IX.

Oscar se debatió entre la vida y la muerte durante dos semanas. Pasó la tercera semana siguiente al parto en un estado de semi inconsciencia, sumergida en una vorágine de sensaciones en que la calma y el embotamiento se alternaban vertiginosamente con el miedo, la angustia y un malestar generalizado. En algunas oportunidades tenía náuseas, en otros momentos sufría de fuertes jaquecas, a veces tenía frío y otras un calor sofocante y una sed insoportable. Poco a poco fue recuperando la noción de sí misma que con suerte consistía en reconocerse como un ser vivo apenas consciente de su propia existencia, incapaz de ubicarse temporal o espacialmente. Con frecuencia sentía un inexplicable deseo de llorar por la pérdida de algo que no podía recordar, pero se encontraba demasiado débil como para siquiera emitir un sollozo. Rara vez conseguía abrir los ojos, y entonces sólo percibía luces y sombras borrosas, como si las observara a través de un vidrio sobre el que algunas gotas de agua habían logrado condensarse y corrían como pequeños riachuelos. La única idea que tomaba forma en su mente era permanecer donde estaba tanto como le fuera posible. No sabía por qué o para qué, pero tenía que hacerlo costara lo que costara. Como si algo o alguien le susurrara constantemente tienes que luchar, tienes que vivir, tú puedes hacerlo… no sabía si esto surgía de su propia mente o alguien más susurraba estas palabras en su oído.

Más adelante advirtió que ese entorno difuso reaccionaba ante las necesidades que lograba expresar. Si temblaba, una frazada de lana era depositada sobre su cuerpo, si se acaloraba, un paño húmedo refrescaba su frente, si sentía los labios resecos, un sorbo de agua se deslizaba por su garganta. Y luego estaban las voces. Eran varias, de hombres y mujeres. Lograba retener unos cuantos jirones de frases, pero lo que más llamaba su atención era que se dirigían a ella con tono suave, tranquilizador y siempre afectuoso. Después incluso comenzó a asociar a cada voz con un par de manos diferentes que cogían las suyas. Manos pequeñas y juveniles, manos fuertes y callosas, y otras manos grandes, algo arrugadas pero suaves al mismo tiempo. Cuando percibía su tacto las apretaba entre las suyas instintivamente, y cuando comprendió que nunca estaba sola, al fin se sintió segura.

Por fin, una mañana al abrir los ojos reconoció que estaba en su habitación. Los primeros rayos del sol le permitieron observar a Rosalie, que dormía plácidamente tendida en un sillón junto a su cama, cubierta con un chal. Las piernas levemente flectadas, y una mejilla descansando sobre sus manos unidas. Así se veía tan joven e inocente como cuando recién llegó a la mansión Jarjayes. Su brisa primaveral, su pequeña hermanita por elección. A su lado, Alain estaba desparramado en una butaca. Las largas piernas estiradas al descuido, las manos sobre las rodillas y la cabeza apoyada en el respaldo, de modo que podía ver con claridad su perfil recortándose contra la ventana. Ambos lucían algo desaliñados como consecuencia de una noche en vela.

Oscar se emocionó profundamente al darse cuenta de que no la habían abandonado ni un momento. Ahora pudo emparejar cada una de las voces que recordaba con su respectivo dueño. Rosalie. Alain. Léonore. Bernard. El doctor Chassier y su esposa. Incluso Gilbert y sus padres.

Vio su diario sobre su mesita de noche y se sorprendió al encontrar un par de hojas escritas por Alain a continuación de su última nota. Partía dirigiéndose a Isabelle disculpándose por la "intromisión", y explicando que había decidido contarle sobre sus primeros días en este mundo ya que "mamá no estaba aún en condiciones de hacerlo". Narraba nerviosamente la evolución de su enfermedad alternando con los progresos de su hija. Podía palparse entre sus líneas un estado de agitación permanente, de angustia y felicidad. Hasta su caligrafía se volvía débil e insegura cuando repetía una y otra vez "la fiebre no ha bajado…"; "su sueño ha vuelto a ser inquieto…"; "aún no recobra el sentido pero esperamos que pronto reaccione…" Y el trazo era más marcado cuando se refería a Isabelle, de quién consideraba que hasta el más pequeño e insignificante gesto era prueba de irrefutable inteligencia, con un fanatismo digno de un padre primerizo. Esto no sorprendió a Oscar en absoluto, ya bien conocía la predisposición que Alain tenía de hacerse cargo de otras personas. Así se lo había demostrado cuidando de ella durante los últimos meses. Además, muy pronto se mostró fascinado ante la perspectiva del nacimiento de Isabelle. A través de las páginas escritas por Alain se enteró de que no había dado signos de tener enfermedad alguna, que se alimentaba con avidez, que era inquieta pero de sueño tranquilo y era capaz de apretar con mucha fuerza cualquier dedo que intentara cogerle las manitas.

Rosalie parpadeó varias veces y su mirada se encontró con la de Oscar. Permanecieron en silencio algunos segundos, hasta que la muchacha se levantó del sillón, se arrodilló junto a la cama y la besó en la mejilla.

- ¿Mi bebé? – preguntó Oscar con la voz algo temblorosa.

- Bien, muy bien. Sana y hermosa.

Alain despertó también. Las largas vigilias le habían aligerado el sueño y una conversación apenas susurrada a su lado bastó para hacerle abrir los ojos. Una débil sonrisa se dibujó en su boca cuando advirtió que Oscar había recuperado la consciencia.

- Gracias… - fue todo lo que Oscar pudo decir, antes de que el nudo en su garganta la forzara a derramar un torrente de lágrimas de alegría.

De inmediato pidió ver a su hija y al cabo de algunos minutos Léonore se la llevó a la alcoba. Oscar no pudo reprimir un comprensible pinchazo de celos y envidia al saber que Léonore había amamantado y cuidado de su hija durante su enfermedad. Pero desechó estas ideas rápidamente, en cuanto la muchacha le acercó a la bebita. Si estaba sana, sonrosada y hermosa era gracias a Léonore, quien la sostenía cariñosamente entre sus brazos y la miraba con abierta adoración.

Le tocó las manitas y comprobó que podía poner mucha energía en estrujar un dedo entre los suyos. Era suave como un pétalo fresco. Su dulce aroma a bebé se mezclaba con el del jabón de melisa, menta y lavanda que Léonore había preparado para ella. También reconoció el vestidito impecablemente albo que había tejido la muchacha.

- No he querido envolverla, parece que está más a gusto con las piernas y los brazos así, libres. Es bastante inquieta… - comentó Léonore.

- Sí, es mejor así.

La pelusilla azabache que cubría su cabeza era tan fina y sedosa… y cuando abrió los ojos, se maravilló al comprobar que tenían exactamente el mismo tono que los de André. Pero no se sintió triste al pensar en él. La contemplación de su pequeña hija la había llenado de felicidad y gratitud, sin dejar espacio para el dolor. Y tampoco para advertir la actitud cohibida y distante de Alain.

~.~.~

- Os pido encarecidamente que le toméis el peso a mis palabras.

Oscar asintió en silencio, como una alumna aplicada lista para tomar apuntes.

