Algunas explicaciones preeliminares: llevo por lo menos una semana tratando de subir una nueva historia mía, y fanfiction, simplemente, se niega. Lo más cerca de publicar que estoy es subiendo otro capítulo aquí, aunque se trata de una historia completamente distinta. De modo que, en cuanto los responsables de la página arreglen esto, yo voy a publicar lo que viene a continuación como una historia aparte, que es lo que es.

Mientras tanto, gracias por su paciencia.


¡Bienvenidos a esta nueva historia! Los primeros capítulos son un poco aburridos, por eso pido que lean al menos hasta el tercero antes de dejar la historia de la lado, en lo posible. Desde ya, muchas gracias por darle una oportunidad a mi nueva creación.

Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer y el título original es el de un cuento de Elena Coerr, de modo que tampoco es mío. Sí me pertenece la trama, si eso es algo de lo que vanagloriarme en este caso o cualquier otro.

Desde ya, muchas gracias por leer, y espero ansiosa sus comentarios.


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Capítulo Uno: ¿Berty se divorcia?

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—¡¿Escucharon que el profesor Berty se está divorciando de su mujer porque ella lo engaña con otro?

Quién más que Jessica Stanley puede saludarte con un chillido digno de perforar los tímpanos un lunes por la mañana ni bien llegas a la escuela.

—Buenos días, Jessica. Algo había oído –me encogí de hombros. A mi lado, Edward se limitó a asentir.

Yo no tenía intención alguna de contarle que los vecinos del profesor Berty habían llamado a Charlie el domingo en plena tarde porque el griterío que salía de la casa del profesor los tenía preocupados, y que cuando Charlie llegó en la patrulla Berty salía corriendo de su casa y su mujer le arrojaba todo tipo de objetos pesados por detrás (platos, vasos, un florero, un trofeo de fútbol), todo esto sin que la pareja dejara de gritarse tan fuerte como lo permitían sus gargantas, para deleite de los vecinos chismosos, todos colgados por las ventanas y estirando los cuellos…

—¡Dicen que ella lo perseguía con un cuchillo de carnicero por toda la calle! –siguió Jessica, la voz aguda de entusiasmo.

—Yo escuché que ella le arrojaba piedras mientras él escapaba corriendo de la casa en calzoncillos –apuntó Lauren con su habitual mueca de superioridad.

Aunque Lauren no solía rebajarse a hablar conmigo desde que yo salía con Edward (¿celos de que el soltero más codiciado de la escuela me amara a mí y no a ella? ¡Por supuesto!), el chismorreo era demasiado sabroso como para mantener su estudiada frialdad.

—Si aparece con un ojo en compota hoy, sabremos por qué –comentó Mike, que no parecía demasiado interesado en el tema y daba la impresión de sólo estar ahí porque Jessica lo tenía firmemente agarrado de la mano—. ¿Qué hicieron el fin de semana?

Abrí la boca para contarles sobre la romántica salida al cine y a un nuevo restaurante de comida china al que Edward me había llevado en Seattle siguiendo con su prédica sobre que no hay una segunda oportunidad para ser humano y que, ya que él no podía saborear el pollo agridulce ni el chop suey, al menos quería que yo tuviese la oportunidad de probarlos. Pero antes que yo pudiese vocalizar ni un fonema al respecto, Jessica visualizó a Angela y Ben, que acababan de llegar, y se abalanzó sobre ellos.

—¡¿Saben que Berty se divorcia de su mujer porque ella tiene un amante? –fue el entusiasta recibimiento de Jessica—. ¡Y además su esposa lo echó a pedradas de su casa y lo persiguió con un cuchillo!

Tanto Angela como Ben parecían informados de la situación pero incrédulos de la versión de Jessica.

—Mi mamá es amiga de Malena… la señora Berty –aclaró Ben—, y según ella, el profesor Berty se la pasaba criticándola y maltratándola verbalmente. Nunca la golpeó, pero siempre la insultaba. Ella quiso separarse por eso, pero nadie habló de divorcio todavía. Lo del amante no creo que sea cierto, ella iba a Port Angels a ver un psicólogo.

Jessica parecía muy decepcionada con esa versión de la historia.

—¡Pero hubo una enorme pelea a gritos este fin de semana en casa de los Berty! –protestó Jessica—. ¡Se gritaron todo tipo de cosas!

