Disclaimer: Nada que se pueda reconocer me pertenece, pertenece a la película de Moulin Rouge.

Palabras: 881


CAPÍTULO 4. Epílogo

Christian miraba por la ventana de su habitación hacia la calle desierta a aquellas horas de la mañana. Estaba pensando, dándose cuenta una vez más de que había tomado la decisión correcta. Se sorprendía al sentir cierta ilusión en su interior, notaba emoción por aquella nueva vida que iba a empezar en Londres. Sabía que, por mucho que se alejara de París, nunca se separaría de su recuerdo de Satine: tenía su perfume impregnado en sus recuerdos y su risa resonaba en todo su ser. Y estaba seguro de que siempre lo haría. Pero eso no impediría que alguien más pudiera entrar en su corazón. Si era sincero consigo mismo debía admitir que Marie y Sophie ya eran muy importantes para él.

Escuchó cómo una puerta se cerraba a su espalda y se volvió para recibir a Marie. Christian debía reconocer que la joven estaba realmente hermosa, tras pasar aquellas semanas bajo su cuidado parecía haber recuperado la alegría que estar sola en las calles le había robado. Observando el brillo de sus ojos podía ver que realmente era feliz, pero algo más se escondía tras esa luz y el joven se daba cuenta.

Quería decirse a sí mismo que aquel sentimiento que veía en su mirada era solo gratitud, pero sabía que se estaba engañando. Además, Toulouse no paraba de repetirle entusiasmado que la muchacha se estaba enamorando de Christian. Y él le creía.

Por eso no podía evitar preguntarse si no acabaría haciendo daño a Marie. Era lo último que deseaba y era normal que ella se hiciera esas ilusiones teniendo en cuenta que él le había propuesto formar una familia junto a Sophie, pero se temía que no pudiera corresponderla de la misma manera. ¿Acaso ella se merecía ser amada solo a medias?, pues en el fondo de su alma estaba convencido de que nunca querría a nadie como a Satine. ¿Sería eso suficiente? Mirándola a los ojos se dio cuenta de que tal vez se estaba equivocando.

Lo que tuvo con su amada pelirroja fue algo que permanecería vivo para siempre, un amor que inspiraría a los que aún estaban por llegar. Pero con Marie podría crear un sentimiento basado en el respeto y el cariño, en la confianza y afecto, y aunque no sonara tan romántico ni perdurara en las memorias del tiempo, sería algo real. Ellos conseguirían que lo fuera.

—Es la hora —avisó Marie con suavidad—. ¿Estás seguro de que…? —comenzó a preguntar a su compañero, pero éste se lo impidió acercándose a ella y cogiéndola de la mano.

—No quiero hablar más de esto. Sé que es lo que tengo que hacer y, además, es algo que quiero hacer. ¿Me entiendes? —Marie respondió con una brillante sonrisa llena de ilusión y esperanzas—. Hoy mismo nos casaremos y mañana partiremos hacia Londres para reunirnos con mi padre. Nos presentaremos como marido y mujer, y tu preciosa hija Sophie, también será la mía. Aunque no de nacimiento, la querré como si lo fuera, de hecho, ya lo hago —afirmó.

Marie le creía sin ninguna duda. Durante aquellas últimas semanas había visto al joven con la niña y eran escenas tan dulces que enternecían su corazón. Sabía que Christian al principio estaba aterrado por tener una criatura tan pequeña en sus manos pero, como él mismo había llegado a asegurar, Sophie se amoldaba perfectamente a sus brazos, como si hubiera nacido para estar en ese lugar. También se había percatado de que él era capaz de pasar horas mirando al bebé embelesado y jugando con ella sin cansarse. Sería un padre estupendo y afectuoso.

—Debemos marcharnos, Toulouse y el Argentino estarán esperándonos ya en la iglesia. ¿Dónde está Sophie?

—Con Toulouse —contestó mientras asentía con la cabeza.

Se dirigieron rumbo a la puerta y Christian cogió su pequeña mano mientras se alegraba al sentir que todo aquello era correcto.

—Todavía no me has dicho cuándo es tu cumpleaños, futura esposa mía —dijo entre risas—. ¡Ni sé cuándo nació nuestra hija! —soltó con falsa indignación— eso es algo imperdonable para un padre.

Aquellas palabras, en apariencia tan sencillas, iluminaban caminos llenos de nuevas oportunidades para la joven, permitiéndole vislumbrar destinos en los que era completamente feliz. Distraída con esos pensamientos, contestó con una simple frase mientras sonreía alegre sintiendo el calor de la mano de Christian junto a la suya.

—El día que nos conocimos fue su primer cumpleaños. ¡Realmente fue un regalo de los dioses que nos encontraras! —exclamó riendo.

El joven se paró repentinamente preguntándose cómo podían ocurrir tantas casualidades. ¡Qué extraordinaria coincidencia que el día que las conoció, cuando Sophie cumplió un año, fuera el aniversario de la marcha de Satine de su lado! Ante la mirada extrañada de Marie, pensaba intentando encontrar una respuesta a aquel caos. Pero en ese momento recordó su sueño con su pelirroja y sus misteriosas palabras y creyó descubrir un sentido. No estaba seguro, pero al menos sí llegó a la conclusión de que, realmente, tampoco importaba.

Decidido, salió de la habitación con su compañera de la mano, sabiendo que compartiría su vida con ella, llenándola de felicidad y sin ninguna clase de arrepentimientos. Pues estaba convencido de que, si no había podido ser en esa vida, en otra encontraría su lugar junto a Satine.


Ahora ya sí que, por fin, se acabó. No sé cómo habrá quedado o si casi hubiera sido mejor dejar la historia sin concluir.

Pero yo ya he cumplido, no dejo las cosas sin terminar y ya es algo menos que tengo que hacer =D

Saludos - Selenia.