- Si estáis viva, si habéis recuperado la consciencia es porque Dios es grande. No hay otra explicación – continuó monsieur Chassier - Vuestro pronóstico, bien lo sabéis, fue negro desde un principio. Por lo mismo no podemos confiarnos y correr riesgos, ya que vuestro estado sigue siendo delicado. El embarazo y la tuberculosis han debilitado vuestro organismo, de modo que debéis seguir estrictamente la dieta que os he preparado, tomar vuestra medicación y guardar reposo absoluto. Es esencial el reposo y la tranquilidad para que recobréis fuerzas. Vuestra recuperación va a ser lenta, debéis ser paciente…

Oscar hizo un mohín de desagrado y tamborileó sus largos y delgados dedos sobre la colcha. Por la atención y seriedad con que Alain seguía las palabras del médico, se imaginó que sería muy capaz de amarrarla a la cama con tal de tenerla quieta y vigilada. Aunque pensándolo bien, aún se sentía tan débil que era poco probable que tuviese intensiones de levantarse. Lo único que necesitaba por el momento era ver a Isabelle siendo arrullada por Léonore, ya que ella aún estaba en condiciones de tomarla en brazos. La maternidad la tenía aún demasiado obnubilada como para prestar atención a nada más.

El que Oscar despertara y que pasara por fin la etapa de mayor riesgo para su vida llenó el ambiente de nerviosa felicidad. Rosalie y Léonore se atropellaban para contarle hasta el más ínfimo suceso referido a Isabelle. Bernard también estaba encantado de verla más repuesta. Alain hablaba poco, sus intervenciones fueron breves, más que nada referidas a los avances en las construcciones de la escuela y el hospital y algunos chismorreos del pueblo, destinados a sacarle alguna sonrisa.

El día transcurrió lentamente entre las conversaciones y las risas de sus amigos, alternando con periodos en que la dejaban reposar y dormitar. Oscar masticó cada segundo, agradeciendo el simple hecho de seguir viva. Todo cuanto la rodeaba le parecía un milagro. Volver a tomar una taza de té. La abeja que revoloteaba contra el vidrio de la ventana. Los alegres chillidos de François cuando Alain simulaba que lo dejaría caer y las amenazas de Rosalie de arrancarle los ojos si algo le sucedía a su hijo, mientras Bernard sonreía sin intervenir. ¡Vaya si había crecido ese bebé! Era una preciosura de niño. Durante el día tuvo la impresión de que todo cuanto la rodeaba era perfecto.

Cuando despertó de su última siesta ya había anochecido. Alain había acercado la butaca a su lecho y la miraba fija y nerviosamente, como si no se atreviera a decir lo que estaba pensando. De pronto se inclinó y la besó en la frente. Sólo entonces advirtió que había estado anormalmente silencioso y distante durante el día. Cuando volvió a reclinarse sobre la butaca se sorprendió del mal aspecto que tenía.

- ¡Pero qué demacrado estás! – exclamó poniendo una de sus manos sobre las de él – Y tan delgado…

- Tenía tanto miedo de que no despertaras jamás… - respondió el muchacho, en voz baja y apagada. Estaba visiblemente emocionado. Oscar sabía que le había dado pudor exponer sus sentimientos ante los demás. Él no podía llorar como lo había hecho Rosalie, o abrazarla efusivamente como Léonore. Tampoco le bastaba con esbozar una tranquila y amistosa sonrisa como a Bernard.

- Ya ha pasado lo peor, no te angusties – dijo dulcemente, mientras le acariciaba una mejilla. Y en seguida añadió, con tono de broma – me portaré muy bien, seguiré todas las indicaciones y no haré ninguna tontería, lo juro solemnemente.

- ¿Puedo… puedo abrazarte? – preguntó Alain con timidez.

Ella enterró un codo en el colchón para incorporarse y extendió el otro brazo hacia él, en señal de aceptación. Alain carecía de esa facilidad que André tenía para aceptar y expresar sus sentimientos, pero Oscar había aprendido a conocerlo lo suficiente como para descubrir que era una persona bastante sensible. Esto siempre la enternecía, y ahora más que nunca. Alain se sentó a su lado y la acomodó contra su pecho, que Oscar sintió ensancharse cuando el dio una profunda inspiración. Más que abrazarla, apenas la sostenía lánguidamente. Dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola en el espacio entre la marquesa y la pared, y cerró los ojos. Al fin, estando los dos solos, se sentía verdadero alivio.

Alain no recordaba haber sometido a tanta presión como la que acababa de pasar durante el último mes. Ya casi había olvidado cómo era no tener un constante zumbido en la cabeza, un nudo en el estómago y el cuerpo agarrotado y dolorido de tanta tensión. Sólo ahora su musculatura se relajaba agradablemente al sentir el cuerpo de Oscar acurrucado contra el suyo. Había pensado tantas cosas que decirle durante el transcurso del día, pero sintió que ya no le hacía falta.

- Es extraño no haber tenido ninguna consciencia del peligro en que he estado – el repentino comentario de Oscar sacó bruscamente a Alain del estado de sopor en que había comenzado a sumergirse – No le he tomado el peso hasta que terminé de leer lo que escribiste en mi diario. Lamento haberos preocupado de este modo…

- Ah, eso – murmuró Alain – Espero que no te disguste, pero necesitaba matar el tiempo de alguna forma cuando estaba aquí acompañándote. Y ya que no estabas en condiciones de escribir, pensé que te gustaría tener algún registro de los primeros días de Isabelle.

- No me molesta, ha estado bien – dijo ella suavemente.

Alain carraspeó.

- Pues verás… también he leído lo que has escrito. Espero que eso tampoco te moleste.

- No, tampoco hay problema con eso – Oscar esbozó una sonrisa – al fin y al cabo no hay nada secreto en ese diario. Son cosas que pueden contársele a una niña pequeña, y conoces la gran mayoría de ellas.

- Claro que… me parece que has exagerado un poco en lo que has puesto sobre mí.

- ¿Exagerar?

- Vamos, Oscar, ¡me dejaste muy mal parado! Admito que me derrotaste, pero no te salió tan fácil como lo pintas allí.

- Sólo conté lo que sucedió.

- ¡Una vil mentira!

- Ya verás, apenas pueda levantarme te venceré con los ojos vendados.

- Ya lo quisieras. Haré que te laves esa boca petulante con jabón – dijo él, fingiendo enojo – Además cuando narraste tu llegada a la Guardia Francesa me describiste como un mocoso insoportable, engreído y pendenciero…

- Aclaré que esa fue mi primera impresión. Y no puedes negar que fuiste grosero e irritante durante mucho tiempo sin que yo te provocara de ningún modo.

- ¿Aún piensas eso?

Oscar emitió una leve carcajada y sus ojos brillaron traviesamente.

- Alain, te estás comportando como una chica que espera recibir un cumplido. Asumo que sigues siendo tan fisgón como siempre, y si has leído el diario completo has encontrado mi opinión de ti más adelante.

- ¡No espero ningún cumplido!

- ¿Lo leíste?

- Si… pero eso no significa…

- Si quieres saber lo que pienso de ti, está bien, te lo diré. Creo que tienes un corazón de oro. Eres una de las personas más leales y confiables que he conocido en la vida. Aunque sigues siendo obtuso e impaciente. ¿Conforme?... Vaya, no es para tanto, no tienes por qué sonrojarte.

- ¡No estoy sonrojado, por todos los diablos! ¿Es que no se te puede hacer una pregunta sin que lo tomes a la broma?

