N.A: Tenía que reescribir esta historia ya que la volví a leer y no fui feliz, qué horror de puntuación y de estilo tenía la primera versión. Es mi pequeño primer tesoro intento de historia larga. Una semana entera me senté y lo escribí técnicamente todo otra vez, aunque ahora queda un poco off-canon -no mucho- debido a la época en qué fue escrita (¿2009?), me debatí un rato por si debía adaptarla para que cuadrara con el manga, pero decidí no hacerlo porque eso implicaría que estoy aceptando el final de Naruto y pos no. Jamás. Nunca en mi vida.

Y estoy en modo amor hardcore por Gaara otra vez; no había visto Naruto Shippuden en al menos unos cinco a seis años, pero hace unas semanas me decidí a ponerlo sólo para poder ver a Gaara y vaya que se me cayó la mandíbula de sorpresa al ver OTRO arco de relleno con Matsuri -en el que encima, Gaara, la menciona específicamente como una de sus personas importantes-. Ja, incluso vi comentarios de gente legítimamente asustada de que el GaaMatsu se iba a volver real en el anime -LOL-

*GaaMatsu forever*

Disclaimer: Naruto, sus personajes y su universo fueron creados y son propiedad de Masashi Kishimoto

Muerte

Diecinueve de enero

Al amanecer del diecinueve de enero, Gaara estaba de pie frente al gran ventanal de su despacho, ligeramente reclinado en el marco, con una taza de café entre sus manos y la mirada perdida entre el desorden de la fiesta que ya había durado dos días y amenazaba con continuar esa noche, ahora también con motivo de su cumpleaños número dieciocho.

Gaara estaba tan cansado que deseaba que no hubiera más fiestas; llevaba tantos días sin dormir que sentía que se desplomaría en cualquier momento, pero es que no podía cerrar los ojos sin sentir angustia y rabia. Aunque Shukaku se había ido de su cuerpo hace mucho, nunca se recuperó completo del insomnio, claro, su meditación, su entrenamiento y el cariño de su gente, de su familia y de sus amigos le habían dado suficiente descanso y paz para alcanzar la tranquilidad sin la necesidad de dormir por largas horas.

Pero todo había empeorado en las últimas semanas porque no había dormido ni descansado absolutamente nada y de pronto se sentía tan enojado que temía volverse loco como en antaño, sólo que esta vez ya no tenía una bestia sellada a la cual echarle la culpa. Había resistido bien las dos noches de fiesta; pudo guardar su postura y su serenidad con éxito para que nadie sospechara por lo que pasaba; pero una tercera noche podría hacerlo empezar a actuar con desdén y no quería ser él quien amargara la felicidad de los demás.

La Villa de la Arena tenía grandes motivos para celebrar debido a que uno de sus más grandes enemigos había muerto; su propio Daimyō.

El Daimyō, el Señor Feudal más importante e influyente del País del Viento, quien era su líder y su verdugo, había consagrado su vida a frenar el avance de Suna, les había reducido año con año el presupuesto y el armamento y había favorecido a otras aldeas por encima de la suya. Por todo aquello, y para tratar de mantener su mermado nivel militar a la par de otras villas, Suna había creado al Jinchuuriki de Shukaku a pesar de nunca haber perfeccionado el jutsu para sellarlo, condenando a Gaara a una lenta y tortuosa vida de insomnio e inestabilidad.

No era un secreto en el mundo ninja cómo el anterior Kazekage, al no poder enfrentar la crisis en la que Suna se hundía por culpa del Señor Feudal, había cometido traición al aliarse con Orochimaru y atacar Konoha, resultando en la muerte del Tercer Hokage, Hiruzen Sarutobi, y en la suya propia. Nunca antes alguna de las grandes Aldeas Ninja había visto su futuro tan comprometido, pues incluso el Daimyō del Viento votó por la desintegración de la Aldea después de su derrota, los llamó traidores, los llamó indignos.

