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¿Para qué quiero la eternidad si no es para pasarla junto a quien amo? ¿De qué me sirve una cantidad astronómica de dinero si no puedo comprarle la salud a la única persona que me importa? ¿Qué me interesa la eterna juventud, si la mujer que es mi vida… se está muriendo?

Este tipo de fúnebres pensamientos eran los que recorrían la mente de Edward mientras observaba a Bella, conectada a un tubo de oxígeno, tumbada en la cama, tan pálida que se confundía con las sábanas.

Hacía seis meses de la muerte de Mandy, y era la opinión común entre médicos y enfermeras que en cuestión de días sería Bella quien dejara este mundo. El viejo peor enemigo de los enfermos de SIDA, la neumonía, había atacado otra vez.

-Te amo, Bella –le susurró Edward, besando el dorso de su mano.

-Yo a ti –le respondió ella, apagada.

-Descansa… no te esfuerces… -le pidió él, la más triste de las sonrisas adornando sus facciones, antes de fruncir el ceño.

-¿Qué pasa? –preguntó Bella sin demasiado interés.

-Alice viene –alcanzó a decir él, antes que la pequeña vampiresa de cabello oscuro irrumpiera en la habitación y aferrara el cuello de la camisa de Edward mientras lo sacudía y fulminaba con la mirada.

-Lo vi. Lo vi, Edward, y te advierto: ¡ni-se-te-ocurra! –le advirtió en un tono feroz.

-¿Qué…? –preguntó Edward, confuso.

-Lo vi –repitió Alice, enojada, zarandeándolo como si se tratase de un muñeco de trapo-. Y les dije a los demás. Emm te estará vigilando, al igual que Jazz, de modo que más te vale no hacer tonterías. Rose está ardiendo en ganas por arrancarte ambas piernas para impedirte huir, y tengo que decir que la apoyo. ¡No intentes hacerte el listo, que te estoy vigilando!

Tras un fuerte golpe en la nuca de Edward que sonó como el golpear de dos rocas, Alice salió rauda de la habitación. Edward se acomodó la camisa con gesto de fastidio. Por muy furiosa que Alice estuviese, había sido lo suficientemente cuidadosa como para no romper la ropa.

-¿Qué fue eso? –preguntó Bella, con el primer ligero brillo de interés que Edward había visto en sus ojos en meses.

-Tonterías de Alice –descartó él-. Nada de que preocuparse.

-¿Por qué estaba tan enojada? –insistió Bella.

-Ella… parece que vio un futuro posible. Nada seguro, sólo posibilidades, como siempre… -intentó desviar el tema Edward.

-¿Qué posibilidad es esa que vio? –pinchó Bella, incorporándose ligeramente en la cama-. ¿Por qué la alteró tanto?

-Por favor, no te esfuerces –Edward se apresuró a colocar las almohadas de Bella de modo que ella pudiese sentarse sin esfuerzo-. No es nada, en realidad.

-¿Entonces por qué estaba tan enojada? ¿Y por qué te estarán vigilando Emmett y Jasper, y por qué Rosalie querría arrancarte las piernas? –preguntó Bella, cada vez más desconfiada.

-Alice… vio que yo posiblemente abandone la familia –admitió Edward.

-¿Nos dejarás? –preguntó Bella, aturdida.

-Sólo si lo peor llega a pasar –murmuró él, acariciando la mejilla de Bella con suavidad-. Sólo si me dejas primero. Si no estás aquí… me iré.

Bella no tuvo respuesta de inmediato para eso.

-¿Y por qué eso altera tanto a Alice?

-Porque… ella cree que a quienes pensé en ir a ver… son una mala influencia –dijo Edward, prefiriendo dar un rodeo.

-¿En qué sentido son una mala influencia? –quiso saber Bella.

-Ellos no son vegetarianos –dejó caer Edward, apático.

-Edward… -Bella sonó con todo el reproche posible, considerando lo débil que estaba.

-Bella, es mi plan de emergencia. No podría vivir aquí si no estás. Irme a Volterra será la mejor solución –dijo Edward, antes de caer en la cuenta que había dicho demasiado.

-¿Irte a dónde? –preguntó Bella, parpadeando asombrada.

-Volterra. Es una ciudad italiana, muy pintoresca –explicó Edward, desganado-. Hay un clan importante de los míos allí, pensé en hacerles una visita… si llegara a no haber nada, ni nadie, que me retenga aquí. Alice no lo aprueba, pero eso me importa poco.

