Hábito

Las cortinas se sacudieron suavemente con el viento vespertino. Lune miró por la ventana unos instantes antes de dirigirse al armario y sacar el caballete. Algo en sus movimientos hacía ver el acto como algo completamente casual, pero lo cierto era que todo estaba absolutamente premeditado. Era un hábito, de eso no había duda, pero al contrario de los otros carecía del proceder automático que caracterizaba a, por ejemplo, el vestirse o el quitarse los lentes antes de ir a dormir. Lune colocaba el lienzo, buscaba la paleta, las pinturas y los pinceles, y era consciente de sí mismo más que nunca, porque era el ritual que precedía a darle color y forma a su espíritu.

Sabía por la luz y la hora que el Sol se estaba poniendo en ese preciso momento, pero desde la ventana el ocaso no era visible. Pintaría, pues, su propio atardecer, un atardecer teñido de sus propios colores.

Al cabo de algunos minutos, una parte de él sonrió para sus adentros con algo de sorna: Sólo un sol muy extraño tornaría todo el cielo de un violeta y un rojo tan intensos como los que Lune se encontraba fundiendo con el lienzo, con la determinación y concentración de un criminal.

Lune pintaba en rojo y violeta, los movimientos suaves de sus manos frágiles camuflando la saña.

Cada pincelada roja era una nueva puñalada a su corazón, ese corazón inútil e iluso que le hacía malgastar esfuerzo como por inercia.

Cada pincelada violeta era una herida que había intentado infructuosamente sanar, sin dejar cicatrices.

Lo sabía, pero no le importaba. Era consciente de que resultaba mucho más productivo retratar su alma que anegarse en llantos que nunca arreglaran nada. Ambas cosas lo dejaban exhausto al final, pero al menos la primera era, en cierta forma, menos humillante. Y hasta dejaba resultados estéticos.

... Después de todo, ¿no era ese cielo de sufrimientos una imagen primorosa?

Se quedó sentado por largos minutos, observando el producto final de sus frustraciones con ojo crítico.

Incluso alguien tan perfeccionista como él, el propio autor, tenía que admitir que la pintura era realmente bella. Era una de sus mejores obras; no le cabía ninguna duda respecto a eso.

Y era que, a pesar de destilar -al menos para él- rencor, ansiedad y agonía, aquella extraña puesta de sol era un espectáculo tan magnífico para la vista, que difícilmente el espectador normal sospecharía que por las venas del pintor corría el irrefrenable caudal de veneno en el que había mojado sus pinceles.

Pero al fin y al cabo, era natural. Así había sido siempre, y difícilmente la situación cambiaría.

Porque el intachable hijo de los Kodaira había sido educado para ser hermoso en cada una de sus maneras, y él había aprendido a hacer de su gracia su fortaleza, el escudo que le impedía comportarse como la patética imitación de persona en la que se había convertido por dentro.

Y aunque había entendido que la palabra "esperanza" sólo la usaban los que no querían admitir que perseguían meras ilusiones, jamás bajaba la guardia. De ser así, del correcto, agraciado y amable Lune sólo quedaría un feo despojo de lágrimas y sangre que no merecía el amor de nadie.

- ... Pero tú no tienes por qué saberlo.

::Owari::

26/01/10, 10:59 p.m.

Okay. Esto es puramente experimental y surgió de repente mientras COLORS de Utada Hikaru sonaba una y otra vez en mi Winamp. Así que disculpen lo torpe que me quedó y lo incoherente que pueda llegar a verse.