Hola como están??? Soy Lenna y vengo con un fic que es la adaptación de un libro de Jordan Penny llamado "Boda sin amor". Espero que les guste.

Por supuesto que los personajes de Naruto no son míos, le pertenecen al gran Masashi Kishimoto, obvio si fueran míos, habría mucho naru-hina.

Boda Sin Amor

Capítulo 1

Naruto, ¿quieres casarte conmigo? Hinata paseaba por su dormitorio con una expresión concentrada en el rostro, los puños apretados a los costados y sus ojos perla ensombrecidos por la preocupación mientras repetía una y otra vez aquellas cuatro palabras en voz baja. Todavía no estaba segura de ser capaz de pronunciarlas en voz alta.

—¿Quieres casarte conmigo? ¿Quieres casarte conmigo? ¿Quieres casarte conmigo?

Ya estaba, ya lo había dicho, aunque no con la firmeza y seguridad que le hubiera gustado. Se dijo que ya había pasado lo peor y, que si había conseguido eso, conseguiría también lo demás.

Tragó saliva y miró el teléfono colocado al lado de la cama. No tenía sentido prolongar la situación: debía terminar con ella cuanto antes.

Pero no allí; no podía estar sentada en la intimidad de su dormitorio mientras…

Apartó los ojos con rapidez de la colcha blanca de flores bordadas. El día que la eligió tenía catorce años y ya estaba a punto de cumplir los veintidós.

Veintidós años y seguía siendo tan ingenua y poco sofisticada como una niña; o al menos, eso era lo que le habían dicho.

Sintió un nudo en la garganta. No quería recordar quién se lo había dicho exactamente.

Abrió la puerta del dormitorio y corrió escaleras abajo. Utilizaría el teléfono de la habitación que había sido el estudio de su padre y, antes de eso, de su abuelo. Le parecía que sería más apropiado pronunciar aquellas palabras en esa estancia, como si el sitio les añadiera peso y dignidad.

Levantó el auricular y marcó los números con el cuerpo tenso.

—Naruto Namikase, por favor —le dijo a la chica que contestó al otro lado—. De parte de Hinata Hyuga.

Mientras esperaba, se mordió con nerviosismo el labio inferior, un hábito de la infancia que creía superado hacía tiempo.

—Eso sólo lo hacen los niños —le había dicho Naruto cuando tenía dieciocho años—. Las mujeres…

Hizo una pausa y la miró con burla.

—¿Qué hacen las mujeres? —preguntó ella, sin pensar.

—¿De verdad no lo sabes? —musitó él—. Las mujeres, querida e inocente Hina, sólo llevan cicatrices de éstas… —se inclinó y le acarició lentamente el labio inferior con la yema del dedo índice—, cuando se las ha dejado un amante ardiente.

Después se rió del rubor que cubrió las mejillas de ella, Naruto era así. En otra época habría sido contrabandista o pirata, un hombre al que no le importaba nadie y que se regía por sus propias leyes. Al menos, eso era lo que había afirmado siempre su abuelo aunque Hinata sospechaba que, a pesar de sus palabras, su abuelo sentía debilidad por Naruto.

—¿Qué ocurre, Hinata?

El sonido de la voz de él en su oído le hizo apretar el auricular mientras su cuerpo se rebelaba contra la idea de lo mucho que la afectaba todavía aquel hombre a pesar de que, con la madurez, había aprendido a ignorar los comentarios burlones con los que le gustaba atormentarla.

No se portaba así con otras mujeres; con ellas era todo encanto pero, por otra parte, a ella no la veía como una mujer sino como…

—Hinata, ¿estás ahí?

La irritación de su voz la devolvió a la realidad. La joven respiró hondo.

—Sí, estoy aquí, Naruto. Tengo que preguntarte algo.

—Ahora no puedo hablar, espero una llamada importante. Mira, iré a verte esta noche y hablaremos de lo que quieras.

—No —se asustó ella.

Lo que tenía que preguntarle le resultaría mucho más fácil a distancia; la idea de pedirle que se casara con ella cara a cara le hizo dar un respingo, pero Naruto había colgado y ya era demasiado tarde para decirle que no quería verlo.

Colgó a su vez y miró con tristeza a su alrededor.

En aquella casa se concentraban cuatrocientos años de historia. La casa existía desde que Isabel I entregara el terreno a Hiroshi Hyga; según la versión oficial, como regalo por servicios prestados en la corte. Pero la versión extraoficial sugería que los servicios habían sido mucho más personales e íntimos.

