Disclaimer: Ninguno de los personajes es mío; ni siquiera Edward, es duro lo sé. Pero por lo menos la historia sí que lo es y me conformo con que os guste.

Capítulo anterior:

—Bells, te estábamos buscando... ¿Ha pasado algo? —preguntó Alice, mirándome con detenimiento.

Negué con la cabeza pero no pareció darse por convencida, algo que ya esperaba. Rose me observaba en silencio; ella era más discreta, esperaría a llegar a casa para acribillarme a preguntas.

Ya había un grupo que tocaba, por lo que los chicos no deberían tardar mucho en subir, de hecho, ya se estaban reuniendo para ir al backstage y subir al escenario desde atrás. Jasper le dio su bebida a Alice y en ese momento intercambié una mirada nerviosa con Edward que no supe cómo interpretar. Le susurré un "buena suerte" esperando que lo hubiera entendido y como respuesta obtuve una encantadora y tímida sonrisa.

—Vamos a tener una gran conversación —dijo de pronto Alice, con el entrecejo fruncido.

Ignorándola, continué mirando al frente. No sabía cómo se podía haber torcido tanto todo, un día estaba sola y al otro tenía más de lo que hubiera podido esperar; más de lo que jamás había imaginado. Y es que, viendo cómo Edward subía al escenario y enchufaba los cables a su guitarra eléctrica de forma despreocupada, tuve una revelación que a partir de entonces, cambió mi forma de ver el mundo: es en los momentos en los que nada parece tener sentido cuando seguir a tu propio instinto deja de ser una idea descabellada. Siempre hay tiempo para enmendar errores, por muy garrafales que fueran.


Capítulo 14. Come together

No sabíamos qué canción iban a tocar en la final, se nos había olvidado preguntar. Alice apostaba por una movida, pero yo sabía que iban a descargar toda la artillería pesada, a jugar con su mejor arma.

—¿Quieres decir que van a usar el hecho de que están muy buenos? —gritó Rosalie cuando le expliqué mi teoría.

—Exacto.

Y, como comprobé un poco más tarde con satisfacción, llevaba razón. Las luces se atenuaron, dejándolos en penumbra, solo con una iluminación azulada. Edward se aproximó al micrófono mientras Emmett empezaba a marcar un ritmo muy suave, y lo acompañó moviendo las caderas al ritmo, en un movimiento casi imperceptible pero demasiado sensual como para ser cierto. Encendió un cigarro con tranquilidad, cerrando los ojos y disfrutándolo al tiempo que Jasper empezaba a tocar los acordes del bajo, acercándose a él.

—Dios mío... —susurré, agarrando a Alice—. ¡Es Come Together!

—Voy a tener un orgasmo aquí —murmuró Rosalie.

Alice y yo reímos y le dimos un codazo en las costillas, sin apartar la mirada del escenario. Esos pantalones ajustados que llevaban, las delgadas corbatas, las camisas por dentro y en el caso de algunos como Jasper, aquellos jerséis negros sin manga y de punto por encima, al más puro estilo mod, los hacían más irresistibles aún. Noté como les brillaba el pelo bajo las luces, pero sobre todo, veía el hipnótico vaivén de las caderas de Edward mientras marcaba el ritmo con el pie.

Justo antes de comentar a cantar, este puso el cigarrillo en los labios de Jasper (por supuesto, al día siguiente y sin alcohol de por medio, acordé con Alice que era el gesto más sexy que un mortal podría ver a lo largo de su vida y que habíamos sido afortunadas de presenciarlo). Después, se acercó al micrófono y agarrándolo con las dos manos

Here come old flattop, he come grooving up slowly, he got joo-joo eyeball he one holy roller, he got hair down to his knee... Got to be a joker he just do what he please...

Nadie decía nada, en el público reinaba un silencio sepulcral. Solo la voz de Edward con la poca instrumentación que caracterizaba el principio de la canción, dominaba la sala. Y me gustaba.

Una vez acabó la primera estrofa del tema, aprovechó el compás rítmico para arrebatarle de nuevo el cigarro a Jasper, consiguiendo algunos chillidos de las chicas de la primera fila. Lo agarró con dos dedos, dispuesto a sujetar de nuevo el micrófono en la medida que le fuera posible.

Tenía un desparpajo increíble, parecía muy cómodo en el escenario pese a la lentitud de la canción en el inicio. Una vez la guitarra empezó, ganando protagonismo por encima del bajo, el público empezó a moverse. Seguramente, antes habían estado absortos (como yo) viendo a Edward agarrarse el pelo con la mano mientras le hablaba al aparato.

