Los personajes que todos reconoceréis son de J. K. Rowling, los que no os suenen de nada, son míos XD


Él, que me hizo comprender el bien y el mal

Capítulo 1 – La exclusiva

La joven que está sentada frente a mí – la llamo joven y me siento como si yo fuera una anciana aunque en realidad sólo es unos ocho años menor que yo, pero ella tiene un aire infantil en su mirada, mientras que a mí el dolor me ha añadido algunas arrugas que revelan mi edad despiadadamente – tiene un aire plácido e inocente que invita a la confidencia, no es de extrañar que la hayan enviado a ella para entrevistarme, ya que, por lo que sé, no acostumbra a trabajar en la revista de su padre.

-No, no trabajo para la revista – me confirma –. En ocasiones contribuyo con algún artículo si he encontrado algo de interés para los lectores, pero normalmente me dedico sólo a labores de investigación.

Su voz es alegre y cantarina como un riachuelo en primavera, muy acorde con su físico.

-Quisiera agradecerle que nos haya concedido esta oportunidad – dice mirando a todos lados, dejándose llevar por la curiosidad de hallarse en la famosa casa de la que todos hablan estos días – y, sobretodo, teniendo en cuenta que no le pagaremos nada por el reportaje en exclusiva que nos ofrecerá.

Oír a esta criatura hablar de algo tan terrenal como el dinero es como romper la belleza de un paisaje construyendo una torre de alta tensión muggle. Decido ahorrarle la desventura de seguir con el tema interviniendo yo – después de todo, estoy segura de que le han pedido que me lo recuerde por si acaso estoy mal informada.

-No es necesario que me lo agradezca, señorita Lovegood. Prefiero contar mi historia a vuestra revista, aunque no sea un medio de información convencional, antes que a esa sucia alimaña de Rita Skeeter o sus colegas de redacción. Si puedo evitarlo no me acerco a ellos a menos de un kilómetro. No después de esa basura que ha escrito y tiene la desfachatez de llamar "libro". Jamás, después de los numerosos artículos falsos y difamatorios que ha publicado su diario. Y por otro lado le aseguro que aunque su revista me ofreciera dinero por esta entrevista, no lo aceptaría. Si la he convocado hoy no ha sido para lucrarme, mi único deseo es hacer justicia a la memoria de Severus Snape, que ha sido vilipendiado de manera mezquina. Desde que murió los periodistas carroñeros han estado desgranando su vida como si fuera una novela por entregas, mezclando muchas mentiras con pocas verdades, y distorsionando de esta manera la imagen real del hombre que él fue en realidad. Quiero hacer pública la verdad y desmentir de una vez las infaustas y dolorosas calumnias que se han estado diciendo sobre él desde el día de su muerte.

Me mira satisfecha con mi respuesta. El oro del cabello de la joven brilla tanto como sus clarísimos ojos azules, que tienen además un aire ausente: es como si toda su atención estuviera puesta en mí, y al mismo tiempo, su mente se hallara a kilómetros de distancia.

Sonríe levemente y su sonrisa es contagiosa, una sonrisa dulce e ingenua que obliga a mis labios a curvarse también, desposeyéndome momentáneamente del control sobre los mismos. De pronto, su voz suave y casi mística me saca de mi puntual abstracción.

-Así que ese es el motivo por el que usted desea explicar su historia ahora, después de tanto tiempo.

No es una pregunta, pero necesito ampliar mi respuesta anterior.

-Ese es uno. El otro es que desde que hace tiempo se hizo público el contenido del testamento de Severus (cosa que, por cierto, debería haberse mantenido en secreto pero alguien lo filtró a la prensa, deduzco que consiguiendo pingües beneficios con ello) no he parado de recibir un desfile de periodistas y curiosos rondando mi casa día tras día, y quiero acabar con todo esto de una vez.

-Con "su casa", ¿se refiere a la casa de Severus Snape?

Ni su voz ni su rostro reflejan malicia por eso no me molesto ante la pregunta, sólo pretende aclarar la cuestión para el futuro lector del reportaje.