En reconocimiento a su generosidad, Hiroshi llamó a su casa Prado de la Reina. No era una gran mansión, pero en opinión de Hinata resultaba demasiado grande para una persona o incluso una familia, en especial conociendo por su trabajo en el albergue la cantidad de personas que no tenían casa y necesitaban desesperadamente un techo sobre sus cabezas.

—¿Y qué harías tú si pudieras elegir libremente? —le preguntó Naruto la última vez que ella sacó el tema—. ¿Entregarles la casa? ¿Ver cómo quitaban los paneles de madera para hacer fuego y…?

—Eso no es justo —protestó ella, airada.

Pero incluso Sai, que estaba al cargo del albergue, había comentado en alguna ocasión que ella era muy ingenua e idealista y esperaba demasiado de la gente. Hinata sospechaba que Sai se sentía inclinado a despreciarla; desde luego, al principio se había mostrado hostil con ella, burlándose de su acento y sus orígenes, condenando su dinero y su estilo de vida, comparados con el de las personas que utilizaban el albergue.

—Pasar tiempo haciendo buenas obras hace que te sientas mejor, ¿verdad? —le preguntó una vez con burla.

—No —repuso ella con sinceridad—. Pero mi dinero está en un fideicomiso y no puedo tocar el capital aunque quisiera. Si aceptara un empleo pagado, se lo estaría robando a alguien que lo necesita para ganarse la vida.

Sai y ella se llevaban ya mucho mejor aunque Naruto y él se odiaban cordialmente. O mejor dicho, era Sai el que odiaba a Naruto; éste no era lo bastante humano para permitirse sentir ninguna emoción por nadie. De hecho, Hinata dudaba a veces que hubiera sentido algo en toda su vida.

Sabía lo poco que le gustaba a Sai tener que pedir dinero a Naruto para mantener el albergue, pero Naruto era el hombre más rico de la zona y su negocio el que más beneficios obtenía.

—Es una combinación extraña —le había dicho a Hinata su padre en una ocasión—. Un empresario de éxito y al mismo tiempo un hombre honesto y de altos principios.

Sai, por su parte, lo consideraba un bastardo arrogante.

Una de las antiguas compañeras de clase de Hinata, en cambio, lo encontró muy sexy una vez que fue a visitar a su amiga. Casada y aburrida ya de su marido, contempló a Naruto con un ansia que Hinata encontró no sólo embarazosa sino también humillante. Era como si Sakura, con sus miradas y roces físicos deliberados, acentuara aún más su propia inmadurez sexual, reforzando así las burlas que siempre le hacía Naruto.

Hinata sabía bien que Naruto la encontraba ingenua. ¿Pero qué importaba eso? Cierto que sus comentarios la hacían ruborizarse y a veces le dolían, pero se había prometido a sí misma hacía tiempo que no se apresuraría a tener una relación sexual hasta que no estuviera preparada para ello; que no quería experimentar por experimentar; que cuando al fin explorara el mundo de su propia sexualidad sería con un compañero que sintiera lo que ella, un hombre que la quisiera y que no se avergonzara de admitirlo y con el que pudiera bajar la guardia y dejar al descubierto su naturaleza vulnerable y romántica.

Hasta el momento, no había encontrado a ese hombre pero, cuando lo hiciera, lo reconocería y no tenía ninguna prisa. Sólo tenía veintiún años. Veintiún años y seguía siendo virgen. Veintiún años y a punto de proponerle matrimonio a Naruto quien, definitivamente, no era la persona que…

Miró su reloj de pulsera. Eran ya las cuatro. Sabía que Naruto solía quedarse a menudo en su despacho hasta mucho después de que salieran todos los demás, lo que significaba que quizá no llegara hasta las siete o las ocho. Tenía muchas horas de espera; muchas horas para armarse de valor con vistas a su propuesta.

¿Cuál sería su reacción? Se reiría sin duda. Hinata apretó los labios al imaginárselo y decidió malhumorada que la culpa de todo la tenía su abogado. Si Kakashi no le hubiera sugerido…

Se acercó a la ventana y recordó las últimas palabras que le dijera Kakashi antes de marcharse.

—Prométeme que por lo menos se lo preguntarás, Hinata.