Come together... —decía una y otra vez, con una sonrisa en los labios.

Noté que Alice me miraba de reojo, supongo que divertidísima con mi expresión.

—A partir de hoy, Bella nos torturará a todas horas con esta canción, atormentándose en su habitación con la imagen de Edward —rió Alice.

—Cariño, yo también pensaré en él —se carcajeó a su vez Rosalie.

Me crucé de brazos, intentando pasar de ellas. Por supuesto que iba a escucharla, me conocía demasiado bien como para prever que una vez llegara a casa, la cantaría con los ojos cerrados y un gran dramatismo, evocando imágenes mentales. Y no solo de Edward, Tom también me atraía mientras raspaba las cuerdas de la guitarra, y es que... ¿qué tío que sepa tocar la guitarra no resulta atractivo?

También pensé en qué decirles si perdían aquella competición. Parecían muy concentrados y dispuestos a todo por ganar, una vez que acabaron de tocar y se alinearon junto a los otros dos grupos para esperar el resultado. Pero no supe por qué me había preocupado, al fin y al cabo eran ellos, así que... ganaron, por supuesto.

Estaban celebrando la victoria a carcajadas, abrazándose los unos a los otros, contentos. Yo no podía parar de aplaudir, saltar y en alguna que otra ocasión, llevarme los dedos a la boca y silbar de una forma que, según Alice, es poco femenina. Pero no me reprendió al verme, de hecho, sus gritos eran aún más masculinos que mis insatisfactorios silbidos.

Edward agradeció el premio por el micrófono mientras Emmett recogía el pequeño trofeo y Jasper las camisetas que también les habían entregado a los otros dos grupos finalistas. Estaban radiantes y orgullosos, sobre todo porque el público con sus aplausos y vítores estaban demostrándoles que había sido una elección acertada. Debía ser muy halagador que te aplaudieran con tanto ahínco, aunque suponía que muchas de las que lo hacían solo querían capturar una mirada de ellos para después reír tontamente y cotillear con las chicas de su entorno.

Yo, sin embargo, solo quería abrazar a mis amigos. Y a Edward. Por eso, empujé hacia delante para llegar a la primera fila y recibirlos una vez bajaran del escenario seguida de Alice y Rose.

—¡Qué bonito! —exclamó Alice recogiendo el trofeo para observarlo mejor. Era una pequeña placa con los rostros de los Beatles grabados, llena de divertidas combinaciones de colores.

Pero no le prestaba atención, estaba ocupada cruzando mis brazos de forma nerviosa y sonriéndole a Edward, que se aproximaba hacia mí a la vez que volvían las luces centelleantes de discoteca y la música resonaba por todas partes.

—Enhorabuena.

—Gracias —sonrió, y después me tendió la camiseta que había ganado—: Es para ti, cuando he pedido cambiar la que me habían dado por la talla pequeña me han mirado raro.

Solté una carcajada mientras la cogía y la examinaba.

—Quizá hayan pensado que eres uno de esos chicos metrosexuales que prefieren la ropa apretada para enseñar músculos y... el ombligo. —Mientras reía aproveché para quitarme el chaleco de punto que tenía y ponerme la camiseta por encima del vestido—. Al menos, es lo que yo pensé al verte por primera vez.

Con una mirada divertida y una sonrisa que dejó a la vista sus dientes puntiagudos me atrajo hasta él para alborotarme el pelo.

—Mi autoestima acaba por los suelos cada vez que estás cerca —bromeó al separarse y coger una cerveza que Emmett le estaba pasando.

—Quizá tenga que alejarme —tonteé yo, alzando una ceja y ladeando la sonrisa como él me había enseñado.

Movió la cabeza divertido por la situación, mientras empinaba el botellín y no me perdía de vista. No entendía cómo podía tener esos movimientos tan arrebatadoramente masculinos, pero tarde o temprano acabarían con mi salud mental y por supuesto, sexual.

Por algún motivo, ninguno nos marchamos de aquel antro. Podríamos haber ido a cualquier pub de moda, de esos que Alice se empeñaba por visitar, pero sin embargo le habíamos cogido el gusto a aquel local que parecía no querer vaciarse. Seguían muchos de los grupos participantes, y mis amigas no tardaron en entablar conversación con unos cuantos de ellos, soltando grandes risotadas ligeramente sobreactuadas en momentos cruciales.

