Hola!!!!

Me dieron ganas de hacer algo con respecto a nuestra pareja favorita y cuando leí esta novela note de inmediato que era la adecuada para adaptarla a la vida de Bella y Edward. Espero que les guste tanto como me gusto a mi y antes que lo olvide les cuento que actualizaré bastante seguido.

NADA DE ESTO ME PERTENECE LOS PERSONAJES SON DE Y LA HISTORIA ES DE CANDACE SCHULER, YO SÓLO SOY UNA CHICA QUE TIENE MUCHO TIEMPO LIBRE AHORA QUE ESTÁ DE VACACIONES.

Gracias por leer....

Capitulo 1: ¡No necesito guardaespaldas, menos una que parezca un mono!!!!!!!!

Edward Cullen con su casi uno noventa de estatura, se arrellanó en el sofá lleno de cojines de chinz de la terraza cubierta de su mansión de Berverly Hillsy alzó la vista hacia su hermana con una expresión de leve desagrado en su atractivo rostro clásico.

-Vamos, Alice. ¿Un guardaespaldas? ¿No es un poco exagerado? Sólo han sido unas pocas cartas extrañas. Yo ya he recibido cartas raras otras veces.

-No tan raras -dijo Alice, haciendo un gesto hacia la media docena de cartas esparcidas sobre la mesa.

Parecían bastante inofensivas. El papel era azulado y estaban escritas a tinta. La letra, muy femenina, estaba plagada de adornos y florituras. Alice suspiró pesadamente.

-Sé que parecen escritas por una adolescente enamorada, pero...

-No lo sé -dijo Edward, arrugando la nariz ante el sensual aroma a almizde que emanaba del papel-. Este perfume es demasiado fuerte para que se lo ponga una persona menor de treinta y cinco años.

-Pero las ha escrito alguien bastante desequilibrado -continuó Alice sin hacer caso de la interrupción-. Alguien que ha perdido por completo la noción de la realidad.

-Eso no quiere decir que no pueda ser una adolescente -comentó Emmett, el tercero y mayor de los hermanos Cullen, desde el otro sofá de chinz-. Muchos adolescentes están un poco desequilibrados.

Alice le dirigió una mirada fría con los ojos entrecerrados; la misma mirada que hacía que la prensa amarilla la apodara la Reina del Hielo de Hollywood a pesar de tener sólo veintiún años.

-Bueno, es la verdad -insistió su hermano-. ¿No has escuchado las canciones de amor que les gustan ahora? Algunas son una porquería -sacudió la cabeza con pena-. Una auténtica porquería.

Alice volvió la cabeza hacia la adorable rubia sentada al lado de Emmett. Su hermano le había apoyado el brazo sobre los hombros.

-Dile que se comporte -le pidió Alice a la mujer de su hermano.

Rosalie Hale Cullen puso una mano en la rodilla de su marido.

-¡Compórtate! -le pidió ella con una sonrisa mimosa.

Emmett le devolvió la sonrisa.

-Por ti -dijo mientras retiraba el brazo para acariciarle el pelo dorado-, lo que sea.

Entonces le envió otro beso con los dedos.

-¡Dios! ¿No es eso demasiada dulzura? -protestó Edward, aparentando enfado ante la manifestación de afecto entre su hermano y su cuñada-. ¿Es que no lleváis casados lo suficiente como para dejar de hacer arrumacos en público? -entonces miró a su hermana-. No es de extrañar que vuelva a estar embarazada, y eso que el pequeño Henry sólo tiene un año.

-Lo que te pasa es que estás celoso -dijo complacido Emmett, volviendo a pasar el brazo sobre el hombro de su esposa.

-¿Celoso? -refunfuñó Edward-. ¡Ja!, el día que esté celoso de un pobre casado como tú será...

-¿Os importa? -interrumpió Alice con una voz cuidadosamente medida-. Estoy intentando discutir algo serio.

Los dos hermanos se tranquilizaron al instante. Conocían su tono de voz. Era la voz de enojo que su hermana pequeña utilizaba para no recibir ni una queja más de directores ni de actores. La había heredado de su madre.

-Perdona -dijeron los dos a la vez.

-¿Puedo continuar ahora?

-Sí, por supuesto -Edward hizo un gracioso gesto de aplacamiento con una mano-. Por favor, continúa.

-Gracias. Ahora, como iba diciendo, quien quiera que haya escrito esas cartas sabe demasiado de tus movimientos para mi tranquilidad. El último anónimo deja bien claro que sabía lo de la cena en beneficio del SIDA que presidió Elizabeth Tayor la semana pasada.

-Tuvo mucha publicidad -señaló Edward-. Eso es todo.

-Pero también sabía lo de la cena en el Spago que presidiste.

