Disclaimer: El mundo Twilight y todo lo que tú y yo sabemos no me pertenece, es de Meyer. El resto de situaciones y locuras mostradas en la historia son mías.

Ellos traicionaron la confianza de los que querían, deseando más de lo que está permitido tomar. Un amor que alimenta el alma de dos seres; pero, ¿puede llegar a destruir a los que los rodean? Es difícil dejar pasar el amor por anteponer a los demás.


Sin Límites: Porque las barreras dejan de importar.

By Lizjoo

CAPÍTULO 6

Dolor y lágrimas, muchas lágrimas. Mi almohada y cabellos empapados a causa de mi agónico llanto.

Repetía mentalmente centenares de insultos hacia mi persona, porque al fin de cuentas me lo merecía, me había cegado por el deseo y lo había echado todo a perder. Este era el momento que supuse llegaría, cuando estallara la bomba de tiempo que era mi latente atracción hacia Edward.

Justo él me había dicho que éramos amigos y yo… yo jodía todo por no contenerme.

Y es que hace mucho tenía claro que lo que más anhelaba nunca se haría realidad. Era un dolor soportable, un ardor que se aplacaba por tenerlo cerca, por escuchar su voz, por ser al menos una pequeña parte de su vida. Porque no era solo el papá de mi mejor amiga, Edward siempre sería mucho más. Pero ahora él debía sentir lástima o desprecio por mí… Seguramente ni quería volver a verme.

¿Cómo me comportaría cuando estuviera cerca? ¿Qué haría él si nuestras miradas se cruzaran? Ni siquiera podría sostenerle la mirada de nuevo. Lo peor era el deseo desenfrenado de volverlo a ver.

¿Y si Edward le contaba algo a mis padres? O peor… a Alice.

No, no debía ser ilógica. Él nunca haría eso, ya que Edward si era inteligente y maduro. Él sabría que comentar la situación sólo… lo empeoraría todo, si es que aquello era posible.

Cuando escuché sonidos afuera de la puerta de mi habitación, reprimí los sollozos. Al estar todo apagado mis padres asumieron que dormía.

Quería llorar y llorar hasta que mis párpados hinchados me obligaran a cerrar los ojos y el cansancio mental me arrullara en un sueño eterno; pero tanto drama era para una mierda, ya sabía que, en poco menos de tres horas estaría con el sol en mi ventana y el mismo hueco en mi pecho.

Al final, me dejé inducir hasta el anhelado descanso.

–––––––––

El amanecer nació tan solo un par de horas después. Como la noche anterior había olvidado cerrar las cortinas, mi habitación se inundó de la perlada luz de un nuevo día.

Bostecé adormilada entre mis sabanas; me tallé los ojos con el dorso de mi mano, mientras me sentaba y estiraba mi cuello.

No tenía idea de la hora que era y realmente, no me importaba. Mi mente obviaba temas superficiales como universidad, comida, fecha e incluso mi familia. Apenas volvió mi conciencia, sólo me concentré en él.

Pero por primera vez, sentía una desagradable sensación ante su recuerdo, ya que no lograba borrar la mueca de desconsuelo que vi y provoqué en la cara de Edward.

En el tocador del baño aprecié las consecuencias de mi hermosa noche. Nada para un cutis sano y deslumbrante, como el insomnio y un interminable llanto; mi rostro no estaba evidentemente en su mejor momento, pero mis ojos se llevaban la peor parte; ya que aparte de las nada sexys ojeras un poco más verdes que el día anterior, estaban los parpados un tanto hinchados y rojos, que ardían como el demonio.

Me bañé con agua helada que despertó mi organismo y agradecí al sentir que mi mirada se deshinchaba un poco, cepillé mi cabello dejándolo suelto y en algunas ondas poniendo mechones cerca de mi rostro. Unos cómodos jeans claros, una suave blusa negra con cuello en bandeja y mis zapatillas fueron todo lo que necesité para estar lista.