Alice charlaba con un chico alto y moreno, atractivo, que me sonaba de haberlo visto por el campus universitario. Parecía desenvuelta y eso me alegraba, no quería que siguiera sufriendo por el tema "Jasper y María", así que cuando se volvió y vio que la estaba mirando, me señaló que fuera hasta donde estaba, de forma despreocupada. Me lo pensé, no quería estropear su intimidad.

—¿No vas a ir? —rió Edward, que no se perdía detalle de lo que pasaba a nuestro alrededor.

—¿Tú qué opinas? ¿Crees que pasará algo entre ellos en... los próximos minutos?

Vi como Edward fruncía el entrecejo mientras los evaluaba con una serie de parámetros que desgraciadamente no compartió conmigo. Una lástima, habría sido divertido y útil en un futuro.

—Posiblemente —terminó diciendo de forma escueta.

—Eres de gran ayuda —bufé, y empujándolo mientras se reía escandalosamente fui hasta donde estaba mi amiga.

La cara de Alice irradiaba felicidad mientras hablaba con el chico, pero al menos tuvo la decencia de darse cuenta de que me encontraba a su lado. Sin pensarlo dos veces, pasó un brazo por mi cuello y me abrazó. Cosas del alcohol.

—¡Bella! Mira, te presento a Alec. Está en conmigo clase, ¿te lo puedes creer? Le encanta la moda. Y flipa, ¡creo que no es gay! —Eso último intentó susurrármelo. Por supuesto, no lo consiguió y Alec le dirigió una mirada confusa al enterarse.

Me presenté como pude y pasé unos minutos sin saber cómo entrar en la conversación. De pronto, fui consciente de que sería una de esas típicas situaciones incómodas en las que toda chica que sale de fiesta con amigas se vería involucrada tarde o temprano. Y es que, mientras ella desplegaba todas sus armas de seducción, yo solo podía ponerme al lado, sin saber muy bien qué hacía ahí. Es sin duda un momento mágico y místico, en el que las mugrientas paredes del pub en cuestión parecen mucho más interesantes que cualquier otra cosa.

—Chicas, este es mi amigo Demetri —dijo Alec en algún punto de la aburrida conversación.

Intenté no reírme del nombre, lo juro. Sobre todo porque unos días antes Emmett me había pasado por email una página web llamada "Pregúntaselo a Dimitri" donde mediante un videomontaje se reían de un pobre chico europeo. Pero claro, el tío que estaba delante de mí intentando flirtear, era enorme, moreno y muy diferente al de la página. Una pena, también sería menos divertido.

—¿A qué te dedicas? —me preguntó, dejando a Alec y a mi amiga a un lado.

Siempre había querido inventarme una personalidad, y ahora que tenía el suficiente alcohol en el cuerpo como para hacerlo, me sentía con fuerzas. Sonreí.

—En este momento llevo una vida un poco caótica, ya sabes...

—Ser estudiante siempre ha sido duro —bromeó él.

—Ya lo creo. Cuando no cuido a los mellizos, estoy preparándome para ser médico forense.

La palabra "mellizos" provocó que una sombra cruzara su cara, pero me preocupé en dar un sorbo a mi bebida, intentando esconder la sonrisa que se me escapaba. De reojo vi como Edward me miraba a lo lejos, pero al ver mis labios fruncidos, noté como los suyos se curvaban hacia arriba.

—Vaya... Bueno, yo estoy haciendo las pruebas para entrar en el cuerpo de policía. Me gusta el área de criminología, así que quizá nos veamos en algún caso —rió escandalosamente—. ¿En qué año estás?

—Ah, no, no. Me estoy preparando por mi cuenta.

—¿Estás en la Universidad a distancia? —se interesó Demetri.

Agité la mano de forma negativa.

—¡Qué va, eso no sirve para nada! Estoy viendo todas las temporadas de los tres C.S.I., y cuando termine empezaré con Fringe y Dexter —me encogí de hombros y evité a toda costa mirarlo a la cara para no estallar en carcajadas.

Su mirada confusa hacia mí debió ser de lo más divertida, porque Jasper y Edward, que se encontraban cerca, se reían sin disimulo alguno.

—Esto... —empezó a decir—. Me llaman por el móvil, ahora después nos veremos... supongo.

Y se fue. No pude resistir más y me carcajeé a mis anchas mientras aceptaba un botellín de cerveza de Jasper, que ya estaba a mi lado. Como me lanzó una mirada interrogativa puse los ojos en blanco y soltó una risilla entre dientes. No tenía por qué contarle todos mis ligues, ni tampoco cómo me reía de los hombres, quizá un día necesitara reírme de él.