-Spago es un sitio público. Cualquiera podría haberme visto allí. Con Tanya Denali -añadió refiriéndose a la modelo con la que salía ultimamente.

-Y también sabía que trajiste a Tanya aquí después de la cena -le recordó Alice-. Y eso no ha salido en ningún periódico, que yo sepa.

-Era una deducción muy fácil de hacer. Tanya y yo llevamos saliendo juntos desde hace... ¿cuánto, tres meses?

-Ni siquiera llega al mes -le aclaró Alice-, pero ese no es el asunto.

-¿Sólo un mes? -a Edward se le hacía mucho más largo-. ¿Estás segura?

-Completamente -afirmó Alice con sequedad-. Y ahora, ¿podemos seguir con nuestro asunto?

-No veo yo que haya que seguir con nada.

Alice suspiró exasperada.

-¡Edward!

-Bueno, yo no lo veo -insistió su hermano-. Esas cartas son de una pobre mujer desequilibrada que cree que está enamorada del hombre que ve en la pantalla. Y cree que ese hombre soy yo. Es una pena, debo admitir, y un poco sórdido, pero tendrás que reconocer que no es tan raro. Me mandan cartas raras por correo todo el tiempo. Y además... esa mujer lleva escribiéndome más de un año y nunca antes has mencionado nada de un guardaespaldas.

-¡Maldita sea, Edward! ¡Esa pobre mujer desequilibrada, como tú la llamas, ha amenazado con matarte en su última carta! -gritó Alice mientras levantaba la última cuartilla azul-. Y un guardaespaldas podría mantenerla lo suficientemente alejada de ti como para que no lo haga.

Hubo un momento de silencio mientras todos sopesaban sus palabras.

-¿No estás exagerando un poco? -sugirió Edward, intentando calmar a su hermana-. Ella no ha dicho nada de matarme.

-"Sé que la otra mujer no significa nada para ti" -leyó Alice en respuesta-, "lo sé en lo más profundo de mi corazón. Yo soy la única que te pertenece y tu único amor, pero simplemente no puedo soportar el dolor de otra traición. Haré lo que sea para que no vuelva a ocurrir. Lo que sea. Incluso aunque signifique perderte para siempre".

Alice alzó la vista hacia su hermano.

-A mí me parece una auténtica amenaza.

-Parece mas bien una amante despechada - comentó Rosalie en voz alta-. Como si conociera a Edward o lo hubiera conocido íntimamente.

-Bueno, bueno, bueno - medió Emmett-. Si vais a empezar a usar la vida amorosa de Edward como punto de partida... entonces, la mitad de las mujeres de Hollywood lo han conocido íntimamente.

-No llegan a la mitad -musitó con modestia Edward, intentando aligerar la tensión y borrar la expresión de preocupación de las caras de su hermana y de su cuñada-. De acuerdo, puede que la mitad, pero la mayoría de ellas siguen siendo amigas mías y no se hacen ilusiones de llegar a ser mi auténtico y único amor -terminó con una cómica expresión de horror ante la idea.

Las dos mujeres ignoraron los esfuerzos de Edward para tranquilizarlas.

-¿Has hablado de esto con la policía? -preguntó Rosalie.

Alice sacudió la cabeza.

-No, pero he hecho algunas averiguaciones con discreción -dijo-. Y la policía no puede hacer nada de momento. Incluso aunque supiéramos quién es, que no lo sabemos, no podrían hacer nada. No, a menos que esa mujer hiciera algo ilegal y la pillaran en el acto o hubiera testigos.

-¿Crees que será suficiente con un guardaespaldas?

-El que he contratado está muy cualificado, pero eso no quiere decir que haya descartado la necesidad de un equipo completo de seguridad si lo considero necesario.

Las palabras de su hermana sacaron a Edward de su distracción.

-Bueno, bueno, espera un minuto. Pensé que habías convocado esta reunión familiar para decidir si había necesidad de un guardaespaldas, no para anunciar que ya habías contratado a uno.

-Eso -hizo un gesto hacia las cartas-, es lo que ha establecido la necesidad.

-¿Así que has contratado por tu cuenta a un guardaespaldas sin siquiera haberme avisado?

-Te lo estoy contando ahora.

-Después de haberlo hecho.

-No me hubieras dejado hacerla si te lo preguntaba, ¿Verdad?

-Lo que no justifica que hayas actuado a mis espaldas y...

Alice alzó una de sus estilizadas manos para detenerlo.

-Sólo quiero que me escuches un minuto, ¿vale? Si no estás de acuerdo conmigo después de hacerlo, entonces despediré al guardaespaldas y te dejaré llevar el asunto a tu manera -amenazó-. ¿De acuerdo?