-Sí, la casa que él y yo compartimos durante muchos años y que ahora es mía por derecho.

La joven asiente en silencio.

-Le explicaré todo desde el principio – aseguro –. No quiero aburrirla con mi historia, pues no es de interés para nadie, pero hay algunas cosas que sí debo explicar para que se comprenda a fondo la naturaleza de mi relación con Severus. Al fin y al cabo es de lo que se trata, ¿no? – Me mira intensamente, pero no dice nada –. Desde que se supo que él me lo había dejado todo a mí, una desconocida, todos se han interesado en saber quién soy y qué importancia podía tener para él, cuando nadie sabía que mantuviéramos una relación de ningún tipo. Se han llegado a decir monstruosidades sobre Severus que espero no tener que volver a desmentir a partir de hoy, aunque supongo que eso es una quimera – miro mi falda negra, a juego con la blusa también negra que llevo, es mi particular homenaje a ese hombre que marcó mi vida y al que no olvidaré jamás: ya no volveré a vestir otro color –. Él nunca abusó de mí, y menos aún cuando era niña. Si a alguien hay que culpar de nuestra relación es sólo a mí. Yo siempre había visto a ese hombre (cuando le conocí todavía era sólo un muchacho) taciturno y discreto entrar y salir de su casa, que estaba justo al lado de la mía, y me preguntaba por qué estaría siempre tan serio, si sería acaso por un motivo similar a los míos.

Mi familia, por llamarla de alguna manera, era la típica familia desestructurada. Mis padres eran ambos alcohólicos. Supongo que ser squib en una familia de magos de sangre pura puede ser motivo suficiente para amargarte de por vida, y tanto mi padre como mi madre lo eran. Se conocieron y decidieron soportar su amargura en compañía, y más o menos se mantuvieron a flote hasta que nací yo y con tan sólo un año empecé a dar muestras de poseer magia. Eso fue demasiado para mi padre, que empezó a hacerse amigo de la botella y se volvió violento. Mi madre – aunque ser una squib no la había hundido tanto como a él – no encontró otra manera de enfrentar las palizas del hombre que bebiendo también, y eso me dejaba a mí, por lo general, llorando sola en el suelo en medio de una pelea de los dos, con objetos volando de un lado para otro por encima de mi cabeza y gritos, insultos y llantos como banda sonora. Mi querido padre había enviado a mi madre más de una vez al hospital con varios huesos rotos y suficientes hematomas y heridas como para batir cualquier récord.Cuando crecí un poco y ya llegaba al pomo de la puerta de la calle encontré mi salvación saliendo de la casa cada vez que se avecinaba tormenta. Me sentaba en el escalón de la entrada, apoyando los codos en las rodillas y la barbilla en las manos, y esperaba a que los gritos y los golpes hubieran cesado. Ese era mi medio de supervivencia, ya que desde que había empezado a andar y hablar, mi padre había logrado vencer la repulsión que yo le provocaba y que hasta entonces le había impulsado a evitarme, y los golpes no sólo le caían a mi madre sino que también se escapaban con frecuencia en mi dirección. Soy consciente de que todo era fruto de la envidia que sentía porque yo poseía magia y él no, pero eso – el que hubiera una razón para ello – no me sirve de consuelo, ni ahora, ni mucho menos antes.

Allí sentada en mi escalón le ví a él por primera vez. Yo debía tener unos seis años, estaba en mi postura habitual y miraba al vacío sin pensar en nada cuando una figura oscura y delgada se acercó hasta donde yo estaba sentada, sólo que no venía hacia mí sino hacia la puerta que estaba al lado de la mía. El joven caminaba mirándose el antebrazo izquierdo, que tenía arremangado, y su largo cabello negro le cubría completamente la cara. Se paró junto a la puerta y de repente pareció sentir mi mirada puesta en él, porque desvió la vista y me inspeccionó en silencio. Con este movimiento, logré ver su antebrazo y ví una marca oscura que resaltaba en su blanquísima piel, aunque no logré discernir qué era. Me miró con una expresión que no supe interpretar, entonces me arremangué yo misma las mangas y le enseñé mis dos brazos llenos de moratones. Él me miró sin inmutarse, y sin decir nada, se bajó la manga y entró en su casa.

