compartiendo un té se quedaron todo el día, desahogandose de sus temores y anelos propios y en común. Sus manos aunque fuertes en el arte de la guerra como lo decretó alguna vez SunTzu, eran delicadas y agraciadas -todo gracias a la manicura, un rey nunca debe llevar las manos, ni mucho menos las uñas sucias- sus caricias siempre infinitos retasos de ceda suave para la piel de la mujer que tantas veces le robó el aliento. Pero el encanto terminó cuando pronunció aquellas palabras -Enki lo acepta?- se sintió caer a un abismo sin fondo del que nunca habrá retorno -aún no lo sé, lucero mío
-ay, por favor... yo no alumbro
-cariño mío?
-ah... muy flojo
-dulzura?
-y...uh
-mi curruscuscus
-mi jalajala- exclamo ella entre risas
-mi venga pa'ca- se levantó de la silla para abrazarla pero ella se escapó y comenzó a perseguirla por los 30 metros cuadrados de la casa hasta que calleron juntos en el futón. Eran demasiadas emociones desbordadas en un solo día, demasiada energía reprimida por ambas partes y el tiempo demasiado corto y las consecuencias demasiado peligrosas para el reino, para Enki y para los dos. Debían acabar con esta locura pero no tenían fuerza para nada, solo para amarse con desesperada ternura y mucha pasión.

La noche llegó al fin. Él estudiaba cada hebra ensortijada y erizada como si fuera algo antinatural, jamás había visto un cabello así, jamás había visto una persona con tanta dignidad como una de cabello ondulado; llevarlo así, a pesar de las habladurías de la gente. Para él, solo era eso, la bravura del mar ennegrecido en las noches y hermoso en el día. Con ella siempre se sintió como flotando en el mar de las nubes, era un aliciente, necesitaba de ella. Ella dormía, acurrucada en su costado, respirando apaciblemente, esperando que todo siguiera tal y como estaba, que no hubiese cambios por su imprudencia. Era imprudente y demasiado ansiosa. Pero así sobrevivió. Aprendió a sobrevivir cada día, cada mes, cada año. Todo porque no quería morir, no quería ser la pobre víctima.

Al amanecer se fue, como un amante bandido, como un consuelo efímero. Ella sabía que no podía detenerlo, debía seguir con su vida, en otro momento se verían. Sabía que al menos antes de morir.

La tienda abarrotada de clientes y telas venidas de todas partes de la región. No le quedaba, gracias a Dios todopoderoso e inconmensurable, tiempo para pensar en él.
Él por su parte, jamás dejó de concentrarse en su trabajo, tenía la mente despierta ágil. Todas las ideas estaban ahí en su mente, recordando cada palabra, cada consejo. Todo estaba lléndose solo, pero con precaución. Enki, estupefacto, no reconocía a la persona que estaba ahí sentada, escuchando atentamente cada palabra del visantino discurso de uno de sus ministros. No era el típico Shoryu. No Shoryu no palabracea las reuniones matutinas. Era otra persona. "Si esa mujer lo pone atento, entonces al menos dejará de jugar a ser dictador por una buena temporada" pensó el kirin de En.

Un año largo pasó, todo estaba lleno de amor, verde de todas las tonalidades, el agua de las quebradas cristalina y los pozos surtidos por completo de agua como si alguien lo hubiera llenado, eso siempre la hacía sonreír al recordar que cuando era una niña inocente su papá entre risas le decía que todos los días un señor iba hasta la playa con un cubo lleno de sal y lo tiraba al mar para que le diera ese sabor al océano. Ya en la universidad se dio cuenta que no era tan descabellada la historia -todos los ríos del mundo salan el océano con sus sedimentos y los pozos se llenan por el agua que se filtra debajo de la tierra.

Esa mañana decidió hacer un paseo por el bosque cercano a la villa en donde vivía, para conseguir bayas y otros frutos. Desde que se levantó tenía en su mente el siguiente estribillo:

¡en el bosque
de la China
una chinita se perdió
como yo andaba perdido
nos encontramos los dos!

continuó cantando la misma estrofa una y otra vez, -¡nos encontramos los...- se detuvo poniéndose pálida al ver su melena dorada -...dos!- era Enki tirado en la hojarasca entre los árboles sin un aliento, lleno de sangre; no había explicación, era hora de preocuparse por el qué dirán, así que cubrió el cabello del niño con el delantal que usaria para recoger las bayas o frutos secos si los encontraba. estaba conciente pero muy débil -Enki por el amor de Dios, qué haces aquí en estas condiciones?-
-alguien me atacó, me bañaron en sangre y no pude moverme, me entumece el cuerpo- respondió entre lágrimas -una vez más me encarcelarán y pondrán al reino en jaque.
-ven te llevaré como pueda a mi casa, aunque está muy lejos en el estado que estás- mientras caminaban paso a paso se toparon con un humedal en un claro que jamás habia visto Hyokuyó a pesar del tiempo que llevaba en la zona. Se introdujo al agua con el kirin -respira profundo y flota en el agua mientras yo te limpio- frotó su ropa y la sangra se fue diluyendo en el agua hasta desaparecer. A medida que respiraba el aire puro mezclado con la fagancia de los pinos y los bambues los sentidos de Enki se agudizaban lentamente. Sin embargo en el cielo rosando las copas de los árboles unos a otros se culpaban por perder a su presa, unos hombres irreconocibles, no los pudo distinguir porque las ramas de los árboles le impedia verlos y al escucharlos tan cerca su instinto de supervivencia los hizo esconderse entre unas plantas acuaticas resando por no ser vistos. luego de diez minutos en el agua bastante fría fueron rápido a la casa de la mujer e inmediatamente le quitó la ropa húmeda y secó al chico, prestándole una bata para que entrara en calor a pesar de la temperatura de afuera, ni transformarse en bestia, llamaría la atención