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Esa conversación le dejó a Bella una cierta sensación desagradable, aunque no supo identificar qué le causaba inquietud. Edward había dejado entrever que si ella llegaba a fallecer, él se iría a esa ciudad, Volterra, donde vivían unos vampiros que no respetaban la vida humana, y por lo que Bella había sacado en limpio, Edward pensaba unirse a ese clan.

Pero algo había en toda la historia que no cerraba. Edward había cazado humanos antes, durante sus años de "rebeldía adolescente", pero había dejado de hacerlo porque no quería ser un mounstruo. ¿Cómo era posible entonces que de pronto considerara unirse al clan de Volterra…?

Esa noche tuvo pesadillas otra vez, aunque no pudo recordarlas al despertar. Sólo le quedaba en claro la urgencia, la necesidad de detener a alguien, alguien que estaba por hacer algo completamente equivocado…

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Pasaron diez largos días hasta que Edward se fue el tiempo necesario para que Rosalie abordara a Bella a solas.

-Bella, lo que estás haciendo es una estupidez, ¿sabías? –le gruñó la vampiresa rubia.

-¿Hhmm? –preguntó Bella, sin verdadero interés.

-Estás dejándote morir –acusó Rosalie-. Y estás empujando a Edward al suicidio, de paso.

-¿Qué? –preguntó Bella, los ojos abiertos como platos-. ¿Cómo que… Edward… suicidio…? –tartamudeó Bella, aterrada al notar que Edward se había ido.

-Claro que sí. No tiene intenciones de sobrevivirte. Alice lo vio –confirmó Rosalie, ominosa.

-Alice vio que él iba a Volterra… -empezó Bella, cayendo en la cuenta qué era lo que estaba mal. Abrió los ojos más que nunca, recordando de golpe esa conversación de su decimoctavo cumpleaños…

Ella y Edward estaban viendo "Romeo y Julieta"; Bella lloraba al llegar a la parte en que Julieta despierta y encuentra a su marido muerto.

-Debo admitir que le tengo una especie de envidia -había dicho Edward, secándole las lágrimas con un mechón del propio pelo de Bella.

-Ella es muy guapa.

Él había hecho un sonido de disgusto.

-No le envidio la chica, sino la facilidad para suicidarse -había aclarado en tono de burla-. ¡Para los humanos, es tan sencillo! Todo lo que necesitan hacer es tragar un pequeño vial de extractos de plantas...

-¿Qué? –había inquirido Bella con un grito ahogado.

-Es algo que tuve que plantearme una vez, y sé por la experiencia de Carlisle que no es nada sencillo. Ni siquiera estoy seguro de cuántas maneras de matarse probó Carlisle al principio, cuando se dio cuenta de en qué se había convertido... -su voz, que se había tornado mucho más seria, se volvió ligera otra vez-. Y no cabe duda de que sigue con una salud excelente.

-¿De qué estás hablando? –había querido saber Bella-. ¿Qué quieres decir con eso de que tuviste que planteártelo una vez?

-La primavera pasada, cuando tú casi... casi te mataron... –Edward había hecho una pausa para inspirar profundamente, luchando porvolver al tono socarrón de antes-. Claro que estaba concentrado en encontrarte con vida, pero una parte de mi mente estaba elaborando un plan de emergencia por si las cosas no salían bien. Y como te decía, no es tan fácil para mí como para un humano.

-¿Un plan de emergencia? –había repetido Bella.

-Bueno, no estaba dispuesto a vivir sin ti –al decirlo, Edward había puesto los ojos en blanco como si eso resultara algo evidente hasta para un niño-. Aunque no estaba seguro sobre cómo hacerlo. Tenía claro que ni Emmett ni Jasper me ayudarían..., así que pensé que lo mejor sería marcharme a Italia y hacer algo que molestara a los Vulturis.

-¿Qué es un Vulturis? –había inquirido Bella entonces.

-Son un clan –había respondido Edward con la mirada ausente—, un clan muy antiguo y muy poderoso de nuestra clase. Es lo más cercano que hay en nuestro mundo a la realeza, supongo. Carlisle vivió con ellos algún tiempo durante sus primeros años, en Italia, antes de venir a América. ¿No recuerdas la historia?

-Claro que me acuerdo.

