Dije que no escribiría nada hasta poco antes de Navidad. Bueno, me llevó seis días completos faltar a mi palabra. Acá estoy, con un proyecto que apareció de golpe en mi cabeza atestada de verbos, sustantivos y análisis sintáctico, por no hablar de la teoría innatista de la adquisición del lenguaje. Tengo otros cuatro proyectos en mente, pero son más largos y quiero tomarme el trabajo de escribirlos como se debe, con tiempo y prolijamente.

Espero que una vez que esto esté redactado, pueda volver a concentrarme en lo mío. Lo necesito urgentemente. Todo esto es una sola historia, a la que dividí en partes para facilitar la lectura. Un capítulo único de 58 páginas es un poco difícil de maniobrar. Por lo demás éste es, en cierta manera, el clásico fic "Edward-no-regresó-en-Luna-Nueva", que en algún punto casi cada autor acaba escribiendo, con la única variante interesante que rescato el poco comentado hecho de las transfusiones que recibió Bella en Phoenix.

Los datos consignados sobre el VIH y el SIDA son verídicos, pero poco precisos. Formé parte hace un tiempo de un proyecto de concientización; la mayoría de los datos que cito son de memoria. En el proyecto, un grupo de gente recibía una formación básica, pero eficiente, que a mediano y largo plazo ayudará a que toda la sociedad esté mejor informada y disminuyan los contagios, al menos en teoría. Repartimos folletos y preservativos como parte de la campaña del Día Mundial de Lucha Contra el SIDA, el 1º de diciembre. Al poco tiempo de pertenecer yo al proyecto, un amigo mío murió, y sólo tras su muerte supimos que no era leucemia lo que él padecía, como nos hizo creer a todos, sino SIDA. Yo lo intuía, los síntomas eran más cercanos al SIDA que a la leucemia, pero decidí creer en él y no en mi rudimentaria formación.

No me siento decepcionada por su mentira, pero sí siento mucho dolor al pensar cuánto debió sufrir él, cuánto miedo y angustia debió pasar al no ser capaz de contárselo a nadie, ni siquiera a sus padres. Ellos lo supieron por el certificado de defunción, y nunca obtendrán respuestas a las muchas preguntas, además de que les quedará para siempre el dolor de saber que su hijo no pudo confiar en ellos. No pretendo que este fic sirva de medio para comunicar la verdad universal sobre el síndrome de inmunodeficiencia adquirida ni nada de eso, sólo… quise escribirlo, tuve que hacerlo. Lo dedico entonces, como si sirviera de algo, a la memoria de Sergio.

Con ustedes, el fic. Obviamente, los personajes no me pertenecen, lo hago sin fines de lucro, bla, bla, bla.

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COMO UNA VELA QUE SE APAGA

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¿Para qué quiero la eternidad si no es para pasarla junto a quien amo? ¿De qué me sirve una cantidad astronómica de dinero si no puedo comprarle la salud a la única persona que me importa? ¿Qué me interesa la eterna juventud, si la mujer que es mi vida se está muriendo?

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-Mandy estaba peor hoy. Los antirretrovirales no están funcionando como deben –se quejaba Rosalie-. La nueva mutación que encontraron en ella tampoco está ayudando a hacer las cosas más fáciles.

-Las enfermeras no eran muy optimistas, no creen que Mandy pase de este mes –suspiró Carlisle, buscando las llaves en el bolsillo.

-¡Arpías! –escupió Rosalie, enojada-. Lo mismo vienen diciendo desde hace cinco años, y Mandy siempre salió adelante.

-No es fácil para ella, tan pequeña y tan gravemente enferma… ¿qué se sentirá no haber estado nunca sana, tomar medicación junto con el biberón, ser despertada cada tres horas desde que era un bebé para tomar las medicinas? –reflexionó Carlisle, abriendo la puerta y cediéndole el paso a Rosalie.

-Aprendes a vivir con eso, supongo. Si no hay más remedio… y a la fecha, no lo hay –masculló Rosalie, entre angustiada y enojada, entrando a la casa-. Según parece, la cura es algo virtualmente imposible.