Echó un vistazo hacia atrás y vio a Edward charlando animadamente con Emmett y Rosalie, a una distancia prudente.

—Venga, desembucha.

—Me confundes, Jasper. ¿A qué te refieres?

Evaluó mi rostro, supongo que queriendo saber si había algún rastro de inocencia en él. Era una suerte que estuviera oscuro.

—Tú y Edward.

—¿Estamos jugando a las adivinanzas?

Suspiró, cansado de mis evasivas.

—Mira, Jasper —empecé a decir—. Si algo hubiera pasado entre nosotros, ¿no crees que Edward habría ido por ahí gritándolo? Por lo menos, seguro que lo habría twitteado.

Asintió y el miedo me invadió cuando lo pensé detenidamente... ¿Habría twitteado algo?

—Es verdad, el otro día twitteó toda su cita con Carol, desde que la vio hasta que la dejó en su casa.

—Lo sé, me colapsó el Time Line. Pero hubo comentarios divertidos, es sorprendente lo que los Cullen pueden hacer con 140 caracteres —admití.

Seguir a Edward en Twitter era casi tan divertido como seguir a Emmett (algo insuperable, la verdad). El problema es que yo tendía a pensar que soltaban tales incoherencias de forma consciente, con el fin de entretener. Después llegué a entender que realmente eran así de... extraños, supongo.

Jasper y yo decidimos dar por acabada la conversación debido al sinsentido de la misma, así que nos unimos a los demás. La noche no acabó ahí, por supuesto. Y las copas tampoco, ya que siempre tenía una en la mano, así que no me extrañé mucho cuando mi alrededor empezó a dar vueltas y todo me hacía mucha, muchísima, gracia.

No sabía qué planes tenía Edward, se suponía que seguíamos estando en nuestra "cita", aunque más bien parecía una quedada en grupo. ¿Y si me pedía que fuéramos solos a algún sitio después de lo que había pasado hacía un rato fuera del local? Habíamos decidido ser solo amigos, pero...

—Bella... —me llamó en ese momento, acercándose para evitar los oídos agudos y entrometidos de nuestros amigos. Se tambaleó y supe que estaba tan perjudicado por el alcohol como yo—. ¿Quieres que vayamos a algún sitio?

¿Por qué me pasaban esas cosas tan desagradables? ¿Por qué estaba gafada de aquella manera tan inhumana? ¿Es que había sido tan cruel en mi vida anterior?

—Mmmpff... — Tenía la lengua trabada, que lo interpretara como quisiera.

Asintió como si le hubiera soltado un discurso de cinco minutos sobre mis expectativas hacia aquella noche que pronto se acabaría. Después se volvió para decirle algo a Emmett entre carcajadas y aspavientos grotescos con los brazos antes de poner sus manos en mis hombros, conduciéndome al exterior.

—¿Dónde me llevas? —quise saber después de salir para volver a entrar en el pub y recoger así el abrigo que casi olvido en el guardarropa.

Malditos gintonics, pensé mientras me sentía calentita en contraste con el frío seco que nos rodeaba en el exterior. Frío que, como ya suponía, no ayudó a despejar mi cabeza.

—No te preocupes, está cerca de la calle... ¿cómo era? Ah, "Mmmpff" —dijo, burlándose de mí. Tras ver como intentaba poner los ojos en blanco añadió—: ¡Demos un bonito paseo hasta casa!

Escudriñe la zona en la que estábamos entrando, horrorizada.

—Edward, no te ofendas, pero tu concepto de distancia es diferente al mío —chillé, expandiendo los brazos para después llevarlos a mi cintura en forma de jarra.

—Shhh, estamos cerca —rió él, tirando de mí.

—Dime, ¿cómo de cerca está Francia para ti?

—¿Quieres que vayamos a Francia? ¿Compramos unos billetes? —Se partía de risa mientras sacaba su Smartphone y tecleaba algo a toda velocidad.

Intenté arrebatárselo, pero que mis zapatos no fueran planos no ayudó mucho. Abracé su cuello como pude e intenté asfixiarlo para ver qué estaba haciendo... Soy así de delicada, qué le vamos a hacer.

Como no me hizo ni caso y siguió carcajeándose como un loco, me solté y fui hasta el bordillo de la acera para sentarme.

—Sonríe y di... no sé, ¡di algo gracioso! —me dijo mientras me apuntaba con la cámara del móvil.

