DISCLAIMER: Orphen no me pertenece.


Capítulo I

Silencio… sólo silencio y oscuridad. Pero eso no era posible, porque lo último que recordaba era el rostro de Corazón de Fuego y…

Mis ojos se abrieron de repente, y noté enseguida que me encontraba en un lugar a oscuras y sobre una cama. Pero al sentir vacío y soledad a mí alrededor, deduje que no me encontraba a salvo en mi hogar.

Entonces… ¿Dónde estoy? ¿Dónde están Corazón de Fuego y los hechiceros que querían atraparme?

¿Y dónde está Leki?

Me levanté de la cama rápidamente, e intenté encender una llama azul en mi mano sin conseguirlo. Rehice segundos después el intento de iluminar la habitación, pero nuevamente mis actos fueron frustrados.

-¿Qué sucedió con mis poderes? -pregunté asustada, y comencé a correr para encontrar una salida de ese lugar. Hallé una puerta, y sin pensarlo me escurrí fuera de esa habitación oscura.

Inmediatamente salí de allí, pude ver que lo que llevaba puesto no era mi ropa, sino una bata larga y de color negro. Miré también mis manos, y estupefacta abrí mis labios para dejar escapar un gemido de sorpresa.

¿Dónde estaban las manchas de sangre y las heridas que ese rubio me provocó? No podía haberlas soñado, recuerdo bien todos los hechizos que cayeron en mi cuerpo, a Leki luchando a mi lado sin temor, mis heridas, las suyas, y el dolor en mi veinte…

Aterrada toqué mi vientre de sólo pensarlo, y en un arrebato de ira las quité al instante.

¡Por favor! ¿Qué hacía? ¿Por qué me preocupaba tanto por una superstición tan estúpida ahora? Cuando la prioridad en ese momento era salir de donde quiera que este, y encontrar a mi cachorro dragón a como diera lugar.

Oí unos pasos acercarse, y comencé a correr sin rumbo. No conocía este lugar, y tampoco entendía por qué Corazón de Fuego me había traído hasta aquí.

Ese maldito hechicero.

Corazón de Fuego siempre codició la suerte de Orphen, y la mía después de que los Seres Celestiales me otorgaran el honor de ser la guardiana de los tesoros de Valthanders, y con ese puesto de guardiana, unos poderes maravillosos que dominé con años de duros entrenamientos, y que ahora no tenía ni para defenderme.

-¡Allí está!

-Maldición.

Apresuré mis pasos, y doblé en una esquina. Tenía que escapar. Si ese hechicero buscara algo de mi, no podía ser bueno debido a la forma en que me trató para traerme hasta este sitio.

Cuando intenté seguir por el nuevo corredor, me encontré con un ejército de hechiceros vestidos de verde esperándome con lanzas en sus manos. Analicé los posibles escapes que tenía, pero sin magia me era imposible atravesar paredes, y además me encontraba rodeada de esos hombres.

Un rayo de luz me hizo mirar hacía la derecha, y vi a pocos pasos de mi un gran ventanal.

-¡Deténganla! -escuché, pero ya era demasiado tarde. Tapé con mis brazos mi rostro, y salté por ese ventanal rompiendo todos los cristales de camino. Sin esperar miré de donde podía sostenerme, y atrapé con mis blancas manos el alfeizar de una ventana.

-¡Vamos, que no escape!

Elevé mi rostro para mirar a los hechiceros, a la vez que estos salían corriendo seguramente para atraparme. Una gota de sangre cayó de mi mano nuevamente herida hacia mi cara, y al bajar mi vista observé que me hallaba muy lejos del piso.

Una fuerte ráfaga de viento me hizo tambalear instantes después, pero al sentir miles de cortes surcar mi débil cuerpo, me dí cuenta que alguien lo estaba provocando. Y así, sin poder evitarlo, mis manos se desprendieron del alfeizar y comenzó mi caída.