—Cuando la gente está enojada, suele decir cosas que en realidad no quiere decir –apuntó Angela, hablando en voz un poco más alta de lo normal—. El profesor Berty y su esposa estuvieron yendo a ver a mi papá porque tenían problemas, no sé exactamente cuáles, papá no habla de eso, pero estaban intentando salvar su matrimonio.

Obvio que ahora van directo al divorcio –anunció Lauren, desdeñosa.

—Esperemos que no –opinó Edward, hablando por primera vez desde que habíamos llegado a la escuela—. Ojalá puedan resolver sus diferencias sin llegar a ese extremo.

—Bueno, si Berty está contento en su casa, es posible que nos dé menos deberes –calculó Mike—. Que se divorcie o no, es cosa suya, pero que no se desquite con nosotros si está enojado con su mujer.

—¡Pero va a estar enojado con su mujer! ¡Ella lo echó de la casa! —recordó Jessica, implacable—. ¿Alguien sabe dónde durmió Berty? Pasé por la plaza ayer tarde de noche, pero no lo vi durmiendo en ninguno de los bancos…

—Probablemente durmió en el sofá de su casa —opinó Lauren, y ante la mirada inquisitiva de Jessica, levantó las manos en gesto de defensa—. ¡Ahí es donde duermen los maridos a punto de separarse de sus esposas en las películas! ¿Dónde más iba a dormir, de todos modos? ¿En la sala de profesores de la escuela? ¡Es obvio que durmió en el sofá!

—¿Cómo va a dormir en el sofá si ella lo echó delante de todo el mundo? —quiso saber Jessica con incredulidad.

—Es obvio —ronroneó Lauren, que usaba y abusaba de la palabra desde que la había aprendido, y siempre la pronunciaba con énfasis— que él volvió a su casa después de que las cosas se calmaran. Los dos se habrán puesto de acuerdo en que él necesitaba unos días para empacar.

—¿Qué te hace estar tan segura? ¿Y quién dice que es él quien se va de la casa? –pinchó Jessica, que parecía estar en el papel de abogado del diablo.

—¡Pero por favor! Obvio que él se va y ella se queda –dio por sentado Lauren, petulante—. En todas las películas es el hombre el que se va.

—Eso es cuando hay niños de por medio. Los Berty no tienen hijos. Y no en todas las películas se va el marido de la casa. En una que vi el fin de semana pasado en la tele era la esposa la que se iba y dejaba al marido con los chicos –argumentó Jessica en un tono que daba a entender que a su parecer eso zanjaba la cuestión.

—¿Qué película era esa? –inquirió Lauren.

—No sé. La encontré cuando ya había empezado, no sé cómo se llama –admitió Jessica—. El marido quería volver a casarse, pero la ex esposa, que era una malísima persona, no le quería dar el divorcio, y regresaba diez años más tarde reclamando la custodia de los niños, y el juez quería dárselos a ella porque era la madre. ¡Pero lo importante es que el marido era el que se quedaba en la casa y la esposa es la que se iba!

—¡Pero eso fue una sola película! –contraatacó Lauren—. En todas las demás la mujer es la que se queda.

—Mi mamá se fue de la casa y me llevó con ella cuando mis padres se divorciaron —se me ocurrió mencionar.

Jessica y Lauren me miraron un tanto perplejas. Mi caso contradecía ambas teorías: ni mi madre me había dejado junto a mi papá, ni mi padre había dejado la casa.

—La vida no siempre imita al arte –comentó Edward con una sonrisa torcida.

El timbre sonó en ese momento, y aunque Jessica y Lauren siguieron argumentando las probabilidades de que el profesor Berty hubiese dormido en su automóvil, sucio y hambriento al ser echado de su casa sin ropa limpia ni dinero, los demás aprovechamos la oportunidad para escabullirnos, incluso si eso significaba ir a clases.

En la hora de Literatura, nos encontramos con que el profesor Berty no estaba en el aula cuando llegamos. Esto en sí no era definitorio, los profesores a veces se retrasaban un poco. Pero por supuesto, todo el mundo empezó a murmurar de inmediato.

—Está tirado en el piso mugriento de un bar, borracho y solo —determinó Lauren.

