Summary: Edward, un aventurero príncipe del S. XII, es hechizado y enviado a Forks del 2010. Aventuras y muchas risas habrá mientras nuestro noble caballero conoce a Isabella, una sarcástica chica que no cree en cuentos de hadas.

Nota: Los personajes no me pertenecen. Soy de la señora Meyer. Yo sólo los uso un poco para diversión mía y de los lectores.

NA: Antes de empezar, quiero agradecerles el que hayan entrado para darse la oportunidad de leer una más de mis ocurrencias. También quiero dar las gracias a mi estimadísima Riona que me ha ayudado con los diálogos (vamos, soy pésima para escribir usando el "vosotros". Sin esta mujer, estoy segura que este capítulo hubiera sido una vasca) En fin, gracias Riona por todo ^^ (Y aprovecho para informarles que es una autora espectacular :-P) Vale, vale, volviendo al tema. Les presento mi nueva "creación" que espero les agrade y les haga pasar un buen momento. Aparecerán todos la mayoría de los personajes y, como acostumbro en la mayoría de mis historias, habrá un poco de cada parejita (me refiero a Alice, Jasper, Emmett, Rosalie y, por supuesto, Edward y Bella) Aunque la historia girará más en torno a BellaxEdward. También aclaro que no es ninguna adaptación (aunque este primer capítulo puede ser un "rebuscado", prometo que la historia tendrá un toque diferente o, al menos, eso espero) Bueno, creo que ya me extendí, mejor dejo que lean y se creen su propia opinión ^^. Un saludo y, una vez más, gracias. AnjuDark

El Rey León y la Oveja Negra.

Introducción:

Todo Comienza con un Estúpido Hechizo.

En un reino muy lejano, en donde las torres de los castillos se elevaban hasta topar con el cielo, los dragones se escondían en las cuevas, las hadas luchaban contra las brujas y los príncipes rescataban princesas, vivía Edward Anthony Masen de Voltarie.

De ojos verdes y mirada sagaz, era el príncipe más apuesto que podía habitar aquellos lares; gallardo, alto y valiente, siempre permanecía a la espera de nuevas aventuras que lo llevarían a tomar su negro corcel para cabalgar a toda velocidad por los frondosos bosques, hasta llegar a su objetivo: Una dulce y hermosa damisela que se arrojaría a sus brazos en cuanto la rescatase de un cruel destino...

-¡Alteza, Alteza! ¡Vuestro padre os reclama, Alteza!

La voz del sirviente le despertó de su sueño. Edward abrió los ojos, lentamente, con suma pereza. Revolviéndose entre las espesas sábanas de su lecho, el cual estaba adornado por una rubia y desnuda mujer que dormía a su costado.

-¿Qué sucede?

-¡Hay intrusos en el castillo, Alteza! ¡Hay intrusos que solicitan la presencia de Vuestra Merced en el Salón del Trono!

El príncipe suspiró con desgana. Aquello era el colmo. ¿Y ahora qué ocurría? ¡Era apenas de madrugada! Aún así, se calzó sus prendas y le indicó al apresurado muchacho que enseguida se presentaría.

La joven doncella se despertó en ese momento.

-Mi príncipe, ¿a qué se debe tanto apremio?

-Mi padre me solicita de manera urgente.

-¿Vuestro padre? ¿Acaso ya es conocedor el Rey de nuestra relación? No sabía que nuestro compromiso iba a ser anunciado tan rápido... No creo estar preparada para ser una princesa.

Y otra vez con lo mismo, suspiró él con frustración.

-Mi padre no sabe de lo nuestro, Jessenia.

-Alteza, mi nombre es Jessica – corrigió la muchacha.

Él frunció los labios. Era pésimo para los nombres y siempre solía cometer el mismo error.

-Pero, mi preciosa dama, ¿Qué importan los títulos cuando vuestro rostro sigue siendo el mismo adorable escenario de ángeles que adornan el cielo?

Sabía que eso nunca fallaba. Sólo era necesario agregar una pequeña sonrisa retorcida y ella dejaría de discutir para aceptar todas sus condiciones.

Ahh... Sí. El príncipe Edward amaba rescatar doncellas de los peligros del bosque para poder pasar las noches con ellas. Eran su delirio. Su pasión. Y es que, ¿para qué malgastar el tiempo con una sola, cuando podía tener varias a la vez?

