Hola, hola!!!

FELIZ NAVIDAD!!!
FELIZ AÑO NUEVO!!!
y ya de una vez...
FELIZ DÍA DE REYES!!!
xD

hace mucho que estaba lejos de ff, pero aqui ando dando una vuelta xD
solo había escrito un HG antes, asi que estoy nerviosa...
pero las vacaciones de navidad dieron sus frutos y yo debía sacar esa inspiración que llegó a mi xD jajaja, eso suena raro.

debía de haber empezado a subir esto antes de navidad, pero no tenía internet, así que tuvo que esperar a que regresara a mi casa. Son unos cuantos capítulos que iré subiendo cada dos o tres días, eso... eso depende de ustedes. ;D

Disfruten!!


JUEGOS DEL DESTINO

CAPÍTULO 1

—¡Maldición!

Su aliento se volvía más trabajoso y sus zancadas más largas mientras corría en plena ciudad de Londres a escasas cinco de la mañana. Dobló una esquina y por poco pierde de vista la chaqueta azul que estaba cruzando la calle, huyendo. Ser detective de Londres lo llevaba siempre a la persecución, solo hubiera deseado que ese día en particular no hubiera sido literal. Llevaba meses detrás de Robin "el tuerto" Sinclair, un estafador renombrado en toda la ciudad que al fin iba a caer ante la justicia. Aunque primero tenía que lograr alcanzarlo.

Volvió a maldecir mientras corría entre los carros que casi lo atropellaban.

—¡Fíjate por dónde vas, idiota! —Exclamó el dueño del último coche que esquivo y al cual solo prestó atención para hacerle una nada cortes señal con la mano.

Estaba cerca, alcanzaba a verlo entrando al parque. De tanto en tanto volteaba a ver a su persecutor. Harry sonreía cuando él hacía eso porque estaba seguro de qué era lo que veían en su mirada: el miedo de saber que estaba perdido.

Pero Harry también estaba preocupado. No iba a poder seguir esa cacería durante mucho tiempo; estaba cansado.

—¡Alguien podría detenerlo, por favor! —Gritó al aire deseando que ser escuchado.

Hacía varias cuadras que los policías que lo "respaldaban" en el arresto se habían quedado atrás y estaba cansado, solo y a punto de desfallecer. Y entonces, justo cuando la falta de aliento lo estaba haciendo desear detenerse el ladrón pasó demasiado cerca de una banca donde una diminuta cosita le metió el pie en su camino y lo hizo caer directito al suelo de piedra. Harry siguió corriendo hasta terminar encima de él antes de que intentara escapar.

—¿Creíste que ibas a poder escapar de mi? —Golpeó con su rodilla sobre la espalda de Sinclair— ¡Deja de chillar!

—¡Quítate de encima maldito bastardo! —Gritó Sinclair con su cabeza pegada al pavimento.

—No dejaré que vuelvas a escapar —Advirtió Harry buscando a tientas las esposas a su espalda—. Queda arrestado en el nombre de la ley —Empezó—, tiene derecho a guardar silencio, si no lo hace todo lo que diga podrá y será usado en su contra ante una corte legal; tiene derecho a un abogado, si no puede pagarlo la ley le concederá uno; tiene… —Continuó leyéndole sus derechos mientras Sinclair seguía gimiendo y maldiciendo.

—¡Eres un malnacido, hijo de la mala leche! —Gritó mientras era esposado con las manos a la espalda— ¡Hijo de tu puta madre!

Harry estalló y apretó mas su rodilla contra la espalda de Sinclair justo en el riñón, de lo que sabía padecía. El grito desgarrador del estafador no hizo mas que hacer sonreír a Harry.

—¡Se lo diré a mi abogado! —Siguió chillando— ¡Pagarás por esto!

Se acercó a la cara de Sinclair y con una sonrisa burlona le contestó a sus amenazas.

—Ese golpe fue durante el arresto. Es tu culpa, Sinclair, por resistirte a él.

—¡Pero ya tenía las esposas!

