Cambios Inesperados.

Prologo:

La noche era oscura, y el ambiente frío, nadie en su sano juicio caminaría a esas horas por un oscuro cementerio, al menos nadie que contara con buenas intenciones, no obstante una figura atravesaba el lugar esquivando las diferentes lápidas, con diversos nombres, fechas, buscando una en concreto que se podía ver sobre todas las demás.

Majestuosa y terrorífica como ninguna otra, se alzaba reclamando la atención de todo transeúnte, pero destacaba aún más porque había un grupo de cuatro o cinco encapuchados allí rodeándola, cosa que parecería sumamente extraña para alguien que pasase por allí por casualidad, pero sin embargo la figura se acercaba con pasos certeros hacía ese grupo de personas reunidas en la lápida.

Su caminar era seguro y totalmente decidido, no aparentaba nerviosismo, por el contrario, podría apreciarse cierto entusiasmo y algo de ansiedad, al llegar uno de ellos se le acercó y comenzó a hablar:

—¿Cuánto Falta?

—Poco.

—¿Qué paso con respecto a Lucius?

—Él no…

Las palabras fueron cortadas al escucharse una especie de disparo que produjo el nerviosismo llamando no solo la atención de los que se encontraban hablando sino también de los que observaban la lápida con interés y precaución.

Todas las miradas, asustadas, temiendo el haber sido descubiertos por quienes no debían de ser detectados, se dirigieron hacía un mismo lugar, descubriendo ante ellos a un hombre completamente desaliñado, acompañado de un chico al que abrazaba con todas sus fuerzas y no quería soltar por nada del mundo.

Sus cabellos rubios plateados y largos, consiguieron alertar a los presentes de quien era, pues ante su aspecto nadie que lo conociera podría imaginarse a dicho hombre en el estado en el que se encontraba, su cabello estaba completamente enredado, desaliñado, y sucio, vestía puramente con ropas sucias y bastante andrajosas, estaba sumamente delgado, no tenía nada que ver con el hombre que antaño había sido poderoso, arrogante y despreciativo contra todo y todos lo que no fueran como él y se debía a una simple razón.

Caminó con dificultad y casi sin fuerzas, cargando entre sus brazos el cuerpo casi sin vida de un muchacho, el cual no parecía si quiera respirar, estaba blanco como una pared, si además lo tocabas, podías notar que estaba helado, por lo que hasta el hombre que lo portaba llevaba guantes puestos, al llegar donde los otros, calló de rodillas ante ellos completamente destrozado, depositando al joven ante él mismo.

—¿Qué tengo que hacer?

Susurró casi inaudiblemente, sin ser capaz a dar a su voz un tono más alto ya que todas sus fuerzas habían sido agotadas y no creía ser capaz de emitir muchas palabras en su estado.

—Le entregarás esto a nuestro señor.

Expuso uno de los encapuchados acercándose a él y portando algo entre sus manos.

—¿Por qué yo?

—Así lo quiso él, además, Lucius, eres el único al que podríamos recurrir ya que solo tú podrías acercarte lo suficiente.

Este le alargó una pequeña caja alargada y Lucius totalmente rendido y aturdido la tomó sin muchas ganas de hacer nada, era evidente que lo que menos deseaba era hacer eso.

—Estás haciendo lo debido Lucius.

Este levanto la vista y los fulminó a todos con la mirada, era claro que odiaba a todos los que allí había reunidos y que sentía asco al verlos.

—Necesito mi varita.

Su rencor era notable en sus palabras, el encapuchado metió su mano entre sus ropas y extrajo una varita, tras esto se acercó al hombre y se la tendió, la cogió con la misma mano que sujetaba la caja antes recibida.

—Lucius, en mi opinión deberías dejar de pensar en cómo vengarte de nosotros por la enfermedad que te ha arrebatado a Narcisa y ahora desea llevarse a tu hijo y preocuparte en pensar que nuestro señor conoce la cura.

Lucius aferró la varita mientras que con su mano libre aferraba al muchacho con fuerza, miró con aun más odio si era posible a quien le hablaba:

—No podremos hacer nada.