-De cualquier modo, lo mejor es no irritar a los Vulturis –había continuado Edward-. No a menos que desees morir, o lo que sea que nosotros hagamos -su voz sonaba tan tranquila que parecía casi aburrido con la perspectiva.

"No a menos que desees morir, o lo que sea que nosotros hagamos"

-Veo que ataste cabos –murmuró Rosalie, trayendo a Bella de regreso al presente-. Sí, irá a Volterra, a pedirle a los Vulturi que lo maten. ¿Sabes quiénes son los Vulturi, no?

-Sí –dijo Bella en voz extrañamente aguda-. Aro, Cayo y Marco…

-Así es, aunque no suelen ser ellos quienes hacen el trabajo sucio. Le encargarán a otro la ejecución –apuntó Rosalie-. Tienen a su séquito para eso.

-Pero… Edward… él no puede… -Bella aún no podía creerlo del todo.

-Claro que puede, está lo suficientemente enamorado como para que la vida si ti carezca de sentido para él –dijo Rosalie, un poco feroz-. Alice ya lo había atisbado cuando Edward decidió que serías humana todo el tiempo que quisieras, pero de un modo más lejano en ese entonces. Al mismo tiempo que decidió que no te convertiría si no querías, tomó la determinación de que cuando murieses, sea cuando fuere eso, él no te sobreviviría por mucho.

-¡Eso es estúpido! –gritó Bella, angustiada.

-No, Bella, tu actitud es estúpida –replicó Rosalie con acritud-. No tengo un concepto excesivamente alto de Edward, pero puedo entenderlo. Los vampiros sólo nos enamoramos una vez. Él no tiene oportunidad de rehacer su vida, todo lo importante para él acabará cuando mueras. Lo comprendo, porque yo reaccionaría igual si perdiera a Emmett –añadió la vampiresa rubia en voz más tranquila, casi reflexiva-. No querría más que dejar de existir, y Edward sentirá lo mismo cuando tu corazón deje de latir… -el tono de voz de Rosalie cambió a uno especulativo al seguir hablando-. Excepto…

-¿Excepto? –preguntó Bella, entre aterrada y esperanzada.

-Excepto… -Rosalie le lanzó una mirada calculadora- …que sea a causa de la ponzoña de vampiro que tu corazón se detenga.

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Edward casi se comió la cabeza en los días siguientes. Bella estaba de lo más extraña. Le hizo mil preguntas sobre su vida humana, sobre los recuerdos que tenía, los detalles más nimios le parecían de pronto importantísimos. Qué tipo de botones llevaban los trajes, qué tamaño tenían los platos, si era habitual tener mascotas, cómo era la textura del papel, si comer verduras era considerado en ese entonces tan importante como actualmente, si tener una buena relación con los vecinos se consideraba importante…

Todo eso, alternado con períodos del mutismo más absoluto. Después de interrogarlo con precisión policíaca, Bella se pasaba horas inmóvil y silenciosa. Edward comenzaba a temer que Bella sufriera de algún tipo de cáncer cerebral y estuviese dando los primeros signos de demencia; hubiese dado un par de siglos de su inmortalidad por oír la mente de Bella y verificar si funcionaba como cabía esperar o no.

Carlisle examinó a Bella y conversó con ella, sin poder encontrar signos obvios de locura. Bella le parecía tan cuerda como lo había sido siempre, aunque para tranquilizar a Edward se programó una tomografía computada.

La tomografía computada demostró que Bella tenía ligeramente más desarrollada la zona del cerebro encargada del lenguaje, aunque ésas fueron todas las noticias que se le pudieron dar a Edward. Por lo demás, la cabeza de Bella estaba perfectamente sana.

Eso no tranquilizó a Edward. Bella seguía comportándose rarísimo. A veces lo forzaba a quedarse con ella durante horas, luciendo aterrorizada cada vez que se movía un solo centímetro, y otras veces lo echaba sin contemplaciones de su habitación, ordenándole no aparecerse por allí en las siguientes doce horas como mínimo.

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-Tendrás que tenerle paciencia –le recomendó Esme a su hijo, cuando Edward desahogó sus preocupaciones con ella-. Está muy delicada de salud, ciertas manías son comprensibles.

-¡Pero es que ella nunca antes se había comportado tan extraña! –insistió Edward.

-Ella nunca antes había estado tan consciente de lo frágil que es como humana… su nuevo interés en tu vida humana quizás responde a eso, a querer poder imaginarse cómo fue tu vida como humano…

-¿Y de qué le serviría eso?