-Están probando una vacuna que sería efectiva para prevenir el contagio, pero seguiría sin resolver casos como el de Mandy –observó Carlisle, entrando tras su hija, y cerrando la puerta tras de sí-. No hay cura para el contagio vertical.

-Ya están en casa, basta de hablar de trabajo por hoy –los reprendió Esme cariñosamente, tomando los abrigos de ambos y colgándolos en el perchero.

-Hola, amor –la saludó su marido con un beso-. Lo lamento, pero el caso de esa chiquita nos está obsesionando.

-¿Sigue mal? –preguntó Esme, triste. Aunque no conocía personalmente a la pequeña paciente, sabía de su historia.

-Está peor que hace unos días –respondió Rosalie, desalentada-. Encontraron una nueva mutación del virus en su sangre hoy. Los glóbulos blancos están más bajos que antes, y los rojos casi brillan por su ausencia. No pinta nada bien.

-¿Le hicieron nuevas transfusiones? –preguntó Esme, inquieta.

-Sí, pero es como tratar de frenar un incendio arrojando agua con un vaso –musitó Rosalie, sacudiendo la cabeza-. Apenas si ganamos tiempo.

-No hay mucho más que podamos hacer –murmuró Carlisle-. Alentarla, no dejarle ver lo mal que está, e intentar que ella no sufra.

-Por suerte Bella está haciendo un gran trabajo con los niños –sonrió Rosalie con un poco de tristeza-. No creí que fuese del tipo maternal, pero es estupendo cómo se ocupa de ellos. Mandy la adora.

-¿Cómo sigue Bella? –quiso saber Esme, pasando la mirada de su marido a su hija, preocupada.

Carlisle y Rosalie intercambiaron una mirada antes de hablar.

-Mal –fue la respuesta crudamente honesta de Rosalie.

-Nada bien –negó Carlisle con la cabeza-. Está recuperándose de la neumonía, pero sigue sin estar suficientemente bien como para darle el alta. Hoy tuvo fiebre otra vez.

-Eso no es bueno –murmuró Esme, intranquila.

-Claro que no, fiebre es signo de infección, y eso en su delicado estado de salud no es nunca una buena noticia –respondió Rosalie con una mueca.

-No solo por eso. Edward llamó hoy –informó Esme en voz baja-. Dice que está cerca, y que le gustaría venir por unos días, de visita.

-¿Cuándo llega? –preguntó Carlisle de inmediato.

-Hoy a medianoche –respondió Esme, con voz débil.

Tres rostros se giraron velozmente hacia el reloj de pared. Eran las 10:27 de la noche.

-¿Qué hacemos? –preguntó Esme, retorciéndose las manos, inquieta-. ¿Le decimos?

-Es casi imposible mantenerlo en secreto para él, tendremos que decirle –suspiró Carlisle, que parecía cansado-. Será una larga noche.

Rosalie sólo gruñó.

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-Siéntate, por favor, y escucha lo que voy a decirte. Si te enojas, procura no romper nada irremplazable, o harías enojar a Esme –instruyó Carlisle, inquieto, mirando de reojo a su hijo más problemático.

Edward había llegado hacía unos segundos, y Carlisle estaba teniendo el difícil trabajo de encontrar el modo más diplomático de decirle sobre Bella sin pensar directamente en el tema.

-Por favor, escúchame antes, Carlisle. Tomé una decisión –Edward tomó aire profundamente antes de empezar a hablar-. Me di cuenta que dejar a Bella hace cinco años fue el peor error de mi vida. No puedo vivir sin ella, cuando no estoy a su lado me limito a existir, pero no es una vida lo que vivo cuando ella no está a mi lado…

Carlisle se limitó a asentir, un poco ausente. En el piso superior imperaba un silencio de misa, todos estaban escuchando con atención, pero a la vez centrados en pensar en otra cosa.