Si Suna había sobrevivido aquel desastre fue porque el hijo mayor del Daimyō, Shisoku-sama, intervino a su favor y, con sus propios recursos, levantó a la Aldea otra vez. Además, gracias a su voto de confianza, Gaara fue elegido como el nuevo Kazekage.

Así pues, Shisoku-sama era, quizá, la persona más valorada entre los shinobis de la Arena; era el pilar que los sostenía. Pocos lo decían en voz alta, pero todos deseaban el momento en que Shisoku-sama sucediera a su padre y se convirtiera en Daimyō, ya que cuando ese día llegara, Suna podría respirar tranquila.

Y el día llegó. El Daimyō había muerto dos días atrás, ¿cómo? Aún no era claro; se corría el rumor de que Shisoku-sama lo había asesinado. ¿Les importaba a los aldeanos de Suna? No; lo único que les importaba era que ahora tenían un aliado como líder. Sólo importaba que los problemas se habían acabado. Eso ameritaba una gran fiesta.

Gaara dejó la taza de café a un lado y con ambas manos se sostuvo las sienes tratando de mitigar un poco el dolor de cabeza. Debía estar feliz por Suna y por el País del Viento; Shisoku-sama trabajó y luchó mucho en los últimos años para salvarlos y merecía ser el nuevo Daimyō. Y los shinobis también lo merecían a él.

Entonces alzó la vista al horizonte y vio un águila mensajera acercarse; un águila fuerte, grande y joven, de esas que portan las malas noticias.

Matsuri no fue a la fiesta ninguna de las dos noches; se había quedado encerrada en su casa, dando vueltas en la cama y gruñendo porque la música a todo volumen de las calles no la dejaba dormir y sólo aumentaba su mosqueo existencial.

Fue hasta eso de las cuatro de la madrugada que el pueblo se había cansado y había cesado el escándalo, pero ahora ya había amanecido y ella seguía sin conciliar el sueño. Resopló maldiciendo las persianas que dejaban que se colara la luz del sol justo en sus ojos.

No se sacaba de la cabeza que era el cumpleaños de Gaara. Toda la aldea lo iba a felicitar, ¿por qué no ella? Podría pretender demencia y fingir que después de tantos años aún no entendía que a Gaara no le entusiasmaban las felicitaciones de cumpleaños a pesar de que las aceptaba y agradecía.

Qué patética se sentía buscando excusas para acercársele. Quizá él ni siquiera querría verla. No; resopló y frunció el ceño; ella era la que no debería querer verlo. ¿Por qué Gaara tenía que ser Kazekage? ¿por qué tenía que llevar siempre ese porte frío, solemne e impenetrable? Ella jamás podría plantársele de frente y voltearle el rostro con una bofetada que es lo que haría de haberse enamorado de una persona normal.

Estaba enfadada por no ser capaz de enfadarse con él. Completamente al contrario; ardía de deseo por repetir ese único beso que se habían dado, que, aunque había sido tan corto y tan casto, había resultado como una adicción de la cual ya estaba sufriendo su abstinencia.

Se incorporó y suspiró profundamente, resignada a no poder dormir. Sentada, desde su cama, alcanzaba a mirarse al espejo; sus ojeras eran profundas y su piel estaba pálida, las marcas en su cuello, resultado de su última misión, aún eran embarazosamente visibles y la magulladura de su labio seguramente dejaría una cicatriz. Lo único bueno era que los golpes eran comunes en los shinobis por lo que nadie solía preguntar.

Quería partir el espejo en pedazos para dejar de verse a sí misma.

Giró el rostro y perdió los ojos en su mesita de noche, donde los chocolates que Gaara le había dado seguían descansando intactos. Un repentino enojo hizo que le cruzara la idea de tirarlos a la basura, pero de inmediato bufó una risa; jamás sería capaz de deshacerse de tan insignificante presente, ni siquiera había podido comerlos porque habían significado tanto para ella a pesar de ser tan triviales.