En el desayunador de la cocina —realmente pocas veces utilizábamos el comedor —estaban ubicados el señor y la señora que me trajeron al mundo. Idiotas desocupados. Tal vez si ellos no me hubiesen dado la vida o si solamente viviéramos en otra parte del mundo, no sufriría como imbécil por un adulto y perfecto hombre que nunca sería para mí.

Sí, estaba pensando como una tonta, dramática, grosera e infantil persona. Pero, ¡hey! No había descansado en días y con mi humor negro, lograba despegarme un poco del infierno que me había buscado.

Al llegar a la puerta de mi casa ni siquiera me extrañó ver a Emmett y su magnánimo Jeep esperando por mí. Igualmente era normal que él nos llevara; sin embargo estaba esa molesta y chillona voz en mi cabeza, mi conciencia, supongo, recordándome que podría ser más de lo que parecía.

En el camino, Emmett y las chicas hicieron algunos comentarios de zombis y vampiros, en alusión a mi hermoso y envidiable estado. No tuve la capacidad mental ni física de replicar a sus bromas, por lo que cerré mis ojos y recosté mi cabeza en la silla, ignorándolos olímpicamente.

La mañana pasó de forma extraña. No, falso. Todo estaba tan normal, que me harté. Porque mi mundo se quebraba y el universo ni se enteraba; era un pensamiento excesivamente egocéntrico, pero es que si volvía a ver radiantes sonrisas esperando ser respondidas en los rostros de mis compañeros, vomitaría sobre su mundo rosa y feliz.

Finalizadas las clases, Alice me invitó a su casa para terminar unas pinturas en óleo que habíamos empezado a inicio de semestre.

La expresión de histeria que me embargó involuntariamente cuando me lo comentó, fue bastante chistosa. Hasta me hubiera reído de mi misma, pero hoy mi ánimo no estaba nada flexible. Y es que ella no sabía lo que implicaba ir a la casa del hombre al que había acosado la noche anterior, aquel que casualmente, era su padre.

Todas las chicas quisieran tener una romántica historia de amor como la mía, casi me reí nuevamente de mi propio macabro chiste, casi.

Sacudí la cabeza para no desencadenar una nueva era de pensamientos oscuros cargados de ironía. Mientras, Alice me miraba expectante.

Ah…. Ella esperaba una respuesta. No tenía intenciones de aparecerme por su casa, pero tampoco mi atareado cerebro crearía una muy buena excusa, por lo que asentí y Alice me regaló una bella sonrisa.

—Vámonos ya Bells.

Me tomó del brazo y me guió hasta un taxi cercano. En el trayecto, Alice habló sin parar sobre una exposición de arte en alguna galería prestigiosa, ya que, según ella, era lo mínimo que merecían nuestras obras; por mi parte restregaba mis manos sudorosas en mis jeans, intentando disimular los nervios.

Al llegar a su casa todo estaba completamente silencioso y tranquilo, en hermoso contraste con la tormenta que se desataba en mi interior.

Así, el resto de la tarde nos la pasamos pintando y conversando de la historia del arte; agradecí al cielo que Edward estuviera muy ocupado como para asomarse por su propia casa en todo el día.

Empecé a revolver un poco de morado con el naranja de mi paisaje para crear así, el efecto del crepúsculo. Éste tipo de actividades me ayudaban a liberar un poco la tensión y a desahogarme de forma prudente; sin embargo dejaba a mi mente con la libertad que yo misma no me concedía.

En los últimos días me había replanteado muchas cosas, principalmente era consciente del cansancio mental y físico al que me estaba sometiendo por mi falta de sueño y tranquilidad, del daño emocional que causaba en mi y las personas que me rodeaban pero sobre todo, lo vulnerable que estaban mis sentimientos.

—Belly, hoy debes quedarte a dormir acá, no quiero estar sola esta noche.

Alice me sacó de mis pensamientos con ese comentario, la miré enarcando una ceja, ella entendió mi cara de confusión y agregó:

—¿No te lo había dicho? Emmett está acampando con unos amigos y mi papi salió a una conferencia médica en Orlando. Estará fuera unos días —ella hizo un puchero y se dirigió a la cocina a buscar algo de tomar.

Mi boca se abrió un poco por la sorpresa, Edward estaba fuera de la ciudad y otra ola de culpa llegó a mi abatido corazón.