-Voy a buscarla –anunció Edward-. Voy a buscarla por todo el mundo de ser necesario, y voy a pedirle que me dé una nueva oportunidad. La amo, y no puedo estar sin ella.

-Pasaron cinco años del día en que la dejaste en un bosque húmedo, convencido de que era lo mejor para ella –formuló Carlisle cuidadosamente-. ¿Qué te hizo cambiar de opinión y convencerte que sí eres suficientemente bueno para estar a su lado?

-¿Quién dijo que soy digno de ella? –respondió Edward con una sonrisa amarga-. Sigo sin serlo, y ella en verdad estaría mejor sin mí. Pero… no puedo evitar ser egoísta, la necesito, más que nada. Más que alimento, más que la sangre… no puedo estar sin ella –admitió, desolado-. Estos cinco años fueron un infierno, y quiero, necesito, rogarle que me perdone, necesito al menos estar cerca de ella y convencerme que estará bien.

-Tal como dices, pasaron cinco años. Ella podría haber conocido a alguien en ese tiempo –dijo Carlisle con el cuidado digno de quien está manipulando explosivos peligrosos-. Más aún, teniendo en cuenta que la dejaste creer que no la querías, que te distraerías fácilmente, que una "ruptura limpia" era lo mejor.

-Sé eso, lo sé, y daría todo lo que tengo y soy por dar marcha atrás en el tiempo y no haber dicho esas mentiras tan idiotas –casi sollozó Edward, hundiendo la cara entre las manos-. Pero no puedo. No puedo. Entonces… sólo me queda buscarla y por lo menos asegurarme que es feliz, que no necesita nada, que… que ella sí siguió adelante, que vivió…

-Seamos trágicos y digamos que murió –expuso Carlisle, el rostro cuidadosamente inexpresivo-. Sabemos que era propensa a los accidentes y que tenía mucha mala suerte. ¿Qué harás si en lugar de una Bella sonriente, todo lo que encuentras es una tumba en la que dejar flores?

Edward no respondió nada por un largo rato. Estaba completamente congelado.

-Quiero que contemples todas las posibilidades. Sabes que la buscas, pero no tienes idea de qué puedas llegar a encontrarte –observó Carlisle-. Puede estar casada y tener varios niños, puede haber muerto, puede haber emigrado a otro país, puede que te siga esperando. No lo sabes. ¿Qué harás en esos casos?

-No sé –admitió Edward, honesto, luciendo más joven y frágil de lo que su padre recordaba haberlo visto desde su transformación-. No sé. Sólo sé que seguir viviendo sin ella no es una opción. Tengo que encontrarla, tengo que asegurarme que está bien, que no le falta nada, que es feliz. Si está bien, la dejaré en paz, no la pienso molestar ni nada. Si tiene a alguien a su lado… no haré nada. Pero no puedo seguir alejado. No puedo –casi sollozó la última frase, rodeándose el torso con los brazos.

Carlisle estaba ahí al instante, abrazándolo con fuerza, confortándolo.

Por fin estás haciendo lo correcto. No hará falta que la busques por medio mundo, hijo. Sé donde está. Y no son buenas noticias.

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-Explícamelo de nuevo, sigo sin poder creerlo –musitaba Edward diez minutos más tarde, mientras el automóvil se deslizaba velozmente por la autopista rumbo al hospital-. ¿Cómo la encontraste?

-No la encontré en el sentido que la busqué y llegué hasta ella –explicó Carlisle, la mirada fija en la calle-. Bella fue ingresada hace una semana al hospital en que trabajo, cuando yo estaba cubriendo el turno de guardia en Urgencias. Me tocó atenderla, y ella estaba tan sorprendida como yo de encontrarnos en un hospital de Seattle.

-¿Qué tiene Bella? –preguntó Edward, sufriente.

-Neumonía. Una neumonía feroz que no está reaccionando a la medicación como cabría esperar que lo hiciera –dijo Carlisle, desalentado, sujetando el volante con un poco más de fuerza de lo estrictamente necesario.

-¿Es muy grave? –la voz de Edward era apenas un susurro.