Solté un terrible grito de dolor cuando mi cuerpo chocó contra la tierra. Pronto, de entre los hechiceros que comenzaron a rodearme aparecieron otros que me llamaron más la atención. Eran dos viejos con túnicas negras, y a juzgar por la cantidad de insignias con las que sostenían sus capas ellos debían ser los ancianos del Consejo. A la derecha de estos hombres había una mujer, de su misma categoría y rubia, y a un lado de ella estaba él, él despreciable sujeto culpable de todo esto…

-¿Qué quieres de mí? -grité, y noté como él ensanchaba una sonrisa maligna en su rostro. Intenté levantarme, pero el dolor no me permitió separarme ni un milímetro del suelo.

-Eso te pasa por intentar escapar.

-¿Qué me hicieron? ¿Por qué estoy aquí? ¿Y dónde están mis poderes malditos sean? -inesperadamente comencé a toser sangre, y mi cuerpo se retorció de dolor.

Orphen…

¿Dónde estás?

¿Por qué no estás conmigo ahora?

-¿Cleo? No puede ser, ¡Cleo!

Sentí unos brazos protectores rodear mi frágil cuerpo, y un enojo sin igual provenir del mismo hombre que me tenía entre sus manos. Abrí mis ojos conteniendo las lágrimas, y me encontré con los orbes miel de Hartia mirándome con pena. Alcé mi mano para tocar su mejilla, y así comprobar que no se tratara de una ilusión. Al contacto él sonrió con tristeza, y cerró sus ojos atrapando mi mano con la suya.

-Cleo… ¿Quién te hizo tanto daño? ¿Por qué no te defendiste?

-Mis poderes… desaparecieron -contesté.

-¿Qué? -él abrió mucho sus ojos, y levantó el rostro para mirar a los ancianos tras de mi- ¿Cómo pudieron? No debían quitarle sus poderes y mucho menos lastimarla. Ella no es culpable de nada, ¿Cómo fueron capaces de herirla de ésta forma?

-¡Hartia, este no es asunto tuyo! ¡Deja inmediatamente a esa mujer y no te metas en más problemas!

Así que todos ellos estaban detrás de mi secuestro.

Lai llegó a nuestro lado instantes después, y vi la cara del viejo más anciano del grupo mirarme con desprecio. Hartia me alzó en brazos, y estábamos marchando a un lugar desconocido para mí cuando Lai nos cubrió de un feroz ataque con un Escudo de Luz.

-¡Déjenla en paz! -escuché que gritó el de cabellos verdes, y próximamente desaparecimos del lugar.

-¿Qué Hartia y Lai no estaban de misión, Corazón de Fuego? -preguntó enojado uno de los ancianos al rubio.

-No es mi culpa -contestó orgulloso- les encomendé la misión más larga que teníamos, si ellos fueron capaces de realizarla antes de lo acordado no me incumbe.

-Esos dos aquí sólo significan problemas, ahora no podremos actuar como queramos sin ser juzgados. Además de que esa muchacha tendrá ayuda.

-Madre…

-Vamos a la sala del Consejo, no es apropiado hablar aquí.

.

.

Abrí mis ojos pesadamente, esperando sentir dolor en mi cuerpo pero no fue así. Sólo noté gruesas gotas de sudor bajar por mi sien y resbalar por mi blanco cuello, y al observar mis manos, las encontré sanas nuevamente.

-¿Quién me curó?

-Nosotros lo hicimos.

Giré mi rostro para ver al dueño de aquella voz.

-Hartia… Lai -los nombré, y mis ojos se humedecieron de recordar como valientemente ellos enfrentaron al Concilio por mí… al Concilio- ¿Estoy… en la Torre de los Colmillos? -Lai afirmó con la cabeza, mientras el pelirrojo se acercaba a mí con temor- ¿Por qué? ¿Qué buscan esos malditos viejos de mí?

-No podemos contestarte eso, sólo asegurarte que ellos no volverán a ponerte una mano encima de hoy en adelante.