Él no me comentó nada sobre esa conferencia, no es que debiera contarme todo sobre su vida; sin embargo, era bastante curioso que no lo mencionara. Tal vez sólo estaba paranoica, tal vez no.

Pero al fin y al cabo no es como si una chica llena de hormonas fuese tan importante como para hacerlo huir de su propia casa. Ese pensamiento era doloroso, e irónicamente más sano que pensar que había perjudicado tanto a Edward que no quería ver mi patético rostro.

Lastimosamente, esa cómoda idea en la cual yo no le afectaba de ninguna manera, no duró mucho, ya que cuando recordé que hasta ayer teníamos planes de mirar este fin de semana salones para la fiesta, sentía que mis miedos podrían ser justificados, era bastante probable que Edward se hubiese ido por mi culpa.

Mi error había desencadenado tantas cosas al mismo tiempo, que no sé si lograría manejarlo; por una parte había perdido a Edward como amigo, además no podría ayudar más a preparar la fiesta de Alice, e igualmente sabía que Edward ahora se alejaría, así fuese un poco, de Charlie. La sola idea me hizo entristecer.

De igual manera, tatué en mi rostro una sonrisa creíble y amable, ya que Alice era la última que merecía sufrir por mis imprudencias. Ella era una mujercita sensacional, dulce y transparente; la persona que siempre me había entregado su total confianza y solidaridad. Una amiga que en el fondo yo sabía, no merecía.

Llamé a Renée y Charlie a sus celulares avisándoles que no iría a casa ésta noche. Les conté que no quería dejar a Alice sola, a Charlie le extrañó que Edward no llamara a despedirse y encargarle a Alice como hacía siempre que salía de viaje. Aquella conversación sólo apretó un poco más el nudo en mi garganta.

En la noche prendimos la televisión de la sala y nos dedicamos a hacer los trabajos que teníamos pendientes. Yo terminaba el informe de francés de Alice, mientras ella diseñaba las diapositivas de mi exposición.

Tanya, la madre de Alice, llamó desde Miami antes de la media noche; yo estuve cerca de Alice todo el tiempo porque sabía lo que sucedería en pocos minutos.

La sonrisa de Alice desapareció cuando su madre le informó que no estaría en su cumpleaños, su mirada estaba inundada en lágrimas; sin embargo ella guardó la compostura y fingió que todo estaba bien, ella no paraba de repetir que igual se verían muy pronto y que le deseaba lo mejor en esos importantes desfiles. De igual forma colgó rápidamente porque no podría fingir por mucho tiempo.

—Ell… ella no estará Bells… —su voz se rompió al final y yo corrí a la cama y la atraje a mis brazos.

—Lo siento —confesé en susurros; y ella no sabía cuánto lo sentía, porque su padre debería estar aquí consolándola y no sabía si mi compañía era de mucha ayuda.

—Llevó más de seis meses sin verla, Bells, yo… la necesito.

Mis ojos se cristalizaron ante esas palabras, porque por más que deseara entenderla, mis padres estaban juntos y acompañándome todo el tiempo. Y estaba bastante claro que ella tenía una adoración especial hacia sus padres.

La consolé un rato más, hasta que su estomago hizo un sonido extraño, Alice soltó risitas sonrojada y nos dirigimos a la cocina.

—Gracias Belly, por todo —aparte de sentirme una pequeña hipócrita, sonreí porque Alice era una mujercita sin igual.

—Gracias a ti, Allie; igual la verás muy pronto, estoy segura.

—Lo sé Bells, nos iremos en dos meses a visitarla.

—¿Tú y quién más?

—Sabes que tu y yo.

—¿¡Qué! Alice, sabes que no tengo dinero para un tiquete aéreo hasta Miami.

—No tontica, tu regalo por mi cumpleaños será acompañarme y mi madre… ella sabe que tú vas en el paquete.

—Claro Allie, tu cumples años y yo ganó un viaje gratis a Miami. Aunque pensándolo bien… aguantarte nunca es barato.

Ella me sacó la lengua y las dos reíamos a la vez que colocábamos a hervir agua para hacer pasta.