—¿Sacrificarme para salvar esta casa? ¿Por qué iba a hacerlo? —repuso ella, airada—. Ni siquiera me interesa la casa. Tú sabes bien lo que siento…

—Y tú sabes lo que ocurrirá si la hereda Kano —replicó Kakashi—. La destrozará por completo sólo por el placer que eso le causará.

—Y para vengarse del abuelo. Sí, lo sé.

Kano era primo de su padre; el abuelo de ella y él habían discutido mucho antes de que naciera Hinata, una pelea por motivos de dinero y costumbres morales que terminó con su abuelo prohibiéndole a Kano que volviera a poner el pie en la casa.

Todas las familias tienen una oveja negra; la suya no era una excepción. A pesar de sus años, de su aire externo de respetabilidad, de su matrimonio y de sus dos hijos, seguía habiendo algo muy desagradable en Kano.

Quizá no hubiera llegado a violar la ley en sus tratos económicos, pero desde luego se había acercado peligrosamente en más de una ocasión, o eso era lo que decía el padre de Hinata. Su padre.

La joven apartó la vista de la ventana y miró hacia el escritorio. La fotografía de su padre seguía allí. La misma que se había hecho de uniforme poco antes de la muerte de su hermano menor, aunque lo fueran solo por unos minutos. Eran gemelos.

Cuando ocurrió eso, dejó el ejército y volvió a casa al lado de su padre; y él también supo lo que era perder a un ser querido cuando murió su esposa. Prado de la Reina lo había sido todo para su padre y su abuelo. Hinata también amaba la casa, pero no se sentía posesiva con ella. Lo que sentía cuando recorría sus habitaciones no era orgullo sino remordimientos.

¡Si al menos todo hubiera sido distinto! Si Kano hubiera sido diferente, ella habría salido contenta de allí, alquilado o comprado un apartamento pequeño en la ciudad y dedicado su tiempo a trabajar en el albergue.

¿Pero cómo podía hacer eso?

—Kano destruirá esta casa —le había advertido Kakashi—. La destrozará, venderá todo lo que valga la pena vender y luego la derribará ladrillo a ladrillo y venderá el terreno a alguno de sus compinches que…

—No, no puede hacer eso —protestó ella—. La casa está en la lista de propiedades a conservar.

—Conociendo a Kano, no le resultará difícil encontrar a alguien que esté dispuesto a afirmar que confundieron las instrucciones que les habían dado. ¿Cuánto tiempo crees que resistiría la casa en pie si aparecieran media docena de hombres con excavadoras? Y Kano se aseguraría de que no pudieran relacionarlo con ello. Odiaba a tu abuelo, Hinata, y sabía lo mucho que este lugar significaba para él y para tu padre.

—Demasiado —suspiró la joven—. No, este lugar es un anacronismo, Kakashi. Por muy hermosa que sea la casa, el que una familia viva en un lugar tan grande… ¿por qué no me haría caso el abuelo y la donaría a alguna caridad?

—¿O sea que no te importa lo que le ocurra a la casa? ¿No te importa que Kano la herede y la destruya destrozando al mismo tiempo cuatrocientos años de historia?

—Claro que me importa. ¿Pero qué puedo hacer yo? Ya conoces las condiciones de ese estúpido testamento que hizo el abuelo. En el caso de que sus dos hijos murieran antes que él, la casa y el terreno irían a parar al pariente más cercano que a los tres meses de su muerte estuviera casado y en condiciones de tener un heredero. Hizo ese testamento después de la muerte del tío Hizashi y si papá no hubiera…

Se interrumpió bruscamente con un nudo en la garganta. La muerte de su padre por ataque cardíaco semanas antes de que su abuelo muriera a su vez, era algo que no había llegado a asimilar todavía.

—Kano cumple todas las condiciones de ese testamento y…

—Tú eres la pariente más cercana de tu abuelo —le recordó Kakashi.

—Sí, pero no estoy casada y no es probable que me case en los próximos tres meses —repuso ella con sequedad.

—Podrías hacerlo —musitó el abogado despacio—. Un matrimonio arreglado. Un matrimonio que se realizara específicamente para cumplir las condiciones del testamento de tu abuelo. Un matrimonio que luego pudieras terminar fácilmente y con rapidez.

—¿Un matrimonio arreglado? —preguntó ella, atónita.

Aquello le sonaba a una de las novelas que leía; no estaba mal como argumento para una historia romántica, pero era poco plausible en la realidad.