-Lai -supliqué, pues sabía que Hartia no me daría más información, pero el de ojos azules me respondió negando con la cabeza.

-Lo siento, Cleo.

Llevé mi vista hacia la ventana, y me perdí en el oscuro firmamento. Mis manos tomaron fuertemente la sabana blanca que me cubría, mientras recordaba más detalles de esa noche en que luché con Corazón de Fuego y los hechiceros.

Brinqué en mi posición cuando me di cuenta que la luna estaba llena.

-No puede ser -murmuré, al recordar que la luna nueva no aparecía en el cielo cuando peleé contra ellos- ¿Hace cuánto que estoy aquí?

-No lo sabemos, nadie quiso decirnos.

-Pero no pueden ser más de dos semanas.

Intenté levantarme, pero Hartia llegó a mi lado para no dejarme dar un paso más.

-Detente, aún estas herida -escuché, y cerré mis ojos para no llorar. El pelirrojo me hundió en un abrazo, y no pude más que aferrarme a él desonsoladamente- tranquila, Cleo… todo estará bien de ahora en más.

Quise dejarme tranquilizar por los armoniosos latidos de su corazón, pero unos ojos verdes aparecieron en mi mente, y lágrimas de pánico surcaron mis mejillas sin pensarlo.

-Leki… no sé donde está.

Lai se acercó a nosotros, colocó una mano sobre mi hombro y luego miró al pelirrojo.

-Nosotros lo buscaremos -dijo, y el ojimiel me depositó suavemente en la cama.

-Tú, quédate aquí… y no salgas por ningún motivo de esta habitación.

Los miré alejarse, y sentí mi corazón acelerarse del miedo por volver a quedar sola.

-Orphen -susurré, y busqué tapar mi soledad con las sabanas de la cama.

Estaba sola.

Sin Leki ni Orphen, me sentía realmente perdida.

Llevé mi mano derecha hasta mi cuello, y toqué el tercer tesoro que yo protegía y recargaba en él, la Joya de Gigaborius.

-Como si fuera el agua cristal -repetí las palabras de Rox Roe.

Los Celestiales me matarían. No estaba cuidando de sus tesoros como habíamos acordado, porque después de la pelea, no recuerdo haber visto más la Espada de Valthanders, y sin Leki a mi lado, tampoco estaba la Pulsera de Thomasfroses conmigo.

Sentía tanto decepcionarlos… pero verdaderamente desde hace semanas que no soy la misma. Y aunque quise culpar de todos mis males a la partida de Orphen, no pude. Jamás me había costado tanto verlo marchar sólo con Majic a una misión y sin mí.

-María Bell… mamá -pensé, ¿Estarían preocupadas por mí?

No solamente ellas dos me vieron luchar contra todos esos hechiceros, todo Totokanta me vio, y pude notar en sus miradas terror del más puro.

Quisiera contarles que estoy bien, y con suerte hasta Leki esté con ellas. Una pequeña esperanza nació en mi corazón. Tenía que encontrar la manera de avisarles donde estoy, y preguntar por mi pequeño lobo dragón.

Me levanté de la cama. Hartia no podía cuidarme todo el tiempo, yo sola tenía que recuperar mis poderes y salir de aquí… como sea.

Cuando tomé el pomo de la puerta, quise girarlo pero mi mano resbaló sobre el metal. Estaba encerrada. Frustrada di un paso atrás, en el preciso instante en que un sonido me informaba que la puerta se estaba abriendo.

¿Yo lo había hecho? No, por supuesto que no.

Al menos diez hechiceros entraron a mi habitación. De todos los rangos existentes, y cada uno de ellos me hacía sentir más inseguridad a cada segundo.

-Cámbiate.

Es rubio de pacotilla, ¿Acaso era una orden? ¿Ni siquiera sabía pedirlo de buena forma?

-¿Perdón? Tú no eres quien para darme ordenes.