—Pareces más gordito desde aquí —observé, ignorándole e intentando mosquearle—. Aproximadamente, ¿cuánto pesas?

—Unas... seiscientas cervezas. ¡Y no me digas gordito!

Acompañando sus risas me levanté recargada de energía. Los siguientes minutos los pasamos señalando todo lo que veíamos de color azul marino, algo que resultó de lo más gracioso teniendo en cuenta que Edward, como buen hombre que era, no apreciaba las tonalidades. Y menos aún, si estaba tan borracho.

—¡Ay, mierda!

—La mierda no es azul, Edward. Aunque, si eres un pitufo...

—¡Que no, Bella! Que me he distraído y nos hemos desviado.

Pero aquello no parecía importarle, al contrario, lo dijo como si fuera la cosa más divertida del día.

—¿Vamos a tener que pasar la noche en la calle? Me duelen los pies, me pica una barbaridad el sujetador y tengo hambre. ¡En mi casa había galletitas esperándome...! —le conté, agarrando su chaqueta con las dos manos y poniendo cara de dolor.

Lo siguiente que recuerdo es que me quité los zapatos y riendo, corrí como una loca para alejarme de Edward, cuya intención era darme caza y rascarme él mismo.

Y, mientras corría borracha con los tacones en la mano, riéndome a carcajadas y sintiéndome más libre que nunca, pensé que si me lo hubieran contado mientras vivía en Forks, no lo habría creído. Paré para confesárselo a Edward, que me miró con ojos comprensivos y amables antes de intentar asesinarme mediante cosquillas.

—¡Ay, ay! —chillé— Para, por favor.

Pero no fue hasta la quinta vez que se lo suplique cuando decidió detenerse y observarme. Me tambaleé, más mareada que en toda la noche, y por inercia, uní mis dos piernas. Mierda.

—¡Me estoy haciendo pis! —confesé con una risa nerviosa mientras me sujetaba a su brazo para no caerme—. Mi casa...

—Vale, E.T., te informo de que estamos un poco lejos.

—¡Pero me voy a hacer pis encima! ¿Sabes la cantidad de líquido que hay en mi cuerpo? ¿Y si los órganos se están apretujando y sufro lesiones graves?

—Es... es una teoría interesante. La discutiré en clase el lunes.

Pero yo estaba demasiado inquieta como para prestarle atención.

—¿Es que no hay ningún servicio público por aquí? De esos de plástico que huelen tan mal.

Edward se rascó la cabeza mientras miraba a su alrededor y después sacó el móvil, diciéndome que iba a ver si veía alguno en Google Maps. Suspiré frustrada y lo empujé para seguir andando e intentar dar con algún pub abierto o unos de esos cuartos de baño portátiles que tanto ansiaba.

—No puedo más —le aseguré, apretándome la barriga—. No puedo creer que vaya a decir esto, pero... lo voy a hacer aquí mismo.

Vi como una pareja se acercaba por la calle, casi tan borrachos como nosotros y gruñí.

—Mira, allí parece que no hay nadie —dijo, señalando un bocacalle.

Me arrastró hasta allí, básicamente porque no podía separar las piernas para caminar correctamente. Mi vejiga amenazaba con explotar, y en breves segundos. Así que, de pronto, me encontraba en un callejón oscuro, partiéndome de la risa y obligándolo a que se diera la vuelta, pero al mismo tiempo sujetando con fuerza su chaqueta para no caer.

—Edward, te tengo que contar algo... Yo nunca he hecho esto en la primera cita.

Se estaba divirtiendo demasiado como para contestarme, y yo solo daba las gracias por tener la mente lo suficientemente nublada para no sonrojarme cuando sonó el ruidito característico. Para disimularlo, me puse a cantar en voz lo suficientemente alta.

—Eres la sutileza personificada —rió él—. Corre, que como nos vea la policía nos pone una multa.

—¡No me metas presión! —siseé yo.

Al incorporarme para ponerme de nuevo las medias, me mareé con violencia, pero tras cerrar los ojos un instante, recuperé el control de mi cuerpo. Rebusqué en mi bolso y cuando encontré lo que quería, escuché de nuevo las carcajadas de Edward, que ya se había vuelto.

—¿Pero qué haces, loca?

—Nunca había hecho esto en medio de la calle, no quiero que huela mal —refunfuñé, mientras vaciaba el contenido de una pequeña muestra de perfume que llevaba siempre encima por si en algún momento determinado sudaba o algo por el estilo.