—No hay bares de piso mugriento en Forks —protestó Austin, cuyo padre era dueño del único bar de Forks.

—No está en Forks, eso es obvio —siseó Lauren rodando los ojos, como si no pudiese creer que alguien fuese capaz tanta estupidez—. Está en Port Angels.

—¿Quién te lo dijo? —se sorprendió Austin.

—Es obvio —bufó Lauren—. No quiere que nadie de Forks lo vea deprimido, borracho y sin afeitar. Cuenta con que nadie va a encontrarlo en el tugurio roñoso en que se escondió para ahogar sus penas.

—¿Eso cómo garantiza que está en Port Angels? —preguntó Austin sin entender—. Lo mismo podría estar en Olympia, para el caso. Eso, si es que está borracho…

—Claro que está borracho —decidió Lauren—. Su esposa lo dejó por un amante más joven, más rico y más atractivo que él. Obvio que está borracho y llorando por ella, y está en Port Angels porque es la ciudad grande y anónima que está más cerca de Forks.

—¡¿Viste al amante de la esposa de Berty? —preguntó Jessica con voz rebosante de curiosidad—. ¿Cómo es? ¿Cuánto más joven? ¿Es muy rico? ¿Cómo de atractivo es? ¿Lo conoces? ¿Es de Forks…?

—No, no lo vi, pero obvio que ella lo dejó por alguien más lindo y más joven —declaró Lauren, que sonaba completamente convencida—. ¿Por qué otra razón dejaría una esposa a su marido? En las películas, si el amante no es ni el profesor de tenis ni el de natación ni el jardinero, entonces seguro que ella deja al marido por otro hombre más joven y más guapo.

—Bueno, no sé, a lo mejor es que él tiene una amante, ¡mi mamá lo escuchó en el banco, que su mujer lo echó porque Berty anda viéndose con una ex alumna, pero no le dijeron quién! —sugirió Jessica, excitada—. O podría ser que él es, ya sabes, impotente. O que ella sea una derrochadora. O que él pierda dinero en el juego. O que ella secretamente sea lesbiana. O que él sea el que tiene un amante…

Los demás la estábamos mirando con expresiones que iban de horror a la incredulidad, y Jessica debió notarlo, porque se puso a la defensiva.

—¡No inventé nada de eso! —se atajó—. Son todas cosas que la gente se Forks está diciendo sobre por qué Berty se separa.

—Jóvenes, alumnos, por favor, su atención… —sonó una voz algo nerviosa desde el frente del aula, y todos nos giramos a ver quién había llegado, porque ésa no era la voz del profesor Berty.

Era el señor Greene, el director de la escuela. Guardamos silencio y compusimos nuestras mejores caras de atención.

—El profesor Berty tiene algunos… problemas personales —dijo el señor Greene con todo el tacto posible, considerando que debía saber de al menos algunos de los rumores que circulaban— que lo obligaron a pedir licencia, y no vendrá a darles clases en los próximos días. Por hoy, no tendrán clases de literatura… —un murmullo de excitación se levantó entre al alumnado antes que el director tuviese tiempo de completar—… sino hora de estudio bajo la supervisión de la señora Cope —el entusiasmo se convirtió en ligeros bufidos y algunas quejas susurradas, pero hora de estudio siempre era mejor que clases. Al menos en hora de estudio no te dan deberes—. Mañana vendrá un profesor suplente a hacerse cargo de la cátedra por unos días, hasta que el profesor Berty regrese. Por ahora, por favor compórtense y aprovechen el tiempo libre para estudiar. Hasta luego.

El señor Greene salió apresuradamente, dejando a la señora Cope que se las arreglara con nosotros.

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—Pobre Berty –suspiré esa tarde en casa de Edward, mientras él hojeaba el periódico de Forks sin demasiado interés y yo luchaba con mis deberes. Era demasiado orgullosa como para pedirle ayuda, pese a que llevaba quince minutos sin avanzar en mis deberes de álgebra.

—¿Lo dices por la pelea con su esposa o por el chimenterío? –preguntó él, sin dejar de pasar las hojas.

—Las dos cosas –reconocí—. Como si no fuese bastante malo para él el que tenga problemas con su mujer, que además todo Forks esté opinando al respecto no me parece que ayude a solucionar las cosas.