-Perfecto -contestó él, pero eso para mi no era una respuesta. Una sonrisa cargada de egocentrismo se formó en sus finos y fríos labios, y se acercó a mí amenazadoramente- yo lo haré por ti.

Retrocedí un paso, y me auto recriminé por hacerlo. Lo miré ferozmente para que se alejara, pero a cambio, él elevó sus manos y pronunció un conjuro desconocido para mí. Pronto, la túnica que traía puesta comenzó a brillar, y desapareció repentinamente junto con un grito de horror que escapó de mis labios.

Todos comenzaron a reírse de mí. Abrí los ojos para congelarlos con la mirada si era posible, pero eso sólo hizo a ellos burlarse más.

Indignada, me di cuenta que me había cambiado de ropa con un hechizo.

-Por favor, que mal gusto tienes.

-Es lo apropiado para la ocasión.

¿Ocasión?

Llevaba un vestido corsé de lo más aprendo, que casi no me dejaba respirar. Por algo yo no suelo usar esta clase de ropa. No tenía mangas, porque terminaba con un encaje sobre mis pechos, y la larga falda caía lisa sobre mis piernas. Me faltó mencionar, todo el vestido era negro.

-Lo hicieron especialmente para ti.

Oh, entonces debía sentirme alagada.

Lo miré un momento para notar nuevamente esa mirada de orgullo y prepotencia, y sin esperarlo él se acercó a mi y tocó mi collar con su mano izquierda. Me dio asco simplemente que tocara la piedra cristal que pendía de mi cuello.

-Es una joya preciosa, ¿Gigaborius, verdad? -afirmé con la cabeza, y Corazón de Fuego se alejó de mi rumbo a la puerta- en marcha, el Concilio espera.

.

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Venían escoltándome al menos veinticinco hombres, seguramente por miedo a que salte de otra ventana y arruine mi vestido. Corazón de Fuego iba delante de mí. Apreté mis puños conteniendo mi rabia, él era el causante de todo esto, yo lo sabía, y cuando recuperara mis poderes ese hombre se enteraría quien era Cleo Everlasting de Finrandi.

Unas imponentes puertas se presentaron ante mí, y haciéndome paso el hechicero rubio me concedió el honor de pasar primero. Caminé hasta el centro de la gran sala, y varias figuras flotando aparecieron de la nada.

Busqué con la mirada a Lai y Hartia, o en su defecto a la pequeña Eris, porque necesitaba saber que había alguien en quien confiar en aquel lugar. Mas no los encontré, y todos los allí presentes me dirigieron sus miradas cargadas de reproche y desprecio.

-Cleo Finrandi.

Genial, ahora ese viejo confunde mi apellido con el de Orphen.

Un frío me recorrió al instante, y sentí la escrutadora mirada de los ancianos sobre mí.

-Cleo Finrandi -volvió a pronunciar con voz enojada aquel sujeto, y sólo logró que lo mirara de mala manera.

-Cleo Everlasting de Finrandi -le aclaré con mucho énfasis en los apellidos.

-Procedamos -dijo otro de los ancianos- tenemos que informarle una desagradable noticia, Señora de Finrandi… ha llegado a nosotros un mensaje de la Torre del Cielo, nuestra escuela hermana en el continente del norte. Las noticias son seguramente devastadoras para usted, es mejor que tome asiento antes de que continúe.

Inmediatamente una silla apareció a mi lado, la miré con rabia y de la misma manera volví mi vista hacía aquel sujeto.

-El mensaje, es en realidad una carta de defunción escrita con el nombre de Crilancelo Finrandi, quien fue asesinado por traicionar a la Torre de los Colmillos, en la última misión que le encomendamos a él y al Señor Majic Lin.

Mis brazos cruzados de enojo cayeron a mis costados sin pensarlo, mientras mi mente comenzó a procesar cada palabra detalladamente.

Carta de defunción.

Crilancelo Finrandi.

