El Sonido del Silencio

CAPITULO I: Heridas

Nunca hagas algo cuando estés enojado, porque harás todo equivocado
Baltasar Gracian (1601 - 1658) Escritor español.


Hanamichi andaba por la calle enfurruñado, dándole patadas a una lata bacía. Era una tarde gris de mediados de octubre.

Había suspendido el último examen de literatura. Después de clase el profesor le había hecho quedar para hablar con él. Le había dado un sermón sobre su disposición, y su interés aparentemente inexistente. A la media hora de oírle Hanamichi le había prometido esforzarse más con la intención que le dejara salir, pues ya llegaba tarde al entrenamiento y Ryota le iba a echar la bronca de nuevo. Pero el profesor le vio venir, se enfadó al ver que el interés del joven estaba más en la cancha que en los libros y le castigó a quedarse en el aula con él a estudiar.

A Hanamichi no le sirvió de nada quejarse, ni pedirle que por favor le cambiara el castigo para otra tarde o para otra hora, pues esa postura solo hizo que convencer al profesor que había elegido el punto donde más le dolería a su atolondrado alumno y se mantuvo en su decisión con la esperanza que el amargo recuerdo de ese castigo le motivara a estudiar para no volver a suspender. Hanamichi pensó en no hacerle caso e irse al entrenamiento de todos modos, pero sabía que podían expulsarle por ello y sería buscarse más problemas de los que necesitaba.

Tras una hora de copiar la lección no aprendida del libro de texto el profesor le dejó marcharse por fin, con el compromiso de estudiar más para el siguiente examen, pero ya era tarde. En el gimnasio el entrenamiento estaba por terminar y el capitán al verle no le había ni dejado entrar a los vestuarios a cambiarse, directamente lo había mandado a casa a gritos. Y Hanamichi sabía que no jugaría ese sábado.

Estaba cabreado. El profesor le había castigado expresamente para hacerle perder el entrenamiento. Y todo por un suspenso que podría haber evitado si se hubiera dignado a mirarse el libro el fin de semana anterior, pero había sido más importante salir con la Gundam. No había estudiado y ahora estaba pagando las consecuencias. Le cabreaba ese pensamiento.

Hubiera preferido que Ryota lo castigara poniéndolo a correr lo que quedaba de entrenamiento a que lo echara de la cancha de ése modo. Como mínimo con el ejercicio físico habría descargado toda esa energía que le generaba la ira contenida. Ira contra el profesor, contra un sistema educativo que no se ajustaba a su forma de ser, pero en el fondo ira hacia si mismo, hacia esa parte de si mismo que le machacaba constantemente diciéndole que era un inútil que no daba pie con bola, y que tardes como ésa evidenciaban tanto.

Se sentía un perdedor gracias a la charla del profesor y sentía como a causa de ello se arremolinaba en su estómago una enorme sensación de impotencia y frustración muy cercanas a la rabia.

Tenía ganas de patear algo más que esa simple lata bacía, que a cada patada avanzaba dando tumbos llenando la calle de un sonido metálico.

De un violento puntapié la lata salió más lejos que las veces anteriores, estrellándose en la pierna de uno de los tipos que estaban en la esquina de enfrente fumando y bebiendo.

—Oye tú— le había gritado el que recibió el golpe.

En otras circunstancias Hanamichi hubiera encontrado el modo de evitar la pelea, pero la necesidad de desfogarse y su mente ofuscada por pensamientos negativos no le ayudaron esa vez. No calculó bien sus posibilidades y se dejó llevar por las ganas de pelear de los pandilleros.

A pesar de ser cuatro contra uno la pelea fue bastante igualada. Los otros habían bebido de más y Hanamichi estaba en más buena forma que ellos. Pero eso no evitó que recibiera una buena sarta de golpes.

Cuando uno de los cuatro matones quedo tumbado en el suelo sin sentido, y Hanamichi y los otros tres casi no podían sostenerse en pie, la pelea terminó.

Viendo huir a los cuatro chicos Hanamichi se sentó un momento en el suelo a evaluar daños. Estaba hecho un asco, las ropas sucias y rotas, ambos labios partidos, el torso dolorido por los golpes. No le parecía que tuviera ninguna costilla rota. Le dolían los nudillos que estaban todos pelados. Una gota de un líquido viscoso le resbaló por el cuello. Era sangre. Le habían dado un golpe en el lateral de la cabeza, justo encima de la oreja. Cuando se levantó para irse a casa se dio cuenta que se había torcido el pié en algún momento pues le dolía horrores cada vez que se apoyaba para andar.

