EN EL TECHO

Capítulo 23

o-o-o-o

-¿Dónde está?- preguntó tras cruzar la puerta.

Nappa lo miró por un instante para continuar engullendo. Hasta que no tragó no contestó:

-Según el radar, está llegando.- espetó para seguir comiendo con el plato a escasos cinco centímetros de la boca.

-En tres horas acaba su tiempo.- indicó Vegeta dudando de si era peor mirar a su vasallo engullir como una mula o echar un vistazo a aquel desastre de alcoba.

El calvo se metió la mano en la boca para limpiar una muela de un pequeño hueso. -Apurará hasta el último momento, ya sabes que tenemos cerca Gassmul y eso sólo significa…- Y comenzó a reír mientras hacía gestos obscenos manteniendo el equilibrio del plato que tenía en una mano.

-Ya sé lo que significa, idiota.- contestó el príncipe mientras se asomaba por la ventana. –Y deja de reírte con la boca llena.- le ordenó.

Al instante, la risa desapareció.

Desde la recámara de Nappa se podía avistar la central de llegada de naves. Tal y como se temía, el movimiento de tropas había aumentado, lo que significaba que el emperador iba a requerir de su presencia en breve.

-Maldita sea.- murmuró.

Si bien el lagarto ni recababa en la existencia de sus dos soldados, él estaba seguro de que si alguno faltase se lo hubiera recordado con sorna, dejándole en evidencia frente a los lameculos de la corte que se reirían porque el príncipe de los saiyajins no podía mantener a ralla a sus dos únicos lacayos. Y el estúpido de Radditz, el cual procuraba pasar desapercibido por ser consciente de su natural torpeza, perdía ahora el tiempo con una furcia de la constelación Gassmul, vecina al núcleo imperial. Levantó el vértice del labio mientras giraba sobre sus talones y volvía a centrarse en el enorme luchador.

-Saldremos sin él.- aseveró a la vez que cruzaba la minúscula habitación sucia y mugrienta. –Mientras Radditz vuelve nosotros haremos una visita ese planeta que tanto le gusta.-

Absoluto silencio recibió como respuesta.

Volteó levemente su barbilla antes de preguntar: -¿Algún problema, Nappa?-

Tras unos instantes de duda, el grandullón respondió dubitativo: -No, por supuesto que no, señor.- Y volvió a reír dándole a entender que la idea le había gustado.

Ladeó la sonrisa y cruzando la puerta soltó: -Bien, antes de que los tres soles se pongan quiero verte en la rampa catorce del sector seis.-

No hizo falta esperar una aceptación. Sabía que el guerrero calvo estaría allí aunque ese estúpido imperio se viniera abajo. Mientras cruzaba el corredor, se preguntaba por qué el saiya mayor le tenía tanta estima a su miserable vida. Levantó el vértice del labio al pensar que a lo mejor la razón se encontraba en que él no la veía despreciable, una vida no digna de ser vivida, quizá porque siempre fue igual. Se detuvo un segundo tras escuchar un crujido bajo la bota. Miró la suela y maldijo mentalmente la mugre del minúsculo aposento de Nappa, el cual tenía que compartir con Radditz, y fue cuando afiló su oído saiyajin:

-Un agujero negro, eso es lo que es, un puto agujero negro…-

Fue un murmullo, un escaso y casi mudo susurro que espetó su vasallo creyendo que él ya andaría lejos de su habitación. Sonrió. No fue la primera vez que lo oía de alguno de ellos dos. Efectivamente, de Radditz también lo había escuchado cuando creía que el príncipe andaba lejos. Ni a eso le hizo caso. Si bien Nappa y el hermano de Kakarotto nunca se habían llevado bien, a veces coincidían en criterios y, por lo visto, creer que el Príncipe de los Saiyajins era un agujero oscuro que todo lo engullía y devoraba entraba dentro de esas pequeñas coincidencias y puntos de parecer que, en apariencia, no tenían nada que ver. Seguramente, pensó el príncipe, lo habrían comentado juntos y a él le gustaba escuchar eso: un agujero negro era lo más peligroso con lo que te podías encontrar en todo el universo. Efectivamente, no le molestaba lo más mínimo un apelativo como ése. Así parecían entender las bases del respeto que él se merecía.

Obviamente Nappa supo por qué lo dijo. Esa visita a la que se refería no era más que un eufemismo bastante usado en la jerga guerrera: visitar mundos significaba aniquilarlos, purgarlos para mercantilizarlos, convertirlos en moneda de cambio al mejor postor. Él, que de una manera retorcida era un protegido de Freezer, podía a veces tomarse la libertad de purgar algún planeta lejos de las directrices marcadas por el emperador, aunque luego tenía que justificar su invasión.

No le costó dar con un motivo justo para limpiar el minúsculo planeta donde residía la furcia de Radditz, así que ése no fue el problema. Como tampoco lo fue cuando éste se enteró de que ese mundo había sido arrasado por ellos. Poco le importaba la opinión de un tercera clase como su vasallo, tanto como estimaba la opinión de Nappa a ese respecto.

Sí, Nappa lo entendió al instante y por eso hasta había parado la ingesta de alimentos dejando el silencio como único protagonista y dando paso casi al instante a unas risas ridículas y apenas espontáneas. Pocas veces sorprendía al calvo, quien creía equívocamente que bien lo conocía, por eso hasta disfrutó el segundo de duda de éste. ¿No lo veía capaz de purgar un planeta porque sí? Lo había hecho cientos de veces, e incluso juntos. Además, en este caso existía una razón más que merecida: Radditz, por andar enredado desde hacía tiempo con una mujer de Gassmul, perdía su condición de guerrero cuando prefería otros menesteres, algo intolerable. Y lo más grave: le iba a dejar mal ante la corte del lagarto.

Abrió los párpados y se topó con el cielo azul de La Tierra. ¿A qué había venido ese recuerdo? Se incorporó a medias, dejando los codos sobre la hierba en rocío. Mirando el lago manso tumbado sobre la flora terrestre, entrecerró los ojos al rememorar la paliza que le dio a Radditz por aquel episodio. Sólo fueron un par de golpes, pero la mirada de odio de su subalterno tras enterarse de la desaparición de Gassmul fue suficiente provocación para él. Nunca antes el hermano de Kakarotto se había aventurado a ser tan atrevido y él estaba seguro de que lo hizo sin intención. Simplemente osó a mirarlo de ese modo, sin poder controlarlo. Tal y como se esperaba, esa perra le importaba de veras. Dos golpes certeros en su estúpida cara y el tercera clase tuvo que pasar dos días en un tanque de curación. No habló en tres meses.

Irguió su espalda y se sentó sobre el frondoso verde. Movió su cuello de un lado para otro. Sintió un cosquilleo en su mano y fijando la vista en ella vio una hormiga desorientada subir por su muñeca. Acercó el brazo a sus ojos y con la mirada la abrasó. Asqueado azuzó la mano y volvió a recostarse sobre la hierba.

Nada. Llevaba así muchos días, quizá semanas. Y no le importaba nada.

-Un agujero negro…- murmuró mirando el avance de las nubes.

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-Querida.- la llamo su madre. -¿Qué te parece este nuevo jarrón?-

-¿Eh?- Bulma la miró por un instante mientras terminaba de vestir a su hijo. –Muy bonito, mamá.- Y volvió a centrarse en su pequeño. –Trunks, menos mal que vamos a comprarte ropa nueva.-

-Oh.- La señora Briefs ya estaba a su lado. –Este niño crece muy rápido, ¿no es cierto?-

La peliazul se cruzó de brazos con el gesto serio: -Sí, mamá.- afirmó. -Y si papá y tú dejaseis de cebarlo como si fuera uno de los animales que tenemos aquí, la ropa de hace un mes le cabría y no tendría que gastarme una fortuna en vestirlo.-

-¡Pero si a ti te encanta ir a comprar ropa, pequeña!- exclamó su madre feliz ignorando el enfado de su hija. -Y más cuando se trata de este niño tan maravilloso, ¿verdad, Trunks?- Y quiso levantar a su nieto del carrito para bebés mientras su hija se colocaba las gafas de sol. -¿Verdad que a ti también te gusta ir a pasear con tu madre?-

Bulma se giró para observarlos. Refunfuñó al ver cómo a la rubia le costaba alzar a su hijo: -¿Ves, mamá?- le cuestionó con retórica separándose del espejo y acercándose a ellos. -¿Ves lo que cuesta levantarlo?- inquirió cogiéndolo ella en brazos. –Ay, Trunks.- comenzó a decirle a su pequeño. –No deberías de parecer una patata.-

Su retoño pareció entender el insulto y tras poner cara de enfado, comenzó a gimotear.

-¡Hija!- exclamó su madre como si la ofensa fuera propia. -¿Cómo se te ocurre decirle algo así?- le preguntó queriendo hacerle mimos a su nieto. Pero Bulma ya salía por la puerta con el niño en el carrito. –En cuanto se ponga a andar bajará de peso y, además, si come tanto es porque lo ha sacado a…-

-A su padre, mamá, ya lo sé.- le interrumpió la científica desganada.

Su madre sonrió desde la puerta. No iba a perder esa oportunidad para preguntarle por el príncipe pese a que sabía la reacción que eso producía en la peliazul. –Por cierto, pequeña, ¿sabes ya dónde está Veg…?-

Retornó a interrumpirla a la vez que se colocaba el sombrero: -Te lo vuelvo a repetir, mamá: ni lo sé ni me interesa.- Y cerró la puerta de golpe.

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Paró en el vuelo y volvió a mirar hacia abajo. Los cálculos le indicaban que tenía que estar por ahí, pero hacía tanto tiempo que lo abandonó que no podía asegurar que hubiera desaparecido entre la crecida de la maleza por la primavera terrestre.

-Malditos árboles.- masculló desganado.

Decidió volar bajo, a ras del río. Avanzó unos metros y oyó el revuelo del torrente no muy lejos. Tenía que estar ahí, justo ahí. Lo mejor sería investigar a pie.

En cuanto puso los pies en la orilla notó su cuerpo pesado. Otra vez ocurría: cansancio. Y no había hecho absolutamente nada.

Miró hacia el suelo y vio sus zapatos calarse por el agua del afluente. Nada, ningún sentimiento ni reacción, sólo hastío y cansancio.

Y por supuesto, su mala suerte. Tampoco había dado con su objetivo esta vez, infinitamente más fácil que cualquier otro en su vida.

Un pequeño pez pasó entre sus piernas y parecía luchar contra la corriente. Se agachó para cogerlo. Nada, ni siquiera hambre. ¿Cuánto hacía que no comía? Lo último que recordaba era haber masticado algunas bayas.

Lo mantuvo en su mano mientras aleteaba. El recuerdo de hacer eso mismo recién llegado a ese mundo le vino de golpe como tantos otros. Era como si su mente vagase por ellos sin orden ni concierto y los seleccionara aleatoriamente. Arrojó el pez contra un arbusto a la vez que se ponía en marcha con desgana.

Para su sorpresa, éste hizo algo contrario a la lógica: volvió volando y cayó de nuevo dentro del agua. Moviendo la aleta, parecía más confundido por seguir vivo que el príncipe, el cual frunció el ceño y miró hacia donde había arrojado al animal. Obviamente, había rebotado sobre algo.

Anduvo a pasos largos hacia el arbusto. Apartó la maleza y soltó un soplido corto al verlo mustio y hongoso. El colchón, su único objetivo, parecía tener el mismo aspecto que él: perdido.

Y casi olvidado.

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-Pero papá, eso que me cuentas es…-

-Sí, lo sé.- le interrumpió su padre mientras seguía toqueteando un robot sobre la mesa de operaciones.

-Es… es…-

-Sí, lo sé, hija, es algo espléndido para nosotros.-

-¿Espléndido?- Se puso de pie por la emoción. -¿Espléndido?- reiteró. Y abriendo los brazos se arrojó a su padre para abrazarlo desde atrás. -¡Es la mejor noticia que he escuchado en años!- Le dio la vuelta para aclarar un punto: -Después de Trunks, claro.- Y volvió a girarlo para seguir con el abrazo de espaldas. -¿Quién iba a decir que la batalla contra Célula iba a traernos algo bueno! ¡Papá!- Lo giró de nuevo. -¡Vamos a ser la mayor empresa de La Tierra!-

Su progenitor rió colocándose bien las gafas que habían perdido la compostura por el meneo al que le había sometido su enfática hija. –Pequeña, sé que es una gran noticia pero si te digo la verdad no me gusta mucho esa idea de crear armas para el ejército, ya sabes que…-

-Sí, sí, sí, sí, sí.- le interrumpió su hija poniendo la mano extendida dándole a entender que sabía la poca simpatía que la milicia levantaba en el ánimo de su padre. -¡Pero, papá! ¡Esto nos convertirá en invencibles!- exclamó emocionada. - ¿Sabes la cantidad de ideas que siempre me han surgido por los enemigos a los que nos hemos enfrentado?- preguntó cruzando los brazos para acto seguido dar vueltas por la habitación mientras parecía hablar sola: -Los avances en la cámara de gravedad, los sistemas de defensa de muchos de nuestros amigos, los ataques peculiares de cada uno de ellos, mis estudios sobre los namekianos… ¡por fin voy a poder sacarles todo el provecho! ¡Nuestro cerebro va a echar humo!- Rió abiertamente al imaginarse a sí misma como la mujer más importante del mundo.

-Sí, hija, por eso quería decirte algo más…-

Bulma paró de andar por el laboratorio y lo observó queda. -¿El qué?-

-Bueno…- comenzó a decir el señor Briefs mientras subía a Tama a su hombro. –Durante años he delegado en ti mucho peso de la empresa de forma progresiva y creo que ya es hora de que…-

Se temía hacia dónde quería llegar su padre: -¿No me dejarás sola en esto?- le preguntó enlazando los brazos.

Su progenitor rió al verla molesta. –No, pero dejaré la presidencia de la empresa.-

Casi se cayó de la impresión. -¿Qué!- gritó.

El señor Briefs comenzó a andar calmado hacia la salida mientras acariciaba a su gato, como si aquello no tuviese importancia. –No te pongas así, pequeña, lo harás mejor que yo.- trató de calmarla. -Llevas años soportando prácticamente sola el peso de la corporación y tu madre y yo sabemos que estás más que preparada.-

-Pero… pero…- Aquello sí que no se lo esperaba. Su padre había estado delegando casi toda la responsabilidad en ella, pero él creó Capsule Corporation, era el alma de esa empresa, todos la conocían por su labor y por un instante Bulma se mareó por el jarro de agua fría. Cuando quiso reaccionar su padre atravesaba el jardín camino a la cocina.

o-o-o-o

Soltó la madera sobre el suelo y se dejó caer sobre el colchón. Éste, como siempre hacía, le daba la bienvenida haciendo crujir sus muelles. Miró hacia el techo esperando escuchar la lluvia fuera.

Le había pasado exactamente igual hacía unos días: el cielo amenazaba con tormenta primaveral así que tuvo que buscar cobijo después de las primeras gotas.

Le gustaba la lluvia. Pero lo que no le gustaba era la locura en la que se transformó todo el bosque. Hordas de animales, pequeños y grandes, convirtieron su hogar improvisado en una insoportable sinfonía desafinada de mugidos, alaridos, maullidos y demás. Todos huyeron para resguardarse, como si cuatro gotas fueran capaces de desbordar sus mundos. Ni los animales tenían en ese planeta un instinto digno.

Malhumorado, alzó el vuelo para perder de vista todo aquel paisaje de colores apagados, verde del bosque y gris del cielo. En el aire, quiso que las fuerzas le volvieran pero al instante sintió desganado. Chistó y dobló el cuello hacia un lado.

Y entonces la vio. Hasta ese momento no se había dado cuenta pero ahí estaba: una isla diminuta en el otro extremo del horizonte. Frunció el ceño y se acercó a ella. No debería de estar ahí. Aquel era parte del paisaje que Célula hizo desaparecer mientras se dedicaba a destruir una isla tras otra en su búsqueda de C18. Y además había otra razón por la que no debería de estar ese brote de tierra en pie en medio del mar: porque esa noche, la noche en la que todo se terminó, recordaba, como pequeños destellos en su mente, que hizo desaparecer parte del panorama tras dos acentos de ira que lo dejaron aún más agotado.

Por lo visto, esa pequeña isla se había salvado.

No se lo pensó y recogió su colchón para dejarlo allí, en esa mancha marrón. Para su sorpresa, cuando se aproximó más, aún conservaba la flora y demás plantas. Hasta dos palmeras parecían desafiar aún los últimos azotes a los que habían sido castigadas.

No destacaba en altura ni tampoco en diámetro. De hecho, su forma era bastante estrambótica, como la de una botella de cuello corto. Igual antes fue una península que ahora se tenía que conformar con haber sobrevivido.

Con los pies en el suelo alzó la vista hacia la cima. No era muy alta, y desde ahí podía ver pequeños arbustos de hojas finas que se removían por el viento avisador de lluvia. Miró hacia un lado y a otro. Le gustaba la lluvia, sí, pero ahora no había ningún ánimo que insuflar. Hasta ese mero pensamiento lo asqueó.

Izó el vuelo hacia la cima y ahí fue cuando se sorprendió. Entre el empedrado y pasados unos metros, vio una abertura en medio de la montaña: una cueva.

Durante días se quedó ahí pese a que finalmente apenas habían caído unas gotas. Luego, pasadas unas jornadas indefinidas en las que alternó sueño con desidia, volvió a aparecer la lluvia.

Y allí se encontraba otra vez, dentro de esa cueva y sobre su colchón, escuchando los truenos venideros y esperando las gotas caer. Había ido a por troncos y le costó encontrar algunos adecuados.

Aquí la lluvia era gris con tintes azules leves. En Vegetasei, marrón. Casi oyó el crujido del cielo carmesí en uno de sus entrenamientos con su padre:

-Empieza la temporada de lluvias, dejémoslo.- le dijo éste mirando al horizonte.

Él tosió sangre antes de sonreírle. -¿Tanto miedo me tienes, padre?- le preguntó con sorna. Disfrutaba entrenando con él. Nadie más le ponía al límite como su progenitor, ni siquiera Freezer. Los límites de éste eran distintos.

El efecto de la provocación a su padre fue el esperado: su capa ondeante al viento fue lo único que vio antes de caer inconsciente sobre el suelo.

Una gota en la cara le hizo arrugar el gesto y dejar ese pasaje de su infancia donde tenía que estar: en el olvido. Miró hacia el techo abultado y desorganizado y tal y como se temía, una gotera volvió a dejar caer agua sobre su rostro.

-Maldita sea.- masculló.

Varios gruesos caños se deslizaban hacia el suelo de la cueva directamente desde la cúpula desigual que lo cubría.

Le gustaba la lluvia, pero no ahora. Tal y como había razonado días antes, no había anhelos que insuflar.

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-Gracias por traer a Trunks.- le dijo la morena observando a través del cristal.

-De nada.- contestó Bulma sirviéndose un café. –Estaba segura de que a tu hijo le apetecía verlo.- trató de explicarse mientras se aproximaba a su anfitriona. –Le gustan mucho los bebés.-

Chichí sonrió a medias aún manteniendo el gesto triste. Al instante, cambió de tercio: -Has sido lista esperando un mes a venir.-

Bulma se giró hacia ella sin entenderlo. -¿A qué te refieres?-

La morena le estudió por un instante para acto seguido cruzar los brazos y dirigirse a la cocina. -Hasta no hace mucho quería matarte por decirle a Goku que debido a su culpa los seres malignos venían aquí.-

Su invitada pareció sorprendida, pero al instante se enfadó: -Es increíble que haya dicho eso, ¿verdad?- exclamó alarmada y sumamente ofuscada. -Echarme a mí las culpas...- murmuró pensativa. -¿Cómo se atreve?-

Chichí suspiró: -Bah, da igual.- dijo finalmente. -Yo también lo había pensado.-

-Ah, ¿sí?- quiso saber la científica. Eso sí que era toda una sorpresa puesto que si por todos era sabido que el mal buscaba retos para expandirse y por eso daban con Goku, era llamativo que esa mujer le diera la razón; y no sólo eso, si no que además le soltara que algo así lo había razonado antes.

-Sí, pero no quiero hablar de eso.- Con rotundidad, dejó en el ambiente un silencio roto por la peliazul, a la cual los silencios siempre le incomodaban más que incluso los reproches:

-¿Y cómo está Gohan?- le preguntó.

-No lo sé.- contestó finalmente la morena. –Nunca ha sido un niño que hable mucho pero…-

Bulma se giró para mirarla. –¿Qué ocurre, Chichí?-

Bajó la vista al suelo. Era la primera vez que realmente le veía afligida desde que había llegado a esa casa. En cuanto posó sus pies en la residencia de los Son le llamó la atención que la morena, siempre tan expresiva, estuviera tan entera después de un desenlace tan demoledor para ella.

-Míralo.- le dijo finalmente clavando la mirada en su hijo, el cual trataba de subir a Trunks a su pequeño dragón. –Sonríe delante de mí, continúa estudiando y más cosas, pero no está bien.-

-Es cuestión de tiempo, ya lo sabes.- trató de consolarla.

Chichí suspiró con fuerza. –Lo sé.- le aclaró para volver a sentarse frente a la mesa. –Pero creo que lo que él siente no se le irá nunca.-

Bulma le siguió para acompañarla. –Él lo vio todo.- comentó dejando el recipiente sobre la mesa. –Hay imágenes que no se le borrarán nunca y eso aumenta la pena.-

-No me refiero a eso.- indicó la morena soltando su café sobre el plato sin haberlo probado. –No es como lo que yo siento, no es sólo pena.- Y cogió un bombón de la bandeja.

-¿Ah, no?- quiso saber la peliazul.

Al instante, se dio cuenta de que su anfitriona volvía a fijar la vista en la ventana y hasta se ponía un poco de pie.

-¿Qué ocurre?- preguntó la invitada.

Chichí sonrió. Del cielo había bajado Piccolo, el único que conseguía con su aparición que su hijo dejara de estar pensativo. Era curioso ver cómo un hombre que infundía de todo menos cariño, consiguiera sacar lo único bueno que su pequeño tenía ahora dentro. Songohanda siempre había sido un niño feliz incluso después de las duras pruebas a las que le había sometido la vida siendo tan crío, y si bien el tiempo haría su labor, de lo que ella estaba segura era de que el lo que su hijo sentía iba a ser mucho más complicado hacerlo desaparecer. Por fortuna, tenían a gente que les quería, como ese majestuoso namekiano.

-Viene continuamente a ver cómo está.- comenzó a explicar volviéndose a sentar. –Creo que ni hablan pero está aquí todos los días sin excepción desde que Goku murió.- comentó entristeciéndose al pronunciar esa realidad. –A veces trae a Dende con él y simplemente lo acompañan a pescar o a buscar nidos de aves y dragones, como hacía con su padre.-

Bulma creyó que Chichí se iba a echar a llorar de un momento a otro pero la mujer de Goku pareció rehacerse y contrajo el rostro con una mueca de desagrado. Pese a que casi podían decir que eran amigas, existían ocasiones en las que se sorprendía viéndola actuar:

-¡No lo entiendo!- gritó la morena posando los puños con fuerza sobre la mesa y haciendo que saltaran todas las tazas de sus huecos. -¿¡Cómo se le ocurre volver a dejarme sola otra vez!-

La científica, que por un instante hasta se asustó y creyó que iba a caerse de la silla, observó cómo su anfitriona se echó sobre la mesa para llorar desconsolada y compartió su dolor.

-Tranquila, Chichí.- quiso consolarla. –Él lo hizo para salvarnos a todos, tenemos que estarle agradecidos.-

-Lo sé, lo sé, lo sé.- respondió con rapidez la morena reponiéndose y limpiándose las lágrimas, a la vez que cogía otro bombón. –Mi marido es un héroe y ha salvado al mundo, lo sé.- dijo entre dientes como si quisiera convencerse a sí misma. De nuevo, un cambio brusco: -¡Pero me ha vuelto a dejar sola con mi hijo!- Y otra vez se echó sobre la mesa.

En esta ocasión, Bulma sí se cayó de la silla por el grito. Hasta se enfadó al sentirse tan ridícula pero al ver a Chichí tan afligida se le encogió el corazón y se acercó más a ella a pesar de sentirse un poco atemorizaba. ¿Qué podía decirle? No era la primera vez que Goku moría pero eso no restaba dolor ya que ella también estaba realmente compungida y no podía evitar ese sentimiento. Cuando pensaba en qué decirle, su anfitriona volvió a rehacerse.

-¿Está mirando?- preguntó casi en un susurro.

Alzó la cabeza hacia la ventana. –No, sigue con el dragón y Piccolo.- respondió la científica.

-No quiero que me vea llorar.- comentó la anfitriona limpiándose las lágrimas. –Ya he llorado demasiado frente a él.-

En ese instante, a Bulma le vino la imagen de Trunks en un futuro desolado y se imaginó a ella misma diciéndole eso mismo a algún superviviente. No pudo evitar preguntarse si había sido así, si en algún instante ocurrió eso mismo puesto que ella, ahora que esa imagen le venía a la mente, tampoco dejaría que su hijo la viera apenada.

-No está mirando.- insistió para calmarla. -¿Qué tal si te tomas otro café?- le sugirió poniéndose en pie y recolocando las tazas.

-Sé que se me pasará, ¿sabes?- profirió pensativa.

La científica sabía a lo que se refería. -Sí, se te pasará, siempre has sido una mujer fuerte.-

La morena sonrió. -Es lo único bueno que tiene perder a Goku constantemente: que aprendes de la experiencia y que sabes que te repondrás.-

Aprender de la experiencia. Aquella afirmación casi consiguió que Bulma lo extrapolase a su vida en todos los ámbitos, pero prefirió concentrarse en su anfitriona: -¿Café?- insistió.

-No, gracias, últimamente no puedo ni oler el café.- contestó la morena viéndola actuar y cogiendo uno de los bombones que su invitada había traído.

-En cambio el hambre te ha vuelto de golpe.- soltó Bulma casi sin pensar. Desde que llegó, Chichí se había comido casi toda la bandeja de bombones y eso era algo poco usual en la viuda de Goku ya que no tenía un gran apetito.

La morena volvió a apenarse. –Eso va a ser lo más duro de todo…- susurró.

-¿El qué?- quiso saber Bulma.

Chichí se puso de pie no queriendo explicarse. Retomó a mirar a través de la ventana para observar a su hijo jugar con el dragón.

La peliazul la observó durante esos segundos. Con sus ropajes austeros y su gran moño oscuro sobre su cabeza, le pareció verla envejecer en esos breves instantes. Quizá las preocupaciones conseguían ese efecto, pensó.

-Lo que siente mi hijo es peor que lo que siento yo.- pronunció finalmente sin quitar los ojos más allá del ventanal. –Y eso me preocupa.-

-Ver a tu padre morir tiene que ser muy duro.- quiso acompañarla la científica.

-No, no es por eso.- susurró Chichí. –Él se siente culpable.-

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Dejó el cuerpo inerte del ciervo en el suelo y puso sus brazos en jarra a la vez que miraba a su alrededor.

Había hecho un buen trabajo.

No sabría decir en qué momento se decidió a colocar todo aquello. Al igual que los recuerdos lejanos, los cercanos también eran aleatorios y sólo le vino a la memoria el ponerse en pie y empezar a recolectar madera para encauzar las malditas goteras hacia la salida de la cueva. No fue difícil llevarlo a cabo, sólo separar las distintas cañas y juntarlas con hojas finas y sentido común.

Se tumbó sobre el colchón mientras deseaba que volviera la lluvia para comprobar que su trabajo había sido perfecto. Cerró los ojos preparado para soportar cualquier recuerdo o anhelo que indistintamente su mente elegía entre muchos.

Y luego le llegaría el sueño.

Nunca durmió mucho, es más, lo consideraba una pérdida de tiempo pero debido a su preparación como guerrero necesitaba descanso. Además las pesadillas tampoco ayudaban. Gruñó. Lo que le faltaba era pensar ahora en sus malditos malos sueños. No, no iba a hacerlo, así que abrió los ojos para centrarse en su labor recién hecha. No pudo evitar sonreír levemente. Admiró todo el trabajo realizado a la vez que empezaba a desollar el ciervo. Curiosamente, después de estar todo el día activo se vio con ganas de comer algo más que no fueran las malditas bayas que crecían por toda la zona, incluso en esa isla huérfana.

No tuvo que hacer mucho esfuerzo. Después de despertarse tras una noche donde alternó un descanso profundo con leves intervalos de insomnio desubicado, decidió que hoy comería carne.

Le dio su tiempo a su mente. Cualquier detalle de su vida inacordemente cotidiana se volvía fundamental para que el cerebro vagara en estúpidos recuerdos. Le dio igual. Esa batalla no estaba perdida si no que él la había cedido, le había dado su tiempo de ventaja seguro de que en algún momento remontaría.

O no.

Juntó la madera para fundirla en cenizas. Las ascuas quedaron vivas, preparadas para que él calentara el primer trozo de carne en más de treinta días de inactividad. Podría haberla abrasado con un leve rayo de ki pero hubiera sido demasiado rápido. Y no quería más velocidad. Bastante tenía con su mente descontrolada.

Observando la pata de ciervo dorarse, se acordó de las muchas veces que vio eso mismo mientras ecos lejanos de gritos sufridores ensordecían su mente guerrera.

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-Ven aquí, mi vida.- le susurró a su hijo con una sonrisa levantándolo del suelo.

-¿Ya os vais?- le preguntó el pequeño apenado.

-¡Ay!- se quejó Bulma por el peso de su hijo para al momento contestarle sonriéndole: -Sí, ya es tarde para él pero volveremos pronto, Gohan, no te preocupes.- Y se inclinó para acariciarle el pelo.

-¿No os podéis quedar a dormir?- insistió el pequeño. En cuanto la peliazul miró a su madre, se sintió mal por la pregunta. –Perdón.- soltó mirando al suelo.

Bulma rió despreocupada. –No te apures, Gohan, ¿qué tal si vienes tú a visitarnos también a Corporación Cápsula? ¿Te apetecería?-

El que miró ahora a su madre fue él, rogando porque no le molestara aquella invitación ya que su progenitora nunca lo dejaba alejarse lo mínimo de casa a no ser que estuvieran en batalla y con su padre.

-Ya veremos.- fue la sorprendente respuesta de su madre. No había dicho que no y esos, a oídos de Gohan, era toda una primicia. –¿Y cómo está Vegeta? Ahora que mi marido no está se habrá obsesionado con otro, ¿no?-

El cambio de tercio fue francamente espectacular. No había surgido el tema en ningún instante y la peliazul entendía que era porque había otras cosas más importantes de las que tratar en aquella casa. Al momento, entendió que las dudas de Chichí con respecto a que su hijo apenado los visitara iba más en consonancia con la posibilidad de que éste se encontrara a la supuesta pareja de la científica.

La mirada de furia de Bulma fue de lo más desconcertante. –No sé si se ha obsesionado con alguien más porque no sé dónde está ni me importa.- espetó. Si la viuda de Goku se había puesto de mal humor al pensar en el príncipe, en eso no ganaba a la científica.

-Está en las montañas del este.- escucharon desde atrás. Fue Piccolo, más alejado del resto pero aún presente.

-¿En las montañas del este?- iteró Chichí para acto seguido buscar una explicación de la boca de Bulma.

Pero la peliazul pareció pensativa por unos segundos manteniendo el gesto serio. Finalmente, habló:

-¿Está…- Lucía un poco confusa, como si no estuviera segura de querer soltar la cuestión: -¿Está bien?- terminó preguntando al namekiano.

Éste gruñó un poco y apartó la vista. –Está vivo.- respondió. Se dio la vuelta para dar casi por finalizada su leve intervención: -Y al contrario de lo que cualquiera podría pensar de él, no ha destrozado nada.- Dicho esto, salió volando dejándolos a todos mirando al cielo.

-¿Y cómo sabe él dónde está Vegeta?- rompió Chichí el silencio preguntándole a su invitada.

-Es que, mamá, desde el cielo se puede ver todo.- le explicó su hijo.

Su madre insistió en analizar la situación. -¿Y cómo es que tú no sabes…?- comenzó a indagar dirigiéndose directamente a la científica, la cual mantenía su aire pensativo sin apartar la vista del cielo. Si bien la morena no tenía ni idea de lo que pudiera unir a Bulma con el príncipe de la raza de su difunto marido, de alguna manera u otra eran pareja. ¿O no?

La peliazul no la dejó acabar: -Ya es tarde, tengo que irme.- resolvió con prisas cogiendo a su hijo en brazos. Al instante, sonrió como si las preguntas aún no estuvieran en el aire. –Bueno, Chichí, muchísimas gracias por recibirme pero mi hijo tiene que descansar, ¿verdad, mi vida?- preguntó a su retoño haciéndole carantoñas.

Su anfitriona y su hijo reaccionaron al instante aún un poco confundidos:

-Oh, muchas gracias a ti por venir, Bulma.-

-Y dime una cosa, Chichí.- quiso saber la científica. -¿Han pasado por aquí alguno de los muchachos?-

-Krilin viene a menudo.- respondió Gohan. –Y Yamcha y los de Kame House también.-

La morena no tardó en comentar: -Los muy buitres vienen a beberse el licor que mi padre destila en la montaña, pero al menos hacen compañía a mi Gohan cuando acaba con sus estudios.-

Bulma sonrió y acarició el pelo del hijo de Goku, al cual consideraba parte de su familia: -No se puede decir que no tengas amigos, ¿verdad, Gohan?-

Consiguió sacarle una sonrisa: -Entonces, ¿vas a volver?- le preguntó el pequeño.

-No insistas tanto, Gohan, sé educado.- le recriminó su madre.

Antes de que el chico se disculpara, la peliazul comentó: -Ahora tengo mucho lío en la Corporación Capsula pero te prometo que volveré con Trunks en cuanto tenga un minuto.- quiso calmarlo.

-Oh, vale…- aceptó no muy conforme el hijo de Goku. No sabía por qué, algunos amigos de su padre aparecían y desaparecían aleaoriamente de su vida. Entendía que tenía que ser una cuestión de responsabilidades de los mayores, aunque su madre muchas veces se quejara de que los amigos de su progenitor eran de todo menos responsables.

Aparecían y desaparecían. La imagen de su padre despidiéndose de él con una sonrisa le volvió a machacar la mente. A él jamás podría reprocharle eso. Su padre fue el gran Goku.

o-o-o-o

Le dedicó su sonrisa más altanera a la vez que lo pasaba de largo.

-¡No sonrías así, Vegeta, y contesta a mi pregunta!- le gritó exaltado Guldo.

-Te lo dejo para tu mente, gordo.- le soltó con sorna sin girarse. –¿Quién sabe? Igual hasta tienes buena imaginación y aprendes algo sobre estar con una mujer.-

-¡Eres un cretino, estúpido mono!- bramó el soldado. -¡¿Te crees que ella perdería el tiempo con alguien tan ridículamente arrogante!

Si bien apretó los puños al escuchar el insulto, se contuvo porque desconocía los famosos trucos por los que era conocido el maldito soldado de Freezer y, sobre todo, porque había conseguido lo que quería. -¿Perder el tiempo?- cuestionó con retórica volteándose levemente y levantado el vértice de su labio. -Toda una noche, de hecho.-

Guldo pareció contenerse mientras lo analizaba entre destellos de ira: -No mientas, Vegeta, ¡niégalo o te daré tu merecido!-

Entrecerró sus ojos por un instante. Maldijo no saber los condenados secretos que habían hecho que ese hombre deforme y aparentemente sin poder se hubiera convertido en uno de los miembros de las temibles Fuerzas Especiales del Emperador. Otra vez tuvo que aguantarse las ganas de enfrentarse a él, aunque el hecho de acostarse con su mujer fue una provocación más que evidente.

Siguieron discutiendo y sonrió al recordar cómo Guldo fue derribado por Freezer, el cual había surgido en el pasillo al escucharlos. Curiosamente, no fue la primera vez que el lagarto aparecía sigiloso en medio de una gresca para mediar entre él y algún otro soldado. Eso le corroboraba por enésima vez que el emperador era un controlador extremista y que sobre los movimientos del Príncipe de los Saiyajins no perdía el rastro.

Rememoró la noche en la que la mujer de Guldo se le insinuó con descaro. La muy estúpida creía que conseguiría algún favor del emperador acostándose con el saiya puesto que de todos era conocido la especial predilección de Freezer para con el Príncipe de los Saiyajins. Fisil, que así se llamaba la esposa, era conocida por tener su cama caliente cuando su marido estaba fuera, una mujer que primero fue esclava y luego embrujó al soldado gordo que se encaprichó con ella como un bobo. Y todos lo sabían.

Era bella, de eso no había duda. ¿O no lo era? Bah, no se acordaba. Echado sobre el colchón, le vino a la memoria que fue la única vez que estuvo con una mujer que no era parte de la nobleza interestelar. Aunque sin duda había merecido la pena por cómo se puso el estúpido de su esposo. Que se enterara de aquel escarceo y su enfado fue la única razón por lo que compartió su cama con esa ramera.

De aquello habían pasado, ¿cuánto? ¿Seis años? Dios, le pareció toda una eternidad.

Al instante, un crujido le hizo mirar al techo deforme de la cueva. Frunció el ceño. ¿Qué había sido eso? Se puso de pie al momento de escuchar un sonido gutural, como si la cueva estuviera a punto de implosionar. Se temió lo peor. Miró a las cañas sin hacer ningún movimiento. Fuera había empezado a granizar y él se concentró en la esquina de su guarida.

Vio cómo caían gotas de una de las cañas, que comenzó a tiritar de manera espasmódica para al instante quedarse quieta del todo.

No se lo podía creer. No podía tener tan mala suerte incluso no haciendo nada, justo lo que llevaba realizando todo este tiempo.

Tras el silencio sólo roto por el leve goteos, vino lo que se esperaba: éstas salieron disparadas, casi convirtiéndose en látigos peligrosos, dejando tras de sí un torrente de agua que caía desbocado y sin control. Primero una, y luego las cinco restantes.

Comenzó a entrar agua de lluvia en la cueva como si fuera un río peligroso.

-Maldita sea...- espetó para acto seguido recoger su colchón anegado.

Estaba harto de estar allí. Si al principio le había parecido la mejor opción para estar tranquilo, ya se había cansado. Como siempre hacía de un tiempo a esta parte, le haría caso a su instinto más primario. Y su instinto más primario le decía que quería sus malditas sábanas blancas ya. Los inconvenientes serían salvables con facilidad.

o-o-o-o

Se levantó del suelo malhumorada. Puso una mano en la barbilla y lo observó con interés.

-¿Sabes qué, Trunks?- le preguntó. –Lo que estoy haciendo es por tu bien, así que no puedes mirarme como si quisieras matarme en este instante.-

Su hijo arrugó aun más la frente. Parecía absolutamente convencido de que aquello, al menos con él, no iba a surtir ningún efecto.

-Muy bien, ¡otra vez!- le animó la peliazul volviendo a coger sus diminutas y rechonchas piernas. –Uno, dos, uno, dos, uno, dos.- le decía mientras movía sus extremidades adelante y atrás, queriendo que su hijo hiciera todo el ejercicio necesario para bajar de peso.

Y de nuevo, pasó lo que había ocurrido en las tres ocasiones anteriores: su retoño, tumbado sobre la mesa, movió con tal fuerza una de sus piernas para desquitarse de esa gimnasia absurda que la volvió a estampar contra el suelo.

-¿¡Quieres dejar de hacer eso!- le gritó Bulma incorporándose. -¡Si no haces lo que te digo serás un niño gordo toda tu vida!-

Al momento, su bebé comenzó a llorar.

-¡Ay, mi vida! ¡Lo siento!- fue la reacción de Bulma, que lo cogió en brazos. –Pero tienes que entenderme.- quiso explicarle. –He visto lo guapo que serás y siempre me culparía de que te convirtieras en una bola.-

-¿A qué vienen esos sollozos?- En ese instante, su madre entraba por la puerta de la cocina. -¿Es que mi nieto ya me estaba echando de menos?- preguntó alargando los brazos para que su hija se lo cediera.

-¡No!- fue la rápida respuesta de Bulma que hasta se alejó de ella dándole la espalda. –Ni se te ocurra acercarte, mamá.- le ordenó. –Sólo Kami sabe qué le das de comer a tu nieto…- dejó caer con malestar.

La señora Briefs parpadeó un par de veces para acto seguido sonreír abiertamente. –Pero hija…- Y trató de aproximarse a ellos otra vez.

-¡No!- volvió a ordenarle su hija con la palma de su mano. –A partir de hoy me llevaré a Trunks al laboratorio a la hora de la merienda para que no lo atiborres con tus pasteles infantiles.-

De nuevo, su madre tardó un segundo en reaccionar: -Pero, hija, si son noventa por ciento de leche y además a este querubín le encantan y sé que…-

Cuando la vio acercarse ella se alejó de su madre como si fuera el mismísimo demonio. -¡No!- reiteró. Pero los llantos de Trunks eran más que sonoros y volvió a centrarse en él. -¿Qué te ocurre, pequeño?- le preguntó.

-Quizá tenga hambre…- sugirió la rubia pasando por alto la causa de la discusión.

Bulma suspiró. –Ay, mamá… No sé qué es lo que le pasa ahora pero no creo que sea hambre.- comentó preocupada.

La señora Briefs juntó las palmas de sus manos. –¡Pues si es hambre yo tengo la solución perfecta!- exclamó mientras se giraba y abría el horno.

-¡Mamá!- gritó Bulma consiguiendo que su hijo aumentara sus lágrimas. -¿¡Es que no has oído nada de lo que te he dicho!-

Pero su madre ya se estaba girando con una bandeja entera de pasteles. –Yo sólo te los dejo aquí por si acaso.- comentó manteniendo su imperecedera sonrisa. –Voy a ir un momento a mi habitación y luego vuelvo para quedarme con mi nieto, ¿de acuerdo?- le preguntó.

La peliazul resopló. Sin embargo, volvió a concentrarse en su hijo, el cual, no paraba de llorar desconsoladamente.

o-o-o-o

Subió las escaleras más rápido de lo habitual. Sabía exactamente hacia dónde dirigirse y no era a su habitación como le había dicho a su hija.

Sólo tenía que confirmarlo. Fue su marido el que le explicó que sólo había una razón cuando Trunks lloraba de ese modo. Con su esposo le hubiera encantado compartir este momento porque sabía que disfrutaría tanto como lo hacía ella en ese instante. Sin embargo, no había tiempo que perder.

Cruzó el pasillo a tientas, casi de puntillas. Sabía que los guerreros amigos de su hija tenían la capacidad de captar la presencia de personas sin verlas u oírlas, sin embargo, no le importó.

Acentuó su sonrisa al ver la puerta cerrada. En su casa era muy poco habitual que las puertas no estuvieran abiertas.

Él y su hija discutieron la última vez que se vieron. No estuvo presente pero era más que evidente que algo había pasado la noche anterior a la partida de ese chico tan guapo de pelo lila. Ahora tendrían que solucionarlo pese a que seguramente el príncipe anduviese un poco cabizbajo por lo último acontecido en su vida. Según le habían comentado a su marido, Vegeta no había podido demostrar del todo su fuerza, la misma que llevó a los límites el tiempo que estuvo viviendo con ellos, y conociendo la preparación que había seguido en su casa, le habría costado un pequeño disgusto. Y eso, junto con que había perdido a su mejor amigo, le hacían pasar seguramente por un período de tristeza. La señora Briefs estaba realmente convencida de que ese hombre tan atractivo y el guapetón de Goku tenían que ser íntimos ya que eran los únicos que quedaban de los guachayins o como sea que se llamara su tribu del sur.

Se contuvo de no aplaudir cuando, pegada a la puerta, pudo asegurarse de que había alguien dentro. Ahora su hija dejaría de estar tan preocupada. Él había vuelto.

o-o-o-o

-¡Ha vuelto! ¡Ha vuelto!- escuchó desde atrás.

-¿Eh?- se dio la vuelta para saber a qué venía tanto escándalo. Ya tenía a su hijo sin parar de sollozar como para que su madre llegase usando el mismo nivel aunque, eso sí, en un tono totalmente contrario al de su bebé. Cuando se giró, su madre parecía radiante. -¿Qué dices?- quiso saber.

-¡Hija! ¡Él está en su habitación!- le aclaró su madre comenzando a girar sobre sí misma.

Esperaba que su primogénita saliera disparada escaleras arriba pero no recibió esa respuesta. ¿Por qué tenía que ser tan orgullosa? ¿Es que no se daba cuenta de que era un momento perfecto para abrazarlo y decirle que todo saldría bien, que podía contar con ella? A veces, por muy madre que fuera de ella, no entendía de dónde había sacado tanto carácter, aunque casi podía asegurar que se lo debía a su propio difunto padre. En ese instante recordó que tenía que ir a alta mar a rendirle reverencia en el mismo lugar donde perdió la vida a manos de un tiburón hacía ya veintiséis años. ¿Cuánto quedaba para eso? Tuvo que concentrarse por un instante para caer en que estaban a principios de junio, por lo que aún quedaban cinco meses por delante.

Después de que el silencio los rodeara sólo roto por los llantos de su guapísimo nieto, la señora Briefs paró su baile para observarla. Lucía seria y concentrada, con la mirada clavada en un punto muerto a un lado mientras su hijo se movía con frenesí entre sus brazos. ¿No iba a reaccionar? O peor, ¿no iba a ir arriba a verlo? Se podía esperar cualquier cosa viniendo de su fuerte primogénita, incluso eso. Menos mal que estaba ella para guiarle el camino:

-Querida…- la llamó acercándose.

Tampoco reaccionó. A ojos de su madre, parecía como si aquello no se lo esperara. ¿Realmente creía que él no iba a volver a su lado? ¿En qué momento fue su primogénita capaz de pensar que el príncipe no retornaría a aquella casa con su amada y su hijo?

-Querida…- volvió a llamar su atención. -¿Va todo bien?-

Bulma alzó la barbilla a la vez que volvía de sus elucubraciones. -¿Ha vuelto?- preguntó con retórica. –Pues muy bien, si quiere algo de comer, que baje y se lo prepare él mismo.- Y tal y como dijo esto, volvió a concentrarse en su retoño.

-Hija…- insistió la rubia tras unos instantes de incertidumbre.

Sabía de las intenciones de su madre. -No seas pesada, mamá, sólo él sabrá por qué ha vuelto y yo no pienso darle más importan…-

-¡Bulma!- la llamó por última vez.

La peliazul se giró un poco alterada por la llamada de su madre. Pocas veces le decía su nombre y menos en ese tono. Cuando volteó del todo, creyó ver un destello de seriedad y enfado en su mirada, algo muy poco habitual en su alocada progenitora.

-¿Qué?- cuestionó en un hilo de voz.

La señora Briefs sonrió y miró a su nieto a la vez que se acercaba a la científica. –¿Te acuerdas de Blue?-

-¿De Blue?- El tono de su madre aún le tenía abstraída. ¿Le había preguntado por su viejo gato?

