"Todas las pasiones son buenas mientras uno es dueño de ellas, y todas son malas cuando nos esclavizan" (Jean Jaques Rousseau)

Miraba el lado derecho de la cama fijamente, ahora vacío.

Todavía estaba caliente y la almohada olía a ella, cosa que me hizo más fácil rememorar los momentos vividos unas horas antes.

Mi mente se perdía recordando su tacto suave y caliente y a la vez algo sudoroso, sus labios ansiosos, sus gemidos desesperados…desesperados. Reí amargamente y me gire quedando boca arriba.

Conocía muy bien porque ella seguía mostrando su interés en mí, pero nunca lo quise aceptar, eso simplemente me llevaba a vendarme los ojos y comportarme como un ciego ante lo evidente.

Que necio puede llegar a ser el ser humano.

Aun así, mi cuerpo todavía guardaba la minima esperanza de que me quisiera a su lado por algo más que una necesidad o un simple pasatiempo. Pero esa esperanza quedaba borrada cada vez que desaparecía por la puerta después de exprimirme, y callar mis preguntas con actos.

Era el juego de siempre, abocado a al fracaso pero aun así, los dos volvíamos a caer. Ella por su egoísmo vicioso y yo por imaginar que era algo más que simple sexo.

Me froté la cara con las manos y dejé que el agua fría de la ducha me despejara la mente, o mejor dicho que apartara a un lado las ideas que me autodestruían internamente, para así dejar lugar a pensamientos insustanciales que corrieran un tupido velo.

Abrí las ventanas de mi habitación para que su olor me dejara tranquilo durante un tiempo, aunque era incoherente ya que no quitaba las sabanas para poder respirar ese aroma a fresas cuando duermo y de algún modo sentirla.

Absurdo.

Mi vista se detuvo en el destello que provenía de la mesita de noche, cogi el pequeño anillo de oro y diamantes, demasiado ostentoso para mi gusto y lo mire. Me ardían los dedos y los celos me consumían hasta lo imposible.

Debería ser ilegal hacer tanto daño como esa mujer lo hacia, y yo caía inevitablemente en su perverso juego.

Por si no me había jodido bastante con dejarme solo otra vez a mitad de la noche, me dejaba su alianza, haciendo patente que pertenecía a otro hombre y no a mí. Leí la inscripción.

"Isabella & Edward, por y para siempre" me carcajeé sarcásticamente, quizás se quitaba el anillo para no tener remordimientos mientras se acostaba con otro, o quizás por un acto de respeto, en fin…

Me acerque a la ventana con el anillo en un puño y los dientes apretados, ese insignificante objeto era el centro de todos mis problemas, el que me gritaba que Bella no era mía, sino de otro.

Pero mi puño se aflojó y el puñetero anillo volvió a caer sobre la mesita, lo tomaría como una escusa para poder verla de nuevo.

…Y ahí empezaba otra vez el juego, siempre la misma historia, en la que el único perjudicado era yo. Pero al fin y al cabo era un perro a los pies de Bella Swan.