La noche pasó rápidamente, básicamente porque Alice y yo no queríamos pensar en cosas tristes e hicimos una maratón de Adam Sandler hasta caer dormidas, con dolor en la mandíbula de tanto reír.

Nos despertamos pasado el medio día, con tanta hambre que pedimos crepes con granizados para almorzar.

En la tarde me disculpé con Alice, mintiéndole con la patética excusa a cerca de un trabajo de campo en el que Jake me ayudaría. La verdad, es que nos dedicamos a averiguar sitios para la fiesta; ya que no ayudaría al padre de Alice a sorprenderla, pues al menos le haría las cosas un poco más fáciles.

Como Jacob ha sido conocido por no poder mantener su boca cerrada, le conté de mi supuesto plan de alquilar un salón a las afueras de la ciudad; pero realmente pensaba que la casa Cullen era el lugar ideal, ya que por mucho, era una de las grandes propiedades de la región.

Al día siguiente Charlie insistió en que Alice durmiera en casa, ya que Emmett aún estaría todo el día por fuera.

Jacob, mi madre y Alice se dedicaron a cocinar galletas y pasteles, a lo que yo me tomaba mi tiempo en el ensayo que debía entregar el viernes próximo.

La noche llegó después de la cena, Jake se excusó con Renée, hablando de carreras de motos y otras cosas que no alcancé a escuchar. Luego, Alice y yo decidimos ver las dos primeras películas de "El Señor de los Anillos".

Entretanto veíamos el inicio de la segunda película, yo acariciaba el oscuro cabello de mi amiga, llegada la media noche Alice se quedó dormida con su cabeza recostada en mis piernas.

En algún momento también dejé de ver lo que estaba pasando en la filmación. Para cuando volví a abrir los ojos aparecían los créditos en la pantalla, bostecé e intenté estirar mi encalambrado cuerpo, pero tenía a mi dulce amiga sobre mis extremidades inferiores.

—No vayas a despertarla — escuché decir suavemente a Charlie, que se acercó al sofá y sonrió mirando con ternura a Alice.

La alzó en brazos como si no pesara nada y fuese un delicado bebé. Alice soltó risitas y bostezó mirando de soslayo a mi padre, la sonrisa de Charlie creció, marcando así sus tenues arrugas.

—Con que esta pequeña no está tan dormida.

—No mucho realmente —respondió Alice en un murmullo.

—¿Sabes que son los niños pequeños los que fingen dormir, para ser llevados en brazos a la cama?

Alice hizo un dulce mohín.

—Sí, pero yo soy pequeña.

Charlie asintió.

—Una pequeña consentida.

Tomó la nariz de Alice entre dos de sus dedos luego de acomodarla suavemente en la cama doble de mi habitación.

Ante estos hechos, un dolorcito se instaló en mi corazón porque este era el sentimiento que yo debería tener hacia Edward. No debía olvidarlo jamás, Charlie era como otro padre para Alice, así que lo máximo que podría hacer en mi caso, era alejarme hasta que esta atracción quedara en lo profundo de mí ser.

Me recosté junto a Alice y ella tomó mi mano entre la suya.

—Dulces sueños Bells.

—Dulces sueños cielo.

Sonreí y cerré los ojos, era hora de pensar en mí y mis necesidades. Y justo lo que necesitaba esta noche era dormir.

Tres días pasaron, tres días en los que no supe nada de Edward.

Fueron más de setenta y dos horas que me habían servido para establecer mis prioridades, yo sabía lo que estaba bien y lo que no; de alguna forma debía olvidarme de él.

La desolación acomodada en mi pecho no me abandonó en ningún momento del fin de semana; pero tampoco me atrevía a preguntarle a mi mejor amiga por su padre. Tal vez era mejor no saber qué día volvería.

Alice pasó en la tarde por mi casa a recoger sus cuadernos y cosas del instituto, pero por estar mirando un partido de beisbol y compartir con Charlie, olvidó su computadora portátil. Necesitaba saber si la necesitaba para mañana o ella pasaría por ella después.