-Lo recogiste de la calle porque decías que estaba sufriendo mucho y luego te olvidaste de él, ¿no te acuerdas?-

La peliazul frunció el ceño. ¿A qué venía esa pregunta y, lo que es peor, esa acusación? Reaccionó: –No me olvidé de él, es sólo que…-

-¿Sabes qué, Trunks?- preguntó la abuela a su nieto llorón mientras lo recogía de los brazos de su madre aprovechando que ésta parecía confusa. –Tu madre tiene la manía de abandonar a los animales una vez que éstos dejan de ser salvajes.-

-¡No digas eso!- le recriminó su hija volviendo en sí. –Además, ¿qué tiene que ver Blue con…?- Tuvo que menear su cabeza no queriendo ni pensar por qué su madre le recordaba en ese instante a su anterior animal favorito. Terminó por soltarlo: -¿Qué tiene que ver Blue con todo esto?-

-Nada, hija, nada.- le aclaró la rubia haciéndole carantoñas a su hijo. –Es sólo que creía que te gustaría saber que ha tenido una camada de gatitos monísimos y que tanto él como su querida esposa están felices y perfectamente.-

Volvió a alzar las cejas en exageración sin entender absolutamente nada de lo que se madre le había dicho. ¿Realmente estaba hablándole de Blue? ¿A qué venía eso ahora? Arrugó el ceño observándola alejarse. –No sé lo que estás tramando pero no te va a resultar, mamá.- terminó por afirmar tratando de aparentar seguridad.

Su madre rió. -¿Qué dices, hija?- cuestionó. –Pero si yo sólo quería comentarte que Blue está muy bien y que le gustaría verte más a menudo por el árbol.- Y apostilló: -Lo noto en sus ojos cuando voy a echarle su comida.- Aprovechó el momento para soltar con total desparpajo: -Y hablando de ojos, ¿no crees que Trunks tiene la misma mirada que su padre?-

Dicho esto, salió por la puerta de la cocina dejando a una pensativa Bulma mirando de nuevo al mismo punto muerto de antes.

¿De qué estaba hablando su madre? ¿Le saltaba ahora con la historia de Blue? ¿A qué venía todo ese teatro? Negó con la cabeza dos veces. Pensativa, una idea no se le iba de la cabeza:

Vegeta estaba arriba, había vuelto tal y como repitió su madre llena de emoción.

Arrugó el gesto. ¿Por qué estaba nerviosa? No tendría que estar así si no completamente inmune a cualquier cosa que viniera de él. Se sentó en la silla y suspiró. Parecía que ante eso no podía hacer nada: cada vez que pensaba en él se enfadaba y se preocupaba por igual. Siempre pasó de ese modo anteriormente, incluso cuando apenas lo conocía, pero ahora era mucho más serio.

-Sí, es mucho más serio.- se dijo a sí misma en un murmullo quedo.

Ese hombre no quería estar con ella, de hecho, no sentía nada por ella.

-¡Rayos!- gritó enervándose aún más, deseando que la Bulma guerrera dejara de bramarle desde su interior que eso no era posible.

Se lo había repetido cientos de veces desde aquella noche, y pensamientos contradictorios se solapaban unos con otros: él siempre negó cualquier sentimiento, pero todo lo que realizaba cuando estaban juntos le hacía ver que se estaba dejando llevar, y él nunca se dejaba llevar. Y luego la dejó sola y embarazada. Y luego la dejó caer por un barranco. Y luego luchó por su hijo cuando lo vio medio muerto. Y luego fue a su habitación mostrándose más vulnerable de lo que seguramente jamás se mostró ante nadie.

Enfurecida, se puso de pie. Lo peor de todo era que después de todas esas ideas ella seguía preocupándose por él.

-¡Maldita sea mi condenada bondad!- exclamó.

Porque ella era buena. Alguien capaz de acoger en su casa a cientos de extraterrestres tenía que ser buena persona, de eso no había duda. ¿Cuál era la causa por la que su madre insinuó que ella se había olvidado de Blue? ¿Era porque dejó de ser salvaje?

Se enfureció todavía más. Ella no hacía eso. Era una buena persona que se interesaba por los demás, y no sólo por aquellos que rezumaban libertad por todos los poros de su piel. Soltó un soplido corto. Eso tenía su gracia porque ella le dio cobijo a una de las personas que menos casaban con la palabra libertad, Vegeta, el hombre más atado y con más ligaduras que había conocido jamás. El más esclavo.

¿Pero entonces a qué había venido lo de Blue? ¿Es que Vegeta había dejado de ser salvaje? ¿Significaba que su madre lo había visto y su aspecto no era bueno? Ay, no, no podía ser eso porque entonces su progenitora no habría bajado feliz.

Cruzó los brazos no queriendo pensar más. No iba a subir. No iba a subir para comprobar que estaba bien. No iba a subir. No.

Abrió un ojo para mirar a su alrededor. ¿Se había llevado su madre a su hijo y ella no se había dado cuenta?

o-o-o-o

Estaba decidido. Iría a su antigua habitación, limpiaría aquello de ropa grotesca de cachorros semihumanos y se echaría sobre su antigua cama para dormir plácidamente, o quizá no tan plácidamente pero a fin de cuentas dormiría en sus sábanas blancas.

Obviamente, contaba con los inconvenientes pero ahora no le importaban lo más mínimo. Los saldaría todos, los de color violeta y los de color azul, los pequeños y los grandes. Simplemente tendría que ignorarlos.

Entró por el balcón después de dejar el colchón en el techo. A fin de cuentas, se había pasado allí mucho tiempo atrás y nadie parecía haberse percatado de su rectangular presencia.

Insufló aire hondamente nada más pasar por la puerta. Detestaba ese olor. Era una mezcla horrible de dulzura y otra cosa que no terminaba de descifrar. Levantó la aleta de la nariz. No le importaba. Masculló por lo bajo y se dirigió directamente a la cama, la cual estaba repleta de plásticos de colores y muñecos estrambóticos con un desorden más que atronador.

Era evidente quién era la madre de ese niño.

Se echó sobre el colchón y al instante le vino el sueño, ése que aparecía y desparecía sin ningún control desde hacía un tiempo. Cerró los ojos dispuesto a que, pasara lo que pasara, a él no le iba a importar.

Lo único bueno de todo aquello era que, efectivamente, estaba seguro de que nada le iba a importar, nada iba a alterar su vida porque esa vida no era suya. A partir de ese fatídico día donde todo se desquebrajó parecía como si cualquier acontecimiento que hubiera ocurrido u ocurriera a su alrededor no tuviera nada que ver con él.

Porque no tenían que ver con él. No quiso ahondar en lo mismo que había machacado su mente y su alma tantas veces pero le fue imposible: ¿un tercera clase mató a Freezer? ¿Un niño venido del futuro lo remató? ¿Ese niño era su hijo? ¿Unas máquinas osaron matarlo en un pasado? ¿Una de esas máquinas le dio una paliza? ¿Un engendro medio reptil y medio abispa había sido el ser más peligroso que había visto? ¿El vástago del tercera clase fue el único que consiguió destrozarlo?

¿Y él lo ayudó? ¿Y él sintió una ira extrema cuando vislumbró a su hijo moribundo, el mismo al que fue a socorrer en el Rincón del Alma y del Tiempo?

Apretó los ojos. No iba a pensar más en eso. No era su vida. Era la vida de otro, de alguien despreciable, de alguien que no tenía nada que ver con él.

Al instante, le vino el mal humor. Estaba convencido de que nada le iba a importar, ningún color le podía incordiar en su oscuridad, sin embargo, con lo que no contaba era con una cabeza de pelo rubio que ahora notaba que estaba al otro lado de la puerta.

-Lo que me faltaba.- murmuró.

La madre de la peliazul permaneció unos segundos al otro lado del pasillo. Ni aquello le enfadó más allá de una leve molestia. Se podía esperar cualquier cosa, desde que entrara bailando hasta que simplemente se fuera. Por suerte, esa mujer inquietante optó por la segunda posibilidad.

-Casa de locos...- masculló tal y como había hecho en mil ocasiones antes.

Le daba igual. Si hubiera entrado la habría aniquilado para que le dejase en paz de una vez por todas. O quizá no. No, no hubiera hecho eso, sólo la dejaría entrar para hacer lo que tuviera que hacer. Con que únicamente no le tocara, podría soportar cualquier locura que surgiera de esa desorientada mujer.

Bah, daba igual. Volvió a cerrar los ojos. El sueño era realmente extraño, aleatorio como todo lo que surgía de su mente, la misma que ya no le pertenecía. Cerraba los ojos y divagaba en recuerdos la mar de extraños e innecesarios, incluso rememoraba momentos en los que no había perdido ni un segundo de su tiempo:

-Parece que has mejorado de la última vez que te vi.- le dijo.

Se apartó al verla cerca. Sólo tuvo que estirar su espalda para darse cuenta de que estaba contra la pared. –Entreno con el rey, pero a veces él no soporta mi fuerza.- espetó a la vez que se limpiaba la barbilla de sangre. Cuando volvió a mirarla, ella parecía que se había percatado de que la quería siempre lejos menos cuando entrenaban juntos.

Su risa fue atronadora. –Eres tan fanfarrón como él…- soltó realmente entretenida. –Y conociéndote supongo que le dirás esas cosas a la cara, ¿no?-

Siempre le molestaba que ella le hablara así, como si supiera más de lo que él jamás sabría, al igual que odiaba que fuera la única que no nombrara a su padre como el máximo exponente de poder de todo Vegetasei.

-Soy el hijo del rey, mi obligación es superarle.- acertó a decir.

Volvió a reír mientras limpiaba el sudor su piel morena. –Bien dicho, Vegeta, bien dicho.- afirmó dándole la razón mientras se ataba su larga mata de pelo.

Al igual que pasaba cuando nombraba a su padre, ella era la única que le llamaba por su nombre sin la coletilla del rango real. -¿Te vas ya?- preguntó el príncipe sin saber si esa idea la detestaba o la deseaba.

-Dentro de unas horas parto para un pequeño planeta en la constelación Gurz, por lo visto su mandatario necesita que le metan en vereda.- pronunció divertida. Al momento, dobló el cuello y cruzó sus ojos con los de él, el cual apartó la vista en cuanto se notó estudiado. -Aprende todo de tu padre, ¿me lo prometes?-

Y siempre lograba lo mismo. Lo visitaba sólo una vez al año y conseguía que él se quedara clavado al suelo cuando se acercaba la despedida. No era que le importase, pero si verla era extraño, que lo estudiara con sus ojos negros justo antes de marcharse como si fuera el ser más raro del mundo le hacían sentirse como un niño, cosa que detestaba aunque fuera cierta. Cuánto deseaba crecer para ser aún más poderoso y así dejar atrás esa estúpida timidez.

Vio de reojo cómo se aproximaba a él. Ahí viene, pensó acongojado. Desde que tenía uso de razón siempre existía un rito a seguir en cada una de sus visitas: él la veía el segundo día después de llegar a Vegetasei porque el primero quedaba reservado al Rey sin excepción, el cual daba órdenes estrictas para no ser molestado por ninguna razón cuando permanecía con ella en su alcoba. A la jornada siguiente, él la esperaba en la sala de entrenamientos al alba y sin apenas hablar comenzaban a luchar. Era realmente llamativa la fuerza de esa pequeña mujer morena, la cual prácticamente salía disparada por sus ojos oscuros sin apenas moverse. Sin descanso, batallaban durante horas y las escasas palabras que salían de su boca era para indicarle algún movimiento que, a su parecer, no había sido el correcto.

Eso sí le gustaba de ella. Era perfeccionista hasta el extremo y entregada a la causa saiyajin hasta sus últimas consecuencias. Quizá por eso discutía tanto con el Rey aunque aquello no le cuadraba puesto que si ella era justa con su pueblo, el Rey le superaba en eso. No podía decir por qué, pero días antes y días después de que ella se fuera, el Rey no era el mismo. En la previa, estaba ansioso y a la vez relajado, casi de buen humor; después de la partida de ella, se volvía mucho más meditabundo e irascible. Y consecuentemente era cuando menos requería de la presencia del príncipe.

El canon acababa justo ahí: al despedirse. Y él detestaba ese momento porque le hacían sentirse confuso y con esa emoción, la confusión, aún no estaba familiarizado.

-Príncipe Vegeta…- comenzó a decir. -¿Quién son los más fuertes?-

Sabía la respuesta, pero no porque todos los años se lo preguntara antes de marcharse, si no porque era obvia. –Los saiyajins.- contestó orgulloso irguiéndose sobremanera.

-¿Y quién es el más fuerte?-

Esa respuesta también la sabía. -El rey de los saiyajins- pronunció solemne.

Volvió a reír frente a él. –Muy bien, Vegeta, muy bien.-

Se removió un poco en su postura. La parte que venía ahora era la que más le hacía sentir un crío pero no conocía método para evitarla. -No me llames así.- se quejó molesto mirando hacia un lado. Si ella jamás llamaba al Rey con tal nomenclatura, tampoco lo llamaba a él príncipe.

Se inclinó hacia él para que su rostro quedara frente al suyo y tras unos segundos así pronunció: -Mi lindo hijo...-

Pasó por alto que lo llamara de ese modo porque odiaba ese instante. Sabía que tendría que mirarla y era ese momento en el que más estúpido se sentía. Subió sus iris en dirección a ella sin mover su rostro dándole a entender que le prestaba toda la atención que sus nervios le permitían en ese momento.

Lo pegó a su regazo abrazándolo. ¿Por qué siempre tenía que hacer lo mismo? Los saiyajins no abrazaban y alguien como ella, más saiyajin que muchos de los que había visto, tenía la manía de abrazarlo para despedirse. Y para más inri, este abrazo estaba siendo extremadamente largo.

-Serás el más fuerte.- pronunció separándose tras unos segundos que para él fueron lustros.

Se puso de cuclillas y lo miró seria y concentrada.

-Serás el más fuerte.- reiteró queriendo ver una aseveración que le diera la razón. –Más que tu padre y que yo, más que cualquier otro que haya existido, y harás que todo el universo se postre a tus pies y que la raza saiyajin sea la más temida por todos.-

Era hipnotizante. Tanta determinación no la había visto más que en el Rey. Se le escapaban las razones por las que de un tiempo a esa parte todo se hubiera vuelto tan serio y las reuniones en palacio fuesen más improvisadas que antes, pero seguro que tendría que ver con ese último repunte de ella. Siempre le había dicho algo parecido pero era con más despreocupación, no tan claudicante, tan deseosa de escuchar una afirmación de su parte. Quizá fuese un niño pero de esas cosas ya se daba cuenta, y si hasta ella se concentraba en aquel momento dejando a un lado la lucha, era porque el tiempo por el que pasaban era bastante trascendental.

-Por todos, Vegeta, ¿me has oído?-

-Sí.- contestó. Al momento, se dio cuenta de que esa sensación de que estaban en peligro no le gustaba, además de que era totalmente improbable que algo negativo le ocurriera a la raza saiyajin, y por consiguiente a él, el príncipe. Levantó la barbilla harto de tanta tontería. –Conmigo en el poder, los saiyajins serán aun más poderosos.- dijo con arrogancia.

Ella pareció relajarse en ese instante y una sonrisa tornó a su rostro. –Así me gusta, Vegeta, se nota que eres hijo del rey y mío.- comentó divertida. –Hazme un favor.- le pidió irguiéndose del todo.

Él frunció el ceño y ella le aclaró las dudas:

-No te alejes de tu padre.- pronunció dirigiéndose a la puerta. –Aprende todo de él, sabe lo que hace.- soltó muy segura. Volteó su rostro un poco. En ese instante lució abstraída y extrañamente contenta. –Aunque a veces se deje llevar por su corazón.- terminó pronunciando.

Otra cosa más que detestaba de ella, que le hablara del rey como si por algún casual necesitara de algo que a él se le escapara. ¿Y qué era eso de que a veces se dejaba llevar por su corazón? Había sonado extremadamente extraño.

Yo soy el Príncipe mejor preparado de todos.- le aclaró utilizando las mismas palabras que su padre le repetía todos los días.

Ella se giró por última vez. –Exacto, eres el mejor príncipe de todos y serás el mejor rey.- le dijo con una sonrisa. –Sé que nunca se te olvidará.-

Acto seguido, desapareció por la puerta. Fue la última vez que la vio.

Abrió los ojos frunciendo el ceño en extremo. Chocó su mirada con el techo de su antigua habitación en La Tierra, la misma que había ocupado por más de dos años. Había tenido un recuerdo de su madre. Eso sí que no se lo esperaba. Soltó un soplido corto condescendiente consigo mismo. Además había rememorado la última vez que estuvo con ella: cinco meses lunares antes de que Freezer lo exigiera para sí.

No pudo pensar más. Una presencia al otro lado de la puerta, distinta a la anterior, le hizo ponerse alerta y hasta medir su respiración. Se quedó quieto concentrado en los movimientos de la persona que rondaba el exterior de sus aposentos.

¿Es que no iba a entrar? ¿No iba a molestarle?

Miró hacia un lado molesto. Sabía que ella estaría importunándole en cuanto se enterara de su llegada allí pero por lo visto no había podido esperar más de dos minutos. ¿O había sido más lo que había tardado la loca de la madre de la peliazul en darle a conocer la buena nueva? Como no podía distinguir cuándo su mente se involucraba en sus pensamientos profundos o cuándo éstos eran sueños, le costó dar con una respuesta a tal pregunta.

Retornó a mirar hacia la puerta. ¿Cuándo pensaba pasar para empezar a molestarlo? Arrugó la frente en demasía. ¿Y por qué a él le importaba? De todas las preguntas sin respuesta que se hizo anteriormente ahora surgían algunas que ni antes, cuando era él, ni ahora, cuando no lo era, tendría que aparecer: ¿realmente tuvo un hijo con esa mujer? ¿Realmente él le había pedido tenerlo? ¿Realmente había vuelto después de toda esa catástrofe junto a ella aquella noche?

Si las anteriores le quedaban muy lejanas, ésas le hacían convencerse de que esa vida que había vivido los últimos años no era la suya.

-Bah.- espetó volviéndose a tumbar.

o-o-o-o

Salió de la cocina y retornó a ella tomando asiento. Recorrió el mismo camino posando un pie en la escalera para bajarlo y pensárselo de nuevo. Subió las escaleras a prisa para detener su avance en la mitad y de golpe. Al igual que en cuatro o cinco ocasiones anteriores, se lo pensó de nuevo. Respiró hondo y subió para, al instante, recular y darse la vuelta. No iba a subir. No iba a hacerlo. No iba a subir para verlo y hablar con él, o al menos para comprobar que estaba bien.

Antes en la cocina se había quedado estática. Él había vuelto según le había dicho su madre emocionada. Y no hacía falta explicar quién era él. Sólo por la cara de felicidad de su progenitora sabía a quién se estaba refiriendo. ¿Había vuelto? ¿Estaría bien? La última vez que lo vio, él se alejó de ella como alma que lleva el diablo por tratar de forzarla. Y todo debido a la desesperación que sentía en sus entrañas. Quería consuelo y ella no se lo dio, no del modo que él quería. Y en cuanto desapareció por el ventanal del balcón a ella le quedó claro que la necesitaba.

Subió dos escalones más para detenerse de nuevo.

La necesitaba, pero no quería estar con ella porque no tenía ningún sentimiento. Si fue a verla era porque obviamente sentía algo, algo que únicamente ella podía darle, la única que se acercó a él.

Dio un paso para encarar el pasillo.

Y si se acercó a él era porque él se lo permitió, porque sí que sentía algo por ella fuese lo que fuese, lo mismo que lo confundió a los dos para tenerlos enganchados el uno al otro por un tiempo indeterminado, incluso haciendo que él le pidiera descendencia porque creía que era la madre adecuada para su hijo.

Porque él tenía que saberlo, tenía que saber que ella era lo mejor que le había plantado el destino delante.

Atravesó el corredor a prisa.

Pero él jamás le dijo nada, y no la salvó cuando la vio caer de la nave tras el ataque del Doctor Gero.

Paró de nuevo su avance. Él quería a su hijo a su maldito modo retorcido, por el que seguramente Trunks sufrió muchísimo porque bien sabía ella lo cruel que podía llegar a ser ese hombre, pero no sentía nada por ella.

-Estúpido mono…- murmuró en el pasillo.

Porque era un mono. Un hombre con cola era un mono. Sin embargo, hasta los monos tenían más humanidad que ese tonto que no veía la felicidad ni cuando ésta se le cruzaba en la mitad del camino.

Arrugó el ceño. No podía decir eso. Su hijo también había nacido con cola y ella jamás le llamaría mono.

Bufó. Cómo odiaba a Vegeta. Lo odiaba por hacerle sentir tan confundida. Ella, que siempre había sido una mujer segura de lo que quería, ahora estaba dudando ante un hombre, el mismo por el que decidió no preocuparse hacía ya mucho tiempo.

-¡Maldita sea!- masculló por lo bajo.

Su hijo. Tenían un hijo juntos y ella ahora estaba obligada a pensar en él. Vegeta nunca sería un padre al uso pero era el causante de que ella ahora fuese madre. El impulso de avanzar lo pudo controlar de nuevo. ¿No iba a ser un padre al uso? ¿Entonces por qué aceptó tener un hijo con él?

Eran muchas las razones, algunas evidentes desde un primer momento pero otras no tanto. Si al principio sólo quería que se acostaran de una vez, más adelante aceptó que efectivamente ya no era una niña y oportunidades así no se le plantaban delante todos los días. Además, él era un hombre con unos genes prodigiosos, por lo tanto su hijo saldría mejor que cualquier humano, más fuerte, y lo que había aprendido de su vida con Goku era que necesitaban a personas fuertes que los socorrieran. Y de un modo egoísta, si su hijo fuese uno de los salvadores reales de La Tierra, eso le dejaba a ella en un lugar mucho más preferente, el mismo que perdió cuando todo se volvió demasiado épico, lejano, donde otros mundos se mezclaban con el destino de su planeta, donde emperadores del universo querían destrozar el planeta Namek, el mismo donde ella se encontraba en aquel entonces.

Si no podía dejar atrás reales causas, tan evidentes ahora como confusas y apenas visibles antes, tampoco podía negar algo así: en Namek cambiaron muchas cosas, sobre todo dentro de ella, dentro de sus deseos y de sus circunstancias. Le hicieron removerse por dentro. Tantos días sola alejada de lo único que conocía, su mundo, le provocaron un tambaleo en sus anhelos. Ella estaba con Yamcha en una relación estancada, aunque para muchos fuese de todos menos eso debido a las aventuras por las que pasaban juntos. Efectivamente, cada vez que se empezaba a asfixiar, a sentir esa montaña encima, una nueva aventura les esperaba a la vuelta de la esquina y entonces recargaba sus pilas y se sentía capaz de cualquier cosa.

Pero en medio de aquel paraje lejano de su planeta, rodeada de amenazas, se sintió por primera vez en su vida sola, y lo peor de todo, inútil, como si todo aquello le superara a ella, a la mismísima Bulma Briefs. No podía tolerarlo.

Sí, todo se volvió más serio.

Obviamente de eso no se dio cuenta hasta pasado un tiempo, incluso ya dejado atrás Yamcha y nacido Trunks. En la batalla contra Célula se percató de lo orgullosa que estaba de su hijo venido del futuro y fue ahí cuando cayó en sus subconscientes intenciones. Su vástago era fuerte, muy fuerte, y sin él el futuro de su planeta estaba condenado. Si ella no hubiera sobrevivido con su astucia y poder a ese plano de realidad tan apocalíptico, este presente sería muy distinto.

Y también estaban los sentimientos por Vegeta.

Volvió a avanzar por el pasillo personándose ante la puerta de la antigua habitación de él, la que ahora pertenecía a su adorable bebé. Sonrió. Había tenido un hijo con él. Podía ser la decisión menos meditada y menos fría que había tomado en su vida pero, por todos los demonios, salió mejor de lo que jamás hubiera deseado.

Pegó la oreja a la puerta por si podía escuchar algo. Y no, no oyó absolutamente nada. ¿Estaría su madre equivocada? No, ella jamás le habría bromeado con algo así sobre todo porque su madre se tomaba muy en serio su relación con Vegeta.

Torció el gesto. –Bueno, no tanto…- susurró al pensar lo bien que se lo pasaban sus progenitores con toda esta historia.

Vegeta. ¿Realmente había vuelto? Sólo había una manera de comprobarlo pese a que, sin saber muy bien por qué, estaba segura de que él se encontraba al otro lado de la puerta. ¿Sería verdad que había aprendido algo sobre la detección de ki? Lo más probable fuera que él, por su naturaleza, dejara su contundente presencia en el aire del espacio que ocupaba.

Alzó la mano para girar el pomo. No llamaría. A fin de cuentas ésa seguía siendo su casa y además él estaba en la habitación de su hijo.

Abrió los ojos al percatarse de ello. Era verdad: el muy cretino había invadido, al más estilo saiyajin, el rincón que ella había acomodado para su pequeño. Fue todo lo que necesitó. Dio una vuelta a la manivela y asomó su rostro por entre la rendija de la puerta.

o-o-o-o

Pasaron unos minutos interminables y ella no terminaba de aparecer. ¿Por qué tardaba tanto? Quería hacer ese trámite rápido y odiaba sentirse pendiente de tan maña tontería.

Soltó aire de golpe y giró su cuerpo dando la espalda a la puerta. Seguramente ella estaría dudando entre atravesar de una vez la puerta o dejarlo allí y volver luego. ¿Por qué tenía que ser tan indecisa con lo más fácil? Estaba deseando que entrara, le diera sus cuatro gritos y saliera por fin para dejarlo por unas horas hasta que decidiera volver para algún comportamiento similar. O igual no hacía eso. Esa mujer era tan imprevisible que se podía esperar cualquier cosa.

Le dio igual. Estaba tumbado en su cama con sus sábanas y eso era todo lo que le importaba en ese instante.

Al escuchar la puerta moverse se sintió estúpido por abrir los ojos y tensarse al momento. La última vez que la vio fue cuando Trunks se fue. De esas fatídicas horas sólo tenía algunas imágenes grabadas: él sobre ella y ella pidiéndole que la dejara; él saliendo por el ventanal y ella diciéndole algo inmemorable; él sentado en la cima de uno de los edificios de la ciudad; él volviendo a aquella casa de madrugada para ducharse; él vistiéndose lentamente; él en el techo viendo el amanecer; y él despidiendo a su hijo.

Y también la primera mirada seria y fría que ella le dirigió a él una vez que la nave de Trunks desapareció en el aire. ¿Por qué le clavó los ojos así? Obviamente había sido por la noche anterior, aunque el peso por todo lo que habían pasado juntos y que nadie allí presente conocía también era motivo suficiente para que ella le hiciera carantoñas a su bebé, se diera la vuelta y retornara a sonreír a todos sus amigos invitándolos a pasar un rato dentro de su casa. Como si él no existiera, como si él no importara.

Bien, a él sí que no le importaba ninguno de esos estúpidos en ese momento, ni ellos ni ella. Viéndola traspasar la puerta con su cachorro en brazos, alzó el vuelo tras el trámite de despedir a su hijo. Estuvo allí porque realmente sentía que tenía que estar allí, honrando a un auténtico guerrero que, por casualidad, era su hijo.

Después, todo se volvió más confuso.

Ahora, vuelto a aquella casa para descansar, ni se movió al no escuchar absolutamente nada más allá de la puerta. ¿Pero por qué no entraba ya? Al menos, tendría que decir algo porque si no él perdería la paciencia. No, se dijo, no iba a perder la paciencia ni por eso ni por nada. Su paciencia se había perdido hacía algún tiempo. No lo quedaba de eso después de la vida tan contenida que había llevado. Y además todo le daba igual.

O quizá no tanto. Se removió como pudo y desde la cama buscó algo entre aquel caos de habitación. Tenía que ser rápido porque la peliazul ya estaba abriendo la puerta. Dio por fin con el mando a distancia de la televisión, pulsó el encendido y se recostó con las manos detrás de la nuca. Nunca, jamás, de ningún modo y de ninguna manera, ella volvería a verlo como aquella noche.

-Esta habitación no es la tuya.- escuchó a sus espaldas.

Bulma había creído por un momento que la mejor manera de abordarlo tenía que ser directa, pero luego reculó al abrir la puerta y verlo echado sobre la cama. Obviamente, él sabía que andaba cerca.

Abrió la boca para llamarlo, sin embargo, se percató de que si no se movía era porque no quería hablar con ella, ni siquiera mirarla, y aquello le ofuscó.

La última vez que lo vio fue en la despedida de Trunks. Él, según le contó su madre, llegó de madrugada para ducharse y vestirse, para luego de nuevo desaparecer y hacer acto de presencia en el momento en el que el hijo de ambos y que tanto había significado para todos les decía adiós. Después, simplemente lo miró y, apenada por el momento, no tuvo fuerzas para dirigirse a él. Los dos necesitaban tiempo y decidió invitar a los demás a su casa para tomar algo y que se tranquilizaran. Sus amigos tuvieron la deferencia de no nombrarlo y ella se lo agradeció interiormente. Además, la falta de Goku y la ida de Trunks eran infinitamente más importantes que cualquier situación por la que pasaran ella y el príncipe.

Lo miró por dos segundos y él lucía tranquilo, realmente tranquilo aunque ese apelativo poco casara con Vegeta. Parecía concentrado en lo que estuvieran echando por la televisión y como sus ojos ni la miraron, ella dobló la vista hacia el centro de todo su interés:

Una película romántica en su momento culmen era lo que se proyectaba. Sonrió. Era imposible que él estuviera entretenido viendo eso así que, tal y como se temía, su tranquilidad era fingida. De hecho, si lo pensaba bien, que Vegeta estuviera viendo la televisión era un hecho ya de por sí de lo más extraño.

La escuchó carcajear por lo bajo y entonces sí la miró. Esa mujer era insufrible. ¿Se estaba riendo de él? Bah, no le importaba. Volvió a poner sus ojos sobre esa caja tonta de imágenes y entrecerró los ojos. Era ridículo: un hombre y una mujer en la cama haciéndose carantoñas. Y él viéndolo. Chistó y apagó la televisión. Maldito planeta que siempre le hacía quedar mal.

Viéndolo volver a su postura inicial, optó por hacer ella lo mismo, es decir, retornar a igual tono que al principio:

-¿No me has oído?- le inquirió entrando dentro de la habitación. –Ésta es el cuarto de Trunks ahora, Vegeta, creía que lo sabías y si quieres una habitación tendrás que descansar en otra.- comentó adentrándose aún más y mirándolo por dos segundos otra vez. Se sorprendió por tanto desorden. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Quizá fuera porque cuando él dormía en aquella habitación no había estado ni mínimamente desarreglada. Ahora, con Vegeta de vuelta, lucía realmente como lo que era: una cuarto de un niño pequeño donde el descontrol era lo reinante. –Programaré los home robots para que te preparen otra.-

No le contestó. Con los ojos cerrados, él permanecía inmune a la presencia de ella.

No pudo evitar fijarse en el aspecto de él: llevaba la ropa con la que lo vio en la despedida de Trunks pero parecía realmente sucia y desgastada, roída y con manchas oscuras desperdigadas por la camisa y el pantalón. Observó sus pies, descalzos y llenos de mugre. Ahí sintió un repunte de preocupación: él tenía que estar muy mal para descuidar su aseo personal.

-¿Estás bien?- cuestionó al aire mientras se perdía en sus pensamientos.

-Por supuesto.-

Alzó los ojos hacia él y ahí estaba, la primitiva e inquisitiva mirada de Vegeta. Le había contestado, y no sólo eso, si no que le había mirado por primera vez desde que había llegado visiblemente concentrado, como si quisiera dar más rotundidad a sus palabras. ¿Por qué? No fue difícil dar con la razón para ello: conociéndolo como lo conocía, era consciente de que él no quería volver a dejarse en evidencia frente a ella. Obviamente, no estaba tan bien.

Se vio descubierto y no le importó. Nada le importaba. Ni que ella la mirara ni que se estuviera acercando a él con determinación. Inspiró hondamente. Sospechaba lo que iba a ocurrir y no le apetecía tenerla cerca:

-Déjame ver si estás herido.- le pidió aproximándose sin recato.

Nada le importaba. Y sin embargo, bufó. -Te he dicho que estoy bien.- afirmó volviendo a cruzar la vista con ella, la cual paró su avance para alzar sus ojos e hincárselos con esa intensidad azul que tan poco le gustaba.

No le había gritado, ni siquiera había levantado la voz como era normal en él cuando reiteraba una orden estricta. Y ahí quiso adentrarse en sus pupilas para saber exactamente qué era lo que le pasaba por la cabeza por mucho que esos mismos iris fueran la mayoría de veces inexorables:

Nada. Su viveza se había ido, su pasión no estaba y, por lo tanto, la herida a su orgullo había sido profunda. Ella angostó los ojos y él cerró los suyos a la vez que se acomodaba visiblemente despreocupado.

Oyó el suspiro de ella y él sintió ahí un resquicio de interés por parte de la peliazul. ¿Estaba ella realmente pensando que él no estaba bien? Porque estaba perfectamente, o al menos era lo que tenía que quedar perfectamente claro. Lo que de ningún modo podía pasar ahí era algo parecido a aquella noche:

-Y estaré mejor en cuanto te largues por esa puerta.- terminó por decir.

Se rehizo al instante. ¿Qué había sido eso? ¿Un repunte del déspota apaciguado? Maldito saiyajin. Por un momento la había preocupado de verdad:

-¡Eh!- exclamó poniendo sus brazos en jarra. -¡Que ésta sigue siendo mi casa! ¡Y por si no me habías escuchado antes: ésta es la habitación de Trunks! Así que, ¿por qué no nos das a todos un descanso, Vegeta?- Y cruzó los brazos enfadada. Él acababa de llegar y parecía que su último encuentro fue sólo una ralla en el agua, como siempre había sido cualquier acercamiento entre ellos.

Y retornó a no reaccionar por enésima vez ignorando un grito que no hacía mucho le habría puesto de un horroroso humor, peor del que era natural en él. No había duda: estaba realmente mal y no quería dejárselo ver a ella, la única razón por la que le había contestado antes una única y primera vez en todo ese amago de conversación.

Esta vez no suspiró, si no que bufó realmente enfadada. Definitivamente, era el hombre más complicado que había conocido nunca. Y el más cabezota.

-Está bien.- comentó altiva a la vez que se giraba. –Como quieras.- añadió mientras se ponía en camino. –Programaré a los home robots para que te traigan comida y todas tus cosas aquí y yo llevaré a Trunks a la habitación que está al otro lado de la mía.- Y cuando ya salía por la puerta terminó afirmando casi en un grito: -¡Pero que sepas que no pienso consentir que estés así mucho tiempo!-

El portazo fue estruendoso pero él ni la miró. Soltó un soplido corto que denotaba su profundo hastío. Encendió de nuevo la televisión y empezó a pulsar los botones que cambiaban de canal.

o-o-o-o

-Hija...-

-¡Mamá!- exclamó Bulma dándose la vuelta. -¿Dónde está Trunks?-

Su madre ignoró la cuestión. -¿Has hablado con él? ¿Qué te ha dicho? ¿Lo has abrazado?-

Suspiró y siguió avanzando por el pasillo. -Sí, he hablado con él, mamá, y está tan simpático como siempre...- ironizó.

La señora Briefs la persiguió ansia de respuestas: -¿Pero lo has abrazado y le has dicho que le quieres?-

Ésas eran las cuestiones que más nerviosa le ponían con respecto a su madre. ¿Qué clase de preguntas eran ésas? ¿Por qué no volvía de su mundo ideal y aterrizaba en la tierra? -Sí, y me ha contestado que no puede vivir si mí.- Si lo de antes fue un buen ejemplo de sarcasmo, esto le ganaba con mil cuerpos de ventaja.

-Oh, ¡por fin sois sinceros el uno con el otro!-

Bulma quiso voltearse para recriminarle algo, lo que fuera, sin embargo jamás daría con las palabras exactas delante de su madre. -Mamá, perdona, era sólo una broma.- quiso explicarse mientras bajaban juntas la escalera.

-¿Una broma?- La rubia parecía confundida. -¿Y dónde está la gracia?- interrogó. No fue una reprimenda si no una cuestión de lo más natural, es decir, que no había entendido absolutamente nada de lo que su hija le había dicho.

-Olvídalo, mamá...- le sugirió su hija a la vez que se miraba a un espejo. -¿Crees que debería cortarme el pelo?-

A su madre le encantó la idea: -¡Ay, sí! ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él?-

No había manera. Cuando se trataba de Vegeta y ella, para su madre no existía nada más allá. Era evidente que quería seguir hablando de lo que había ocurrido ensu habitación. -No, de hecho apenas hemos conversado.- comentó adentrándose en la cocina.

-He escuchado tus gritos.- profirió su progenitora a la vez que le pasaba el cepillo que ella antes había dejado sobre la mesa.

Refunfuñó por lo bajo: él le había hecho gritar con su provocación. -Eso ha sido porque es un idiota.- le soltó mientras programaba a los home robots.

-¿Y está bien?- le cuestionó la señora Briefs observándola.

Y es que Vegeta era un idiota que no se daba cuenta de la suerte que había tenido al caer en La Tierra con ella. Eso sin duda era lo que más le enfadaba de él, que no aceptara la realidad de los hechos. Bien sabían todos que era un hombre que tenía sus días contados y él parecía estar perdido entre tanto ego distorsionado y fuera de lugar. Ahora, toqueteando los mandos centrales de la casa razonó que estaba haciendo bien dejándolo estar en su antigua habitación porque si no, sabiendo el trago por el que estaba pasando, podría irse y hacer cualquier locura como volverse un ser errante de los que te cruzas en los bosques y le faltan todos los dientes menos uno. Movió la cabeza al imaginárselo. No, el nunca descuidaría tanto su aspecto porque era un presumido. De nuevo, le vino la preocupación: el muy bobo llevaba días sin ducharse. -¿Por qué pensaré en cosas tan absurdas?- preguntó más para ella que para su madre.

-¿Qué haces?- le cuestionó ésta.

-¿Cómo dices?-

-Hija, ¿qué estás haciendo?- Su madre ya estaba a menos de un palmo estudiando la rapidez de su primogénita frente a esos mandos centrales de la casa que siempre se le resistían.

-Programando a los home robots para que arreglen la habitación de Vegeta y le lleven comida.- respondió.

-Oh.- exclamó la rubia sin apartar los ojos de los dedos veloces de su hija. -¿Y Trunks?-

-Dormirá en la otra habitación contigua a la mía.- contestó. -He pensado abrir una puerta en la pared para tener las dos habitaciones comunicadas, ¿te parece bien?- quiso saber parando un instante en su labor.

-¿Y por qué no dormís él y tú juntos y dejas a Trunks en la que ha estado ocupando hasta ahora?-

Otra pregunta extraña. Suspiró desesperada. -Mamá, ¿dónde está mi hijo?- le interrogó volviendo a ser práctica de nuevo, tal y como había sido esa decisión de dejar a Vegeta en su antigua habitación: una solución práctica.

-Bueno, él ya ha vuelto y eso es lo realmente importante.- afirmó su madre juntando sus manos y separándose de su pequeña mientras se perdía en finales felices.

-Mamá, ¿y Trunks?-

-Y sé que sabrás sobrellevar todo esto igual que has sabido siempre sobrellevar todo lo anterior.- retornó a ignorarla.

-¿Está con papá en el laboratorio?-

-¡Sobre todo ahora que tenéis a un hijo tan maravilloso como mi nieto y volvéis a vivir juntos!- exclamó feliz comenzando a danzar por la cocina. -¡Ha vuelto! ¡Creo que empieza a gustarme esto de que el príncipe siempre se vaya porque es maravilloso cuando vuelve!-

-¡Mamá!-

Paró en su baile asombrada. -Ay, hija, ¿por qué gritas tanto?-

-¡Porque no me escuchas!- bramó Bulma estirándose.

La estudió por momentos mientras respiraba con fuerza. Sonrió antes de concluir: -Qué bien te va a venir que el príncipe haya vuelto, querida...-

o-o-o-o

Abrió los ojos sin ninguna prisa y al instante le vinieron los recuerdos del sueño: él aburrido viendo el desfile de los últimos supervivientes de un minúsculo planeta, situado en los bordes de la galaxia del norte, a los que trasladaba a la sede del imperio para que ejercieran de esclavos. Bufó. Esa parte era la que más detestaba de todo su trabajo: los traslados. Lentos y monótonos, los desplazamientos de tantos inútiles eran castigos a los que le sometía Freezer cuando le apetecía. Bien sabía el maldito lagarto lo mucho que eso le fastidiaba.

No quiso pensarlo. -Estúpido reptil marica...- masculló a la vez que fijaba la vista en la televisión.

Era increíble que aquello tuviera algún interés para él y en la mayoría de ocasiones no ocurría de ese modo. Simplemente miraba las imágenes y, cuando su mente le daba una tregua, se sorprendía a sí mismo razonando lo que veía frente a sus ojos: un avance meteorológico, unos anuncios estridentes o mujeres haciendo ejercicio de manera absurda. Las féminas de ese planeta estaban totalmente trastornadas si creían que de ese modo se ponían en forma. ¿O realmente podía ser que sólo necesitaran eso para reforzar sus músculos? ¿Y para qué querían estar en forma si, por lo que tenía entendido, no eran ni guerreras ni cazadoras? Le gustaban las mujeres bien formadas, con contornos uniformes y cuerpo armónico, pero aquello era algo demasiado vulgar.

Al momento, escuchó ruido fuera y notó el ki de la peliazul cerca. Instintivamente, apagó la televisión. Ni en sueños le daría otra oportunidad para reírse de él de nuevo porque estaba viendo a mujeres ejercitarse, danzar y botar. Aunque conociéndola igual hasta se enfadaba. ¿Y ahora qué querría?

Se abrió la puerta y ella le sonrió. -Veo que te has duchado.- comentó.

Efectivamente, así había hecho en la mitad de la noche. -Y yo veo que tú sigues sin tocar antes de entrar.- le replicó.

-Programé los robots para que cuando estuvieras en el baño vinieran a...-

-A arreglar mis aposentos.- le interrumpió él acabando la frase. -Lo sé, no estoy ciego.-

-No estarás ciego pero sigues siendo un auténtico imbécil maleducado.-

Entonces sí la miró. Él había querido ser tajante: Bulma le preguntaría y él le respondería hasta que ella se cansara, por eso se había adelantado a esa suposición sin sentido sobre los robots. Sin embargo, la peliazul parecía que había entendido la intención y no sólo no parecía que fuera a aceptarlo si no que además le había insultado. Lucía tranquila y hasta de buen humor. ¿Ahora qué quería?

-¿No te vas a levantar de la cama?- le cuestionó la científica adentrándose. -Hace un día precioso y...-

-Ni se te ocurra pensar que me ocurre algo.-

Lo miró desde el quicio del ventanal. -Por supuesto que no te ocurre nada.- afirmó con una apenas visible sonrisa.

Por unos segundos, él la observó tratando de descifrar aquella frase. Había tantos matices en aquello, tantas curvas peligrosas, que más le valía a él no hacerle ni caso: si había intentado ser irónica, lo había conseguido y por consiguiente lo dejaba a él en una posición menor, en la posición del que no estaba en su mejor momento. Y si esa posición era bastante complicada para el príncipe de los saiyajins, que ella fuera espectadora de algo así le hacía sentirse muchísimo peor. Ya lo sufrió una vez y no volvería a pasar por aquello. Quizá por eso ella había sentenciado que nada le ocurría a él. Bah, no iba a hacerle caso. Quitó la vista para cerrar los ojos.

-Estoy trabajando en la cámara de gravedad, Vegeta.-

Eso sí le hizo sonreír a él. Tanto tiempo exigiendo que cumpliera con su palabra sobre aquella nave espacial redonda y era ahora, cuando no le pedía nada, el momento en el que ella ponía empeño en arreglarla. En ese instante se preguntó cómo había dado con la cámara si él la dejó olvidada en algún lugar que ahora no recordaba. De hecho, ni había pensado en ella. Seguramente tenía réplicas guardadas en esas cápsulas que creaba junto a su padre.

-Creo que las modificaciones a las que estoy sometiéndola están dando sus frutos porque...-

-No me importa.- le interrumpió él.

-Sé que no te importa.- añadió ella sin quitar su sonrisa del rostro. -Yo sólo te lo cuento para que lo sepas, Vegeta.-

Se levantó para dirigirse al cuarto de baño. Si Bulma seguía con esa actitud falsa le iba a poner de peor humor y él estaba bien en esa quietud y catatonia provocada, en ese desinterés en el que se había sumergido de motu propio.

-Creí haberte dejado claro que no volveré a pelear.- comentó desganado mientras buscaba la pasta de dientes. La notó en el marco de la puerta, observándolo como siempre hacía y a punto de replicarle. Así hizo:

-Entonces, ¿qué harás?-

Le devolvió la mirada por un instante para acto seguido abrir el grifo del lavabo. Ahí no había ninguna respuesta posible. Comenzó a lavarse los dientes. ¿Qué iba a hacer él en ese planeta si no era prepararse para una pelea? Él no sabía hacer otra cosa que pelear y ser el príncipe sin trono más famoso y odiado de todo el condenado universo.

Lo vio dubitativo y aprovechó su momento. -¿Eh?- insistió. -¿Qué harás?- Llevaba así dos días: no había salido de su habitación, como mucho se asomaba al balcón en actitud meditativa. Así lo había visto cuando ella visitaba a los animales con Trunks en brazos. ¿Cuánto tiempo iba a estar así?

Él se secó la boca y la apartó bruscamente del quicio de la puerta para volver a echarse sobre la cama. -Nada.- fue su réplica inquietante.

Ahí se ofuscó. -¿Nada?- le inquirió. -¡Pues algo tendrás que hacer!-

De nuevo, silencio. Y ella se ofuscó más:

-¿¡De verdad quieres hacerme creer que no te pasa nada, Vegeta?- gritó exaltada. -¡Esto es ridículo!-

-A mí no me pasa nada.- soltó él despreocupado, sin ni siquiera mirarla. -Eres tú la que tiene un problema.-

Aquello sí que no tenía ningún sentido. -¿¡De qué estás hablando ahora!-

Él soltó su soplido corto más característico, como si aquello tuviera toda la gracia del mundo y ella no se hubiera dado cuenta. -De nada.-

Bufó hastiada. ¿Cuántas veces habían pronunciado la palabra nada en menos de un minuto? Obviamente, él no le iba a decir a qué diablos se había referido con que ella era la que tenía el problema. Era lo que le faltaba: que él se volviera misterioso. Lo medía todo, cualquier bache o incidente e incluso ahora, en una batalla infructuosa, le provocaba confusión para no tirar de una vez por todas la toalla. Parecía como si el príncipe de los saiyajins no se hubiera ido del todo de allí, aunque ni siquiera con ella tuviera ganas de pelear. -¿No me vas a contestar?- le preguntó con los brazos en jarra.

Por supuesto, dio la callada por respuesta.