Oscar siguió mirándole con malicia.

- Bueno, todo eso que escribiste casi al final… - continuó Alain al ver que su protesta no era respondida – Eso fue realmente muy… lindo.

Oscar se sentó con algo de esfuerzo.

- Es la verdad. Has sido un ángel conmigo. Y ahora, también con mi hija. ¿Por qué crees que te he pedido que escogieras su nombre? Si algo me sucediera, te la confiaría sin dudarlo un instante.

- Eso es muy importante para mí, Oscar – dijo Alain, tomándole las manos efusivamente – No te imaginas cuánto. No te defraudaré. Siempre velaré por ti y por ella, puedes estar segura. Ahora… me marcho, debes seguir descansando y ya te has agitado bastante por hoy. Hasta mañana.

Y luego salió atropelladamente, sin darle tiempo de responder. Oscar se quedó un buen rato con la vista clavada en la puerta antes de deslizarse nuevamente sobre los almohadones. Alain estaba actuando un poco extraño, pero lo atribuyó al cansancio y a demasiadas emociones juntas para un día. Aún así, hubo de reconocer que la decepcionó un poco que se retirara con tanta prisa porque quisiera haberle tenido a su lado por más tiempo. Los minutos en que le hizo compañía se le hicieron escasos y no encontró las palabras para pedirle que se quedara un poco más. Para decirle que no quería estar sola. Que al menos esa noche, después de su alegría inicial, la oscuridad y el silencio no eran los mejores compañeros. Durante el día había alejado los pensamientos negativos de su mente, pero ahora fluían sin que tuviese control alguno sobre ellos. Y volvían una vez más a André, pero esta vez con amargura y resentimiento. Se ovilló abrazándose las rodillas y cerró los ojos. La muerte que le había privado de conocer a su hija se le hacía más injusta que nunca. Y después de la rabia vino la parte más difícil: la melancolía, que volvía a arañarla con crueldad después tanto tiempo. Cerró los ojos e intentó encontrar consuelo en el sueño.

~.~.~

- De modo que de ahí viene el nombre de la niña.

Rosalie se meció con pereza, sentada en el columpio que colgaba de la rama del manzano. Isabelle y François dormían plácidamente cada uno en un cestito. Léonore reparaba la muñeca que había sido de Dianne dando una puntada aquí y otra allá. Las dos mujeres aprovechaban el escaso descanso que les daban los bebés para tomar aire fresco y disfrutar de un agradable día de mayo.

- Así es. Dianne le puso ese nombre a esta muñeca que Alain hizo para ella. ¿No es curioso que al igual que la niña, tenga los ojos verdes y el cabello oscuro?

- Es una linda coincidencia. Y has hecho un buen trabajo reparándola.

- Gracias – Léonore sonrió. Tenía habilidad para las manualidades y estaba satisfecha con el resultado de su labor – Estaba a bastante mal traer, ya tiene sus años y bueno, coser una muñeca debe ser una tarea complicada para un niño. El cabello ha quedado bien, ¿cierto? Pude adherirlo con prgamento a una redecilla y coserlo firme a la cabeza, para que soporte los tirones que le da la niña. Sería una lástima que se estropeara. Era su cabello – continuo en voz más baja luego de una breve pausa - de Dianne.

- Aquello fue terrible – añadió Rosalie, como si el tono de Léonore fuese una invitación a tocar un tema complicado – Alain perdió por completo la cabeza. Desapareció por varios meses y nadie sabe dónde estuvo y qué hizo. La adoraba por sobre todas las cosas.

- ¿La conociste? ¿Cómo era Dianne? Alain nunca habla demasiado de ella.

- No la conocí en profundidad, pero era una muchachita encantadora. Muy vivaz y alegre, pero a la vez delicada y femenina. Ella y Alain eran muy unidos. La cuidaba y la sobreprotegía, quizá en exceso.

- ¡No sé por qué no me sorprende! – dijo Léonore - Mademoiselle Oscar siempre dice que se parecía a ti. Por eso se había encariñado con ella.

- Oscar tiene más facilidad para encariñarse con la gente de lo que pudiera parecer a primera vista –Rosalie sonrió.

- Es verdad. Es una mujer extraordinaria – comentó Léonore con entusiasmo – sé que se repondrá.

- La quieres mucho, ¿no es cierto?

- Por supuesto, ¿cómo no habría de quererla? Tiene un gran corazón, me apoyó cuando no tenía a nadie más. Salvó la vida de mi hermano. Y tiene un valor muy peculiar para ser una mujer. Me parece una persona admirable.

Rosalie se acercó a los bebés para arroparlos mejor. Durante el tiempo que había pasado en Arras había podido percatarse de unas cuantas cosas. Sobre todo luego del nacimiento de Isabelle, que naturalmente la hizo acercarse más a Alain y Léonore. Unas cuantas cosas que la tenían preocupada.

- ¿Qué piensas de la propuesta de Phillipe? Se marcha en agosto.

El semblante de Léonore se ensombreció en seguida.

- Eso ya no tiene sentido.

- ¿Aún sientes algo por él?

- Sí, no puedo negarlo. Pero ya no es como antes. Cuando pienso en él, lo más fuerte es la tristeza por el fracaso…

- …y no te animas a intentarlo nuevamente – completó Rosalie.

- Creo que no resultaría. Además, aquí me necesitan – añadió dando una dulce mirada Isabelle – Mademoiselle Oscar no puede cuidar de la niña por sí sola, y tú volverás a París en algún momento.

La sensación de alerta que Rosalie percibía se disparó para transformarse en un mal presentimiento. Pensó que si Alain tuviera medio dedo de frente se habría enterado hacía rato de los sentimientos de Léonore. Pero como buen hombre que era, no veía lo que tenía delante de los ojos. Aunque los mismo podía decirse de Oscar y Léonore. Oscar no tenía idea de lo que pasaba con Alain y Léonore tampoco lo había notado. Aquello era curioso, ya que la chica era bastante astuta y perspicaz.

Puede que simplemente no quiera verlo... Pero sea como sea, a mí no me corresponde intervenir...

- Al menos me quedaré un par de meses más. Bernard regresará a París la próxima semana, pero yo no quiero marcharme sin asegurarme de que Oscar esté más repuesta y que tú te las puedes arreglar bien con Isabelle.

Léonore suspiró.

- ¡Y no sabes cuánto lo agradezco! Criar un bebé es más difícil de lo que parece.

- En todo caso… - Rosalie se sentó entre las cestas, tomó a su hijo, le dejó gatear sobre el pasto, y dio una mirada de soslayo a la muchacha – No deberías sentirte atada.

- ¿Atada? ¿A qué te refieres?

- Bueno… que tu historia con Phillipe hay terminado no quiere decir que no puedas rehacer tu vida más adelante… tener tus propios hijos.

François se aproximó a la cesta donde dormía Isabelle y asomó su cabecita rubia riendo alegremente. Isabelle le tomó una manita con la suya y forcejearon un momento. Todo parecía ir bien hasta que la niña le pescó de una manga y el pequeño lloró al verse atrapado. No era primera vez que sucedía. Rosalie son apartó con suavidad.