-No dije que le sirviera de nada, sólo que ella querría saber… tal vez para comparar –sugirió Esme.

-Si sólo fuese eso, pero su actitud es… casi digo sospechosa –musitó Edward.

-Vamos, Edward, Bella no haría algo sospechoso, menos ahora, que está en ese hospital, casi sin poder salir –le recordó Esme.

-¡Y esa nueva manía de retenerme a toda costa un día y echarme sin contemplaciones al siguiente! –se quejó Edward, desesperado.

-Creo que Bella intenta que te alimentes lo suficiente, no quiere que sufras al estar tan cerca de ella, mal alimentado –lo consoló Esme, antes de añadir en tono ligero-. Alice llamó anoche y manda a decir que la dejes respirar en paz, que Bella no está por suicidarse o algo así.

-Alice, que se ocupe de sus desfiles de moda y me deje en paz a mí –gruñó Edward.

Aún no le perdonaba del todo a su hermana favorita que justo en ese momento se decidiese a ir a Nueva York a sentar las bases para su propia colección de ropas.

-Jasper también te manda saludos –añadió Esme.

-Pobre tipo –respondió Edward en un gruñido. Alice se había llevado a Jasper consigo, desde luego-. En momento como los que debe estar atravesando, rodeado de muestrarios de tela y zapatos de tacón, Jasper debe estar lamentándose de haberse casado con esa psicópata en miniatura de la moda llamada Alice.

-Edward, hijo, no le guardes rencor –susurró Esme-. Es el sueño de años para Alice, y no es como si pudiese hacer nada por la salud de Bella estando más cerca. Quizás solo se está alejando para sufrir menos, para apartar a Jasper…

-Lo sé, pero… es que la extraño, los extraño a los dos –admitió Edward en un hilo de voz-. ¿Justo ahora tenían que irse, cuando más los necesito?

-Nos tienes a los demás… -dijo Esme.

-Te tengo a ti, mamá, pero Rosalie no es una gran compañía, se pasa más tiempo insultándome mentalmente que haciendo cualquier otra cosa. Emmett no brilla por su tacto o comprensión, además que de todos modos apenas lo veo. Carlisle trabaja la mayor parte del día… -enumeró Edward.

-Yo sé de alguien a quien tampoco vemos mucho por aquí, alguien que se la pasa con Bella siempre que ella no acabe de echarlo –le recordó Esme en voz un poco cantarina-. Un muchacho de pelo cobrizo, ojos dorados, joven, atlético, agradable… ¿lo conoces?

-¡Mamá!

-En serio, hijo, no veas problemas donde no los hay… y creo que terminó el toque de queda, puedes regresar con Bella –añadió Esme, mirando el reloj.

Edward no necesitó oírlo dos veces. Salió casi volando en dirección al hospital.

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Repentinamente, Bella dejó de comportarse de ese modo alarmante. Volvió a ser la Bella de siempre, sin preguntas raras ni exigencias exóticas. Hasta parecía vagamente recuperada de la trágica muerte de Mandy.

Cuando se recuperó otra vez lo suficiente, Bella pudo regresar a casa. Edward la cuidó nuevamente como si fuese de cristal, algo no desacertado teniendo en cuenta que su sistema inmunológico estaba tan agotado por el SIDA y las reiteradas infecciones que cada nueva enfermedad que Bella contrajera podía ser la última de su vida.

Bella entró a la habitación de Mandy por primera vez desde el entierro, algo que ni ella ni Edward habían soportado antes. Había tantos sueños, tantos proyectos, tantas esperanzas depositadas entre esas cuatro paredes…

Juntos, desmontaron la habitación. Fue un trabajo arduo, no tanto en lo físico, como en lo sentimental. Hacerlo significaba aceptar que Mandy se había ido. Los libros, juguetes, ropa y hasta los muebles serían donados a una fundación dedicada a ayudar a niños de bajos recursos económicos enfermos de cáncer. Bella y Edward conservaron, sin embargo, algunas de las cosas favoritas de Mandy, así como todos sus dibujos. Dejarla ir no significaba olvidarla.

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-Edward, Rosalie me dijo algo muy raro hace un par de semanas –comentó Bella una noche, mientras ellos dos veían una película en televisión.

-Rosalie dice cantidad de rarezas –suspiró Edward, que últimamente no recibía más que insultos de su hermana-. ¿Qué te dijo exactamente?

