Culpa

Veinte de enero

El veinte de enero, Gaara tenía presente en sus pensamientos a su madre debido a que era su aniversario luctuoso. También tenía presente a la anciana Chiyo, a quien no lo había remordido la conciencia por lo que le había hecho a él y a Suna sino hasta momentos antes de su muerte, cuando decidió dar su vida para que las nuevas generaciones fueran las que limpiaran a las aldeas ninjas de la maldad, el egoísmo y la corrupción.

Todos los habitantes del pequeño pueblo de Sanpuku, y algunos que habían llegado desde la Aldea de la Arena, se habían reunido desde el alba en la plaza principal, ansiosos por saber quién había sido el asesino de Shisoku-sama y más ansiosos aún por saber cuál sería su castigo.

De frente a todos ellos, estaba Suekko-sama, y a sus lados, erguidos e imponentes, los shinobis de Suna y de Konoha. Y en el suelo, a los pies del ahora Daimyō, uno de los ninjas renegados que habían sido capturados por Gaara días atrás, quien había sido traído desde Suna unas horas antes, elegido al azar, envenenado y agonizando.

–La muerte de mi padre y de mi hermano ha magullado mi alma de una manera que jamás nadie comprenderá...

Gaara mantenía la vista fija en el Menor y la atención en sus falsas palabras.

–...todos amábamos a mi hermano, era, sin duda, el mejor hombre que pudo haber pisado estas tierras, y el hecho de que ya no esté entre nosotros significa quizá una de las más grandes tragedias que embargarán a nuestro pequeño pueblo y una terrible pérdida para el País del Viento...

El pueblo asintió triste y furioso. Los ninjas permanecían impasibles y temibles, nadie era capaz de notar que el discurso en realidad no les causaba indiferencia.

–...él fue asesinado por uno de esos ninjas traidores que osaron entrar en nuestro pueblo hace algunos días...

Gaara tensó un poco las manos, sonaba tan ridículo todo...

–...pero gracias a el actuar tan efectivo de los shinobis de Suna y a las órdenes precisas de su Kazekage, fue posible detener y capturar a los enemigos y así evitar el derramamiento de más sangre...

Todas las miradas estaban de pronto puestas en Gaara y él se sintió realmente disgustado.

– ...reconozco que me equivoqué respecto a la Aldea de la Arena y que mi percepción de Kazekage-sama era errónea...

Disgustado e incluso ofendido.

–...con el corazón hecho pedazos debo asumir ahora el cargo de Daimyō...

Disgustado y ofendido, pero también, como muy pocas veces, con deseos de echarse a reír.

–...y también, haré mía la voluntad de mi hermano de fortalecer nuestro lazo con Suna para no permitir que decaiga, para que sea tan estable como lo fue años atrás y jamás deje se ser una de las grandes Aldeas Ninja...

Por el bien de Suna...

... Kazekage-sama, quiero expresar públicamente mi agradecimiento hacia usted y a partir de hoy, prometo reestablecer la economía y el presupuesto de la Aldea. La era de mi padre ha quedado en el pasado; Suna volverá a estar a la par de las otras grandes Villas.

La multitud aplaudió satisfecha y vitoreó a su nuevo Feudal, quien sonreía y les dedicaba una pequeña reverencia.

–Y por su puesto –continuó Suekko-sama volviendo a dirigirse a la gente– que el asesino de mi amado hermano recibirá su castigo más allá de la muerte.

La atención se dirigió en ese momento al ninja que yacía en el piso, paralizado por su sangre llena de veneno. Suekko-sama lo pateó con toda su fuerza para luego agacharse y tomarlo del cabello para levantarle la cara.

–¡Este asesino –gritó a la multitud– es el desgraciado que ha confesado que le quitó la vida a mi hermano! ¡También es culpable de hurto, homicidio y conspiración y sus crímenes se han extendido a lo largo y ancho del País del Viento!

Naruto dio un paso al frente para quedar al lado de Gaara

–¿Konoha también es así?– preguntó en un murmullo– Konoha es igual de mentirosa y corrupta, ¿verdad?

Gaara giró lentamente la cabeza hasta encontrar los ojos azules de su amigo

–Konoha es peor.