Le marqué varias veces a su celular pero sonaba y sonaba mandando finalmente a buzón de mensajes, seguramente lo había dejado sepultado entre las sábanas por lo que decidí intentar llamando a su casa, esperando que ya estuviera en casa cenando algo.

El teléfono timbró dos veces, hasta que al fin contestaron.

—¿Buenas noches?

Corrección. Hasta que al fin, contestó él.

—¿Aló? —preguntó segundos después, ante el radical silencio que se instaló en mi lado de la línea.

—¿Hola? —añadió finalmente con tono impaciente.

Intenté tragar el imaginario nudo que apretaba mi garganta, definitivamente yo debía decir algo.

—Hola…

—Oh Bella, eres tú. Creo que hay problemas con este teléfono.

Su tono de voz era ridículamente cortés, al punto que no sabía si llegaba a reconfortarme o por el contrario me perturbaba aún más.

—No, creo que la falla estaba de este lado, ¿cómo has estado?

—Bastante bien, gracias por preguntar. Estuve fuera unos días.

—Sí, Alice me contó algo de eso.

Intentaba parecer indiferente, no quería que se notaran los nervios en mi voz. Necesitaba disimular el enojo de que no me hubiese contado nada, cuando supuestamente habíamos sido amigos.

—Sí, todo fue de última hora, lamento no haber avisado. ¿Cómo están todos en tu casa?

—Charlie y Renée están bien.

—¿ Y cómo te encuentras tú, Bella?

Sí, él era lo suficientemente inteligente para saber que no me había nombrado a propósito; pero ahora más que nunca debía recordar mi lugar, el cual se encontraba lejos de él y lejos de ser honesta.

—Mejor que nunca, Edward —agregué una sonrisa a mi cara, esperando que se filtrara en mi voz.

—Eso permíteme dudarlo.

Claro, él sabía que le mentía; pero era lo único que podía hacer, era lo que tenía que hacer.

—Disculpa, ¿Alice se encuentra por ahí?

—Eh si, está en la cocina, te la comunico en un minuto.

—Gracias

—Humm… ¿Bella?

—¿Si Edward?

Logré escuchar un débil suspiro.

—¿Podemos hablar?

—Estamos hablando.

—Me refiero a que hablemos… personalmente.

Esta vez fue mi turno de soltar el aire de los pulmones. Estaba segura que los latidos de mi corazón se oían al otro lado del teléfono, mantuve la calma y contesté.

—Claro, pasaré por tu casa más tarde. Dile por favor a Alice que le llevare su computadora. Hasta más tarde Edward.

Antes de escuchar una respuesta por su parte, finalicé la llamada. Por una parte tanta conversación cordial con el hombre que no salía de mi mente, me alteraba más de lo que me podía permitir, asimismo no tenía la fortaleza para hablar con Alice en este momento.

Luego de sopesar si debía ir a hablar con Edward, me dije que era necesario dar la cara y ver cómo sería nuestro trato de ahora en adelante. Le conté a Charlie que tomaría un taxi para encontrarme con Alice y él insistió en que pasaría por mí en la noche, por lo que rápidamente guardé la computadora de mi amiga en un bolso, tomé mi nueva chaqueta de cuero café y me encaminé a la casa de los Cullen.

Le pagué al taxista y me quedé mirando por unos cuantos segundos la puerta principal, notando que era una vil cobarde y no tenía ni el coraje para tocar el timbre.

Suspiré finalmente y cuando me acercaba a la puerta, ésta se abrió.

Ahí, con su mano en el pomo de la puerta, dándome invitación a que entrara, estaba Edward sencillamente apuesto, caballeroso y opulento.

Vestía con un pantalón de sastre gris y una camisa manga larga púrpura que hacia destacar el blanquecino tono de su piel y acentuaba el brillante verde de su mirada. Un simple humano que tenía las cualidades y defectos que hacían tan ardua la tarea de aislarme de él.

Me brindó una sonrisa sincera y yo respondí con calidez, adentrándome en la imponente vivienda; no sin antes advertir la distancia voluntaria que habíamos impuesto entre nosotros. Aunque me dolía, sabía que esto era lo mejor. Ni el mínimo contacto físico con Edward, sería una de mis principales reglas.