Levantó las manos en claro signo de desesperación. -¡Eres insoportable, Vegeta! ¡Insoportable!- le gritó. -¡Y si crees que voy a hacer como si a ti no te pasara nada estás muy equivocado!- Se giró antes de dar por resuelto ese punto: -¡Muy equivocado! ¡No me gustan los hombres que no hacen nada! ¿¡Me has oído! ¡No me gustan nada!- Y zanjó el tema dándole énfasis con el brazo extendido a un lado.

En esta ocasión, la mirada de él fue la más confusa de todas y ella se sintió un poco ridícula por lo que había soltado por la boca. ¿A qué había venido eso? No quiso pensarlo. Salió por la puerta dejando el eco de un golpe seco y haciendo que los cuadros de la pared temblaran.

o-o-o-o

-¿El joven Vegeta no va a bajar hoy tampoco?- le preguntó su padre sentado con su nieto en brazos.

-No.- fue la respuesta escueta de ella, que a pasos fuertes se dirigió a la nevera.

-Necesita tiempo, hija, no te preocupes tanto.- le sugirió el señor Briefs.

-¡Yo no me preocupo por él!- le replicó su hija cerrando el frigorífico con fuerza. -Es sólo que no me gusta que las personas no hagan nada.- dijo cruzando la cocina hacia la salida por el jardín. -Estaré en el laboratorio, no voy a perder más tiempo por hoy.-

Su padre, viéndola desaparecer por el jardín, sonrió a su nieto que trataba de estirar su cuello para seguir con la mirada a su progenitora. -Tus padres tienen mucho carácter, ¿verdad?- le preguntó. -¿Quién crees que ganará, Trunks?-

El pequeño de pelo lila lo miró frunciendo su ceño. Estiró sus manos rechonchas, agarró el rostro arrugado y sumamente serio le contestó: -Belo.-

Su abuelo entendió el balbuceo y se emocionó: -Sí, tienes razón, algo habrá que hacer.-

o-o-o-o

-Hija...- lo llamó su padre desde el salón.

-Ah, hola, papá, ¿dónde has estado toda la mañana?- cuestionó adentrándose en el salón. -Ahora que tenemos tantos compromisos con el gobierno no podemos hacer el vago.- le inquirió un poco molesta por haber pasado horas sola en el laboratorio creando nuevas máquinas de defensa. En cuanto cruzó la puerta, le llamó la atención que su progenitor estuviera rodeado de cajas. -¿Qué es esto?-

-Tu madre y yo estamos haciendo limpieza de libros.-

-¡Hola, hija!- exclamó su progenitora apareciendo entre una montaña marrón y cuadrada. -¿Te puedes creer que tu padre se haya leído todos estos libros? ¡Qué hombre tan listo!-

-¿No pueden hacer esto los robots?- quiso saber Bulma con su pequeño en brazos.

-Teníamos que elegir cuáles sí y cuales no, pequeña.- le aclaró su padre. Y terminó diciendo: -Te he dejado este montón porque creo que te pueden interesar.-

-¿A mí?- Aquello le extrañó. Ella leía sobre todo revistas científicas y otras que no lo eran tanto, y además no tenía tiempo para inmiscuirse en una novela. Se acercó a la caja y le echó un vistazo. -Pero éstos son libros de guerra, papá, ¿para qué quiero yo...?- Al instante, abrió los ojos por la idea fugaz que le pasó por la cabeza. Observó a padre sumamente concentrada: -No son para mí, ¿verdad?-

Su madre rió por lo bajo.

o-o-o-o

La luz de la tarde le golpeaba el rostro. -Otro soleado día en el infierno.- murmuró doblando la vista a un lado.

Cansancio. Llevaba allí cuatro días y por mucho que durmiera el cansancio no se iba. De hecho, podía afirmar que jamás se había sentido tan cansado en toda su vida. A más dormir, más cansancio. No tenía sentido, pero ni eso iba a pensarlo. La lógica de aquel lugar, como siempre había supuesto, era inversamente proporcional a cualquier acto físico y psíquico.

Le pesaban los ojos, los mismos que ahora miraban al sol. Era verano en el planeta Tierra y, como siempre, el calor comenzaba a ser insoportable. Las lluvias de hacía unos días no iban a volver en meses. Esa misma noche bajaría a la piscina a refrescarse.

Soltó aire en un soplido largo. Ella subía las escaleras y estaba ahora plantada detrás de la puerta que daba al pasillo. Hacía dos días que no la veía, desde que perdió los estribos cuando le dijo que era ella la que tenía un problema. Por supuesto que tenía un problema si se preocupaba por él. ¿Por qué no lo dejaba en paz de una vez? En algunos momentos creyó que realmente ella iba a permanecerse al margen. Qué equivocado estaba.

-Te traigo algo.- escuchó desde atrás.

Dobló el cuello para ver de qué se trataba. Tres robots portaban sobre ellos toneladas de libros. ¿Libros? Había visto muchos de ellos en uno de los salones de la planta inferior de esa casa y supuso que se trataba de la biblioteca, la cual sólo pisaba el padre de la peliazul. Parecía que el resto, o sea, madre e hija, eran alérgicas a ellos puesto que nunca las vio abrir ninguno. No hizo caso y volvió a centrar su vista en el cielo azul.

-Es para que dejes de ver la televisión.- afirmó la peliazul dejando salir a los home robots de nuevo al pasillo. -No es buena para el coco, ¿lo sabías? Te vuelve tonto.-

¿Qué había sido eso? ¿Una broma? Tampoco quiso hacerle caso. Además, él no veía la televisión, sólo la dejaba puesta para que al volver a ese mundo después de diestros desafíos y recuerdos de su mente, algo ocupara su cerebro.

-Además quiero que no se te olvide la escritura terrícola.- pronunció la científica. -Después de todo lo que te costó aprenderlo sería una pena que lo olvidaras, ¿verdad?-

Entonces sí que la miró y ahí estaba: Bulma sonriéndole. ¿Cuánto había pasado desde que él aprendió a leer la escritura terrícola? De nuevo, le parecía un siglo. Miró de soslayo a un lado y se extrañó: ella le estaba mirando la espalda con interés.

-¿Qué haces?- le dijo él a la vez que se separaba y se daba la vuelta.

-Quería ver si estabas herido.- le contestó ella entrando en el baño.

La estudió a la vez que entraba en el baño. ¿Y ahora qué hacía? Bah, no le interesaba. Se echó de nuevo sobre la cama ignorando cualquier interés sobre esa mujer.

-Veo que no hay ni vendas ni apósitos.- exclamó ella desde dentro. -Y los home robots tampoco los encontraron así que estás bien.-

-¿Y a ti qué te importa?- le preguntó él inamovible.

Ella le sonrió volviendo a la habitación. -Ve aceptando que me importa lo que hagas, Vegeta, ¿cuántas veces te lo tengo que repetir?-

Con total descaro, total desfachatez y total despreocupación, ella le había dicho que él le importaba. No era que no se lo esperara pero, por todos los diablos, ¿por qué había sido tan clara con algo que incomodaba constantemente a los dos?

Porque quería dejarlo todo atrás, por eso le dijo lo que sentía. Pero si él dejó entrever un suspiro por el que dejaba como evidente que aquello había sido algo incómodo, ella quiso dejarle clara la razón: -Eres el padre de Trunks.-

Era el padre de Trunks, y por eso le había dicho que le importaba. La incomodidad se disipó porque los sentimientos aún quedaban acallados: él era el padre de su hijo y eso era lo más importante para ella. Entonces sí la miró y la peliazul le devolvió la mirada.

-Y no pienso dejar que el padre de mi hijo esté desganado tanto tiempo.-

Toda una declaración de intenciones. Eso era esa mujer: una constante declaración de intenciones que no se callaba ni debajo del agua. Cualquier cosa que hiciera siempre llevaba un motivo escondido que quizá hasta ella misma no atinaba a atisbar. Impetuosa, era ahora él el que no sabía a qué venía tanta declaración. ¿No había quedado nítido que no estaba para sus tonterías? En cuanto la vio acercarse apartó la vista, inspiró y miró hacia un lado. No quería que se aproximara a él y ahí venía ella, con toda su rotunda y maldita naturalidad.

Dos bromas. Había hecho dos bromas y él se mantenía inmune a cualquier cosa que ella hiciera. Caminando en la cuerda floja, que era como él se encontraba, aquellas dos bromas le habían acercado a él al rememorar el pasado en el que ambos disfrutaban tratando de luchar contra ello. No podía permitir que ese hombre se hubiera vuelto una sombra de sí mismo por mucho que su maldito orgullo estuviera herido.

-Vegeta...- lo llamó en un susurro.

Él le fijó su mirada más dura. Ese tono era el peor que podía usar con él y los dos lo sabían.

Se sentó a su lado y él se sintió como un tonto. No le gustaba que lo mirara, tal y como era consciente de que ella hacía justo en ese instante.

-Vegeta, no puedes estar así, tienes que hacer...-

-No pienso hacer nada.-

-Sí, lo sé pero es necesario que...-

-No es necesario nada.-

Suspiró y fijó la vista en su camisa blanca, que debido a la postura tenía uno de los bordes vueltos. Izó la mano hacia él: -Tienes que animarte, Vegeta, no puedes estar...-

De repente, él le tenía cogida la muñeca: -Que te quede clara una cosa, Bulma: yo no necesito la compasión de nadie y menos la de una mujer vulgar que no se da cuenta de que lo único que quiero es descansar, ¿me has entendido?- inquirió con el mayor de sus desprecios. No le gustó mirarla a los ojos tan cerca e instintivamente le soltó el brazo con desgana volviendo a la postura inicial.

Se quedó boquiabierta. ¿Mujer vulgar? ¿Le había llamado mujer vulgar? Por dios santo, ¿es que ese hombre no sabía otros insultos? ¿Quién demonios se había creído que era? ¿Y por qué la insultaba ahora? Era evidente por qué:

-¿¡Te crees que soy idiota!- le bramó poniéndose en pie. -¿¡Te crees que me voy a cabrear e irme de aquí tan fácilmente porque me insultes! ¡Ésta es mi casa y no quiero ver cómo...- Paró al momento en cuanto lo vio ponerse en pie. -¿¡A dónde diablos vas ahora!- le preguntó viéndolo salir por el balcón. -¡Vegeta!-

Poco pudo hacer. Él desapareció haciendo ondear las cortinas.

-¡Imbécil! ¡No me ignorarás siempre! ¡Soy Bulma Briefs!-

o-o-o-o

No podía soportarla. No podía con ella y, pese a saber que no estaba de humor para contestarle, le molestaba con sus gritos. Nunca le gustaron los bramidos de Bulma, nunca, sin embargo ella insistía e insistía.

¿A qué había venido ahora esa suavidad? Lo que le faltaba era que ella usara esa maldita suavidad suya para acercarse a él. Bah, masculló tumbándose sobre el colchón. No iba a darle más vueltas.

Lo que sí que era cierto es que si hacía unas semanas ni siquiera la habría escuchado, ahora sus gritos no sólo habían llegado nítidos a sus oídos adormecidos, si no que además habían conseguido que él saliera de su habitación. Algo extraño, pensó, puesto que a él no le importaba absolutamente nada.

¿O sí?

Se notó a sí mismo visiblemente alterado, sensación que no ocurría desde hacía mucho, y para colmo todo había sido porque ella le había gritado.

No, no soportaba sus gritos, los mismos que ahora venían desde abajo:

-¡Vamos, Trunks! ¡Ven aquí con mamá!- escuchó en el jardín.

Luchó por no ponerse en pie pero la curiosidad pudo más. No hacía ni cinco minutos ella estaba gritándole en su habitación y ahora sus alaridos eran de lo más animados. No conocía a una mujer con un cambio de humor tan radical en tan poco tiempo. Se asomó y ahí estaban: la peliazul con los dos locos de sus padres y su vástago, el cual tenía que decir que lucía visiblemente fuera de forma. ¿Qué demonios estaban haciendo dando palmas? Maldita sea, razonó para sí, otra vez estaban usándolo como un mono de feria.

o-o-o-o

-¡Vamos, Trunks! ¡Ven aquí con mamá!- animó a su hijo.

-Ay, hija, míralo qué guapo está, ¡no puedo creer que esté dando sus primeros pasos!- exclamó su madre sin parar de dar palmas.

-¡Venga, mi vida! ¡Ven hacia mí! ¿Es que no quieres venir con mamá?- le preguntó a su retoño una vez que lo soltó del todo.

No podía creerlo. No hacía ni dos minutos había salido enfurecida de la habitación de Vegeta como si aquello fuera lo más importante del día, y no era cierto. No. Escuchó risas fuera y salió al jardín para ver qué ocurría. Sus padres trataban de poner en pie a su pequeño para que andase por fin. Ya se quedaba sin problemas erguido sobre su cuna así que ese momento tenía que llegar en cualquier instante. Y estaba ocurriendo justo ahora.

Eso sí que era lo más importante del mundo. Les quitó la posición a sus progenitores y animó a su hijo a cumplir con su cometido. Tenía que conseguirlo y lo iba a conseguir:

-¡Vamos, Trunks!- le animó de nuevo.

Dos pasos dio su bebé y cayó al césped de bruces.

-¡Oh, querida!- exclamó la señora Briefs preocupada mientras se acercaba a ellos. Sorprendentemente, y cuando ya se estaba agachando para ayudarlo, Trunks le quitó la mano con determinación.

-No, mamá, no pasa nada, fíjate.- indicó ella emocionada.

Su hijo había fruncido el ceño al ver que querían ayudarle y se puso en pie solo, sin querer a ninguno cerca.

Y Bulma se sintió orgullosa de su hijo por enésima vez. -¿Habéis visto eso?- le preguntó con retórica al resto. -¡Es igual de orgulloso y cabezota que su padre! ¡Vamos, ven hacia tu madre andando! ¡Venga, mi vida, ven aquí conmigo!-

Y así hizo Trunks. Llegó a trompicones hacia la peliazul y la abrazó orgulloso de sí mismo. Ésta lo alzó por los aires y su niño rió divertido.

o-o-o-o

Se tumbó sobre el colchón una vez que todos se fueron del jardín hacia el interior de la casa. Le había aumentado la molestia. Ella le había dicho a su cachorro que se veía quién era su padre. Por todos los diablos, sólo estaba intentando andar. Si ese niño hubiera nacido en Vegetasei ya estaría recibiendo una estricta educación bélica.

¿Cómo podían ser tan fuertes los niños humanos si les costaba tanto tiempo ponerse en pie? Sin duda su hijo era fuerte, ¿entonces por qué rezumaba tanta debilidad? Bah, masculló. Probablemente fuera porque lo protegían constantemente, como si él no pudiera defenderse si algún enemigo quisiera atacarle. Si los humanos no fueran ultraprotectores con sus retoños, éstos se buscarían la vida antes.

Ese niño tendría que ser instruido por alguien. No sabía por quién, pero alguien tendría que hacerse cargo de él si no querían que su fuerza desmedida le diera problemas. Desconocía cómo había sido la infancia del otro medio saiyajin en ese planeta pero, si había conseguido ser tan poderoso, la causa era porque había recibido una instrucción guerrera.

Seguramente fue Piccolo el que se la dio ya que cuando él llegó a La Tierra Kakarotto llevaba un año fuera. Sí, el namekiano era el único que se le ocurría con alma bélica para enseñar como era debido a alguien con tanto potencial. Además algo había escuchado en las ocasiones que habían coincidido.

¿Quién sería el que le diera a su hijo una educación forjada en la guerra? Él no iba a hacerlo. Eso estaba más que claro. No le interesaba la lucha. Ya no más.

Antes de empezar a pensar en ese paso adelante, culpó a la peliazul por ser quién le había creado esa inquietud. Si ella no le hubiera preguntado, él simplemente seguiría regodeándose en su pasividad. Lo que le faltaba: más preguntas sin respuesta.

No quiso pensarlo y bajó a su habitación. Se sentó sobre la cama y miró hacia un lado. Maldita mujer inquieta que no se podía estar callada. Angostó los ojos al chocar la vista con el título de uno de los libros que había llevado ella a sus aposentos. Tenía una tapa granate y gruesa y olía a viejo. El arte de la guerra, leyó en letras doradas.

Le hizo gracia el título: él siempre vio la guerra como todo un arte.

Se recostó sobre la cama y lo abrió por la primera página.

o-o-o-o

-Querido, ¿dónde está Bulma? ¿Otra vez está en el laboratorio?- preguntó su mujer.

-Sí, parece que no pierde el tiempo, ¿verdad?-

Su esposa no pareció muy convencida: -Entre los nuevos encargos y la empresa, sólo tiene tiempo libre para Trunks.-

-Es su hijo, querida, a él tiene que dedicarle todo su tiempo y además casi siempre lo tiene en el laboratorio con ella.- comentó pasando la hoja del periódico.

-Sí, pero no para Vegeta y eso me preocupa.- soltó a la vez que cortaba otra rama del rosal. -Él lleva aquí una semana y desde hace tres no ha ido a verlo.- Suspiró mirando al cielo azul: -No sé qué vamos a hacer con nuestra hija, querido, alguien tiene que animar a ese hombre.-

-Yo en cambio creo que él sólo necesita tiempo.- puntualizó el señor Briefs ajustándose las gafas para leer mejor la letra pequeña.

-Es que así no va a poder disfrutar a su hijo.- añadió su mujer apenada.

Su marido rió. -Bueno, ya sabes lo que dicen: si Mahoma no va a la montaña...-

Ella lo entendió casi todo al instante. -Oh, sí, sé lo que quieres decir.- exclamó emocionada por la idea. -Aunque nunca supe quién era ese Mahoma y por qué esperaba a que una montaña fuera a por él.-

o-o-o-o

Era la quinta vez que leía ese capítulo en todo el día y trataba de entender cómo había podido fastidiarla el autor sólo en ése. El resto había sido perfecto, tanto que devoró desde la primera palabra hasta la última de una tajada. Y luego otra vez. Y luego otra. Seguramente estaba frente a la piedra de toque que le daba a él la razón: el tipo que lo había escrito era humano y no saiyajin.

Tres días había estado sumergido en sus páginas. Al principio no le prestó toda la atención que merecía y la primera vez que llegó a ese capítulo tercero que tantos quebraderos de cabeza le estaba dando casi lo cerró para no volverlo a abrir. La curiosidad, como siempre, pudo más con él y siguió pasando la vista sobre cada una de las hojas.

Soberbio. No era nada nuevo lo que leía pero aquello estaba siendo una escritura inmaculada sobre lo que significaba realmente la guerra. El capítulo inicial fue el que pasó por encima y, dejándose llevar, cayó totalmente rendido a sus palabras y volvió a él para degustarlo como se merecía. No se lo podía creer. No, el escritor no podía ser humano porque ningún humano podía escribir de ese modo tan explícito la solemnidad de una batalla, todos sus puntos claves, toda la ciencia, toda la lógica que se encerraba detrás de la guerra. No era arte, era la realidad que él había aprendido a lo largo de sus peleas, de todas sus luchas.

Maldito capítulo tercero. No tenía sentido. Era mejor conservar al enemigo intacto que destruirlo, afirmaba el autor. Y más adelante daba sus motivos para tal aseveración. No sería humano pero tampoco podía ser saiyajin. Retomó a leer el punto que no entendía: un verdadero maestro de las artes marciales vence a otras fuerzas sin batalla, conquista otras ciudades sin asediarlas y destruye a otros ejércitos sin emplear mucho tiempo.

Sin duda, no era saiyajin.

Sin embargo, alguien tan sabio no podía estar equivocado, al menos no del todo. De hecho, Freezer casi nunca peleaba y consiguió que todos le temieran sin apenas mover un dedo. Puñetero lagarto que aún lo acosaba en sus pensamientos. ¿Cuándo lo dejaría en paz? ¿No estaba haciendo todo lo posible por enterrar toda esa mierda? Los enfrentó y no sirvió de nada. Los estaba evitando y tampoco servía. ¿Qué diablos tenía que hacer para dejar atrás a todos sus fantasmas?

-Joven Vegeta, ¿puedo entrar?-

No pudo adentrarse más en sus pensamientos. La madre de la peliazul abría la puerta de sus aposentos portando a su vástago en los brazos. Sinceramente, sobre aquella mujer también podría escribirse todo un libro.

-Siento molestarte.- se disculpó. -¡Oh, qué guapo que estás con esa camiseta azul!- exclamó observándolo con interés.

Él inspiró hondamente. Recordó la frase del capítulo nueve del libro en el que se afirmaba que se podía ganar cuando nadie era capaz de entender en ningún momento cuáles eran tus intenciones. En ese caso, en esa casa siempre ganarían ante cualquier rival.

-Verás, mi marido y yo tenemos que salir y mi hija está trabajando, así que hemos pensado que sería una gran idea dejarte aquí a Trunks hasta que volvamos.-

Capítulo siete: El primero que hace el movimiento es el invitado y es él el que lo tiene siempre difícil. No le replicó. Jamás lo hacía.

-Bueno, Vegeta, volveremos lo antes posible.- comentó dejando a su nieto sobre la cama, el cual se mantuvo quieto mirando a su padre como si fuera un gigante mucho más grande que los demás.

El príncipe le fijó los ojos como siempre hacía. No podía ser que lo dejara allí con él.

La señora Briefs le lanzó un beso desde el quicio de la puerta y la cerró sin ni siquiera inmutarse, como si lo que acababa de hacer fuese algo con sentido.

Estudió esa puerta tratando de aceptar que esa mujer desquiciada le había dejado a su hijo ahí sentado. ¿Es que no iba a volver? Todo pintaba a que eso no era probable. Bajó la vista hacia su cachorro y éste le devolvía la mirada inquisitivo. Tenía los ojos extremadamente azules, exactamente igual que su madre, aunque no podía negar que la forma de mirar era suya. Vio cómo éste destensaba su frente para hacer lo contrario con su barbilla: estaba a punto de echarse a llorar, como siempre hacía cuando él estaba a su lado.

Se aproximó a él. -Ni se te ocurra.- le inquirió.

Fue imposible: su hijo comenzó a sollozar como si le estuvieran arrancando la piel. ¿Pero por qué en esa casa no le dejaban en paz? Bufó y se irguió sobre el suelo. Agarró a su hijo de los pies y lo llevó colgado hacia la salida. Los decibelios aumentaron y él abrió la puerta. Cuando estuvo a punto de tirarlo hacia el pasillo un puño cerrado en ira de su vástago le golpeó la pierna. ¿Qué había sido eso? Paró en su avance y lo alzó hasta tenerlo a la altura del rostro, cogido aún por los pies y bocabajo.

-No eres tan debilucho, ¿eh?- le preguntó estudiándolo.

Pero su maldito hijo no paraba de llorar y encima ahora su piel tornaba a morado. El príncipe soltó aire creyendo que aquello sí le iba a sacar de su letargo.

-¡Vegeta!- escuchó al otro lado de la puerta.

Eso sí que era lo que le faltaba. La miró por un instante y le arrojó a su hijo a los brazos.

-¡Oh, dios mío!- exclamó horrorizada por ver volar a su pequeño. Lo acomodó entre sus brazos pero Trunks parecía demasiado aturdido y enfadado como para caer en que ahora estaba en el regazo de su querida madre. -¿¡Cómo se te ocurre tirarme a Trunks así, so bruto?- le preguntó fuera de sí.

Él se tumbó de nuevo sobre la cama. -Es más fuerte de lo que creéis.- dijo desganado volviendo a abrir su libro.

-¡Es sólo un bebé! ¡¿Y qué hacías tú con él, eh?- inquirió. -Oh, venga, Trunks, deja de llorar, ya estoy aquí contigo.- le pidió a su hijo.

No le contestó. No estaba para explicaciones absurdas y ya estaba más que harto de los bramidos de ambos.

-Ha sido cosa de mi madre, ¿verdad?- le preguntó Bulma meneando a su hijo entre sus brazos y andando de un lado para otro de la habitación para calmar tanto a su bebé como a sí misma. Al no recibir respuesta supuso que estaba en lo cierto, aunque ya estaba acostumbrada a que él no le contestara a nada. Cuando entró en la casa a hacer un descanso escuchó el llanto desconsolado de su hijo y subió rauda a saber qué ocurría. Para su sorpresa y malestar, Vegeta lo tenía cogido de los pies. ¿Es que ese hombre no sabía otro modo de sujetar a un bebé, por el amor de dios? Razonó en voz baja: -Ha tenido que ser ella porque si no, no se entiende que él haya llegado hasta tu habitación.-

Volvió a dar la callada por respuesta. Ella lo observó por segundos una vez que su hijo pareció aceptar la presencia de su padre y se calmaba.

-¿Estás leyendo?- le cuestionó con una sonrisa.

-¿Y qué si lo hago?- fue la réplica de él harto de tanto estudio.

-¿Qué es lo que lees?- preguntó Bulma aproximándose.

Al instante, él cerró su libro y lo dejó apartado a un lado de la cama mientras posaba sus manos detrás de su nuca. Estaba claro que en aquella habitación no se iba a mantener una conversación.

Ella se mantuvo de pie junto a él. Frente a cualquier lógica, se sentó en el borde de la cama y soltó a su hijo sobre las sábanas. Comenzó a hacerle carantoñas y éste empezó a reírse encantado.

-Oh, mira, Vegeta, mira qué buen humor tiene.- le dijo al príncipe sin levantar la vista sobre su retoño. -Es increíble que sea hijo tuyo, ¿verdad?-

Abrió los ojos para cerciorarse del tono. ¿Otra broma? No, no había sido una broma si no una declaración de ésas tan sincera que lo dejaba a él noqueado. Instintivamente miró a su vástago que ahora reptaba sobre las sábanas yendo directamente a por él. Lo observó desganado. Éste había gateado torpemente hasta sujetarle una pierna y se echó sobre ella aferrándola.

Ni se inmutó.

-Vaya, parece que ha superado esa manía crónica que te tenía, ¿eh?-

No era manía crónica, eso lo sabía el príncipe perfectamente. En Vegetasei era usual que los niños sintieran la fuerza de sus padres y eso les abrumara. No tenía ni idea de si al otro especímen medio saiyano le había pasado igual, sin embargo, entendía que no tenía por qué puesto que su naturaleza especial medio humana no estaba calculada, como tampoco se había demostrado esa teoría suya ya que los cachorros eran separados muy pronto de sus familiares. Aunque esa sensación, la sensación de que una fuerza brutal andaba cerca, siempre hacía que su sangre saiyana se volviera efervescente, incluso antes de aprender a detectar de manera natural el ki de los demás.

Chistó y se removió sobre la cama haciendo que el niño volcara y quedara boca arriba como una tortuga torpe.

-Oh, mi vida, ponte derecho.- le dijo Bulma animándolo. Su hijo la miró y se dio la vuelta sin mucho luchar. -¿Has visto eso, Vegeta?- le preguntó. -¡Mi hijo es todo un campeón!- exclamó emocionada. -Mira, mira como va a por ti.-

Para la peliazul aquello estaba siendo algo extraordinario. Nunca se hicieron tanto caso padre e hijo aunque quizá no era del todo así pero al menos Vegeta estaba completamente quieto mirando a su retoño luchar contra su poca fuerza con todo su pundonor. Era algo completamente inusual y si bien se había dicho hacía mucho tiempo que algo así era muy complicado que ocurriera, la situación se estaba dando frente a sus narices. Por primera vez, agradeció al hastío del príncipe.

Vegeta cerró los ojos al notarse demasiado próximo a aquello que estaba ocurriendo sobre su cama. No le interesaba lo que estaba haciendo su hijo con él, ni siquiera que estuviera reptando sobre su pecho arrugándole la camiseta.

-Bulma.- la llamó permaneciendo con sus ojos cerrados.

Ella siguió mirando a su hijo cómo subía mientras su padre parecía inmune a ello, aunque miró a su madre como si esperara a que ella reaccionara. -¿Qué?- le preguntó.

-¿Tu padre tiene libros escritos por no humanos?-

Eso sí que era una pregunta extraña. -No hay libros de extraterrestres en La Tierra, Vegeta.- respondió aún aceptando que él le había dirigido la palabra y seguía ajeno a que su hijo continuara luchando por subir sobre su torso.

Ni por ésas abrió los ojos. -Ya.- fue su última aportación a esa breve charla.

Pasaron breves segundos hasta que notó a su cachorro muy próximo balbuceando algo inentendible. Y fue cuando desplegó sus párpados y le prestó toda la atención que su apatía le dejaba.

Nariz con nariz, lo observó de cerca. No podía negarlo: tenía los ojos azules de ella y la mirada exactamente igual que la suya. Entrecerró sus iris esperando cualquier reacción por parte de su hijo. ¿Qué demonios pretendía?

Le tiró del pelo.

Arrugó el gesto y se puso frenético por un instante: -¿Pero qué diablos...?-

Su cachorro comenzó a llorar y, contra todas las predicciones, la científica empezó a reírse sin parar. Había estado expectante observando la escena y ver cómo su hijo se atrevía a estirar de esa manera el mismo cabello que su padre adoraba fue bastante gracioso.

-¡Ven aquí, mi amor!- Recogió a su pequeño en brazos. -Papá no está para bromas, ¿sabes?-

-¿Broma?- masculló el príncipe. Al instante, se echó de nuevo sobre la cama. El enojo había sido momentáneo y cruzó los brazos esperando que se fueran de una vez. Había sido momentáneo, sin embargo, el resquemor aún quemaba. Un poco.

-Dile adiós a papá, Trunks.- profirió la científica dirigiéndose a la puerta.

-Pá.- balbuceó su pequeño mirando con interés hacia su padre sobre el hombro de su madre.

La peliazul prefirió irse antes de volver a ser testigo del hastío del príncipe por todo lo que le rodeaba, cosa que no se le escapaba que le incluía a ella. Le intrigaba la pregunta realizaba por Vegeta pero era evidente que él no estaba para mantener más de dos frases.

o-o-o-o

-¿¡Cómo se te ocurre hacer eso, mamá?- le inquirió sumamente ofuscada. -¡Cuando llegué lo tenía cogido por los pies!- exclamó para que se diera cuenta de la locura de su idea.

-Ay, hija, no te pongas así.- trató de calmarla su madre. -Pues le enseñas cómo se coge a un niño pequeño y drama acabado.-

-¿¡Es que no te das cuenta de que estaba a punto de arrojarlo al pasillo?- Pero su madre parecía más entretenida en probarle a su nieto toda la ropa nueva que le había comprado que en poner la mínima atención a lo que decía su hija. Bulma tampoco estaba segura sobre las intenciones de Vegeta, pero aquello era lo que parecía desde el otro lado de la puerta. -¡Papá! ¡Dile tú algo!- pidió desesperada porque alguien le hiciera algún caso.

-Y dime, pequeña.- comenzó a decirle su padre. -¿No comentó nada Vegeta sobre su hijo?-

Bulma se lo pensó por dos segundos. -¿Qué va a decir ese bruto? Para él Trunks es más fuerte de lo que lo es cualquier niño de su edad, y aunque pueda tener parte de razón no deja de ser un bebé.- Vio a su padre pensativo estudiando a su retoño y quiso saber qué era lo que le estaba pasando por la cabeza: -¿Papá? ¿En qué piensas?-

-En que efectivamente creo que el príncipe tiene razón, pequeña.- razonó al fin. -Deberíamos medir su fuerza, ¿no te parece?-

-¿Tú crees?- preguntó la peliazul acercándose igual. -Yo creía que la desarrollaría más adelante.- Pese a que había visto atisbos de su potencia física, opinaba que eran sólo destellos de lo que sería evidente en unos años y no tan pronto. ¿Cuándo desarrolló su fuerza Son Gohan? Por lo que tenía entendido, había sido un niño de lo más normal hasta pasados los cuatro años, cuando Piccolo se quedó con él un año entero entrenándolo.

-¿Qué tal si hacemos una comparativa entre él y el príncipe?- sugirió el señor Briefs irguiendo su espalda y ajustándose las gafas que le habían caído por estar pendiente de su nieto, el cual había estado mirándolos a él y a su madre con auténtica desconfianza. Parecía como si no le gustase toda esa atención sobre su pequeña persona.

-¡Ni hablar!- soltó su primogénita. -¡No pienso acercarme a ese animal en todo lo que me queda de vida!-

-Pero hija.- protestó su madre. -Ahora que él está justo en la habitación de al lado no vas a...-

-¡No, mamá! ¡Estoy harta de estar constantemente pendiente de él!- se explicó. -Si no quiere despertar, es su problema y yo no voy a perder más el tiempo en intentar que se anime.- soltó haciéndole mimos a su hijo. -Es un fantástico guerrero y si no quiere ver eso por ser tan... tan...- buscó las palabras justas para definir a ese hombre. No tuvo que dudar mucho: -¡Tan orgulloso!- gritó deseando que él lo escuchara para al instante continuar: -Es su problema, de verdad, no el mío.-

Y dicho esto, se giró para volver al laboratorio con su retoño, su guapo y fuerte retoño.

-Por cierto.- dijo antes de salir hacia el jardín. -Papá, ¿existen libros de extraterrestres en La Tierra?-

-No, que yo sepa.- fue la contestación del señor Briefs.

-Bien, eso me vale.- dijo Bulma. -Estaré en el laboratorio.-

o-o-o-o

-¿Qué hace eso ahí?- le preguntó a su padre.

-¿El qué?- quiso saber su padre alzando la vista hacia su hija.

-El uniforme saiyajin, ¿qué hace ahí colgado?- insistió. Acababa de entrar en el laboratorio y el majestuoso traje de guerra de la raza de Vegeta y Goku estaba suspendido dentro de una cápsula de líquido azul haciéndolo ver como una reliquia en un museo.

-Ah, eso.- Su padre rió al ver a su primogénita impactada por la imagen. -Necesitaba un modelo para diseñar el nuevo uniforme de combate con más resistencia y creí que el que tú diseñaste para el joven Vegeta era el más adecuado.-

Bulma se puso a trabajar casi al momento pero seguía mirando el traje con recelo. -Yo no lo diseñé, sólo lo copié del original que llevaba Vegeta cuando vino a La Tierra.-

El señor Brief se puso al lado de ella: -¿Parece una eternidad de aquello, verdad?- le interrogó también admirando el traje.

-Sí.- fue la escueta respuesta de su hija, la cual bajó la mirada hacia el ordenador. -¿Ya estás diseñando el uniforme?- quiso saber.

Su padre y ella habían trazado un plan de actuación con respecto a los nuevos encargos del gobierno: le habían pedido en exclusiva a Capsule Corporation la creación de todas sus nuevas máquinas bélicas y demás instrumentos relacionados con la guerra y la defensa del planeta, algo que les estaba reportando muchos beneficios, pero sobre todo más prestigio. Dejarían a un lado sus inventos para la vida cotidiana y civil y se centrarían en esas nuevas peticiones. La división de creadores de la empresa se encargarían de confeccionar pequeños inventos y ellos dos, padre e hija, los supervisarían mientras se centraban en las exigencias que venían directamente de los altos mandatarios del planeta. Tendrían que ser discretos, por lo que las pruebas directas sólo se realizarían en tierras que el ejército tenía designadas para ello. Aún no habían llevado ninguna a cabo pero Bulma ya lo estaba deseando.

Se distribuyeron el trabajo: la peliazul se encargaría de las armas de ataque y su padre de las defensivas, con las que por lo visto se sentía más cómodo puesto que diseñar armamento no era algo que le excitara en demasía. Uno de los últimos trámites del señor Briefs sería el diseño del uniforme de los militares de La Tierra y, por lo visto, ya iba adelantado.

-El escudo ya está más que acabado después de darme tu idea, hija, así que sólo me queda el traje de combate.- respondió para añadir: -¿Le molestará al joven príncipe que le deje sin su uniforme?-

-Al joven príncipe no le molesta nada últimamente, papá.- comentó la científica a la vez que ajustaba la vista sobre el microscopio. -Además, hay muchos más ejemplares en las cápsulas.-

-No.- le replicó su padre.

Aquello le llamó la atención. -¿No? ¿Cómo que no?-

El señor Briefs retornó a centrarse en su trabajo: -Era el único que quedaba de todos los de la cápsula.-

Quiso hacer memoria: efectivamente, repartió muchas trajes a lo largo de la batalla contra Célula y los androides. -Oh, entonces hay que sacarlo de ahí y hacerles copias, ¡corre, papá!- exigió poniéndose en pie y avanzando con rapidez hacia la base del tanque del que pendía el uniforme. -¿Cómo se saca esto de aquí?- le preguntó.

-Espera, se hace desde aquí, desde este ordenador.- le indicó su padre toqueteando los botones. -Pero, hija, ¿a qué viene tanta prisa si el joven Vegeta no ha exigido su traje en ningún momento?- cuestionó guardando para sí una sonrisa.

-Para él es importante este uniforme.- replicó su hija ausente mientras veía el líquido desaparecer. -No se lo quitó en sus primeros meses aquí.-

Hacía una semana que no lo veía, ni siquiera había ido a su habitación para saber cómo se encontraba. No iba a hacerle más fácil a ese maldito saiyajin el hecho de ignorarla por muy mal que estuviera él de ánimo. Si quería despertar, ya despertaría; si no lo quería hacer, ella no iba a poner más de su parte.

En cuanto pudo abrir la compuerta del tanque cogió apresurada la ropa y salió disparada del laboratorio. Cuando iba por la puerta le gritó a su padre: -¡Papá! ¡Está seco! ¡Luego me explicas cómo lo has hecho! ¡Eres un genio!-

Su padre sonrió ante el piropo viéndola desaparecer. ¿Se le había olvidado hacer las copias?

o-o-o-o

Se sorprendió al verla entrar. Llevaba bastantes días sin aparecer por allí para hacer de las suyas y aquello estaba siendo toda una novedad. La miró cruzar la habitación para abrir su armario, sacar una percha y dejar colgado en el exterior su uniforme de combate. Acto seguido desapareció por la puerta como si él no hubiera estado presente en todo ese recorrido.

No iba a pensarlo. Esa mujer estaba como una cabra y él tenía muchos libros que leer todavía.

o-o-o-o

La vio llegar un poco cansada por la caminata rápida y la subida de escaleras.

-Hija...-

-No te preocupes, papá, ya se lo he dado.- replicó ella antes de escucharlo. -Problema solucionado.- le dijo. -No sé cómo no había caído antes en llevarle su uniforme de combate.- comentó volviéndose a poner la bata.

-Pero, hija...- le volvió a llamar su padre. -Lamento molestarte pero creo que se te ha olvidado hacerle las copias al uniforme antes de dárselo al príncipe.-

Ella abrió los ojos al instante para angostarlos. Era verdad, no había hecho las copias necesarias que había nombrado antes y en el caso de que Vegeta volviera a su cordura, por un casual se lo pusiera y lo destrozara en alguna batalla, cosa harto improbable, ella tendría que buscar entre todos sus archivos la composición origen y diseñarlo de nuevo, ya que no había guardado los bocetos. Maldita sea su impetuosidad.

Se giró para volver a la habitación del saiya.

o-o-o-o

Al igual que antes, ni lo miró al entrar, pero esta vez era porque se sentía un poco avergonzada. Cogió el uniforme de su percha y salió rauda de allí.

Ella apareció de nuevo con las mismas prisas que antes. Él la miró por un momento. Si era raro verla asomarse por allí, más raro era que lo hiciese dos veces en menos de cinco minutos y encima sin abrir esa boca incisiva suya. La vio recoger el traje y dirigirse hacia la salida.

Frunció el ceño. Si analizaba lo ocurrido, ella había entrado y había colgado su uniforme para luego volver sobre sus pasos y llevárselo.

Ya se lo dijo antes: no iba a pensar en lo que le podía pasar sobre esa cabeza azul suya.

Pero, maldita sea, ¿qué diablos se traía entre manos?

o-o-o-o

-Ya estoy aquí...- murmuró agotada concentrándose en respirar.

Su hija había aparecido sudorosa en el laboratorio y él no pudo evitar la risa. -Demasiado calor, ¿verdad?-

-Papá... me haces el favor de... de hacer tú las copias para encapsularlas.- le pidió queriendo no ahogarse en el intento.

-Claro, querida.- le dijo su padre acercándose a ella para recoger el uniforme. -Tendríamos que resolver el problema de los home robots con las escaleras cuanto antes.-

-Sí, es algo que tenemos siempre pendiente y nunca hacemos.- le dio la razón sentándose sobre una silla. -Hasta tuve que subir yo misma los libros de guerra y colocarlos en los robots de arriba, ¿sabes?- comentó sirviéndose un vaso de agua. -Es ridículo y venderíamos más.-

-En eso tienes razón, con ponerle un minipropulsor en la base tendríamos ese problema solucionado.- propuso el señor Briefs mientras colocaba el traje sobre la base A del clonador. -¿Cuántas copias quieres hacer?-

-Todas las que se puedan.- respondió muy segura. No quería volver a preocuparse por los trajes de combate saiyajin en mucho tiempo.

-Podemos hacer miles pero sería un desgaste de energía, ¿qué tal cinco?-

-Diez, por si las moscas.-

Su padre volvió a reír. -¿Así que tienes la esperanza en que a Vegeta se le pase esa fase apática que tiene dentro de poco, no?- quiso saber mientras programaba elclonador.

Suspiró. -No lo sé, papá, lo cierto es que no sé qué hacer con él.- le contestó retornando a servirse otro vaso de agua. Tendría que dejar de fumar si no quería ahogarse por dos simples caminatas a galope.

-Es cuestión de tiempo, pequeña, todos necesitamos nuestro espacio para poner las cosas en orden.- le soltó esperando a que se hicieran las copias en la base B.

-Lo sé, papá, pero es que es tan cabezota que me entran ganas de asesinarlo con mis propias manos.- le dijo.

La carcajada de su progenitor fue de lo más contagiosa: -Sí, pero eso no es nada nuevo, ¿no?-

Su hija lo miró detenidamente. -No vayas a decir que yo no me quedo atrás en testarudez, por favor.-

-Bueno, tú hace mucho tiempo que te empeñaste en ayudarle y no va a ser ahora cuando dejes de hacerlo, ¿verdad?-

¿Era eso cierto? ¿Se empeñó en ayudarle mucho tiempo atrás? Más bien lo hizo para que no destrozara nada de lo que le rodeaba que por casualidad era todo lo que a ella y a su familia le pertenecía. Después vino el asombro al comprobar que era un hombre realmente entregado a su causa, tal y como tenían que ser los hombres. Y luego se acercaron demasiado. Y luego vino Trunks, de hecho, los dos Trunks.

No iba a pensarlo. No iba a pensar de nuevo en eso. Si lo hacía, su cabeza estallaría. Bastante difícil estaba siendo el tenerlo en esa casa todo el día encerrado en su habitación. Era algo completamente nuevo, un Vegeta desconocido y absolutamente fuera de lugar. En ese instante sintió un resquicio de una emoción que no conocía con respecto a él, algo que ella ya le avisó en uno de sus gritos y que a los dos les sonó extraño: le estaba defraudando. ¿Dónde estaba el luchador incansable? ¿Dónde estaba el príncipe que nunca se daba por vencido? Sí, ya se lo dijo: a ella no le gustaban esa clase de hombres.

-Es un hombre difícil, hija, pero si hasta los dioses tienen sus momentos de duda, ¿quiénes somos nosotros para juzgarlo?- le soltó su padre observándola. -No lo hicimos antes así que no podemos hacerlo ahora.- razonó volviendo sobre sus pasos y yendo a por las cápsulas.

-Ya.- fue lo único que contribuyó Bulma en aquella conversación a la vez que terminaba su vaso de agua.

-Toma.- le mandó su padre con el uniforme de nuevo en la mano. -Llévaselo otra vez a su habitación mientras yo guardo las cápsulas.-

Alzó la vista hacia él. -¿Has visto a Blue últimamente?- cuestionó.

-¿Blue? ¿Te refieres a tu gato preferido?- quiso saber el señor Briefs.

-Sí, al mismo. Mamá me dijo que había tenido cachorros.-

Volteó su cuerpo hacia ella. -Querida, Blue se fue de la casa hace años.- afirmó sin entender muy bien a qué venía esa pregunta.

-¿¡Qué?- gritó su primogénita. -¿Y entonces por qué mamá me dijo que...?-

El señor Briefs volvió a sonreír. -Pequeña, si te sirve de algo, tu madre nunca dice nada de manera gratuita, ¡hasta a mí me sorprende muchas veces con su agudeza!- exclamó. -Es una mujer extraordinaria...- sentenció retomando el trabajo. -Tuve mucha suerte al ser yo el elegido.-

¿Que Blue había huido y ella no estaba al corriente de eso? Por el amor bendito de todos los dioses del cielo, ¿en qué pensaba su madre cuando le dijo que había tenido cachorros?

-Pero, papá, ¿estás seguro de lo que me has dicho?-

-¿Eh?- El despistado del señor Briefs tardó en volver a poner los pies en la tierra. Giró su silla para mirarla antes de responderle. -Bueno, creía que lo sabías.- reflexionó para apostillar: -Esto es muy curioso, hija, muy curioso. No tengo ni idea de por qué tu madre te dijo algo así, ¡es una sorpresa constante esta mujer!- Y volvió a reír encantado al pensar en su esposa. -Seguro que tiene algo que ver con el joven príncipe...- murmuró.

Bulma se puso en pie alterada. -No te quepa duda de ello.- Salió por la puerta dispuesta a buscar a su madre para que le diera alguna explicación. Cuando notó que su puño enfurecido tocaba algo blando se acordó de que antes tenía que dejar el uniforme en la habitación de Vegeta. -¡A este paso me van a volver todos loca!- exclamó cruzando el jardín.

o-o-o-o

Bajó el libro a su barriga. ¿Había vuelto? ¿Y encima con el mismo uniforme que antes dejó y luego se llevó? Además estaba de peor humor, de eso no le cabía duda puesto que sus pasos eran fuertes y arrugaba la boca en ese gesto tan propio suyo.

Bah, estaba loca. No iba ni a perder ni un segundo de su tiempo en ella.

-¡Levántate de esa maldita cama!-

Izó la vista realmente extrañado. Ahí estaba Bulma: con sus brazos en jarra y el uniforme moviéndose levemente por lo bruta que había sido al colocarlo.

-Déjame en paz.- fue lo único que le dijo.

-¡Estoy harta de esto, Vegeta! ¡Levántate de una vez de la cama y ponte ese condenado traje que yo te hice y que me costó tanto tiempo confeccionar!-

¿Qué demonios le pasaba? ¿A qué venían esos gritos? -No.- respondió volviendo a centrarse en su libro.

-¡Que te levantes!-

Soltó aire profundamente. Aquello era tremendamente aburrido por lo que siguió leyendo como si nada. O no tanto: se alteró lo mínimo en cuanto la escuchó sobre las sábanas.

-¡Te he dicho que te levantes, maldito saiyajin!- bramó Bulma con los puños sobre el colchón.

-Deberías de tomarte algo para esos nervios tuyos, mujer.- comentó pasando una de las hojas.

-¡Aaaaaaaah!- gritó la peliazul cogiendo un libro de los que estaban esparcidos sobre la cama y tirándoselo a la cabeza.