-Que tenías pensado ir a Volterra… pero para suicidarte –dijo Bella con voz suave, acurrucándose en el capullo de mantas en que estaba envuelta.

Edward no respondió. Negarlo sería mentir, pero parecía que Bella no esperaba que se lo confirmara…

-¿Eso es cierto? –insistió Bella.

-Creo que ya te dije una vez, hace años, que puedo vivir sin ti –musitó Edward, hablando directamente en el oído de Bella-. Sigo pensando igual ahora.

-¿Y si yo te pidiera que no lo hicieras? –preguntó Bella.

-Sonreiría amablemente y no te prometería nada –respondió Edward con amabilidad.

Bella asintió, como si esa fuese la respuesta que esperaba, y siguió mirando la película en silencio.

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Una semana después, Edward recorría el hospital con ansiedad extrema. Bella había sido ingresada otra vez, aquejada de un dolor de cabeza terrible, rigidez en el cuello, náuseas y fiebre altísima. Entre quejidos de dolor y mientras se la llevaban, Bella había alcanzado a ordenarle a Edward que buscara a Carlisle y le diera el críptico mensaje: "María tenía un corderito".

Encontró por fin a Carlisle en la cafetería, leyendo el listado de turnos concedidos para ese día con expresión pensativa, junto a un vaso de café que se enfriaba lentamente.

-Carlisle, por fin te encuentro –casi le espetó, nervioso e inquieto-. Bella acaba de ser ingresada al hospital.

-¿Cómo está? –preguntó el vampiro rubio de inmediato, preocupado.

-No muy bien, tiene fiebre y dolor de cabeza… y manda a decirte que "María tenía un corderito" –respondió Edward, sintiéndose ridículo.

Es el momento pensó Carlisle de inmediato, antes de endurecer sus rasgos, como si se prepara para algo muy difícil. Se levantó con rapidez y salió de la cafetería con Edward pisándole los talones.

-Edward, llama a Alice de inmediato y dile que "Cinco lobitos tiene la loba". Ella te dirá que hacer –ordenó Carlisle, antes de empezar a recitar el Juramento de Lealtad a la Bandera, a fin de dejar a Edward fuera de su mente.

-¿Qué es esto de hablar en clave de canciones infantiles? –se quejó Edward, intentando distraerlo y que su padre le confesase algo de lo que estaba pasando allí.

-Es sólo por seguridad –murmuró Carlisle.

-¿Pero qué…? –insistió Edward.

-Llama a Alice, y rápido. Ella te dirá qué hacer –repitió Carlisle, que ahora sonaba cortante-. Edward, por una vez, no hagas preguntas y limítate a confiar en tu hermana.

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-¡No pienso hacerlo! –exclamó Edward al saber de las exigencias de su hermana.

-Sí que lo harás –repuso ella.

-¡Claro que no!

-¡Claro que sí! –insistió Alice, terca, antes de que tras un leve forcejeo se oyera la voz de Jasper.

-Edward, es por una buena causa –insistió Jasper-. Firma esos papeles.

-¡No pienso firmar que acepto donar el cuerpo de Bella para investigaciones médicas! –aulló Edward al teléfono, fuera de sí-. Ella ni siquiera está muerta todavía, y aún si lo está, ¡no voy a cederle su cuerpo a ninguna universidad ni similar!

-Edward, por favor… -insistió Jasper.

-¡Por favor nada! ¡NO PIENSO HACERLO…!

-¡¡ESTÚPIDO!! –ladró Alice desde más lejos de la bocina. Edward estaba a punto de cortar la comunicación cuando Jasper chilló algo más, algo que lo detuvo:

-¡Es la tapadera!

-… ¿qué? –preguntó Edward, desconcertado.

-Firma esos papeles, Bella está viva si estamos teniendo esta conversación –dijo Jasper velozmente-. Es parte del plan.

-¿Plan? –repitió Edward, sintiéndose estúpido.

-Bella armó el plan hace un tiempo, lo de las palabras claves fue idea de ella –explicó Jasper a grandes rasgos-. Hazme caso: ve al despacho de Carlisle, firma los papeles diciendo que donas el cuerpo de Bella, y luego ve a ayudarle a él, que estará con Bella, si no me equivoco. Y no olvides firmar como Edward Masen.