—Me da mucho gusto verte, Bella.

—Igualmente.

Pasamos a la sala y Edward se acomodó en un sillón individual.

—Por favor toma asiento, Bella

Hice lo que me pidió y bajé la mirada a mis jeans; estando sentados a menos de un metro de distancia la situación se tornaba incómoda y yo no sabía qué debía hacer o decir. Más le valía a Alice aparecer pronto.

—Lamento no haber estado para mirar los salones este fin de semana.

Alcé la mirada rápidamente, sin disimular del todo la sorpresa en mi rostro. ¿Haríamos como si nada hubiese pasado?

Seguro para él era demasiado fácil sólo bloquear ese mal recuerdo, al fin de cuentas únicamente fue "algo que no debió ocurrir", la mismísima nada era más significativa.

Si Edward haría las cosas de esta manera, no tenía otra opción que tragarme una vez más mis sensaciones y al menos conformarme con que él no me repudiaba por lo que había hecho.

—Acerca de los salones, estuve viendo varios este fin de semana. Me parece que lo ideal es pagar por el Salón Principal del Hotel Antartic para que así Allie no sospeche que se hará todo aquí en la casa —comenté con tono despreocupado.

—Esa es una estupenda idea, Bella. Mañana llamaré a hacer la reserva. Te lo agradezco mucho.

—No fue nada.

—Sí, lo fue. Sé que tuviste que hacer todo eso sola, no fue justo.

—Realmente Jacob me ayudó bastante —le expliqué, sonriendo ante el recuerdo de Jacob volando en la moto con mi pobre cuerpo tenso, apretando los pies y las manos, rezando por no chocar.

Edward suspiró y volvió a sonreír, a mi parecer, de modo muy fingido.

—No importa, te lo compensaré esta semana cuando vayamos a mirar los adornos de globos y las flores —respondió con bastante entusiasmo.

Mi mente estaba en blanco, no entendía nada. No tuve más remedio que preguntar.

—¿Aún… quieres mi ayuda?

—No podría hacerlo sin ti, Bella. Quisiera que me acompañaras a averiguar cada detalle, si todavía estás de acuerdo.

—Sí, por supuesto, Alice merece lo mejor.

—Gracias de nuevo, Bella.

—Hablando de Alice —recapitule que estaba aquí para entregarle su computadora—. ¿Por qué mi amiga no ha bajado? No sabía que podría vivir tanto sin revisar sus notificaciones de facebook —intenté bromear un poco.

—Si, en cuanto a eso… Alice no está en la casa.

Mis ojos se abrieron de golpe y fruncí mi ceño.

—¿Cómo que no está? —enarqué una ceja, esperando rápidamente una respuesta.

—No le dije que vendrías, así que está en casa de Rosalie —confesó Edward en un bajo susurro.

—¿¡Por qué harías eso!

—Te lo dije, quería hablar contigo.

Que Edward no me hubiese dicho las cosas desde el principio me llenó de rabia, de alguna manera me había engañado y eso no se sentía bien.

—Debo irme, Edward.

Me levanté velozmente de la silla, acomodé la computadora en la mesa y fui hacia la puerta buscando de prisa la salida.

—Bella, por favor espera.

Edward posó su mano en mi hombro derecho y yo frené. Lentamente di media vuelta para encontrármelo con su semblante alterado y una mueca de dolor en su rosto.

—Lo siento, debí habértelo dicho. Es sólo que debemos hablar de lo ocurrido, por eso quería que fuese a solas.

Tragué saliva, de lo último que quería hablar era de ese tema. Pero sabía que las cosas no podían sólo quedar de esta manera.

—Entiendo si no quieres hablarlo, pero me parecía lo más prudente.

Su rostro a esta altura era una combinación entre los tensos músculos de su cara, pareciendo forzados a relajarse y sus ojos perdidos sin mirar verdaderamente cosa alguna.

—No, es lo correcto.

No sabía que decirle. Era posible que Edward esperara una excusa de mi actuar, que le dijera lo arrepentida que me encontraba, pero eso no sucedía realmente.