Noté que me agarraba por la cintura y corría conmigo, en una mezcla de euforia y nerviosismo. Como pude, me deshice de su agarre y miré para atrás.

—Te lo dije, la policía —me gritó Edward entre carcajadas, cogiéndome de la mano para que llevara su ritmo.

En ese momento me sentí como una de esas protagonistas de las películas o series inglesas que van con el pelo brillante y aire mod, y corren por las calles de la mano de un chico con patillas y vestido de negro. Seguimos corriendo hasta que empecé a sentir un pinchazo en el costado, y tiré de la mano para que parara.

—Nos hemos dejado llevar —dijo él, sonriente y aminorando el paso—. Pero casi hemos llegado.

Sinceramente, no tenía ganas de entrar en casa. Estaba muy cansada, eso era cierto, pero todavía quedaba alcohol en mi cuerpo y me lo estaba pasando en grande con Edward. Quizá podría subir, ponerme unos vaqueros y unas zapatillas cómodas y volver a salir...

Sin embargo, en cuanto vi el edificio, solo podía pensar en mi mullida cama, y Edward parecía pensar lo mismo. Mirándolo de cerca, noté lo enrojecidos que estaban sus ojos y las incipientes ojeras que asomaban bajo ellos. Supe que yo tendría un aspecto muy parecido, aunque no tuve que esperar para saberlo, ya que me vi en el espejo del ascensor. Edward intentó convencerme de que le dejara el pintalabios para escribir algunas notas graciosas, pero recordé a tiempo que no era mío, sino de Rosalie.

—Te podría matar con sus propias manos si se enterara —le aseguré.

No le dio tiempo a convencerme, porque las puertas se abrieron en mi planta y salí con las llaves en la mano, impaciente por estar entre las sábanas. Iba a despedirme de él cuando vi que me seguía, así que enarqué una ceja.

—Es que hasta que no llegue Emmett no puedo entrar en casa, dejé las llaves en el coche —explicó, encogiéndose de hombros.

Puse los ojos en blanco, pero abrí con rapidez la puerta y me encaminé a la cocina, con él detrás.

—Estoy tan cansada —exclamé—. Pero sé que si me duermo ahora, mañana la resaca será peor. Quizá debamos esperar a que se nos pase.

—Yo estoy bien —aseguró él—, estoy acostumbrado. Tienes una tolerancia al alcohol lamentable.

Me apoyé en el frigorífico mientras bebía agua y ponía los ojos en blanco. Había escuchado que si bebías la misma cantidad de agua que de alcohol, este se eliminaba rápidamente. Edward me observaba, subido al mármol de la encimera.

—Eso no sirve —rió cuando adivinó mis intenciones.

Y supe que decía la verdad. Ahora no solo estaba mareada, sino que me pesaba la barriga muchísimo. Al andar notaba el agua moverse, y no pude menos que volver a reír.

Fui hasta mi habitación con la intención de ponerme algo más cómodo, pero solo llegué a quitarme el abrigo. Me tiré bocabajo en la colcha y cerré los ojos, intentando quedarme dormida, algo que habría ocurrido con rapidez si Edward no hubiera aparecido, quejándose de que hacía frío. Puso la calefacción y noté como se hundía un peso a mi derecha mientras comentaba algo acerca del hambre que tenía.

Nunca supe si me había levantado tan tarde esa mañana por el cansancio acumulado o porque Londres amaneció exageradamente gris, de forma que la iluminación de la habitación era tenue. Era un domingo de esos en los que solo apetece acurrucarse en una manta y leer un libro mientras escuchas música; pero poco podía leer yo con mi dolor de cabeza. Refunfuñé y refregué la cara contra la almohada, recordando demasiado tarde que aquella noche no me había desmaquillado, y que la funda de la almohada habría acabado llena de rímel.

Me di la vuelta y me llevé una mano al pecho. Me molestaba, no me gustaba la sensación que me dejaba el dormir con sujetador, pero menos me gustó encontrar a Edward mirándome fijamente, con una sonrisa en los labios.

—¡Ay! ¡La madre que te...! —empecé a decir, sobresaltada.

No me acordaba de que se hubiera quedado.

—No sabía que te... sobaras a ti misma por la mañana —rió señalando mi mano, que aún descansaba sobre mi pecho.

—¡Idiota!

Le pegué un puñetazo en el hombro con lo que se suponía que era toda mi fuerza, pero siguió riéndose. Me volví a tumbar y me pasé la mano por el pelo, aún cansada.