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Los papeles estaban, tal como Alice la había indicado, en el primer cajón del escritorio del despacho de Carlisle. Edward los sobrevoló con la vista antes de firmar. En términos muy breves y claro decía que él, Edward Anthony Masen, como legítimo marido de Isabella Marie Masen, nacida Swan, siguiendo los deseos de su fallecida esposa y con intenciones de colaborar con las investigaciones médicas, donaba el cuerpo de la antes mencionada, a la Facultad de Medicina de la Universidad de…

Edward frunció el ceño. ¡Esa Universidad no tenía Facultad de Medicina!

Recordando lo apremiantes que habían sonado tanto Alice como Jasper, Edward decidió confiar a ciegas y firmó, sin comprender todavía en qué resultaría todo ese circo.

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Edward llegó a la habitación de Bella cuando Carlisle salía junto a una enfermera, empujando una camilla con expresión triste. En la camilla iba una figura humana cubierta por completo con una sábana, del modo en que se solía trasladarse a los cadáveres. Pero el corazón de Bella aún latía, Edward podía escuchar su salvaje martilleo con toda claridad.

¿Firmaste? Le preguntó Carlisle, ansioso, ni bien lo vio. Edward asintió con la cabeza.

Bien. Finge un poco de desesperación. Supuestamente, tu esposa acaba de morir de meningitis.

Edward lo comprendió todo en ese momento.

Bella había dado instrucciones a toda la familia de cómo comportarse en caso que ella volviese a contraer una enfermedad grave. Los médicos le habían advertido que su organismo no soportaría más infecciones, y ella había tomado una decisión al respecto.

Le había pedido a Carlisle que la convirtiera.

Para eso era toda la maniobra de aparente fallecimiento, ¡y la excusa de donar su cadáver! ¡Para justificar el cuerpo faltante! Alice se había ocupado de eso, probablemente junto a Jasper, que era el encargado de los documentos que la familia necesitaba falsificar regularmente.

Carlisle inocularía a Bella con la ponzoña, y ahora necesitaba de su ayuda para sacarla del depósito de cadáveres antes que la meningitis en verdad le causase a Bella daños graves.

Hora del show, decidió Edward.

-Doctor, ¿qué…? –Edward compuso su mejor expresión de espanto-. Por favor, no me diga que… no…

-Lo siento, señor Masen –le dijo Carlisle en voz grave-. La meningitis fue fulminante. No hubo nada que pudiésemos hacer. Su esposa entró en un estado de coma severo y… fue como ver una vela que se apaga. Lo siento mucho… no pudimos hacer nada.

-Señor Masen, ¡señor Masen! –lo llamó la enfermera que iba junto a Carlisle. Edward le guiñó un ojo velozmente a su creador antes de tomar a la enfermera por los hombros y dirigirle una sonrisa amable.

-¿Dónde está Bella, enfermera? Quiero ver a mi esposa –le sonrió.

-Señor Masen, el doctor acaba de decirle… -empezó ella.

-No, no, esa no puede ser Bella, Bella no puede morir –dijo Edward con la sonrisa más idiota que fue capaz, lo cual considerando el nivel de alivio que estaba alcanzando en esos momentos, no era difícil-. Quiero ver a Bella, no esa mujer de ahí.

Carlisle, entendiendo la maniobra evasiva, siguió con la camilla en dirección a depósito de cadáveres, dejando a Edward con la enfermera.

Buena suerte y cuidado se despidió Carlisle, doblando el pasillo.

-Lo siento, señor Masen, pero ésa en verdad es…

-No, no, no me entendió, quiero ver a Bella –insistió él, sonriente.

Oh, Dios mío, pobre hombre, perdió el juicio pensó la enfermera con verdadera lástima.

-Usted tiene que ser fuerte ahora, señor Masen –empezó de nuevo la mujer, hablando lenta y claramente-. Es algo muy duro lo que usted está teniendo que atravesar…

-Sí, Bella está tan enferma, ahora tiene dolor de cabeza… -suspiró él, fingiéndose triste-. Pero se recuperará. Es una mujer fuerte, ella siempre consigue salir adelante.

La enfermera, y luego una médica y otro médico, intentaron convencerlo de que Bella había fallecido. Edward lo negaba fervientemente, y decidido a hacer las cosas bien, empezó a decir que Bella no podía morir, que le estaban mintiendo, que intentaban impedirle verla, que era muy poco amable lo que estaban haciendo, porque Bella no estaba muerta y él lo sabía.

Todo el mundo acabó convencido de que había perdido la cordura a causa de la desesperación, lo cual era exactamente lo que él pretendía.