-Ambos pulmones están tomados, repletos de flema y funcionando mal. Ella tiene bajo peso, su sistema inmunológico es débil, los glóbulos blancos son demasiados, y los rojos, muy pocos –enumeró Carlisle, girando a la derecha-. Todas malas noticias.

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Sshh, está dormida. Lleva días durmiendo poco y mal, por favor no la despiertes.

Ambos vampiros se deslizaron en completo silencio dentro de la habitación, donde la joven humana, acostada en una de las incómodas camas del hospital, dormía profundamente. Algo que parecía unos bigotes plásticos largos y delgados le administraban oxígeno, intentando hacer más fácil el trabajo de sus maltrechos pulmones. Los signos vitales eran estables, pero el respirar dificultoso era claramente audible para los sensitivos oídos de los inmortales.

Edward se adelantó un paso, a la vez que inhalaba una gran bocanada de la esencia tan dulce y embriagadora de Bella. Seguía siendo el olor más apetitoso posible, el paso de los cinco años durante los cuales no la había olido sólo la había hecho más adictiva que antes. Sin embargo, el fuego en la garganta, los músculos tensos, el veneno en la boca, el hueco anhelante en el estómago, toda la irresistible sed, era más fácil de ignorar que nunca. Bastaba centrarse en el pálido rostro de Bella para que el delicioso olor fuese algo completamente secundario.

Bella estaba anormalmente pálida, ni siquiera los labios tenían un color aceptable. Su cabello estaba mal peinado y opaco, sin vida. Sus párpados parecían más frágiles que nunca; toda ella estaba preocupantemente delgada y con aspecto poco saludable.

-…Mandy…

Ah, y seguía hablando en sueños. Su voz sonaba tan débil y dificultosa como se veía el resto de su cuerpo.

-…Mandy… no salgas… frío… no puedes… -Bella se removió inquieta-. Frío… Mandy… ¡Edward!

Decir que Carlisle y Edward se sobresaltaron es poco. Edward dio un respingo, indeciso si correr a los brazos de Bella y rogarle que lo perdonara o salir corriendo y fingir que ella nunca lo había visto, que era un sueño…

Bella se acomodó un poco sobre las almohadas y siguió durmiendo, ya más tranquila. Ni siquiera se había despertado. Había nombrado a Edward, pero en sueños.

Tenemos que irnos, es tarde y se supone que ella no puede recibir visitas a esta hora. Vamos, Edward. Puedes volver mañana… o mejor dicho, más tarde este día. Pero ahora nos tenemos que ir.

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-¿Quién es Mandy? –preguntó Edward con voz ausente, mientras el automóvil de Carlisle, con su dueño conduciendo, iba de regreso a la casa.

-Es una niña de nueve años, paciente del mismo hospital. Rosalie desempolvó su título en pediatría hace poco y la está atendiendo –explicó Carlisle-. Mandy y Bella se convirtieron en grandes amigas durante la última semana; Bella está tomando un poco el lugar de madre para Mandy. La niña está muy sola, y Bella se comporta de un modo muy dulce con ella.

-¿Qué le pasó a la madre de Mandy? ¿Y por qué está hospitalizada?

-Mandy vive en el hospital. Edward, ella nació con VIH –dijo Carlisle en voz tenue, triste-. Su madre era portadora del virus, y se lo transmitió a su hija por contagio vertical, de madre a hijo, durante la gestación. Su madre renunció a la patria potestad sobre su hija cuando Mandy tenía unas semanas de vida, y desde entonces ha ido de orfanato en hospital, sin una verdadera figura maternal… Es muy difícil que alguien adopte una criatura con una enfermedad incurable.

-Nunca había visto a Bella maternal –admitió Edward en un susurro-. En es momentos como éste que me doy cuenta de lo poco que la conozco, y lo mucho que la amo. Apenas pasé unos meses con ella en Forks, solo poco más de medio año, y hay tantas cosas que no sé de ella… Jamás pareció muy interesada en los niños entonces, pero era una adolescente de diecisiete años. Todo puede haber cambiado tanto…

Tendrás que conocerla de nuevo, y ella te tendrá que conocer también. Sí, sé de tu teoría sobre que los vampiros no cambiamos nunca, nada, pero no estoy de acuerdo. Creo que el cambio es más lento, pero es posible cambiar… te noto cambiado.