Edward vaciló sospechando de la fácil rendición de su hermana. Ella normalmente luchaba mucho más antes de ceder. Si es que cedía. La terquedad de un mulo era otra de las cualidades que había heredado de su madre.

-De acuerdo -dijo por fin con los ojos verdes nublados-. Habla.

-Si alguien le hubiera escrito unas cartas como esas a Rosalie, ¿qué harías tú?

La expresión de sorpresa de Edward fue la respuesta.

-Exactamente -dijo Alice antes de que pudiera expresarlo en palabras-. Darías los pasos necesarios para protegerla al instante.

-Rosalie es una mujer.

Alice enarcó las cejas.

-¿Y?

-Pues que es mucho más vulnerable en una situación como ésta.

-¿Y tú eres invulnerable? ¿Un gran macho que permanece impertérrito ante la misma cosa que asustaría a muerte a una mujer?

-Alice, no trates de llevar este asunto a algún tipo de reivindicación feminista. No tiene nada que ver con la igualdad de derechos.

Su hermana chasqueó la lengua de forma muy poco elegante.

-Entonces debes de empezar a estar creyendo en tu propia publicidad.

-Esto no tiene nada que ver con mi publiddad y lo sabes. Tiene que ver con las diferencias básicas e inevitables de la capacidad física entre hombre y mujer.

Su hermana arqueó aún más las cejas y Edward miró a su hermano.

-Ayúdame con esto, Emmett. Tú sabes lo que quiero decir.

-Bueno, bueno, yo no quiero entrar en esa discusión -dijo Emmett, sacudiendo la cabeza para mirar a su mujer-. No me apetece dormir en la habitación de invitados.

-¡Cobarde! -masculló Edward antes de volverse hacia Alice con el aspecto de un hombre que intenta ser razonable bajo circunstancias exasperantes-. Una mujer es más vulnerable en una situación como ésta porque la persona que escribiría esas cartas sería un hombre. Y el hecho innegable es que el hombre es más grande que la mujer. Y más fuerte. No es lo mismo en el caso contrario. Hay menos amenaza. ¡Diablos! -acabó con la convicción de un hombre más fuerte y grande que la mayoría-. En la mayoría de los casos, yo diría que esa amenaza es prácticamente inexistente.

-A menos que la mujer tenga un arma.

-Esas cartas no dicen nada acerca de un arma -explotó Edward completamente irritado con ella.

-Estoy segura de que el asesino de Rebecca Schaeffer's tampoco dijo nada acerca de un arma en sus anónimos -le retó Alice igualmente exasperada-, pero eso no hace que esté menos muerta.

Los dos hermanos se miraron fijamente durante al menos diez segundos.

-¡Por Dios, Alice! -dijo por fin Edward, intentando cambiar de tema-. ¿Sabes lo que diría la prensa si empezara a ver a un luchador de sumo de cuello de toro pegado a mí con una pistola automática en la cintura?

Alice lo miró con expresión de triunfo.

-¿Y desde cuándo te importa lo que diga la prensa del corazón?

-Desde nunca -soltó Edward airoso-. Pero como directivo de Twilight Productions, a ti debería preocuparte, porque lo que empezarán a decir es que me he asustado y he contratado a una niñera. El Juego del Diablo se estrena el próximo mes y piensa en el efecto que esa publicidad negativa tendría en las taquillas.

Edward se refería a la última película que su empresa había producido.

-Ya he pensado en eso -dijo Alice.

-¡Ah! Sabía que podías ser razonable.

-Por eso he contratado a una mujer.

Edward se quedó con la boca abierta.

-¿Una mujer? ¿Has contratado a una mujer guardaespaldas?

-¡Cuidado ahí! -murmuró Emmett.

¿Y qué hay de malo en una mujer como guardaespaldas? -preguntó Alice.

-Si yo necesitara protección, que no estoy diciendo que la necesite, ¿crees que me la podría proporcionar una mujer?

-Ésta en particular está muy preparada -le informó Alice-. Ha servido en los marines durante cuatro años y pasó los últimos ocho meses en el Afganistan para mantener la paz entre quién sabe cuantos batallones de soldados rudos y con ganas de volver a casa.

-Entonces, será capaz de manejar también a Edward -dijo Emmett con una divertida sonrisa en dirección a su hermano.

Rosalie apoyó una mano en la rodilla de su marido y sacudió la cabeza en dirección a su cuñado, acallando la contestación que hubiera pensado darle a su hermana.

-Escucha a Alice -ordenó con suavidad.

-También es una experta con las armas -siguió Alice-, y es cinturón negro de karate. Aro Volturi no pudo alabarla más; ha dicho que es dura entre los duros.

