Illuso

Solía pensar que la mejor parte de sí misma era el Huracán Rojo, con su espada en contra de todo aquel que no tuviera moral alguna a la hora de torturar a los habitantes de Neo Verona que carecían de un título nobiliario. Entonces vio el dolor en los ojos de la multitud que perdería padres, esposos e hijos queridos por culpa de una resolución que fue tomada como un juego, esa vez en que robó unos disfraces de Willy para salir a darles una lección a unos cobradores de impuestos abusivos. Creyó que no podía odiarse a sí misma más, aunque era más Odín decepcionado de su falta de hombría (imaginaria o no) que Julieta con su vestido que jamás había sido tal más que a los ojos de Cordelia y Romeo, salvando el día de su cumpleaños, la piedra cubierta por lluvia, ese mandato que le obligaría algún día a teñirse las manos con la sangre de su amado. Y el doctor que tan dulce fue siempre al tratar sus heridas, se inmoló en una pira deseando que ella (la menos adecuada para semejante trabajo) le diera un futuro a esa ciudad sumida en tinieblas. Entonces quiso morir, porque siempre que se necesite un líder aparece de la nada y ella no tenía hijos ni esposa a la cuales mantener, ni miles de pacientes sin dinero a los cuales tratar.