De igual forma no es como si nos hubiésemos besado, más bien yo lo hubiese besado a él. Fue sólo un roce, algo trascendental y relevante para mí; pero para él debía carecer de importancia.

—No quiero incomodarte, sólo creo que si somos amigos deberíamos poder hablar de las cosas.

—Sí, hablémoslo.

Bajé la mirada completamente avergonzada. Estaba manteniendo mi mirada gacha para no caer ante el hechizo de esmeralda liquida que eran sus orbes.

Acarició sutilmente mi mentón, levantándolo para llegar a mis ojos.

—Bella mírame —imploró con suave entonación.

—¡No! —contradije mirando hacia otro lado.

—Bella… por favor. Sólo mírame.

—¿Por qué haces las cosas tan difíciles Edward? —demandé en un frágil quejido.

Pero sus manos, sus malditas, tentadoras y hábiles manos acunaron rápidamente mis mejillas obligándome a situar mi mirada en la suya. Él debería saber que mi voluntad era débil, muy débil.

—Lo difícil sería ignorar esto, Bella.

Su dulce respiración se fundió con mis suaves exhalaciones.

Y aquello fue inevitable…

Desee y ordene a mi cuerpo no hacerlo, pero él ya tomaba sus propias decisiones.

Uní nuestros labios en un significativo encuentro, un acto que dejaba expuesto todo lo que no podía callar más.

Su anatomía se tensó ante la llegada de mi lengua a sus labios, no hubo previo aviso ante nada, no hubo invitación para adentrarme en su cálida boca y beberme sus suaves y expertos labios.

Sólo tomé lo que hacía tanto había deseado; era un fruto prohibido por el que pagaría cualquier condena.

Mi pecho subía y bajaba frenéticamente; mi corazón bombeaba ágilmente sangre hacia todas partes de mi cuerpo, él sabía gloriosamente.

Era un beso corto y eterno. Perdurable e instantáneo.

Sabía que estaba tentando a la suerte; no quería ni imaginar en qué modo pagaría las atroces libertades que me había tomado cuando el destino me pasase factura.

Debería arrepentirme de lo ocurrido, pero no podía.

Descaradamente mi cuerpo sólo temblaba de júbilo ante el calor que desprendía su cercanía y su inminente contacto.

No teníamos la necesidad de despegar nuestras bocas para tomar aire; sin embargó debíamos calmar nuestras erráticas respiraciones. Lentamente, de la forma más tortuosa que fuese posible, separamos nuestros labios hasta sólo rozarlos antes de que Edward rodeara sus fuertes brazos en mi cintura, abrazándome firmemente como si no quisiese que desapareciera.

Bajé mi rostro, hundiéndolo en su pecho. Edward apoyó su cabeza en la mía.

Apenas empezaba a registrar lo que realmente había sucedido hace unos segundos. Mi elaborada respiración y su hechizante olor no me permitían la coherencia necesaria para entender que esto era real.

Él dibujaba círculos en mi espalda que relajaban todo mi cuerpo. Siempre mi organismo fue obediente a su contacto. Pocos minutos después nuestras respiraciones eran pausadas y profundas.

Estaba sumida en el instante de pertenecernos imaginariamente.

Empecé a notar el gran silencio que nos rodeaba y la incomodidad no se hizo esperar; me tomó unos minutos recordar que esto estaba mal.

¿Que había hecho? ¿Qué se debía decir en estos casos? "Edward siento ser una lunática y desearte tanto, sé que está mal mi comportamiento, pero tus adictivos labios tienen la culpa". Claro, eso sería lo ideal en estos casos.

Intentaba pensar con sarcasmo porque no era capaz de reconocer que esta realidad era atronadoramente maldita. Le huía a la desgarradora verdad escondiendo mis grandes temores, no había aprendido la lección y ahora vendrían las infaustas consecuencias.

Él también notó lo poco cómodo que se volvió nuestro entorno y lastimosamente me alejó un poco de su lado, sin soltarme realmente, para efectuar su penetrante mirada en mí.

