de marca, plano de la Orden, que son puras abstracciones en un plano donde la abstracción es siempre ausencia) no puede llamar la atención, aunque irrumpa con violencia entre los sillones, la chimenea y la mesa de cenar.

–Hola –dice Lily, sólo por decir algo. La música suena muy fuerte (ahora Lily adivina que Sirius tuvo algo que ver en eso), pero en realidad hay un silencio horrible allí a dentro. Un silencio como de guerra o de muerte.

Sirius apenas levanta la cabeza para mirarla, está ocupadísimo acariciando su moto con el trapo.

–Hace tiempo que no nos vemos, ¿eh? –pregunta él. No suena nada a una pregunta, pero debe serlo, calcula Lily. Algo de por allí se le está escapando: la nota azul de su voz, la amargura con la que escupe sus palabras, el tiempo que se toma para masticarlas, la complicidad como explícita y el brillo divertido de sus ojos que contradice todo lo anterior.
Al final, Lily acaba encogiéndose de hombros.

–Nos vimos ayer, de hecho.

Lily es muy nueva en todo eso de tener un grupo, y no está segura de poder hablar de ellos como su grupo, cuando ellos son grupo en sí mismos. Se siente como si de repente se hubiera sumado en una expedición que ya estaba resuelta, como si se hubiera involucrado entre complementos, para formar un cuadrado con una quinta línea, una silla o una mesa con cinco patas.
Así que cuando Alice la mira significativamente, ella gusta de encogerse de hombros y decirle que simplemente estoy con ellos, no son tan malos después de todo. Luego las dos se sonríen muchísimo y Alice le dice (siempre haciéndose la superada, siempre creyendo que tiene dotes de adivinación, pobrecita) que yo siempre lo supe, Lily, yo siempre lo supe.

Es extraño eso de cruzarse una tarde con Peter y que él le sonría y le diga ¡Lily! Estuve practicando para ganarte en el Truco, o que Sirius ya no se ría cada vez que la vea y que en vez de llamarla pelirroja, se le escape (un fallido, sin lugar a dudas) invocarla con su nombre. Con Remus es como si nada hubiera cambiado, y realmente nada ha cambiado desde quinto curso, siguen compartiendo música y libros (se los roban, se los apropian, los enajenan hasta borrarle el perfume del otro, y los escriben con lápiz para que en el próximo viaje, en el próximo devolver o prestar el libro, puedan encontrarse los dos, el que lee y el que se ha perdido en ausencia, en un mismo párrafo, en un mismo punto), llenándose de filosofía y de metafísica en las noches más azules.
Lo que es extraño, en realidad, es que ahora siente que los entiende.

Se sienta sobre el apoyabrazos de un sillón individual y lo mira un momento, mientras él sigue lustrando con un amor infinito ese cacharro ilegal que vuela. Es la transgresión, seguro, lo que mueve el mundo Sirius Black.

– ¿Ya te mandó ese cobarde de Cornamenta por su camiseta? –bromea Sirius, echando la cabeza hacia atrás para mirarla y reírse entre dientes.

–Sí, pero vine porque quise –responde ella, casi ofendida, como si todavía tuvieran dieciséis años y siguieran discutiendo por las mismas pavadas, por las mismas nimiedades como llevar la camisa mal abotonada, fuera del pantalón y con el cuello hecho un desastre, o como su (pero también de James, de Peter e incluso de Remus) prejuicio por ciertos (por todos los) Slytherins.

–Vale.

– ¿Algún día me llevarás a dar una vuelta? –le pregunta, tanteando las posibilidades y mirando la moto. Entonces sí que Sirius levanta la cabeza, la mira con el ceño muy fruncido, como si hubiera dicho una palabrota, y aprieta un poco la boca. Luego vuelve a acariciarla, como pidiéndole perdón por la trastada de Lily.

– ¿Desde cuándo te interesa? Siempre fuiste muy grosera con ella. Heriste sus sentimientos.

–Oh –sonríe Lily. – ¿En serio? Lo siento mucho, nena –le dice al aire. Sirius la mira como si todavía estuviera considerando los hechos y luego asiente una sola vez. Parece satisfecho, pero lo demuestra poco, ya se sabe cómo es este Sirius Black...

–Algún día, pelirroja. –dice, regresándola a los días de pasillos de piedras, esos donde ella iba siempre apurada desde ningún lugar para no llegar tarde a ningún lado, y él todavía apretaba los dientes cuando veía en Regulus, en su hermano (hermanito) Regulus (Reg) el escudo reluciente de Slytherin.

– ¿Puedo preguntarte qué es lo que hace aquí?

–A fuera llueve –responde Sirius, como si aquello aclarara todo. Es lógico, cree él, incluso para una tonta como Lily Evans, que mucho sabrá de libros pero todo lo demás –las cosas importantes, como quien diría– guarda para ella misterios inconmensurables. Es lógico que si llueve y la moto está donde llueve, se moja.

–No tienes idea de lo que haces aquí, ¿eh? –inquiere él, parándose de pronto, así como de un salto. Se despeina, se estira y deja caer el trapo sucio sobre el piso.

–Vengo a buscar una camiseta.

–Eso es lo que crees, Evans –le dice él, exagerando el tono, haciendo poses y caras; sonriendo. –En realidad, ese idiota de Cornamenta esperaba que vinieras aquí, charlaras conmigo, me pelearas un rato y luego yo acabara llorando sobre tu falda porque mi hermano es Mortifago y porque no puedo dormir en la noche. Te diré lo que haremos, vamos a salir a mojarnos un buen rato, cantaremos colgados de todos los faroles que encontremos en la ciudad, vaciaremos de alcohol los bares y entonces sí, acabaré llorando en tu falda. O quizás no.

–Sirius…

–Luego te enfermarás de muerte y la próxima vez que te vea pondrás los brazos en jarra…sí, justamente de esa manera, y me dirás ¡Sirius Black, eres un…! Y te inventarás uno de esos insultos tuyos que dan pena.

–En realidad… –comenzó ella.

–Yo te sonreiré porque soy un tipo genial, y tú creerás que me estoy burlando, como crees siempre, porque eres una condenada, y te diré eh, pelirroja, te llevo a dar una vuelta, ¿vale? Volaremos sobre Londres, intentaré ahogarte en el Támesis y que parezca un accidente, y luego Cornamenta me mirará con mala cara, porque estará celoso. Celoso de que estés conmigo y celoso de que hayas ocupado su lugar.

Lily supo enseguida que Sirius en ningún momento creyó que ella lo acompañaría en su recorrido de luto, por eso fue que tomó su abrigo del sillón y se lo puso. Luego se corrió el pelo y se abotonó el abrigo. Lo miró significativamente y él le regaló una sonrisa de esas de ocasiones especiales.

Ojoloco los vio salir desde la otra habitación y suspiró, bendita sea Lily Evans entre todas las mujeres, porque ha podido llevarse esa mierda que es Sirius Black estos últimos días, y porque ahora sí, podrá apagar esa condenada música del demonio. Amén.

Gracias por leer.