- Ya sé que no soy su madre – Léonore sonrió nerviosamente y evadió mirar a Rosalie a los ojos – En cuanto a rehacer mi vida… Ya veremos. Como bien has dicho, eso será más adelante…

~.~.~

Alain estaba muy equivocado al pensar que lo más complejo de echar a andar una escuela y un consultorio era lograr que los campesinos se involucraran en el proyecto, supervisar las remodelaciones y contratar al personal. "Administración" era una palabra que nunca se le había pasado por la mente de modo espontáneo. Tuvo su primer acercamiento al término tan pronto ambos establecimientos comenzaron a funcionar, y fue espeluznante. Con Oscar aún enferma y sin dinero para contratar a un administrador se vio de un día para otro con menuda tarea entre manos. Al principio le ayudó Bernard, quien tenía algunas nociones básicas sobre contabilidad, pero cuando tuvo que apañárselas solo llegó a tener pesadillas con listas de números y cálculos, ingresos, egresos, salarios, insumos y demases.

- Lo siento, Alain, yo no sé nada de estas cosas – dijo Rosalie bastante compungida cuando le pidió ayuda.

Léonore fue mucho menos diplomática:

- Detesto los números. Le daría mejor uso a mi cabeza usando un sombrero que haciendo cuentas.

Oscar apenas podía colaborar, ya que su vista se agotaba con rapidez y concentrarse mucho tiempo en los libros le daba jaqueca. Además, prefería darle prioridad a su diario, dándole un voto de confianza a Alain que él internamente no agradecía para nada. Para peor habían podido pagar la asesoría de un abogado sólo para iniciar las actividades elaborando los primeros contratos, y que luego Alain también tuvo que vérselas con temas legales.

- Si vuelvo a leer "Bona fidem in contractibus considerari aequum est", "Casus fortuitus mora excusat" o "Exceptio non adimpleti contractus", vomitaré.

- Ni te atrevas a hacerlo en mi cocina – fue la ácida réplica de Léonore, acompañada de un movimiento de cuchillo en el aire – Mmm… y procura que tampoco sea dentro de la casa. Si es posible aléjate todo lo que puedas de mí, Isabelle ya me ha vomitado encima dos veces en lo que va del día y con eso me basta y me sobra.

- Vamos, no puede ser tan malo… - dijo Rosalie sonriendo conciliadoramente – Hablando de eso, había olvidado decirte que esta mañana llegaron los libros que Bernard te consiguió sobre contabilidad y derecho. Los dejé junto al piano si es que quieres verlos.

Alain arrastró los pies con desgano hasta la sala de estar y volvió a cocina donde depositó una torre de libros de tapas de cuero sobre la mesa que hacía de comedor de diario. Le aburría sólo mirarlos.

- ¿Habrá algo más tedioso en este mundo que ser abogado? – se preguntó en voz alta mientras hojeaba un grueso volumen que llevaba por título "Contratos" - Debe ser el trabajo más aburrido del mundo.

- No puede ser tan malo… - repitió Rosalie con menos convencimiento.

Alain dio un desesperanzado suspiro y apartó el volumen. Bajo él encontró un sobre abierto.

- ¿Y eso? – preguntó Léonore.

Alain, picado por la curiosidad, lo puso boca abajo. Adentro encontraron dos cartas de Bernard, una dirigida a Rosalie y otra a Alain, una escritura de cesión de derechos y una tercera carta sin remitente dirigida a Oscar. Los tres se miraron interrogativamente.

- Que raro… - murmuró Alain, sosteniendo la carta - ¿Será de Bernard?

- No es su letra – respondió Rosalie – ya me extrañaba que hubiese enviado los libros sin ninguna carta, de seguro las ha puesto en ese sobre para que no fuese a extraviarse alguna.

- Será mejor que se la entreguemos a mademoiselle Oscar – acotó Léonore – ya se la llevo yo – añadió al ver que Alain no la soltaba, y se la arrebató de las manos.

- Quizá sea mejor que la revisemos antes.

- ¡No, es correspondencia privada! – exclamó Léonore frunciendo el ceño.

Rosalie guardó silencio y enrojeció.

Léonore fue a la alcoba de Oscar refunfuñando, y regresó continuando su cantinela sobre el respeto a la intimidad de los demás. Sin embargo estuvo a punto de dar la razón a Alain cuando media hora más tarde le llevó el té a Oscar y la encontró llorando silenciosamente y estrujando entre los dedos la única hoja que contenía el sobre. Léonore advirtió que en ella no había más que un párrafo escrito.

- Le pedí a Bernard que llevara una carta a mi padre – dijo entrecortadamente – le conté sobre Isabelle. Ahora entiendo lo ilusa que he sido, pero tenía la esperanza…

Tosió secamente. Léonore le acercó un pañuelo que Oscar oprimió sobre sus labios para luego retirarlo manchado con unas gotitas de sangre.

- Por favor no os alteréis… - Léonore disimuló su inquietud. Pero pensó que al menos había disminuido la frecuencia de esas toses y también la cantidad de sangre.

- Me cedió todas sus posesiones en Arras. Dice que… que espera que sea suficiente para que no vuelva a molestarlo. No quiere saber de mí ni de la niña, nunca más.

Léonore y Rosalie tuvieron que calmar a Alain después de que la primera les pusiera al tanto de la situación.

- No vayas a hacerle una escena – le exigió Léonore imperativamente.

- Créeme que oírte hablar pestes de su padre no la ayudará en nada – añadió Rosalie, cuando Alain hubo terminado una larga perorata dando su opinión sobre el padre de Oscar, en la que no escatimó en insultos y groserías de grueso calibre.

- Algún día se arrepentirá de esto – dijo el muchacho con los dientes apretados – sólo espero que no sea demasiado tarde.

Dejó a las mujeres en la cocina, y luego de un pequeño momento de duda, decidió hablar con Oscar.

- Debí imaginar que esto sucedería – le dijo Oscar tan pronto le vio asomarse por la puerta – me echa en cara que ni siquiera he podido parir un varón.

Alain se mordió la lengua literalmente para no soltar lo que pensaba del viejo general.

- Supongo que ha sido un impacto muy fuerte para él – murmuró con escasa convicción – Está viejo y solo, puede que con el tiempo lo reconsidere…

- No lo hará.

Alain no recordaba haber visto nunca una expresión semejante en el rostro de Oscar. Era mitad tristeza y mitad desaliento. Hubiese querido verla furiosa. De ser posible, transmitirle un poco de la rabia que sentía en ese instante. Cualquier cosa antes de verla en ese estado. No supo qué decir. Ni siquiera podía ponerse en su lugar, él, que había tenido una familia cariñosa y unida. Trató de imaginar a su padre, su madre o Dianne repudiándolo de ese modo pero las imágenes se desvanecían antes de completarse. Él podría haber tenido una vida difícil, sumido en la pobreza, perdiendo a sus seres queridos… pero hasta ese instante creyó que no había valorado realmente lo afortunado que había sido al contar con el amor incondicional de todos ellos.

- Bueno… - continuó Oscar ante el mutismo de Alain – ahora podremos contratar a un administrador…

- ¡Uf! – exclamó Alain, aliviado doblemente al tener un tema al cual desviar la conversación y ante la posibilidad de librarse de los horrorosos libros de contabilidad y derecho – Esa será una estupenda inversión…

- Pero me gustaría que continuaras supervisando – le interrumpió Oscar con una débil sonrisa que no alcanzó sus ojos – Pienso que deberías estudiar con profundidad estos temas, sería útil ya que ahora debemos hacernos cargo de la hacienda en serio, y por otro lado, nunca está de más entender de negocios…

- ¿Es necesa…? Está bien, lo haré.