-No es cierto –susurró Edward, en respuesta a las observaciones de Carlisle.

Sí es cierto. Estás distinto. Te noto más maduro. Como si ahora fueses… adulto.

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-¿Qué vas a hacer ahora?

-Hola, mamá, también me alegro de verte –sonrió Edward, en respuesta a la pregunta con que lo recibió Esme.

Carlisle y Edward entraron a la casa de los Cullen, donde esta vez toda la familia estaba reunida, expectante.

-¿Qué vas a hacer? –insistió Esme, ansiosa.

-No sé –admitió Edward-. Quizás esperar a que esté lo suficientemente sana como para poder golpearme si quiere sea una buena opción.

-¡Idiota! –le ladró Rosalie, siempre tan cariñosa-. ¡Otra vez estás huyendo!

-No estoy huyendo, sólo estoy esperando a que ella esté bien –rebatió Edward, entornando los ojos-. No voy a alejarme.

-Rose tiene razón –la apoyó Alice, enojada hacia Edward-. Estás huyendo. No te atreves a dar la cara. Estás escudándote en la enfermedad de Bella, no vas al frente. Estos cinco años no te sirvieron para nada, no aprendiste.

-Aprendí –protestó Edward, ofendido-. Aprendí que esta vez quiero hacer las cosas bien, quiero darle la oportunidad de defenderse, de negarse si es lo que quiere.

-Pero, si estás tan desesperado como decías hace un rato, ¿por qué esperar? –retrucó Jasper-. Ve a verla lo antes posible. Ni bien comience el horario de visitas. No desperdicies más tiempo.

-Sería un shock muy grande para ella si aparezco de golpe en su habitación… -empezó a discutir Edward.

-Sería un shock peor si apareces por partes –se le rió Emmett-. ¿No se te ocurrió que si Bella ya vio a Carlisle, tu aparición no la tomará por sorpresa? Es más, te diré que ella estará casi esperándolo. Es lo razonable. ¡Ella no sabe que hace cinco años que vasi no te vemos el pelo por aquí!

Edward miró interrogativamente a Carlisle, que negó con la cabeza.

-Sólo la atendí brevemente, y lo poco que hablamos fue estrictamente profesional –explicó Carlisle-. Ella quedó en manos del otorrinolaringólogo cuando se confirmó su ingreso; es lo lógico, considerando su neumonía. No hablé de nada personal con ella, y Bella tampoco preguntó.

-Compra un bonito ramo de flores y ve a verla –lo instó Esme, ansiosa-. ¡Vamos!

-El horario de visitas del hospital inicia a las ocho de la mañana –dijo Carlisle como quien no quiere la cosa-. Tienes tiempo de sobra para cambiarte y comprarle un enorme ramo de rosas blancas. Son sus favoritas, se lo dijo a Mandy ayer.

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A las ocho de la mañana y dos minutos, un gigantesco ramo de flores, y Edward detrás de él, estaban frente a la habitación de Bella. El ramo temblaba como una gelatina; Edward nunca había estado más nervioso en sus más de cien años. No tenía idea de cómo reaccionaría Bella cuando lo vea; en circunstancias normales ella era difícil de predecir, en un caso como ése… quién sabe lo que podría llegar a pasar. Alice, la muy cruel, se negó a mostrarle nada. Prefirió pasar dos horas pensando en modelos y colores de zapatos antes que permitirle echar un vistazo a algunas de sus visiones.

-¿Busca alguna habitación en especial, joven? –le gruñó una enfermera malhumorada.