Desde entonces le ví en varias ocasiones entrar y salir, siempre solo. Supe que había estado estudiando en un colegio muy lejos de allí y por eso no le había visto nunca con anterioridad, y también que sus padres no hacía mucho que habían muerto. Primero la madre, y después el padre. Estas cosas las contaban los chiquillos de la calle, con los que yo no me relacionaba porque eran mayores que yo y si me acercaba a ellos me pegaban, pero cada vez que él aparecía por allí dejaba un reguero de rumores tras de sí.

-Dicen que es un tío raro – comentó un día un niño de unos nueve años, con la cara llena de pecas.

-No hace falta que lo diga nadie, es evidente – replicó otro, algo más mayor que el primero –, siempre está solo, y viste con esas ropas tan extrañas.

-Mi madre me ha contado que cuando era pequeño siempre iba con ropas demasiado grandes y muy desgastadas porque no tenían dinero – terció otro más –. Y he oído que ahora que vive solo hay gente que le ha visto vestido con unas túnicas negras muy raras.

Este comentario de las túnicas me hizo pensar que quizá se tratara de un mago. No es que yo hubiera tenido relación con ninguno, pero en la vieja caja de zapatos que contenía las escasas fotografías familiares había visto alguna foto de mis abuelos – a los que yo no había conocido – en la que vestían ese tipo de túnicas.

-Así que es de los míos – pensé, contenta sin saber muy bien por qué –. Pero de hecho yo nunca había visto a mi vecino vestir así, siempre que salía a la calle iba con traje y camisa negros.

Desde entonces, siempre que le veía intentaba sonreír al joven vecino, quién por lo general no solía dedicarme ni un vistazo, y cada vez que cerraba la puerta sin mirarme yo me sentía muy decepcionada. Pensé que quizá se debía a mi apariencia, siempre tenía la cara y las ropas sucias y arrugadas y el cabello revuelto, así que la siguiente vez que le ví girar la esquina de la calle me escupí en las manos para quitarme las manchas de la cara y aplastarme el pelo sobre la cabeza. No es que fuera la mejor forma de higiene pero yo no lo sabía. Me arreglé de esta manera mientras él se acercaba y compuse mi mejor sonrisa – que, desgraciadamente no era mucho decir, porque en esa época me faltaban los dos incisivos frontales y mi sonrisa era bastante deprimente – cuando llegó a mi altura. Ése día hubo suerte y me miró, pero no ví más que indiferencia en su rostro, que desvió enseguida para encarar la puerta y entrar en su casa.

Aún así no me desanimé. Encontré un coletero en la calle, y decidí que si me recogía el cabello en una coleta estaría más presentable, pero yo no sabía hacerlo así que tuve que pedírselo a mi madre, que estaba borracha, como siempre, y me dejó bultos de pelo por toda la cabeza, aunque al menos la cola estaba bien sujeta.

Ese día no apareció, ni tampoco los tres siguientes. Dormí cada noche con el coletero puesto, decidida a aguantar todo el tiempo posible con él puesto para no tener que pedirle a mi madre que me lo volviera a poner, pero a medida que pasaban las noches, el peinado se iba deshaciendo más y más.

Al cuarto día, sin embargo, volvió a aparecer mi vecino. Procedí con mi ritual de limpieza y le obsequié con la mayor de las sonrisas, inconsciente de que mi cabello era una auténtica escultura al caos, una maraña de color castaño oscuro regada de mechones sueltos por todos lados. Esta vez, su mirada se entretuvo unos segundos más en mí, suficientes para que sus labios esbozaran una sonrisa que borró la mía de inmediato. Estaba cargada de burla y desprecio. Yo comprendía a la perfección esas sonrisas porque eran las mismas que mi padre me dedicaba siempre y a partir de ese día dejé de sonreír al desconocido, tan solo le observaba en su ir y venir ocasional, pero sin ningún intento de atraer su atención. Me quité la estúpida coleta y tiré el coletero al suelo, de donde lo había recogido.