- No puede ser tan malo…

- Por favor, con que Rosalie diga eso cada diez segundos es suficiente.

- Estudiaremos juntos.

- ¿De verdad?

- Por supuesto. Aún estoy delicada y paso la mayor parte del tiempo en cama. Necesito ocupar mi tiempo libre, de otro modo comienzo a pensar… A pensar cosas que no debería – agregó sombríamente – tengo menos jaquecas. Puedes leer en voz alta. Qué se yo. Ya nos pondremos de acuerdo.

- Es una excelente idea, Oscar.

Alain no había pasado por alto que Oscar había vuelto a deprimirse luego de la alegría inicial que demostró haber sobrevivido ella y su hija a un parto tan riesgoso. Al menos no llegó a los niveles de sus primeros meses en Arras, pero no por eso era menos preocupante verla demasiado silenciosa o desganada.

- Con el administrador haciéndose cargo de la hacienda tendremos más tiempo para estudiar. ¡Podemos empezar ahora mismo! ¿Qué te parece?

A Alain le pareció una idea horrible, pero si era tan evidente que Oscar no quería pensar en sus problemas personales no le quedó más que ir a buscar los malditos libros.

~.~.~

Para horror de Alain, Oscar resultó ser una estudiante muy aplicada y tenaz. Debí suponerlo, se repetía una y otra vez a cada palabra, frase, párrafo y hoja que pasaba. Nunca imaginó que el tiempo junto a Oscar no pasaría lo suficientemente rápido, o que su compañía pudiese resultarle tan tediosa e insoportable. En estricto rigor no era Oscar a quién apenas toleraba, sino a Oscar y él hablando de derecho. Así, mientras ella repetía las clasificaciones de los contratos, él fantaseaba con las más variada formas de acabar con su vida. Volarse los sesos de un balazo. Beber una copa de vino envenenada. No, primero una contundente cena y luego la copa de vino envenenada. Se saltó deliberadamente la horca. Lanzarse al río con un yunque atado al tobillo. Enterrado vivo. Alcanzado por un rayo. Congelado durante una tormenta de nieve. Decapitado. Crucificado. NO, quizá eso era demasiado blasfemo. En un duelo con espadas. Calcinado por una erupción volcánica. Aplastado por su propia casa durante un terremoto. Intoxicación alcohólica. Sífilis (Y que al menos haya valido la pena…) Devorado por animales salvajes. Atragantado con un hueso de pollo. De puro aburrimiento. Mientras más hablaba Oscar, más lejana veía la opción "de viejo, en su propia cama". Al final se decidió por el corte de venas en una bañera por ser tradicionalmente romano, acorde a las materias que estudiaban. Oscar hacía otra cita incomprensible en latín.

Eso tendría gracia. Como Petronio. Ese tipo sí tenía estilo…

- Creo que lo dejaremos hasta aquí por hoy.

- ¿Ah?

- Ya es suficiente.

- No, no… terminemos ese capítulo.

- ¿Cuál?

- Pues ese… el último que estabas leyendo.

- Alain – dijo Oscar sonriéndole condescendientemente – ni siquiera estás escuchando. Hace cinco minutos que dejé de leer y tú has estado con la mirada perdida pensando en quién sabe qué cosa.

- ¡Eso no es verdad!

- Perfecto. ¿Entonces puedo hacerte un par de preguntas?

- Ya, ya. No estaba escuchando, lo admito. Mi capacidad de concentración es más limitada que la tuya.

- Cuando hayamos avanzado un poco más será menos tedioso, te lo prometo.

Alain no se veía muy convencido.

- Si tú lo dices.

- Alain, entiendo que para ti esto es un sacrificio y no creas que no lo valoro. Pero ahora que esta hacienda está en mis manos quiero hacerme cargo como corresponde. Podemos hacer mucho para mejorar las condiciones de vida de la gente. Ahora que estoy algo mejor necesito mantenerme ocupada.

Ocupada para no pensar. Qué típico de ella. Para no pensar en la enfermedad, en su padre y en André. Sé que no se puede barrer bajo la alfombra eternamente, pero quién soy para juzgarla. Si por ahora la distrae y le hace bien, pues ni modo. En todo caso es adorable que esté tan segura de incluirme en todos sus planes, dando por hecho que voy a participar...

- No te preocupes, lo comprendo…

- He pensado que podríamos remodelar el antiguo Hospital, ¿qué opinas? Como además de las tierras mi padre me ha cedido una cantidad importante de dine…

Se interrumpió por un ataque de tos. No era tan fuerte como antes, pero Alain se alarmó en seguida ya que eran cada vez menos frecuentes. Oscar apretó rápidamente el pañuelo en su puño, pero Alain alcanzó a vislumbrar unas gotas de sangre.

- Ahora necesito dormir un poco…

- Como quieras, Oscar. Hasta mañana.

Alain estaba a punto de apagar la lámpara de aceite cuando tuvo un lapsus. Uno de esos momentos en que el cerebro desconecta el filtro indispensable para la convivencia humana y sale a la luz una idea, ya sea anhelo u opinión que nunca debió ser compartido con otro ser humano. Culpemos al cansancio o al tedio, el punto es que Alain dijo lo siguiente.

- Oscar, creo que deberíamos casarnos.

Oscar palideció y se le cortó la respiración. Primero creyó haber oído mal. En seguida un creciente pánico le hizo latir el corazón violentamente y sus mejillas se enrojecieron.

- ¿Casa… casa… casarnos? ¿Tú y yo? – tartamudeó con un hilo de voz - ¿Pero por qué?

Nada más hubo preguntado, Oscar se dio cuenta de que no quería conocer la respuesta. Mujer, al fin y al cabo, le fue inevitable buscar todas las posibles explicaciones a lo que acababa de oír. La que tomó más fuerza la espantó. En menos de un segundo repasó toda su estadía en Arras desde otra perspectiva. ¿Cómo no lo había pensado antes? ¿Qué tal si Alain la había acompañado no sólo porque quería dejar París, no para cuidarla como un amigo, sino porque la amaba? Alain tenía su confianza absoluta y su amistad eterna, pero no podía responder a ese tipo de amor. Aunque hubiese querido. ¡Era imposible! Y además, injusto. Ni hablar de todo lo que habían pasado juntos, de la cantidad de veces que había llorado sobre su hombro, de su preocupación constante por ella, de sus esfuerzos por sacarla a flote en los peores momentos… si él la amaba no quería ni pensar en cómo se había sentido viéndola en ese estado, sabiendo que no podía responder a sus sentimientos… Hasta ese momento Oscar estaba segura de que Alain estaba interesado en Léonore. Quizás la idea de volver a enamorarse le era tan lejana que ni siquiera se representaba la posibilidad de que él o cualquier otro hombre pudiese amarla. Como si sin André se hubiese vuelto inmune al romance. Le aterró la idea de haberse equivocado precisamente con Alain. Haberle hecho daño aunque fuese sin querer.