—No, no creo que les ayude –coincidió Edward, dejando el periódico—. Sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de gente dispuesta a llevar y traer chismes, a contarle a él todo lo que ella dijo o hizo, exagerándolo lo suficiente como para volverlo escandaloso, y lo mismo con ella. Espero que los dos tengan madurez y raciocinio suficiente como para no convertir su separación en una guerra de trincheras.

—¿Crees que vayan a divorciarse? –pregunté en voz baja. No me gustaba chismorrear, pero me interesaba el punto de vista de Edward en este asunto.

—Personalmente, desearía que no tuviesen que llegar a ese extremo –comenzó Edward lentamente—. Un divorcio conlleva mucho estrés, sufrimiento, y en principio una pareja no se divorcia a menos que ése sea el último camino antes de matar al otro, o al menos lo sientan así. Aunque no conozco mucho a Berty ni a su esposa, les deseo a los dos que sean felices, y por eso no quisiera que tengan que pasar por el dolor y dificultades que supone un divorcio.

—¿Supongo que desapruebas el divorcio?

Lo formulé como pregunta por pura cortesía; yo estaba segura que siendo la mentalidad de Edward tan de principio de siglo como era en la mayoría de las cosas, el divorcio debía estar entre las cosas "modernas" que desaprobaba.

—No creo que sea acertado estar a favor o en contra del divorcio en abstracto –explicó él, mirándome con suspicacia—. Supongo que depende de cada caso. Si el marido es un cerdo que maltrata a su mujer, como el marido humano de Esme, apruebo por completo que la esposa no quiera seguir junto a él y prefiera separarse. También en otros casos, admito que a veces es preferible un divorcio a tiempo que un matrimonio infeliz. Es más que nada cuando lo que debería tratarse de un modo adulto y razonable se convierte en una guerra que lo desapruebo. Por desgracia, la mayoría de las veces, cuando se llega al divorcio el daño es tan grande que las personas ya no suelen comportarse de un modo inteligente. Esas parejas que tratan a los niños como botín, que pelean hasta por quién se queda con cada maceta y tratan de estafar al otro, que hacen lo posible para hacer sufrir al otro… ésos son los casos que me irritan. Ésos, y los que se divorcian por tonterías, por no tener un poco de paciencia, por no poder respetar a su pareja, por gritarse enseguida en vez de tratar de hablar… bueno, supongo que si se divorcian por algo así, su amor tampoco debía ser muy profundo —acabó con el ceño fruncido.

Eso me llevó a una idea algo extraña, que no se me había ocurrido antes.

—¿Se divorcian los vampiros? –pregunté, sinceramente curiosa.

Edward parpadeó sorprendido un momento antes de reír. Sentí mis mejillas sonrojarse de vergüenza y clavé la mirada en mis deberes al tiempo que me cruzaba de brazos.

—Bella, mi familia es una excepción en más de un caso. La gran mayoría de los vampiros no se casan, no por civil y ciertamente no por iglesia. Sólo… conviven.

—¿En concubinato pecaminoso? —no pude evitar subrayar.

—Supongo que depende de las creencias religiosas de cada uno –respondió Edward, sin darse por aludido—. La mayoría cree que al ser vampiros, las reglas morales de los humanos no aplican en su caso.

—Reformulo: ¿los vampiros se separan? Una pareja de vampiros, ¿puede llegar a separarse? —quise saber—. Sin estrépito de platos rotos y peleas por quién se queda con la alfombra o el perro, claro, pero, ¿pueden pelearse de tal modo que cada uno toma un camino distinto y no quieran verse nunca más? ¿Es eso posible? ¿Sabes de algún caso?

Edward se tomó un momento para pensarlo.

—Yo, personalmente, no escuché nunca de un caso así… pero deberíamos preguntarle a Carlisle. Él vivió un tiempo con los Vulturi y viajó por el mundo mucho más que yo, es posible que haya oído algo de eso. Hasta donde yo sé, una pareja bien establecida, como Esme y Carlisle, o Emmett y Rosalie, o Alice y Jasper, no se separa con la facilidad con que lo hace una pareja humana. Los vampiros estamos congelados en nuestros gustos, preferencias, amores y odios; hay muy pocas cosas que puedan alterarnos, cambiar nuestra perspectiva de las cosas, nuestras opiniones, nuestro punto de vista, de un modo rotundo.