Aproximadamente un año más tarde sucedió algo que lo cambió todo. Escondida en un rincón del armario de mis padres – que yo estaba inspeccionando por curiosidad, aprovechando que mis dos progenitores estaban durmiendo la mona – encontré una varita que al instante reconocí como mágica, ya que en la foto de mis abuelos ambos sostenían una parecida.

Me pareció un hallazgo increíble, y comencé a jugar con ella por toda la casa, incapaz de hacer magia de verdad, claro está, ya que no conocía aún ningún hechizo, pero arrancándole miles de chispas de colores a la punta. Sin darme cuenta de lo que hacía empecé a reír mientras jugaba, lo que despertó a mi padre que al verme con la varita se volvió loco de rabia y me propinó una descomunal paliza. Mi madre se despertó y se enfrentó a él y los dos se enzarzaron en una terrible discusión. Mi padre le echó en cara que no hubiera roto la varita cuando debía; ella contestó que sólo era una estúpida varita de juguete de cuando era niña; él dijo que eso daba lo mismo, que una varita era una varita, aunque su poder, al ser un juguete, fuese mínimo; y por último mi madre le soltó que lo que le corroía por dentro era que una cría pequeña con una varita de juguete tuviera más magia que él. Esto fue la gota que colmó el vaso para mi padre. Se quitó el cinturón y empezó a perseguir a mi madre por toda la casa con los ojos inyectados en sangre y una expresión enajenada que no había visto nunca antes. Yo estaba muerta de miedo, y empecé a retroceder hasta que choqué con la pared y me quedé allí congelada, con los ojos completamente abiertos por el pánico y casi sin respirar. Mi padre alcanzó al fin a mi madre y la golpeó una y otra y otra y mil veces más, ella cayó al suelo y él siguió golpeando, añadiendo al cinturón las fuertes patadas que le propinaba con el pie en el estómago y en la cara, y un charco de sangre empezó a extenderse por todo el embaldosado del salón. Cuando al final él se detuvo mi madre yacía inmóvil en el suelo, sólo entonces mi padre soltó el cinturón y se dejó caer en el sofá, resollando.

Yo temblaba de la cabeza a los pies y, avanzando de lado, sin despegarme de la pared que tenía a la espalda, llegué hasta la puerta, la abrí y salí de allí de un salto para llamar frenéticamente a la puerta de al lado, deseando con todas mis fuerzas que mi vecino estuviese allí.

Por fortuna sí estaba, abrió la puerta y yo me arrojé hacia él abrazándome a su cintura con desesperación y empecé a llorar pegada a él. Supongo que debía haber escuchado los gritos desde su casa porque no se mostró sorprendido de verme. Me dejó llorar un rato y después me despegó de él y se dirigió a mi casa, y yo le seguí sujetando la parte de atrás de su camisa negra con una mano, pero cuando traspasó el umbral me solté, porque no quería volver a entrar allí. El joven fue hasta mi madre, se arrodilló a su lado y comprobó sus signos vitales, mi padre miró toda la escena echado en el sofá, sin inmutarse. Severus se acercó a mí de nuevo, echando una mirada de profundo desprecio al hombre mientras se desplazaba, me puso la mano en el hombro, y me condujo afuera a esperar a que vinieran la policía y la ambulancia, que no tardaron en aparecer. La policía se llevó a mi padre a la cárcel (de la que eventualmente el Ministerio de Magia encontraría la manera de sacarle para llevarle a Azkaban) y la ambulancia se llevó a mi madre envuelta en una bolsa negra de plástico. No volví a entrar en esa casa hasta muchos años después.

Recordar las desgracias de mi más tierna infancia ha traído un regusto amargo a mi boca. Me acomodo las gafas sobre el puente de la nariz y me echo el pelo hacia atrás con las manos para despejar esa sensación, luego vuelvo a mirar a la joven que está frente a mí.

-¿Necesita algo, señorita Lovegood? – La he visto removerse inquieta el último par de minutos.