—¿Cómo es que te has quedado?

—Después de tumbarme, tardé un minuto en dormirme tan profundamente que ni Emmett podría haberme despertado.

—Yo no estaría tan segura de eso —sonreí, girándome para mirarle—. Emmett puede ser terrorífico.

Escuché su risa amortiguada mientras volvía a cerrar los ojos, amodorrada. Me encantaba la sensación que se siente al despertarte, cuando quieres dormir más pero sabes que no tienes sueño. En definitiva, hacer el vago.

Nos quedamos en silencio durante unos minutos, disfrutando de la comodidad del colchón y escuchando como las gotas caían en el exterior. Había sido una noche increíble, con cientos de situaciones que no me esperaba, miles de risas sin sentido y una complicidad entre nosotros difícil de explicar. Parecía que él pensaba lo mismo, mientras no apartaba la vista de mi rostro.

Pero antes de que pudiéramos decir nada, su barriga sonó estruendosamente, provocando un leve sonrojo en sus mejillas.

—Espera, tengo la solución —le dije.

Me levanté como pude, con la cabeza dándome tumbos, en dirección a la cocina. No había nadie por la casa ni en las habitaciones, por lo que se explicaba el silencio que reinaba en la casa. Cogí una botella de CocaCola light, unos paquetes de patatas que encontré y caminé de nuevo a la habitación.

—No hay nadie en casa —le conté a Edward, que seguía en la cama—. Rosalie y Alice querían ir a un mercadillo de segunda mano que ponen los domingos en el West End, pero pensaba que no serían capaces de moverse después de lo de anoche.

Se desperezó y cogió lo que llevaba en los brazos. Aproveché para entrar en el cuarto de baño a lavarme la cara y a ponerme un pantalón ajustado de yoga (deporte que hice con Alice durante solo dos mañanas) y una camiseta vieja. Salí del servicio haciéndome una improvisada coleta, dispuesta a comerme cualquier alimento que se pusiera por delante.

—¿Haces yoga? —bromeó Edward, abriendo el paquete de Pringles. Supe que le habría costado mucho esperarme para empezar a comer.

—Es Alice la obsesionada. Dice que le sirve para no sé qué de los chakras... el feng shui... o taichí —improvisé—, el ying-yang, el shushi y todo ese rollo.

—Te veo muy... puesta en el tema.

Era maravillosa la facilidad con la que hablaba ahora con él. No sabía si era por las últimas horas, donde nos habíamos unido más que nunca o porque ya sabíamos qué puesto ocupaba uno en la vida del otro. Verlo allí, en mi cama, rodeado de trozos de patatas, con el pelo revuelto y la barba de color claro asomándole, hizo que mi corazón se encogiera. Pero no de amor, no quería saltar y besarlo, solo quería que no se fuera, que siguiera hablándome con su voz suave y que me guiñara un ojo cada vez que bebía a morro de la botella de Coca Cola, para después quejarse de que no le gustaba la light. Veía cómo me contaba las cosas, utilizando las manos para expresarse mejor, y cómo le brillaban los ojos cuando creía que había dicho algo lo suficientemente mordaz como para despertar en mí un comportamiento agresivo. Estaba observando al verdadero Edward Cullen, se había abierto para mí y no estaba segura de que él se hubiese dado cuenta.

—¿Recuerdas que ayer hiciste... pis delante de mí?

Enrojecí hasta la raíz.

—Técnicamente, estaba detrás de ti. Y sí, gracias por recordármelo —murmuré, escondiendo la cara entre las manos.

—Me pareció algo bonito —contó él entre risas, mientras yo levantaba la vista para mirarle como si se hubiera vuelto loco—. Creo que nuestra amistad se fortaleció en ese momento. Cuando en el futuro nos pregunten cómo nos hicimos amigos, contaré la historia.

No sabía si estaba bromeando o diciendo la verdad, pero seguía dándome muchísima vergüenza. Es más, estaba segura que al cabo de diez años, me seguiría dando corte haber hecho pipí delante de Edward Cullen. Bueno, detrás. Así que, sin saber muy bien qué hacía, cogí un bolígrafo que tenía en la mesita de noche y le apunté, como si fuera un cuchillo.

—Si dices media palabra, te sacaré un ojo, Edward Cullen.

Subió las manos lentamente, como si le estuviera atracando. Sonrió.

—Esto es coacción... Pero bueno, tú ganas, Swan. Mantendré la boca cerrada. Aunque no sé yo quién querría saber que vas meando por ahí, delante de hombres indefensos...