—Ed-d-dward… yo… —tartamudeé patéticamente y agaché mi cabeza, una cortina de cabello marrón me libró de su imperiosa mirada. El escrutinio de sus orbes sólo atacarían más a fondo mi consciencia—. Lo lamento —articulé finalmente aún con mi vidriosa mirada baja y cerré los párpados con fuerza; no podía permitirme llorar.

Él debía saber que no me arrepentía; pero sentía lo sucedido, fui la causante de un aberrante error que no debió suceder y apenas el entendimiento llegaba a mí.

Por eso ahora entendía como hay momentos en que debemos pedir disculpas, como él había hecho tantas veces. Porque Edward al menos era consciente que estábamos yendo demasiado lejos, pero yo fui la que transgredió los límites; por eso, ésta vez era yo la que pedía que dispensara tantos errores que ya no tenían marcha atrás.

Porque ya a mi consciencia la había atacado un poco la culpa, Edward me había correspondido el beso, pero el sólo era un hombre y yo no debía tentarlo de tan insistente forma. Y pedía sus disculpas porque no podría soportar su odio. Acataría dolorosamente su rechazo, pero su odio simplemente me devastaría.

Edward tomó mi mentón con su fuerte mano y lo alzó suave pero enérgicamente hasta penetrar con su mirada mi contrariado rostro, abrí los ojos para encontrarme con esos orbes profundos en los que cada tanto me perdía.

Su rostro era inescrutable, sus hermosas facciones mostraban entereza pero su mirada parecía estar perdida en la profundidad de su ser.

—Yo no lo lamento —sus palabras destilaron un fuego intenso que recorrió mi columna vertebral.

Y estrelló nuestros labios con ansiedad desbordante. Solté un jadeo. Sus brazos me ciñeron contra él con tal ímpetu que sentía que nuestras pieles se fusionaban ante tan intensa caricia.

El beso cambió de demandante y fuerte, a un contacto cálido y dulce, hasta quedar sólo el leve rozar de nuestras narices.

—Sé que todo está malditamente mal —su mirada estaba cargada de emociones —y soy consciente de que esto podría terminar en un desastre; pero… sentirte mía por un instante es el error más dulce que he vivido, porque me ha llevado a conocer de nuevo la fugaz felicidad.

Volví a enterrar mi cara en su pecho, por mis ojos ya surcaban lagrimas que inundaban mis mejillas y no quería que Edward lo notara.

Más lagrimas.

—Por cierto, me gusta tu chaqueta Bella y… me gustas tú.

Sólo que esta vez era lágrimas de incredulidad y esperanza.


El agradecimiento a mi queridísima y adorada Saranya.x, la mejor beta-madre de la historia-del-mundo-Amén(?)

¿Cómo ven chicas? El capítulo empieza con lágrimas y termina con lágrimas xD.

Mis queridas y hermosas amigas y lectoras, pido una constante disculpa por la demora de mis capítulos. Pero claramente no soy escritora *(Nota de la beta que se mete en lo que no le importa: sí eres escritora, éste capítulo lo comprueba)* Es obvio xD sino… Ingeniera o al menos estudio para serlo y… juró que estudiar esta carrera es lo que me ha llevado a reconocer mi alma masoquista que ya ni… comer puedo.

El punto es que Liz puede llegar a ser una perra lenta e impuntual, *(Nota de la beta Saranya: bueno sí puedes llegar a serlo, no lo dudo) pero jamás una faltona. NUNCA dejaría esta historia.

Dedicado a Doroto que es un amor de persona.

En fin, menos palabras y más acción. Jajajja. Les agradezco SIEMPRE su preocupación y lealtad. Espero les guste el capítulo y estén muy bien.

Fuckin´ half Soul la Llama con su poncho y yo, te mandamos abracitos empalagosos desde Colombia. Te amo.

El capítulo estuvo listo en dos días pero demore más de un mes en hacer esta nota de autor. *Las lectoras miran a Liz con cara de morirás si sigues con tus malos chistes* Jajaja. Las adorooo.

P.D: Mi Beta puede opinar en mis notas de autor cuantas veces quiera. Para eso es mi representante legal(?)