Estorbando en medio del pasillo. No saben hacer más que molestar. Estos chicos del recado, son unos idiotas, todo ellos…

-Disculpe, sé cuál es la habitación, pero no me atrevo a entrar –optó por susurrar Edward, fingiéndose tímido. Bien mirado, buena parte de esa timidez ni siquiera era fingida-. Ella y yo discutimos, y ahora supe que está enferma… no me atrevo a entrar sin más.

La enfermera sólo rodó los ojos… y abrió la puerta de sopetón, dejando al ramo y a Edward completamente expuestos.

-Vengo a dejarle el desayuno, ella de todos modos iba a despertarse ahora –le gruñó la enfermera, rodando el carrito en el que llevaba las bandejas del desayuno-. Entre o váyase, pero deje de estorbar, chico.

Bella despertó en ese momento. Parpadeó confundida, intentando orientarse, cuando vio la bandeja del desayuno ante sí.

-Aquí tiene. ¿Se siente mejor? ¿Necesita algo? –la voz de la enfermera dejaba en claro que a Bella le convenía no necesitar nada.

-Nada, gracias –susurró Bella, mientras la enfermera colocaba la cama de modo que la cabecera quedaba parcialmente erguida.

-Tiene visitas –anunció secamente la enfermera, señalando al ramo tembloroso antes de salir a zancadas.

Bella giró la cabeza lentamente antes de quedarse helada, inmóvil. Sus latidos se dispararon, como el agudo oído de Edward captó sin problemas. Edward se humedeció los labios, intentando encontrar una frase ingeniosa y tranquilizadora que decir, pero no se le ocurrió nada.

¿Qué se le dice al amor de la existencia cuando lo visitas en un hospital tras cinco largos años de ausencia?

-Hola, Edward –musitó Bella, la voz un poco temblorosa-. Cierra la puerta, por favor.

Edward se apresuró a obedecer, sosteniendo el ramo por delante como si fuese un escudo. Tras un silencio de varios segundos, Edward se sintió obligado a hablar.

-Ejem, hola. ¿Cómo estás?

-Hospitalizada, como puedes ver.

-Me refiero a cómo te sientes.

-Confundida.

Edward tragó en seco. Bella estaba aturdida, pero también dolida, y mucho mejor preparada para ese encuentro que él. Bella estuvo esperándolo desde hace una semana, desde que vio a Carlisle y supo que sólo era cuestión de tiempo para que Edward apareciera, mientras que Edward no tenía idea de cómo reaccionar.

-¿Confundida? –repitió Edward, por decir algo.

-Eso es lo que acabo de decir.

Más silencio. Edward le tendió el ramo de flores como si fuese una espada.

-Te traje flores.

-Eso me parecía –respondió Bella, un poco irónica-. No tengo un florero suficientemente grande.

-Puedo conseguirte uno.

-Eso estaría bien.

Silencio. Aplastante, atronador silencio. Los latidos del corazón de Bella ya habían recuperado completamente el ritmo normal.

-Al grano, ¿qué te trae por aquí? –gruñó Bella, atacando la avena de su desayuno como si fuese un enemigo mortal.

-Vine a verte –comenzó Edward, sin poder apartar la mirada de ella-. Carlisle me dijo que estabas aquí.

-Voy a demandar a Carlisle –gruñó Bella-. Eso es una falta a la confidencialidad médico-paciente.

-Es mi culpa –aclaró Edward de inmediato-. Hubiese leído su mente si él no me lo hubiese dicho. No había forma de que lo evitara.

Bella gruñó otra vez, hundiendo la cuchara en la avena con gesto asesino.

-Estás hermosa –se le escapó a Edward.

Era verdad. Pese a la palidez, el bajo peso, las ojeras y el aspecto enfermizo, Bella le pareció hermosa, más que hacía cinco años.

-Estoy enferma de neumonía, Edward –masculló Bella, sin saber que el vampiro estaba derretido interiormente al oír su nombre pronunciado por ella-. No estoy hermosa.

-No quise decir que la enfermedad te sentara bien, pero sí estás bellísima –discutió Edward, dejando el ramo a los pies de la cama y sentándose en la silla destinada a las visitas-. Estas hecha toda una mujer.

