Disclaimer: Nada que se pueda reconocer me pertenece, pertenece a la película de Moulin Rouge.


CAPÍTULO 1. Recuerdos y encuentros.

"Ha pasado ya un año" –pensaba Christian–. "Un año desde la muerte de Satine, desde que la oscuridad robó mi vida". Nunca dejaba de preguntarse cómo podía seguir transcurriendo el tiempo si Satine ya no estaba en el mundo para iluminarlo con su bella sonrisa. La única explicación lógica que encontraba para tamaña desesperación era que fue él quien murió y no su amada Satine.

Para pagar por sus pecados debía de haber sido condenado al infierno. Un infierno en el que sólo sentía frío, desesperación. ¿Dónde estaban las llamas? Parecía que seguía viviendo, ya que tenía necesidad de comer y dormir, aunque su cuerpo no lo toleraba y no se lo quería permitir. Sin embargo, ella no estaba. Lo único que realmente necesitaba para sobrevivir se había ido.

Christian escribió su historia, tal como se lo había prometido. No sabía con certeza cuánto tiempo había pasado desde la muerte de su ángel hasta que cogió la máquina de escribir Underwood y empezó a teclear. Tampoco recordaba cuántos meses le había costado plasmar su historia, su vida, en esas páginas. No recordaba haber dormido, ni comido, ni bebido una sola gota más de absenta: el delicioso líquido que le había ayudado a contener su desesperación, disfrutando de la exquisita compañía del hada verde.

Sin embargo, tenía el vago recuerdo de Toulouse hablándole, ofreciéndole su amistad para escapar de ese sombrío lugar donde Christian había decidido enterrar su vida, pero éste no le escuchaba. No, por fin había encontrado la manera de recordarla sin que su alma se desangrara de dolor. Antes de que el alma de Satine abandonara la Tierra para no regresar, Christian debía escribir. Así ella le ayudaría, susurrándole al oído palabras que sólo su corazón podía escuchar.

Mientras esos pensamientos recorrían su mente, estaba paseando por las viejas calles de París, donde había encontrado que los ideales bohemios de libertad, belleza, verdad y, por encima de todo, amor podían ser reales. Donde encontró el amor, un amor que duraría para siempre. Cansado ya de dar vueltas sin sentido, decidió volver a lo que podría llamar su casa. Un lugar embrujado. En el que todavía podía oler su perfume, en el que recordaba tantas noches en vela preparando, ensayando su primera obra revolucionaria bohemia Spectacular Spectacular, pero, sobre todo, amando.

Acababa de traspasar la puerta con forma de boca que anunciaba la entrada al pecaminoso barrio de Montmartre, pero que sin duda era el más bohemio de todo París. Donde los llamados hijos de la revolución pasaban el día componiendo música, escribiendo, pintando y, sobre todo, bebiendo. Mientras recorría las sombrías calles, custodiadas a sus lados por viejas casas ruinosas, veía prostitutas sentadas en todas las esquinas. Mostraban desesperadamente la mercancía, con la esperanza de ganar algo de dinero para poder comer ese día. Unas eran viejas, otras no eran más que niñas, unas hermosas, otras que estaban en los últimos días de su vida –sin duda, a causa de alguna enfermedad contraída en el transcurso de su oficio.

En una esquina vio a una hermosa muchacha –aunque no podía compararse a la belleza de su diamante reluciente– mendigando con un bulto en los brazos. Christian sintió curiosidad y se acercó a la muchacha, pues no parecía venderse a sí misma, sólo pedía dinero.

—¿Qué es lo que llevas en los brazos? —preguntó Christian.

—No es nada, señor —respondió la muchacha asustada—. No la he robado, no he hecho nada malo, ella es mía.

Christian estaba extrañado porque aquella muchacha de ojos azules le hubiera llamado señor. Aquella ropa que llevaba no podía compararse a las lujosas prendas que llevaría, por ejemplo, un duque. Se obligó a dejar de pensar en eso y, creyendo saber lo que se ocultaba entre las telas del bulto, le dijo a la muchacha que no debía preocuparse. Ella, sin estar segura de si confiaba en él, le enseño a la preciosa niña que sujetaba entre sus brazos.

Tenía los mismos ojos azules de su madre, pero a la vez, eran distintos. En ellos Christian creyó reconocer a alguien. Alguien que no le había mirado en más de un año. Una persona a la que pensó que no volvería a ver nunca más. Esos ojos le hechizaron e invitó a la madre a su casa. Un lugar caliente donde podría cobijarse y lavarse, pues parecía que mucho tiempo había pasado desde que había estado en un lugar cerrado.