-Oh, no, no es nada. És solo que me he dejado el spray anti polillas de éter, y hay una por aquí revoloteando cerca de mi oído.

La miro impasible. En realidad, eso no es ni remotamente lo más raro que he oído en mi vida así que no me ha impresionado demasiado.

-¿Quiere un té? – Propongo.

-No, gracias. Quizás más tarde.

-Como quiera.

Lovegood vuelve a sujetar su pluma que había dejado sobre su regazo. No es que suponga mucha diferencia, ya que, por lo que he visto, sólo con posar un instante la pluma sobre el trozo de pergamino que lleva, las palabras que yo pronuncio se empiezan a transcribir solas sin necesidad de mayor intervención por su parte.

-Ese pergamino-grabador que tiene usted es muy interesante, señorita.

-Gracias – sonríe, y yo le correspondo –, lo adquirí en Sortilegios Weasley. No sólo tienen artículos de broma.

-Lo sé, conozco la tienda.

-En cuanto lo ví me pareció una herramienta más agradable que las vuelaplumas que usa Rita Skeeter.

-Agradezco su decisión, la verdad. No soporto las vuelaplumas.

-¿Decía usted que desde entonces no volvió a entrar en su casa?

-Efectivamente, no volví a pisarla hasta muchos años después, pero ya llegaremos a eso. El caso es que Severus me hizo entrar en su casa y me sentó en el sofá. Yo ya había dejado de llorar y estaba en estado de shock.

Él no pronunció una sola palabra en todo el tiempo y se paseaba como un tigre enjaulado, dando vueltas por todo el salón, esperando a que llegaran los servicios sociales, ya que la policía le había dicho que no tardarían en presentarse para recogerme.

Al final llegaron. Dos mujeres muy sonrientes y maternales se presentaron en la puerta del joven reclamándome para llevarme al orfanato, ya que yo no tenía más familia. Todos mis abuelos habían muerto hacía ya tiempo, mucho antes de que yo naciera. Una de las dos asistentas sociales se adelantó y se acercó a mí con los brazos abiertos, yo me levanté y la esquivé para acercarme corriendo al joven, que me miró asombrado, y me abracé a él de nuevo tan fuerte como pude. Él no correspondió a mi abrazo, pero tampoco me apartó.

La mujer lo volvió a intentar, me cogió de las manos y empezó a estirar de ellas, con fuerza cada vez mayor, hasta hacerme daño de verdad, pero yo no me soltaba. Pidió ayuda a su compañera y entre las dos consiguieron despegarme del hombre y empezaron a arrastrarme hasta la puerta, pero yo empecé a sacudir piernas y brazos frenéticamente, pataleando, mordiendo, arañando, y utilizando todas las armas a mi alcance para defenderme. Mi furia se desató hasta tal punto que mi magia se desbocó totalmente.

Todos los objetos de la habitación que no estaban sujetos a las paredes o al suelo comenzaron a volar a nuestro alrededor en un torbellino y se fueron estrellando por todos lados, algunos golpeando a las asistentas sociales a su paso. Ellas entraron en pánico y Severus contempló la escena boquiabierto porque él todavía no sabía que yo era una bruja. Todo lo que era susceptible de romperse, se rompió, y el torbellino no cesó hasta que Severus me apartó de las dos mujeres y me dejó abrazarme a su cintura de nuevo.

El joven Severus suspiró, dándose cuenta ya entonces de que no le iba a resultar tan fácil librarse de mí. Murmuró un sencillo "reparo" y todo volvió a su sitio, intacto, después lanzó un "obliviate" a las asistentas sociales y las hizo volver por donde habían venido, sin mí.

No me preguntó nada, ni siquiera mi nombre. Tampoco dijo el suyo. Supongo que no quería crear una sensación de falsa intimidad entre nosotros cuando su intención era deshacerse de mí cuanto antes.

-No tienes más familia – afirmó.

Yo negué con la cabeza.

-Ni amigos de la familia.

Negué de nuevo.

