Caminaba sin rumbo fijo por la acera, mi portafolio pesaba un poco, pero lo cargaba con determinación, mi estómago me pedía comida, lo ignoré.

Miré mi reloj. Marcaba las 6 p.m. en punto, el enorme reloj del edifico comenzó a sonar.

Decidí apresurarme a llegar al estacionamiento en donde tenía mi auto, debía cruzar la calle.

De pronto se escuchó como las nubes se golpeaban, indicio de que llovería muy pronto.

Mientras cruzaba la calle sentí como unas cuantas gotas de lluvia caía sobre mi cabello. Me detuve unos instantes para sentir la fría lluvia caer sobre mi piel.

De pronto algo captó mi atención.

Entre la grisácea vista que ofrecía aquel clima, el cielo oscuro, todos llevaban traje negro, pero había una luz que resplandecía por sobre todos.

Ella sobresalía en aquella multitud, su cabello rubio y brillante parecía alumbrar a todos, era lo más hermoso que yo había visto en mi vida.

No podía quitarle los ojos de encima.

Nuestras miradas se encontraron, su sonrisa iluminó mi día y mi vida.

Lentamente las piezas de mi corazón roto comenzaron a unirse nuevamente. Caminé hasta ella sin pensarlo dos veces.

Diez años desde la última vez que mi corazón había latido con tantas intensidad.

Nos teníamos frente a frente, ninguno de los dos podía creer lo que estaba sucediendo.

Tomé su rostro entre mis manos y pude aspirar su delicioso aliento.

-Hola, amor mío.

Posé mis labios sobre los de ella mientras ella rodeaba mi cuerpo con sus brazos. Diez años desde la última vez de haber probado sus dulces labios, de sentir su cálido cuerpo contra el mío. Su delicioso sabor invadió mi boca, sus labios suaves y delicados se movían al ritmo de los míos, sentí como una lágrima brotaba y caía lentamente por mi mejilla.

Esta vez nunca la dejaría irse.