Ni por ésas él reaccionó. La miró de reojo y siguió con su labor de manera calmada y tranquila, como si no tuviera al lado a una mujer al borde de un ataque de nervios que acababa de lanzarle uno de sus libros. ¿Realmente ella creía que podía hacerle daño?

Nada. No había nada que hacer con él en ese estado. Le había golpeado con un tomo de más de quinientas páginas y él ni se inmutó. ¿Y la maldita bravura saiyajin? Respiró hondo tres veces y volvió a observarlo.

-¡No sé si te odio más así que cuando estás normal, Vegeta!- masculló saliendo por la puerta.

Él estudió su marcha hasta que ella dio el consabido portazo. Bufó y se rascó la cabeza. Por todos los diablos, ¿ella se había atrevido a tirarle un libro? Maldita mujer desquiciada. ¿Cómo se atrevía a realizar un acto tan absurdo? No tuvo que pensar mucho: porque los actos absurdos eran su especialidad.

Loca. Estaba completamente loca.

Y, maldita sea, lo peor de todo era que lo había hecho enfadar. Y hacía mucho que no se enfadaba de verdad, ni cuando su hijo le tiró del pelo, cosa que tenía que afirmar que sí le provocó un poco de malestar físico.

o-o-o-o

-¡Mamá! ¡Por fin doy contigo!- le inquirió a su madre al salir del laboratorio. -¿A qué venía la historia de Blue? ¡Me acaba de decir papá que mi gato se fue hace años de la casa!-

La señora Briefs seguía paseando a su nieto tranquilamente sobre su carrito. -¿Ah, sí?- le dijo. -Entonces me habré equivocado de gato, querida.-

¿No iba a darle importancia a eso? No iba a tolerarlo. -¡Me hiciste sentir mal, mamá!- exclamó siguiéndola.

-Ay, hija, no vuelvas otra vez a ser melodramática.- le pidió la rubia. -Desde que está Vegeta en casa estás más tensa de lo común, querida, deberías calmarte un poco.- sugirió guiñándole un ojo mientras continuaba directa a la verja de la salida.

-No, mamá, no insistas en eso, lo que quiero saber es por qué te inventaste esa historia sobre mi gato azul.-

-¿Azul?- le cuestionó. -¿No era verde?- quiso saber a la vez que colocaba a su nieto en la parte de atrás del coche que iba a conducir su marido.

-¡Mamá, se llama Blue! ¿¡Por qué crees que se llama Blue?-

-Ay, pequeña, no sé de qué estás hablando ahora.- musitó mientras abría la puerta del copiloto. -Dile a Vegeta que nos vamos al campo con Trunks para ver animales, que no se preocupe.-

Y acto seguido, salieron pitando a la vez que le daban al claxon.

Bulma, mientras cruzaba los brazos y los veía irse, se preguntaba por qué iban a un campo si ya tenían suficientes animales allí y, sobre todo, por qué llevaban maletas en la parte de atrás del coche.

o-o-o-o

Capítulo nueve: cuando combatas en una montaña, ataca desde arriba hacia abajo y no al revés.

Exacto. Ésa era la mejor táctica posible. La mejor. Había que dar contundencia desde un primer momento. Lo había visto en en mejor brujo de todos: Freezer, el que se volvió invencible sin aún serlo. "El valor del engaño", se dijo a sí mismo rememorando uno de los capítulos anteriores. Aunque dudases de tu fuerza, la duda nunca podía manifestarse.

Lo había aceptado. No supo en qué momento ocurrió pero así había pasado: él había aceptado que a veces había dudado de su fuerza. Su orgullo no dejaba verlo, pero era de ese modo una vez mirado todo desde la distancia y desde esa perspectiva que le daba su desgana. Quizá por eso él pronunciaba palabras altisonantes, para eludir todas esas dudas que su altanería disipaba. Jamás alguien conocería tal pensamiento pero los hechos eran aplastantes.

Otra vez, le vino un repunte: ¿qué demonios decía? ¿De verdad iba a darle la razón a un humano sobre lo que él más conocía? Era un experto en la guerra, en todos sus preparativos y en todas sus consecuencias. Su vida. ¿Quién era ese tipo terrícola para darle lecciones sobre materia bélica?

Soltó el libro desganado. Se estaba equivocando dándole tanta importancia a lo que afirmara un humano. Eso era todo.

Cerró los ojos y esperó que el sueño le venciera.

o-o-o-o

Colgó el teléfono sin creérselo. Estaban en la casa de campo del doctor Maish, eso le había dicho su padre. Y se habían llevado a su pequeño. "Hija, te dijimos qué íbamos al campo a ver animales", le había recordado su progenitor.

Increíble.

Salió de su laboratorio y miró a los lados. ¿Ya era de noche? Siendo verano y que ya hubiera anochecido significaba que era bastante tarde. ¿Qué hora sería?, se preguntó entrando en la cocina. Las diez y veinte de la noche, vio en el reloj de la pared.

Soltó aire realmente cansada. No tenía hambre pero le apetecía beber algo fresco. Un batido de fresa le vendría bien, y si le ponía nata por encima sería aún mejor.

Pese al agotamiento tenía que decir que estaba pletórica. El trabajo estaba yendo realmente bien y ya estaba deseando mostrarle todas sus innovaciones a los altos mandatarios del gobierno y que todos los demás lo comprobasen. Siempre habían dicho que Capsule Corporation no era una empresa comprometida más allá de estarlo con el dinero. Bastardos. Si supieran que a su padre sólo le interesaba crear inventos, si lo conocieran mínimamente, se tragarían sus palabras.

Nunca había sido una corporación mercantil que hubiera recibido un trato justo por parte de la prensa y por ende del público. Los demás recibían con los brazos abiertos cualquier innovación porque sabían que mejoraría su vida cotidiana, pero después sus padres y ella luchaban en contra de las malas opiniones que los tachaban de frívolos y moda pasajera.

Arrugó el gesto al pensar en ello mientras echaba nata sobre su inmenso batido. -Moda pasajera...- masculló. -Una moda pasajera que dura más de treinta años no es una moda pasajera, idiotas.- los llamó a todos como si pudieran escucharle.

Ahora tendrían que retractarse y reconocer lo que ella siempre creyó: que su empresa era la mejor de todo el planeta. Chupó su dedo de la nata sobrante. Sí, tendrían que retractarse ahora que el gobierno le había dado esa oportunidad.

Ella lo tenía claro: acallaría muchas críticas. Es más, tenía pensado crear una fundación para que todas esas bocas se callaran por fin. Ya daba grandes cantidades de dinero a la beneficencia, cosa que antes criticaba a su padre por ser tan generoso, pero ahora ella misma sería la encargada de crear una organización sin ánimo de lucro a la infancia. Todavía no se lo había comentado a su padre pero así haría: ahora que tenía a Trunks sabía que los niños eran lo más importante en el mundo. Obviamente era consciente de ello, sin embargo el ser madre le había creado una sensibilidad superior sobre la infancia.

Sonrió. Sí, todos los niños tendría que conocer una verdadera infancia en la que sólo tenían que preocuparse sobre los juegos que hacer después de aburrirse de otros.

Se giró para coger una pajita entonces fue cuando todo se volvió negro.

o-o-o-o

Capítulo doce: Un gobierno no debe movilizar un ejército por ira, y los jefes militares no deben provocar la guerra por cólera.

Ahí se equivocaba. Era la enésima vez que pasaba sobre ese párrafo y para él era evidente el punto en el que erraba el autor: la ira era necesaria en un saiyajin, es más, sin ella él no se hubiera vuelto supersaiyajin, sin ella todo perdía sentido.

A lo largo de su vida guerrera había podido comprobar que los guerreros que no pertenecían a su etnia no entendían la cólera como un instrumento útil, si no que la interpretaban como parte de una locura momentánea. Pobres ineptos. Obviamente su ira no era como la de él o los suyos, si no una que les hacía sentirse alejados de la cordura.

La cólera era la base saiyajin, la cual tenía que decir que había desaparecido desde hacía bastante tiempo. Siempre estuvo presente en su ser, y constantemente creyó que se debía a su naturaleza. Igual no era del todo cierto: su ira, la ira de un príncipe saiyajin destronado, estaba presente desde hacía mucho más tiempo del que él consideraba, consiguiendo que se convirtiera en lo que los demás estimaran.

El ruido de un golpe le abstrajo de sus pensamientos.

Arrugó el ceño. ¿Qué había sido eso? Al instante, centró su instinto en sentir los ki que desde abajo le llegaban a él como ecos de personas increíblemente débiles.

-Diablos.- murmuró para instintivamente ponerse de pie.

Un momento. ¿Qué era lo que estaba ocurriendo realmente? El ki de ella no se movía de un rincón y otros dos desconocidos, masculinos en este caso, permanecían rondando alrededor de la casa. ¿Era verdad? ¿Estaban dos intrusos en su casa?

Se pegó a la puerta queriendo aproximarse más a la duda. ¿Qué hacían dos tipos extraños allí? Movió rápidamente las pupilas en medio de la habitación. Según había podido atisbar, ellos eran unos privilegiados en aquel planeta. Nunca lo había podido comprobar, pero temía que eso fuera cierto.

No era ninguno de los guerreros amigos de ella y el ki de Bulma estaba alterado como nunca lo había percibido.

Otro golpe. Angostó los ojos. No, no había sido sobre ella si no sobre algunas puertas. ¿Iban a golpearla?

o-o-o-o

No veía nada. Le habían puesto una venda en los ojos y la habían movilizado atada con cuerdas a una silla en el rincón. Trató de zafarse, pero había sido tan rápido que no le había dado tiempo a reaccionar. ¿Qué estaba ocurriendo? No era muy difícil percatarse ni siendo ciega en ese instante.

-¿¡Qué queréis?- bramó. -¿¡Quiénes sois?- Lo último que recordaba era estar a punto de degustar un grandísimo vaso de batido de fresa repleto de nata en su cima.

-Mira tú en aquella habitación mientras yo la llevo a ese famoso laboratorio.- escuchó a su alrededor.

-¡Que sepáis que tengo amigos muy poderosos!- gritó rehecha casi al instante. Eso hacía el tener amigos de las sorpresas tanto buenas como malas: que volviera a su esencia más pronto de lo que otra persona normal lo haría.

-¿Ah, sí?- preguntó con sorna la otra voz. -¿Has escuchado eso, Tushel? Tiene amigos muy poderosos.-

-¡No digas mi nombre, idiota!- le recriminó el primero. -¿Y qué es eso de que tienes amigos muy poderosos, preciosa? ¿Te crees que a nosotros nos importan tus nuevas relaciones con el gobierno?-

¿Quiénes eran esos?, se preguntó Bulma de nuevo. ¿Quiénes eran los que le habían maniatado a la silla en su propia casa y sabían que tenía trabajos pendientes con los mandatarios del planeta cuando un dato así se mantenía absolutamente en secreto por ser materia de defensa?Reaccionó de nuevo como la gran Bulma Briefs que era:

-¡No hablo de ellos, estúpido! ¡Hablo de otros amigos que te patearán el trasero en cuanto se enteren de lo que estás haciendo! ¡Suéltame, ratero miserable!-

Oyó unas risas cercanas y la primera vez que soltó divertido: -¿Has oído eso? Nos ha llamado rateros miserables...-

La peliazul sintió un olor cercano, aroma a putrefacto al salir de una boca directamente sobre su rostro:

-¿Quién me iba a decir que la nueva presidenta de Corporación Cápsula iba a ser tan guapa como aparecía en los periódicos?- inquirió la misma voz grave después de unos segundos.

Si por un instante se asustó, creyó que tendría que usar sus mejores armas: -Mire, señor ladrón, estoy segura de que usted es muy atractivo así que, ¿qué tal si olvidamos esto y me invita a cenar, eh?-

Éste se acercó más a ella consiguiendo lo que pretendía: que ella tratara de apartarse aún más de su rostro. -Con esa venda me apetece hacerte cosas cochinas, preciosa.-

Ahí también salió un repunte de los suyos en el sentido menos coqueta posible: -Atrévete.- le espetó.

Bulma no supo por qué, pero al momento pudo ver lo que le rodeaba: el atracador le había bajado la venda para que lo mirara.

-¿Qué haces?- preguntó el hombre más alejado, un tipo gordo que los miraba estupefactos. -¡Te va a reconocer!-

Entonces volvió a centrarse en el ser despreciable que tenía justo enfrente de sus narices, un joven de pelo fucsia absolutamente horrendo, de cejas juntas y barbilla afilada que le miraba con auténtico interés. -¡Suéltame, feo!- le exigió.

-¿Qué te parece?- preguntó éste. -Preciosa, tus ojos son toda una provocación.-

-¡Céntrate, Tushel!- oyeron desde atrás.

-Oiga, mire, señor ladrón...- comenzó a balbucear la peliazul. -Si quiere, le daré muchas obras de arte que son lo más preciado dentro de esta casa, ¿a que venían buscando eso?- le preguntó volviéndose de nuevo inapropiadamente coqueta: -Podemos llegar a hacer un trato, ¿eh?- Y le guiñó un ojo.

El ratero se rió. -Vaya, y encima eres divertida.- afirmó sonriendo y mostrando dos dientes de oro. -¿Quién iba a decir que con ese cuerpo tendrías sentido del humor?-

Le habían pillado. Como le habían dicho mil veces antes, no sabía mentir. Estaba claro que venían a por sus invenciones. No podía permitirlo. Muchas noches de trabajo se lo impedían: -¡Ya te he visto la cara, despreciable hombre horrendo! ¡Así que no podrás escapar de ésta!-

-¡Ja!- soltó el tipo realmente entretenido por la provocación de la científica. -¿Sabes qué? Tendré que desatarte para que me guíes hacia dónde están esos juguetitos que tan locos están volviendo a todo el mundo.- Acto seguido, se aproximó a su rostro a la vez que ella se separaba asqueada. No podía soportar a los hombres que olían mal.

Le desató de la cuerda y Bulma no tardó ni un instante en querer desaparecer. Se movió rauda sobre la silla y levantándose, quiso echar a correr. La detuvieron:

-No tengas tanta prisa, tienes que llevarme antes a esa habitación donde creáis todos esos inventos.- dijo el del pelo rosa a punto de asirla del cabello.

De repente, vio una sombra cruzar la cocina y aterrizó sobre las baldosas. Vaya, por un instante pensó en que ese tipo tendría suficiente fuerza para poder sostenerla a ella. Cayó al suelo de bruces y se lamentó del golpe:

-¡Ah!- gritó enfurruñada.

Aún tenía el aliento asqueroso de ese tipo dentro de sus fosas nasales. Pero algo le hizo reaccionar: ¿qué había ocurrido para que ella estuviera ahora sobre el suelo y notara que los papeles habían cambiado, al menos por un instante? ¿Qué había sido esa exhalación que había irrumpido en esa pesadilla?

Y entonces lo vio: estaba mirando directamente a los asaltadores, con medio torso doblado dándole el perfil a ella, con su vista afilada y fría, la propia del Príncipe de los Saiyajins ante una amenaza. Lucía tranquilo y expectante a la vez que reflexivo, como si pensara en el mejor método para hacer desparecer a aquellos que habían interrumpido su calma, como si fuera un felino a punto de saltar sobre su presa.

Majestuoso.

-¿¡Quién eres tú!- le inquirió uno de los ladrones acariciándose la mejilla. Juraría que no lo habían tocado, si no que todo su cuerpo sintió una fuerza descomunal que le hizo caer de cara sobre la mesa.

-¡Atácale, Bruce!- gritó el otro malherido sobre el suelo. -¡Destroza a ese maldito hijo de puta!-

Y así lo intentó. Se levantó con la misma barra de hierro con la que asaltó la casa y sin embargo no pudo seguir más allá de dos pasos. Al instante, y sin saber cómo, voló a través de la cocina cayendo sobre la pared sin que ni siquiera le tocara la sombra amenazante. ¿O sí? El golpe le dolió en la espalda, pero el susto no le hacía darse cuenta de que tenía el brazo roto hasta pasados unos ínfimos segundos.

-¡Ah!- gritó del dolor. -¡Me ha roto el brazo, tío, me ha roto el brazo!-

Bulma apretó los ojos ante aquel caos en su cocina. No sólo le estaban atracando si no que Vegeta había aparecido. ¿Para qué? Claramente para ayudarla porque si no, no tenía sentido. Dolorida, dobló su cuello hacia él otra vez. Seguía impertérrito, analizando esa situación que seguramente duraba milésimas de segundo y que para ella eran decenios. ¿Qué iba a hacer? Era un cazador. Lo veía en sus ojos desde aquella distancia. Se había situado de pie justo al lado de ella y desde ahí podía vislumbrar su mirada ahora con más claridad. Había vuelto el guerrero, aunque sólo fuera momentáneamente para socorrerla a ella.

Dobló el cuello hacia los rateros. En ese instante, el que quedaba menos magullado de los dos se pegó a la pared con auténtico terror en en sus iris verdes. Sabía lo que le venía encima.

Y temió por ellos. Se giró hacia él de nuevo para cerciorarse de lo que estaba a punto de ocurrir. ¿Los iba a matar? Si el príncipe había vuelto a su esencia en ese mismo instante eso era lo que iba a pasar por descontado. Lo vio entrecerrar los ojos y sonreír y ahí lo tuvo claro: el felino enseñando los colmillos.

El pequeño bastardo era majestuoso, sí, y también peligroso.

Se removió sobre el suelo y escaló hasta poner su rostro frente al de él. -No, no, Vegeta, no los mates.- le exigió. Porque sabía que él iba a matarlos. Estaba en su naturaleza, ella lo había visto, había visto esa mirada en la suya hacía mucho, mucho tiempo.

Él arrugó el gesto tratando de descifrar aquella petición. Por un momento lució confuso. ¿Era una petición? Más bien parecía una súplica dentro de unos ojos llorosos. Desvió la vista hacia sus futuras víctimas, quejumbrosas y maldiciendo al ser que había aparecido de la nada para destruir su intento de asalto a la casa de una de la familia más importante de la ciudad. Por todos los condenados, si no los había tocado aún. Si por un momento lo dudó, ahora le volvían las ganas de hacerlos desaparecer.

-Vegeta, por favor, por favor, mírame.- escuchó en su oreja.

Movió los ojos hacia ella. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué lloraba así ahora? Esos tipos habían hecho un intento ridículo de robo o cualquier otro delito menor dentro de su casa y ella parecía querer salvar sus miserables vidas. ¿Por qué?

-Vegeta, mírame.- volvió a llamarlo para que se concentrara en su mirada a la vez que sujetaba su rostro con sus manos.

Una excitación momentánea le recorrió el cuerpo. Era tan ridículo todo ese ataque y tan irrisoria sus ganas de lucha que se centró en ella por un instante. ¿Por qué? ¿Era porque estaba teniendo un poco de acción después de tanta apatía? ¿A qué venía eso? Era tan extraño que por un instante miró sus labios. El instinto de supervivencia hizo que sólo fuera durante una milésima de segundo. Vio cómo ella hizo lo mismo clavando la mirada sobre los suyos. Arrugó levemente el gesto y quiso volver a centrarse: unos tipos vulgares trataban de asaltar su casa. Y eso no podía tolerarlo.

Demasiado rápido para pensarlo. Demasiado desesperada por no ver sangre para siquiera razonarlo. Demasiado cerca para no querer estarlo más. Como siempre le pasaba a ella, se dejó llevar. Maldita sea. Maldito saiyajin que le había mirado directamente a la boca por un segundo.

-No los mates, por favor, por favor, no los mates, déjalos ir, por favor.-

Lo abrazó. La desesperación por no ver lo que se suponía que vendría de manos del Príncipe de los Saiyajins hizo que se pegara a él con ansia.

Mientras se perdía en sus ojos azules, que hacía un instante se habían incrustado en los suyos, su mente hizo eco en sus palabras suplicantes. Era una súplica, de eso ya no había duda. Y el aroma de su cuello le caló hasta los huesos. Fijó la vista en el suelo mientras los ladrones salían doloridos como alma que lleva el diablo. Ni los miró. La calidez de sus susurros eran infinitamente más ensordecedores que el hecho estridente de haber vuelto a sentir la llama de una batalla cercana aunque sólo se tratase de dos torpes.

-Vegeta...- musitó Bulma comenzando a sollozar. No sabía por qué lo estaba haciendo. Quizá tenía que ver la tensión acumulada de todos esos días en los que no se había dado a sí misma ni un descanso pero, de repente, ahí estaba: sollozando en su hombro sin consuelo. Y quería más. -Abrázame...-

Volvió a arrugar su rostro con la vista perdida en el suelo. ¿Qué estaba ocurriendo ahí? -Ya han sido derrotados, Bulma, déjame.-

-Abrázame, por favor...- le pedía Bulma entre sollozos.

Y como siempre le pasaba cuando ella se entrometía entre él y su mundo, su mundo podía más mientras viejos olores lo inundaban: -Suéltame, Bulma.-

-No.- musitó ella perdida en su cuello. -Me has salvado.-

¿Le había salvado? No, no había sido ésa la razón: -He salvado la casa.- replicó creyéndose al menos eso, clavado al suelo sin saber por qué su cuerpo se había paralizado. -No quiero que cualquier extraño llegue a donde yo he estado pernoctando.- aseguró tras un segundo de pensamientos extraños. -Suéltame.-

Protestó con la voz de una niña pequeña y la seguridad de una reina: -No quiero, quiero que me abraces.-

¿Abrazar? Por todos los diablos, ¿qué estaba ocurriendo allí? -Los saiyajins no abrazan.- afirmó en el mismo tono bajo.

Tenía que hacerlo, tenía que abrazarle. Después de lo que había hecho sólo quería que cerrara sus fuertes manos alrededor de su cintura. -Abrázame, Vegeta...-

No iba a permitirlo, como tampoco era capaz en ese instante de mover un músculo. -Suél…-

Que la abrazara, sólo le pedía eso. Lo necesitaba: -Por favor, abrázame, por favor, por favor.-

Desorientado y dudoso, justo eso era la parte odiada por todo buen guerrero. -Los…Los saiyajins no abrazamos.-

Apretó los ojos sin creérselo. La había salvado. La había salvado a ella. No había otra razón. -¡Abrázame!- le exigió mientras dejaba caer sus lágrimas sobre su cuello.

El miedo, gran aliado saiyajin, había vuelto a su ser. No iba a pensarlo. Movió su cabeza lo mínimo hacia los lados a la vez que cerraba fuertemente los párpados. No iba a pensarlo. Ni tampoco a dejarse llevar. Sus brazos al aire y dudosos de hacer o no hacer lo que un murmullo demoledor le suplicaba, por un instante cayeron en la trampa y casi la rozaron. No, no podía hacer eso. No podía abrazarla. Demasiadas batallas perdidas en tan poco tiempo. Se removió separándose. No quiso mirarla. Simplemente la quitó y se fue.

o-o-o-o

Se sentó sobre la silla más cercana abrazándose a sí misma. Una serie de imágenes recientemente vividas se sucedieron una detrás de la otra, las mismas de siempre, las que trataba de traducir para poner en orden su maldita mente. No eran las del atraco si no las de su vida con él, las mismas a las que intentaba dar un poco de cordura.

No era cordura lo que necesitaba en ese momento. Sacudió su mente tratando de calmarse. Un atraco, lo mismo que temió siempre tal y como le había repetido a su padre sin cesar desde hacía años, acababa de ocurrir.

Habían entrado en su casa y le habían atracado.

Y él le había ayudado.

Sonrió.

Le importaba.

-Por supuesto que le importo...- susurró para sí.

Y no sólo eso, si no que lo había hecho cuando la lucha la había apartado de su vida. Volvió a sonreír sorbiendo la pena para al instante fruncir el ceño. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué no podía dejar de llorar? ¿Tanto estrés había tenido? ¿O tenía más bien que ver con él?

No tenía ni idea. Lo que estaba claro era que los grandes hechos le hacían centrarse, aunque fuera inconscientemente. Justo después de Freezer su visión de la vida cambió y lo notó dentro de sí, como si en ese instante pudiera ver cosas que antes estaban ocultas, o al menos percatarse de que existían pese a no dilucidarlas y darles forma del todo. Ahora, después de Célula, volvía a ocurrir sólo que actualmente tenía la capacidad de darse cuenta de ello por no ser novedoso. Ya era madre, tenía a Trunks y habían vencido a la peor amenaza que había visto jamás. Jamás. De eso sí era consciente porque conocía al Doctor Gero después de haberlo investigado, un científico igual que ella pero abducido por el mal. Era más que evidente que cualquier cosa que surgiera de él sería algo realmente peligroso. Así fue: Célula superaba tanto en fuerza a Freezer que ni existiendo tres superguerreros pudieron con él.

Y eso hubiera causado estrés hasta a los mismísimos dioses, así que a Bulma Briefs también.

Pero ella siempre se rehacía, se buscaba a sí misma y se encontraba aunque fuera mirando a un hombre con los ojos más negros que el fin del universo. Pese a las dudas, nunca fue tan Bulma Briefs como en esos instantes. Ser madre y la presidenta de la empresa más importante del mundo hacían que tuviera que pasar por ese nerviosismo. Por muchas aventuras que le ocurrieran en la vida, ahora estaba sola, sin Goku y sin ninguno de los otros muchachos. No era la primera vez que se sintió de ese modo. En un mundo lejano y habitado por seres verdes le había ocurrido igual: el mismo sentimiento, la misma emoción que le ronroneaba por dentro en el silencio.

O igual no tanto. Vegeta le había salvado.

Maldita sea, ¿por qué sonreía sin parar de llorar?

No quería estar sola. Quería estar con él.

o-o-o-o

Entró dentro de su habitación aún con el gesto preocupado. ¿Qué había pasado? Había sido todo muy rápido. O quizá no tanto, pero no podía permitir que unos simples rateros asaltaran aquella casa. Hubiera sido una vergüenza con él dentro.

¿Con él dentro? Mierda, cualquiera que se enterara de lo que había ocurrido y lo conociera a él, se reiría con toda la razón.

¿O no? Ésa era su casa. Perdida en un mundo idílico y lejano a cualquier otro que hubiera conocido pero era su casa, como aquel era su libro o aquellas eran sus sábanas. Cuestión de pertenencia, se dijo. Sólo eso. Y cualquiera tendría que entenderlo. O si no, se lo haría entender.

¿Qué diablos había pasado? ¿Realmente la había salvado de un atraco? Era un ataque absurdo pero su mente sólo vio cálculos guerreros: ella era demasiado débil para los dos idiotas que habían llevado a cabo ese ridículo intento de robo. Y entonces fue cuando salió de sus aposentos.

Malditos olores que le habían llegado hasta la base del estómago. ¿Realmente iba a abrazarla? No, eso hubiera sido como sentir pena por ella y esa mujer era la persona más lejana por la que alguna vez pudiera haber sentido algo así.

¿Entonces por qué lloraba mientras se lo suplicaba?

Se echó sobre la cama sin poder relajarse. No se lo podía creer: había reaccionado para echarle una mano. Increíble. La dejó morir y ahora la salvaba, exactamente igual que con su vástago. Arrugó el ceño y se ofuscó: la lógica volvía a fallar, y ahora no era por los actos de otro si no por los suyos propios. Lo que los demás vieron cuando un ataque de ira le provocó querer salvar a su chico, ahora lo estaba percibiendo de nuevo al haberla salvado. Demasiada vergüenza expuesta en muy poco tiempo.

-Maldito planeta...- masculló tratando de concentrarse en dormir y no volver a pensar en ello.

Fue imposible. Se tensó aún más acomodándose con los codos sobre la cama. Aguantó la respiración y miró hacia la puerta concentrado. Ella estaba al otro lado e iba a entrar.

¿¡Pero qué demonios me pasa!, se gritó a sí mismo. Podía soportar toda la porquería de estar sin pelear porque realmente estaba desganado pero verse a sí mismo tan cambiado le producía un asco inmenso, insufrible. Se repudiaba a sí mismo. Ése no tenía que ser él. Él no tendría que estar pasando por algo tan absurdo. Centró de nuevo la vista en la puerta y ésta se abrió. Le fijó los ojos favorecido por la oscuridad de sus aposentos.

o-o-o-o

Apenas podía ver nada pero se adentró en su habitación. La poca luz que entraba por la ventana sólo le hacían divisar su silueta a medio recostar sobre la cama.

-¿Qué haces?- escuchó en un murmullo serio.

Respiró hondo antes de contestar avanzando unos metros: -No quiero dormir sola.-

-Vete de aquí.- le exigió sin moverse lo más mínimo, o al menos era lo que ella podía vislumbrar, que él no se había movido ni un milímetro de esa postura tensa.

No pudo aguantar que un sollozo le saliera de dentro de las entrañas: -Vegeta, no quiero...-

-No empieces a llorar, Bulma.- le ordenó casi gritándolo. Detestaba oírla lloriquear.

-¡Pero es que no puedo evitarlo!- exclamó ella aguando sus mejillas y quieta al lado de la cama. -¡Mírame! No sé qué me pasa pero no quiero dormir sola hoy, Vegeta, no quiero, sólo quiero no sentirme así, y si me voy a mi habitación no voy a poder dormir y creo que me voy a volver loca en este estado y no puedo permitirme volverme loca ahora porque tengo un hijo y...-

-Ah, ya, cállate.- ordenó aburrido al no poder soportar más su verborrea.

De poco sirvió. Los hipidos de ella se volvieron más sonoros. Estaba a punto de darle un ataque de nervios. -Pero es que yo...-

-No llores, Bulma.- masculló revolviéndose por dentro. No fue un consuelo, fue un mandato explícito.

¿Qué podía hacer? ¿Iba a irse y dejarla allí permitiéndole volverse más loca de lo que ya estaba? Obviamente en otro tiempo así habría actuado, es más, hasta le habría hecho gracia aquello. Sin embargo, sus lágrimas eran reales y a fin de cuentas sólo estaba asustada. Tampoco era tan grave. Únicamente tenía que apartarse un poco y que ella durmiera a su lado. Maldita mujer extraña. Podía ir a otro mundo y mirar a los ojos a Freezer. Podía coger a su niño pequeño y no dudar en acercarse a ver a los androides que en otro tiempo resquebrajaron su vida. Y sin embargo se volvía frágil frente a dos simples rateros. Otra vez la lógica que fallaba. Y las fuerzas también.

-¿Vas a dejar de llorar?- le preguntó.

Lo entendió al instante: si dejaba de sollozar, él le dejaría quedarse. Afirmó con la cabeza incapaz de abrir la boca y segura de que él habría visto su gesto.

El silencio los rodeó por instantes, él no queriendo darle importancia y ella deseando que diera alguna señal. Finalmente, la dio: se echó sobre la cama y bufó.

-Bah.-

¿Qué había sido eso? ¿Había sido un sí? Dio los pasos suficientes y él no hizo ni dijo nada. Se inclinó sobre la cama y no pudo afirmar si la había mirado o tenía los ojos cerrados.

Lo único que necesitaba era dormir. No quería nada más de él. Sólo dormir acompañada.

Separó las sábanas y se echó sobre la cama con lentitud. Ni lo oía respirar. Se movió lo mínimo y quedó boca arriba, tratando de calmar sus hipidos. Los dos estaban en la misma postura y dobló la vista a un lado. Demasiado oscuro pero pasados dos segundos pudo vislumbrar su perfil.

Siempre le gustó su nariz.

-Duérmete.- le exigió harto de tanto estudio. Si ella creía que no era consciente de que lo estaba mirando, es que no lo conocía.

-Sí.- musitó ella girando su cuerpo en contra de él.

Ambos sabían que aquello estaba resultado extremadamente raro y la vez confuso, tanto como que la cabeza de ambos daba vueltas en recuerdos y olores extraños. Él maldijo su olfato y creyó que lo mejor que podía hacer era dejar volar su mente en lo que le tuviera preparado para esa noche. Si hacía mucho había decidido que no iba a pensar, no iba a ser ahora por esa puntualidad cuando iba a dejar atrás esa costumbre. Ella, por su parte, se dejó reconfortar por el calor que él emanaba y la desazón le hizo adormecerse antes de que pudiera razonar más. ¿De verdad iban sólo a dormir?

Sí, y aquello le gustaba.

-Gracias.- susurró de espaldas a él.

No le contestó. Ni tampoco protestó. También se estaba quedando dormido.

o-o-o-o

No paraba de reírse y él quería matarla.

-¡Tú ya lo sabías!- le gritó señalándola. -¡Has sido tú la que ha puesto ese maldito gusano en mi cámara de gravedad!- inquirió uniendo las piezas del puzle.

Entre carcajadas, se justificó: -¡No lo sabía!- le corrigió moviendo a los lados su pelo azul. -Pero tenía que comprobarlo con mis propios ojos y ahora me has despejado todas las dudas.- dijo volviéndole las risas.

-¡Maldita mujer retorcida!- se exaltó estirando su cuerpo. -¿¡Y por qué no me lo preguntas antes de hacer de las tuyas!-

-¡Pues porque me lo habrías negado!- exclamó. Al instante, retornaron las carcajadas sonoras. -¡Y la cara que has puesto ha sido impagable!- explicó mientras lo veía irse enojado. Quiso impedírselo: -Oh, venga, no te vayas...- le pidió cogiéndole del brazo. -Te prometo que dejaré que me castigues.-

Él miró su mano asida a su brazo y levantó una ceja al escuchar aquello. Era bastante prometedor. -¿Un castigo?- preguntó encantado con la idea. No. Al instante se rehizo: -¿Dónde está la trampa?- quiso saber entrecerrando los ojos.

Ella le abrazó por la espalda. -No hay trampa, te lo prometo.- le murmuró en la oreja para al instante morderla. -Podrás hacerme lo que quieras...- musitó en el mismo tono notándolo destensarse. Mientras que lo besaba la nuca y el cuello, él cerró los ojos concentrándose en ese momento placentero. Y entonces ella acabó la frase: -Seré un simple gusano en tus manos...-

Ahí estaba la trampa. Y también las carcajadas de ella, la mujer con la lengua más viperina del cosmos.

Gruñó, se giró y la tomó de las piernas para colgarla a su hombro. La muy manipuladora iba a recibir su merecido. Se la llevó directa a la pequeña habitación de la nave seguro de que haría desaparecer las risas.

Parpadeó tres veces hasta que la luz del sol le hizo querer mirar hacia el lado contrario de la ventana. Volvió a cerrar los ojos para abrirlos con lentitud, como si toda la orilla de un mar le pesara dentro. Le costó percatarse de que aquello había sido un sueño, más bien un recuerdo perdido en su memoria y perteneciente al tiempo en el que estuvo viviendo en aquella casa. El primer tiempo. Rememoró cómo efectivamente consiguió que se le fueran las risas después de tener sexo brusco sobre la cama de la cámara. Era increíble el aguante de esa mujer, tanto como lo mucho que disfrutaban juntos haciendo algo que a él siempre le causaba inquietud y malestar a pesar de que los instintos saiyajins le empujaran a ello. No era que se relajara del todo, pero tenía que reconocer que lo pasaban bien. Más que bien.

La luz que chirriaba en sus párpados le hizo mirar hacia abajo, allí donde notaba un peso sobre su pecho.

Aguantó la respiración al verla dormida y aferrada a él. Su corto pelo azul se esparcía en pequeñas porciones sobre su torso haciendo su cara poco visible desde esa perspectiva.

¿Pero qué...?

Perdió la vista queriendo recordar la noche de ayer. El ridículo intento de atraco y en cómo ella lloraba atada a su cuello exactamente igual a como estaba ahora sobre su pecho: sin soltarlo, sin quererlo soltar aun luciendo más frágil y vulnerable que nunca. Trató de moverse un poco para salir de allí por ese leve pánico que le produjeron esos olores cercanos. Hacía tanto que no le calaban hasta el nacimiento de la nariz que por un momento pensó en apartarla.

Pero no lo hizo. La volvió a mirar y plegó la frente. Las dudas le hicieron quedarse allí sin saber qué hacer. Como un lelo, como un soldado desarmado deseando parar el tiempo y mantener para siempre ese último instante ante la certeza de que va a caer muerto.

Fue verla abrir los ojos y contactar con los suyos, y Vegeta hubiera jurado que escuchó tambores de guerra.

o-o-o-o

Se despertó con un sonido extraño, acelerado, retumbando en su oído. Tragó saliva y se removió un poco sobre su apoyo, más duro de lo normal. Una tela blanca que subía y bajaba a un ritmo inusual consiguió que cerrara los ojos una y otra vez hasta adecuarse al entorno. Bien conocía ese calor. Puso la mano en el pecho de él para hacerse a la idea. Imágenes de ayer inundaron su mente.

No quería mirarlo. Quizá fue el pánico de saber que si él despertaba, aquel momento se esparciría hasta diluirse en lo que pudo ser y nunca fue, como tantos otros.

"Pero él me dejó quedarme..", se dijo a sí misma pasando los dedos sobre su torso. Volvió a concentrarse en el ruido apresurado, raudo y casi renqueante.

Fijó los ojos en la camiseta blanca como si éstos pudieran escuchar el sonido de un corazón acelerado.

Tambores. Izó la vista y lo vio clavándole la mirada.

Ni pudo, ni quiso contenerse. Los ojos de él titilaban en dudas y ella se las iba a resolver.

o-o-o-o

Un beso.

Un beso y otro, y otro. Y entonces se volvieron a mirar. Otro beso. Uno más y ya se estaban acomodando sobre la cama. Otro beso y él se deshizo de la camiseta blanca. Se echó sobre ella para subirle la suya. Comenzó a oler la barriga mientras Bulma luchaba entre él y las sábanas para arrebatarse a sí misma la piel sobrante. Le cogió del rostro para alzarlo hacia ella y que se volvieran a besar. La dejó. Un beso, y otro. Le tiró de la camiseta y se la sacó por los brazos. Ella ya estaba desabrochándole a él los pantalones y tirando de ellos hacia abajo con sus piernas.

Ansiedad. Él sobre ella a medio desvestir y ella moviéndose debajo. Él dándose un respiro para observarla y ella dejándose analizar. Siempre supo que le encantaban sus pechos.

Otro beso. Más ansiedad. Más tiempo, no sabían bien si para para degustarlo o arrepentirse. No lo dejaría. Lo volvió a tomar del rostro. Más besos.

-Bulma...- susurró en un suspiro moviéndose entre telas. Tres años, más de tres años así. Su viaje al espacio y luego el Rincón del Alma y del Tiempo. Tres malditos años para nada. Para nada. Lo mismo que era él, nadie. O peor, un mediocre.

Y paró.

Se apartó de ella irguiéndose sobre la cama. Pero ella no lo dejó.

-No.- sentenció Bulma al verlo aturdido. No podía dejarlo ir ahora. Maldita sea, no, no cuando él le había demostrado con hechos que le importaba. Aferró su cara entre sus blancas manos mirándolo a los ojos. Musitó clamando justicia: -No-. Y volvió a besarlo.

Apretó los dientes perdiéndose en un mar azul. Tres años. Devolvió el beso, y otro y otro más. Otra vez ella entre la cama y él. Fricción, suspiros, caricias y vuelta a los ojos. Silencio y quietud. Beso dulce y dudas. Fuera las dudas y fuera la ropa.

-Vegeta...- musitó mientras le acariciaba la espalda y se movía buscando la postura. Ayer se sentía terriblemente mal y ahora no había ninguna emoción más lejana al frío que la que ella percibía por todo su cuerpo. Qué bien le vendría cualquier cosa que fuera a ocurrir sobre esa cama. Luego lo pensaría, ahora no. Ya estaba todo hecho y nada dicho. No habría rencores consigo misma: él la había salvado.

Le sacó un pecho del sujetador amasándolo sin ningún pudor y oyó cómo surgía de él algo parecido a un gruñido hambriento. Sonrió y le levantó el rostro para volver a besarlo.

Beso profundo, húmedo, hasta el final. Más. Quejidos y crujir de sábanas. Más caricias y más piel expuesta. Lo quería todo de él y él estaba a punto de dárselo. A punto.

Un rayo violeta cruzó una mente con claroscuros. Y de nuevo él se separó.

-¡No!- gritó ella queriendo incorporarse para no volverlo a perder.

-Quieta.- le ordenó él inmovilizándola sobre las sábanas con el brazo estirado.

Fue verlo concentrado mirando hacia el balcón y supo que había acabado todo. Con la respiración entrecortada, ajustó su oído a la realidad y escuchó el ruido de un motor en el jardín, aunque desde ahí sólo acertaba a ver el baile violento y artificial de las ramas de los árboles.

-¿Qué ocurre?- preguntó moviendo sus ojos de él al ventanal.

Lo vio incorporarse de pie sobre el suelo sin apartar la vista del balcón. -Trunks.- contestó Vegeta. -Ha vuelto.-

-¿Trunks?-

o-o-o-o

No avanzaba. Ni siquiera iba hacia atrás pese a que para cualquier mente normal eso era lo que quizá debería hacer una máquina que viaja en el tiempo y además se dirigía hacia el pasado. En todos sus viajes le acompañaban haces de luz que cruzaban el espacio oscuro y por la dirección de éstos que se perdían en los lados acristalados podría decir que avanzaba, pero no era así. Cuando empezaban a tiznarse de colores vibrantes y brillantes era cuando sabía que andaba cerca de su meta. Entonces se iba formando a su alrededor un paisaje, un cuadro que a medida que los haces de luz se estancaban en la negrura iban dibujando una paleta de figuras inconexas que finalmente adoptaban la forma del sitio al que acababa de llegar.

Cuando la realidad lo saludaba desde fuera demostrando su viveza, su natural movimiento, era cuando sabía que había arribado a su destino. El pasado. Capsule Corporation. Una serie de cúpulas que pululaban alrededor de una gigantesca central y un montón de animales que lo miraban como si fuera un intruso innecesario. Sonrió.

El motor paró y las ramas de los árboles volvieron a la templanza. Abrió la compuerta y respiró el apacible ambiente. Ah, le encantaba el pasado, tanto como sabía que le iba a gustar su futuro. Saltó al césped y oteó el ambiente. Enseguida sintió el inmenso ki de su padre, pero ¿dónde?

-¡Hola, Trunks! ¡Has vuelto! ¡Qué alegría!-

Miró hacia arriba y casi se cayó de la impresión. Su madre le saludaba desde el balcón de su habitación sólo tapada con ropa interior. Bien, eso no era tan raro como encontrarse detrás a su padre en igual situación, aunque su rostro estaba lejos de mostrar cualquier emoción que no fuera desconfianza. ¿Pero qué hacían los dos casi desnudos y juntos? No supo si sonreír por lo evidente o querer salir de allí de nuevo en la nave.

-¡Hola, mamá!-

El instinto de supervivencia ganó: prefirió pasar a la casa por la entrada al jardín en vez de subir volando a saludarlos.

o-o-o-o

-Bulma, tápate.- protestó el príncipe por lo bajo.

Cuando vio a su hijo perderse por la puerta de la cocina fue cuando reaccionó. -¡Es Trunks, Vegeta! ¡Ha vuelto!- exclamó feliz entrando de nuevo en la habitación y cogiendo apresuradamente la bata.

-Ya sé que ha vuelto, no hay que formar un escándalo por eso.- profirió aún molesto viéndola revolotear por la habitación buscando las zapatillas.

-¡Seguro que ha derrotado a los androides! ¡Ay! ¡Qué alegría!- Y salió disparada por la puerta. Cuando ya iba por el pasillo volvió a entrar en el cuarto. -¿No vienes?- le preguntó asomando su cabeza por la puerta.

Él permanecía inmóvil apoyado en la pared. No le contestó.

Ella sonrió. -Oh, vamos, ¿no estarás enfadado porque nos ha interrumpido, no?- le cuestionó en todo de mofa.

Esa mujer era imposible. Gruñó y miró hacia otro lado. -No.-

Lo estudió y casi se vio tentada a entrar de nuevo en la habitación. -Y tampoco porque nos haya visto así a los dos, ¿verdad?-

¿Se estaba burlando de él? Esta vez sí alzó la vista hacia ella y angostó los ojos. -¿Tú no tenías prisa por ir a verlo?- preguntó con desdén.

Retornó a sonreírle levantando levemente los hombros, como si escondiera una carcajada en la garganta. La vio girarse y fue como si le hubiese leído la mente. De nuevo, ella volteó su cuerpo hacia él y anduvo con avance lento. Inconscientemente, él se estiró tratando de poner más distancia, imposible por la pared de detrás. La miró con sospecha.

-¿Qué? ¿No te ibas?- le preguntó.

-No lo pienses mucho, ¿vale?- le recomendó a escasos centímetros.

Frunció el ceño. -¿Que no piense el qué?- quiso saber el príncipe.

-Pues esto, lo que estaba ocurriendo en la cama.- le aclaró ella sonriente.

Le dedicó un gesto de esos tan altaneros: levantó levemente la barbilla y volvió a mirar hacia otro lado. Efectivamente, parecía como si le hubiera leído la mente. -No estaba ocurriendo nada.-

Y pasó lo que él esperaba: se acercó más y le dio un beso en la mejilla. Inspiró sintiéndose como un tonto y la miró por un instante sin mover el cuello.

-Lo que tú digas.- terminó por decir Bulma a la vez que se giraba para salir por fin de allí, eso sí, moviendo las caderas con esa melodía que él bien conocía. Para sorpresa de él, viró un poco la cabeza dándole a entender que sabía que la estaba estudiando. Le guiñó un ojo y concluyó: -No tardes en bajar, Vegeta, seguro que tiene muchas ganas de contarte cómo derrotó a los cyborgs.-

Cuando miró hacia la puerta Bulma ya no estaba. Escuchó sus pasos acelerados por el pasillo y bufó. Estaba molesto, sí, y la razón por lo visto ella bien la conocía.

Aunque había más.

o-o-o-o

En cuanto abrió la puerta de la cocina, se extrañó al ver ese desastre: un vaso roto, líquido rosa que había caído en ristre sobre la encimera, dos cuadros removidos y la mesa gigantesca que reinaba en aquella habitación caída a un lado. ¿Qué había pasado ahí? Puso la mesa en su sitio estudiando las posibilidades. Sólo sentía el ki de sus padres en la casa por lo que había tenido que ser cosa de ellos dos y nadie más. ¿Así se peleaban cuando él no estaba?

Una vez, en Kame House esperando a Célula, oyó un comentario inapropiado de Oolong acerca de sus padres: "No sé de qué os extrañáis", les decía a los allí congregados, "la pregunta no es por qué se han liado Bulma y Vegeta si no cuántas camas habrán destrozado". Él estaba en otra habitación pero lo escuchó con nitidez, al igual que el sartenazo que Chichí le propinó al cerdo. Movió su cabeza hacia los lados. Eso era asqueroso, sin embargo, si lo unía con el panorama que le había recibido no hacía ni un minuto hicieron que su mente fuera rápida uniendo piezas. Quitó las manos rápidamente de la mesa como si ésta quemara y se separó de ella obligando a su cerebro a no reflexionar sobre algo que un hijo jamás tendría que pensar. Todo se fue en cuanto sintió el ki de su madre bajar apresurada:

-¡Hijo!-

Se giró para recibirla. -¡Hola, mamá!-

-¡Qué guapo estás!- exclamó ella acercándose a él. -Déjame que te vea.- le pidió mientras daba vueltas a su alrededor.