-Entonces, mi pequeña doncella, ¿es importante un simple nombre o no? – insistió, con voz persuasiva, paseando la punta de sus dedos sobre la suave mejilla femenina.

-N-no... Por supuesto que no.

-Bien – acordó él – Ahora, si me lo permitís, iré a averiguar para qué me llama mi padre. Vos, mientras tanto, podéis regresar a la cabaña del bosque.

-¿No me quedaré a vivir en vuestro castillo?

-No, no. ¿Para qué querría un alma libre, como la vuestra, permanecer recluida entre estas lujosas paredes?

-Pero pensé que viviríamos juntos... que me presentaríais ante vuestros padres y nos casaríamos... y tendríamos muchos hijos.

Edward luchó arduamente para no hacer un gesto raro que, sabía, lastimaría el sensible corazón de la muchacha. Pero vaya que si fue una tarea complicada de llevar a cabo. Y es que, con sus apenas dieciocho años cumplidos, el matrimonio y todo ese tipo de compromisos pesados le erizaban la piel.

Un violento toque de nudillos, llamando a la puerta, le salvó.

-¡Alteza, Alteza! ¡Daos prisa por favor! ¡Es urgente que acudáis con vuestro padre!

-Enseguida voy – anunció, dándole un ligero beso a Jessica sobre su frente y saliendo a grandes zancadas de la enorme habitación. Al abrir la puerta, se encontró con el joven vasallo y le indicó – Acompaña a la señorita a las afueras del castillo y asegúrale que pronto iré a verla.

Su promesa era cierta. De todas las damas que había rescatado, a ni una sola había abandonado. Las frecuentaba cada poco y ellas, con el tiempo, aprendían a conformarse con eso.

¿Quién decía que los príncipes tenían que ser perfectos? Edward era guapo, ágil y valiente, pero tenía corazón de condominio. No era el típico hombre que dejaba de lado a las mujeres después de haberlas llevado a la cama, pero si el bien conocido hombre que decía poseer suficiente corazón para "amar" a todas.

Entró al Salón del Trono con pasos decididos y seguros, siendo recibido por un perturbable silencio.

-¿Me llamabais, Padre?

-Acércate, hijo – anunció el Rey Carlisle.

Edward obedeció, inquietado por todas las miradas que sentía posadas sobre sus hombros. Pero lo que más fuerte le pegó fue ver el rostro de su madre que era la viva imagen de la angustia.

-¿Qué sucede?

-La señorita Heidi de Artomesi, hija del Marqués Aro de Artomesi, ha venido al castillo, exigiendo verte.

El muchacho repasó una y otra y otra vez el complicado nombre de la chica, sabiendo, desde el principio, que sería inútil.

Heidi Artomesi. Heidi Artomesi. Heidi Artomesi...

-Lo siento Padre, pero no recuerdo conocerla...

Un sonoro llanto le interrumpió y llamó su atención. Entonces, fijó su mirada en la chica que tenía al frente. Se acercó a ella, conmovido por su lamento, y, con un movimiento gentil de sus manos, despejó el húmedo rostro para verle mejor.

¡Ah! Entonces recordó. Pegó un brinco hacia atrás, de manera inconsciente, al tener claro las imágenes del pasado. La chica clavó su azul mirada en él. El odio más intenso bañaba sus pupilas.

-¿La conoces, Hijo? – preguntó el Rey

-¡Claro que la conoce! – Contestó una colérica y gruesa voz – ¡Le partió el corazón a mi hija la primavera pasada!

Todos en el Salón giraron el rostro para ver al cabizbajo príncipe que, sin saber cómo, había quedado plantado justo a la mitad.

Oh, sí. Esa historia sería la única que, probablemente, jamás olvidaría. El cómo, esa mañana cuando había salido en busca de aventuras, el aclamado grito de una femenina voz le había llevado al interior de los oscuros espesos del bosque y ahí se había encontrado con la princesa más fea que haya podido ver en toda su vida.

Y es que su corazón era débil con las mujeres, pero existían sus pequeñas excepciones en el asunto. Excepciones que tenían el nombre de Heidi de Artomesi.