-Eres una bruja – de nuevo no era una pregunta.

-Sí – confirmé, algo más animada, ese tema me gustaba más.

-No sabía que tus padres fuesen magos.

-No lo son… no lo eran… ella, ni él tampoco.

Asintió una sola vez, con sequedad.

-Mis abuelos sí – añadí, yo todavía no conocía el término "squib" –, y tú también.

Ignoró mi apostilla.

-¿Dónde están tus abuelos? – Al fin una pregunta.

-Muertos.

-¿Todos?

Asentí. Después de esto, se sentó en una butaca enfrente de mí y se quedó observándome largo rato en silencio, como si yo fuera un complicado enigma que hubiera que resolver. Al principio le sostuve la mirada, pero al cabo de un rato me empecé a aburrir y comencé a examinar lo que había a mi alrededor.

Me gustaba esa casa. Quiero decir, sí, era oscura y fría, los muebles estaban viejos y desgastados y resultaba algo deprimente, pero tenía personalidad, y era completamente diferente a la mía. Las paredes estaban repletas de libros – en mi casa no había uno siquiera – y todos los muebles eran de madera en su color natural, no como en mi casa, donde todo el mobiliario, incluso la mesa de centro y hasta el papel de las paredes era gris, y las pocas estanterías que había para sostener algún jarrón esporádico y otros objetos decorativos, eran metálicas. Y lo más importante de todo, lo que más me gustaba de esa casa, era que no olía a alcohol. En fin, todo lo que no se pareciera a dónde había vivido los primeros siete años de mi vida me resultaba en aquel momento maravilloso.

En determinado momento, el hombre volvió a hablar, puede que hubiera pasado una hora o incluso más desde que se había sentado a observarme.

-No puedo cuidar de ti – dijo.

Yo lo entendía, claro, pero no por eso dejé de sentirme decepcionada y agaché la cabeza.

-No quiero ir a un orfanato – murmuré simplemente.

Él se encogió de hombros, eso no era cosa suya.

-No puedes quedarte aquí – insistió, como si no hubiera entendido lo que quería decir la primera vez.

-¿Puedo quedarme hoy? – Pregunté con timidez.

Empezó a negar lentamente con la cabeza, pero se detuvo y en vez de contestar, preguntó:

-¿Por qué no te vas a tu casa?

Abrí mucho los ojos, asustada.

-¡No quiero volver ahí!

Suspiró.

-Está bien, puedes quedarte hoy, pero nada más.

Esbocé una sonrisa de alivio a la que él no correspondió sino que me miró huraño y dijo:

-No quiero correteos por la casa, ni saltos, ni gritos, ni risas estúpidas. Tampoco quiero que toques nada, y si puedes mantener la boca cerrada, mejor que mejor.

Yo ya había aprendido a ser silenciosa y pasar desapercibida, porque, por mi experiencia, no serlo equivalía a atraer sobre mí la indeseada atención de mi padre y eso siempre me traía problemas, así que asentí ampliando mi sonrisa un poco más.

Severus suspiró de nuevo, resignado, y me preguntó si necesitaba que recogiera algo de mi casa, le dije que no. Entonces salió del salón y me dejó allí sentada durante un rato y cuando volvió traía dos platos con algo de comida que había preparado para cenar. Me alargó uno y él se quedó con el otro. Comimos en silencio y después él se llevó los platos y anunció que era hora de ir a dormir.

Me levanté del sillón y la varita de juguete se cayó al suelo. No me acordaba siquiera de que la tenía, así que me sorprendí al verla, la recogí y la levanté, haciendo saltar alegres chispas verdes de la punta. Cuando miré a Severus él me estaba observando con expresión extraña, pero no dijo nada.

Me guió escaleras arriba hasta un pequeño dormitorio al fondo del pasillo.

-Ese es el baño – dijo, señalando a la puerta contigua – y ésta, tu habitación. Si necesitas alguna cosa… bueno, mejor que no necesites nada – concluyó.

Había dos puertas más, pero él no dijo nada acerca de ellas. Entré en el cuarto y él cerró tras de mí.