-Estoy bien, mamá, de hecho más que bien.- le aclaró él entre risas a la vez que se quitaba la espada de su espalda y la dejaba sobre una de las sillas.

-Sí, es cierto.- dijo Bulma cogiéndole de los brazos. -¡Estás feliz!- casi gritó. No pudo evitarlo, incluso podía respirarse esa felicidad que su hijo supuraba por sus poros. Desde la primera vez que lo vio, ese chico rezumaba tristeza y ella podía haber dado todo su mundo porque nunca hubiera tenido que soportar lo que soportó para cargar con esa pena constante. -Aunque sea con ese pelo tuyo largo.-

Él volvió a reír y a centrarse en lo que le interesaba: -Sí, estoy feliz, mamá, derroté a los androides.- explicó. -Todo ha acabado por fin.-

-¡Ja!- bramó su madre. -¡Estaba segura de que lo harías! ¡Ahora eres todo un héroe!-

-No, no.- le llevó la contraria su hijo. -Nadie sabe en el futuro que he sido yo quien los ha hecho desaparecer.- comentó despreocupado mientras observaba su alrededor. Siempre se quedaba atontado mirando esa casa, como si quisiera memorizar cada detalle para luego materializarlo en su tiempo.

-¿¡Cómo que nadie lo sabe?- le preguntó ella tratando de mantener sobre sí toda su atención. -El mundo entero tiene que saber que tú les has salvado, hijo.- quiso hacerle razonar mientras se sentaba en una silla y separaba otra para que él tomara asiento.

-Bueno, mi madre y yo hemos querido mantener mi autoría en el anonimato.- dijo sentándose a su lado. Por fin, se centró en ella, la cual le miraba sonriente como si hubiera caído en algún tema que a él se le había escapado. -¿Qué?- cuestionó.

-Qué bien hablas.- le aclaró. -Seguro que insistí mucho en tu formación, ¿verdad?-

Él retornó a sonreír tímidamente, sabiendo que lo que esa mujer presumida quería escuchar era que había sido una buena madre, la madre del salvador del mundo futuro. -Por supuesto, la casa está plagada de libros del abuelo y tú te pasaban horas enseñándome matemáticas y otras cosas.-

Ella rió encantada al escuchar eso. -¡Lo sabía!- exclamó. -Voy a ser una madre excepcional.- comentó más para sí que para él. No sabía por qué, pero su mayor temor era no estar a la altura de lo que había logrado la otra Bulma. Igual no era justo y le pasaba a todas las madres, pero realmente le aterrorizaba pensar que alguna vez su hijo le pudiera echar en cara algo, cualquier cosa. -Pero volvamos a lo importante, Trunks, ¡cuéntamelo todo! ¿Qué pasó con Célula?-

-Más te vale que no se te haya olvidado y hayas cumplido con la obligación de aniquilarlo después de las chatarras.- escucharon desde atrás.

Los dos movieron su cuello hacia él. Trunks, al momento, se puso nervioso: -Hola, papá.- balbuceó irguiéndose y poniéndose de pie. Le parecía mentira que después de superar la pesadilla de su vida, ese hombre le pusiera aún tenso.

-Y dime.- continuó el príncipe sin moverse de su postura de brazos cruzados sobre la pared. -¿Acabaste o no acabaste con Célula?-

Su hijo levantó la barbilla visiblemente orgulloso: -Por supuesto.- respondió. Su madre lo miró con igual emoción. -Antes de montarme en la nave y venir hacia acá quiso sorprenderme pero finalmente fui yo el que le sorprendió.- afirmó doblando el borde del labio.

Vegeta, tras estar unos segundos estudiándolo, pareció relajarse y se dirigió a la nevera: -No presumas tanto, chico, sin estar perfeccionado hasta un bebé podría haber derrotado a Célula.-

Trunks al instante se sintió ridículo y fue su madre la que le recriminó su actitud:

-¡Eh!- lo llamó. -¡No le digas eso a tu hijo! ¡Él ha acabado con los androides y ahora su vida será completamente distinta! ¿Es que no te alegras por él?- le preguntó enfurecida viéndolo sentarse en el extremo de la mesa llevando en una mano una manzana. La estaba ignorando por completo.

-Cuéntame la batalla.- le exigió al pelilila.

Éste miró a su madre un poco dudoso. ¿No iba él a hacerle caso a ella?

Bulma cruzó sus brazos y bufó. Por lo visto, ahora no iba a sacarle ni una maldita explicación de por qué había sido tan duro, sin embargo, lo realmente importante era que estaba interesado en su hijo, en lo que éste podía contarle sobre la pelea entre los androides. Se extrañó al no escuchar a su hijo comenzar a hablar: -¿Por qué no empiezas, Trunks?- le preguntó sin entenderlo.

Ahora sí que se sentía confundido. Su madre había sido ignorada por su padre pero ésta no parecía mínimamente molesta, si no que se preguntaba por qué él no le hacía caso al príncipe. ¿Se aceptaban el uno al otro con esa naturalidad? Eso sí que era toda una novedad y no lo que él estaba a punto de relatar.

-Bueno, en cuanto volví quise ir a buscarlos y...- Dudó de nuevo. ¿Iban a estar los dos ahí atravesándolo con la mirada? Por lo visto sí porque no la apartaban. -Fui a buscarlos después de ir a saludar a mi madre para que viera que estoy bien y...-

-Al grano.- le interrumpió su padre.

-¡Vegeta!- le inquirió a éste su madre. -Déjale explicarse.-

El príncipe chistó pero, esta vez, él tampoco replicó o protestó si no que se mantuvo mudo mirándole a él con la misma intensidad de antes, esperando que comenzara de una vez su historia.

Increíble, se dijo Trunks. Inspiró aire e inició el relato del fin de su pesadilla.

o-o-o-o

-¿Entonces te quedaste allí seis meses después de derrotar a Célula?- le preguntó su madre sin entender ese punto.

-Sí.- respondió su hijo. -Era necesario, ¿sabes? Mi madre insistió en que me fuera cuanto antes a veros pero yo quise quedarme con ella para ver...-

-...Para ver cómo este mundo volvía a ser el de antes.- terminó la frase su padre muy seguro de que había acertado en su suposición, a la vez que cogía la espada colgando del respaldo de su silla.

-Bueno...- No estaba muy seguro de querer corregirle pero así lo hizo: -Nunca volverá a ser el de antes pero sí que quería ver cómo reaccionaban todos al saber que los androides habían sido vencidos.-

Vegeta dejó de estudiar la espada y lo miró como si no creyera lo que acababa de oír. Por lo visto, sólo soportaba las correcciones de Bulma, pensó Trunks.

-¿Y cómo se dieron cuenta de que ya no estaban esos robots?- quiso saber la peliazul ignorando esa pequeña tensión entre padre e hijo.

-Eso fue lo mejor de todo.- comentó Trunks una pizca emocionado. -Los días pasaban y no había ataques, y sin saber por qué en la ciudad surgió el rumor de que los androides habían sido vencidos por un ser que desprendía una luz dorada, El Salvador mandado por los dioses, según le llamaban. Algunos aún son reacios a creérselo y siguen apaciguados pero otros han comenzado a salir sin temor a las calles y a arreglar sus casas... ¡incluso ahora veo campos sembrados de trigo!- exclamó visiblemente emocionado. Al instante, alzó la vista hacia su padre que lo miraba con auténtico interés. -Perdón.- soltó avergonzado. Obviamente, al príncipe no le gustaban esos detalles.

-¡Ni perdón ni ocho cuartos!- bramó su madre. -Me alegro mucho por ti, hijo, ahora todo será distinto, ¿no es así?-

-Sí, ahora mi madre está empeñada en crear un partido político.- explicó.

-¡Oh!- exclamó Bulma sorprendida. -Siempre supe que sería una gran gobernante.- añadió imaginándose en el poder.

El chasquido de Vegeta con la boca, sin moverse del borde de la mesa, lo hizo mirarlo arrugando el ceño.

-¿¡Qué tienes que decir, eh? ¿¡Acaso crees que no hubiera sido una gran reina!- preguntó realmente intrigada por aquella afirmación. Ni que ella hubiera pensado ser reina en algún instante, aunque si se paraba en ese punto estaba segura de que lo conseguiría sólo proponiéndoselo. -¡Mira quien habla!-

Su padre bufó y él se puso de pie tratando de calmar los ánimos. -Bueno, ¿y dónde están los abuelos?- quiso saber.

Sus progenitores mantuvieron las miradas el uno sobre el otro por segundos. Si en algún momento su madre hubiera decidido matar al príncipe, Trunks no dudó de que sería en ese instante. Por fortuna, ella pareció calmarse a la vez que su padre se cruzaba de brazos y piernas:

-Se han ido con Trunks a pasar el fin de semana al campo.- contestó. -¿No es increíble?-

-Sí, sí, increíble, mamá, increíble.- soltó el pelilila entendiendo a sus abuelos: si tenían que escuchar esos gritos, él no les culpaba por haber querido desaparecer.

-¡Y dicen que querían enseñarle animales!- exclamó molesta su madre mirando de soslayo a su padre. -Como si no tuvieran suficientes aquí en la casa...- protestó por lo bajo.

Vegeta angostó los ojos devolviéndole la misma mirada. ¿Lo había llamado animal?

-Creo que voy a ir a ver a Gohan.- comentó su hijo preguntándose qué le estaba pasando por la cabeza a la peliazul. Si pensaba ir a por el príncipe, no parecía un buen momento por cómo se había ido de la habitación. -Mamá.- la llamó. -¿Quieres venir conmigo?-

-¿Qué?- Bulma volvió de sus anhelos asesinos. -¿Tan pronto?- se extrañó. -Ay, no, de ninguna de las maneras.- se quejó acercándose a él. -Quédate aquí con tu padre mientras yo hago algunas llamadas, ¿te parece?- le pidió con una sonrisa. -Creo que tenéis mucho de lo que hablar, ¿a que sí?- preguntó rodeando la mesa y yendo sinuosa directa al príncipe.

Odiaba ese tono. Era el tono que utilizaba ella siempre que quería algo de él. La siguió con los ojos hasta que ella se situó de pie a sus espaldas. Miró su mano blanca en su hombro. ¿Qué hacía ahí esa mano? Sabía que no se iba a ir de allí así como así, si no que iba a realizar algo propio de ella. ¿Suave otra vez?

Y entonces vio aparecer su rostro por el lado contrario. No pudo reaccionar. Ella le plantó un beso corto en la boca y él se quedó paralizado. ¿Qué? ¿Lo había besado? ¿Y delante de su hijo?Por si fuera poco, y abstraído aún en la vergüenza que sintió, vio cómo ella retornó a girar medio cuerpo y a guiñarle el ojo. ¿Cómo se había atrevido a hacer algo así? Notó todo su cuerpo encenderse y echó un vistazo a su hijo que sonreía a su madre con su soporífera timidez. ¿Es que él creía que...? ¿Y ella también?

Hizo lo que tenía que hacer: se pasó el puño por la boca esperando a que ella lo viera. No era capaz ni de hablar en ese instante. Bah. No iba a pensarlo. Luego trataría con ella ese tema. Tenía que quedar absolutamente claro.

Cuando Trunks vio a su madre besar a su padre con toda su osadía se quedó mudo y por un instante bajó la vista avergonzado. La izó. Que no hubieran surgido gritos de todo aquello era rarísimo y quería comprobar el rostro que su progenitor tendría. ¿Para él sería normal? Por la cara que había puesto, no lo era. Nunca antes lo había visto tan incómodo. Era como si estuviera a punto de estallar por el color sonrosado de sus mejillas.

Y si aquello tenía un punto divertido, éste se fue cuando vio cómo el príncipe se limpiaba el beso en la boca con el puño.

-¿Por qué has hecho eso?- En cuanto la cuestión salió disparada de su boca, quiso tragarse sus palabras.

La mirada de su padre fue heladora. Con su frente arrugada, lo miró tan enfadado como asombrado por aquella pregunta para, tras unos instantes que a Trunks le parecieron eternos, soltar su soplido corto característico y doblar su cuello a un lado.

¿Que por qué había hecho eso? ¿Realmente se refería al beso de Bulma y a cómo él se lo había quitado con la mano? Era surrealista toda esa mañana, tanto como lo estaba siendo su vida desde que llegó a ese planeta. -Habla de algo que nos interese a los dos, chico.- dijo Vegeta zanjando ese tema. -Y dime por qué siempre llevas este arma.- Acto seguido, cogió sin mirar la espada de su hijo analizándola minuciosamente.

Trunks no supo por un momento de qué estaba hablando ni tampoco le interesaba, sin embargo, esa mirada del príncipe seguía intimidándole. Tosió un poco y resolvió que lo que pasara entre su padre y su madre nunca lo iba a entender. ¿No estaban antes en la misma habitación y salieron a recibirle casi sin ropa? Bien, si su madre no fue capaz de explicárselo, quizá era porque ni ellos mismos lo entendían. No quiso pensarlo. Viendo a su padre portando y estudiando con desgana su espada le devolvieron a un pasado que pesaba más que cuestiones sin responder y que, tal y como su padre había dejado claro por su cambio de rumbo, no le incumbían.

-Perteneció a un amigo.- respondió observándolo.

-¿Y?- soltó su progenitor ajustando la vista sobre la hoja de la espada.

-Un amigo que ya no está.-

Su padre lo estudió ahora a él con una expresión en su rostro cercana al hastío. Sólo duró la mirada sobre su hijo un instante para volver su interés sobre el arma, girándola y observándola de cerca. -¿Voy preparando los pañuelos o me lo vas a contar como es debido?-

o-o-o-o

-Mamá...-

-¡Hola, Trunks!- lo saludó apagando su soplete y elevando la máscara protectora. -Has estado mucho tiempo hablando con tu padre, ¿verdad?-

-Bueno, no he estado con él casi nada.- profirió acercándose a ella y acariciándose la nuca. Sabía que aquello no le iba a gustar a su madre que obviamente se fue de la cocina para dejarlos solos pero, después de estar relatando la historia del porqué llevaba esa espada, finalmente el príncipe se puso en pie y lo dejó allí mirándolo mientras subía las escaleras. Luego él, por no querer molestar a su madre antes de tiempo, se dio una vuelta por la casa admirando cada uno de los rincones. Le dijo a su padre que su mundo nunca volvería a ser el de antes pero él estaba decidido a hacer de su residencia del futuro la misma que ahora lucía ostentosa ante sus ojos.

Sin embargo, la peliazul no pareció alterada: -Oh, bueno, al menos ha salido de su habitación.- comentó para volver a ponerse la máscara y seguir modificando el hierro que había sobre la mesa.

-¿Qué quieres decir?- le preguntó aturdido su hijo.

Bulma siguió a lo suyo. Igual preocupaba a su gran héroe y no quería que eso le ocurriera. Había ido al pasado para poder disfrutar con su familia y amigos, y ahora ella no podía fastidiárselo. Además, ya estaban camino de solucionarlo y más si tenían a Trunks allí con ellos, algo que obviamente al príncipe le había interesado tanto como para salir de su reclusión. -Nada, hijo, no me hagas caso.- le recomendó con una sonrisa. -¿Entonces te vas a quedar muchos días?-

-No lo sé.- contestó Trunks observándola hacer y dejando pasar aquel extraño comentario de su padre. -Igual una semana o quizá un poco más.-

Su madre por fin pareció acabar con aquello que estuviera haciendo. Se sacó la máscara, apagó el soplete del todo y se giró hacia él con la mejor de sus sonrisas: -¡Te vas a quedar más tiempo! ¡Estoy segura!- exclamó contenta y emocionada. -Ven, acompáñame a programar los home robots para que limpien lo del atraco de ayer y así aprovecho para ordenarles a que arreglen una habitación pa...-

-¿¡Atraco!- Paró en seco su avance y la observó horrorizado.

Ella volvió a sujetarle del brazo para tirar de él y continuar su camino. -Sí, pero no te preocupes, tu padre estaba allí y les dio su merecido.-

-¿¡Mi padre!- gritó con los ojos bien abiertos.

Torció el gesto al instante y puso sus brazos en jarra: -¡Pues claro que sí!- refunfuñó. -¿¡Quién iba a salvar a una pobre mujer atractiva y desamparada como yo si no es tu padre!-

Estaba realmente enfadada, tanto que de nuevo Trunks volvió a temblar. -Sí, claro, ¿quién si no?- habló su subconsciente por él. Por todos los dioses, su padre la salvó ayer de un atraco y él había visto con sus propios ojos un tiempo antes cómo la había dejado morir. Claro que también había querido vengar la muerte de él a manos de Célula. "Qué familia más rara tengo aquí...", pensó para sí agradeciendo que en ese momento no aparecieran por allí sus abuelos. Deseaba verlos, sin embargo, por hoy tenía bastante con sus padres y sólo acababa de llegar. Ah, no iba a pensar en ellos porque estaba visto que jamás y de ningún modo iba a entenderlos. Y menos cuando su progenitora se había descrito a sí mismo como pobre mujer atractiva y desamparada. Era la madre más guapa del mundo pero, ¿pobre y desamparada?

Y de nuevo, ella sonrió como si no hubiera estado a punto de desgañitarse hacía un instante: -¿Qué tal si nos damos un paseo por el jardín y me cuentas eso de que quiero formar un partido político?-

-¡Claro!- exclamó emocionado con la idea de hablar de algo que no tuviera que ver con sus progenitores. -Aunque no hay mucho que contar: es que a mamá no le gusta el actual gobernante porque dice que es un cobarde.-

-Ah, qué interesante.- comentó la científica abriendo la puerta. Al instante, la estudió sin centrarse en su hijo.

-¿Qué pasa?- quiso saber Trunks.

-Tendré que cambiar toda la seguridad de la casa.- le explicó ella. -Por el atraco de ayer.-

-Ah, ¿y has pensado en algo?-

Ella le sonrió pícaramente: -En clonar a tu padre.- La cara de horror de su hijo le hizo carcajearse con ganas. -¡Era una broma! ¡Era una broma!- quiso calmarlo. -No puedo soportar a uno por lo que tener a dos tendría que ser una completa pesadilla, ¿no crees?- dijo saliendo al fin del laboratorio.

La risa de su madre siempre fue muy contagiosa y antes se había prometido no pensar en ellos dos en conjunto: -Sí, supongo.- murmuró.

-Entonces, no me gusta el que manda ahora, ¿no es así?- quiso saber comenzando a pasear.

-No, fue elegido cuando yo estuve fuera y nunca acertarías de quién se trata...- comentó misterioso y con un hilo de incredulidad en su mirada, como si aún estuviera asimilándolo.

-Oh, vaya, ¿entonces lo conozco?- preguntó la peliazul intrigada.

-Me temo que sí...- farfulló su hijo con condescendencia. -Tú lo defines como un patán con suerte.-

-¿Un patán con suerte?- Podría ser cruel en ese instante y empezar a decir muchos nombres, pero por la realidad en la que le había tocado a su hijo, prefirió mantener la boca cerrada. -Pues no se me ocurre ningún nombre...-

o-o-o-o

Se tumbó sobre la cama un poco descentrado. Le había gustado escuchar toda la narración acerca de cómo su hijo destrozó sin dudarlo a aquellas dos chatarras y luego a Célula. Según le dijo, él fue a buscarlos seguro de su victoria y les atacó de frente, como debe de hacer siempre un buen guerrero, se dijo para sí. Trunks había iniciado su pequeña historia bélica un poco dubitativo pero después se emocionó como si fuera un verdadero saiyajin y no un guerrero medio humano. Tal y como a él le gustaba, le explicó cada detalle centrándose en lo importante: los movimientos y los golpes.

Más adelante se sintió un poco confundido cuando escuchó de su propia boca la historia de cómo la espada había llegado a ser parte de su persona. Había tenido que ser duro para él, suposo el príncipe, pero seguro que le había venido bien para no ser tan blando, por mucho que eso hubiera sido difícil conociendo a su vástago.

Luego, simplemente se desganó. Demasiado sensible, pensó. Sí, al principio estaba interesado pero efectivamente se desganó, como siempre le ocurría de un tiempo a ahora. Tanta emoción por parte de su vástago le pareció ridícula, y cuando ya había escuchado lo suficiente y los dos se quedaron callados sin nada más que relatar fue cuando se puso de pie hastiado de tanta verborrea. ¿Desde cuándo su hijo hablaba tanto? Estaba nítido como el agua que había vuelto más seguro de sí mismo, tanto que hasta le preguntó por qué se había limpiado el beso de ella.

Se removió de su asiento al sentir vergüenza de sí mismo.

Mira quién habla. Eso le había dicho ella: mira quién habla. ¿A qué había venido eso? Él habría sido el mejor rey de la historia de Vegetasei porque le habían formado para eso y para nada más. El mejor guerrero, sin nadie por encima, el que tendría que haber llevado a una gloria mayor a su pueblo y el que tendría que haber luchado en contra del destino que siempre terminaba haciéndoles desaparecer casi por completo.

A lo largo de su historia, los saiyajins habían aprendido a sobrevivir a su propio sino: una raza de guerreros que llegaba a lo más alto para luego caer en picado. Constantemente fue así y por eso habían existido cuatro exterminios anteriores, al menos los que se conocían porque eran los más cercanos. El resto, por esa manía a la escritura que parecía tener su etnia, quedaban en el olvido y se traspasaba a generaciones posteriores únicamente de forma hablada. De ahí que no se conocieran más desapariciones además de las cuatro que él recordaba que le habían relatado alguna vez.

Fueron todas iguales: se expandían, su poder se dilataba para luego caer aniquilados. Muchos no encontraban una explicación a aquello pero Vegeta sabía la razón: la crecida monumental de saiyajins hacía que se desperdigaran, que perdieran su esencia entre tanta mezcla de clases y finalmente nacían muchos débiles que caían vencidos antes de tiempo.

Ahora estaban en un punto desconocido puesto que los dos que quedaban puros eran él y un tercera clase indiscutible y hasta hirientemente poderoso. Y además tenían una descendencia que no se quedaba atrás en fuerza. Su vástago tenía que demostrarlo por sí mismo pero todos los indicadores eran alicientes. La locura de tener descendencia, en un principio, no había caído en saco roto.

Chistó asqueado. Miró al techo y dobló el cuello hacia el ventanal del balcón para observar el sol, el cual comenzaba a mostrar su crudeza candente y decidió no pensar en eso.

Trunks había vuelto y había ganado a Célula. Algo parecido a orgullo se asomó dentro de su corazón y salió al exterior en forma de sonrisa doblada. Por supuesto que lo había conseguido. Si no lo hubiera llegado a hacer, él mismo habría ido al futuro sólo para reprochárselo a su hijo. Cambió el semblante al instante arrugando levemente la aleta de la nariz y desapareciéndole del rostro cualquier gesto relajado: de hecho, no tenía tanto mérito tal y como él mismo le había dicho antes al chico. No, no tenía mérito porque en el futuro Célula no estaba perfeccionado.

¿Qué hubiera ocurrido si los saiyajins se hubieran encontrado con un ser tan fuerte como Célula? Eso hubiera supuesto que Freezer no habría existido o que hubiera caído vencido antes de convertirse en alguien tan jodidamente poderoso. Si no hubiera existido esa mezcla de clases su pueblo ahora sería el más temido.

Lo eran. Y lo seguían siendo. Por alguna razón, sabía que en el universo no existía nadie tan fuerte como los dos saiyajins puros que quedaban y los dos mestizos que formaban su descendencia. Si Freezer hubiera caído en menos de un minuto frente a la creación del Doctor Gero, eso significaba que los vencedores de Célula eran mucho más poderosos que cualquiera que ahora quisiera reinar en el cosmos.

Eso pasaría en el caso de que la lógica no fallara aquí tampoco. Bufó y cerró los ojos. Poco le duró imaginarse cómo sería la situación actual en el universo en cuanto a lucha de poder porque unas risas del jardín llamaron su atención. Captó las dos presencias: ahí estaba ella paseando con su hijo. ¿O es que se dirigían a algún sitio?

Por todos los condenados en el infierno, ¿qué había pasado antes en la habitación? No es que no supiera que podía ocurrir porque entre ellos dos cualquier cosa era posible, de eso estaba completamente convencido por todas sus estúpidas actuaciones con ella en el pasado, pero no ahora.

No ahora. No iba a tolerarlo. No cuando ella le había engañado.

o-o-o-o

Mister Satán. Meneó la cabeza a la vez que veía a su hijo salir volando hacia Paoz. El gobernante del futuro era Mister Satán, el mismo tipo que ocupaba las mentes de todos los habitantes del planeta desde que se proclamó a sí mismo salvador del mundo por haber ganado a Célula.

En fin, no iba a dedicarle a ese tipo ni un minuto de su tiempo a ese aprovechado porque tiempo era lo que le faltaba a ella. ¿Cuándo volverían sus padres? No habían pasado ni doce horas pero ya echaba de menos a su hijo pequeño. Los llamaría de nuevo. Había pasado parte de la mañana tratando de dar con ellos y había caído en saco roto. Casi nunca llevaban el móvil encima, de hecho, no le extrañaría nada que se lo hubieran dejado en la casa. Marcó el número de su padre y, efectivamente, nadie contestó.

Comenzó a subir las escaleras preguntándose si habría alguna agenda con el teléfono de la casa de campo de Maish escrito. Sólo de pensarlo le dio pereza. Iba a ser imposible encontrarlo en ninguna agenda porque no tenían agendas en casa.

Cruzó el pasillo decidida a buscar a su hijo si antes del medio día no habían llegado de vuelta. Tenía mucho que hacer así que ocuparía el resto de mañana en trabajar.

Pero antes quería estar con él, acabar lo que empezaron a primera hora. Sonrió. Estaba feliz: su hijo había vuelto y Vegeta y ella iban a resolver sus problemas, o mejor dicho, el problema de él. De algún modo u otro, lo que estaba ocurriendo antes de la llegada de Trunks le servía a ella como aviso de que él estaba despertando. Si tenía ganas de lo que obviamente tenía ganas significaba que él no había desaparecido del todo, que algo tenía dentro que le removía por dentro.

Y además la salvó. Volvió a sonreír y hasta aceleró el paso un poco. Lo sabía: él protegía a su familia, a toda su familia.

Tuvo que respirar hondo antes de abrir la puerta de su habitación. Estaba realmente emocionada. El camino sería largo pero, ¿qué más daba? A ella le gustaba estar con él, le gustaba lo que le hacía sentir, que era justo lo que percibía por todo su cuerpo en ese instante. Siempre fue así incluso cuando lo disfrazaba de fingida preocupación. Sí, su vida había cambiado y sin duda Vegeta tenía que ver en esa transformación. No pudo vislumbrar su cara cuando le dio un beso pero seguro que fue muy divertida. ¿Por qué le haría sufrir al príncipe de ese modo?, se dijo. Porque era divertido, era rematadamente divertido provocar a ese hombre.

-¿Vegeta?- preguntó adentrándose en su alcoba.

Nada. No había ni rastro de él.

o-o-o-o

-¿Se puede saber dónde os habíais metido?- le preguntó a sus padres saliendo en busca de su retoño. -¡He estado muy preocupada!-

-¡Querida, hola!- exclamó su madre al lado del coche. -Programa a los robots para que recojan las maletas, cielo, ¡yo estoy agotada!- dijo interpretando su mejor papel.

-Ven aquí, mi vida...- Bulma ya le había quitado a su hijo de su regazo y lo portaba ella de vuelta al interior de la casa. -¿Te lo has pasado bien con los abuelos, eh?-

-Ha sido un fin de semana muy agradable, hija, muy agradable.- comentó su padre portando las maletas él mismo y siguiendo a su familia. -Maish tiene unas tierras muy interesantes y está investigando la capacidad de regeneración que tienen ciertos anfibios de uno de los ríos que creo que te puede...-

-¡No volváis a hacerlo, papá! ¡Habéis estado fuera desde ayer y no me habéis llamado!- le interrumpió la peliazul sin contemplaciones.

-Pero si te llamamos justo ayer...- replicó su madre quitándose el sombrero y dejándolo en el perchero.

En ese momento, Tama aparecía en la cocina y el señor Briefs comenzó a reírse. -Me has echado de menos, ¿verdad, pequeño?- le preguntó alzándolo en brazos. -Podría haberte llevado pero creo que aquí hacías más falta...-

-¿Y qué tal tú y el joven príncipe, querida?- quiso saber la señora Briefs mientras se ponía un delantal. -Por tu humor veo que no hemos avanzado mucho, ¿no es así?- El silencio de su hija le hizo interesarse aún más. Abrió los ojos al ver cómo ésta escondía el rostro de su mirada. -¡Oh, vaya! Así que nos hemos perdido algo...-

Bulma siguió concentrada en hacer reír a su hijo, el cual había sentado sobre la mesa. -No os habéis perdido nada.- soltó despreocupada.

Su madre le devolvió la sonrisa: -Pues yo creo que sí...- sugirió divertida a la vez que sacaba una jarra de té helado.

-¿Y cómo está Trunks?-

A la vez que razonaba cómo su madre se había dado cuenta de que algo había pasado entre ella y el príncipe, su padre había preguntado por Trunks. La miró extrañada y no fue hasta que lo vio alzar la enorme espada que su hijo del futuro había dejado en la cocina cuando cayó en quién se refería.

-Oh, sí, es verdad: Trunks ha vuelto y ahora está en Paoz viendo a Gohan.- Se centró al momento. Se puso de pie y miró a su padre con determinación: -Papá, ayer entraron aquí dos rateros para robarnos.- No quiso ser explícita sobre cómo la maniataron porque bastante era que supiera lo del atraco.

-¿Cómo?- preguntó su progenitor extrañado y soltando a Tama. -¿Y qué pasó? ¿Te hicieron daño, pequeña?- quiso saber acercándose a ella.

-¡Oh, dios santo!- exclamó su madre.

-Vegeta les dio su merecido.- soltó Bulma cruzando los brazos y realmente orgullosa. -Pero si él no llega a estar, no sé qué habría pasado...-

El señor Briefs empezó a acariciarse la cara con extrema preocupación. Se dirigió a la central de mando de la pared y comenzó a toquetear sus dedos con viveza.

-¿Qué haces, papá?- le cuestionó su hija poniéndose en pie y siendo seguida también por su madre.

-Quiero ver lo que pasó.- respondió su progenitor. -La grabación nos dirá cómo entraron y qué es lo que falló.-

-¿Te hicieron algún daño, mi niña?- Su madre insistió en la pregunta anterior de su marido mientras la inspeccionaba a ella con interés.

-No, me retuvieron por poco tiempo pero nada más.- le contestó sin apartar la vista de la labor de su padre. Se le había olvidado que existían cámaras por toda la casa. -Papá, ¿habéis visto esas grabaciones en otro momento?-

-Tranquila, cielo.- le soltó su madre poniéndole una mano en el hombro. -Nadie sabrá que al príncipe le gusta que le des de comer.-

o-o-o-o

Ver a su hijo relajado y riéndose con las anécdotas de sus padres le ponía a ella mucho más contenta. Trunks tenía una sonrisa preciosa y hasta una risa contagiosa. Sí, realmente estaba feliz y hasta dicharachero aunque tendría que cortarle ese pelo. ¿Por qué no lo había hecho en el futuro? No le gustaba el pelo largo en los hombres. A Yamcha ya se lo cortó cuando él se empeñó en llevarlo con una coleta. Hasta podía decir que ella misma estaba más cómoda con el cabello más corto. Además, le quedaba realmente bien. Acordó que dentro de poco iría a la peluquería, en cuanto tuviera un momento libre entre toda esa vorágine que tenía ahora frente a sus ojos.

-Mamá, no voy a cortarme el pelo.-

-¿Qué?- Sin haberse percatado porque andaba perdida en sus pensamientos, tenía agarrado el cabello de su hijo y lo acariciaba concentrada. -¿Cómo que no? Lo que no sé es cómo yo en el futuro no te lo he cortado ya.-

-Porque estás pensando en otras cosas allí, aunque no te negaré que me lo has recordado varias veces.- le contestó su hijo.

La señora Briefs rió abiertamente. No había entendido nada de lo que habían dicho pero quiso apuntar algo: -Pues tu padre tenía el pelo largo de joven y a mí me encantaba, pequeña...-

-¿Tú tuviste el pelo largo?- preguntó Bulma extrañada a su progenitor, que luchaba con Tama porque comiera parte de sus sobras.

-¿Quién, yo?- El señor Briefs volvió en sí. -Ah, sí, es cierto, me daba un toque sexy, ¿verdad, mamá?- cuestionó a su mujer.

-¡Uy, sí!- exclamó ésta poniendo una mano en su mejilla sonrosada. -Y tenía ese mismo color de pelo de tu hijo y Trunks.-

-¿Tenías mi mismo color de pelo?- preguntó éste antes de beber un sorbo de su refresco.

-Sí, Trunks, y luego se me llenó de canas y me lo rapé pensando que igual crecía de nuevo violeta, pero no pasó.-

Todos rieron por la ocurrencia, y sobre todo porque parecía que el señor Briefs aún no entendía cómo era que no le obtuvo otra vez el mismo tono en el cabello una vez que se lo cortó al cero.

-Fue una pena.- añadió el abuelo de la reunión mientras cenaban. -Las chicas ya dejaron de verme como un rompecorazones.-

-Sí, sería por eso, papá...- puntualizó Bulma con ironía.

-Bueno, no todas...- acabó por decir su madre dándole un beso a su marido. Éste le sonrió un poco avergonzado.

Trunks miró a su madre que sonreía ante la escena. Por lo visto, ese beso sí era natural en aquella casa.

-¿Entonces os habéis juntado todos los muchachos en la casa de Goku?- le interrogó la peliazul a su primogénito. No se dio cuenta de que aún nombraba aquel lugar como la residencia de su mejor amigo recién fallecido.

-Sí, bueno...- comenzó a decir el pelilila. -Al principio estábamos Gohan y yo en la casa y luego llegaron los demás, que no entraron.-

Su madre rió suponiendo el porqué. -Y estoy segura de que Chichí tiene que ver con que os reunierais fuera.-

-Creo que no les cae muy bien los amigos de Gohan.- apostilló el joven recibiendo de las manos de su abuela a su doble en miniatura. -Hola, pequeño.- le dijo. Siempre se quedaba con cara de bobo mientras se miraba a sí mismo retratado en una versión bebé. Casi al instante, éste le tiró del pelo. -¡Au!- se quejó Trunks.

Los demás presentes rieron. -¿Ves?- le dijo su madre sirviéndose más agua en el vaso. -Hasta a él no le gusta que tengas el pelo tan largo, hace poco hizo lo mismo con Vegeta y tenías que ver la cara que puso...- Y siguió riéndose ella sola al rememorarlo.

-Por cierto, guapo, ¿estuvo Vegeta con vosotros esta tarde?-

La pregunta hecha por su abuela fue extremadamente extraña. ¿Su padre en una reunión de amigos? Siguió con el mismo buen humor: -No, lo cierto es que no lo veo desde esta mañana cuando llegué.- respondió.

-¿No está ahora en el techo?- preguntó su abuelo.

-¿En el techo?- preguntaron Bulma y Trunks a la vez.

-Bueno, ahí es donde debe estar, ¿no?-

Su madre frunció el ceño y el pelilila se quedó pensativo. -Sí, está en casa pero no sabía dónde.- Al momento, se corrigió. Ya había dado con su ki. -Es verdad, está aquí pero no en el techo si no en su habitación.-

Bulma se quedó reflexiva por un momento. Por lo visto, por fin el idiota había vuelto de donde se hubiera ido. Cuando fue a buscarlo esa mañana no se encontraba en su habitación y eso era toda una noticia porque desde que volvió apenas había salido de allí. ¿Qué le ocurría ahora? ¿Sería por lo que había pasado entre ellos? Arrugó la nariz. Más le valía a ese pequeño engreído que no se pusiera ahora a hacer de las suyas porque entonces sí sabría quién es Bulma Briefs.

Volvió en sí y siguió conversando con su hijo del futuro y sus padres.

o-o-o-o

Una buena ducha después de otro día en el infierno azul. Eso era todo lo que necesitaba y efectivamente, le había sentado bien. Después de estar volando durante horas se notó exhausto, una sensación que ya conocía desde hacía más de un mes. No iba a preguntarse por qué le había apetecido volar si no que simplemente descansaría.

Cogió unos calzoncillos y dejó en el cajón la camiseta. Hacía demasiado calor. Cuando se giró vio su traje saiyajin mirándole, desafiándolo con su imponente presencia que incluso colgado de una percha no perdía. Arrugó el gesto. La ropa interior masculina de ese planeta no estaba tan mal, aunque no se ajustaba tanto como su uniforme de pelea. Se acercó y lo tocó. Su hijo había vuelto con la misma espada que le arregló su madre. Y había vuelto victorioso. Según le había relatado, ganó a los cyborgs y a Célula llevando con un traje idéntico a éste.

Giró el cuello y fijó los ojos en la puerta. Ella entraba en su habitación con toda la tranquilidad que a él le faltaba desde hacía mucho.

-Ah, estás aquí.- le dijo mientras se recogía el pelo en una pequeña coleta y se dirigía al baño. -¿Dónde te habías metido, eh?- le preguntó desde el interior.

Vegeta la observó hasta que se perdió detrás de la puerta del aseo. Lucía relajada pero, ¿por qué le parecía que su calma no era del todo real? ¿Y por qué había entrado en sus aposentos como si fueran los suyos? Lo ocurrido esa mañana tenía mucho que ver, de eso no había duda. Era evidente: él tendría que dejarle las cosas claras. Pero no saldría de él así como así porque simplemente no le apetecía. Tendría que ser ella la que lo provocara.

La peliazul siguió a lo suyo: -Me ha dicho Trunks que hay un campeonato mundial de lucha y que los muchachos quieren participar, y que incluso están convenciendo a Gohan para que se apunte, ¿a que es genial?- cuestionó con retórica. -Será en tres semanas.- añadió. Acto seguido, asomó su cabeza azul por el hueco de la puerta. -¿Te gustaría participar a ti también? El premio es una vuelta al mundo.-

Él se tumbó en la cama ignorándola.

-Creo que Trunks ha cambiado ahora que ha terminado con los androides de su tiempo, ¿a que sí?- preguntó de nuevo desde dentro mientras se quitaba la ropa. -No sé, está relajado, seguro de sí mismo aunque sigue siendo rematadamente tímido.- comentó bajándose la falda. -Eso lo ha sacado a ti, evidentemente.- Por fin, salió del baño. Al no verlo en el mismo sitio que antes, se asomó más aún y lo vio recostado sobre las sábanas con los ojos cerrados. -¿Has oído algo de lo que te he dicho?- cuestionó saliendo del baño.

-No.-

Ni una réplica, ni un grito, ni nada que saliera por su peligrosa boca. Bulma no dijo nada pero la sintió cerca y abrió los ojos esperándose lo peor. Así fue: ella había salido en ropa interior del baño y ahora lo miraba con una peligrosa sonrisa plantada en su boca. Él no le sonrió, simplemente la observó sin ganas de recorrer su cuerpo con sus pupilas oscuras. Ya se esperaba esto. El libro lo decía: no saber a qué atenerse te hacía estar alerta. Y él nunca sabía que podía surgir de ese cabeza dura y azul.

Se acercó a él con sinuosidad, pletórica a pesar de que él parecía frío como un témpano. ¿Iba a creer ese saiyajin que lo que tenía frente a sus narices no le gustaba? Porque esta mañana le había gustado, y mucho. Le dio igual. Siguió con su plan y se aproximó aun más. Se inclinó hacia la cama para subir con él allí.

Nada. Ni un puñetero movimiento, ni siquiera para rechazarla. Sólo la seguía con la mirada sin apartar en un instante sus iris negros de los suyos. Ahí estaba: el experto guerrero manteniendo una batalla.

Se sentó sobre sus piernas al lado de él y le acarició el costado lleno de cicatrices. Tampoco reaccionó. Le pasó los dedos con diversión sobre la cicatriz más marcada, una que empezaba allí y terminaba en la espalda. Volvió a cruzar su mirada negra con la suya. Ninguna expresión. Maldito saiyajin complicado. Sospechaba que algo parecido podía pasar. Pero ella no le iba a dejar que se saliera con la suya:

-Buenas noches.- le dijo tumbándose mirando hacia el lado contrario al que estaba él.

Esta vez sí la observó entera. ¿Qué había hecho? ¿Le tocaba para luego tumbarse como si no tuviera ninguna intención de nada? Arrugó la frente. No, no iba a hacerle caso. Miró hacia adelante y trató de que el sueño le venciera. Sí, dormiría. Le daba igual si ella volvía a tumbarse en su cama igual que la noche pasada.

Frunció el ceño.

¿Igual que la noche pasada?

Lo sabía, sabía que ella tenía alguna intención con aquello. Seguramente al ver que él no reaccionaba pensó que lo mejor era esperar y por eso le había dicho buenas noches. Y él no estaba dispuesto a que ocurriera nada de nuevo entre ellos dos. Bastantes problemas tenía ya como para ponérselo a ella fácil en ese momento.

-¿Qué es lo que haces?- le preguntó inclinándose levemente hacia ella.

-Trato de dormir...- respondió Bulma en un suspiro mientras se removía un poco tumbada.

-¿Y además de eso?- soltó él después de chistar.

Tardó un segundo en contestar: -Nada.-

¿Nada? ¿Ella sin hacer nada, sin tener un plan? Imposible. -¿Qué estás tramando?-

-Nada.-

-¿Y por qué no te vas a tu habitación?- le preguntó con una orden implícita.

-Porque quiero dormir aquí.- contestó la peliazul girando un poco el rostro hacia él.

-Yo no quiero que estés aquí.-

-¡Pues yo sí! ¡Y te aguantas!- El grito de ella había roto el bajo tono de sus voces, así como el poco movimiento que estaban aguantando ya que había girado hacia él y lucía enfadada. -¿Qué problema tienes ahora, eh? ¡Sólo quiero dormir!- Y se echó sobre la cama para volver a la misma postura.

La estudió por instantes, estudió su pelo corto en la penumbra, la figura de su silueta y cómo ésta se volvía voluptuosa cuando empezaban a resurgir sus caderas. Retornó a mirar al frente. Ella nunca quería sólo algo.

-Vete de...-

No le dio tiempo a terminar. Bulma se había dado la vuelta del todo y ahora le rozaba su nariz a la suya. A Vegeta no le dio tiempo ni a reaccionar. No se lo esperaba y hasta se pegó un poco más a las sábanas.

-¡Oye!- le masculló enojada. -Pienso quedarme aquí el tiempo que quiera, ¿me has entendido? Y si yo digo que sólo quiero dormir, es que sólo quiero dormir, ¿te queda claro, saiyajin?-

Era como si le hubiera leído la mente. La falta de reacción la supo enmendar al instante:

-Entonces no me toques.-

Ella pensó en la orden dada y miró hacia abajo. Efectivamente, tenía sus dedos posados sobre el pecho de él con prácticamente mitad de su cuerpo recostado sobre el suyo. Calor. Subió sus ojos hacia él y él hizo lo mismo.

Se quedaron callados por segundos, y antes de que aquello se le fuera de las manos, y a pesar de tener sus iris negros incrustados en los suyos azules, pudo decirlo:

-No.-

Poco caso le hizo. Ni siquiera volvió a alzar la barbilla para sopesar lo que ese mandato significaba: sus manos actuaron antes que su rostro y comenzó a acariciarlo tal y como había estado haciendo hacía un minuto, subiendo y bajando, observando ese proceso. -Has adelgazado.- musitó.

-No.- insistió él.

Esta vez sí lo miró a los ojos y hasta paró en su roce, sin embargo, sólo duró un instante.

-Vamos, sé que te gusta tenerme así, como antes, ¿te acuerdas?-

Tardó más en contestar: -No.-

Carcajeó por lo bajo. -No disimules, Vegeta, a mí no me engañas.- Y se lanzó a por sus labios.

No fue porque ella ya se estaba inclinando aún más para obviamente besarlo, ni porque anduviera toqueteando su torso, ni porque estuviera de nuevo expulsando ese olor tan peligroso que le hacía agonizar. No, no fue nada de eso lo que le hizo reaccionar y levantarse de la cama. Hasta ahí pudo aguantar, hasta que dijo que a ella no le engañaba.

-¡No!-

Bulma se giró para mirarlo. ¿La había evitado? Sabía que esto podía pasar, lo sabía. Lo intuyó desde el primer momento en el que cruzó la puerta, de hecho, llevaba todo el día macerándose esa idea, la idea de que él iba a fastidiarlo. Lo que no sabía era cuánto podía realmente tirar por la borda la prometedora noche de ayer y el momento íntimo de esa misma mañana. Se rehízo y fue a por él otra vez, no como una mujer dubitativa, si no como una auténtica devoradora decidida a poner las cosas en su sitio.

-No.- le reiteró él alejándose y poniendo su brazo extendido entre los dos.

Se molestó, pero volvió a intentarlo. Ese hombre de ahí que la negaba quería estar con ella y ella con él. Y no había más que hablar.

Se alejó más y entonces confesó: -No.- dijo antes de sentenciar mirándola a los ojos: -Me engañaste.-

Aquello le había pillado un poco desprevenida. ¿Le engañó? ¿En qué? -¿De qué estás hablando ahora?- le inquirió.

-Me engañaste.- iteró él concentrado.

Bufó harta de la última paranoia que podía haberse cruzado por el cerebro enredado de ese hombre. -¡Yo no te he engañado nunca! ¡Tú siempre me lo dices: no sé mentir! ¿¡Por qué iba a engañarte ahora!- repitió extendiendo los brazos.

-El implante.-

Abrió los ojos lo mismo que su boca. Rebobinó. ¿El implante? ¿Le había dicho eso? Rebobinó aún más hasta que la imagen de ese minúsculo tubo de plástico apareció en su cerebro como una revelación. Movió impulsivamente su pelo azul a los lados y parpadeó hasta centrarse. Ella le mantuvo en secreto que había cambiado de sitio el anticonceptivo porque no estaba segura de querer un hijo con él. ¿Cuánto había pasado? ¿Dos años? ¿Más?

Se enfadó. Lo conocía, sabía lo que estaba haciendo: sacaba de donde no había para poder justificarse de nuevo ante sí mismo. Por dios santo, el tema del implante tenía que haber quedado atrás hacía mucho. De hecho, más que enterrado, desaparecido. ¿De verdad iba a usar esa excusa para alejarse de ella? Era algo insostenible, insoportable.

Absolutamente insoportable. Así era ese hombre: insoportable. Un retorcido que incluso tocado en su amor propio era capaz de atacar haciendo daño donde más duele. Un perfecto animal salvaje y herido en medio del bosque. ¿Mentirosa ella?

Cogió lo que más cerca tenía, un despertador, y lo tiró al suelo haciendo que éste se destripara contra el suelo y tuercas salieran disparadas por toda la habitación.