Aún así, como valiente caballero, la había salvado de manera heroica. ¡Ahora era cuando supo que lo mejor hubiera sido dejado atorada entre las lianas!

-¡Oh, Príncipe Anthony! – El chico hizo una mueca. ODIABA que le dijeran "Anthony" – ¡Pensé que vuestro corazón era puro y veraz al decir que me amabais!

-Pero yo nunca dije eso...

-¡Ah! – El rugido del viejo marqués le volvió a interrumpir – ¡¿Cómo osáis afirmar que las palabras de mi hija son una calumnia?!

-Con todo respeto, Excelencia. Os puedo asegurar que jamás le hablé de amor a vuestra hija. A lo único que me limité, fue a salvarla cuando su vida pendía de las raíces de un árbol (literalmente).

-¡Miente, Padre!

-¡Por supuesto que no miento! – Se defendió Edward y, efectivamente, él decía la verdad - ¡Quisiera creer que afirmáis tal despropósito impulsada por el despecho que sentís al rechazar yo la petición de matrimonio que me hicisteis...!

-¡Ahhh! – sí. Otra vez, fue atajado por el Marqués Artomesi – ¿Pero qué decís, muchacho insolente? ¡Os atrevéis a mancillar el honor de mi hija, diciendo que fue ella quien estaba dispuesta a entregarse a vos! ¡Vuestra blasfemia merece un castigo! ¡Lo exijo! Aunque puedo concederos una oportunidad que tomaréis si sois inteligente. Pedid disculpas humildemente y aceptad casaros con mi hija...

–¡Eso jamás!

Craso error. Los ojos del marqués enrojecieron ante la ira. La condena del Príncipe de Voltarie estaba firmada con sangre.

–¡Luciooo! ¿Dónde está Lucio?

– Excelencia, os pido, por favor, que os tranquilicéis y le permitáis a mi hijo expresar su versión de los hechos – intentó razonar el Rey Carlisle, de manera inútil, pues el marqués desgastaba su garganta llamando al viejo mago que apareció a los pocos segundos.

La Reina Esme corrió hacia Edward y lo cogió entre sus brazos, temiendo lo peor.

– Os advierto que si intentáis impedir que se cumpla mi castigo, vuestro reino tendrá que lidiar con el ataque de mis hombres. Así que, tenéis la oportunidad de escoged, Majestades. O es vuestro hijo quien repare semejante afrenta o se derramará sangre de gente inocente.

-Piedad, Excelencia. Es sólo un muchacho – suplicó la hermosa reina.

-Un muchacho sin razón, Majestad – bramó el marqués – ¡He investigado a vuestro hijo y tengo bien entendido que es un hombre de alma débil para los rostros femeninos! Por todos los alrededores, a orillas del bosque, en las cimas de las montañas, detrás de los lagos, tiene a mujeres esperando por él. Su nombre está impregnado en el corazón de toda doncella que se ha encontrado. Y no podrá Vuestra Merced contradecirme cuando me atreva a sostener que esa actitud no es digna de un heredero al trono.

– Pero es muy joven para morir... – susurró la Reina, con las lágrimas bañando sus ojos.

–¿Y quién ha dicho que él morirá?

–¿Ah, no? – se sorprendió Edward.

Eso hacía todo más fácil para él, que, desde hacía ya varios minutos, había elegido qué opción tomar. Y es que él podía ser todo lo anteriormente dicho, pero amaba a su familia y a su reino. Jamás permitiría que éstos expiaran sus faltas.

–¡No! La muerte no es ningún castigo – se justificó el viejo – Su pago por la falta de palabra al hablarle al corazón de una mujer, y, peor aún, por ser una de ellas mi adorada hija, será el exilio.

–¡¿El exilio?! – repitieron todos.

–¡Sí, el Exilio! Lucio lo mandará a tierras lejanas y desconocidas y jamás podrá regresar a este reino.

–¡Oh, por favor! ¡No!

–Esperad, Madre – interrumpió, llamando la atención de todos – Os suplico que no hagáis nada para impedir la voluntad del Marqués.

–Pero Edward...

–Os amo. A ti y a mi padre. A mi reino... Vosotros no tenéis la culpa de mis errores y, por lo tanto, no tenéis que pagar por ello.

– ¡Al fin algo coherente! Pensé que carecíais de cerebro.