Tenía que ir a verlo. No tenía la fuerza para no estar cerca, la necesidad de su presencia la quemaba y la frustraba por igual. Su último encuentro había resultado fatal y aún así quería volver a acercarse; como una mariposa que no entiende que sus alas se queman cuando sobrevuela fuego.

La otra opción era jamás volver a salir de su casa en lo que le restaba de vida.

Estaba a punto de volver a recostarse cuando tocaron con firmeza a su puerta. Se levantó murmurando un par de maldiciones y fue a abrir, encontrándose con uno de los chūnin con los que solía hacer equipo.

–Alístate, Matsuri –dijo él muy rápido–, saldremos a una misión a Sanpuku en veinte minutos.

Matsuri chasqueó los dientes.

–Kazekage-sama me retiró de servicio –alegó ella tratando de librarse de la misión.

–No hay instrucciones especiales para ti –continuó encogiéndose de hombros– debes presentarte en la entrada de la Villa en quince minutos.

Quelaputamadre... –gruñó muy bajo para sí misma frunciendo el ceño; no quería salir de su encierro.

–Y date prisa –se dio la vuelta para marcharse–, Temari-san está que se la lleva el diablo.

El chūnin desapareció y Matsuri cerró de un portazo. Lanzó un suspiro largo, ahora se sentía aún más agotada de sólo pensar en que su líder estaba enfadada, seguramente por tener que salir a una misión justo el día del cumpleaños de su hermano.

Estuvo lista en instantes con el uniforme chūnin puesto y salió en dirección a la entrada de la Villa, llegando al mismo tiempo que otros shinobis. Temari y Kankurō estaban esperando con sus rostros contraídos en enojo y frustración.

Cuando todos los chūnin que llamaron estuvieron presentes, Kankurō habló sin rodeos:

–Shisoku-sama fue asesinado.

Los rostros de todos los ninjas palidecieron; no habían terminado aún de recoger los restos de la fiesta en honor a Shisoku-sama y su asenso a Daimyō; era demasiado bueno para ser verdad; Suna parecía condenada a estar siempre debajo de un halo de desgracia.

Matsuri se cubrió la boca con una mano mientras su pecho se encogía; esto era demasiado malo. Demasiado.

–Su cuerpo fue hallado hoy antes del amanecer –continuó Temari–. Parece ser que estaba desaparecido desde el día de la muerte del Daimyō, así que no sabemos con certeza cuando murió.

–Lo que significa, que será el hijo menor, Suekko-sama, el que ocupe el cargo de Daimyō –Kankurō se cruzó de brazos–, y como todos sabemos, ese sujeto desprecia a nuestra Villa tanto o más que su padre. Se acabó –escupió con rabia y sus palabras fueron inapropiadas para su rango–; sin Shisoku-sama nuestra Aldea esta acabada.

Los murmullos incrédulos se empezaron a alzar entre los presentes pero todos callaron de golpe cuando Gaara llegó de un salto frente a ellos, enfundado en su traje de pelea, con su mirada gélida y su porte imponente. Por inercia todos enderezaron su postura.

Con la respiración cortada, Matsuri lo observó con ansias, deseando que él siquiera la mirara, pero no lo hizo.

–Gaara-sensei... –masculló Matsuri luego de dudar un momento. Él le dirigió la mirada sin decir nada y se clavó en ella con tal fuerza que la hizo retroceder y retractarse de haber hablado.

Gaara supo que ella no diría más, así que dio media vuelta.

–¿Qué esperan? –dijo lanzando una mirada de reojo a sus hermanos y luego dando un salto para salir de la Aldea –Vamos.

Al momento, todos los demás shinobis le siguieron el paso y se dirigieron rumbo a Sanpuku, el hogar del Daimyō; si corrían a una buena velocidad, estarían allí en un par de horas.