—Si qué podremos Lucius, tan solo entrégale eso a nuestro señor y ya.

—No me escuchará, no podré acercarme a él.

—No estarás solo Lucius, nosotros te ayudaremos a llegar hasta él y que te escuche.

Lucius lo miró con desconfianza y rencor, disgustado con esas palabras y comenzó a recitar el hechizo que no mucha gente conocía.

Sin soltar en ningún momento a su hijo y curioso por conocer el contenido de la caja, mientras lo recitaba e intentando no ser descubierto, la abrió, encontrándose con una varita y un sello de color negro con una especie de triangulo dentro de un círculo grabado en este.

No podía creerse que esos dos artículos pudiesen significar alguna diferencia en todo lo que había sucedido y desconocía para que podrían servirle a su señor, pero no tenía alternativa, ya había jugado todas sus cartas y no le quedaban manos que robar, ni ases que usar, el último lo había utilizado en un último instante de deshacerse de su locura, y ahora depositaba todas sus esperanzas en Severus. En que hubiese recibido su mensaje y estuviese moviendo sus propias cartas o fichas en la partida.

Sin más y según el hechizo iba llegando a su fin una nube negra apareció alrededor de todos ellos.

Ninguno se percató de que uno de los enmascarados empujaba a otro logrando así que uno de ellos acabase chocando contra Lucius y que este soltase a su hijo justo cuando la nube negra se los tragaba a todos, ocasionando así, que segundos después, cuando esta desaparecía, ninguno de los encapuchados se encontrasen en el lugar.

—No resultará fácil.

—Lo sé.

—Lo que te pido en esta ocasión es demasiado.

No hubo respuesta a esas palabras salidas desde un cuadro que se encontraba colgado en una de las paredes de ese gran despacho lleno de objetos de diferentes épocas, con diferentes usos e incluso cosas inservibles, donde también había una chimenea y unas escaleras que nadie sabía a dónde llevaban exactamente.

El cuadro en cuestión, representaba a un anciano de barba y cabellos blancos, poseedor de unos profundos y penetrantes ojos azules, que se ocultaban tras unas gafas de media luna, más a pesar de ello, parecían atravesarte cual rayos x.

Su mirada era tranquila, fría y calculadora y estaba fija en quien tenía delante, consiguiendo arrancar de estos un sentimiento poco común en él, preocupación sincera.

—En mi opinión, la cual no parece contar mucho, no debería ir solo.

—Severus, ya hemos discutido esto, no podemos arriesgarnos a que nadie más viaje.

—Querrás decir que ya lo has decidido tú, por que como siempre no has tenido en consideración demasiadas alternativas, hay varias personas que podrían haber hecho esto bastante decentemente y que…

—De todas formas él lo hará bien.

Cortó con cansancio:

—No es invencible, Dumbledore, por mucho que tú quieras creer que sí, ni tampoco estás hablando con un gran mago, claro está y dicho sea de paso.

El anciano achicó los ojos al percatarse que tras recibir ese ataque verbal el chico no hacía nada para responder, cosa bastante extraña, pues él era de carácter explosivo como era de esperarse siendo hijo de quien era.

Eso no pareció agradar a Severus quien ya se había percatado de que algo no andaba del todo bien con él desde hacía un tiempo a esa parte, el problema en todo esto era, que no sabía que podía tener al chico así.

—Sé que podrá con esto, seguro.

Al fin el chico levantó su mirada y unos ojos verde esmeralda completamente desprovisto de alegría, o algún brillo que indicase que se encontraba contento, miraron al anciano y tras suspirar se puso en pie y se colocó entre el cuadro y el hombre que había hablado.

—Estoy listo, es mejor terminar con todo esto de una buena vez.— La voz sonaba cansada, triste y en cierto modo irritada, se colocó entre Severus y el cuadro y añadió:—Puedes estar tranquilo, no fallare.

Sin más caminó hasta el centro y sacó su varita decidido a terminar con lo que tenían que hacer:

—Pero...