-Tengo veintitrés años –farfulló Bella, la mirada fija en la taza de té con leche.

-No me refiero a la edad solamente –aclaró Edward-. Bella, yo… vine a pedirte perdón. Te mentí, Bella, te mentí del modo más terrible hace cinco años, y tengo que decirte la verdad ahora mismo o me voy a volver loco.

Bella se limitó a enarcar una ceja. Parecía calmada a la vez que ansiosa, pero por sobre todo, dolida y decepcionada. Edward tomó una gran bocanada de ese aire que olía tan maravillosamente a Bella antes de volver a hablar.

-Te amo, Bella –listo, lo había dicho, y mirándola a los ojos-. Te amo, te amé todo este tiempo, y fue la más horrible de las mentiras el decirte que te podría olvidar, que me distraería con facilidad… no fui capaz de dejar de pensar en ti ni un instante de estos cinco años. Fui un buen mentiroso, tuve que serlo.

La cuchara cayó sobre el plato con estrépito, pero ni Bella ni Edward parecieron notarlo. Estaban demasiado ocupados mirándose fijamente a los ojos.

-Soy un buen mentiroso, pero desde luego, tú tienes tu parte de culpa por haberme creído con tanta rapidez –Edward hizo un gesto de dolor-. Eso fue... insoportable. No ibas a dejar que lo hiciera por las buenas. Me di cuenta. Yo no deseaba hacerlo, creía que me moriría si lo hacía, pero sabía que si no te convencía de que ya no te amaba, habrías tardado muy poco en querer acabar con tu vida humana. Tenía la esperanza de que la retomarías si pensabas que me había marchado.

-Una ruptura limpia –susurró Bella a través de los labios inmóviles.

-Exactamente. ¡Pero nunca imaginé que hacerlo resultaría tan sencillo! Pensaba que sería casi imposible, que te darías cuenta tan fácilmente de la verdad que yo tendría que soltar una mentira tras otra durante horas para apenas plantar la semilla de una duda en tu cabeza.

La expresión de Edward era atormentada. Sus palabras empezaron a fluir con mucha rapidez, del modo que solía hacer cuando se ponía nervioso; Bella tuvo que concentrarse para captar todo lo que él estaba diciendo.

-Mentí y lo siento mucho, muchísimo, porque te hice daño, y lo siento también porque fue un esfuerzo que no mereció la pena. Siento que a pesar de todo no pudiera protegerte de lo que yo soy. Mentí para salvarte, pero no funcionó. Lo siento. Pero Bella, ¿cómo pudiste creerme? Después de las miles de veces que te dije lo mucho que te amaba, ¿cómo pudo una simple palabra romper tu fe en mí? Vi en tus ojos que de verdad creías que ya no te quería. Era la idea más absurda, más ridícula, ¡como si hubiera alguna manera de que yo pudiera existir sin necesitarte! Siempre te he querido y siempre te querré. Cada segundo de los que estuve lejos pensé en ti, vi tu rostro en mi mente. Cuando te dije que no te quería… ésa fue la más negra de las blasfemias.

Bella seguía inmóvil, atónita, aterrada, sorprendida, pasmada. Edward estaba más tenso que la cuerda de un violín. Su existencia toda estaba pendiente de lo que Bella le dijera en ese momento, de su absolución o condena. Una sola palabra podía elevarlo al superior de los cielos o condenarlo al más aterrador de los infiernos.

-Edward –dijo Bella finalmente, los ojos muy abiertos y la cara más pálida de lo normal, aún considerando la enfermedad-. ¿Para qué estás aquí?

-Acabo de decírtelo –tartamudeó Edward, asustado-. Para decirte que te amé todo este tiempo, que mentí al decirte que podría olvidarte, que te adoro por completo y que… que por favor me des una nueva oportunidad, por favor, aún te amo, más que antes si eso es posible, aprendí de mis errores y prometo comportarme como un ser pensante en esta ocasión, te amo, Bella, por favor perdóname, fui un estúpido, con la mejor de las intenciones, pero un estúpido bienintencionado en el mejor de los casos y un estúpido al cubo de todos modos, pero no puedo vivir sin ti, te amo demasiado, por favor, Bella… ¿Me perdonas?