Orphen

-¡No! -grité sin evitarlo, y miles de frías lágrimas cayeron por mis mejillas en un segundo- ¡Mentira! ¡Orphen no está!

-Crilancelo Finrandi está muerto -dijo Corazón de Fuego, dando pasos en mi dirección y mostrando un papel en su mano- nos traicionó, y fue asesinado.

-Fue una deshonra que nos informaran de esta manera la traición de Crilancelo, gracias a Dios, por fin dejará de causar vergüenza a nuestra Torre.

-¡Orphen! ¡Orphen Finrandi! ¡Y él no está muerto!

Un aura de naturaleza indefinida cubrió mi cuerpo. Vi a todos los hombres y mujeres del lugar ponerse en guardia ante mi sola presencia. Creí que eran los poderes que los Celestiales me otorgaron, pero el poder que corría por mis venas era incluso mucho más puro que el de los Seres Divinos o el mío propio.

-¡Deténganla!

-Demasiado tarde -murmuré, y quemé el papel en manos de Corazón de Fuego, para luego mirarlo con mis ojos inyectados de odio- ¡Alma Llameante!

No sé por qué lo hice, ni por qué lo ataqué con ese hechizo, pues jamás lo había utilizado, pero mi cuerpo pronunció las palabras precisas para el conjuro como si lo hubiera hecho desde siempre.

Observé a muchos hechiceros y a una anciana acercarse rápidamente a Corazón de Fuego, y ellos intentaron en vano desvanecer las llamas del cuerpo del rubio. Yo no podía hacer otra cosa más que mirar. No quería moverme. Quería verlo sufrir de la misma manera que yo ahora…

Bajé la cabeza avergonzada conmigo misma. Yo no soy así… Corazón de Fuego no era el único culpable de esto, y tenía que descubrir la verdad y vengarme de los responsables si Orphen estaba… muerto.

-Contra hechizo.

-¡Atrápenla! ¡Ella también es una asesina!

Aniquilé con la mirada a la mujer de cabellos rubios ceniza, y cubrí mi cuerpo de centenares de hechizos con un Escudo de Fuego.

-¡Basta! -el anciano que una vez me miró con desprecio, ahora me analizaba detalladamente buscando descifrar un rompecabezas en mi que no existía- llévensela y déjenla descansar.

Hartia y Lai interrumpieron en la habitación en ese preciso instante. Estaban agitados, y pude ver dolor en la mirada miel de mi amigo. Se acercaron a mí sin pensarlo, y el pelirrojo me tomó nuevamente entre sus brazos.

-Llévenla a sus aposentos -ordenó un viejo- al fin que son ustedes los únicos que no quiere matar con la mirada.

Oí llorar a Hartia en todo el camino. Lloraba conmigo, mientras Lai hacía un devastador intento de no acompañarnos en nuestra agonía.

Entramos en mi habitación, y no pude evitar leer el nombre de Crilancelo Finrandi a un costado de la puerta.

-Vamos -los alenté, haciéndolos mirarme sorprendidos.

-Cleo…

-Orphen no está muerto… él no me dejaría… yo lo sé.

Dimos un paso más dentro de la sala, y sentí un terrible mareo que casi me hace caer si Lai no me atrapaba en ese instante.

-¡Cleo! ¡Cleo! ¿Qué te sucede? ¡Por favor reacciona, Cleo!

Y no escuché ni observé nada más, todo se volvió negro y silencioso. Negro y silencioso… palabras perfectas para describir a mi corazón en ese momento.


Hola, ¿Cómo están?

Quiero agradecer de todo corazón a quien haya leído este fic. Orphen es un anime que me encantó de chica, y ahora al fin se me ocurrió una historia con él (:

Espero que no se confundan, porque entre el castellano y el español hay nombres diferentes para un mismo personaje. Y respecto a los poderes de Cleo y a la Torre del Cielo, fueron cosas que salieron de mi imaginación para esta historia.

Un beso a todas, fer :)