—Pero seguías moviéndote.

—¡Aun así… Ay!

El quejido que soltó fue a causa de la rodilla de Harry que nuevamente se incrustó en la espalda del delincuente.

—Deberías cerrar tu maldita boca de una vez por todas —Masculló luchando contra la batalla que Sinclair estaba dando.

Lo escuchó maldecir nuevamente, pero se quedó quieto, lo que le dio la oportunidad a Harry de tomar su radio.

—¡Sonie, Blanch! ¡¿Dónde demonios están?!

—Seguimos atascados en Sunx Street.

—¡Pues será mejor que traigan su enorme trasero hasta la parte norte del parque inmediatamente! —Estaba seguro de que el tono de advertencia que incrustó en su voz no pasó desapercibido para ellos.

—Enseguida, señor.

Se puso de pie y se llevó consigo a Sinclair y fue hasta ese momento que se recordó que alguien había sido de gran ayuda para lograr ese arresto. Volteó la mirada y si no hubiera sido que aun respiraba trabajosamente a causa de todo el tramo que había tenido que correr, en ese momento se hubiera quedado sin aliento.

Era como si un ángel hubiera caído al cielo en forma de mujer.

El cabello rojo le caía en cascadas sobre la espalda y varios mechones cruzaban sobre su pecho. Su piel era blanca, su boca rosada y llena, y sus ojos dos luceros color miel que iluminaban mas fuerte que el sol.

Se sentía un poeta por estar pensando en eso. Pero era imposible no pensar que ella resplandecía con luz propia.

Ella estaba sonriendo con sus labios, con sus ojos, con toda su cara, con todo su ser. Era fascinante.

Llevaba un formal traje de negocios. Una falda negra y medias, una blusa blanca y sobre él un abrigo, y una bufanda acompañando el conjunto. Y un humeante vaso de café en su mano.

Harry se aclaró la garganta para dejar de sentir que actuaba como un idiota.

—Creo que debo agradecer su colaboración en este arresto.

—Solo hice lo que cualquier otra persona hubiera hecho —Su voz era suave, delicada, como pensó que sería.

—No creo que cualquiera lo hubiera hecho.

Se puso de pie y limpió partículas invisibles de su falda.

—Yo creo que sí —Sonrió mostrando sus blancos dientes.

Así que era una humanista.

La respiración de Harry empezaba a tranquilizarse completamente, pero el frío empezaba a llenar su cuerpo.

—Oficial-

—Detective —Corrigió Harry enderezando los hombros. Buenos años le había costado conseguir ese título.

—Detective —Concedió asintiendo. Varios mechones de cabello se fueron hacia su cara y sus dedos hormiguearon por alzarlos y pasar ese mechón rebelde por detrás de su oreja—, creo que debería cubrirse y tomar algo caliente a menos que lo que esté buscando ahora sea pescar una gripe —La diversión en su voz por la comparación que había hecho era bastante obvia.

Él estaba por decir algo cuando dos oficiales recién salidos de la academia llegaron corriendo hasta donde él estaba con el ladrón aun maldiciendo quedamente.

—Detective —Hicieron un saludo oficial y enseguida Harry les lanzó a Sinclair.

—Llévenselo a la comandancia y procésenlo. Agreguen resistencia al arresto a los cargos.

—Sí, señor.

Blanch agarró a Sinclair y lo arrastró directo al coche patrulla que lo esperaba. Claro que no se fue contento y las maldiciones salieron de su boquita como si fueran agua y se retorció tanto como le era posible. Harry dejó de prestarle atención y volteó a ver al ángel pelirrojo que seguía sonriéndole. Se aclaró la garganta antes de hablar.

—Bien, tengo que irme. Aun tengo un informe que redactar —El fastidio en su voz no debió pasar desapercibido para ella.

—Sí —Suspiró—, entiendo —Cerró los ojos y agachó la cabeza un segundo. Estaba cansada, y mucho—. Es un fastidio eso de trabajar en navidad, ¿no le parece?