Alain estaba tan inmóvil como ella, pálido como fantasma. Por varios segundos permaneció en silencio pues estaba seguro de que si abría la boca sería para tartamudear alguna estupidez peor que la que acababa de decir. Llevaba tiempo dándole vueltas a esta idea. Desde que Oscar recibiera esa funesta carta de su padre. Esperaba encontrar el momento adecuado para hacer la propuesta adecuada del modo adecuado, pero no, tenía que soltarlo así, como si tal cosa. Fue doloroso ver la consternación de Oscar y saber que estaba pensando. Darse cuenta de que la sola idea de que él la amara bastaba para abrumarla de ese modo. Pero al comprender el mal efecto que tendía la verdad, hizo un esfuerzo por serenarse. Y logró esbozar una sonrisa picaresca.

- Vaya, perdona lo abrupto, no es lo que estás pensando. Deja que me explique. Es por todo este asunto de tu padre… Llevo tiempo pensado que ni Dios lo quiera, te ocurriera algo, sería él quien tendría la custodia de Isabelle…

- ¿Y…? – Oscar aún estaba reticente, pero comenzaba a entender a qué apuntaba su amigo.

- ¿Qué edad tiene tu padre, Oscar?

- Sesenta y cinco.

- Sesenta y cinco – repitió Alain – es bastante mayor, pero también se ve saludable. Asumo que no ha llevado una vida de excesos, ¿no es verdad? Alimentándose correctamente, sin vicios, haciendo ejercicio. Podría vivir con facilidad unos diez años o más incluso.

- Es posible, pero…

- Oscar, si algo te sucediera, ¿querrías que tu padre se hiciese cargo de Isabelle? Ya te ha dicho que no quiere saber de ti ni de ella. ¿Qué tal si apenas le presta atención? ¿Qué tal si la cría tal como lo hizo contigo? ¿Querrías eso para tu hija?

Oscar negó con la cabeza y apenas susurró "no".

- Dijiste que me confiarías tu vida y la de Isabelle. Bien. Si nos casáramos y luego algo te sucediera… no quisiera ni pensar en eso, pero aún estás delicada de salud… si algo te pasara, de esa forma nadie podría disputarme el cuidado de tu hija… Sería legitimada por matrimonio posterior al nacimiento. Ya ves que no he estado tan desatento a tus lecturas como pensabas… Por otro lado, hay que considerar que eres noble. El río está revuelto y podría pasar cualquier cosa. Represalias…

- Tú también eres noble.

- Oscar, a nadie le importa un comino mi título de cuarta. Tú en cambio, formaste parte de la Guardia Real. Eras amiga íntima de la Reina… nadie olvidará eso por más que hayas disparado nuestros cañones contra la Bastilla… Si algo sucediera eso me dejaría en mejor pie para protegerlas a ambas.

- No puedo pedirte eso.

- No lo estás haciendo. Soy yo quien te lo ofrece.

- ¿Pero qué sucedería si más tarde quieres formar tu propia familia? Aunque nuestro matrimonio fuese un acuerdo por el bien de Isabelle tú no podrías… ninguna mujer lo aceptaría… Y por otro lado, podría anularse en cualquier momento si no se consuma.

- ¿Y quién va poder probarlo? - dijo Alain con ese brillo en la mirada y esa expresión de "¡a ver como respondes a eso, JA!" que adoptaba cuando creía ir ganando una discusión. Era un poco infantil, pero Oscar lo encontraba encantador - Ya has tenido una hija, no eres precisamente una doncella. Y yo no tengo intensiones de casarme, eso no me va.

- Alain, me estás pidiendo matrimonio...

- Ya, pero me refiero a un matrimonio de veras... Esto es para poder hacerme cargo legalmente de Isabelle. ¡No quiero casarme en serio!

- Eso lo dices ahora.

Oscar tenía un punto que no podía rebatir sin ponerse en evidencia. Así que reculó prudentemente.

- No lo había pensado de ese modo, pero tienes razón. Sin embargo tenemos otra solución. Yo podría reconocerla como mi hija sin que nos casemos.

- Pero… - Oscar se encogió como si hubiese recibido un golpe en el estómago. Sus ojos se llenaron de lágrimas – Pero su padre es André…

- Y no dejará de serlo. Oscar, es sólo por precaución. Cuando tenga edad suficiente se lo explicaremos.

- Entiendo tu punto. Sé que todo eso es razonable…

Los labios le temblaron y no pudo continuar hablando. Las lágrimas se deslizaron por sus mejillas. Alain tomó una de sus manos entre las suyas.

- No, no te pongas así. Esto no es más que una formalidad. Nada cambiará el hecho de que André es su padre. Jamás pretendería reemplazarlo, esto no es más que una manera de protegerla, a ella y a ti. No necesito decirte que adoro a tu hija…

- Lo sé. Y nada de lo que pudiera hacer sería suficiente para retribuirte por eso.

- Me basta con que no sobredimensiones este asunto. No cambia nada.

- Bien. Se hará como tú dices.

- ¡No sabes cómo me alegra eso! - exclamó Alain. Casi había olvidado su torpeza ante la perspectiva de adoptar a Isabelle - Me encargaré de todo de inmediato.

- Espera, hay algo que tengo que decirte... - Oscar lo miró con seriedad, pero un leve destello en sus ojos le hizo pensar que no con tanta seriedad como ella pretendía - Los dos sabemos que en estas materias no tengo mucha experiencia. Aún así, creo que esta debe ser una de las peores propuestas de matrimonio en la historia de la humanidad.

Para sorpresa de Alain, se rió alegremente. Y lo que decía era tan cierto, que él, algo avergonzado, no tuvo más que reírse también.

~.~.~

Isabelle de Soissons…

Oscar miró el documento hasta que esas letras adornadas con arabescos dejaron de tener sentido. No eran más que trazos que bailaban ante sus ojos.

Isabelle de Soissons…

No por esto su hija ignoraría quién fue su verdadero padre. Ya no se sentía mal al respecto. Sólo un poco… extraña. Para tomar esta decisión pensó en qué hubiera dicho André. Hasta había imaginado las palabras que emplearía e incluso el tono de voz.

Oscar, te preocupas de más. Es sólo una formalidad. No tiene ningún efecto sobre la realidad. No cambia los hechos.

Dejó el documento sobre el regazo. Ahora podía disfrutar de los cálidos días de principios de julio fuera de casa. Acomodada en una silla de mimbre sobre cómodos cojines. El sol acariciaba su piel pálida por los meses de encierro.

Lo importante es protegerla. Lo que Alain plantea es un escenario posible… En estos tiempos puede pasar cualquier cosa, cariño…

André habría dicho algo por el estilo. Siempre fue mucho más práctico que ella.

Miró a su hija en la cestita. Léonore y Rosalie estaban sentadas sobre una frazada y mimaban a François que gateaba intentando llegar al pasto. Alain se inclinó sobre la cesta en que descansaba Isabelle, y la pequeña extendió sus bracitos hacia él. De inmediato el rostro del muchacho resplandeció de alegría, pero se detuvo antes de alzarla. Y miró a Oscar.

Alain la adora, Oscar. Y es un buen hombre…

Sí, de eso no hay duda. La adora y es un buen hombre…

Oscar asintió sonriendo.

~.~.~

No fue fácil para Léonore hablar con Phillipe, aunque la decisión ya estaba tomada hacía mucho tiempo. Aunque el mismo Phillipe supiera de antemano que reunirse por última vez antes de su partida no serviría para convencerla. Era algo necesario para cerrar un ciclo. Y estar conscientes de ello les permitió conversar con tranquilidad. De lo que habían hecho mal, de la hija que no pudieron tener. No supo cómo pasaron dos horas volando. Él la abrazó por última vez.