—Severus ya.— Cortó cortante y decidido:—Empieza, no tenemos todo el día para esto y el tiempo se agota, tenemos que hacerlo casi al mismo tiempo.

Severus muy reticente a hacer lo que estaba a punto de hacer, sacó su varita, apuntó al chico, cogió el pergamino de encima de la mesa y ambos lo recitaron.

El chico que a pesar de contar con 19 años, no los aparentaba.

Era de porte bajo pero más fuerte que antaño, con su mismo cabello azabache rebelde e indomable, se colocó de pie con los ojos cerrados y apretando con fuerza sus puños, en uno de ellos portaba la varita.

La voz de Severus comenzó a escucharse en todo el despacho mientras caminaba alrededor del chico e iba apuntándolo con la varita, la cual sujetaba con fuerza debido a que había comenzado a vibrar, a la vez que este iba haciendo esto, el chico seguía susurrando su parte y apretaba la varita.

Las velas comenzaban a parpadear mientras que de los pies del chico una pequeña ráfaga negra iba apareciendo.

Las varitas comenzaron a temblar y al chico lo comenzó a envolver una nube negra que comenzaba desde sus pies y crecía hacia arriba, envolviéndolo lentamente.

De repente y sin que se lo esperasen la puerta del despacho se abrió de improvisto, revelando a cinco personas que reconocerían los que allí se encontraban en cualquier momento si hubiesen prestado la menor de las atenciones.

Pero el hechizo que estaban formulando era tan sumamente difícil y peligroso que la menor distracción podía ser fatal, por lo que parecían estar encerrados en su mundo sin percatarse de nada de lo que les rodeaba.

—No, Harry.

La voz de uno de ellos se hizo escuchar pertenecía a un joven de cabello pelirrojo y ojos azules, era el más alto de todos ellos y miraba al que era su mejor amigo.

Lo acompañaban tres chicas y un chico más, todos ellos iban vestidos con ropas muggels y era evidente que ya no eran alumnos de Hogwarts, y todo el mundo que los había contemplado corriendo por el castillo de Hogwarts, se les habían quedado mirando.

Entre otras razones, porque todos ellos eran conocidos en el castillo por formar parte activa en la batalla contra el mago más tenebroso y ser los aliados de Harry Potter quien había terminado con este.

—Si lo haces, no lo harás solo.

La voz autoritaria, mandona y cargada de determinación pertenecía a una de las chicas, e hizo que todos entraran abruptamente en el despacho y sin pensarlo se acercaron a quienes recitaban el hechizo.

—Severus tienes que detenerlos, no lo permitas.

Grito el anciano del retrato, pero Severus que recitaba el hechizo no lo oyó por lo que no pudo actuar a tiempo, los cinco chicos se metieron en el remolino de color negro y en ese momento empujaron al joven del centro, consiguiendo que ambos se percataran ahora de la presencia de todos ellos.

—¿Pero qué…?

La voz del muchacho se hizo escuchar demasiado tarde, y cayó lejos de todos ellos, en el momento en que Snape decía la última palabra del hechizo, la varita de ambos magos vibro de tal forma que ninguno la pudo retener, la interrupción de estos había ocasionado que hubiese un error, pues se suponía que solo una persona iba a viajar, y no seis, lo que provocó un desajuste importante.

Severus soltó la varita sin poder aguantar más y Harry Potter, que era el joven que en un principio iba a viajar en solitario, sintió que la suya vibraba más de la cuenta la aferró con ambas manos, y en ese preciso momento una gran explosión se produjo en el despacho.

Las estanterías estallaron en mil pedazos, provocando que Severus saliera volando contra la puerta y se golpeara con suma fuerza en la cabeza.

La nube se fue disipando revelando en el lugar donde deberían de encontrarse los chicos, un cráter.

—Esto traerá consecuencias.— Declaró el anciano del cuadro furioso, para después añadir:— ¿por qué no los detuviste?

—No puede hacerlo solo.

Fueron las únicas palabras de Severus Snape, que miraba con miedo el lugar donde habían estado, ¿qué ocasionaría exactamente la intervención de esos cinco ineptos?