El sonrió correspondiendo al cansancio.

—Alguien tiene que hacerlo.

Levantó la cabeza y sonrió mientras asentía.

—En eso tiene mucha razón.

Se quedó con la mirada sobre ella y con la sonrisa correspondiendo a la suya. Era un deleite el simple hecho de verla.

—Adiós señorita.

—Adiós, detective.

Se dio la vuelta y tosió unas pocas veces mientras arreglaba el cuello de su chaqueta para protegerse del frío y abrigarse bien.

—Detective —La suave voz lo llamó e inmediatamente él se dio la vuelta.

—¿Sí?

Le extendió el vaso de café que llevaba en la mano.

—Agarre esto por favor.

Él, desconcertado, lo tomó.

—¿Qué quie…?

Se vio interrumpido por unas suaves manos pasando sobre su cabeza llevando consigo una bufanda. Como si se tratara de un niño pequeño, ella enredó la bufanda en su cuello y después con manos temblorosas subió el cierre de su chaqueta. Pareció como si todo hubiera sido un lento proceso. Sus manos tocando su cuello para acomodar el cuello de su chaqueta y luego sus pequeñas manos abrigándolo bien con la bufanda. Era una total y completa desconocida para él y sin embargo…

Sin embargo cuando mirada en las profundidades de esos ojos sentía que sabía exactamente quién era ella y quién era él.

Ella golpeó dos veces sobre su pecho mientras sus mejillas se volvían de un rosado carmesí.

—Feliz navidad —Le deseó cuando lo soltó y Harry puso la mano sobre su pecho, justo en el lugar donde había sentido la calidez de su mano.

—Yo… —No sabía realmente qué decir. Hacía años que nadie le hacía un regalo solo porque sí. ¡Y menos una extraña!— Creo que no sé qué decir —Confesó.

—Yo… creo tampoco —Agachó la cabeza, pero antes vio cómo se mordía el labio inferior, nerviosa.

—Gracias —Dijo al fin, agarrando la bufanda y clavando la vista en ella.

—Yo… —Vaciló—, tengo que irme —Soltó apresuradamente y antes de que Harry pudiera decir algo coherente ella tomó la mochila que llevaba y empezó a correr rumbo el sur del parque.

Solo alcanzó a ver cómo su gabardina desaparecía entre los árboles del parque y fue en ese momento que él se dio cuenta de que algo que no era de él estaba en su mano.

El café.

—¡Oye! —Gritó, pero era demasiado tarde, ella ya se había ido.

* * *

Ginny estaba avergonzada.

Muy avergonzada.

El sonrojo de sus mejillas probablemente no remitió ni siquiera cuando llegó al hospital. Y no era para menos, acababa de regalar una bufanda -su bufanda favorita por cierto- a un total y completo extraño y lo hizo porque… porque… bueno, porque en verdad parecía que podía enfermarse si seguía así, desabrigado. Pero no le bastó solo con dársela, tuvo que ponérsela, arreglarla y asegurarse de que estuviera perfectamente abrigado. Sentía tanta pena, y vergüenza, mucha vergüenza.

Él era un oficial. Detective, se corrigió. Seguramente tenía mujeres revoloteando por todas partes y… ¿En qué estaba pensando? Ella no revoloteó a su alrededor, ella solo… solo le regaló una bufanda. Le ayudó a detener a un criminal y luego le regaló una bufanda, nada mas.

¡Oh, por Dios! Seguramente actuó patéticamente.

Que vergüenza, que vergüenza.

Se repitió mil veces lo mismo hasta que llegó a los vestidores y encontró su casillero. Se tocó las mejillas y las seguía sintiendo calientes. Había sido una completa y locura, y nada común en ella eso de entablar una conversación con un total y completo extraño. Pero es que su mirada…

Su mirada la cautivó. La tristeza en ella, el vacío, y al mismo tiempo la templanza, la valentía, el orgullo. Toda una combinación peligrosa en unos ojos verdes apagados. Y cuando le puso la bufanda encima en verdad que deseó pasar la mano por entre su cabello y tratar de acomodar la rebeldía en la que se habían convertido por el aire y el esfuerzo de la carrera.