- Espero que seas feliz – le dijo al oído – Te lo digo de todo corazón. Y que tengas suerte. Vas a necesitarla.

Estas palabras le quedaron dando vueltas. ¿Qué había querido decirle con eso último?

Bernard había vuelto de París el día anterior y se había ofrecido a llevarla al pueblo para su encuentro con Phillipe. Ahora ambos dejaban atrás el pueblo en la calesa de Oscar. Bernard comprendió que Léonore iba abstraída en sus pensamientos y guardó silencio durante todo el trayecto. Al llegar a la casita que había sido de los Grandier encontraron a Oscar sentada ante la tumba de André, con su hija en brazos.

- No puedo creer que ya haya pasado un año - Les dijo cuando les vio acercarse.

Léonore pensó en lo mucho que había cambiado Oscar desde ese entonces, pero no lo dijo. Más que cambiar, poco a poco volvía a la normalidad, a ser aquella mujer que ella siempre había admirado. Aún la envolvía ese halo de tristeza, pero ya no había en ella desesperación ni histeria, ni ese obstinado mutismo, ni ese persistente desaliento. Oscar había aprendido a convivir con el dolor. Y a darle un poquito de espacio a la alegría. Y si Oscar lo había logrado, con mayor razón ella podría superar su fracaso con Phillipe. Léonore era ansiosa e impaciente por naturaleza, sin embargo, ahora comprendía que debía darle tiempo al tiempo. Hoy aquello le hacía pleno sentido. Quizás estaba madurando…

Bernard se sentó junto a Oscar y le rodeó los hombros con un brazo, afectuosamente.

- Él estaría orgulloso de ti, Oscar. En algún sitio, está orgulloso de ti. Lo sé.

Léonore estaba muy segura de su decisión. Phillipe nunca la querría como André había amado a Oscar. Ella deseaba más de lo que él podía ofrecerle. Merecía más que eso.

~.~.~

A principios de agosto, Bernard, Rosalie y François regresaron a París. Alain lamentó por igual la partida de ambos. Bernard era su amigo, pero había disfrutado doblemente de su compañía ahora que vivía rodeado de mujeres. Con Rosalie ya no quedaba vestigio de resentimiento alguno. Aquel tonto disgusto había quedado atrás hacía mucho tiempo, y ambos comprendieron que todo se resumía en que habían diferido en sus formas de cuidar de Oscar. Iba a extrañar especialmente tener con quién hablar de sus sentimientos hacia ella. Rosalie era empática, sabía escuchar y tenía tino para aconsejar. Aunque en estas circunstancias se dedicó fundamentalmente a escucharle. No había mucho qué hacer si no estaba dispuesto a alejarse de ella, y si su rechazo inconsciente no hacía mella sobre sus sentimientos.

Compartieron un alegre almuerzo al aire libre, al que también estaban invitados el doctor Chassier y su mujer, y la familia de Léonore. Hubo risas, bromas, recuerdos y canciones. Promesas de volver a verse pronto. A media tarde la pareja se marchó junto a su pequeño hijo, no sin una buena cantidad de lágrimas de Rosalie de por medio.

Los tres se quedaron conversando hasta tarde una vez que se marcharon los invitados. Alain se sirvió lo que quedaba de la última botella de vino del almuerzo. Oscar estaba algo triste, pero entre broma y broma de Alain consiguió sentirse mejor. Cerca de las diez decidió ir a dormir.

- ¿Saben algo? – les dijo cuando se hubo levantado – La casa no se siente tan vacía después de todo. Buenas noches.

- ¿Vas a dormir tú también? – le preguntó a Léonore una vez que Oscar se hubo retirado.

- No… aún no tengo sueño.

- Yo tampoco – y miró su copa de vino mientras hacía girar el contenido.

- ¿Podrías servirme un poco? Sólo un poquito. No recuerdo la última vez que bebí una copa. Supongo que no pasará nada… Hace apenas un rato que le he dado pecho a Isabelle.

Alain soltó una carcajada.

- No es necesario que te excuses conmigo.

Y abrió otra botella.

Y le sirvió una copa y luego otra. Y también llenó y vació varias veces la suya. Y las risas fueron subiendo de tono del mismo modo que bajaba el nivel de la botella. Cuando Léonore intentó derramar las últimas gotas en su copa, se le resbaló de los dedos y rodó por la alfombra. Ella soltó un breve chillido.

- Ya está bueno de esto – dijo él riendo – Estás ebria.

- ¡No estoy ebria! – replicó ella – tú lo estarás.

- Como quieras. El punto es que ninguno de los dos está sobrio.

Léonore lo miró un rato antes de reír con muchas ganas.

- ¿Quieres chocolate caliente? - le preguntó enseguida

- Suena bien. Pero ten cuidado con quemarte. Estás ebria.

- ¡Que no! – bufó ella mientras caminaba hacia la cocina.

- Tampoco estás sobria – insistió él, y la siguió.

Los dos rieron estruendosamente y luego trataron de hacerse callar con unos ¡Shhhh! demasiado ruidosos.

Alain se instaló en la mesa de diario. Léonore buscaba los utensilios necesarios con algo de torpeza. Él seguía con la mirada el ir y venir de la muchacha.

- Me gusta esto – dejó salir de pronto.

Léonore dejó de revolver la ollita en el fogón, y lo miró seria por primera vez en mucho rato.

- ¿Esto qué?

- Esto. Vivir aquí, con ustedes. A veces extraño París. Pero aquí es tan tranquilo. Y se siente como en casa. Como un hogar.

Léonore vació el contenido de la ollita en dos tazas y se sentó junto a Alain.

- Qué ternura… - murmuró, y en seguida lo miró pícaramente - ¡Quién iba a decir que te pones sentimental cuando te emborrachas!

- ¡No me pongo sentimental! – gruñó Alain, y dio un sorbo al chocolate. Estaba buenísimo - Y tampoco estoy borracho.

Léonore bebió de su taza antes de responder.

- ¿Entonces eres sentimental siempre?

- ¡Eres imposible! No se te puede decir nada en serio.

- No soy imposible, solo es que… ¡no estoy sobria!

El comentario les hizo una gracia inusitada.

- Bueno… tendré presente para la próxima que más me vale no hacerte cumplidos porque no los aprecias.

- Claro que los aprecio. Lo que sucede es que además me dan risa. Las dos cosas no son incompatibles, ¿ves?

Siguieron bromeando hasta terminar sus tazas. Las risas se fueron apagando poco a poco hasta transformarse en un murmullo. Léonore siempre había sido una chica atractiva a ojos de Alain, pero nunca le había parecido tan bonita como entonces. Condenadamente bonita y encantadora. Tal como Oscar volvía poco a poco a ser la de antes, Léonore también se había recuperado del estado en que estaba cuando se habían conocido. Ahora tenía la risa fácil y la mirada traviesa. Aunque sólo les alumbraba la luz de un par de velas, creía que la vía más claramente que nunca, y le hechizaba el lento batir de sus pestañas, y sus grandes ojos que no se apartaban de los suyos. Hasta esas pecas en la nariz la hacían ver más bonita. No se resistió al impulso de tocarlas. Le acarició suavemente la nariz y las mejillas con la punta de los dedos. Y ella volvió a sonreír con esa boca pequeña de labios sonrosados y voluptuosos. Los recorrió con la punta de los dedos, tal como acababa de hacer con sus mejillas. Ella cerró los ojos y se estremeció. Y besarla fue delicioso. Besarla lentamente, sin ninguna prisa. Se perdió en la exquisita sensación, en disfrutar el instante. Hasta que algo se removió en el fondo de su mente aturdida por el alcohol y los encantos de la muchacha. Algo que lo hizo apartarse de ella bruscamente. Hizo un gran esfuerzo por no besarla otra vez cuando ella se le quedó mirando con cara de desconcierto, con los ojos aún brillantes y los labios entreabiertos.