Naruto exhaló y soltó los hombros echando un paso atrás, odiaría tener que mentirle a la Aldea de la Hoja cuando el se convirtiera en el Hokage, ¿pero que tal si lo dejaban sin opciones y encerrado entre la espada y la pared? Quizá ni siquiera él tendría la fuerza para cambiar las cosas. Alzó la cabeza y se perdió de sus pensamientos cuando el Menor volvió a hablar:

–¿Pero para qué lamentarnos por lo que ya está hecho? Debemos alegrarnos de que finalmente, a pesar de todo, las cosas han resultado bien para todos, es por eso, que los invito a dirigirnos ahora a Suna para celebrar, en primera, el acuerdo al que he llegado con ella para que se vuelva a levantar como la gran potencia ninja que es, en segunda, porque varios ninjas peligrosos del libro Bingo han sido capturados, y por último, pero no menos importante, el cumpleaños de nuestro Kazekage, que fue el día de ayer, pero lamentablemente por las circunstancias no pudo ser celebrado de la manera debida.

De nuevo todas las miradas estaban puestas en Gaara, pero él siguió sin decir nada, aunque tenía ganas de voltear la cabeza e ignorarlos a todos.

–Alegrémonos –prosiguió el Menor– hagámoslo por mi hermano; él odiaba la tristeza y las caras largas, él no desearía que estuviéramos tristes por él.

Le gente aplaudió, estaba feliz con el resultado, metieron a aquel ninja renegado en una jaula, que permanecería en el vía pública hasta que muriera a causa del veneno y todos pudieran complacerse al observar su merecida y lenta muerte.

Después, la mayoría se enfiló fuera del pueblo para ir a Suna; al frente de la caravana, el nuevo Daimyō, saludando y sonriéndole a la gente, mientras que los ninjas prefirieron quedarse hasta atrás.

–Estamos caminando muy lento– se quejó Naruto luego de unos cuantos pasos en la arena.

–No te quejes Naruto– lo regañó Sakura– debemos ir al paso de la gente.

–Yo también pienso que vamos muy lento– se unió Chouji a la queja– llevo desde el día de ayer deseando ir a Suna, sólo vine por el sazón salado que tiene la comida del desierto.

–¡Comida del desierto!– exclamó Ino con una sonrisa– eso me recuerda... –se echó a correr hasta alcanzar a Kankurō– ¡Eh, Kankurō-kun! ¿Qué harás hoy en la noche?

Kankurō se quedó en silencio observándola con una ceja enarcada, consternado por lo confianzuda que era.

–Supongo que estaré bebiendo en la fiesta.

–Tengo una mejor idea –dijo ella– ¿qué te parece si te invito a cenar?

–Pues... –el marionetista observó de reojo a su hermana– está bien.

Ino lanzó un chillido de emoción y aplaudió sonriente. Temari observó a Shikamaru con el ceño fruncido.

–Ignórala– dijo Shikamaru con las manos en los bolsillos y los ojos cerrados.

Temari sonrió, ella después de todo estaba feliz y aliviada de que las cosas se hubieran arreglado; había sentido realmente la ruina sobre su Aldea el día anterior, pero ahora se encontraba relajada, incluso con ánimos para la fiesta.

–Gracias por todo –sonrió la jōnin.

–Las aldeas aliadas estamos para ayudarnos, no para hundirnos entre nosotros –suspiró con fastidio–. Cuando hacemos misiones en una aldea aliada, debemos obedecer todas las órdenes de su Kage, a menos que vayan en contra del nuestro, lo que quiero decir, es que ya que nuestros aliados son prioridad, jamás ponemos los intereses de los Feudales sobre los de ellos.

–¡Hey, Shikamaru! –gritó Ino quien ya estaba colgada del brazo de Kankurō– Déjate de tanto blabla, mejor admite que tu verdadera intención es hacer buenas migas con los hermanos de Temari-san, sobre todo si uno de ellos tiene el poder político para mandarte asesinar si pisas el País del Viento sin la necesidad de excusas.

Temari sonrió y agachó un poco la mirada

–¡Shikamaru! –gritó Naruto un poco más atrás de él– ¡¿Acaso te gusta la hermana de Gaara?! ¡Ella es bonita!

Sakura le dio un manotazo a Naruto en la nuca. Shikamaru se golpeó la frente con la palma, e Ino estalló en una carcajada.

Atrás de todos, Gaara caminaba lento al lado de Matsuri. La joven observaba sonriendo lo que ocurría adelante

–Tus hermanos se notan felices.

Gaara asintió.

–Lo están. Todo ha salido... bien.

Matsuri sonrió un poco aunque con amargura, se sentía culpable de todo lo que había pasado y se preguntaba una y otra vez qué hubiera pasado si las cosas hubieran sido diferentes.

Caminaron la mayor parte del día. A excepción de Gaara y Matsuri, todos iban riendo y bromeando, incluso Kankurō y Temari, quienes solían ser más reservados y serios, estaban realmente animados.

Al llegar a Suna, ya los estaba esperando la fiesta; comida música y ruido y lo peor, duraría hasta la madrugada.