»Una de las pocas cosas capaces de cambiarnos de un modo profundo, de hacernos cambiar puntos de vista, de modificar el modo en que pensamos o sentimos acerca de algo, es cuando encontramos a nuestra pareja. Sólo entonces nos transformamos lo suficiente como para adaptarnos a ella, o él, de modo de completarnos mejor todavía.

Debo haber puesto una cara de absoluta curiosidad, porque sin necesidad de hacer más preguntas, Edward sonrió y siguió explicando:

—Esme y Carlisle se llevan algunos siglos de diferencia cultural, además de ser originarios de países distintos, haber recibido una educación muy distinta y hasta pertenecer a religiones diferentes. Por mucho que se amen, si no hubiesen cedido y estado dispuestos a adoptar los puntos de vista del otro, o al menos a reconsiderar los suyos, difícilmente podrían llevar el matrimonio feliz que viven. Emmett y Rosalie proceden de la misma época; hasta nacieron el mismo año, sólo que Rosalie fue convertida dos años antes que Emmett. Sin embargo, vivían en lugares geográficamente muy diferentes, pertenecían a clases sociales completamente dispares, recibieron distinta educación… si hubiesen seguido siendo humanos, muy difícilmente hubiesen acabado casándose. Aunque son una pareja que se ama con locura, la convivencia, sobre todo a lo largo de tantos años, sería imposible si los dos no se hubiesen adaptado el uno al otro.

—¿Y Jasper y Alice? –pregunté, ávida de información.

—Es un caso muy interesante, quizás más que los otros –reconoció Edward—. Sus dones pueden ser tanto una bendición como una maldición, y con frecuencia ayudan tanto como complican las cosas. Sumale el pasado de nómada de Jasper, la incapacidad de Alice de recordar sus años humanos, el criarse o al menos despertar como vampiros en una ubicación geográfica diferente en un caso y otro, una primera época como vampiros muy distinta, una autovaloración diferente… y sin embargo, muchos deseos de encontrar paz y vivir tranquilos. A veces me parece que son quienes menos tuvieron que cambiar individualmente, y otras veces tengo la impresión que son quienes más cambiaron.

—¿Cómo te parece que sea en nuestro caso? —me atreví a preguntar, no del todo segura de si deseaba que Edward cambiara o no.

—Yo ya me siento muy cambiado —confesó Edward—. Es como si mi vida antes de conocerte hubiese sido una perpetua medianoche. Todo era tan monótono, tan poco atractivo… había estrellas, algún que otro punto de luz, cosas que capturaban mi atención por un rato: los estudios de medicina, la música, los libros, automóviles nuevos… eran pálidos resplandores, pero bastaban para mantenerme entretenido. Hasta que llegaste —dijo con emoción, tomando mis manos entre las suyas y dándoles un suavísimo apretón—. Fue como ver el sol salir por primera vez en mi vida. ¡Eres tan intrigante! Tan inteligente, hermosa, valiente, insuperable, generosa…

—Parece que al cambiar para mí te volviste tonto —farfullé, sonrojada hasta la raíz del cabello—. Además, no respondiste a mi pregunta. ¿En qué cambiaste exactamente?

—Ya no es sólo sobre mí. Antes yo, antes de hacer algo, pensaba sólo en mí. Si compraba un libro, era porque me gustaba a mí; si se me antojaba salir a cazar en mitad de la noche, no tenía que considerar a nadie más. Ahora es como si no pudiese hacer otra cosa. Si veo un libro o un CD interesante, lo primero en lo que pienso es en compartirlo contigo; si voy a salir a cazar, intento hacerlo en un horario tal que no se cruce con el tiempo que pasamos juntos… me pone ansioso no estar cerca —añadió, depositando un suave beso en cada dorso de mis manos—. Mi vida gira alrededor de nosotros dos. Mi familia dice que me ven más alegre, actuando con más naturalidad y no tan serio… están todos más que felices —añadió con su patentada sonrisa torcida.

—Sólo espera a que yo también cambie —musité.

—Bella, pero si ya cambiaste. Estás mucho más segura, sonríes mucho más, estás… positivamente radiante.

—Me refiero a cuando sea vampiresa también —corregí.