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Edward consiguió escabullirse por fin hasta la casa oficial de los Cullen. No fue fácil salir del hospital en el que todo el mundo lo miraba con una mezcla de miedo, conmiseración y burla, además de los ridículos pensamientos a tono, pero el inspirar tanto lástima como temor tuvo su lado positivo, ya que al menos nadie intentó detenerlo.

Alice le abrió la puerta antes que alcanzara a golpear.

-¿Cómo está ella? –preguntó Edward de inmediato, entrando. Apenas reparó en el hecho que Alice repentinamente estaba en Seattle, cuando se suponía que debería estar en Nueva York.

-Yo también me alegro de verte –respondió Alice, cerrando la puerta tras él-. Está bien, pero necesitamos sacarla de aquí cuanto antes, antes de alarmar a los vecinos.

Claro. El Cambio, la transformación, era tan doloroso que resultaba casi imposible no acabar gritando de sufrimiento. Edward lo recordaba con demasiada claridad.

-Quizás no sea necesario, la morfina parece estar resultando –comentó Rosalie, asomándose desde el otro cuarto.

-Pero cuando Bella sea mordida… -empezó Edward, sólo para ser interrumpido.

-Ya fue mordida –aclaró Rosalie-. Estaba en coma cuando Carlisle llegó hasta ella, de modo que le inyectó velozmente la morfina y la mordió. Ella ya estaba inoculada cuando desarrollaste tu numerito en el pasillo. Muy convincente, por cierto, lo del marido enloquecido de dolor.

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En efecto, Bella no gritó ni se retorció durante los tres días que duró su transformación. Lo que los vampiros no podían saber era que la morfina, lejos de sedar a Bella e impedir que lo pasara mal, sólo logró inmovilizarla y obligarla a sufrir en silencio. Aunque Edward no se apartó de su lado ni un segundo, los demás estuvieron ocupadísimos.

Hubo que desmantelar la casa que Edward y Bella habían habitado, empaquetando todos los efectos personales de la pareja. También la casa de los Cullen fue cerrada, y al segundo día de transformación toda la familia se mudó a una nueva residencia, en medio del campo, al menos hasta que el primer año de Bella estuviese concluido.

Dejaron tras sí los cuidadosos rastros: la renuncia de Carlisle, anunciando que tomaba un ventajoso puesto en Manhattan. Rosalie renunciaba para ir a trabajar a Washington DC. El enloquecido marido de Bella desaparecía sin rastro. Los papeles sobre la cesión del cuerpo de Bella aparecieron en el área de Traumatología, sin que nadie se explicara muy bien cómo habían ido a parar ahí.

Charlie y Reneé, aunque no estaban muy felices, aceptaron el deseo póstumo de su hija y no reclamaron el cuerpo. Hubo una ceremonia simbólica, bastante extraña dada la ausencia de un cuerpo que velar y enterrar. Tanto el padre como la madre de Bella se quedaron con la versión oficial que su hija había muerto, según el certificado de defunción que les entregaron, a causa de las complicaciones que una meningitis había añadido a la leucemia que ella ya padecía.

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-Ahora, Bella, ¿por qué yo fui el único que no sabía qué estaba pasando? –quiso saber Edward el día que Bella cumplía una semana como vampiresa.

-No eras el único –intentó consolarlo Bella-. Emmett sospechaba, pero no sabía con certeza. Rosalie lo adivinó, por eso se la pasó insultándote mentalmente, para evitar que adivinaras algo por casualidad. Esme no sabía nada, y a Carlisle, Alice sólo lo puso sobre aviso en último minuto. No te lo dije… porque no estuve segura, y no quise… precipitar las cosas. Además, creímos que sería mejor si no estabas en la habitación en el momento en que Carlisle me mordía. Con lo tentadora que era mi sangre, no quise hacerte sufrir.

Edward la miró otra vez más con todo el amor y la desesperación que le causaba ella a veces. Dada la larga enfermedad, Bella había estado muy delgada al momento de ser convertida, y eso la hacía parecer más joven de los veinticuatro años que tenía. Podía pasar por dieciocho o diecinueve sin problemas. Los ojos rojos eran una parte poco feliz, pero por suerte pasajera, de ella. Por todo lo demás, Bella estaba más hermosa que nunca a ojos de Edward.

-Bella, te amo… aunque a veces me exasperas. ¿Qué fue lo que te convenció finalmente de que convertirte en una eterna maldita no era tan mala idea? –preguntó Edward.