–Ven conmigo –le susurró Gaara a Matsuri, ella asintió y lo siguió hasta el cementerio, donde afortunadamente, el ruido apenas llegaba y se podía estar en paz.

Ella observó en silencio las tumbas y no quiso decir nada hasta que Gaara volviera a hablar.

–Hace dieciocho años mi madre fue enterrada aquí –dijo en voz baja llegando a una lápida– seguramente mis hermanos también vendrán en un momento –él caminó unas tumbas más, hasta la tumba de la anciana Chiyo y guardó silencio un rato antes de seguir– la anciana Chiyo deseó al final de su vida que Suna cambiara, que no fuera la aldea corrupta que solía ser, sin embargo lo sigue siendo... No tengo la fuerza para cambiarla.

–Gaara... –mustió Matsuri, triste de oír aquello– realmente lo siento, si yo no hubiera...

–Para serte franco –interrumpió él–, no quiero volver a hablar de ello.

Matsuri frunció los labios entendiendo perfectamente y asintió. Ella tampoco quería recordarlo.

Ambos voltearon de pronto al sentir la presencia del Menor acercarse a ellos y aguardaron sin decir nada hasta que él llegó con su paso lento frente a ellos.

–Kazekage-sama –dijo a modo de saludo con un semblante serio. Gaara no contestó– Supongo que estás satisfecho con el resultado de esto; todo transcurrió como si hubiera sido meticulosamente calculado –detuvo sus pasos a poca distancia de ellos y como Gaara seguía sin contestar, el nuevo Daimyō fue al grano–. ¿Sabes qué creo? Creo que fue un shinobi de Suna bajo tus ordenes quién asesino a mi hermano –bufó una risa–, de hecho, creo que fuiste tú.

Los ojos de Matsuri se abrieron en sorpresa. Gaara ni siquiera varió su expresión.

–Mi padre, mi hermano y yo cometimos el error de subestimarte –continuó–; nunca debimos olvidar que eres un asesino falto de piedad. Nadie debería olvidarlo.

Matsuri apretó los dientes y tuvo la intención de intervenir, pero Gaara la detuvo con apenas un leve movimiento de su mano.

–Mis disculpas hacia ti son sinceras, Kazekage-sama; no me atreveré a desafiarte, trabajaremos juntos de hoy en adelante para fortalecer a Suna. Como dije, la era de mi padre ya ha quedado atrás y la gente esta satisfecha con la justicia impartida.

Justicia.

No, no había habido justicia, nunca la habría.

¿Pero qué era justo? ¿Era justo que toda una Aldea sufriera las consecuencias de los errores de su joven líder? ¿No lo justo es que sean felices? ¿Que vivan tranquilos? ¿Que vivan sin miedo?

–Gaara-sama –dijo el Daimyō haciendo una reverencia de despedida–, señorita.

Se retiró sin más palabras, dejando el ambiente pesado y tenso. La temperatura empezaba a descender rápidamente a la par del anochecer.

–¿Gaara? –Matsuri buscó sus ojos, preguntando con su expresión si estaba bien.

–Todo estará bien ahora –dijo aún mirando en la dirección que el otro había desaparecido–; él cooperará y levantará a Suna –giró su rostro hacia ella– porque me tiene miedo.

Matsuri negó con un breve movimiento y su rostro se contrajo en indignación y tristeza; ella sabía muy bien que Gaara había sufrido por muchos años porque todo lo que veía eran ojos de temor y odio, sabía todo lo que él había luchado para que el mundo lo tratara con genuino respeto en vez de con miedo, sabía que le estaba lastimando en ese mismo momento haber salvado a Suna a base de que nuevo Daimyō se aterraba ante la idea de ser asesinado.

–Él tiene razón –Gaara hablaba con ese tono de voz que sonaba a experiencia y sabiduría a pesar de su juventud–, el odio y el temor hacia mí jamás se desvanecerán por completo, he cometido muchos crímenes y este fue uno de ellos y no puedo prometer no volver a tropezar –hizo una pausa y la miró intensamente– ¿aún así vendrás conmigo?

Matsuri, sin atisbo de duda, asintió con firmeza.

El gesto de Gaara se suavizó en alivio y dulzura, entonces la rodeó con sus brazos y posó sus labios largamente en su frente.

–Vamos –dijo él apenas separándose un poco de su rostro–, tenemos que hacer acto de presencia en la fiesta.

Ella sonrió asintiendo, recargó su cabeza en su pecho y caminó a su lado, segura de que a partir de ese momento, jamás dejaría de caminar junto a él.

FIN

¿Notas finales de autora? No hay! No soy buena para las notas. Gracias a los que leyeron y llegaron al final :)