Todo rastro de sonrisa abandonó el rostro de Edward, como si lo hubiesen golpeado en la cara. Como si un vampiro de la fuerza física de Emmett lo hubiese golpeado en la cara.

—Bella, no tienes que cambiar. No por mí, no valgo la pena. Cualquiera de nosotros daría todo por una vida humana, no tienes por qué desperdiciar la tuya sólo por mí —me aseguró una vez más.

Desde esa conversación cuando yo acababa de despertar en el hospital de Phoenix, cuando adiviné que Alice ya me había visto convertida, el tema había estado presente pero a la vez omitido de nuestro trato diario.

—Pero yo quiero cambiar —insistí con la pura verdad—. La vida humana está severamente sobrevaluada. Yo no voy a extrañar para nada el perder tiempo durmiendo, por ejemplo.

—Dormir es maravilloso —musitó él, con voz suave—. Ser capaz de aislarte del mundo a tu alrededor, desconectarte, soñar, descansar…

Hice una mueca. Yo no veía qué tenía de increíblemente fantástico el perder ocho horas por día durmiendo.

—Bella, te amo, y no quiero que cambies, soy demasiado egoísta quedándome a tu lado en lugar de permitirte vivir una vida humana normal, no puedo pedirte además que…

—¿Y si no me lo pides? —lo interrumpí—. ¿Si yo te lo ofrezco?

—No puedo aceptarlo. "Es demasiado", como dice alguien que conozco cada vez que tengo una buena idea de qué reglarle para su cumpleaños y se lo ofrezco… —subrayó Edward con toda intención.

—Falta muchísimo para mi cumpleaños —me quejé.

—Estamos a cinco de septiembre, Bella. Faltan sólo ocho días —me recordó él, siempre tan solícito.

Gruñí y oculté la cara entre los brazos. Cumplir dieciocho años dentro de poco más de una semana no podía emocionarme menos. Ser mayor que Edward era mi pesadilla más temida.

—No quiero que gastes dinero en mi regalo —exigí, levantando la cabeza y clavando la mirada en Edward—. Nada ostentoso. En serio. Mejor todavía, no quiero que gastes nada.

—Da la casualidad que conozco una joyería de excelente calidad, y me parece que unos brillantes son exactamen—

—¡Ni se te ocurra completar esa frase! —ladré, horrorizada.

—…te lo mínimo que te mereces —completó él de todos modos.

—¡No quiero brillantes! No quiero un auto nuevo. No quiero joyas en general. No quiero primeras ediciones de ningún libro. No quiero ropa, no quiero zapatos. En resumen, no quiero regalos —gruñí—. No quiero una fiesta, y en lo posible, no quiero cumplir años.

—Bella, tienes la increíble suerte de poder cumplir años, de crecer, de madurar…

—…y no quiero —completé, con el mentón en alto. Nuestra diferencia de opinión me hizo pensar en algo—. Se ve que todavía no cambié para amoldarme a mi media naranja, ¿no?

—Hasta las más firmes parejas discuten a veces —respondió Edward.

—Hhmm, eso, o tendrás que cambiarme para que no acabemos divorciándonos —traté de asustarlo.

—¿Eso quiere decir que estás dispuesta a casarte conmigo? —preguntó él con interés. Con excesivo interés.

—Eehh… algún día, en lo posible lejano. ¿No era que los vampiros no se casan? —traté de recordarle, empezando a arrepentirme de mis palabras.

—Los nómadas no se casan —me corrigió él.

—Bueno, supongo que si no tienen hijos en común y no hay bienes que disputarse… —murmuré—. Un matrimonio no debe tener mucho sentido para un par de nómadas.

Me recorrió un escalofrío al pensar en el par de nómadas que yo conocía… había conocido… como sea. James, Victoria y Laurent. James estaba muerto, Jasper, Emmett y Alice lo habían descuartizado antes de quemarlo… junto con el estudio de ballett. Me recorrió un escalofrío.

No hacía más que unos meses de ese momento. Yo procuraba no pensar prácticamente nunca en esos aterradores minutos… sí, aunque había parecido mucho tiempo, horas y horas, en rigor no habían pasado mucho más de unos diez minutos desde el momento en que yo había entrado corriendo al estudio de ballett hasta que había salido en brazos de Edward, inconsciente y herida.