Alice se refería a un corpulento hombre que había sido acróbata en otro tiempo y ahora llevaba una discreta empresa de seguridad.

-¡Dios mío! -gimió Edward, recostándose contra el respaldo del sofá-. Me has puesto a una mujer Rambo a las espaldas. Una luchadora de sumo sin cuello y con botas de militar.

-Simplemente te he proporcionado la protección que necesitabas -le corrigió Alice con calma, ignorando su teatralidad-. Y si te niegas a cooperar conmigo, sí que te pondré a una Rambo a las espaldas; llamaré a mamá para que vuelva de Italia.

Alice bajó las manos de la cara.

-¿No serás capaz?

-Pues claro que sí.

-Pero mamá está trabajando -dijo, intentando acudir al profundo sentido de la profesionalidad de su hermana-. El viejo está embobado con su protagonista.

-¿Y?

Alice puso un gesto de no dejarse convencer con sentimentalismos.

Los cuatro sabían, al igual que todo Hollywood, que Esme Cullen había dejado de preocuparse por los asuntos de su ex marido quince años atrás, cuando por fin había pedido su segundo divorcio. Sólo prestaba atención a la vida amorosa de su marido cuando amenazaba con interferir en el funcionamiento de Twilight Productions.

Que era exactamente lo que intentaba sugerir Edward.

-Y no me mires así, Alice. No es ningún secreto que el último romance de papá está interfiriendo en los negocios. Ya se ha retrasado con los plazos y se ha pasado de presupuesto. Por no mencionar el escándalo que está provocando -miró a su hermano y a su cuñada como para pedir apoyo sin pensar en los escándalos que él mismo había dado-. Jane Soleri sólo tiene veinte años y he leído en alguna parte que estaba viviendo en un convento antes de que papá la descubriera.

-¡Por favor! -Alice cerró los ojos-. Jane anda más cerca de los veinticinco que de los veinte y lo más cerca que ha estado de un convento habrá sido por algún desliz ilícito.

-Bueno, ya sabes cómo son los paparazzi italianos. Mucho peor que la prensa americana cuando consiguen alguna historia escandalosa. Por no mencionar el daño que ya han hecho -miró a su hermana con una expresión de lo más razonable-. No querrás que mamá vuelva antes de haber dejado todo controlado allí, ¿verdad? Piensa en lo que pasaría al final.

Dirigió a su hermana su sonrisa más persuasiva y sincera que sabía que nunca le fallaba para conseguir lo que quería de las mujeres. Había olvidado que Alice no era como la mayoría de las mujeres. Era su hermana y estaba familirizada con su encanto devastador. Y ella misma había sido actriz no muchos años atrás, una de las niñas estrellas con más futuro hasta que había décidido entrar en el mundo de los negocios y trabajar detrás las cámaras. Se sentó al lado de su hermano y posó la mano sobre su brazo.

-¿Crees de verdad que lo que pase al final es más importante para mamá que tu seguridad?

Habló con suavidad alzando los ojos a la vez. Los tenía del mismo verde esmeralda que los de Edward, con el iris salpicado de brillos como una joya.

-¡Diablos, Alice! Esto no es justo.

Su hermana agitó el labio inferior de forma teatral.

-No tienes escrúpulos, ¿lo sabes? -Edward apartó el brazo de su mano-. Ninguno en absoluto.

Alice pestañeó y dejó caer una lagrimita que quedó suspendida como un diminuto diamante de sus espesas pestañas.

-Podrías también ceder tú, Edward -aconsejó Emmett con una sonrisa ante la lucha entre sus hermanos-. Creo que te ha ganado.

-Pero yo no quiero a una maldita guardaes...

Alice pestañeó de nuevo y la lágrima se derramó.

-¡De acuerdo, de acuerdo! Me rindo. Has ganado. Haré lo que quieras y dejaré a esa bruta que me siga a todas partes. ¡Diablos! Dejaría que me siguiera a todos lados un batallóa entero de ellas con tal de hacerte feliz. Pero deja de mirarme como si hubiera roto tu muñeca favorita.

Las lágrimas que amenazaban con seguir desaparecieron como por arte de magia.

-Sólo te pido que la conozcas -exclamó ella contenta de su victoria-. Simplemente habla con ella. Si no te gusta, contrataré a otra persona.

-Bueno -asintió Edward sabiendo que su hermana no lo haría.

Estiró la mano para acariciarle la barbilla y limpiar la lágrima que rodaba por su mejilla de color marfil.

Espero que les haya gustado tanto como a mí y les recuerdo nuevamente que es una adaptación y que no gano absolutamente nada más que la satisfacción de saber que les gusto la historia.

No son muchos capitulos así que actualizaré día por medio o cada dos días. Espero comentarios.

Bye