—No sabía que ibas a trabajar el día de hoy.

Hermione, su cuñada, entró al vestido quitándose la bata blanca. Ella era muy bonita, con su sonrisa cegadora y su mirada brillante, y se veía aun mas bonita mostrando abiertamente el embarazo que embargaba de alegría a toda la familia Weasley, en especial a Ron quien era su hermano mayor y el futuro padre.

—Yo soy la que no sabía que tú trabajarías el día de hoy —La recriminación en su voz era obvia.

Estaba de siete meses y con el frío que llenaba a Londres lo recomendable era que estuviera en su casa descansando, pero, ¿Qué estaba haciendo?

¡Trabajando!

Bueno, tenía que reconocer que esa era toda una actitud normal en Hermione.

—Ya me estoy yendo —Aseguró—. Lo que pasa es que Sebastian —Un paciente de ella de tan solo ocho años— requirió la operación de corazón de urgencia y Diamond —El doctor adjunto del departamento de cardiología— está fuera de la ciudad. Por eso tuve que venir.

Sonriendo guardó la bata dentro de su casillero.

—Pero ya me voy a casa de tu madre a ver si de causalidad ella me permite ser útil en algo.

Ginny bufó, qué su madre permitiera que alguien a parte de ella misma se metiera en la preparación de la cena de navidad, era impensable.

—Ron ha estado demasiado exigente respecto a lo que puedo o no puedo hacer. A veces tengo que recordarle que soy yo y no él quien estudió medicina.

Ginny sonrió suavemente. El que Ron se tranquilizara era casi como pedirle a la nieve que remitiera. Ron adoraba a su esposa y estaba nervioso con su próxima paternidad. Era su primer hijo y quería que todo saliera bien. Nadie podía culparlo por ser tan sobre protector.

—Suerte con eso de intentar a mamá convencer de algo —Se quitó el abrigo y tomó la bata de su casillero—. Sabes perfectamente que nadie se mete a su cocina cuando está preparando algo en grande.

—Déjame tener un poquito de esperanza —Suplicó.

Ginny tan solo sonrió mientras se acomodaba la bata.

—¿A qué hora saldrás?

Lo pensó por un segundo. Sinceramente no estaba segura de a qué hora podría estar libre para ir a su casa.

—A eso de las ocho —Vaciló—, o nueve.

—No estás segura.

—Ya sabes cómo es esto.

Hermione asintió compadeciéndose de ella.

Ginny estaba en su primer año cómo residente en medicina y aun podían llamarla a cualquier hora del día diciéndole que debía presentarse en el hospital. Ese día, navidad, le avisaron a las cinco de la mañana que la requerían de inmediato.

—¿A qué área te llamaron? —Preguntó Hermione.

—Urgencias —Respondió cansadamente y gracias al cielo su cuñada evitó decir algo.

Urgencias en navidad realmente traía regalos, solo que no del tipo del que todo el mundo apreciaría.

Después de siete horas trabajando en urgencias había atendido dos accidentes de coches, una quemadura de segundo nivel, tuvo que cocer una herida y atender un sinfín de consultas menores. Estaba cansada. Se acercó a la recepción mientras observaba aun la fila de pacientes que esperaban por una consulta. Sally, la enfermera en jefe, se estaba encargando de la recepción en esos momentos y ella necesitaba con urgencia un pequeño descanso.

—Sally —Llamó—, será posible que alguien pueda suplirme por un rato —Preguntó con la mirada triste y desconsolada, suplicando una respuesta afirmativa.

Sally la observó fijamente por lo que pareció un minuto entero y después sonriendo agarró el teléfono.

—Espera un momento.

Ginny le dio la espalda y sonrió mientras observaba aun a las personas que esperaban atención. En verdad quería atender a todas y darles el alivio que necesitaban, pero a menos que quisiera acabar dando una mala receta, necesitaba descansar aunque solo fuera dos horas.