La muchacha, aún asustada, le dijo que se llamaba Marie. No debía tener más de veinte años pero en sus ojos se podía ver el dolor, el enorme sufrimiento que había padecido. Christian fue a buscar algo de leche para la pequeña que, como había indicado su madre, se llamaba Sophie. Mientras tanto, Marie se aseó y comió un poco de lo que tenía su gentil salvador en casa.

"Realmente no tiene mucho y está claro que no tiene mucho dinero" –pensó Marie al ver la oscura casa que contaba con una cama desecha, una enorme mesa de madera con muchos papeles por encima y una vieja máquina de escribir–. "Pero sin duda es una gran persona. Tal vez sea un mísero escritor, pero ciertamente es mi salvador. Mi pequeña Sophie no habría soportado más".

En esto, Christian entró por la puerta acompañado de un enano de pelo negro. Su nombre era Toulouse, como después descubrió. Sophie había estado llorando, de hambre y sueño, pero su impotente madre no sabía qué hacer sino acunarla en sus brazos. Así pues, cuando Christian le dio una pequeña botella de leche se le escaparon un par de lágrimas de agradecimiento; su hija era lo único que tenía en su vida y la amaba por encima de todo.

Mientras Toulouse hablaba, con una copa de absenta en la mano, de la suerte que habían tenido Marie y Sophie de haberse encontrado con Christian, este último pensaba en lo cruel que era el destino. Ahora que había pasado un año desde su muerte, volvía a ver sus ojos, porque sin ninguna duda eran los suyos. Unos dulces ojos, que hablaban de secretos y misterios. Y ese pelo, Christian podría jurar que tenía el mismo tono que el fuego. ¡Se estaba volviendo loco!

—Muchas gracias, señor —le dijo Marie a Christian, sacándole de esos extraños pensamientos—. Muchas gracias por dejar que entráramos en calor y por darnos alimentos. No sé como agradecérselo.

—Por favor, deja de llamarme señor. Sólo soy Christian. —Marie respondió con una encantadora sonrisa—. Hoy podéis pasar la noche aquí. No es muy lujoso, pero la cama es cómoda. Yo iré al piso de Toulouse, justo encima, por si necesitáis algo.

Cuando Marie iba a abrir la boca para decir que de ninguna manera lo podía aceptar, Christian le hizo callar levantando ligeramente la mano y con una sonrisa en sus labios, la primera desde hacía mucho tiempo. Aunque seguía extrañado por las semejanzas que encontraba con la pequeña, sentía paz en su interior. Ya no era todo oscuridad, volvía a haber luz.

Había llevado a Toulouse hasta su habitación para ver si él también encontraba el parecido con el diamante que daba vida al Moulin Rouge. Sin embargo, aunque su querido amigo miraba a la pequeña Sophie embelesado, no mostraba signos de reconocerla. Se dijo a sí mismo que lo más probable es que le pareciera verla porque la echaba de menos. Sobre todo cuando se cumplía el aniversario del estreno de su primera obra, con sus fatales consecuencias.

Ya era casi de noche, así que lo último que hizo antes de despedirse de Marie fue decirle que esperaba que pasara una buena noche y a la pequeña Sophie le dio un beso en la frente. Confiaba en que ella no sufriera ningún daño pues habían improvisado en su propia cama una rudimentaria cuna, sólo rodeándola con las ropas que encontraron para que no se cayera.

Al abrir la puerta del piso de Toulouse se dio cuenta de que su amigo no estaba. Toulouse amaba la noche, así que no era algo que debía preocuparle. Habría encontrado una fiesta de bohemios, donde se hablaría de novelas o pintura, pero sobre todo de la belleza que aportan al mundo; Christian antes era así, pero había llegado a preferir la soledad, así podría pensar.

Debía hacer algo ya que haber conocido a Marie y a Sophie sólo podía haber sido obra del destino. Un destino que no comprendía y que le parecía cruelmente irónico. Pero, a fin de cuentas, gracias a él había conocido a Satine, y aunque le había llevado mucho sufrimiento, el tiempo que pasó con ella no lo habría cambiado por nada del mundo.

Él no tenía mucho dinero, ya que sólo había escrito dos obras hasta el momento. La primera, Spectacular Spectacular, aunque fue un éxito en la primera noche, no se volvió a representar. ¿Cómo iban a hacerlo cuando faltaba la actriz principal? Además, el Duque, celoso como estaba y con la posesión de las escrituras del Moulin Rouge, cerró el club nocturno para siempre. La segunda, fue su historia, que tituló The greatest thing. No hacía mucho que la había publicado, pagando él mismo los gastos de edición, así que todavía no había visto beneficios, sólo pérdidas.