Por suerte cuando llegó a su casa su madre todavía no había llegado. Pues podría haber ocultado la cojera diciendo que en el entrenamiento había dado un traspié, pero el ojo morado que se vio en el espejo del recibidor al entrar en casa, o los labios partidos eran demasiado evidentes, además de las mangas arrancadas y las rodillas del uniforme agujereadas. Tendría que pasarse la noche cosiendo el uniforme, pero todo el mundo se daría cuenta de que se le había roto.

—Mierda— murmuró viéndose en el espejo.

Desde la muerte de su padre su madre había vuelto a trabajar y hacía más horas que un reloj. Se veían poco y la mayoría de veces que hablaban lo hacían a gritos discutiendo. Hanamichi echaba de menos a su padre, y también la relación que tenía con su madre antes de que su padre muriera. En casa se sentía solo, y en el colegio solo le prestaban atención cuando hacía el payaso. Prácticamente todo el mundo le consideraba bueno para nada, y a pesar de que saber que se había buscado esa reputación a pulso le dolía que nadie esperara nada bueno de él. Incluso a veces sentía que sus amigos solo le seguían por ser un altanero. Y ni siquiera en el equipo le apreciaban como jugador realmente.

Una vez desnudo en el baño se dio cuenta que iba a tener un problema el siguiente día de entrenamiento. Podía esconder a su madre y los profesores los golpes en el cuerpo, pero en los vestuarios todos iban a verle y sabrían al instante que se había peleado. Si alguno de ellos le veía y se lo decía al entrenador adiós al baloncesto para siempre. Y ganas no les faltaban a sus compañeros para tener una excusa para sacárselo de encima.

Desde su vuelta a las canchas tras su recuperación todo había sido distinto en el equipo. Muchos novatos se habían apuntado al club de baloncesto atraídos por la fama que ellos habían logrado el año anterior. Pero el Gori ya no estaba para intimidar al personal y mantener el orden. Ahora el capitán era Ryota que le costaba mantener un cierto orden en los entrenamientos y por ello se enfadaba horrores a la mínima tontería que él hacía. Lo que el año anterior había creído era una incipiente amistad, al llegar Ryota a capitán se había desvanecido en el aire. Ahora solo recibía gritos y recriminaciones del que en otro tiempo le había animado a hacer reír a todo el equipo con sus bromas y payasadas.

Rukawa seguía metiéndose con él e insultándole cada vez que podía, y para su mayor pena se libraba casi siempre del castigo por pelearse con él.

Mitsui estaba de un humor de perros desde que Ryota estaba de capitán, y él de sub-capitán. Y ni siquiera las esporádicas visitas de Kogure y Akagi durante los entrenamientos le sacaban de su mal humor.

Y el resto del equipo le consideraba un patán y le temían por su fama de pandillero.

Quizá le hubiera ido mejor si se hubiera dejado de tonterías y se hubiera apuntado al equipo de Judo. Como mínimo hubiera podido pelear siempre que quisiera y el capitán del equipo le veneraría como era debido.

Tendría que pensar una excusa por esos moratones que le estaban saliendo. Pero no se le acudía ninguna creíble.

Cuando su madre llegó Hanamichi ya se había metido en la cama. Se había tapado hasta la cabeza esperando en vano quedarse dormido. Cuando oyó los pasos lentos y cansados de su madre se asustó. No quería que le viera. Se hizo el dormido cuando vio abrirse la puerta de su habitación.

Le extrañó no oírla murmurar enfadada como de costumbre pero cuando la luz de la habitación desapareció al cerrarse la puerta de nuevo respiró aliviado. El engaño había surtido efecto inesperadamente.

Hanamichi siguió despierto durante horas. No pudo pegar ojo intentando encontrar una excusa por sus heridas para que nadie se enterara de la pelea. Aunque un molesto pitido en el oído izquierdo le hacía más difícil concentrarse. Cansado y desalentado por la manca de ideas se durmió al despuntar el día.

... continuará ...


Grissina: Regalo de Reyes para mis lectoras fieles. Feliz 2010. Espero que os guste.