No se había vuelto a tocar el tema de la transformación de Bella desde que ambos se decidieron a solicitar la custodia de Mandy, y de algún modo Edward no fue capaz de imaginar que Bella hubiese cambiado de opinión. Ella había estado tan terca antes en su idea, que pese a que Mandy, la razón principal para que permaneciese humana, había desaparecido, a Edward ni se le pasó por la cabeza que ahora quizás Bella no estuviese en contra de convertirse en inmortal.

-Creo que el punto decisivo fue saber que me amabas tanto como para tirar tu vida inmortal por la borda con tal de no quedarte sin mí –admitió ella, saltando hasta una de las ramas más altas de un árbol sin dificultad. El que todo lo físico fuese tan fácil era algo que complacía de sobremanera a Bella-. Decidí que no podía permitir eso, que tenía que hacer algo para impedírtelo… te amo demasiado como para empujarte a morir, más aún cuando la decisión está de algún modo en mis manos. Entonces tomé la decisión, aunque no encontré la forma de llevarlo a cabo. Por suerte Alice lo vio, y se las arregló para hacerme llegar un teléfono a través del cual pudimos comunicarnos. Alice no quería venir directamente a mi habitación porque el olor te alertaría de su presencia. Todas las veces que te eché ordenándote que no regresaras por horas… Alice y yo urdíamos planes. Pretextó que se iba a Nueva York, cuando en realidad nunca estuvo allí. ¿Sabes a dónde se fueron ella y Jasper?

-¿Cómo podría saberlo? –preguntó Edward, saltando tras Bella, que se deslizó a otra rama con una sonrisa.

-Es muy obvio, si lo piensas. Se fueron a Forks.

-¿Forks? –repitió Edward, asombrado.

-La familia tiene una casa ahí, era el lugar más simple para quedarse –explicó Bella con una sonrisita suficiente-. Estaban lo suficientemente cerca de Seattle para intervenir si pasaba algo imprevisto. Jasper arregló los papeles para desaparecer mi supuesto cadáver, y sólo cuando ya todo esto medio cocinado involucramos a Carlisle.

-¿Y lo de los nombres clave con canciones infantiles? –quiso saber Edward, trepando tras ella e intentando atrapar a Bella, que otra vez se escabulló con facilidad.

-Ah, eso fue un poco tonto –admitió Bella-. Es sólo que sonaba mejor que decir "es la hora" o algo así. Además, eran contraseñas seguras, en el sentido que difícilmente nadie las usaría por accidente o las adivinaría.

-Eres brillante, ¿sabías? –preguntó Edward con una enorme sonrisa, alcanzando por fin un tobillo de Bella.

-Claro que sabía, pero me encanta oírtelo decir –admitió ella, risueña.

Tonteando, ambos acabaron por caer del árbol, en un enredo de brazos y piernas.

-Me encanta esto de caerme y que sean las cosas las que se rompen, en lugar de mis huesos –suspiró Bella, acariciando el pecho de Edward.

-Me encanta que seas fuerte, irrompible e inmortal –sonrió Edward.

-Estuve pensando… cuando mi tiempo de neófita acabe, ¿podremos reaparecer en público, o tendremos que seguir escondiéndonos por unos años hasta que todo el mundo olvide al extraño señor Masen y el cadáver donado? –preguntó Bella, preocupada.

-Dado que no vamos a aparecer en Seattle, no creo que haya problemas. Parece que vamos a darle el gusto a Alice e irnos todos a Nueva York por una temporada –medio sonrió Edward-. No es seguro, pero da la impresión que ése es nuestro siguiente domicilio…

-Nueva York me parece una buena idea -opinó Bella, reflexiva.

-Nueva York será, entonces –suspiró Edward-. Alice va a amarte.

-Le debo Nueva York –sonrió Bella, culpable-. Todos creyeron que Alice estaba pasándolo bomba allá cuando en realidad estaba aburriéndose a muerte en Forks.

-Cuidado, Alice es capaz de querer vestir a la Estatua de la Libertad con algo más chic que esa túnica… -advirtió Edward con gesto dramático.

Ambos rieron con ganas. Estando juntos, la eternidad era una inacabable aventura, un extenso y divertido juego. Hasta repetir la escuela secundaria hasta el infinito parecía divertido… siempre que estuviesen juntos. Que lo estarían, y por siempre, nada menos.

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