Unas manos suaves como la seda y heladas como el hielo tomaron mis manos, distrayéndome de mis aterradores recuerdos.

—Bella, mi amor, ¿en qué estás pensando? —preguntó Edward suavemente, la preocupación evidente tanto en su voz como en sus ojos dorados.

—En… en nada —sacudí la cabeza.

—No parece ser "nada", Bella. Estás temblando —dijo Edward, preocupado, trazando círculos en el dorso de mis manos con sus pulgares.

—Yo… me acordaba de… los nómadas —admití en un murmullo bajísimo, que Edward por supuesto oyó.

—No van a volver, mi amor —me aseguró Edward, vehemente—. James está muerto, y Victoria sabiamente se dio a la fuga —me recordó.

—Sí, lo sé, es sólo que… no sé si… Victoria… ¿No intentará vengarse? —admití en un susurro lo que llevaba unas cuantas semanas dándome vueltas por la cabeza—. Quiero decir, si alguien te matara, yo querría verlo muerto, en lo posible de un modo lento y doloroso. Si, como dices, los vampiros se emparejan de por vida, aunque no se casen, y los Cullen mataron a su pareja… ¿no sería normal que Victoria esté furiosa?

—No te preocupes —le restó importancia Edward—. Victoria sabe que no puede contra nosotros siete. Además, Alice lo verá si Victoria se decide a actuar, y podemos salirle al encuentro. No hay nada de que preocuparse.

—¿Estás seguro que Victoria no intentará atacarlos? —musité, insegura.

—Nada va a pasar. Victoria debe haber deducido lo que le pasó a James, y si tiene la más mínima inteligencia, debe saber que lanzarse contra toda la familia sería suicidio —insistió Edward.

—Pero, ¿y si Laurent le ayuda? —quise saber, todavía preocupada.

—Laurent no le ayudará. Viste con qué facilidad él abandonó a James y Victoria en cuanto las cosas dejaron de ser cómodas y fáciles. ¿Para qué querría Laurent arriesgar su pellejo? —preguntó Edward retóricamente—. ¿Para ayudar a vengar la muerte de alguien que por lo visto no le importaba?

—Si no es Laurent, quizás Victoria consiga ayuda en otro lado… —sugerí.

—¿Dónde? ¿Quiénes querrían arriesgar su vida para pelear por un vampiro que no conocieron? —preguntó Edward, escéptico.

—Tal vez James tenga amigos influyentes o poderosos en otro lugar, y Victoria fue a buscar ayuda… —teoricé, asustándome ante la posibilidad.

—Bella, estás exagerando —dijo Edward sacudiendo la cabeza, al tiempo que sonreía levemente—. James era un nómada anónimo y poco importante, cuya muerte probablemente solo llore Victoria, y eso porque era su pareja. Tendría conocidos, seguramente, pero no creo que debamos preocuparnos por una horda de vampiros furiosos queriendo vengar a su íntimo amigo.

—¿Victoria podría volver a enamorarse? —pregunté sin pensar, y me arrepentí inmediatamente al ver la expresión de desconcierto en el rostro de Edward.

—¿Cómo? —preguntó Edward.

—Es… es sólo que… pensé que si a lo mejor Victoria se enamoraba de alguien más, y estaba ocupada con su nueva pareja, olvidaría a James, y a todos nosotros, de paso —farfullé, sintiéndome estúpida.

—Eso sería maravilloso, pero me temo que no es tan fácil —suspiró Edward—. Así como nos quedamos estancados en la fase de amor adoratorio, absoluto y un tanto ciego que es propio del inicio de toda relación amorosa, así también nos quedamos estancados en las primeras fases del duelo por un ser querido, generalmente en la depresiva o la furiosa. Me temo que no hay esperanza para Victoria —reconoció Edward, un tanto reluctante—. Así como no superamos la fase de "luna de miel" en una relación, tampoco dejamos de sufrir por un ser querido por mucho tiempo que pase.

—¿Y qué va a hacer Victoria? —pregunté, compadeciéndola en cierto modo. Por más que ella hubiese ayudado a James a tratar de matarme, imaginarme a alguien, aunque ese alguien fuese Victoria, sufriendo por su pareja perdida por todo el resto de la eternidad… era duro.