Sin embargo, su padre era un rico y acomodado burgués londinense. Aún recordaba sus últimas palabras, justo antes de marchar a París, diciéndole que echaría a perder su vida. Tal vez ahora le necesitaba… De todas maneras, la idea de abandonar París llevaba tiempo rondándole por la cabeza. Sí, tal vez fuera lo mejor, regresar a Londres, su hogar, y podría llevarse a Marie y a Sophie. Primero tendría que hablarlo con Marie, pero la idea de cuidar de Sophie no le abandonaba.

Cuando Christian estaba pensado esto, apareció Toulouse por la puerta, con su inevitable copa de absenta en la mano y cantando en susurros una canción que Christian no llegó a comprender. Iba ebrio, pero eso no le impediría tener una conversación seria y aconsejar sabiamente al muchacho.

—¡Toulouse! Te estaba esperando —dijo Christian—. Necesito hablar contigo.

—¡Excelvilloso! ¡Ya estás aquí! Mi querido amigo, dime que es lo que te preocupa.

—Yo… ¿no has visto a la pequeña?

—¿A Sophie? Sí, ¿cómo no iba a verla? Es una niña preciosa, igual que su madre.

—Pero… ¿pero no te recuerda a nadie? Esos ojos…

—Christian, no entiendo lo que dices, y se supone que el borracho soy yo. —Al decir esto Toulouse empezó a reírse hasta tal punto que se tuvo que apoyar en una silla para no caer al suelo. Sin embargo, su amigo seguía pensativo, no sabía cómo decir que le parecía que la niña era Satine sin que Toulouse pensara que finalmente había perdido el juicio. Al final, se acobardó y decidió tocar un tema que ocultaba su locura.

—Toulouse, creo que es mejor que vuelva a Londres. Llevaba tiempo pensándolo, pero creo que finalmente lo he decidido —al oír estas palabras, su amigo se serenó y le miró de tal manera que parecía que había recuperado la sobriedad. Parecía que había captado la seriedad de la conversación.

—Mi querido Christian, lamentablemente, ya me temía que algún día tomarías esa decisión. Ya nada te ata aquí, ¿no es cierto? —y sin dejarle contestar añadió—: ¿Puedo preguntarte qué te ha hecho tomar la decisión tan repentinamente?

Tras unos instantes de silencio, Toulouse continuó:

—Es por ellas, ¿verdad? —La única respuesta que recibió a cambio fue un mudo asentimiento por parte de Christian—. Mi queridísimo amigo, sé que sigues sufriendo por la pérdida de… —no pronunció el nombre al ver en el rostro de Christian que no lo soportaría—, bueno, ya sabes. Sin embargo, no puedes dar tu vida a dos desconocidas para intentar llenar el hueco que dejó ella.

—Nunca podrían hacerlo —murmuró enfadado. Nunca nadie podría ser como Satine, nunca amaría a nadie de la manera que la había amado.

—Está bien, amigo. Nunca quise decir eso. Si crees que es lo mejor para ti, adelante. Sabes que tienes mi apoyo y mi palabra de que siempre estaré aquí para ayudarte. Para algo soy Henri Marie Raymond Toulouse Lautrec Monfa —mientras decía su nombre completo, como le gustaba, sonreía con suficiencia.

—Vale, Toulouse —dijo Christian sonriendo—. Ahora será mejor que vayamos a dormir.

—¡Excelvilloso! ¡Brillante mi querido muchacho! —dijo bostezando—. ¡Buenas noches!

Aunque pareciera extraño, ya que Toulouse vivía solo, tenía varias camas. Esto podía deberse a que acostumbraban a ensayar las obras en el piso de éste y a que, en ocasiones, terminaban los ensayos cuando los primeros rayos del sol empezaban a iluminar el edificio. Estaban todos tan cansados que, sin ganas de volver a sus respectivos alojamientos, se quedaban a dormir.

Así pues, Christian se desvistió y ocupó una de las camas. Creía que no conseguiría dormirse, o que si lo hacía, sería después de muchas horas de insomnio pensando en lo que había perdido. Así habían sido todas las noches desde hacía un año. Sin embargo, y para su sorpresa, en cuanto cerró los ojos se durmió. Con una última imagen grabada en su mente, los grandes ojos azules de la pequeña Sophie y su dulce mirada.


Bueno, espero que os haya gustado, aunque se puede hacer un poco pesado de leer. Si veis algo que está mal me gustaría que me lo comentarais y así lo podré mejorar. También me gustaría saber si parece interesante la historia. Jejeje. Espero vuestros reviews! Besos!

ACTUALIZACIÓN enero 2014. Tengo esta historia tan abandonada que ya merece un final, aunque no sea especialmente digno. Prometo solemnemente acabarla, aunque ya ni recuerdo cómo pensaba hacerlo ¡hace ya cuatro años! He retocado un poco el cap, pero muy poco, porque realmente me daban ganas de borrar y empezar de cero jeje. ¡Saludos!