-¡No!- gritó más enfurecida que nunca clavando sus ojos directamente en él, el cual lucía pendiente de su reacción. Y no le había decepcionado. -¿¡Me has oído! ¡No! ¡No vas a darle la vuelta a esto, Vegeta! ¡No me da la gana!-

Sonrió. Ella se lo estaba poniendo todo en bandeja. -Ni a mí me da la gana de escucha...- comenzó a decir a la vez que se daba la vuelta.

-¡Casi te lanzas sobre mí cuando te puse ese mismo traje que cuelga ahí! ¿¡O es que de eso no te acuerdas!- le inquirió cruzando sus brazos.

Ahí tuvo que voltear su rostro para mirarla. ¿Estaba hablando de cuando ella lo vistió una vez que regresó de su periplo interestelar? -¿De qué estás hablando?- le preguntó asqueado.

-¿¡Y de esta mañana tampoco te acuerdas! ¿¡Y de anoche!-

Estuvo a punto de contestar pero sobre eso no había mucho que decir. -Tonterías.-

-¿¡Tonterías!- le preguntó con inquina. -¡No te atrevas a irte, Vegeta!- le gritó fuera de sí. -¡No te vayas y dejes esto a medias como sueles hacer con todo últimamente!-

Ahí sí se giró y la agarró del brazo. Siendo tan incisiva y recordándole lo patético que se había vuelto, le había hecho enfadar. Pareció querer decir muchas cosas, muchas, pero sólo empequeñeció su boca como si estuviera mordiéndose la lengua.

Pero ella se rehízo, como siempre hacía Bulma Briefs. No se iba a achantar: removió su brazo y siguió atacándole.

-¡No voy a dejar que seas tú quien acabe esto! ¡No te lo voy a permitir! ¡Se acabó! ¿¡Me has oído, primate del espacio! ¡Se acabó! ¡Yo soy la que le pone punto y final!- zanjó del mismo modo con la mano. -¡Esto es el colmo! ¡Yo olvido que tú me dejaste aquí embarazada! ¡Olvido que me dejaste caer por un barranco! ¡Soy capaz de hacer todas esas cosas...¿¡y tú me vienes con ésas!- gritó yendo hacia la puerta. -¿¡El implante!- En este instante se había dado la vuelta para recriminárselo de nuevo: -¿¡Cómo tienes la cara de decirme que yo soy una mentirosa! ¡Yo soy lo mejor que te ha pasado nunca, imbécil! ¡Lo mejor! ¡Y tú lo sabes!- Al instante, y debido a los gritos, los sollozos de su hijo que descansaba sobre su cuna en la habitación al lado de la suya le hizo ofuscarse más: -¿¡Has visto lo que has conseguido! ¡Imbécil!-

Al fin abrió la puerta y la cerró dando un portazo.

o-o-o-o

Salió del lago de golpe portando un enorme pescado. Lo cocinaría tranquilamente, sin prisas, y lo devoraría en mitad del bosque. Fue salir del agua, y ya le estaban picando más mosquitos. Por todos los diablos, cómo detestaba ese planeta.

Dejó su futura comida sobre la orilla y, hastiado, soltó aire con los brazos en jarra. Ahora tendría que ir a por unos troncos para hacer fuego y seguir con ese plan de absoluta tranquilidad que había ido a buscar al bosque desde hacía más de dos semanas. Gruñó agarrando el pescado por la cola. Lo elevó en el aire y desde abajo le arrojó un rayo de ki. El pescado cayó humeante sobre uno de sus brazos.

-Mejor.- masculló sentándose sobre ramas secas.

Se tumbó. Con el sonido de grillos y demás insectos que le saludaban desde el interior del bosque, perdió la vista en el cielo azul dejando pasar las nubes. El planeta era detestable, de eso no había duda, pero su cielo era bonito.

Cerró los ojos y al instante los percibió.

-Otra vez están por aquí.- murmuró sin querer hacerles caso.

No iba a hacerles caso a ninguno, ni siquiera al ki de su hijo venido del futuro que se mezclaba con todos esos indecentes luchadores, incluido Gohan.

Volvió a gruñir a la vez que cogía un trozo de pescado. Desde hacía una semana, los malditos amigos de su hijo se dedicaban a entrenarse no muy lejos de allí. Se repitió que no iría a verlos, como siempre hacía.

Y como siempre hacía de una semana a esta parte, se levantó para saber qué se traían entre manos. Por lo que le había dicho Bulma la última vez que la vio, tenían un campeonato de lucha dentro de poco.

Bulma.

No quería pensar en ella. Se enfurecía de manera mecánica, al instante, como si no pudiera remediarlo. Y él no quería enfadarse. Simplemente no tenía ganas y, sin embargo, el enojo aparecía.

Comenzó a atravesar el bosque a pie. Más de una vez estuvo a punto de gritarle a su hijo que éste o aquel movimiento no había sido el adecuado. Eran muy provincianos y rudimentarios en sus golpes, todos ellos. ¿Es que Trunks no había aprendido nada el año que estuvieron en La Habitación del Alma y del Tiempo? Pues se le estaba olvidando todo entre tanto aficionado.

No se iba a esconder, ni mucho menos, nunca lo hacía. Los observaría. Se colocaría en la mejor posición y los vería actuar. Cuando se cansara, se iría. Así había pasado desde hacía una semana y así seguiría siendo.

o-o-o-o

Gohan rió acompañado de una sonrisa leve de Piccolo. -¿Qué pasó, Krilin?- le preguntó el hijo de Goku. -¿Ni siquiera lo habías visto venir?- bromeó bajando a ayudar a su amigo.

-¡Eso no vale, niñato!- se molestó el guerrero calvo desde el frondoso verde. -¡Dijimos que no valía pegar en la cara!-

-Oh, venga, Krilin, si ha sido sólo un rasguño.- le dijo Trunks observándolo desde el aire.

El pequeño guerrero volvió a bufar poniéndose en pie. -Claro, tú no tienes por qué preocuparte por tu cara pero la mía es un bien preciado, chaval.-

Ahí sí que tuvieron que reírse todos y Krilin se sintió ridículo. Lo que había querido decir era que Trunks no tenía que mirar por su aspecto porque siempre sería un tipo guapo para las chicas. Lo había notado cuando habían dado una vuelta por la ciudad: era de los que hacían volverse a las mujeres, igual que Yamcha. La historia se repetía: él acompañando a un tipo mucho más atractivo. A Krilin no le ocurría eso, nadie se daba la vuelta para mirarlo a no ser que fuera para darle una bofetada por creer que había sido él que le había tocado el trasero cuando los autores había sido Roshi u Oolong. Pero la frase había sonado como que se veía peor de lo que él se consideraba.

-Creo que voy a descansar allí con Yamcha...- se quejó yendo a sentarse con el apático de su amigo.

-¡Yamcha! ¿No te animas?- gritó Trunks.

-¡Ni hablar!- exclamó el luchador sin moverse lo más mínimo desde el suelo. -Te repito que si vosotros os vais a presentar no sirve de nada que entrene.- se justificó de nuevo. -Además no tengo dinero para ir tan lejos.- finalizó mascullando por lo bajo.

-Qué razón tienes...- le ayudó Krilin refiriéndose a la posibilidad de tener a sus amigos como contrincantes y tumbándose a su lado. -¿Habéis decidido ya si vais a ir? Os recuerdo que tenéis que ser terrícolas para participar.-

-¿Qué dices, Krilin? Soy tan terrícola como cualquiera y además mi madre insiste en que vaya.- explicó Trunks viendo a Piccolo y a Gohan empezar a luchar. -Pero no sé cuándo me volveré al futuro así que no creo que participe.-

Gohan esquivó un golpe de su maestro y se centró en el pelilila: -¿No decías que te ibas a quedar más días?- preguntó apenado.

-¡Gohan!- Le llamó la atención Piccolo golpeándole en el pecho.

El golpe fue certero y el vástago de Goku cayó al suelo girando sobre sí mismo un par de veces. -¡Au!- se quejó.

-No vuelvas a perder la concentración.- le ordenó el namekiano a la vez que le ayudaba a ponerse en pie. Al momento, cruzó la mirada con Trunks, el cual, con los brazos cruzados entendió al instante lo que éste quería decirle: desviaron la vista hacia el otro lado del claro donde estaban entrenando. Como hacía más de una semana, Vegeta los observaba.

-Sí, será mejor que vuelva a entrenar.- dijo empezando a levitar. -¡Piccolo! ¡Prepárate!- Y se lanzó a por el ser verde.

Estudiando la escena, Krilin miró a lo lejos la silueta del príncipe. -¿Por qué crees que viene todos los días a vernos?- cuestionó a Yamcha.

Su amigo, desganado, no quiso ni mirarlo. -Fue Trunks el que cambió el lugar de entrenamiento por éste más alejado así que, ¿quién sabe?- preguntó alzando los hombros. -Por lo visto, Bulma le ha dicho que su padre ya no quiere saber nada de la lucha.- comentó viendo las nubes volar y tratando de evitar el mirar al príncipe. -Bah, no me interesa, seguramente esté ahí criticándonos internamente por ser tan malos guerreros.-

-No creo que piense que seamos malos guerreros después de lo de Célula...- murmuró Krilin. -Como yo tampoco pienso que él sea tan terrible, ¿sabes?-

-¿Qué dices, Krilin?- dijo enojado Yamcha. -Ese tipo ha sido un canalla toda su vida y lo seguirá siendo por mucho que exaltase a vengar a su hijo.-

El pequeño guerrero frunció el ceño. Por mucha manía que le tuviera Yamcha al Príncipe de los Saiyajins, los hechos eran los hechos: Vegeta saltó a por Célula cuando mató a Trunks y fue una pieza clave para quitar del medio a esa criatura monstruosa.

-Sí, ¿quién sabe?- soltó dejando su espalda caer e imitando en la postura a su amigo de rostro cicatrizado, lo mismo que en la expresión. Igual Vegeta no era tan malo. Igual sólo tenía un problema de ego. Igual Bulma no había sido tan inconsciente teniendo un hijo con el saiya. Igual ella pudo ver más allá de lo que veían los demás.

E igual él, un tipo calvo, bajito y feo, tampoco estaba tan loco. Suspiró.

Al instante, Gohan le cayó del aire justo encima del rostro.

o-o-o-o

-No me entero, Trunks, no me entero, entonces, ¿quién es el tipo que organiza todo esto?-

Trunks trataba de zafarse de todos los intentos de su mini yo en agarrarle cualquier parte de su rostro, ya fuese nariz, mejillas y, por supuesto, el pelo. -Ya te lo he dicho, no lo sé, sólo quiere hacerle un homenaje a Mister Satán reuniendo a los mejores de La Tierra y enfrentarse contra un grupo selecto de extraterres...¡au!-

Su madre ignoró la queja mientras concentrada seguía pilotando la nave hacia la pequeña isla. Ya estaban cerca. Había hablado con Chichí que emocionada le dijo que no se perdería ese espectáculo por nada del mundo, y menos cuando su pequeño Gohan parecía encontrarse mejor desde la llegada de Trunks, algo extraño cuando por las circunstancias especiales que ambos vivieron en la segunda venida de su hijo del futuro, no se habían visto mucho. En realidad, hasta la mísmísima viuda de Goku le llamaba con más asiduidad para agradecerle la presencia de Trunks porque, además, le ayudaba a estudiar.

-Pero, ¿cómo ha dado él con guerreros extraterrestres?- cuestionó extrañada. -Es que no me cuadra, hijo, ¿tanto dinero tiene?-

Trunks miró a su doble dedicándole su mirada más seria. Increíble le sonaba decirlo pero tenía que decirle: se caía a sí mismo muy mal. -Por lo que me ha contado Krilin, empezó a ser de oro comprando clubes de baseball y luego hizo negocios adjudicándose terrenos en el sur.-

Bulma se relajó. -Ah, por eso no tengo ni idea de quién es. Nunca me interesó el baseball.- dijo. -¿Va a estar Krilin?-

-No lo sé, como hace dos días que no entrenamos no le dije que finalmente me habías convencido.-

-¡No digas eso!- exclamó Bulma. -Lo has dicho como si no te hubiera dado opción.- se quejó la peliazul.

-Lo siento.- soltó Trunks un poco avergonzado. Lo cierto era que su madre le había hecho un chantaje constante hablando de lo mucho que echaba de menos viajar, que nunca habían hecho ido a ningún sitio con toda la familia, que la empresa le hacía agotarse, que tener un hijo era extremadamente duro y que nunca se había sentido tan cansada en su vida. Puro y perfecto chantaje emocional, culpable de que ahora estuviera a punto de luchar delante de medio mundo. Al momento, se centró en la vista que veía desde arriba: estaban sobrevolando la zona de entrenamiento que habían estado visitando.

-Aquí es donde estaba papá...- murmuró más para sí que para los demás.

Bulma lo miró por un instante. -Pues muy bien.- comentó zanjando el tema.

No había manera: desde la noche en la que escuchó unos gritos tremendos provenientes de la habitación de su padre, no se podía nombrar al príncipe delante de ella. Evitaba cualquier comentario sobre Vegeta, el que viniera; no importaba si era una pregunta o una simple afirmación, su madre respondía del mismo modo. Mala suerte tuvo en que le prepararan su cuarto justo al lado del de él porque pudo escucharlo todo. Ella se quejó porque la había llamado mentirosa y hasta escuchó algo romperse. De eso hacía más de quince días y su progenitor no había vuelto a pisar la casa. Ella actuaba como si aquello no le importara y realmente parecía que era así, pero por el modo de responder a cada alusión, con esa forma de espigarse y arrugar la boca, era obvio que le importaba. Para mal, pero le importaba.

Suspiró. Unas mentes demasiado difíciles y unas personalidades que no se quedaban atrás, razonó para sí.

o-o-o-o

Ya estaba harto. Maldito verano en La Tierra, malditos mosquitos y maldito calor. ¿Desde cuándo se había vuelto tan débil? Nunca le importaron los bichos y menos los cambios de temperatura porque visitar a tantos planetas con tantas realidades distintas le hacía ni percatarse de ellos, sin embargo, en la situación en la que se encontraba era realmente incómodo.

Sí, se había vuelto un débil.

-Bah.- masculló.

Era un débil, el peor de todos porque tenía que haber sido ser completamente lo contrario. Ese chiquillo enclenque, ese niño con cara de bobo como su padre había conseguido lo que para él estaba predestinado.

No, no iba a pensarlo porque notaba que algo se removía por dentro, justo en las entrañas. Fue extraño pero lo notó. No había sido la primera vez que su interior le daba un repunte. Efectivamente, no hacía mucho que percibió algo así estando solo, habiendo salido ya de esa casa.

Maldita casa, también.

Miró hacia un lado y vio un gusano subir por su pierna.

Salió volando tan rápido que sólo dejó un destello en medio del bosque. Los animales que lo rodeaban miraron hacia el cielo y siguieron buscando agua para beber.

o-o-o-o

-Oh, pues sí que ha venido gente.- exclamó ignorando los gritos de su madre.

-...Y más te vale que estés concentrado, Gohan, y que ganes a todos porque para mí y para tu abuelo sería muy importante dar la vuelta al mundo y además ganar tanto dinero que tú sabes mejor que nadie que nos viene muy bien sobre todo ahora que tanto pesar ha inundado nuestra casa y que... ¡apártese, por favor! ¡Aquí viene el ganador del torneo!- Se exaltó quitando del medio a un hombre orondo que no les dejaba paso.

De nuevo, se ruborizó: -Mamá, no digas eso y busquemos la zona de luchadores.- le pidió su hijo.

-Uf.- soltó aire la antigua guerrera. -Últimamente me canso antes de lo debido, creo que ya no estoy para tantos trotes.- Pensativa, miró hacia el aire. -Cuánto le hubiera gustado a tu padre estar aquí.-

No iba a escuchar más veces cosas sobre su padre. -¡Mira, mamá!- exclamó señalando un cartel. -No estamos muy lejos de los vestuarios.-

Chichí miró hacia la dirección que señalaba su hijo. -Cuánto calor... no sé si seré capaz de llegar tan lejos.- pronunció bajando la barbilla.

-Venga, mamá.- le dijo su primogénito tirando de su mano. -Ya verás como lo pasas bien viendo la cara de Krilin cuando sepa que me he apuntado.-

Se cayó de bruces al tropezar con algo.

-¡Eh! ¡Niño! ¡Mira por donde vas!- le dijeron desde arriba.

Ajustó la vista y vio a una niña, la cual le miraba con sus ojos violetas sumamente ofuscada.

-¡Ten más cuidado!-

-Lo siento, no veía por donde iba.- dijo Gohan poniéndose en pie.

-¡Hijo!- exclamó su madre ayudándole habiendo vuelto en sí tras estar presente en la escena. -¿Estás bien?-

Su pequeño miró otra vez a la niña de pelos negros que se daba la vuelta seguida de un grupo de guardaespaldas.

-Sí, claro.- pronunció su pequeño. -Mamá, ¿también nos enfrentaremos a chicas?-

o-o-o-o

-Vaya, parece que nos han sentado a todos los familiares en el mismo sitio, ¿verdad, mi vida?- le preguntó a su hijo a la vez que buscaba asiento.

-¡Bulma, estamos aquí!- escuchó más abajo. Era Chichí, que le saludaba desde la primera fila.

-¡Qué buen sitio!- exclamó Bulma ya cerca de ella.

-¡Oiga, apártese!- exigió la morena a un hombre de pelo más claro. -¿No ve que tiene un niño pequeño en brazos? ¡Sea educado y déjele sitio!- le dijo señalando al pequeño Trunks.

El tipo se quejó pero le hizo caso, y Bulma tomó asiento. -¿Dónde están los demás?- le preguntó a Chichí.

Ésta comenzó a hacerle carantoñas al hijo de la peliazul. -Creo que han ido a la cafetería a tomar cerveza antes de que empiece el campeonato.-

-¡Tengo muchísimas ganas de que empiece!- soltó Bulma encantada. -¿No es emocionante? Han creado esta isla sólo para este acontecimiento...¡mira qué plataformas tan gigantescas!- exclamó admirando el proyecto de ingeniería.

-A mí me parece una pérdida de dinero.- aseveró la viuda de Goku. -¿Conoces tú al que lo organiza?- preguntó a la científica.

-No tengo ni idea.- fue su respuesta. -Pero hay que tener mucho dinero para hacer algo así.-

-Incluso más que tú.- añadió incisivamente la morena.

-¿Qué has querido decir?- le inquirió por su parte la peliazul.

-¡Eh! ¡Hola, Bulma!- oyeron más arriba. Era Oolong, que con un vaso de cerveza le saludaba asomando su cabeza entre los barrotes de una baranda.

-¡Hola, Oolong! ¿No bajas?- cuestionó ésta devolviéndole el saludo.

-¡Desde aquí tenemos mejor vista!- añadió el Maestro Roshi apareciendo en escena y mostrando su sonrisa más lasciva al lado de varias jóvenes.

-Qué viejo más asqueroso...- masculló por lo bajo Chichí.

o-o-o-o

Ni el ki de la peliazul, ni el ki del llorón, ni el ki de su hijo venido del futuro. Ninguno. Vaya, parecía que había tenido suerte.

Bajó al jardín y anduvo con pausa hacia la cocina. En cuanto cruzó la puerta de entrada, llegó a la conclusión de que la buena suerte sólo había sido ficción.

-¡Hola, Vegeta!-

¿De dónde había salido esa mujer? Ahí estaba, la madre de la científica apareciendo también en la cocina pero ella en cambio entrando por la puerta principal. No hizo caso: abrió la despensa y cogió lo más frío que parecía haber en su interior, es decir, un zumo verde que exudaba gotas frescas por el cristal.

-¿No vas al campeonato de lucha? Creí que tú participarías, guapo.-

Gruñó. No soportaba que le hablara. Alargó el brazo para alcanzar un vaso. Un segundo, ¿había dicho un campeonato de lucha? ¿Para eso se estaban preparando su hijo y el grupo de tontos, y no para simplemente prepararse?

-Mi marido y yo lo estamos viendo en el salón así que si te apetece verlo con nosotros, ya sabes donde estamos...- Y salió por la puerta no sin antes guiñarle un ojo.

Bah, no iba a pensarlo tampoco. Se daría una reconfortante ducha y luego se echaría a dormir, lo único que había estado haciendo en la intemperie todo estos días además de comer animales.

o-o-o-o

-Pensé que no dejarías que Songohanda participara, Chichí.- comentó Bulma después de impedir que su hijo cazara a unas cuantas mariposas.

-Se pasa todo el día pegado a los libros.- comenzó a explicarse la morena. -Por una vez no creo que le haga ningún mal, es sólo una pequeña recompensa.- concluyó a la vez que acariciaba al bebé de la peliazul.

-Te entiendo.- simpatizó Bulma. -La verdad es que se merece un descanso. Ya veremos cómo le va...- soltó pensando en la presencia de su hijo, igual de fuerte que el de Chichí por mucho que éste hubiera despachado a Célula. -A mí lo que me gustaría hacer ese viaje, ¡imagínate! Dar la vuelta al mundo con la familia...- Y puntualizó para dejar claro que ahí tenían otro héroe: -Trunks acaba de contarme otra vez cómo ha derrotado a C17 y C18 en el mundo futuro, ¿a que es magnífico? No esperaba menos de él.- sentenció orgullosa.

¿Familia? Chichí no pudo reprimirse: -¿No le has dicho a Vegeta que participe?-

La reacción no se hizo esperar: -¡De ése no quiero ni hablar!- masculló la científica perdiendo todo interés en la conversación. -Parece que ha perdido su espíritu de combate, la verdad es que no sé qué le está pasando.- Y perdió su vista en las batallas que se estaban celebrando frente a sus ojos.

Si ella no quería hablar de él, Chichí tampoco: -Creo que es por la muerte de Goku...-

Pues claro que era por la muerte de Goku, pensó Bulma para sí. Pero no quería hablar de él. Se ponía de mal humor y si lo tuviera delante le tiraba de los pelos. No quería ni pensar en él siquiera. Maldito bastardo que siempre le hacía sentirse mal.

Su hijo quiso que le hiciera caso y alargó las manos hacia ella. Su madre le sonrió. Igual estaba equivocada y no siempre le hacía sentirse mal. -Mi amor, ¿quieres beber algo?-

-Babua.- le contestó éste.

o-o-o-o

Salió de la ducha y buscó, como siempre, unos calzoncillos en la cómoda de la izquierda. Echó un vistazo al lado. Un destello azul le había llamado la atención. ¿Es que no iban a quitarlo de ahí nunca?, se preguntó observando su uniforme colgado de la misma percha en la que lo dejó ella.

Desnudo, se dirigió a él. Volvió a tocarlo exactamente igual que la vez anterior. El mejor uniforme de combate que se conocía en todo el universo. Y estaba allí, frente a él, casi devolviéndole el mismo estudio que él le estaba haciendo.

Frunció el ceño. Lo sacó de su percha y comenzó a colocárselo sin pensarlo, ajustándolo, pegándolo a él tal y como tenía que ser. Se agachó y rebuscó dentro del armario. Sí, allí estaban también: su armadura, sus guantes y sus botas. ¿Cuándo habían aparecido? Ella sólo había subido el traje y no lo demás.

Se miró al espejo e infló el pecho. Miles de imágenes inundaron su cerebro, buenas y malas. Pero, maldita sea, ese uniforme era el suyo.

Al instante, imágenes de la tarde vergonzosa, en la que su orgullo bajó a niveles estrepitosos, llegaron a su mente. Gohan, el hijo del tercera clase, había demostrado una fuerza inconmensurable, superior a cualquiera que haya visto incluso por encima de la de Kakarotto, que sabía del poder de su vástago. Luego, ese pequeño guerrero fue más saiyajin que nunca provocando que Célula se rehiciera.

Y entonces el bicho disparó a Trunks.

Lo pensó de nuevo. ¿Qué fue eso? Por un instante, le pasó por su corazón el mismo dolor que sintió al ver a su hijo moribundo sobre el suelo y expulsando sangre.

-Increíble...- murmuró con la mirada clavada en el suelo.

Ni en un millón de años entendería aquello. Fue irreal, como si nunca hubiera ocurrido, como si formara parte de sus pesadillas. Perteneciente a otra persona, eso era. No tenía nada que ver con él, con lo que él conocía de su persona. Ese sentimiento por alguien que no era él mismo quedaba a millones de años luz de lo podía asimilar, exactamente a la misma distancia a la que se hubiera encontrado Vegetasei.

Demasiado difícil, demasiado desconocido. Ese sentimiento no tenía nada que ver con él. Y lo que más le preocupaba de aquello era el ser consciente de que tal emoción jamás dejaría de perseguirle. Otro fantasma, quizá no tan macabro pero sí igual de peligroso.

Con algo así clavado a fuego, ¿quién podría ser fuerte, cruel, despiadado e implacable? Estaba perdido, absolutamente perdido con emociones que le hacían actuar como si fuese el ser más emotivo que había conocido nunca. Él no tenía que ser así, nunca lo fue y no podía serlo ahora. Sentía repulsión en las entrañas, un sentimiento cercano al asco por no reconocerse. Por todos los condenados en el infierno, ¿qué demonios le estaba pasando? ¿Por qué?

Era el planeta, este maldito planeta azul el que le alteraba hasta el absurdo.

-Bah.- masculló por lo bajo a la vez que se dejaba caer sobre la cama de su hijo.

No iba a pensar en ello como tampoco iba a pensar en lo que había ocurrido hacía días con ella. Eso lo tenía claro: habían invadido su residencia y ningún extraño podía osar a hacer algo así. Eso era todo, no había más.

No había más. No iba a pensarlo. No tenía nada que ver con él. Que ella le atrajera, que le importara tanto como para no permitir que sufriera, era algo descabellado. Repulsiva, repugnante, grimosa y empachosa humana. Si estaba cambiando, no se debía a esas apariciones azules y lilas en su vida, si no que se debía a que su orgullo estaba herido.

Tenía que salir de allí. Así era. Tendría que irse de este maldito planeta.

Bufó. ¿Salir a dónde? Tampoco era que buscara un rumbo fijo pero no podía negar que siempre tuvo claros sus objetivos y ahora no era así. En cuanto le vino la idea le vino la pereza. Dejó de mirar a través de la ventana acristalada y dio una visual sobre la habitación de su hijo. Junto el escritorio, colgando de la silla, estaba su espada, la misma que tenía una historia cruel que él antes le había relatado. Para alguien tan sensible como su vástago, aquello tuvo que descolocarlo del todo.

Se quiso poner en pie para volver a tocarla. ¿Algo así merecía tanto sufrimiento? Obviamente era un recuerdo de su hijo, que quería tener presente aquel supuesto héroe portando esa arma como honra al guerrero caído. Definitivamente, su hijo tenía demasiado de humano. Al instante, el mando a distancia de la televisión cayó al suelo.

-Bah.- volvió a decir recostándose sobre la cama. Bastante tenía con sus problemas como para preocuparse por los de su vástago. Siempre fue así: no se involucraba. No sabía el porqué pero no quería involucrarse con nada ni con nadie.

En ese instante, un ínfimo ki llamó su atención. Bufó al ver al gato del dueño de esa casa entrar por la ventana para seguir acosándole. Algo tenía que hacer con ese minino tan pesado porque desde que llegó no había día en el que no lo rondara. No supo por qué, pero al verlo cerca concentró su ki directo hacia él.

Le chamuscó la punta de la cola y Tama salió despavorido.

-Te está bien empleado.- le dijo.

Encendió la televisión y buscó por sus canales. El bobo que se había erigido como salvador de ese mundo saludaba dentro de un helicóptero, gritaba y se fanfarroneaba delante de una multitud ávida por estar cerca de su héroe. Soltó un soplido corto. Ese tipo sí que tenía un problema y no él.

Ajustó la postura sobre la almohada. Lo que estaba buscando, iba a comenzar.

o-o-o-o

-Vaya patán con suerte...- murmuró Bulma mirando a la pantalla gigante. -No me puedo creer que todos crean que ese tipo salvó a la humanidad de la amenaza de Célula.-

-Es mejor así.- soltó Chichí mirando en la misma dirección. -No creo que nadie esté preparado para escuchar la verdad.-

-Sí, en eso tienes razón.- añadió la peliazul colocando correctamente a su hijo en brazos. -En lo demás, no.-

-¡Oye!- exclamó la morena harta de tanta provocación. ¿Es que no había quedado claro que su marido y su hijo eran los más fuertes? -¡Yo haré ese viaje con mi hijo y mi padre porque va a ser Gohan el que va a ganar!-

-¡Ni hablar!- exclamó la científica. -¡Trunks ha vuelto de enfrentarse a los androides y viene con mucha más confianza que antes! ¡Él va a ganar y seré yo quien se vaya a ese viaje gratis!-

-¡Ni lo necesitas ni lo harás! ¡Gohan va a ganar!- gritó enervada la madre del auténtico salvador del mundo a la vez que se ponía de pie por la emoción. Mientras, los espectadores que rodeaban a las dos se alejaban con sus bebidas y comidas bien sujetas.

-¡Va a ser Trunks!- le replicó la peliazul en la misma postura.

-¡Gohan!-

-¡Trunks!-

-¡Gohan!-

-Oh, mira, Chichí, ya están en la zona de batalla.-

-Sí, es verdad.- le dio la razón la viuda de Goku volviéndose a sentar con calma al lado de Bulma.

o-o-o-o

Esto sí que es extraño, pensó Trunks para sí. Nunca había estado en un presente en tres dimensiones creado por ordenador y aquello parecía tan real que hasta podía oler las flores que lucían en ese paraje inventado. Si lo pensaba, podía tener su gracia: ahora conocía tres realidades, es decir, la del futuro, la del presente, y la inventada justo frente a sus narices.

Había podido ganar a todos sus contrincantes sin ningún problema más allá de haberse enfrentado con honor a Ten Shin Han, y ahora sólo le restaba un trámite para alzarse con el galardón que tanto anhelaba su madre: un viaje alrededor del mundo. Sin duda, tendría que quedarse más tiempo con ella en ese presente para poder hacerla del todo feliz. Ni pensar en que su padre les acompañaría, claro.

Se agachó al ver una ardilla. Sí, era tan real que parecía ser capaz de poder jugar un poco con ella.

Al instante, sintió una amenaza atrás.

o-o-o-o

Comenzó a respirar con fuerza y se recordó a sí mismo que tenía que concentrarse. Miró a través de la ventana y cerró los ojos.

-Concéntrate...- murmuró. Hacía tanto tiempo que no iba más allá de sueños extraños y pensamientos alejados de su esencia que le costó lo más parecido a una eternidad el poder dar con el ki de su hijo.

Hacía un instante se había quedado dormido y se había despertado de un salto de la cama. Lo último que recordaba era apagar la televisión por el hastío que le producía en las entrañas ver el enfrentamiento de su vástago con el tres ojos. Él sí le habría dado su merecido a ese guerrero inferior.

Y cuando quiso darse cuenta, se vio a sí mismo con una sensación de preocupación extrema clavada en su ser.

El ki de Trunks, su chico, había bajado a ínfimos.

Apretó los ojos abstrayéndose de cualquier sentimiento negativo. Tenía que agrupar sus instintos para dar con su hijo.

-¡Maldita sea!- gritó saliendo al exterior volando.

Concentración, se dijo a sí mismo de nuevo moviendo hacia los lados la cabeza.

Nunca, jamás, volvería a sentirse tan inútil. ¿Quién había sido tan fuerte como para destrozar a Trunks? El ki que sentía y que estaba rodeado de otros ya conocidos, se le hacía grandioso, esplendoroso, gigantesto, digno de una gran batalla.

La ira del guerrero, la misma rabia perdida en pensamientos que no estaban a la altura del príncipe de los saiyajins, se le cruzó en su mente del mismo modo que el debilitado ki de su hijo. Lo había encontrado. Voló tan rápido como pudo.

o-o-o-o

La leyenda de Bojack era conocida por cualquier guerrero del universo. Según le había llegado a sus oídos, un ser de fuerza excepcional de naturaleza kartharhabía intentado arrasar con todas las galaxias del universo hacía cientos de siglos y no fue hasta que intervinieron los dioses cuando su historia cayó en el olvido convirtiéndose en leyenda.

Los karthar no fueron grandes guerreros. Por eso llamó tanto la atención que alguien de esa especie fuera tan fuerte como para poner en jaque a los elevados en los cielos. Por lo que había escuchado, hizo un trato con una bruja a cambio de algo que ya se había perdido en el aire, y de este modo llegó a ser fuerte, muy fuerte, él y los suyos, unos guerreros igual de desquiciados como él perdidos en ansias de destrucción. Otra vez, una mujer metiendo la pata, pensó para sí.

Eso no importaba, Bojack y los suyos no eran de sangre guerrera. Si no fuera porque estaban realmente locos y desmedidos a la hora de gobernar, habrían sido unos dignos rivales a batir.

O al menos eso pensaba Vegeta. Además, la intervención de las deidades tuvo que ser sumamente necesaria porque nunca antes había escuchado que los dioses hubieran entrado a ser parte en cualquier situación que ocurriera en el universo.

Recordando la lucha que había tenido lugar hacía largas horas atrás, chistó otra vez en lo alto del recinto hospitalario, unos metros arriba de donde se encontraba su hijo reponiéndose de las heridas, lejos de cualquier molesto humano.

De cualquier humano sí, pero no de cualquier ser: Piccolo, el namekiano, permanecía a su espalda con igual aire pensativo y la misma sensación de abatimiento. En la planta superior de ese hospital, ninguno de los dos habría sido capaz de decir quién fue el primero en llegar. El resto de guerreros que habían formado parte de la batalla contra Bojack, permanecían ahora dentro y desde ahí escuchaba sus risas.

De nuevo, volvía a ser un vencido y, de nuevo, ese planeta volvía a ser testigo mudo de su vergüenza. Después de haberse insuflado de las ansias de una batalla en la que su hijo había estado realmente en peligro, ahora se sentía igual de derrotado.

Gohan, el hijo de Kakarotto, había salido vencedor de la contienda.

Otra vez.

Chistó de nuevo y escuchó un gruñido parecido a una queja proveniente de su improvisado compañero de meditación.

Suficiente. Se puso en vuelo para volver a su casa a descansar.

o-o-o-o

-Mamá.- la llamó su hijo.

-Hola, Trunks.- le saludó su madre siguiendo con sus labores y sin quitarse una especie de casco ultraprotector. -Ya estoy terminando. ¿Cómo está Gohan?-

-Mejor, se ha recuperado muy rápido.- contestó el pelilila introduciéndose en el laboratorio y estudiando su alrededor.

-Casi tanto como tú, ¿eh?- supuso su progenitora sonriente a la vez que cerraba la tapa del último artefacto que estaba perfeccionando.

-Mis daños fueron menores...- se justificó él cogiendo una de las máquinas que estaban sobre la estantería a su derecha. En cuanto se giró fue cuando se dio cuenta: -¡Te has cortado el pelo!

-Sí, ¿a que estoy guapa?- le contestó coquetamente su madre mientras se atusaba el cabello y dejaba su protección sobre la mesa de operaciones. -Creí que no te darías cuenta.-

-Lo siento, con el casco ni me fijé.-

-Entonces, ¿está bien Gohan?- insistió Bulma sin cesar de mirar su reflejo desde todas las posturas.

-Sí.- terminó respondiendo Trunks. -Pero lo que me sorprende de él es que no le es complicado superar tanto odio.-

-¿Odio?- preguntó su madre intrigada mientras se quitaba la bata. -¿A qué te refieres?-

Por un momento tuvo que pensar en la cuestión. No se había dado cuenta de lo que había dicho. Su madre no tenía que saber que el odio que se queda anclado en el alma de un medio humano, odio propio de un saiyajin después de volverse más poderoso, permanecía dentro por un tiempo. -Ah, a nada, no me refiero a nada, es que...-

-Oh, venga, Trunks, creí que no íbamos a tener secretos.- le animó guiñándole un ojo.

-¿Te lo cuento cenando?- le interrogó éste abriendo de nuevo la puerta.

-Claro, me muerdo del hambre.-

o-o-o-o

-Pero eso no tiene sentido.- le dijo a su hijo mientras mordía un gajo de naranja. -Si siempre tienes odio después de sacar esa ira saiyajin de la que me has hablado, entonces Goku sería el hombre más malo del mundo, ¿no crees?-

Trunks pareció dubitativo. -En eso tienes razón.- terminó pronunciando y llevando los platos al fregadero. -Lo cierto es que sólo puedo hablar por mí mismo y por lo que me ha contado Gohan.-

Bulma apoyó su mano en la barbilla con aire meditabundo. -Quizá lo notáis más porque sois medio humanos, aunque Goku tiene mucha más humanidad que muchos que yo conozco...-

-¿Lo dices por mi padre?- le preguntó su hijo metiendo los platos en el lavavajillas.

-No, no.- resolvió la peliazul poniéndose de pie y yendo a acompañar a su hijo. -Lo digo por la gente en general.- aclaró viéndolo actuar. -¿Por qué siempre te pones a limpiar después de cenar?-

Trunks abrió los ojos un poco ruborizado. -¿Te molesta?-

Su madre sonrió. -No, ni mucho menos, pero tienes que saber que aquí hay robots que inventó la lista de tu madre para hacer justo eso.-

-Creo que nunca me acostumbraré...- añadió Trunks soltando el trapo sobre el lavabo.

-¿A que te lo den todo hecho?- quiso saber su madre volviendo a sentarse alrededor de la mesa.

-Sí, es un poco raro.- contestó el pelilila. -¿Te vas a terminar la naranja?-

-No, tómatela tú.- dijo despreocupada su madre encendiéndose un cigarrillo. -Haces bien en no acostumbrarte, yo no pienso dejar que mi bebé sea un consentido.-

Casi se atragantó con el gajo de naranja al escuchar eso.

-Eh, ¿de qué te extrañas?- le preguntó su madre un poco ofuscada porque aquello le hubiera parecido raro a su primogénito del futuro. -Mi hijo va a ser todo un luchador, no voy a ser de esas madres que se lo den todo hecho.- aclaró haciendo hincapié en la misma idea.

Lo intentó por última vez. Llevaba allí más de un mes y desde la primera vez que los vio juntos, no volvieron a coincidir al menos en su presencia. Tenía que preguntárselo de nuevo: -¿Y has visto a papá?-

-Está arriba.- soltó su madre despreocupada a la vez que bebía de un vaso con vino. No lo miró a él cuando le contestó.

-¿Sigues enfadada con él?-

-¿¡Hay otro estado de ánimo posible frente a ese animal!- Bulma había soltado la copa con tal brusquedad sobre la mesa que casi había saltado todo el vino fuera. -Rayos...- murmuró a la vez que se ponía en pie buscando un trapo.

No quería hablar de él. ¿No lo había dejado claro? No quería porque se enfadaba. ¿El implante? Cuanto más lo pensaba más ganas tenía de estrellarle la botella de vino en la cabeza.

-Pero mamá...- Trunks no sabía cómo atajar el tema ahora que al menos su madre había estallado, no de la manera tan explosiva que se podía esperar de ella, pero sí había dicho algo más que respuestas evasivas cuando le preguntaba sobre el príncipe.

-No, Trunks, no insistas.- soltó la peliazul limpiando las gotas del líquido rojo. -Yo ya he hecho más de lo que jamás ha hecho nadie por él, y ya es hora de que eso empiece a cambiar.- sentenció irguiéndose y sin mirar a su hijo aún. -No voy a darle más oportunidades.-

Determinación. Su madre, sin gritarle, había sido más determinada de lo que nunca la había oído antes. Sin embargo, aquello era una sentencia tremendamente triste a sus oídos. No se achantó. Tenía que insistir por mucho que aquello no lo hubiera hecho antes con ella puesto que tenía decidido irse mañana mismo: -No es justo.- pronunció con la mente en otro tiempo.

-¿Qué no es justo?- le preguntó Bulma aún de mal humor y volviéndose a servir vino en la copa.

-En mi tiempo lo echas de menos.-

Esta vez la científica sí miró a su hijo con extrema seriedad. ¿Iba a hablarle de su tiempo? Era consciente de que aquello iba a suponerle más revuelos mentales así que no quiso continuar por allí y sonrió. -No te preocupes, Trunks, lo arreglaremos.- le dijo disimulando su relajación.

Su padre tenía razón: su progenitora no sabía mentir. -Mamá.- la llamó.

De nuevo, Bulma cruzó sus ojos con los de su hijo, el cual se vio intimidado por un momento pero a pesar de tener ese destello en sus iris azules, prosiguió con su intento:

-Mi madre del futuro todavía se entristece al pensar en él.-

La peliazul inspiró. Ésa no era la conversación que tenía que tener con su hijo la noche antes de su partida. Pero, ¿qué podía decir ante eso? ¿Iba a comentarle que su madre del futuro sólo tuvo que soportarlo tres años y que no había tenido que lidiar con el príncipe todopoderoso desganado y deprimido? Eso sí hubiera sido injusto, además, el reflexionar sobre ella en el futuro le hacía tener sentimientos encontrados, como si tuviera la culpa de algo que realmente, de algún modo u otro, no le incumbía.

-¿No he tenido más novios?- En cuanto se escuchó a sí misma preguntarlo, más ganas le entraron de que esa charla fuera por esos cauces y no que se centrara en Vegeta. Además, el hecho de haber llamado al príncipe novio le pareció lo más raro que había salido de su boca.

Ahí tuvo que sonreír. -No, bueno...- comenzó a explicarse el guerrero de pelo claro. -Siempre estabas en tu taller y no tenías tiempo para otra cosa que no fuera la máquina que me ha traído aquí.- y añadió con toda crudeza: -Además la población mundial está bajo mínimos...-

No, no iba a pensar en ella en ese plano de realidad. -Oh, pues qué pena, entonces seré una mujer guapa y desperdiciada.- soltó manteniendo la sonrisa. -Espero que ahora que están las cosas mejor me ponga las pilas...- Y le guiñó un ojo a su hijo. -Y tú no te enfades conmigo cuando empiece a salir con alguien, ¿eh?-

Tuvo que agachar la cabeza y negar moviéndola hacia los lados. -No, yo lo único que quiero es que seas feliz, mamá.-

Supo a dónde quería llegar su hijo de nuevo. Volvió a sonreír: -Creía que te habías dado cuenta de que la historia de tu padre y mía está muy lejos de ser un cuento, hijo, tú lo conoces y sabes que no está preparado para...-

-¿Y entonces qué va a pasar?- le interrumpió Trunks.

Bajó la vista de nuevo a la copa. Ahí estaba el quid de la cuestión. ¿Qué iba a pasar entre ellos? Desde que tuvieron la última discusión, él había estado fuera en algún paraje desconocido y luego lo vio aparecer en la batalla contra Bojack para, otra vez, luchar por su hijo. Y después, cuando ella volvió a la casa, él ya había vuelto. Y así llevaban otra semana más: Bulma sin subir a verlo y Vegeta sin salir en ningún momento de su habitación. ¿Qué iba a pasar? ¿Iban a estar así toda la vida? Si por ella fuera, sí, pero obviamente eso iba a ser imposible.

-No lo sé.- terminó respondiendo en un suspiro. -Seguramente se termine yendo...-

En cuanto las palabras últimas salieron de su boca, se dio cuenta de que había sido tremendamente dura. Vegeta iba a terminar yéndose del planeta, de eso estaba segura, pero su hijo parecía aferrarse a un hilo de esperanza con respecto a la relación entre ellos, por lo tanto, esa frase había estado fuera de lugar para ella puesto que siempre quería protegerlo. Alzó los ojos para mirarlo y se sorprendió al ver cómo su hijo sonreía.

-¿Qué ocurre?- quiso saber.

-Pero acabará volviendo.- concluyó Trunks con un extraño aire de misterio.

Lo negó: -No, hijo, si él se va aquí no le volveremos a ver ese pelo suyo para arriba.- insistió la científica poniendo la palma de sus manos a los lados de la cabeza. Pasaría por alto el hecho de que estaba segura de que si él se iba, encontraría la muerte tarde o temprano por ese amor al peligro que tenían los saiyajins puros. Por fortuna, su hijo había salido con una cabeza bien amueblada y sus instintos no eran tan salvajes. Fue pensar en Vegeta muerto, y todos los miedos que pasó en la batalla contra Célula volvieron haciéndola estremecerse por un instante.

Pero era cierto. Si algo había aprendido estando tanto tiempo con Goku era que lo que le había ocurrido a su gran amigo tenía que pasarle tarde o temprano. Para Bulma estaba claro: si juegas mucho tiempo con fuego, te acabas quemando. El caso de Goku era especial, de eso no había duda, pero ella haría todo lo posible porque su hijo, sin dejar a un lado su esencia saiyana que formaba intrínsecamente parte de él como la humana, fuera feliz sin correr un gran peligro.

Vegeta era otro cantar. Siempre lo supo y aún así se enamoró de él. Ya se lo había dicho antes: no iba a vivir mucho tiempo. Pese a que a mucha gente que ella conocía esa realidad le haría despegarse de él, Bulma se reconocía a sí misma como una persona que no formaba parte de ese grupo. Ya perdió mucho tiempo con Yamcha en aquella primera relación. La vida había que aprovecharla, y era por eso por lo que se había hartado de la actitud del príncipe. ¿No quería ser feliz? Pues ella sí. Sólo iba a necesitar tiempo y aprovecharse de ese carácter tan maravilloso que le hacía ser fuerte, tanto como para cambiar toda una realidad ella sola inventando la máquina del tiempo. Su cabezonería con respecto al saiya era porque no soportaba ver cómo alguien menospreciaba la vida, con todo lo que ese concepto conllevaba. Lo suyo había sido algo especial pero no iba a insistir más en ello. Si bien le dijo una vez que no iba a vivir mucho tiempo, en su última conversación también le dijo otra gran verdad: que ella ponía punto y final a aquello.

Otra cosa era que la Bulma guerrera le atosigara todas las noches gritando desde las entrañas.

-Volverá.- reiteró Trunks aún más asentado en la idea.

Bulma suspiró. Ese diálogo no iba a llegar a ningún lado si seguían así. -¿Y tú cómo estás tan seguro?- le interrogó estudiando la recién adquirida solvencia de su primogénito.

-Eres tú la que me lo dijo.- replicó el pelilila aún más divertido.

-Hijo,- comenzó a decir la científica poniéndose en pie. -No creo que yo te haya dicho una idea tan descabellada.- pronunció dejando la copa de vino en el lavabo. -Vámonos a dormir, que mañana nos espera a todos un día muy duro, ¿te vas finalmente por la tarde?-

-Sí, pasaré la mañana en casa de Gohan con los muchachos para despedirme de ellos, y luego comeré contigo y con los abuelos.- añadió Trunks siguiéndola. -Pero, mamá...- la llamó por última vez aquella noche.

Bulma se giró para saber qué quería: -Sí, dime, hijo.-

-Bueno, es que...- No sabía si aquello iba a ser una buena idea tantearlo de nuevo, sin embargo, no iba a dejar escapar la oportunidad: -Es que no me gusta verte bajar los brazos con algo.- dijo finalmente rascándose la nuca. -Es raro.- sentenció mirándola entre mechones de su flequillo.