—Depende de cada caso —se encogió de hombros Edward, claramente incómodo con el tema y deseando dejar la conversación.

—Lo que mi hermanito no se atreve a decirte es que la pelirroja psicópata o está llorando hasta que se le caigan los ojos de la cara, o está soñando con una venganza que no va a lograr porque en cuanto se acerque le vamos a patear el trasero de tal modo que la patada más chica la mande volando directo y sin escalas a Addis Abeba, Etiopía —informó Emmett alegremente, que de pronto estaba de pie detrás de mí, sin que yo lo hubiese escuchando llegar.

Mientras yo intentaba recuperarme del susto, que me había dejado el corazón desbocado, Edward fulminaba a Emmett con la mirada de un modo tal que debía ser físicamente doloroso. Emmett, sin embargo, no le prestaba la menor atención.

—¿Te asusté? —me preguntó Emmett, preocupado—. Perdón, olvido que no me escuchas venir.

—Está bien —musité—. Sólo me… sobresaltaste. Y la imagen mental de Victoria con los ojos en la palma de la mano en lugar de en la cara no ayudó.

Emmett se empezó a reír a todo pulmón, mientras Edward sacudía la cabeza, muy desaprobador.

—En serio, Bella, no hay nada de qué preocuparse —insistió Emmett, seguro y confiado—. Esa vampiresa sola no podrá contra nosotros. Alice no la ve atacándonos, ¿te das cuenta? Hasta Victoria sabe que es un caso perdido pelear contra todos nosotros.

Traté de convencerme que no había nada que temer, pero la conciencia de mi propia fragilidad e indefensión en un mundo poblado de seres que podían aplastarme sin el menor esfuerzo no me hacía sentir demasiado segura. Yo estaba cada vez más convencida de que lo ideal sería que Edward me convirtiera, en lo posible antes de mi siguiente cumpleaños. Lo único peor de ser mayor que Edward por unos meses era ser mayor que él por unos años.

Lamentablemente, Edward estaba a años luz de acceder a transformarme, por lo que convencerlo de que me mordiera en los próximos ocho días era una cuestión imposible. Sin embargo, yo no dejaba de sacar el tema una y otra vez, con la esperanza que cuando lo tuviésemos masticado como para una mesa redonda, en algún punto Edward tendría que entrar en razones y acceder a convertirme. Si no antes de mi decimoctavo cumpleaños, al menos poco después.

—Pórtense bien, niños, y no hagan nada que yo no haría —se despidió Emmett con un palmada en el hombro de Edward, al pasar, y un toque mucho más gentil en el mío. Edward le gruñó algo que hizo que Emmett riera, pero lo oí salir de la casa poco después.

—Por favor, no le hagas caso, aprendió modales de una manada de gorilas que lo crió —suspiró Edward.

—¿Hay gorilas en Tennesse? —no pude evitar preguntar con una sonrisa.

—A juzgar por el comportamiento de Emmett, sí —respondió Edward, sonriendo también—. ¿Necesitas ayuda con los deberes de álgebra? —ofreció—. Cuando termines, Esme preparó brownies, pero como no estaba segura de que le hubiesen salido bien, también compró un lemmon pie. Tienes ambos a tu disposición en la cocina.

—Si los brownies están la mitad de deliciosos de lo que estuvo la torta de nuez de la semana pasada, voy a acabar con un ataque de hígado al cabo de este mes —me quejé completamente en broma.

Edward había aprendido a cocinar para mí, pero Esme tenía un talento innato para la pastelería. Sus masitas, pastelitos, tortas, pasteles, bocaditos y horneados en general eran dignos del más caro y exclusivo salón de té, siempre deliciosos, ni empalagosos ni faltos de sabor dulce, y siempre horneados en su punto justo. Cada vez que ella preparaba algo de eso yo comía de más y después me dolía el estómago, pero valía la pena.

—Terminemos con estos números entonces. ¿A partir de dónde tienes dificultades? —preguntó Edward, sentándose más cerca de mí y pasándome una mano por la cintura, lo que no me ayudó a concentrarme.

Dejé mi transformación y una posible venganza de Victoria por el momento. Edward sí que sabía distraerme con su presencia y las promesas de brownies… pero ya llegaría el momento de volver a hablarle al respecto.


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