Edward ignoró las despectivas palabras del carcamal y besó la frente de su madre.

–Lucio, ¡empieza con el ritual! Manda a este mequetrefe lejos de aquí.

El mago comenzó a decir las palabras de un conjuro y el pánico abordó a cada uno de quienes se encontraban en la estancia.

-¡Un hada! – Exclamó entonces una inesperada voz. – ¿Dónde hay un Hada Madrina?

–¿Hada Madrina?

–¡Sí! ¡Necesitamos una para que contrarrestare el hechizo!

Todas las miradas que le fueron dedicadas al enorme muchacho que acababa de aparecer, en medio de grandes zancadas, estaban cargadas de apática incredibilidad.

– Emmett, las Hadas Madrinas sólo cuidan a las princesas – recordó Edward

¡Maldición!

– Podrá no haber un Hada Madrina para ti, primo, pero, ¿Quién ha dicho que no puedes tener un Hado Padrino?

Edward se lamentó por haber abierto la boca. Ahora, realmente estaba perdido. Más que perdido, estaba acabado, muerto... pisoteado. ¿En qué momento había entrado Emmett a esa sala?

-¡No os preocupéis, Tía, he ideado un plan para que nuestro príncipe no sucumba ante las maldades de este hombre! ¡Yo desharé el conjuro, transformándolo en otro mucho más conveniente!

– Emmett, ¿Qué haces aquí? ¡Tú no sabes nada de magia! – exclamó el atormentando muchacho, mientras el hechizo seguía siendo invocado por el viejo mago y una espesa neblina comenzaba a bañar sus pies.

–Tal vez no tengo los mismos conocimientos de un gran hechicero – reconoció el fornido príncipe, con gesto apenado – pero creo que algo podré hacer para que tengas una manera de regresar con nosotros.

–¡Si él regresa, será únicamente para ir a la horca!

–Eso sólo pasaría si, por algún motivo, llegase a pisar las tierras de vuestro reino, Excelencia – recordó Carlisle

– Emmett, por favor, haz lo que puedas para salvarlo – pidió la desesperada reina, al ver que la neblina comenzaba a cubrir las rodillas de su hijo

El chico asintió y, tocando el hombro de Edward (que tembló de miedo por lo que se le fuera a ocurrir a su primo), comenzó a decir, con voz exageradamente seria.

No, por favor, no...

-Edward Anthony Masen de Voltarie, irás a una era desconocida, sí, efectivamente. Pero, en lugar de quedarte atrapado en ella, podrás regresar a tu hogar justo en el momento en que te le declares, sinceramente, a una hermosa doncella y ella te responda de igual manera y con el mismo sentimiento...

¿Pero qué diantres...?

–¿Qué has dicho?

–Sin tantas palabras, que tendrás que encontrar al "Amor Verdadero"

–De todos los malditos hechizos que hay para contrarrestar un embrujo ¿Tenías que elegir precisamente el que pone como condición que me tengo que "ENAMORAR"?

–Todas las Hadas hacen lo mismo, ¿por qué yo no?

Edward puso los ojos en blanco. Su frustración era tanta, que apenas sí se daba cuenta que la espesa bruma ya le cubría hasta el pecho.

–Falta poco – susurró alguien.

Emmett salió corriendo y regresó casi al segundo después.

–Lleva esto contigo, primo – recomendó, mientras alargaba su mano para que éste tomara una bolsa llena de monedas de oro, un morral con agua y pan y una espada, así como una pequeña piedra en forma de triangulo.

–¿Y esta piedra qué?

–Es el objeto que reaccionara cuando el conjuro se haya roto. Ella misma te traerá de vuelta.

–¿Por qué una piedra? – exigió saber él.

–No lo sé. Tú... solo llévala y guárdala bien.

Edward suspiró con resignación. ¿Por qué se preocupaba? Seguramente el supuesto sortilegio de su primo ni siquiera surtiría efecto... La neblina le envolvió por completo. Emmett sostuvo su mano y le dio un apretón, antes de que sintiera los parpados pesados y las rodillas sin fuerzas.

Y así fue como nuestro joven príncipe cayó en un profundo letargo, sin saber siquiera que su cuerpo ya yacía en otra época, en la cual, todo daría comienzo...