La peliazul se cruzó de brazos: -¿Y quién te dice a ti que yo he bajado los brazos?- le inquirió un poco enojada. Al instante, se dio cuenta de que era verdad y abrió los ojos un poco sorprendida. -Ah, te refieres a tu padre.- razonó. -Es más complicado que eso, Trunks.-

No había manera de encontrar un camino entre los dos. El guerrero joven era consciente de que su madre tenía toda la razón reflexionando de ese modo acerca del príncipe y sobre todo de que la posición de su madre era sumamente inteligible, sin embargo, por todos los dioses, no podía creerse que él le hubiera pedido más a ella con respecto a su padre. -Lo siento.- terminó diciendo. -Sé que es muy complicado.-

-No tienes por qué disculparte, Trunks, es normal que un hijo quiera ver a sus padres juntos.- fue la réplica clemente de su madre mientras avanzaban por las escaleras.

-Sí, supongo.- dijo su hijo. -Nunca antes os había visto juntos hasta que llegué aquí la primera vez.-

Bulma sonrió. La sensación amarga de esa última frase no la pudo evitar en toda la noche. Trunks nunca antes los había visto juntos porque Vegeta murió en el tiempo que a él correspondía unos años atrás.

Y eso también era una gran verdad que seguía latente.

o-o-o-o

Era desesperante. Cualquier cosa que pusiera en esa caja tonta llevaba impreso el sello del despreciable que presumía de ser el salvador de La Tierra. Anuncios, biografías e incluso películas sobre sus falsas hazañas copaban cualquier canal y más desde el altercado contra Bojack.

Odiaba a los farsantes, y más a los farsantes que no paraban de hablar. Verlo ahí saludando a las masas enfervorecidas que lo aclamaban le provocaba ganas de vomitar. En cuanto comenzó su discurso, ya no pudo más y apagó la televisión.

Igual un poco de aire fresco le vendría bien ahora que parecía que la oscuridad había caído en la ciudad.

o-o-o-o

No podía dormir. Estiró sus brazos y sus piernas sobre toda la cama y miró al techo pestañeando con fuerza.

Suspiró alargando el soplido de aire. Hacía calor y que cayera la noche no hacía el verano más llevadero si no que parecía como si se comprimiera aún más. Desde que había decidido que Trunks dormiría con ella se controlaba con el aire acondicionado por si pudiera hacerle daño, así que no lo subía tanto como quisiera.

Se puso de pie y decidió salir al balcón.

Hacía una noche preciosa. La falta de luna conseguía que las estrellas fueran vibrantes incluso con las luces de la ciudad luciendo omnipresentes. Hacía tiempo que no miraba hacia el cielo. Se apoyó en la baranda y estudió su alrededor.

Y entonces lo vio: estaba no muy alejado de ella con su perenne soledad envolviéndole. Si no fuera porque sabía que percibía las presencias, hubiera creído que no sabía que ella también había salido a tomar algo de aire fresco. Y el hecho de que viera cómo él movía sus ojos hacia donde la peliazul se encontraba hizo que no cupiera ninguna duda sobre ello.

Dobló la vista de nuevo hacia el jardín y la ciudad. Maldito saiyajin que le ponía de mal humor.

Volvió a mirarlo de nuevo y él ya no estaba. Tendría que haberse acostumbrado a que él desapareciera, sin embargo, no era así.

Volvió a suspirar. No podía pensar más en su conversación con Trunks. Llevaba toda la noche dándole vueltas a lo mismo y aquello parecía como si no quisiera apartarse de su mente. Retornó a mirar el espacio vacío que el príncipe había dejado en el balcón.

Él en cualquier momento se iría definitivamente, de eso era bastante consciente.

Si se dejaba guiar por lo que sentía, los sentimientos eran encontrados; se se dejaba guiar por su cerebro, los pensamientos también chocaban unos con otros. ¿Qué hacer? Bufó. Ahora no iría a verlo, quizá mañana.

No, no iría a verlo. Ni mañana ni nunca.

Con esa idea, se echó en la cama de nuevo esperando a que el sueño le venciera. Poco durmió esa noche, lo mismo que el príncipe en su habitación.

o-o-o-o

Al día siguiente, Bulma estaba nerviosa. Esa misma tarde Trunks se iba a ir y ese mero pensamiento le hacía apenarse y, consecuentemente, se volvía más activa para que no se le pasara por la cabeza que la despedida estaba más cerca.

Salió del laboratorio y entró en la casa llevando a su retoño en brazos, con el cual pasaba gran parte del tiempo en su habitación de trabajo.

-¿No te apetece comer todo lo que hay en la nevera, Trunks?- le preguntó a su hijo mientras abría el frigorífico. -¡Porque yo estoy muerta de hambre!-

-¡Hola, hija!- le saludó su madre entrando por la puerta. -¿No vienes a comer con tu padre y conmigo al jardín?-

-¡Oh! ¡Qué buena idea!- soltó cerrando el frigorífico. -¿Tú qué dices, Trunks? ¿Quieres ir con los abuelos?- le cuestionó a su retoño, el cual pareció entenderlo y le sonrió. -Mamá, llévatelo tú, ahora iré yo.- Y se giró para cruzar la entrada en busca de las escaleras.

-¿A dónde vas, hija?- quiso saber su madre.

-A por Vegeta.-

Estaba decidida. Si no le gustaban las despedidas y que la gente se fuera de su vida, algo que le estaba ocurriendo con asiduidad últimamente, no iba a dejar que el príncipe desapareciera de su vida así como así.

o-o-o-o

Él ni la miró pero sabía que estaba ahí, estudiándolo con sus ojos azules. Pensó en hacerle un comentario despectivo pero, como siempre le pasaba de un mes a esta parte, no tenía ganas. De hecho, ni se había dado cuenta de que tenía la puerta abierta, algo que nunca antes hubiera permitido puesto que nadie más que él cuidaba su propio espacio. Ahora, simplemente, le daba igual.

O quizá no tanto. Fue verla entrar a paso lento y chistó por saber lo que se le avecinaba, es decir, cualquier cosa. Se quiso adelantar a lo que seguramente sería un cúmulo de actividad y energía, lo que siempre fue esa mujer de pelo turquesa.

-¿Qué quieres?- le preguntó cambiando de canal y aún sin mirarla.

-¿Qué estás viendo?- le contestó ella en forma de cuestión. Se sentó a su lado alzando la mirada hacia la televisión justo en frente.

-Nada interesante.- le respondió él sabiendo que sólo acababa de empezar. Igual tenía suerte y ella no estaba tampoco para intercambiar frases sin sentido.

-¿Estabas viendo una película?- le interrogó quitándose las zapatillas y moviendo un poco la postura sin quitar su vista de la pantalla.

El gesto fue revelador y conociéndola como la conocía estaba seguro de que ella lo había hecho disimuladamente con la intención de que él no se diera cuenta. ¿Cuándo aprendería que el príncipe de los saiyajins siempre se adelantaba a sus movimientos? Quitó la vista del todo cuando observó de soslayo cómo la peliazul se adentraba de lado en la cama, aún con los pies colgando del borde.

-No estaba viendo nada.- le aclaró Vegeta a la vez que apagaba el televisor con el mando a distancia y volvía a la postura inicial.

Ella se giró y lo observó por instantes. Obviamente, no había captado la indirecta o incluso peor: como siempre creyó el saiya, no quería hacerle caso.

Notar que lo estudiaba sin ningún reparo nunca le gustó. -¿Qué miras?- le preguntó por fin abriendo los ojos y clavándolos en ella.

-Nada interesante.- le respondió enseñándole una franca sonrisa.

Que le contestara con su normal desfachatez con una réplica exacta a la que él había usado no hacía ni un minuto podía tener su gracia, y más si a lo que había respondido era sobre lo que ella estaba mirando, o sea, a él. Y los dos sabían que era una debilidad propia de la científica el mirar a Vegeta; pero desconocía a qué había venido. Esa mujer parecía que no se daba cuenta de que él no estaba para sus retos y que por eso estaba fuera de lugar una de sus bromas. Pese a que también había sido gracioso. Tenía que reconocerlo, lo había sido y quizá por eso se sintió molesto y terriblemente observado, como si ella estuviera esperando que su media socarrona sonrisa apareciera en su rostro. Movió la cabeza hacia los lados y miró a la ventana, sin embargo no pudo evitar que se le escapara un ínfimo soplido corto. El descaro de ella seguía teniendo su gracia y dejarlo en evidencia no le gustó.

-Vete de aquí.- le ordenó con la mirada fija en el cielo azul.

Ya se lo había dicho otras veces y sabía que ella era impredecible. Si en las anteriores ocasiones consiguió que todas las opciones posibles pasaran, es decir, que ella chillara, que le contestara, que se fuera dando un portazo y las demás usuales en su comportamiento intenso, ahora no quería ni sabía cuál era la consecuencia que sacaría de ella tras esa orden, la enésima que le salía de su boca.

Ni un movimiento. Era consciente de que tenía sus ojos azules hincados sobre él y no percibió de reojo ningún movimiento de ella. Estaba allí, parada, sentada sobre su cama, mirándolo, y por largos segundos no hizo ni dijo nada. Al contrario de lo que debía de parecerle en esa etapa confusa de su vida, a él no le dio igual. Desde que la conoció siempre la pilló observándolo, analizándolo al extremo y constantemente le hacía sentirse un lelo, una especie de bufón en el que fijarse por marcar la diferencia. Le ponía nervioso. Era curioso que siempre le gustara que lo miraran porque veía miedo en las pupilas del contrario, pero con ella era distinto, continuamente lo fue porque desde que llegó a ese planeta nunca vio terror en sus ojos, y cuando lo vio, no fue porque le temía.

Escuchó el sonido de las sábanas arrugarse y eso sólo podía significar que ella se estaba moviendo. No hicieron falta las sospechas, evidentemente no se había levantado de allí. Se puso en alerta al instante, como siempre hacía cuando ella le rondaba con sus condenados movimientos sigilosos y secretos. De nuevo, se volvió a sentir estúpido por no poder controlar cada reacción de su cuerpo. Movió su cabeza hacia ella para repetirle el mandato, para iterarle que se fuera y que lo dejara en paz de una vez por todas.

Sigilosa y secreta, contundente y descarada, Bulma en estado puro para él, ya estaba reptando hacia la parte superior de la cama colocando su cabeza justo enfrente de la suya.

Malditos ojos azules.

-No.- le murmuró queda sin moverse más. –No me iré.-

Cuando se vio estudiándola con la misma intensidad que notaba sobre todo su rostro volvió a soltar un soplido corto. Siempre se encontraba a sí mismo muy ridículo justo cuando salía de esa especie de ensimismamiento abstracto y de tonos azules.

Quiso moverse y se vio sorprendido por la rapidez de sus movimientos, que de sigilosos pasaron a categóricos sin perder ni un atisbo de rotundidad, como siempre hacía ella con él. Estiró su brazo para pararle la salida y lo apoyó sobre el borde de la cama.

-Tienes que reaccionar.- le dijo.

-¿Y quieres que lo haga contigo en la cama?- le replicó molesto sin dejarla acabar. La burla estaba echada; la intención, clara. Desconocía si había provocado ese acercamiento para aproximarse íntimamente a él, sin embargo prefirió la mofa por si acaso. Si ella había ido allí ocurriría lo de siempre a no ser que alguno le pusiera límite. Y después de cómo habían transcurrido los últimos acontecimientos de su vida, él se tomaba a sí mismo únicamente como rey de algo: de los límites, de los suyos propios y de lo que pasara con ella. El condenado Príncipe de los Saiyajins era sólo el rey de los límites, es decir, de absolutamente nada.

Por supuesto, ella no dejó de mirarlo y siguió con su brazo apoyado en el borde, interceptando su posible huida, como si fuera posible pararlo de ese modo. Ni siquiera le contestó a esa provocación.

-Déjame tranquilo.- le soltó levantando levemente el borde del labio y quitándole el brazo de su alrededor de mala gana.

Y entonces ocurrió lo que él de ninguna de las maneras se esperaba. Casi erguido del todo sobre sus pies, Bulma lo empujó. Nuevamente, algo impredecible que salía de la científica. ¿A qué venía eso? La miró atónito y cuando ya estaba a punto de dar por rotundamente loca a esa mujer, ella lo volvió a empujar.

-¿Qué demonios haces?- le preguntó sin poder evitar la intriga. No tenía ningún sentido lo mirase por donde lo mirase. Ella era humana, y como humana tenía que dejarse llevar por sus sentimientos, o sea, que lo común hubiera sido que siguiera con su palabrería y sus obviedades que no habían llegado a nada en todo ese mes.

-Reacciona.- le pidió ella sentándose de nuevo sobre la cama y utilizando la inercia para esta vez darle un golpe con la palma de la mano en su pecho.

¿Que reaccionara? ¿Creía que iba a reaccionar siendo ella la que empezaba una lucha? Era tan absurdo y escaso en todos los sentidos que hasta por un instante lo pensó. Se rió de sí mismo en aquella situación y volteó su cuerpo para dirigirse a la ventana.

Fue girarse y sintió que ella quería volver a golpearlo. La inercia guerrera, que salía incluso en ese sinsentido, le hizo darse escasamente la vuelta para agarrar su muñeca en el aire. Ella no le iba a hacer daño, ella no le iba ni siquiera a molestar un ápice con su golpe, y aun así lo paró.

-¿Qué es lo que haces?- le volvió a cuestionar aún sin creérselo. Era una humana sin ningún poder de pelea. -¡Déjame tranquilo de una vez por todas!-

Fue escucharse a sí mismo gritar y se sorprendió. Antes de volver a caer en la ínfima posibilidad de que se estuviera empezando a enfadar de verdad, ella se puso de rodillas sobre la cama y con la otra mano retornó a intentar golpearle.

En ese instante lo notó. Era irrisorio, absurdo y seguramente tenía su porqué en que no le gustaba que le tocaran, pero reaccionó y se vio a sí mismo enfadado.

Y entonces lo entendió. Ella estaba golpeándolo porque no le quedaba otra opción, porque ya le había gritado y hasta le había zarandeado, había tratado de ser suave aunque terminó siendo un desastre, y ahora lo que estaba tratando de hacer era volver a encender su sangre saiyajin, su espíritu de lucha. Una acción absurda, desproporcionada y completamente descabellada.

Y casi efectiva.

En cuanto vio cómo ella empezó a mover sus brazos para soltarse del agarre y cómo constreñía su rostro por el esfuerzo, entrecerró los ojos tratando de buscarle algún sentido.

-Estás completamente loca.- le dijo destensando la sujeción sobre sus muñecas y sumamente ofuscado.

Se deshizo del todo del agarre y volvió a las andadas. De rodillas sobre la cama, se echó sobre él para golpearlo segura de que jamás podría hacerle el mínimo daño.

Otra vez, la intuyó: se echó hacia atrás para controlar sus movimientos, dejarla caer sobre él y así empujarla sobre la cama.

-¿¡Te quieres estar quieta?- le bramó inclinándose levemente hacia delante y con los puños apretados.

Incordiante, sumamente testaruda e impertinente como jamás había conocido a nadie, se removió y quiso seguir con lo mismo. En un movimiento imposible de determinar con la vista, Vegeta le dio la vuelta y la volvió a tumbar sobre la cama, esta vez boca abajo y con sus manos blancas sujetas sobre el final de la espalda sólo con una de las del guerrero. Hasta él se sorprendió a sí mismo reaccionando a sus provocaciones.

-¡Te he dicho que te estés quieta!- le volvió a ordenar.

Su cara estaba de lado, comprimida contra las sábanas y respiraba con fuerza. Una de las poderosas manos de Vegeta le agarraba del cuello para que no se moviera y la otra seguía presionando la unión de sus muñecas en la base de la columna. En cuanto se vio a sí mismo sobre ella, la alteración por su enfado aumentó infinitos grados percatándose de que estaba reaccionando, lo que traducido al idioma entre ellos significaba que la peliazul estaba saliéndose con la suya. Podía ser extraño y no tener ningún sentido, pero la bravata de ella terminó por ser efectiva y sacar al saiyajin desmotivado de dentro.

A pesar de ser violento el momento, ella estaba muy lejos de verse atemorizada por él. Hacía ya mucho, muchísimo tiempo que ese hombre no le asustaba y pese a la contundencia de sus actos en ese instante, no le temió. Fue lo que andaba buscando, que él reaccionara, y sabiendo lo borrascoso y complicado que era, lo que había estado haciendo era atacar su esencia saiyajin, ésa que le nublaba la vista cuando una batalla estaba cerca, ésa que seguramente le habría llevado a perder la vida en cualquier momento y que ahora parecía apagada.

Y Vegeta no podía estar así a sus ojos. Él no era así. Era apasionado y entregado a todo lo que concentraba en su ser. Él era un saiyajin y los saiyajins no pueden dejar de pelear. Lo había podido comprobar hasta en su hijo pequeño, que si bien era un niño muy normal, otras veces su dualidad se exaltaba y hasta a ella le sorprendía con su fuerza y su determinación. Lo había visto en sus ojos: el pequeño disfrutaba cuando ella lo dejaba sacar su otra naturaleza y eso evidentemente tenía su causa en que su padre era el Príncipe de los Saiyajins, el mismo que la tenía aprisionada contra las sábanas.

Porque en todo el tiempo que él estuvo viviendo allí pudo aprender dos cosas de él: un saiyajin necesitaba la lucha igual que el respirar. Y si no luchaban, su vida carecía de sentido.

No le podría hacer daño, pero si algo sabía hacer bien Bulma era provocarlo.

-¡Suéltame, idiota!- le gritó ella no pudiéndose mover ni un milímetro y notando más presión en los dos puntos de contacto y que él tenía agarrados con fuerza: cuello y muñeca. Sí, el insulto había surtido efecto.

La segunda cosa que había aprendido de Vegeta era que él jamás la lastimaría por mucho que ella le hubiera dado excusas para que su brutal esencia saliera a la luz. Y ni en un momento extremo como ése, él se saltaba esa norma pese a que tenía que reconocer que estaba incidiéndole más presión de lo normal. Sonrió para sus adentros al percatarse de ello. Él estaba reaccionando pese a que ese juego provocador de ella les estaba llevando a una demasiada palpable intimidad.

La consecuencia de esa locura no era ni mucho menos dañarle, si no que reaccionara. Y verlo ahí, con su respiración pesada sobre ella y bramándole que lo dejara en paz significaba que lo estaba consiguiendo aunque fuera una meta mínima. Ahora llegaría hasta el final, pese a que la tensión no sólo se podía respirar como confusa, si no que la intimidad, ésa que siempre los rodeaba, era casi más evidente que la otra. Ahí tuvo sus dudas, sin embargo, estaba segura de que pararía el momento íntimo si se diera el caso si él no se le adelantaba antes. Ya habían pasado por eso, por esa tensión, y siempre había un momento en el que podrían, uno u otro, echar atrás. Únicamente tuvo que insultarle otra vez para que él dejara de contenerse en extremo.

-¡Que me sueltes, imbécil!- le ordenó ella.

La puso de cara harto de tanto teatro y Bulma sólo necesitó verlo así de enfadado para saber que, de nuevo, lo había conseguido a pesar de que él mascullara:

-¿De verdad crees que esto tendrá algún efecto sobre mí, eh?- le inquirió zarandeándola de los brazos para acto seguido soltarla sobre la cama aún con sus brazos sujetados con fuerza. Se inclinó más plegando en exceso el entrecejo. -¡Nada de lo que tú hagas me importa! ¡Nada!-

Bulma se zafó de su agarre y subió su blanquecina mano hacia la mejilla de él. Ni lo pensó, quizá fue la inercia. Cuando lo veía más irresistible era cuando luchaba de esa manera contra sí mismo y quiso acariciarlo. Definitivamente él tenía razón: estaba completamente loca si Vegeta le hacía sentirse de ese modo.

Se deshizo de su mano y gruñó irritado queriendo incorporarse y alejarse de ella. Pero no lo dejó y se abrazó a su cuello.

-¡Suéltame!-

Así hizo. Le soltó el cuello al instante para mirarlo confundida. En cuanto lo escuchó, la peliazul se dio cuenta de que aquello no era lo que ella había pretendido. ¿Qué estaba haciendo? Ese hombre no sólo la había rechazado miles de veces si no que lo seguía haciendo en ese mismo instante. ¿Cuándo aprendería? Había ido a provocarlo y efectivamente lo estaba consiguiendo, pero no de esa manera. No así. Estaban demasiado cerca. Y ella no quería estar tan cerca. Justo ahí se dio cuenta de ello. Removió su cuerpo entre tanto músculo escurriéndose hacia el borde de la cama.

Vegeta frunció el ceño. ¿Qué diablos hacía? ¿No había ido a esa habitación a provocarlo? Ahora parecía que realmente quería irse de allí. No la dejó: le agarró de las caderas y se echó sobre ella para que dejase de moverse. O quizás para que lo provocara más.

Bulma paró por un instante de zafarse del su agarre esclavo. ¿Qué hacía él? ¿Por qué había dejado su cuerpo caer sobre el suyo? ¿No era el que mantenía constantemente las distancias?

-Déjame.- le ordenó.

El príncipe pareció confuso. ¿Realmente ella quería que la dejara? Se miraron a los ojos tratando de descifrarse entre respiraciones pesadas, fuertes y acompasadas. En cuanto ella retornó a moverse lo mínimo tratando de salir de allí, el efecto sobre él fue instantáneo: notó todo su cuerpo tensarse debido al roce de los cuerpos.

-Deja de moverte, Bulma.- le ordenó.

-Déjame salir, Vegeta.- le devolvió ella el mandato.

El tono de las voces había disminuido tanto como el calor había aumentado.

Se mantuvieron las miradas tratando por enésima vez saber qué ocurría entre ellos. Él era el Príncipe de los Saiyajins y ella una científica de un mundo completamente distinto al que había conocido, incluso dispar al que tendría que haber sido. Una humana. La mujer por la que no tendría que sentir nada además de asco. La madre de su hijo. La que no tendría que estar ahí.

En ese instante se dio cuenta: ella sí podía estar ahí, era él el que no cumplía con su lugar. Él era el que estaba donde no tenía que estar. Él era el Príncipe de los Saiyajins y aquello era algo completamente descabellado. Desde el principio lo fue, desde aquel primer momento en el que puso sus ojos en ella. No debió de pasar como tampoco debería de estar pasando justo lo que estaba pasando entre esas sábanas blancas.

Bulma observó la transformación de su mirada. De confuso pasó a estar desesperado. Sus ojos nunca fueron expresivos pero, por todos los diablos, la desesperación de él fue tan palpable que ella notó su corazón exaltarse por encima de otras sensaciones sobre aquella cama, exactamente igual a cuando él fue a esa casa en busca de consuelo. Ahora, al verse descubierto, cerró los ojos con fuerza.

Irresistible.

O quizá no tanto. Tuvo la tentación de volver a acariciarlo pero se contuvo. Si él estaba confundido, ella lo estaba más. Podría ser el maldito Príncipe de los Saiyajins, un miembro de la realeza de un mundo extinguido, pero ella era Bulma Briefs y ese hombre no dejaba de ser el que la había rechazado cientos de veces. No podía permitirlo. Se volvió a mover dentro de la jaula en la que estaba enclaustrada y él volvió a abrir los párpados.

No la miraba. Con los ojos abiertos no parecía estar mirándola si no perdido en sus pensamientos mientras dejaba pasar sus pupilas por todo el rostro de ella. A la vez que se decidían a no dejar que sus orgullos cayeran entre las sábanas, la unión de sus cuerpos hizo el resto:

Ardor. Era tan palpable que costaba respirar. Si sus mentes estaban claras y decididas, sus cuerpos y más allá no parecían ir por el mismo camino. Él se apretó a ella por abajo a la vez que ella se abría del todo y subía sus caderas haciendo que el contacto fuera más evidente.

Sus ojos se perdieron entre un mar de sensaciones haciendo oídos sordos a que de su boca soltase un pequeño gemido:

-Vegeta…- murmuró.

Siguieron moviéndose sin moverse, mirándose sin mirar, luchando sin luchar. Ella bajó sus caderas y él siguió su vaivén para luego subir de nuevo.

Fricción. Cuerpos tensos disponiéndose en la calma que precede a toda batalla.

Bajó la mano para prepararse y al instante volvió a cruzar sus ojos con los de ella una vez que los dos habían aceptado la situación. Lucía igualmente confusa y hasta un poco alterada a la vez que respiraba con torpeza. Esa mujer era pura contradicción. ¿Es que no había ido allí a provocarlo? Entonces, ¿qué había pasado en esos largos segundos? Tampoco quiso pensar en ello. Si ella estaba confusa, él le ganaba también en eso. Con un movimiento brusco, le levantó la camiseta y el sujetador dejando a la vista su barriga y sus pechos. Los vio moverse acompasados a su excitada respiración y la suya propia se volvió más recargada con la visión. Por un instante volvió a observar su rostro y casi perdió la razón al ver cómo ella entreabría su boca como si fuera el animal más hambriento del universo. Hizo caso a lo que clamaban sus labios y los devoró sin cálculo.

La movió hacia así colocándola justo donde tenía que estar y rodeó su cuerpo por el interior de los hombros con sus brazos. Se preparó manteniendo unos instantes en los que todo su cuerpo pareció palpitar al mismo ritmo que el centro de su deseo. Ardor, insoportable ardor que lo recorrió por completo mientras le echaba un vistazo a su cuerpo blanco y débil. ¿Qué ocurría, maldita sea? ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Es que realmente no podía controlar aquello? Volvió a apretar los párpados mientras soltaba un gruñido.

Nada tenía sentido. Ni antes ni ahora.

La penetró con la misma desesperación que sentía en sus entrañas y los dos soltaron el aire al mismo tiempo, de golpe en un suspiro corto y comprimido, chocando en el ambiente. A él le llegó directamente al oído y a ella en su nuca. Deslizó su rostro sobre su mejilla y a medida que se separaba, su nariz recorrió la tez de ella. Encajados y quietos, se miraron de nuevo buscando la misma incomprensión en los ojos del otro. Y la encontraron. Ambos fruncieron el ceño a la vez y él le separó el pelo de la cara con las dos manos, enredando sus dedos en el cabello azul de ella y liberándole de toda molestia ante la vista, exponiendo ante él su rostro completo.

Se movió lo mínimo dentro y la respiración de ella le caló hasta la garganta. Ni la fuerza de un millón de enemigos podría contener tanta contundencia como esos centímetros. Y sólo había necesitado un leve suspiro procedente de sus labios para convencerse de que, sin pretenderlo, esa mujer podría hacer caer todo un imperio a sus pies.

La tormenta de emociones que contenían los iris de él fue insoportable, tanto que ella tuvo que cerrar los ojos para no emocionarse. ¿Cómo podía ese hombre negar cualquier sentimiento? Si no lo entendía, ella tampoco. Pero estaba pasando. Había pasado. Y ocurría en ese instante. ¿No se daba cuenta él de que cuanto más luchara, más difícil era negarlo, más inevitable?

La vio perderse en cuanto cerró los ojos, casi caer derrotada. Parecía como si ella aceptase el momento siendo la primera en percatarse de que ya no podían dar marcha atrás. Pero, ¿recular en qué? ¿Qué demonios tenía esa mujer en la piel para que él perdiera toda condición junto a ella? Apretó los dientes. La odiaba. La odiaba cuando ganaba y cuando se dejaba perder como ahora, cuando no le hacía caso y cuando se escabullía dentro de su mente para aparecer en sus sueños. La odiaba, odiaba su pecho deseoso y suave y todo lo que éste contenía dentro y que a él le pertenecía.

Empujó con fuerza y la oyó gritar. También la odiaba cuando hacía eso.

Ella giró su rostro hacia el suyo enfadada, casi tanto como él, abriendo por fin los ojos. En cuanto sus pupilas viraron hacia las suyas, tuvo unas ganas irremediables de golpearlo. Y así hizo. Cruzó la palma de su mano con toda la fuerza que poseía sobre la mejilla derecha de él, que pese a la consternación del momento, sólo levantó la aleta de la nariz y se ajustó aún más.

Del arrepentimiento por golpearlo pasó al deseo más añejo por volverlo hacer. No se contuvo: otro golpe en el rostro, esta vez con la otra mano. De nuevo retornaron a mirarse y él vio en los ojos de ella cómo desapareció la consternación en un instante. Ya no estaban las dudas del primero, si no que parecía a punto de estallar en un ataque de ira y locura por el que empezaría a golpearlo sin cesar. No se lo podía creer, le acababa de pegar con toda la rabia que tenía dentro de ese débil cuerpo. Justo antes de soltar la respiración, él le cogió de las muñecas para fijarlas sobre la cama.

-¡Ni se te ocu...!- le empezó a susurrar directamente a la boca.

No lo dudó, sabía que tenía que decir, acorde a lo que sentía: -Te odio.-

Y él, inexpicablemente, sintió un latido fuerte en su corazón que lo dejó sin habla. Uno solo, una especie de repunte que entendió como el gran aviso ante el que cualquier guerrero tendría que prepararse. Un escalofrío extraño de gozo y desprecio, delicioso, le recorrió toda la espalda con tal fiereza que por un instante se sintió mareado. Fuera la que fuese aquello, esa frase justo en ese momento lo había provocado. Hundió su rostro en el cuello de ella y lanzó un gemido de placer.

Pasión e ira. Bajó sus caderas desafiándolo y él volvió a empujar con más brío.

El bramido salió ensordecedor por entre sus labios. Volvió a rendirse por un instante, no ante él si no ante aquello. Cerró los ojos alargando su cuello y la espalda, dándole a entender que no había más en lo que pensar.

-Te odio.- volvió a musitar ella. -Te odio.- repitió.

Él aceptó el reto, como siempre hacía con ella, como siempre hizo.

Y entonces se rindieron los dos ante aquello.

Empezaron a moverse con furia, sin tregua, sin descanso. Con la misma intensidad y aún con la ropa puesta y revuelta, ninguno quería todavía dejarse vencer aun cuando sabían que no había salida. Lo necesitaban, tanto como que mientras que ocurría, la mente se abría despejando algunas dudas y dejando a la vista otras, las mismas que estuvieron ocultas tanto tiempo, las que ninguno quería mirar a la cara. Gritaban y se mordían, se arañaban y se apretaban. Ella quiso zafarse de su agarre esclavo y él más ímpetu le puso. Lo sentían, se estaban liberando.

La izó lo mínimo para arrancarle su ropa interior, haciéndola trizas. Más cómodos. Más, querían más.

Volvió a gritar sintiéndolo dentro. Le sobraba la tela, las sábanas y el resto del maldito mundo sobre esa cama. Solos él y ella, dando rienda suelta a lo que siempre les perseguía. La lucha de corazones contra mentes a un ritmo frenético, inaudito y que seguramente les iba a llevar a los dos a un estado demasiado peligroso. ¿Dónde estaba el problema? Era él, maldita sea, él y su pasado, sus creencias y todo su anhelo de guerrero. Únicamente por estar provocando aquello tendría que estar contenta. Pero no era así. Lo odiaba por no ser capaz de dejar atrás lo que tendría que dejar para aceptar sus sentimientos. Y por eso gritaba más de lo que quería, le arañaba y hasta le mordía. Lo odiaba. Lo odiaba con todo su cuerpo, como hacía él con el suyo, el mismo que estaba sobre ella, el que sí le decía lo que su boca jamás confesaría.

O igual no había nada que confesar. Bien, si era así, entonces lo odiaba más y disfrutaría.

¿Pero por qué no lo aceptaba? Aguantó un sollozo y se enfadó consigo misma. Le clavó las uñas en el nacimiento del cuello, un poco antes de la clavícula, y él se agitó para mirarla con suma furia apretando los dientes en ese gesto tan suyo del que salía un gruñido exasperado. Y ella apretó aún más.

-Oh...- se quejó él con lujuria.

Pasión. Un toro enfurecido encima de ella y ella respondiendo con toda la fuerza de la que disponía. Los golpes repetitivos contra el cabecero de la cama ni siquiera los sentía.

Un delicioso delirio donde no se sabía qué era placer y qué era dolor. Le agarró los pechos fijando con su cadera los arranques de frenesí. Los apretó sin pudor y ella se quejó volviendo a mirarlo con ira.

Sí, los dos pensaban lo mismo.

Más fuerza, más rudeza, y ella le pedía más retorciendo su cuerpo. Movimientos mecánicos, fuertes, más fuertes, más. La cama chirriaba y la mente se abría. Cuánto lo habían echado de menos sin querer aceptarlo.

Él retomó a colocar su rostro frente al suyo y volvió a besarla aún con más aflicción que antes, haciéndola sentir su lengua invadiéndole todo el espacio, sin apenas dejarla respirar. Ella se quejó y apartó su boca para poder inhalar aire:

-¡Más!- exclamó con claridad cerrando con fuerza los dientes.

Más. Nubarrones oscuros parecían desaparecer. Sí, lo necesitaban. Retomó a comer de sus labios con igual ansia porque, si estaba haciendo eso, no se dejaría nada por hacer.

Ella le devolvió el beso mordiéndole el labio inferior con inquina, con auténtica rabia, provocando que él gruñera en alto y la mirara aumentando la furia, sin parar en ningún momento aquella locura, aumentándola sobre ella. Ella le devolvió la mirada con el mismo enfado y deseo y hasta tirándole del pelo enfurecida.

Exquisita.

Y por lo tanto más excitación, más ganas de estar allí, más confusión. Ella le apartó la cara y se estiró aún más hacia atrás haciendo que él perdiera de vista su rostro y obligándolo a que sólo dilucidara el montículo de su barbilla.

Observó sus labios ardientes y poderosos desde abajo que exhalaban ardor y pasión en una mezcla exquisita de gritos y quejidos; y todos sus sentidos saiyajins le bramaron desde su interior que nunca antes había tenido delante un gesto tan peligroso. Antes de caer ensimismado, bajó los ojos y se escondió en su nuca. Con sus bramidos saliendo de su garganta desgarrados, ya estaban cerca del final.

Más, ahora más que nunca. Se aferró a ella queriendo que toda su desolación pudiera salir de su cuerpo y lo traspasara. Desesperación. Apretó los dientes y de nuevo las miradas se encontraron. Entreabrieron la boca a la vez y gritaron en sintonía.

o-o-o-o

-Hola, Trunks, ¿qué tal estás, guapo?- le preguntó su abuela yendo hacia él con la misma intensidad y descaro características de su madre, aunque tenía que decir que esta mujer desconcertaba mucho más y no sabría decir por qué. -¿Quieres comer algo? Tengo unos pasteles recién sacados del horno que harán que te chupes los dedos.- exclamó a la vez que se alejaba de él para sacar una bandeja.

-Sí, gracias.- fue la contestación de su nieto, que se sentó en la silla un poco nervioso. Se repitió que pese a que obviamente era una mujer desconcertante, no dejaba de ser su abuela, la misma que murió en el primer ataque de los androides a Capsule Corporation. Era curioso, aun siendo tan extraña, le creaba ternura y confianza.

-¿Has estado en la casa del viejecito?- preguntó la señora Briefs mientras le colocaba los dulces sobre la mesa.

-¿Del viejecito?- quiso saber él a la vez que admiraba los coloridos manjares frente a sus ojos. Su madre tenía razón, la abuela sí que parecía cocinar bien. –Ah, se refiere al Maestro Roshi.- dedujo. Alzó la vista hacia ella que le sonreía como siempre, con esa despreocupación constante que le hacía alterarse lo mismo que envidiarla. ¿Cómo podía esa mujer tener perennemente esa actitud despreocupada viviendo donde vivía? –Sí, he vuelto de estar con los muchachos toda la mañana.- afirmó. -¿Puedo coger éste?- cuestionó señalando el de chocolate y menta.

-¡Puedes coger todos los que quieras!- contestó su abuela izando el trapo y soltando una carcajada.

Se mantuvo de pie observándolo y a Trunks le aumentó el nerviosismo. ¿Se iba a quedar ahí estudiándolo sin parecer que lo estudiaba? Entendió a su padre por un instante.

-Está realmente bueno.- soltó devolviéndole la sonrisa y procurando que no le saliera la masa del bizcocho por entre los dientes. Desconociendo el motivo, necesitaba hablar para que esa situación no fuera más extraña de la sensación que él tenía por dentro. Sí, su padre tenía razón: esa mujer era desconcertante. -¿Dónde está Bulma?- le preguntó sin querer aventurarse a catalogarla como madre delante de su abuela.

Y cuando la señora Briefs trató de hablar: -Pues…- empezó a decir, comenzaron a oír ruidos extraños provenientes de arriba.

Trunks frunció el ceño sin apartar la mirada de su abuela y ésta volvió a sonreírle, acentuando el gesto de hilaridad en su rostro.

Otro ruido.

Él angostó los ojos sin quitar la vista de la rubia. ¿Eso eran gritos? Si por un instante se alteró creyendo que pasaba algo malo, su intuición le decía que en ese momento no tenía ni que moverse.

Otro grito.

Abrió los ojos temiéndose lo peor. Su abuela le sonrió y puso una mano en su mejilla sonrosada. Ella estaba pensando lo mismo que él. ¿Podía ser real? ¿Estaba escuchando a sus padres?

Dobló la vista hacia la escalera lentamente. Más gritos. Ya no le cabía ninguna duda. Quiso aceptar esa realidad la mar de desconcertante, mucho más que mil abuelas raras juntas. No supo ni a dónde mirar siquiera. El silencio los envolvió a los dos en aquella amplia habitación donde retumbaron los crujidos intermitentes de un mueble en la planta superior al igual que ecos ensordecedores de bramidos íntimos. Y lo más desquiciante de todo, no eran sólo los de su madre, si no también de su padre.

Se movió nervioso sobre la silla. No quería ni mirar a su abuela. ¿Qué podía hacer él? ¿Salir de allí? Obviamente sí, sin embargo ni su mente ni su cuerpo parecían reaccionar. Cuanto más lo pensaba, más claros le llegaban los alaridos acompasados de sus padres. ¿No era esa casa inmensa? ¿Por qué demonios tenía que escuchar aquello justo en ese instante? Y lo que era peor, ¿por qué le había pillado a él recién llegado y con su abuela presente?

Agachó la cabeza aceptando que no había reacción posible ante aquello nada más que esperar. Tosió nervioso queriendo que el suelo que ahora miraba se abriera para ser engullido.

Escuchó la risa de su abuela. Alzó tímido los ojos hacia ella y parecía impasible y hasta perturbadoramente feliz, quizá con toda la razón puesto que el hecho de que sus padres estuvieran haciendo lo que evidentemente estaban haciendo significaba muchas cosas.

–Ahí tienes la respuesta.- le dijo. –Bulma está arriba con Vegeta.-

o-o-o-o

Había sido rudo, rápido y absolutamente descontrolado para ambos. Con las bocas semiencajadas y los ceños fruncidos se miraban a los ojos tratando de dilucidar qué demonios había pasado ahí. Las respiraciones pesadas de ambos chocaban en el ambiente manteniendo el calor de unos cuerpos que volvían a las mentes.

Ella le acarició la mejilla y él lo tuvo claro: si en un principio pareció que se liberaba, ahora estaba más confundido que antes. Salió de ella y se puso de pie sobre el suelo ajustándose los pantalones.

-Maldita sea.- masculló en saiyajin.

La observó por unos segundos antes de marcharse por la puerta. Ella le había devuelto la mirada con el mismo peso de consternación en sus pupilas.

Ninguno lo veía claro. Aunque él sabía lo que tenía que hacer: solamente salir de allí.

o-o-o-o

Fueron cuatro minutos, los cuatro minutos más largos por los que había pasado en toda su joven vida. Cuatro minutos en los que deseó que esa mujer rubia hablase y rompiese ese momento tan estrafalario como esperanzador. Pero después de haberle contestado a su pregunta, se quedó allí sonriéndole y hasta exclamando sorprendida a cada grito aumentado que provenía de arriba para acto seguido volver a sonreír escondiendo su mirada azul por acentuar su gesto risueño.

-Vaya, parece que han acabado.- exclamó al fin dándose la vuelta y luciendo extremada e inacordemente tranquila.

Efectivamente, después de escuchar cómo el estruendoso espectáculo de arriba llegaba a su fin, no se oía absolutamente nada.

-Sí.- pronunció Trunks en un deje de voz y sin levantar su cabeza que apuntaba al suelo. Lo dicho: lo más raro por lo que había pasado jamás.

-Siempre supuse que mi hija y el príncipe se tenían que complementar extraordinariamente bien en la cama pero después de esto no nos cabe duda a ninguno de los dos, ¿verdad?-

-¿Qué?- preguntó con una voz ridículamente aguda. No quería ni analizar esa suposición pero se vio obligado a contestar. –No lo…- empezó a decir. –No lo sé.-

Si estuvo deseando que el suelo se abriese para tragarlo, en cuanto sintió un ki bajar y oyó unas pisadas fuertes por la escalera, se dio a sí mismo por muerto. Su padre bajaba a toda prisa y el instinto de supervivencia le hizo no mirarlo por unos segundos si no que prefirió alzar la vista hacia su abuela, la cual sonreía al príncipe dejando en evidencia toda la verdad.

Tras unos breves segundos donde la quietud fue más que exasperante, retó al instinto de supervivencia y movió su cuello levemente para mirarlo. ¿Por qué parecía no reaccionar?

En cuanto vio un hilo de horror en la mirada de su padre no lo cupo ninguna duda: había bajado pensando en mil cosas y al ver a los dos en la cocina y, sobre todo por la mirada de su abuela, no fue difícil darse cuenta de que ambos habían escuchado todo lo que ningún ser debería de haber escuchado jamás para luego seguir con vida.

Cuando sus ojos se cruzaron por un leve instante con los del príncipe, los dos apartaron la mirada a la vez y éste salió por la puerta dando un portazo.

La incertidumbre hizo que Trunks arrugara el entrecejo. Después de toda aquella locura algo subyugaba por encima: ¿por qué salía a toda prisa evidentemente molesto?

-¡Vegeta!- se escuchó desde arriba.

o-o-o-o

Lo vio marcharse y miró al techo mientras que la respiración se aplacaba y volvía a la normalidad. ¿Qué había pasado?

No buscaba aquello pese a que él parecía que tenía claro que ésa era su intención. No lo buscaba como no lo buscó anteriormente en ninguna de las ocasiones que se había acercado a él para mostrarle su preocupación. Luego, cuando vio que el príncipe por fin reaccionaba, se dejó llevar como siempre hizo y lo quiso más cerca.

No lo buscaba. ¿O sí? "No, no buscaba esto", se dijo para sí misma pestañeando con fuerza y observando la lámpara del techo. Se sentía lacia, y hacía mucho tiempo que no se sentía así, lacia y descansada. Parecía como si su cuerpo le estuviera agradeciendo ese corto intervalo de sexo. No podía negarlo, le había sentado bien pese a que en su interior crecía la incertidumbre.

Él, como siempre, había salido como alma que lleva el diablo de su lado. Contrariamente a lo que cualquier pudiera pensar menos ella, Vegeta se había dejado llevar, y para Bulma estaba claro el porqué: había necesitado que antes ocurrieran todos esos incidentes, un poco de acción como la acaecida a cuenta gotas con el asunto de Bojack o el atraco, para que él volviera a encontrar su intensa esencia saiyajin y, por fin, reaccionara. Si ella hubiera llegado a hacer eso mismo unas semanas atrás el resultado no habría sido igual.

Se removió un poco y le dolían los brazos y el cuello. El malestar físico le hizo caer en la cruel realidad: él se había ido seguramente arrepentido por lo que había pasado. ¿Pero no tenía que ser ella la que se tendría que sentir mal? A fin de cuentas, era ella la que fue abandonada.

-¡Maldito saiya cabezota!- exclamó poniéndose en pie. -¡Au!- gritó al instante por el dolor que le recorría el cuerpo. Le dolía todo, e incluso podía decir que hasta el corazón, como si él le hubiera traspasado todo su pesar. Sí, sin duda se volvía a poner en evidencia que se había acostado con un saiyajin y no con un humano. Abrió los ojos horrorizada al caer en la cuenta: se había acostado con Vegeta. Y no tenía puesto el implante.

Se revolvió. Cogió sus zapatos y se los puso a toda prisa: -Tengo que hablar con él.- dijo saliendo por la puerta. -¡Se va a enterar!- clamó sumamente ofuscada.

o-o-o-o

Escuchó la puerta cerrarse y bramó desde la cabecera de la escalera. -¡Vegeta!-

Empezó a bajar los peldaños a toda prisa. Ese saiya cabezota tenía que escucharle. -¡Vegeta!-

Dio un salto de la escalera que al posar los pies en el suelo hizo que su cuerpo se constriñera. No estaba en forma y encima ahora acababa de tener sexo con un saiyajin. -¡Maldita sea!- bramó a punto se sujetar la puerta para salir detrás de él. Sin embargo, le avisaron desde la cocina.

-¡Hija!-

Giró su cabeza y vio a su madre junto con su hijo venido del futuro que parecía meditabundo sentado de espaldas sobre la silla. ¿Desde cuándo llevaban esos dos ahí?

-¿Qué hacéis vosotros solos en la cocina?- les preguntó desechando la posibilidad de dar con el velocísimo príncipe.

Su hijo no levantaba la vista del suelo y aquello le extrañó.

-¿Qué te pasa, Trunks?- le cuestionó preocupada por el color rojizo de su rostro. -¿Te encuentras mal?-

-¿Eh?- reaccionó él aturdido sin querer mirarla y sin cesar en su estudio del suelo. –No, no, estoy bien.-

-¿Seguro?- insistió tocándole la frente en búsqueda de algún síntoma. -No voy a dejar que hagas ese viaje estando enfermo.- le advirtió.

-Sí, de verdad, estoy bien.- quiso zanjar el tema el pelilila a la vez que se dejaba analizar por su madre.

-Está un poco avergonzado porque hemos oído lo bien que lo pasabais arriba.-

La contestación de su progenitora le hizo abrir los ojos y mirar a ambos con perplejidad. ¿Era cierto? ¿Los habían escuchado? Era consciente de que gritaba, tan consciente como que él también lo hacía pese a que nunca se lo había dicho. No se había preocupado en demasía por el ruido porque siempre fue muy escandalosa y además anteriormente habían estado solos en esa casa. ¿Podría ser verdad? La mente de científica vagaba ahora en cálculos matemáticos tratando de averiguar si era plausible tal posibilidad. En cuanto su hijo alzó la vista un instante para al momento bajarla de nuevo, no le cupo ninguna duda.

Empezó a reírse nerviosa. –Vaya…- comenzó a decir a la vez que le entraban unas ganas locas de toser. Trunks la miró desconcertado. –No sabíamos que…- inició su explicación, pero, sin embargo, era difícil justificarse. –No sabía que estabais aquí porque si no entonces, él y yo no…- Tampoco iba a mentir, ¿hubieran parado aquello si alguno hubiera sabido que tenían público? Obviamente sí, pero la situación arriba había sido bastante excepcional para pensar en cualquier cosa que no fuera ellos dos. De hecho, Vegeta tendría que haber sabido que su hijo se encontraba abajo por ese radar de ki que tenían y no alzó la guardia en ningún momento. Eso le dejó más claro todavía que la confusión había sido la reinante en su habitación.