—No —prosiguió con impaciencia, moviendo la cabeza con tanta fuerza que sus mechones oscuros se balancearon sobre sus hombros. Se los apartó del rostro con irritación. Su cabello era la cruz de su vida: espeso y de un color difícil de descifrar, jamás podría decir que era completamente negro porque a la mínima exposición a la luz destellaban reflejos azulados.

A su abuelo le gustaba compararla con un hada, decía que el color de su cabello era original y único. Hinata ya había intentado teñirse el cabello, para que fuera uniformente negro, pero la tintura jamás pudo cubrir sus destellos azules, así que finalmente dejo de intentarlo.

—Es imposible. Y además, hacen falta dos personas para casarse y no se me ocurre nadie que…

—A mí sí —repuso Kakashi con calma.

Hinata lo miró con suspicacia.

—¿Quién?

—Naruto Namikase —repuso él.

Hinata se sentó bruscamente en las escaleras.

—Imposible —anunció con firmeza—. Jamás.

—Sería la persona ideal —prosiguió Kakashi con entusiasmo—. Después de todo, nunca ha ocultado lo mucho que desea esta casa.

—Nunca —asintió ella con sequedad, recordando las veces que Naruto había pedido, exigido casi, a su abuelo que se la vendiera—. Si tanto la desea, puede tratar de convencer a Kano de que se la venda.

Kakashi enarcó las cejas.

—Vamos, Hinata. Sabes que Kano odia a Naruto casi tanto como odiaba a tu abuelo.

La joven suspiró.

—Sí.

Era cierto. Naruto y Kano eran viejos rivales en los negocios y, como su padre solía decirle a menudo, todavía no había habido una confrontación entre ellos que no hubiera ganado Naruto.

—El mero hecho de saber que Naruto adora esta casa sólo serviría para que la destruyera con más placer —añadió.

—Sólo estamos hablando de un matrimonio arreglado entre los dos, una formalidad básica que te permita cumplir las condiciones del testamento. Con el tiempo, podéis divorciaros. Puedes venderle la casa a Naruto y…

—¿Con el tiempo? ¿Cuánto tiempo? —preguntó ella con suspicacia.

—Un año o dos —Kakashi se encogió de hombros—. Después de todo, tú no quieres casarte ahora con otra persona, ¿no? Si así fuera, no habría necesidad de mezclar a Naruto.

—No puedo hacerlo. La sola idea me resulta completamente ridícula, repulsiva.

—En ese caso, me temo que tendrás que resignarte al hecho de que la heredará Kano. Ya hace casi un mes que murió tu abuelo.

—No puedo hacerlo —repitió ella—. No podría pedirle a ningún hombre que se casara conmigo y menos a Naruto.

Kakashi se echó a reír.

—Sólo es una proposición de negocios. Piénsalo, Hinata. Conozco la ambivalencia de tus sentimientos hacia la casa, pero no puedo creer que quieras que Kano la destruya.

—No, desde luego que no.

—Entonces, ¿qué tienes que perder?

—Mi libertad —sugirió ella. Kakashi volvió a reírse.

—Dudo mucho que Naruto te la quite —le aseguró—. Está demasiado ocupado para preocuparse por lo que hagas tú. Prométeme que al menos lo pensarás. Hago esto por ti. Si dejas que Kano destruya este lugar, luego te sentirás culpable.

—¿Y tú no te sientes culpable por chantajearme moralmente de este modo? —preguntó ella con sequedad.

Kakashi pareció ligeramente incómodo.

—De acuerdo, lo pensaré —prometió la joven.

Y lo había pensado mucho.

A lo largo de los años había oído muchas veces que tenía demasiado buen corazón. Pero Kakashi tenía razón. No podía permitir que Kano destruyera Prado de la Reina sin tratar de salvarla aunque le supusiera un sacrificio. Una sonrisa maliciosa asomó a sus labios al pensar lo humillado que se sentiría Naruto de poder leer sus pensamientos. ¿Cuántas mujeres hubieran considerado un sacrificio casarse con él? A juzgar por lo que ella había oído, no muchas.

Bien, cierto que ella era muy peculiar, una rareza que por algún motivo no encontraba ningún atractivo en el famoso magnetismo sexual de él. Era inmune a eso que hacía que a las demás mujeres les temblaran las rodillas y les brillaran los ojos al estar cerca de él.

Extrañamente, lo último que la mayoría mencionaba de él era su riqueza.

Pero ella nunca lo había encontrado sexy. A sus ojos, Naruto era un cerdo arrogante y sarcástico al que sólo le gustaba reírse de ella.