-Estoy… estoy hecha un lío –empezó Bella, titubeante, jugueteando con la avena de su plato-. No puedes decirme que me amas después de dejarme tirada hace cinco años y pretender que yo salte a tus brazos, más teniendo en cuenta que estoy atada a esta cosa de oxígeno –añadió con un golpecito a la máquina-. No puedes venir así, sin más, como si nada hubiese pasado.

-No pretendo hacer de cuenta que no pasó nada, sé que pasaron cinco años y muchísimas cosas durante ese tiempo… sólo quiero saber si tengo una mínima oportunidad de volver a merecer tu cariño –casi imploró Edward.

-Dolió mucho –susurró Bella, casi como si sólo hablara para sí, la mirada perdida en algún punto indefinido-. Esa vez… fue como tener un agujero en el pecho. Como si no pudiese respirar profundamente, como si el corazón no latiera ya. Tuve tanto frío, y sentí tanto dolor… pero salí adelante –añadió Bella, la cabeza levantada y los ojos entornados, mirando fijamente a Edward-. Es lo bueno de ser humana, supongo. Mi memoria es un colador –añadió, sarcástica, en voz tan suave que solo era mil veces peor-. Cumplí con la promesa que me arrancaste: no hice nada estúpido. O por lo menos, nada mortalmente estúpido –admitió, recordando para sí algunas caídas de la moto y el salto de acantilado.

Edward empezó a tartamudear disculpas mezcladas con súplicas otra vez, pero Bella lo silenció con un gesto de la mano.

-Sobreviví –añadió la joven con expresión feroz en la cara y voz suave como la seda-. Fueron cuatro meses… horribles. Charlie quiso mandarme con un psicólogo, de regreso con mi madre, a un internado militar, ¡cualquier cosa con tal de sacarme de ese estado zombie! –Edward se retorció de dolor ante las palabras de la chica. Ella siguió, implacable-. Pero no hizo falta. Yo salí adelante, y por mis propios medios. Nadie me ayudó. Estuve sola, completamente, nadie pudo ayudarme a sobrellevar este salvaje dolor. No podía contarle a nadie por qué me habías dejado, tenía que guardar tu secreto y el de tu familia. Mis amigos me apoyaron cuando conseguí levantar cabeza, pero la peor parte la tuve que hacer yo sola, sin nada ni nadie a mi lado. Yo lo superé, y me costó sangre, sudor y lágrimas. Muchas lágrimas –subrayó-. Lloré mucho por ti, Edward Cullen. Demasiado. Pude con ello, y no tengo intenciones de reincidir.

Porque si volviera a amarte, y me dejaras otra vez, no sería capaz de soportarlo. Una vez fue casi más de lo que podía soportar; no sobreviviría a una segunda oportunidad. Puse mi corazón en tus manos, y me retribuiste yéndote con mentiras. Regresas al cabo de cinco años, suplicando y lloriqueando. ¿De cuántas maneras se puede destrozar un corazón y esperar de él que siga latiendo? No, no puedo hacerlo. Por fin tengo paz y estabilidad, y no voy a arriesgarlo todo otra vez. No lo resistiría. No podría.

Era una suerte y una maldición que Edward no pudiese oír la mente de Bella.

De haber podido, hubiese podido oír el dolor, el enojo y el rencor que ella tenía bajo esa capa de sarcasmo, voz suave y sonrisa desdeñosa.

Pero si hubiese podido oír que pasaba por su cabeza, hubiese sabido exactamente que responder, hubiese corrido con ventaja. En cambio, no estaba en una posición muy diferente a como Bella había estado respecto a él hacía cinco años; dependía de sus palabras, sus gestos, sus muecas y otras señales igual de vagas.

Igual que cualquier otra pareja alrededor del mundo. Al menos en un punto, ambos eran completamente normales.

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