- No puedo – fue lo único que atinó a decir.

- ¿Por qué no? – preguntó Léonore con un claro matiz de decepción.

- No puedo darte lo que quieres.

- ¿Y qué sería lo que quiero, según tú?

- Te lo he oído decir algunas veces. Alguien que te ame, como André amaba a Oscar. No puedo – dijo Alain, con dificultad para hilvanar correctamente las frases. La verdad es que ni siquiera estaba tan borracho. El sentido le había vuelto de golpe. Estaba avergonzado – Tú mereces algo mejor que eso.

"Espero que seas feliz. Te lo digo de todo corazón. Y que tengas suerte. Vas a necesitarla."

Las palabras de Phillipe le hicieron sentido de golpe y porrazo. De la misma forma se disipó el efecto del alcohol.

Es obvio que no puede amarme, porque ama a Oscar. En todos estos meses no he querido verlo, Porque saltaba a la vista. Todos lo han visto, salvo ella y yo…

- Esto está mal – Léonore se levantó bruscamente – hemos bebido demasiado y… es un error.

- Yo… lo lamento – Alain también se levantó. El instante de intimidad se desvaneció como si nunca hubiese existido. Tuvo deseos de azotarse la cabeza contra la pared. ¿Cómo había podido llegar a esto? Quizá se sentía más solo de lo que pensaba. Quizás era porque Oscar no le quería del mismo modo. Pero sea como sea, él no podía permitirse jugar con los sentimientos de Léonore. No lo hubiese hecho con ninguna, y con ella menos que nadie después de lo que había pasado – Tienes razón, no debimos… no sé que me ha pasado, el alcohol, la tensión… de veras lo siento.

- Olvidémoslo – dijo Léonore – ha sido una tontería. Reconozco que lo de Phillipe me tiene un poco mal. Se nos pasó la mano con el vino, y bueno… mañana va a ser incómodo – terminó dando una risita.

- Vaya que sí – Alain sonrió nerviosamente, aliviado al ver cómo Léonore se tomaba el asunto – es mejor que dejemos esto hasta aquí y cada uno vuelva a su habitación.

- Estoy de acuerdo. Que descanses.

Léonore desapareció de su vista en un suspiro y se metió en su alcoba. Cerró la puerta tras de sí suavemente y se lanzó de bruces sobre la cama.

Es mejor así.

Ni siquiera puedo enojarme o culparlo, dentro de todo fue honesto. Hasta antes de esta noche no había hecho nada que me hiciera pensar que él y yo… ni una sola insinuación. Nada. Y eso es lo que hay entre los dos: nada. Por suerte lo paramos a tiempo. Ni siquiera tengo totalmente resueltos mis sentimientos por Phillipe, así que casi da igual. Es sencillo, ahora sé que aquello no tiene destino y fijarme en alguien más. Alguien que pueda quererme como me merezco.

Se incorporó de golpe, sentándose sobre el lecho con las piernas cruzadas. No importaba las excusas que se diera a sí misma. Las ganas de llorar le subían inexorablemente desde el pecho hacia la garganta. Sus hombros se estremecieron y no pudo contener más un amargo sollozo.

Pero en el fondo de mi corazón, y desde hace mucho tiempo, deseo que esa persona sea él. Sé que puede amar de esa forma. El problema es que no puede amarme a mí… Aunque no me lo haya dicho es evidente que la quiere a ella. Si hubiese intentado aprovecharme al menos me daría un motivo para despreciarlo, pero para peor se comportó precisamente como esperaría que lo hiciera un hombre de verdad. Bueno, casi. En un mundo ideal no habría habido alcohol de por medio, pero nadie es perfecto.

Saltó del lecho y sacó su vieja maleta del ropero. Las lágrimas le nublaban la vista y el alcohol volvía a hacer efecto, pues le costaba conservar el equilibrio. Comenzó a sacar sus vestidos y a tirarlos de cualquier modo dentro de la maleta.

Me hará daño aunque trate de evitarlo. ¿Qué clase de idiota sería si me quedo aquí y lo permito? Mañana me largo. A primera hora.

Cerró la maleta con dificultad. Se tocó los labios con la punta de los dedos.

No. Me voy ahora mismo… Con luna llena podré ver el camino. Ya mañana pensaré en alguna explicación. Él tampoco es el hombre indicado para mí ¿Cómo podría quedarme en esta casa y mirarlo a la cara? ¡Y a ella...! Aunque no esté enterada de nada, ¡no soporto la idea de sentir celos precisamente hacia ella!

Abrió la puerta. Se paró bajo el umbral, indecisa. Tan sólo unos segundos. Y cuando Isabelle se movió en su cuna y dio un suave suspiro, Léonore volvió sobre sus pasos. Cerró la puerta con las manos temblorosas y sacó a tientas a la bebé de la cuna, pues las lágrimas otra vez le nublaban la vista. La estrechó contra su corazón. Tan pequeña, tan frágil, tan suave y tibia.

- No puedo dejarte… - le dijo, y la pequeña alzó su mirada esmeralda, como si comprendiera – se me tendrá que pasar. Ya lo hice antes, con Phillipe. Me propuse que se acabara y se acabó ¿Y acaso mademoiselle Oscar no tenía este amigo al que quiso en silencio tanto tiempo? Y al final lo superó. Yo también lo haré. Pero no puedo dejarte. Eso nunca.

Miró largo rato la luna llena, y poco a poco su corazón se sintió más liviano mientras la pequeña dormía plácidamente apoyada contra su corazón.

Sade – The Sweetest Gift

www(punto)youtube(punto)com/watch?v=j3F3M_DPKZc

Quietly while you were asleep

The moon and I were talking

I asked that she'd always keep you protected

She promised you her light

That you so gracefully carry

You bring your light and shine like morning

And then the wind pulls the clouds across the moon

Your light fills the darkest room

And I can see the miracle

That keeps us from falling

She promised all the sweetest gifts

That only the heaven's could bestow

You bring your light and shine like morning

And as you so gracefully give

Her light as long as you live

I'll always remember this moment


Perdón, ya sé que me he demorado una eternidad en actualizar! Exceso de trabajo, falta de inspiración y otras yerbas, pero aquí estamos. Ojalá la espera haya valido la pena. No olvide que su review es mi sueldo :)

Si a alguien le extraña la reacción de Alain esto se explica fácilmente. De todos los personajes masculinos de esta historia, Alain es el menos idealizado y el que manifiesta más contradicciones. Es el más humano, y ¿qué es más humano que sufrir de sentimientos ambiguos y cambiantes? En la vida real se ve todos los días.

Y escuchen la canción, es re bonita.

Saludines a todas y feliz 2013