Haciendo gala de mi pésima puntería, tiré el bolígrafo con la intención de darle en el pecho. Terminó rebotando en su frente de una forma muy cómica. Me quedé satisfecha.

—¡Pero bueno!, ¡qué te pasa con los hombres indefensos! —exclamó, sobreactuando—. ¡No estaba preparado!

Le guiñé un ojo mientras mordía una patata.

—¿Tienes planes para hoy? —preguntó, acariciándose la frente en la zona de impacto.

—No pensaba salir de casa —suspiré, señalando con la cabeza la ventana, por la que se veía cómo caía el agua de la tormenta—. Quizá vea una película o lea un poco.

—¿Te puedo acompañar?

Y así fue como me vi pasando otro día con él. Todo era sencillo, las conversaciones salían solas y las risas eran inevitables cuando, en el sofá, nos dedicamos a cotillear mediante Facebook a todos nuestros conocidos. Leí unos cuantos mensajes privados de chicas que iban detrás de él y contestamos con respuestas que a nosotros nos parecieron ingeniosas, pero que más tarde vimos que parecían salir de un adolescente de catorce años con serios problemas de personalidad múltiple.

—Esta quiere acostarse contigo —le aseguré por undécima vez. Después le pegué en la mano para que me dejara hacer click en su nombre y ver su perfil—. A ver qué tienes para mí, Sarah...

Comentamos todas sus fotos, analizando sus puntos malos y también los buenos. Al final, acabamos carcajeándonos y criticándola a más no poder. Yo estaba contenta, por supuesto, no me gustaban esas chicas para Edward. En realidad, prefería que siguiera siendo soltero para siempre.

—Mira quien ha actualizado... —comentó él, sacándome de mis pensamientos.

Me fijé, dispuesta a seguir riéndome de cualquier chica, pero al verlo, me atraganté. Tom había subido un video de la canción de Vampire Weekend que sonaba cuando empezamos a besarnos. Edward me miró de reojo.

—Ahora en serio, Bella, ¿qué hay entre vosotros? Sabré encajarlo. Bueno, no, no lo haré, pero prefiero que me lo cuentes tú.

Evalué sus expresiones, sin saber cómo empezar.

—Posiblemente salgamos el fin de semana que viene. Un concierto... o algo así —añadí al ver cómo sus cejas casi se unían.

—Solo... quiero que sepas que yo tengo mejor gusto musical.

—No lo dudo.

Gruñó y fue a decir algo, pero en ese momento la puerta se abrió y entró Alice con su chubasquero amarillo canario, dando voces y acompañada por una Rosalie más discreta. Al llegar hasta donde estábamos, nos miraron divertidas.

—Buenos días —dijo Rose, sentándose en un sillón para quitarse las botas de agua—. Hace un día muy inglés.

Edward estiró el cuello para ver por la ventana.

—Yo diría que más bien parece escocés. ¿Lo habéis pasado bien?

—Dejamos el mercadillo para otro día y nos metimos en un centro comercial —bufó Alice—. Con el dolor de cabeza que teníamos... Pero al menos vimos una película y salimos a que nos diera el aire. —Era obvio que se dirigía a mí.

Me extrañó que ninguna de las dos dijera o hiciera algún comentario con doble sentido acerca de mi relación con Edward. Me podía acostumbrar a ese comportamiento tan civilizado, estábamos todos sentados, con la televisión puesta y pendientes de un capítulo de la versión inglesa de Being Human que destrozábamos con nuestras lenguas afiladas, sintiéndonos mejores guionistas que los de la serie.

Así que, mientras veía como Edward intentaba robarle trozos de pepperoni a Alice de la pizza que habíamos pedido a domicilio, pensé que aquello era como estar en familia. Eso sí, una familia un poco disfuncional.


*Canción en mi perfil

¡Hola a todas! He vuelto a tardar mucho, lo sé, pero seguro que lo entendéis. Al fin y al cabo, todas tenemos unas vidas llenas de cosas inesperadas y problemas que resolver, ¿no? Al igual que... ¡vacaciones! Aunque las mías ya han acabado, por desgracia.

Solo espero que os guste el capítulo, las relaciones se van aclarando y los personajes formándose. Ojalá me dierais vuestra opinión, ya que es necesaria para seguir con el rumbo de la historia :)

Un beso a todas, espero que estéis genial y... ¡que me hayáis echado de menos!

¿Review? ;)