Acaba de terminar de un turno de dieciséis horas y apenas había llegado a su casa y dormido algunas dos horas cuando su buscapersonas sonó mandándola llamar de regreso al hospital.

Llevaban casi dos días completos sin descansar medianamente bien. En verdad necesitaba de un descanso.

—Charlie dice que puede cubrirte un rato —Anunció Sally—. Y agrega que lamente mucho el que te regresaran al hospital, pero que como te podrás haber dado cuenta hay mucho trabajo.

—Sí, creo que ya lo vi por mí misma —Se volteó hacia Sally—. ¿Cuánto tiempo podrá cubrirme?

—Dijo que alguna hora y media.

Bien, eso era lo que necesitaba para aguantar las otras siete horas antes de poder salir del hospital.

—Pero primero necesitaba que hagas algo por él.

Ginny apoyó los brazos sobre la recepción y dejó caer la cabeza pesadamente sobre ellos mientras gemía. Nunca había pensado que el favor le iba a costar algo.

—¿Qué quiere?

—Que recibas a la ambulancia que no tarda en llegar. Al parecer es un oficial herido y es uno de los grandes. Tu sabes —Y le guiñó un ojo. ¿De los grandes? ¿Ella sabía? ¿Qué sabía?

—De acuerdo, Sally. Dile a Charlie que lo haré.

—Muy bien —Clavó la mirada en la puerta—. Mientras yo le habló, creo que tu deberías estar corriendo a la puerta —Ante la mirada de desconcierto que Ginny le mando, Sally tuvo el buen tino de aclararse—. La ambulancia acaba de llegar.

Ginny volteó la cabeza y vio a la ambulancia parada en las puertas de urgencias preparándose para bajar al herido. Se talló la cara y con paso decidido marchó hasta las puertas del hospital. Y los gritos iniciaron desde ahí.

—¡Ya les dije que estoy bien, maldita sea!

—Sí señor, pero es necesario que un doctor lo revise.

—¡Que doctor ni que nada! Yo lo que necesito es llegar a mi oficina y redactar el maldito informe para poder irme a casa. ¡Es navidad!

"Dígamelo a mí" Pensó Ginny.

—¿Qué tenemos? —Preguntó llegando hasta John, el paramédico que estaba abriendo la segunda portezuela mientras Richard, el otro paramédico, estaba encima de la ambulancia y era con quien el paciente estaba peleando.

—Sufrió una caída desde un segundo piso —Informó—, tiene un golpe en el cráneo y una herida que hay que suturar en el brazo derecho.

—Y al parecer el paciente no quiere que se le realice ninguna atención —Aventuró a decir Ginny mientras tomaba las hojas con el reporte de John.

—Desde que su jefe lo obligó a subir a la ambulancia no ha parado de repelar.

Muy bien, lo único que necesitaba era un paciente que no quisiera atención. Perfecto.

—¡Ya les dije que estoy bien! ¡MUY BIEN!

—No podremos estar seguros de eso hasta que se le realicen algunas pruebas —Vio por última vez el informe—, entiéndalo —Agregó levantando la vista para ver a su paciente.

Cabello negro, revoltoso, ojos de un intenso color verde penetrante, camisa blanca, chaqueta negra, pantalones negros y una inusual y hasta cierto punto equivocada bufanda roja cubriendo su cuello. Pero no era cualquier bufanda roja. Era su bufanda roja. ¡Cielos!

¡Era el detective de esa misma mañana!

Una solo una coincidencia, una extraña y rara coincidencia el que lo volviera a ver, y en esas condiciones. Una extraña coincidencia que no le afectaba en nada y su presencia mucho menos lograría que su corazón palpitara a todo galope en su pecho ni que sintiera que su garganta se cerraba sin dar paso al aire. Entonces, ¿Por qué demonios le estaba pasando precisamente eso?


¿qué tal?
espero sus comentarios.
cuidense.

rosa . chocolate