El mes anterior, en una cena, cuando la anfitriona comentó que un primo que se hallaba de visita le había suplicado que lo sentara al lado de Hinata, Naruto, que la oyó, se inclinó hacia la joven y dijo con sorna:

—Bueno, si tiene la esperanza de encontrar una mujer debajo de toda esa masa de pelo y ese horrible vestido se llevará una gran decepción, ¿eh, Hinata?

La joven, que había comprado el vestido de seda gris en una tienda de segunda mano y lo había arreglado personalmente, lo miró con amargura.

—No todos los hombres juzgan a las mujeres por su papel en la cama, Naruto —repuso entre dientes.

—Menos mal —replicó él—, porque, a juzgar por los cotilleos, tú no tendrías ni idea de lo que podías hacer en semejante situación.

Hinata se ruborizó, no tanto por lo que él había dicho; después de todo, no le avergonzaba no estar dispuesta a meterse en la cama con el primer hombre que se lo pidiera; sino por la mirada de burla de él y porque, por un segundo, lo imaginó claramente en la cama con una mujer anónima, el cuerpo desnudo y bronceado, las manos acariciando la piel más clara de la mujer mientras ella se aferraba a él con gemidos de deseo…

Apartó de inmediato aquella visión, por supuesto, y se dijo que probablemente había sido producida por la película que había visto con una amiga aquella tarde.

Naruto y ella prosiguieron la discusión más tarde, justo antes de que él se marchara con la rubia elegante y sofisticada que lo acompañaba.

—De todas formas —dijo la joven, levantando la barbilla con aire de desafió—, en estos tiempos es inteligente no tener muchos amantes.

—Eso es una excusa muy conveniente —repuso él con suavidad—. En especial cuando…

—¿En especial cuando qué?

—En especial para ti —musitó el hombre.

El regreso de su acompañante impidió que Hinata añadiera nada más.

Un matrimonio arreglado con Naruto. Debía estar loca para permitir que Kakashi la convenciera de algo así. Pero la había convencido y ya no podía echarse atrás. ¿Deseaba Naruto Prado de la Reina lo bastante como para aceptar? Una parte de ella esperaba que no. Y la otra parte…

—Muy bien, Hinata, ¿de qué se trata? Y si lo que quieres es otro donativo, te advierto que en este momento no me siento muy generoso.

La joven observó a Naruto entrar en el vestíbulo. El corazón le latía con tanta fuerza que creyó que iba a escapársele del pecho.

No recordaba haberse sentido nunca tan nerviosa; ni siquiera cuando su abuelo se enteró de que se escapaba por las noches para ir a cazar furtivamente con Kiba Inozuka. Por supuesto, había sido culpa de Naruto y…

Trató de volver firmemente al presente.

Naruto había llegado antes de lo que ella esperaba; estaba ante ella ataviado con un traje muy formal que resaltaba su altura, la amplitud de sus hombros y ese cuerpo musculoso por el que tanto suspiraban sus amigas.

Había algo en él que lo diferenciaba de los demás hombres, un aura de poder y control, de virilidad, tan potente que hasta ella la percibía. La percibía pero no se sentía atraída por ella. No podía sentirse atraída por Naruto: no era su tipo de hombre. Le gustaban los hombres más suaves, más cariñosos, más humanos, menos… ¿menos viriles? Carraspeó con nerviosismo.

—¿Qué te pasa? —preguntó él con sequedad—. Me miras como miraría un conejo a un perro de caza.

—No te tengo miedo —repuso ella, molesta.

—Me alegro mucho de oírlo. Mira, mañana por la mañana tengo que volar a Bruselas y todavía tengo un maletín lleno de documentos que leer antes de irme. Dime lo que quieres y no empieces a dar rodeos contándome que se trata de algo importante. Los dos sabemos que, de no ser así, no me habrías llamado. El tono irónico de él le hizo fruncir el ceño; pero Naruto la miraba con impaciencia mientras se desabrochaba la chaqueta y se aflojaba el nudo de la corbata.

Hinata fijó los ojos en el movimiento de sus manos y sintió un nudo en el estómago.

—Vamos, Hinata, no te andes por las ramas. No estoy de humor.

La joven tragó saliva con nerviosismo. Ya era demasiado tarde para echarse atrás.

Hizo acopio de valor y respiró hondo.

—Naruto, quiero que te cases conmigo.