Fue interrumpida por su madre: -¿Por qué has dejado que Vegeta se vaya? Hija, tendrías que saber que si un hombre sale de la cama con esa rapidez, una mujer nunca debería dejarlo ir así como así.-

Rotundidad, descaro y de golpe al mundo real donde su madre siempre daba en el clavo. La miró con absoluto asombro a la vez que danzaba también sus ojos a su hijo sin saber muy bien por qué, a lo mejor esperando ver en sus pupilas el mismo estupor que ella seguramente mostraba a través de las suyas. Trunks, simplemente, tenía su cabeza a punto de estallarle y le daba ahora internamente la razón a su padre cuando le dijo que ésa era una casa de locos.

-¡Mamá!- terminó por gritar Bulma. -¿¡A dónde te crees que iba yo entonces!- le cuestionó cruzando los brazos.

-No te exaltes, querida.- le recomendó su madre manteniendo la mueca de hilaridad. –Sé que sabrás como solucionarlo, sólo te lo he dicho para la próxima vez que os quedéis atontados después de hacer el amor.- soltó con total tranquilidad. –Una mujer tiene que estar preparada para cualquier reacción de un hombre porque ellos son los que suelen hacer más tonterías.-

Y tal y como dijo esto, comenzó a limpiar la encimera con un trapo tarareando una canción antigua.

Bulma abrió un poco la boca queriendo decir muchas cosas pero no saliéndole ninguna. Dobló la vista hacia su hijo que parecía analizar lo dicho queriendo retener todo el sentido de la frase. A fin de cuentas, su abuela parecía muy convencida de su afirmación y él, como único hombre que quedaba allí, le interesaba saber hasta qué punto era eso cierto. Los dos, madre e hijo, estudiaron la opción y pareció que ambos a la vez pensaron lo mismo: no servía de nada querer analizar esa frase. Fue él el que se adelantó rompiendo la regla pronunciada por su abuela:

-Creo que iré a preparar mi maleta.- dijo poniéndose en pie.

Bulma por fin reaccionó. –No, Trunks, no hace falta, los home robots de arriba ya te la han preparado, ¿qué tal si pasas las últimas horas con el pequeño y conmigo, y comemos en el jardín?- le sugirió. –Te aseguro que de bebé eras muy divertido y apenas has estado con él.- Y se giró no dándole opción a réplica mientras le habló a la rubia: -Mamá, ¿dónde está Trunks?-

Tardó en contestar. -¿Te has vuelto ciega?- le interrogó su madre girándose hacia ella. –Si lo tienes ahí delante.- le aclaró.

No podía ser que luciera tan espabilada para algunas cosas y tan sumamente despistada para otras. Justo eso era lo que estaban pensando los dos, madre e hijo, que la analizaron sin creérselo.

-¡Ah! ¡Te refieres al otro Trunks!- reaccionó la señora Briefs. –Está con su abuelo en el jardín comiendo.- terminó por responder. –Es que al tener el mismo nombre los confundo, hija.- Y volvió a sus labores de ama de casa. -¡Hasta a veces creo que él es mi nieto!-

-¿Es que no sabe que yo…?- comenzó a murmurar el pelilila.

Fue oído por su madre, que miraba a la suya propia con contención de emociones. -Déjalo.- le interrumpió. –Vamos a por ti y a por tu abuelo.- Y lo giró para salir de allí antes de que esa mujer los volviera locos a ambos.

o-o-o-o

Un agujero negro. Así lo llamaban sus subalternos cuando creían que no les escuchaba. Sí, por aquel entonces le gustaba ese apelativo.

Un agujero negro era lo peor con lo que te podías cruzar en el cosmos. Su salvaje naturaleza, mezcla maldita de masa y desconocimiento, hacía que los demás creyeran que todo lo absorbía, pero lo más llamativo era que ese hoyo aparentemente vacío estaba lleno, tan lleno que no permitía que absolutamente nada entrara en su interior, ni siquiera la luz.

Él antes sí era un agujero negro. Estaba repleto de anhelos y ansias, de pasado, un tumulto de ira, instintos y fantasmas a los que aniquilar.

Paciencia.

Sonrió. ¿Para qué?

Se puso de pie al instante y anduvo varios pasos a un lado y hacia otro, girando el mismo camino una y otra vez a la ribera del río.

Ya no tenía más paciencia. Ya no tenía nada.

Y sin embargo estaba inquieto. Si hacía muchas semanas nada cabía en su interior, ahora estaba vacío. Ya no era un agujero negro.

Tenía que aceptarlo. Había cambiado. El chico de pelo lila, la mujer de pelo azul, y toda este condenado planeta añil y blanco lo habían cambiado.

No podía ser. Él tenía que ser el de antes. Estaba decidido. No sabía a qué venía esta nueva actitud activa pero le daba igual de una manera positiva. No le importaba para bien. Tenía que ser el de antes porque era lo único que conocía.

Pero, ¿cómo?

Para empezar, tendría que hablar con ella para que le preparara la nave. Maldita sea, se dijo, no quería verla. Cerró los ojos y recordó lo que había ocurrido hacía unas horas. Miró su brazo y ahí estaban los arañazos que ella le había propinado.

No tenía ni idea de lo que había ocurrido. Ni idea. No sabía ni cuándo había empezado ni en qué instante pudieron dar marcha atrás, si es que hubo alguno. Mierda, si lo pensaba se excitaba. ¿Cómo le podía estar pasando esto a él?

Era repugnante, repugnante y vergonzoso.

Lo único que podía hacer era irse.

Maldita sea, ¿a dónde? Estaba harto de estar allí sin nada que hacer.

Se tapó la frente con una mano. Le dolía a rabiar la cabeza.

Y el corazón le latía con fuerza.

o-o-o-o

Se sirvió la copa de vino mientras pensaba en ver una película. Subiría antes a ver a Trunks para comprobar que estaba durmiendo. Esa misma tarde se habían despedido de su hijo del futuro y se sentía un poco triste.

El vino cayó en la copa y ella bostezó. Estaba realmente cansada pero lo iba a conseguir: una gran mujer trabajadora, presidenta de la empresa más fructífera del mundo y sobre todo madre; sería la mejor madre del mundo. Protegería a su hijo y le enseñaría a amar la ciencia, a ver en la química, las matemáticas, la física y la mecánica un mundo maravilloso que diese ideas a su cerebro privilegiado, dejándolas salir, plasmando la creatividad y todas las inquietudes que inundaban su pizpireta mente. Sonrió. Su hijo se lo había demostrado una y mil veces: disfrutaba con todos los juguetes que le creaba su laboratorio y estaba realmente cómodo en el laboratorio.

-Va a ser el mejor.- murmuró mientras apoyaba los codos en la encimera y bebía de la copa. -Y además guapísimo.-

Su hijo del futuro se había ido y le entraron ganas de llorar. Se había quedado más tiempo con ellos y eso le llenaba de orgullo porque significaba que era consciente de que en este mundo se le quería. Todos. Todos lo querían.

Y entonces el ambiente se llenó de pesadez. Un breve murmullo de cortinas y un leve sonido de deslizamiento de puerta.

Se giró para mirarlo. No sabía si quería verlo o no pero lo hizo. El muy imbécil la había vuelto a menospreciar y ella ya no estaba para eso.

Estaba cansada. Si era la mejor para cualquiera en ese mundo, por lo visto para el príncipe de un mundo lejano, no. Obviamente, él tenía el problema y ella estaba cansada de querer abrirle los ojos.

Apartó la vista a un lado, como siempre hacía cuando ella le clavaba su mirada azul. Pero ésta era diferente. Igual hasta lo había conseguido y ella iba a dejarle en paz de una vez por todas. Hubiera jurado que eso era lo que había leído en sus ojos: hastío. Al instante, volvió a subirla porque odiaba que ella consiguiera lo que ni Freezer había logrado con sus ojos morados.

No iba a hablarle. Si él había ido allí con esa pose inquieta era porque quería decirle algo. ¿Qué dices, Bulma?, se recriminó a sí misma. Sólo había ido para comer, era lo más probable.

Espesor en el aire. Demasiado. Y de nuevo él se sintió ridículo. ¿Ella no iba a hablarle? Se dirigió al cuadro de mando para ordenar algo de comida. Sí. Eso haría. Eso era lo que él siempre realizaba allí, ¿no? Comer. Aquella era la cocina y en las cocinas se prepara comida.

Ella le siguió con la mirada.

Ridículo. Así se percibía a sí mismo. Cuánto asco sentía, cuánto asco le hacía sentir todo aquello. Era repugnante. No tenía que estar ahí. Él, simplemente, no tenía que estar ahí. Diablos, ¿por qué ella no le hablaba? ¿Por qué no le soltaba todo lo que quería soltarle de una vez, se desgañitaba gritándole y terminaban con esto, con este trámite absurdo?

Vio cómo acababa de programar los home robots y abría el frigorífico con brusquedad, cogía una estúpida lata de ese refresco soso que siempre bebía e iba hacia la mesa. Sólo fue un instante, pero sus ojos se dirigieron directamente a ella, la cual en ese instante bebía de su copa sin quitarle la mirada. Él la apartó de nuevo, cogió una silla, su silla, y se sentó a esperar su odiosa cena. Enlazó brazos y piernas y cerró los ojos.

Tenue y engañoso silencio. La odiaba. Pero si creía que iba a ganarle a él con esa pose de espera, estaba muy equivocada. ¿Quién era ésa? Ésa no era Bulma. ¿Qué diablos le pasaba? Maldita sea, él no tenía que estar ahí. Chistó.

Primer ruido salido de una de las bocas y había sido de la suya. ¿Estaba incómodo? Estaba claro que así era. Pero ya no quedaban palabras que decir ni hechos que realizar. Y entonces ella se dio cuenta: esa historia, la historia de ellos, iba a ser la primera cosa que ella iba a dejar atrás sin querer. Trunks tenía razón: estaba bajando los brazos, dejando caer los hombros y rindiéndose porque no todo podía conseguirlo. Negó con la cabeza. No, no era así, no era bajar los hombros, era una decisión que necesitaba tomar para seguir adelante. Maldita sea, no iba a hacer un drama de eso. Ya no más. Ahora era madre y tenía muchas responsabilidades. Por eso sentía hastío, porque estaba realmente harta de luchar por él y contra él. Si él era orgulloso, ella también. Y la Bulma guerrera, la misma que le hacía batallar por él y contra él, ahora luchaba por sí misma. No era una rendición, era una victoria. Por lo tanto, ¿qué iba a decir ante eso? No podía provocar nada. Eso, lo que ellos sentían, tenía que salir por sí solo, sin el empeño de ninguno. La batalla de él, no era la suya.

Los home robots inundaron la estancia y ella se vio obligada a moverse hacia la mesa, el único espacio que quedaba libre en la cocina. Notó los ojos de él sobre ella incluso sin mirarlo y sin fingir tranquilidad, pues ya la sentía, se sentó en el otro extremo portando la copa. ¿No iba a decirle nada? De nuevo se lo repitió a sí misma: él nunca hablaba más de lo necesario y allí no había nada que decir. Entonces, ¿por qué no se iba de ahí? Él iba a comer, pero, ¿y ella?

Ésa era su casa, y si a ella le apetecía beber una copa de vino en su cocina, la bebería.

Los pequeños androides se deslizaron para poner la comida de él frente a sus narices junto con platos y cubiertos. Como si él los usara, pensó Bulma para sí. Carne humeante y salsas, muchas clases de salsas en pequeños cubículos que rodearon el plato principal.

Él y ella, los dos, miraron la preparación sobre la mesa. De nuevo, cruzaron sus miradas. Y de nuevo, él la apartó.

Empezó a comer desganado. ¿No iba a dejar de mirarlo? ¿O es que ése era su plan: ponerlo nervioso? Odiaba que hiciera eso, ¿no se lo había dejado suficientemente claro en anteriores ocasiones? Con una mano sujetó el muslo del animal y con la otra empezó a tamborilear los dedos sobre la mesa.

Definitivamente está nervioso, razonó la peliazul. No se daba cuenta ese hombre lo fácil que era ponerlo a punto de estallar. Demasiado orgullo para tan poca paciencia. Efectivamente, estaba a punto de estallar.

Mordió de nuevo el muslo. Se le estaba atragantando la carne por culpa de ella. Sí, era un juego, un endemoniado juego de los suyos. Eso era. Atrás quedaron las pocas ganas de enfrentamientos. Si ella no iba a decir nada, él tampoco. Pero, por el alma condenada de todos los saiyajins muertos y que estaban pudriéndose en el infierno, ¿no iba a abrir esa bocaza suya? ¿Entonces por qué estaba ahí, mirándolo con sus piernas cruzadas y a la vista sujetando esa asquerosa copa de vino? ¿Es que acaso Bulma no quería luchar contra él? En cuanto tuvo ese pensamiento, angostó los ojos y la miró por un segundo. Maldita sea, ¿era eso? No, no podía ser.

-Así que el truco está en darte de beber como un vulgar y perdedor guerrero.- masculló.

-¿Cómo dices?- le preguntó ella volviendo a mojarse los labios con la copa. Había entendido perfectamente cada una de sus palabras.

Él la estudió como si no hubiera estado haciéndolo durante todo ese rato extraño. Sabía que lo había escuchado al detalle. ¿Quería jugar? ¿O había sido una pregunta real? -Para hacerte callar de una vez.- se explicó después de beber él de su vaso. -Por lo visto el alcohol consigue lo que nadie ha conseguido antes.-

Ella sonrió de lado. Quería hacerla enfadar, ¿por qué? Era obvio: porque él estaba enfadado. Tendría que haberle contestado pero no estaba de humor. Él no la quería a su lado. Sin embargo, por todos los dioses, ¿qué iban a hacer entonces? Y no se estaba refiriendo a aquella habitación, a aquella situación puntual, si no a sus vidas. ¿Iba a ser siempre así? ¿Qué iban a hacer en esa casa los dos? ¿Qué relación podrían tener? Ella no iba a caer nunca más. No. No dejaría que ese maldito saiyajin la negara otra vez y saliera de su habitación maldiciéndose a sí mismo y a ella. Eso sería algo insostenible y ella era Bulma Briefs. Quiso beber más pero no quedaba vino en su copa. Se levantó para echarse más de la botella.

Él la observó de reojo. ¿No iba a contestarle? ¿Cuántas veces había ocurrido eso anteriormente? En las últimas semanas, así había pasado en alguna que otra ocasión y siempre acontecía cuando ella quería algo de él, cuando tenía un plan. Sí, eso era, tenía un plan y por eso estaba actuando como si la situación fuera demasiado hasta para ella. ¿O es que acaso él había conseguido lo que siempre había buscado de ella? Otra vez, angostó los ojos deslizando la vista sobre su cuerpo blanquecino.

Ella se lo había dado todo. Todo lo que tenía en esa casa y todo lo que tenía dentro de ese maldito cuerpo níveo se lo había dado a él. Sin preguntas, sin nada que exigir más allá de su corazón. Sin reproches a su pasado e incluso entendiéndolo, sólo reproches a lo que él sentía. Si bien su vida no era muy digna para él, era su puñetera vida terrícola y nadie se quería más a sí misma que esa mujer. Entonces, ¿por qué se comportaba así, como si estuviera cansada de él? ¿Cansada del Príncipe de los Saiyajins? Maldita mujer, si le hubiera hecho caso desde un primer momento sabría que todo era culpa suya. Él nunca quiso nada de ella, sólo descendencia. Sí, únicamente descendencia. No quería nada de ella.

Sólo quería que lo mirara y le gritara.

Tuvo que centrarse. ¿Por qué había ido él allí sabiendo que estaba ella? Porque lo sabía, en cuanto notó su débil ki en la cocina supo que ella estaba en esa habitación sola. Y entró. Había ido para poner fin a eso, para que le preparara su nave y por fin se fuera de allí. Lo que haría después ya se vería. Se iría de allí, del condenado planeta azul y lo dejaría todo atrás. Con lo que no contaba era con la nueva predisposición de la peliazul y por eso ese maldito trámite estaba siendo demasiado largo. Sí, se habían vuelto a acostar, y además de ese modo tan extraño que tanto le había gustado. Ella mordiéndole, golpeándolo y besándolo, sin querer y queriendo, pidiéndole más entre gritos a la vez que seguía odiándolo con la mirada. Rayos, no entendía nada pero tenía que quedar claro que todo lo pasado había sido un error y que aquello tenía que acabar de una vez por todas.

Tampoco iba a explicárselo. Si ella creía que iba a dejar allí algo de valor para él, se equivocaba también en eso. En ese mundo no había nada que le importase lo más mínimo. Ni su hijo del futuro, ni ése llorón de arriba.

Y ni mucho menos ella, la que ahora iba rezumando dignidad seguramente porque él se había ido de sus aposentos tras el polvo de esa mañana. Otro vez le vino a la mente, el puto sexo frenético y nuboso en el que caía una y otra vez, con el que soñaba y que le hacía desbocarse y extenuarse. Maldito instinto saiyajin.

La última vez que la había visto fue en la despedida de Trunks. Él se asomó al balcón para verlo y cuando todo acabó, ni él ni ella se miraron.

Se removió de su asiento y desvió la vista a la carne. Él no era lo que ella quería que fuese, ni tampoco era lo que a él le gustaría haber sido. Su sangre saiyajin volvía a regar todos los rincones de sus venas, la sentía. Él no era lo que ella creía y ahora parecía querer echarle las culpas por eso. Un reproche silencioso. Tenía que irse de una vez por todas y necesitaba su puñetera nave para eso. ¿Realmente ella no iba a hacer nada? La miró de nuevo desviando la mirada por un instante. ¿Qué diablos hacía? ¿Es que no le iba a hablar?

La odiaba.

Le dolía tanto la cabeza que quería salir de allí, escapar. Maldita sea, escapar de su pasado más cercano, irse lejos y hacer lo que siempre tuvo que haber hecho. Pero, ¿el qué? Le costaba respirar, recoger aire de esa cocina donde sólo existía ahora un estruendoso y atronador silencio. Cerró los ojos queriendo eludir esa sensación de asco. Era asqueroso. Repugnante. Repulsivo, hediondo e infecto. Desde un principio lo fue. Y aquello era el culmen de todo lo que sentía que se había desviado su corazón.

-Bah.- masculló poniéndose en pie. Se le había ido el apetito.

Ella despertó igual que él. Lo miró preguntándose qué le había pasado ahora. ¿Se iba a ir? ¿Ahora? Eso sí era tan típico en él que quiso decir algo:

-Espera.- le pidió.

No la miró pero le hizo caso. Bien, ella iba a decirle algo al fin y él se debatía entre escucharla o salir.

Pero entonces entrecerró los ojos. El oído saiyajin se ajustó y notó una presencia fuerte que descendía desde una altitud considerable. Se giró del todo y la miró a ella, perdido en lo que se acercaba, seguramente en una nave espacial.

Un ki guerrero. No puede ser, pensó para sí. Lo conocía, sabía quién era el que se aproximaba al planeta. Era curioso darse cuenta de que antes hubiera necesitado el scouter para notarlo cerca, en aquel tiempo en el que no había aprendido a destacar el ki de los demás por sí mismo. A ese tiempo pertenecía esa presencia. Decir que era de un guerrero era demasiado generoso. No puede ser, se dijo otra vez doblando la vista hacia el jardín y queriendo creerse lo que estaba ocurriendo.

Ella esperó a decirle algo, lo que fuera, pero quería parar su huida. Y entonces él se giró del todo, y sin embargo su concentración en lo que estaba ocurriendo en esa cocina había desaparecido. ¿Qué le pasaba? La miraba pero no la miraba. Lo vio doblar el cuello hacia el jardín y ella hizo lo mismo. Estaba claro, notaba la presencia de alguien. ¿Otro ladrón? No, por la cara de él no era un vulgar ladrón terrícola. ¿Trunks? No, no tenía sentido. Maldita sea, en ese instante le hubiera encantado tener esa capacidad para sentir al que se acercaba.

No se oía nada fuera, ni siquiera se percibía un movimiento. Volvió a mirarlo y cuando estuvo a punto de preguntar fue cuando escuchó los árboles balancearse y los animales quejarse. Por lo visto, ellos también podían sentir lo que ella no podía.

El ruido de unas turbinas gigantescas. Eso sí pudo descifrarlo al fin. Algo había justo encima de su casa, algo grande, seguramente una nave.

Y una luz fija y desagradable, esplandiorosa e inmensa, se clavó en su jardín. Estaba ahí, lo que fuera estaba ahí, sobrevolando su casa. Se tapó los ojos queriendo avistarlo.

Pero no pudo: de repente, estaba volando en los brazos de alguien. Fue sólo un segundo, sin embargo, cuando quiso darse cuenta Vegeta la tenía agarrada mientras se dirigían al piso de arriba.

-¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?- le preguntó a la vez que él entraba como un rayo en la habitación de Trunks portándola.

Él cesó en su agarre para ponerle la mano sobre la boca y hacerla callar.

-¡Escúchame!- le farfulló mirándola a los ojos. -No te muevas de aquí, ¿me has entendido?-

Trató de hablar a la vez que el sonido ensordecedor de fuera le hacía escuchar a lo lejos el llanto de Trunks que se acababa de despertar entre tanto jaleo de turbinas.

Él apretó más la mano contra su boca adelantándose. -¡No te muevas de aquí!- le volvió a exigir. -No quiero que salgas fuera, ¿me has oído, Bulma? Ni se te ocurra ser intrépida ahora.-

Ella frunció el ceño. Hipnótica había sido su mirada. Ese maldito saiyajin tenía madera de rey, sobre eso no había duda. Se separó de ella y salió por la puerta a una velocidad alarmante. De hecho, podría haber dicho que aquello no había pasado. Miró hacia los lados tratando de recomponerse. ¿Qué diablos pasaba? ¿Quiénes eran ésos y por qué Vegeta estaba tan alterado?

Los sollozos de Trunks le llegaron retumbando a su oído alterado. -¡Mi hijo!- exclamó realmente enfadada. Fuera quien fuese, acababa de despertar a su pequeño al que le costaba mucho dormir, y además había irrumpido en su casa. A estas alturas y con tanto escándalo, toda la ciudad estaría despierta.

o-o-o-o

Lo primero era lo primero: tenía que cambiarse. No podía darle la oportunidad de reírse de él por llevar atuendos terrícolas. Entró en sus aposentos e intercambió su indumentaria a velocidad de vértigo. Respiró hondo, y mientras terminaba de ponerse los guantes cerró los ojos concentrado.

Increíble. Tenía que comprobarlo con sus propios ojos aunque para él no había duda de quién era. ¿No había muerto?

Abrió los párpados y salió al balcón. Sí, sin duda era una nave imperial y estaba sostenida en el aire a punto de abrir las compuertas. Bien, podría soportarlo. Tenía ganas de saber qué estaba tramando y por qué había ido hasta allí a por él.

Porque estaba allí por él. ¿O era por Kakarotto? No, él no conocía al maldito tercera clase.

Cruzó los brazos y sostuvo su mirada más apática.

La nave soltó un soplido de sus entrañas y la compuerta se desplegó. Un tropel de guerreros salieron al jardín como avanzadilla. Sonrió. Todo aquello estaba siendo demasiado teatral hasta para él, que nunca soportó los aires que se daba el recién llegado. Miró hacia un lado y vio decenas de terrícolas que se acercaban a los límites de la residencia para saber qué era lo que les había despertado de su sueño. Pobres infelices. Aquí no había nada que les interesara. Al menos por ahora porque no sabía los fines que le habían traído hasta este planeta perdido.

¿Quería enfrentarse a él? Era obvio que sí, tenían cuentas que saldar de toda índole. Masculló por lo bajo. Él era infinitamente más poderoso pero había descuidado su preparación bélica. En ese instante se dio cuenta de que todo había sido tremendamente irrisorio. Nunca jamás volvería a hacerlo.

Una capa roja al viento fue lo primero que atisbó. Sí, siempre fue un fanfarrón aunque aquello era justo: ahora era rey, y los reyes eran los únicos que llevaban capa roja. Con tantas ganas que tenía por ser monarca, tendría que darle las gracias por haber matado a su padre.

Dejaría que bajara la rampa y él lo miraría desde ahí, desde arriba, como todo buen guerrero antes de una batalla.

Lo vio descender y mirar hacia los lados. El muy estúpido aún llevaba un scouter. Alzó la vista directamente hacia él y le sonrió. Como supuso, lo buscaba a él. De hecho, ¿qué otro interés podría tener ese príncipe viscoso para ir hasta este planeta?

El ruido dejó de ser estruendoso y alcanzó a observar cómo ordenaba a sus soldados que se marcharan. Ésa fue la primera sorpresa. Si siempre fue un cobarde y quería enfrentarse a él, ¿por qué les ordenaba que los dejaran solos?

Volvió a mirarlo y Vegeta saltó al jardín para obtener respuestas.

o-o-o-o

-Cálmate, mi amor, cálmate.- le pidió a su retoño en sus brazos. -No pasa nada, cielo, deja de llorar.- quiso tranquilizarlo para acto seguido hacerle carantoñas.

No podía. Ni él ni ella estaban ahora relajados. Volvió a mirar hacia el jardín a través de la ventana. ¿Qué estaba pasando?

Una rampa se desplegó y salieron unos soldados con un traje parecido a los saiyajins. ¿Quién eran ésos? ¿Y por qué Vegeta había estado tan alterado de golpe? ¿Los conocía? Vaya, con ese escándalo lo normal era que media ciudad se hubiera despertado. Miró hacia los lados y, efectivamente, desde ahí podía ver hordas de vecinos y gente acercándose a saber qué era lo que ocurría ahora en Capsule Corporation. Y eso que su jardín era inmenso. Menos mal, pensó, si no esa nave no podría ni haber intentado acercarse.

Era una nave de las que usó Freezer para llegar hasta allí pero más pequeña, y sin embargo el antiguo emperador de la galaxia del norte prefirió irse a las montañas. Entonces, ¿por qué, fuera quien fuese quien hubiera llegado, había ido directamente allí? Para ella estaba claro: iban a por Vegeta.

Todo pareció calmarse. Una silueta grande apareció de entre las sombras y descendió por la rampa. ¿Quién era ése? Maldita sea, masculló soltando a su hijo sobre la cama y buscando entre los cajones unos prismáticos. Le encantaban esos aparatos por lo que seguro que había unos por allí, entre tantos juguetes. Dio con unos y se volvió a acercar a las cortinas.

-Un segundo, mi vida.- le pidió a su hijo que, si bien había descendido su nivel de llantos, seguía disgustado porque alguien le hubiera interrumpido su sueño.

Pudo verlo. Era un tipo joven, alto, de pelo blanco y ojos amarillos. Vaya, era bastante guapo, pensó para sí. Aunque no podía ver del todo su cara porque la mitad inferior estaba tapada por la solapa de la capa que llevaba.

Los soldados se retiraron por donde vinieron y entonces lo vio ascender la vista hacia la casa. ¿A dónde miraba? ¿Sería a Vegeta? Es verdad, razonó, ¿dónde estaba Vegeta?

Una sombra saltó al jardín y ella se enfadó en cuanto volvió a verlo. Le había dicho que no era el momento de volverse intrépida. Qué harta estaba de sus órdenes.

o-o-o-o

-Vaya, Vegeta, siempre fue difícil dar contigo.- profirió sonriéndole.

El príncipe tardó en contestar. -¿Qué es lo que quieres, Odrian?- preguntó sin dar rodeos. -¿Qué has venido a hacer aquí?-

El recién llegado miró a su alrededor. -¿No te alegras de ver a un antiguo amigo?- interrogó éste observando su alrededor. -Bonito palacio.- soltó en tono de mofa.

La casa. Se le había olvidado la casa. Diablos, se dijo, esto era humillante, como siempre lo fue con ese tipo delante y con tantos otros de las demás familias. Era cierto, se lo había puesto muy fácil. ¿Cómo no había podido caer en eso?

-No es de tu incumbencia, imbécil.- le dijo acercándose y demostrando así su disposición con él. Si iba a reírse más tendría que matarlo ahí en medio, sin embargo, antes tendría que saber a qué había venido.

-Lo digo sin acritud, Vegeta.- contestó éste al insulto. -Es un... palacio bastante acertado a tu categoría.-

Ahí sí que tuvo que apretar los puños. El muy bastardo seguía recriminándole las mismas cosas. Pero todo había cambiado. Él no tenía que responder ante Freezer por lo que podría destriparlo en ese mismo instante. Ese pensamiento le hizo gracia. Era verdad. Ese tipo ya no podía escudarse en las alianzas de su padre con el emperador porque el emperador no existía. Él vio con sus mismos ojos cómo su hijo del futuro lo fulminó volviéndolo polvo. Se lo tuvo que recordar: antes tenía que saber qué diablos estaba haciendo allí.

-Pero dejémonos de tonterías, querías saber qué era lo que me había traído aquí, ¿verdad?- le interrumpió de sus pensamientos. -Siempre fuiste muy directo y no querrás que moleste tu tranquila vida aquí por nada, ¿a que no?-

¿Tranquila vida? ¿Es que acaso sabían que estaba aquí? Por supuesto que sí, razonó. Odrian, el príncipe de los hibuts, había ido allí por lo que era obvio que sabían que él estaba en La Tierra. Pero, ¿quiénes? ¿Y desde cuándo? ¿Se habrían enterado a esas alturas de lo de Freezer? Nunca lo había pensado. Rayos, no tenía ni idea de la situación en la que se encontraba el universo actualmente.

-Bien.- comenzó a decir el del pelo blanco volviendo a centrarse en la casa y aprovechando la indecisión del saiya. -Yo tampoco tengo tiempo que perder, Vegeta.- soltó jugueteando con su scouter. -Las familias me han enviado para llevarte conmigo.-

Abrió los ojos ante aquella aseveración. ¿Las familias? ¿Qué querían ahora todos esos bastardos? -Explícate.- le exigió posicionándose frente a él.

-Por supuesto.- le dijo Odrian. Parecía un poco distraído con el scouter y aquello a Vegeta le estaba poniendo de los nervios. -Queremos que vuelvas para crear una alianza entre todos, volver a lo de antes, ¿te acuerdas? Hemos concordado que es lo mejor para todos, pero con honrosas excepciones ya que no dejaremos que abuses tanto como lo hacía tu padre.-

Pero, ¿de qué diablos estaba hablando? Las alianzas con los saiyajins sólo significaban una cosa: que el rey de los saiyajins los gobernaría a todos mientras éstos se regodeaban de su poder fingido. Fue así antes de Freezer. Aquello era realmente extraño. Lo observó y le llamó la atención que fijara su vista en un punto, directamente a la planta superior. El scouter comenzó a pitar y a hacer cálculos. Mierda, pensó Vegeta, estaba buscando un ki fuerte en aquella casa y el único que existía era el potencial de su vástago. Lo que le faltaba.

-Veo que aún necesitas esa porquería colgada de tu oreja para saber qué es lo que tienes frente a tus narices.- lo provocó.

Odrian dejó de hacer caso al scouter y desvió la mirada hacia él. El saiya captó que sonreía bajo esa solapa que le tapaba media cara y por consiguiente la enorme cicatriz que le desfiguraba la boca.

-Y tú has aprendido muchas cosas, ¿no es así?-

-Por lo menos he captado que venías, idiota, así que deja de juguetear con eso y dime qué es exactamente lo que quieres.-

Volvió a sonreír. -¿Sabes? Se te ha echado de menos en la corte.- comentó. -Ahora las cosas son mucho más divertidas, te gustará y te relajará, ya verás, muchos están deseando verte de...

-¡Deja de decir estupideces y ve al grano!-

Tras el grito, el scouter vibró a punto de estallar en mil pedazos. Se lo quitó instintivamente, y se removió por el dolor en su oreja. Ni vio al saiyajin delante de él con su mirada heladora.

-¡Habla!- le exigió.

Vislumbró terror en sus ojos pero al instante cambió su semblante. Era tan astuto como su padre, quizá no tanto pero sí era listo. Sabía que, fuera lo que fuese, a él le iba a interesar pero todavía no calculaba hasta qué punto.

-Te lo he dicho: queremos que vengas conmigo y formar una alianza para gobernar el universo.-

Ante eso, sólo existía una pregunta posible: -¿Por qué?-

-Porque hay muchas guerrillas incontrolables después de que surgiera el rumor de que Freezer había muerto a manos de un saiyajin.-

-¿Cómo sabéis vosotros eso?-

-Una de nuestras avanzadillas invadió un planeta apestado de namekianos, ¿los conoces? Son un pueblo tranquilo que...-

-¿Un namekiano os lo dijo?- preguntó dando un paso hacia delante. Aquello tenía lógica.

-Sí, lo llevamos frente a la corte y aseguró que un saiyajin había matado a Freezer en el planeta Tierra, aquí.- El saiya pareció pensativo y él continuó: -Al principio nos costó creérnoslo pero luego no se atisbaba al emperador, las órdenes no llegaban y cuando nos queríamos dar cuenta estábamos luchando entre nosotros por gobernar el...-

-Ya veo.- le interrumpió Vegeta alzando la barbilla. -¿Os estáis peleando por repartiros la tarta, ratas?-

Esta vez sí sonrió con sorna, realmente encantado con ese insulto. Se aproximó a él perdiendo todo el temor que pudo haber sentido. Si conocía bien al príncipe de los saiyajins, aquello iba a despertarlo: -Sí.- contestó concentrándose en sus ojos negros. -Y la tarta es enorme, Vegeta.-

Silencio. Sus iris negros parecían sopesar la opción. Y no había más opción: poder. Por primera vez en su vida, iba a tener suerte pese a que no se fiaba ni lo más mínimo de aquello. Se giró y se dirigió al interior de la casa raudo.

-¿A dónde vas?- le preguntó Odrian viéndolo alejarse. Por un momento había pensado que lo había convencido.

-Dile a tus tropas que se preparen, salimos en dos minutos exactos.-

o-o-o-o

Maldita sea, ¿de qué estaban hablando? Con su hijo en brazos otra vez, quería saber todo lo que ocurría en su jardín. Llevaba así horas. Bueno, no tanto pero sí minutos interminables. ¿Quién era ese tipo atractivo que había caído del cielo y al que Vegeta evidentemente quería matar?

-Como tu padre empiece una guerra en mi jardín le voy a dar su merecido, ¿sabes, Trunks?- murmuró moviendo los ojos de su retoño casi dormido al exterior.

Porque era su jardín. Vaya, tanto tiempo persiguiendo a los malos y ahora resultaba que tenía a uno justo sobre su césped. Porque tenía que ser malo. ¿Y si no lo era? Igual era alguien agradable que venía a hacer una visita a su antiguo amigo Vegeta. Sonrió al imaginarse al príncipe tomando cervezas en alguna cantina perdida del universo. Ay, no, él no tenía amigos porque era idiota.

Maldita sea, era su jardín. Miró a su hijo y éste lucía por fin descansando. Lo soltó con cuidado sobre su cuna y salió pitando por la puerta. Era su jardín, por todos los diablos. Y ella tenía que saber qué era lo que ocurría en su jardín. ¿Desde cuándo le hacía caso a Vegeta? Había ido hasta por el mismísimo Freezer, ¿y ahora se quedaba agazapada? Lo cierto era que temió por su hijo y sus ojos le convencieron en el rato que estuvo aturdida.

Pero ya no. Era su jardín y tenía que saber qué era lo que ocurría.

-Hija...- la llamaron sus padres desde el final del pasillo. Había sido su padre el que se dirigía a ella: -No queremos molestar a Vegeta pero me gustaría que le pidieras los planos de esa nave que vuela sobre nosotros, es magnífica, ¿no crees?-

-Muy bien.- fue todo lo que pudo decir ante aquello sin parar de correr.

Atravesó el corredor y comenzó a bajar las escaleras. Algo le decía que lo que pasaba era importante. Y ella se lo estaba perdiendo por no estar en primera línea. Cuando lo vio abrir la puerta se detuvo. Él la miró directamente a los ojos y entonces se percató de que, efectivamente, lo que fuera que hubiera ocurrido ahí, había sido importante.

-¿Qué pasa? ¿Quién era ése?- le preguntó sin querer aproximarse.

Él seguía mirándola con ese gesto suyo de concentración que tanto había tardado en volver a su rostro.

Ella arrugó el ceño igualmente. Era importante, no había duda al respecto. -¿Qué pasa, Vegeta?- insistió.

No dijo nada. Cruzó la entrada y uno de los salones, y se dirigió directo hacia la salida de atrás. Bulma lo siguió sin entender a dónde iba. Salieron a la parte posterior del recinto y él por fin paró su avance. Se cruzó de brazos esperando a que algo ocurriera pero, ¿el qué?

-¿Qué es lo que pasa, Vegeta?- reiteró Bulma sin entender nada.

Tras breves segundos, notó una presencia detrás. Casi se cayó de la impresión al ver de quién se trataba.

-Has tardado en bajar.- le recriminó el príncipe al que había descendido del cielo.

-¿Piensas ir?- le preguntó Piccolo pese a que sabía la respuesta.

-Por supuesto.- contestó con una sonrisa curva.

-Es una trampa, Vegeta, lo sabes bien.-

Sonrió. -No necesito que me digas lo que ya sé, lo que necesito es que me digas si has visto algo importante desde donde te escondías.-

El namekiano dibujó su gesto más torbo en el rostro. Ese príncipe era insoportable pero ahora tenían que hablar de lo que a los dos les interesaba. -Más de cien hombres, ningún ki destacable además del de ese tipo que hablaba contigo.- soltó. -¿Crees que son fuertes?-

-Él no, siempre fue una sabandija débil; pero desconozco con quién está tratando ahora.- respondió.

-¿¡De qué diablos estáis hablando?- cuestionó Bulma alterada. Si no se había perdido nada, una nave espacial había llegado a su jardín, Vegeta había salido a hablar con el dueño, ahora había vuelto y Piccolo había bajado del cielo. -¿Y cuánto tiempo llevas tú aquí?- le preguntó a éste.

-Bien.- El príncipe desoyó el grito de la científica y volvió a voltear su cuerpo para ir por donde había venido. -Vendrán a por vosotros.- afirmó dejando a la peliazul y al namekiano en esa parcela de atrás.

-¡Vegeta!- le gritó Bulma retornando a seguir sus pasos. -¿¡Qué rayos pasa!- preguntó por enésima vez y dejando esta vez a Piccolo en su jardín de la parte de atrás. -¿¡Por qué no me contestas!-

Nada. Seguía su camino como si todo fuera silencio a su alrededor.

-¿Te vas? ¿A dónde vas?- cuestionó cruzando el mismo camino antes hecho.

Siguieron andando, ella persiguiéndolo a él. ¿Es que no iba a hacerle caso? Cuando lo vio abrir la puerta de salida se quedó petrificada. Por supuesto que no iba a hacerle caso. Se iba a ir, y ni siquiera la miraba.

Ni iba a hacerlo.

Respiraba con poca fluidez. La caminata le estaba costando un sofoco pero eso no importaba. Se iba a ir y no supo decir por qué, pero era consciente de que todo iba a quedar ahí.

Se estaba acabando. Se estaba diluyendo frente a sus ojos como quien abre los dedos cuando recoge agua de un río. Se iba a ir. Lo estaba haciendo. Aquello era serio. O igual no, o igual sí y siempre lo fue. Su corazón comenzó a temblar. Se iba a ir. Y ni siquiera la miraba.

-¡Vegeta!- lo llamó por última vez queriendo parar su ida.

-¡Te he dicho que ni se te ocurra hacerte la intrépida!-

Ahora la llevaba a rastras hacia dentro de la casa, asida por la barbilla. Se había dado la vuelta y no la había dejado salir ni a la puerta.

Reaccionó viéndolo alejarse de nuevo: -¡Ésta es mi casa y ése es mi jardín! ¡Sólo quiero ver quién se ha atrevido a poner un pie aquí dentro sin mi consentimiento!- Y trató de adelantarse al saiya.

-Maldita se...- Él cerró la puerta tras de sí y le clavó sus ojos negros en los suyos realmente ofuscado. -¡Bulma!-

Se espigó. Ese grito de él ya lo conocía. Era el mismo tono que había usado en alguna ocasión anterior para que le hiciera caso de verdad, dejando atrás los juegos, exactamente igual que el que había utilizado arriba y que a ella le había dejado recluida en la habitación de su hijo.

Se quedaron unos segundos estudiándose el uno al otro.

-¿Te vas a ir?- terminó por romper ella el silencio. Había cambiado el gesto de serio a preocupado.

Que hubiese alguna duda al respecto era llamativo. -Por supuesto.- le aseguró él volviendo a darse la vuelta y después de haberse convencido de que ella no saldría a hacer de las suyas por su mirada.

Al instante, pareció nerviosa. -¿Necesitas algo?-

Aquello no le extrañó. -No seas ridícula.- espetó para abrir la puerta.

-Y no piensas volver, ¿verdad?- le inquirió cruzando los brazos.

Él dejó la puerta abierta. Se giró lo mínimo para sentenciar: -Te lo he dicho, no seas ridícula.-

Ella lo observó alejarse hincándole la vista mientras se acercaba a la rampa. El saiya se alejaba de ella y volvía a lo que siempre consideró su hogar: el cosmos.

Lo entendió: sólo ocurría lo que tenía que ocurrir. Cerró la puerta y se quedó mirando el pomo de ésta sujeto por una de sus manos.

Y entonces todo dejó de ser rápido. Una velocidad poco común la acompañó en aquel espacio. Quiso analizar lo que había pasado pero parecía como si su cerebro no pudiera procesar tanta información. Y siempre fue una mujer rápida, pero aquello estaba siendo imposible.

Lo que tenía que pasar estaba pasando justo frente a sus narices: él se estaba yendo de La Tierra. Ya había ocurrido antes pero en aquella ocasión tenía que volver a enfrentarse contra los androides. Ahora no, ya no tenía nada que le atara a ese planeta.

No. Por supuesto que no.

Se asomó por la ventana. Se iría y no volvería porque no había batalla a la que esperar ni enemigos que batir. Se iba con lo mismo con lo que había llegado: sin nada más allá que su uniforme.

No iba a volver. Pero al menos tendría que mirarla, como siempre hacía. Mantendrían una conversación callada mientras se miraban a los ojos. Él la miraría y ella también.

-Date la vuelta, maldito saiyajin.- murmuró deseando que le escuchara.

Sólo tenía que darse la vuelta y mirarla porque él tenía que saber que ella estaba allí, observándolo, esperando al menos esa mirada oscura.

-Date la vuelta y mírame.- volvió a susurrar estudiando sus pasos decididos hacia la rampa. Algo sencillo, algo lento. Tenía que mirarla. Al menos, mirarla.

-Mírame.-

Alejado ya, Bulma vio cómo Tama se acercaba al príncipe como si supiera lo que estaba ocurriendo. El príncipe lo miró por un instante para acto seguido apartarlo con la pierna. El gato lo intentó de nuevo y Vegeta volvió a retirarlo. Después, algo tuve que decirle a Tama, algo que éste pareció entender porque se quedó parado en el césped para acto seguido salir despavorido al oír el crujir de las entrañas de la nave.

Subió la rampa y ésta comenzó a cerrarse, perdiendo su silueta entre el humo del propulsor.

Ella soltó un soplido y cerró la ventana.

Era lo que tenía que pasar. Lo que tenía que pasar. Inspiró fuertemente y subió las escaleras. Ya era hora de irse a dormir y dejarse de dramas innecesarios.

o-o-o-o

-Príncipe Vegeta.- le saludaron los militares inclinándose.

Él acentuó su gesto de asco ignorándolos y miró directamente a Odrian. A éste no le dio tiempo ni a reaccionar: el saiya le había cogido del cuello y alzado en alto pegándolo contra una de las paredes del corredor principal. Los murmullos de los soldados le llegaron a sus oídos pero aquello tenía que quedar lo suficientemente claro para Vegeta:

-¡Escúchame bien, alimaña asquerosa!- gritó para que todos se enteraran. -No vamos a ir a donde estén reunidos el resto de ratas, ¿me has entendido?-

Algunos soldados quisieron ayudar a su general pero un rayo lanzado desde la mano libre del saiya los empujó a varios haciendo que dos cayeran fulminados al instante.

Odrian lucía extremadamente asustado. No se esperaba aquello. Ciertamente, el condenado príncipe de los saiyajins era mucho más fuerte de lo que lo recordaba. -Sí, sí.- dijo alterado.

-Tú, yo y tus tropas vamos a investigar un poco por el Universo, ¿te parece mal, repugnante marica desquiciado?- le preguntó apretando un poco entre las solapas de la su capa.

-No.- consiguió pronunciar el actual rey de los hibut luchando por respirar.

-Bien.- terminó diciendo Vegeta dejándolo caer sobre el suelo. -A partir de ahora las órdenes las daré yo.- concluyó girándose y andando directamente a la cabecera de la nave. -Pasaremos una temporada en esta nave.- comentó mirando de reojo hacia atrás. -Ponte cómodo, Odrian, va a ser un viaje largo.- le dijo sonriéndole de lado.

Éste fue ayudado por algunos de sus soldados mientras trataba de descifrar cómo decir ese cambio de rumbo en sus planes a las demás familias. No fue él el que acabó con Freezer, sin embargo, Vegeta era fuerte, quizá demasiado. Y aquello era exactamente lo que querían. Sonrió mientras doblaba el cuello a los lados y se despojaba de las ayudas de sus míseros soldados.

-¡Dejadme en paz!- exclamó colocándose de nuevo su capa. Por el agarre en su cuello las cuerdas se habían desecho. -Seguidlo, imbéciles.- les ordenó mientras él se giraba en sentido contrario. -Ya sabéis lo que tenéis que hacer.-

o-o-o-o

N/A: Siento la tardanza y la longitud del capítulo. Será el último tan largo, os lo prometo.

Aclararé que "La Consecuencia Impredecible" no era el inicio de nada, era sólo un destello de lo que creo que pudo haber ocurrido en el pasado alternativo. No tendrá continuidad, no es un principio. Lo digo porque he visto que algunos la tenéis guardada para que se os avise si sigue. En el caso de que me ponga a escribir la historia alternativa, ése no será su comienzo si no que formará parte de algún capítulo. Dicho queda.

Y para aquel tipo de LMFYSA que esperaba contestación, le saludo desde aquí con mis seis dedos de una mano (Es broma. Me hubiera gustado veros la cara al poner que tengo seis dedos) igual que hago a los energúmenos que me pitan cuando voy conduciendo porque según ellos lo hago mal. No lo entiendo. Yo conduzco muy bien. Las personas deberíamos hablar más para las cosas buenas. Con lo rápido que soltamos "¡Hijo de p*ta!" cuando vamos conduciendo y lo mucho que nos cuesta decir cosas bonitas...

Este capítulo va dedicado a los amigos de Drama FanFiction del Facebook. ¡Pesados!

Bueno, ya está. Adiós.

Espero que os haya gustado y gracias por leer. xxx. Drama.