Capítulo 25:

Decisiones

..

―¿Quién eres? – preguntó Edward, cubriendo con su cuerpo a Bella.

El joven muchacho de piel tostada lo miró con detenimiento, hasta que una chispa de reconocimiento surcó sus pupilas.

―¿Acaso no sois vos el Príncipe Edward?

―Él mismo.

―¡Su Majestad! ¡Qué fortuna encontrármelo!

―¿Lo conoces? – preguntó Bella. El príncipe negó.

―Por favor, disculpad mi osadía – se excusó el muchacho, recuperando la seriedad. Hizo una reverencia y agregó – Mi nombre es Seth de Quileutendom, para servirle a Dios y a vuestra Merced.

―Ey, puedes levantar la cabeza – indicó Edward – Cielos. Hace mucho que no me tratan de esta manera y ahora es realmente incómodo. No lo vuelvas a hacer.

―Alteza, vuestra manera de hablar es…

―Rara; sí, lo sé.

Isabella no entendía ni un carajo y, al parecer, no era la única. Los tres tenían una expresión de concurso para cuando el resto apareció en la recepción. En las pupilas de Rose se mostraba el mismísimo infierno (si algo odiaba era interrumpir sus sagradas horas de sueño); Alice se tallaba los ojos con una mano; Emmett se estiraba al mismo tiempo que su boca se abría, dejando escapar un generoso bostezo; y Jasper entrecerraba la mirada, en un intento de bloquear la escasa luz de la calle que se lograba filtrar por las cortinas.

Edward se relajó al notar que el chico, fuera de peligroso, parecía un animalito asustado frente a tantas personas.

―¿Y este quién es? – farfulló Rose

―Eso intentamos averiguar – contestó Bella. ―¿Qué haces aquí?

―Estoy buscando al hijo del Rey – Eso era algo nuevo, mucho mejor que escuchar "Estoy buscando a mi amor verdadero". La castaña sintió instantánea simpatía por el jovencito – Hace cerca de cuatro años desapareció del reino. Hemos recorrido diversos mundos, pero todo ha sido en vano. El reino de Quileutendom le necesita urgentemente, ahora más que nunca.

―¿Hay algún problema? – inquirió Edward.

―Voltarie está a punto de caer en desgracia, Majestad. Se escuchan rumores que usted ha muerto. La Reina, enferma de tristeza, ha rendido en cama y, aunque el Rey Carlisle se mantiene firme y sereno con todo esto, hay personas que saben que es el momento indicado para atacaros.

―¿Atacarnos? – palideció el ojiverde. Isabella también se tensó, como si ambos estuvieran compartiendo el mismo peso – Pero si nosotros somos un reino de Paz, ¿quién querría demandarnos una guerra?

El rostro moreno de Seth se ensombreció al contestar:

―El Marqués Aro de Artomesi. Quileutendom es sólo una de los tantos reinos que ha subyugado. No le importa nuestras tierras, lo que le interesa son nuestros hombres. No se imagina la cantidad de guerreros que ha reunido, todo para levantar armas contra los habitantes de Voltarie.

―Nosotros somos su objetivo principal.

―Exacto.

Algo se movió entre las sombras. Los allí presentes pegaron un brinco y se tranquilizaron al notar que solamente se trataba de Jake.

―Ey, muchacho – dijo Bella, mientras su mascota aruñaba la puerta principal con las patas delanteras – ¿Quieres salir?

Le dejó el camino libre y el perro desapareció por las escaleras al instante. Edward se acercó y observó con detenimiento el vacío que la bola de pelos había dejado atrás.

―¿Pasa algo? – le preguntó Bella al notar la seriedad de su rostro. Una seriedad que no tenía nada que ver con la información que Seth le había dado sobre su reino.

―¿A dónde va el pulgoso?

―No lo sé – la castaña se encogió de hombros y sonrió – Siempre ha sido así desde que lo conocí. De un momento a otro quiere salir y no regresa hasta después de varias horas.

―¿Hace cuánto está contigo?

―Hace cuatro años, más o menos. Al principio me preocupaba demasiado, pero después entendí que era un chico muy inteligente.

―Inteligente – repitió el príncipe, caminando hacia las escaleras – Claro que sí lo es.

―¿A dónde vas?

―¿Podrías cuidar de Seth? Regreso en un momento.

De un salto, bajó las escaleras de tres plantas, aterrizando como un gato, con destreza y sin ruido alguno que le delatara. Al llegar a la planta baja, sus pasos se hicieron más largos y rápidos. Su mirada viajaba por todos lados, mientras recorría la silenciosa avenida. La desolación le resultó toda una ventaja. Bastó con identificar aquel repugnante aroma para saber el camino que el perro había tomado.

Después de haber caminado cerca de unos trescientos metros, se giró para ingresar a un callejón y, tras dar unos cuantos pasos, se detuvo. Sus labios esbozaron una sonrisa que, fuera de gracia, representaba una completa apatía. ¿Cómo es que no lo había notado antes?

―Debo reconocer que los rumores sobre tu hábil destreza son ciertos. No supe que me habías seguido hasta que estuviste atrás de mí.

―No es complicado seguir el rastro de algo que huele a perro mojado.

El joven que se encontraba de espaldas, dio media vuelta y finalmente encaró al príncipe. Ambos se miraron fijamente, con odio, por un momento.

―Maldito aprovechado – siseó Edward – ¿Hasta cuándo pensabas decirle la verdad?

―No tengo por qué darle explicaciones a pedazos de imbéciles como tú. – contestó el otro muchacho y empezó a caminar. El príncipe lo frenó, tomándolo del brazo con rudeza.

―¿A dónde crees que vas?

―A casa, ¿A dónde más?

―¿Estás demente? ¿Qué piensas hacer al llegar? ¿Ladrar? ¿Cómo crees que lo tomará Bella?

―No me vengas con eso – escupió él – Yo soy quien más la conoce, he estado con ella durante años. Nadie, más que yo, sabe predecir cada una de sus reacciones. Así que, si me disculpas, tengo un par de golpes que recibir y un reino al cual defender.

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Isabella no tenía ni la más exigua idea de lo que estaba sucediendo. Primero, un jovencito se materializa en la casa, a través de una nube de humo, y les dice que allá, en el país encantado, calamidades están siendo realizadas por un tío que se le figuraba al hermano gemelo de Lord Voldemort. Después, Edward desaparece y regresa con un tipo que, al verla, se acerca y pronuncia su nombre como si se tratara de un viejo amigo.

―¿Quién eres? – exigió saber. Estaba segura de no conocerlo. Sí, lo sabía, su memoria no era algo en lo que podía confiar pero suponía que una imagen como tal era de esa clase de cosas que, por muy mala retención que se tuviera, se quedaría grabada de alguna u otra manera.

Es decir, no todos los días te tropiezas con un tipo que mide más de dos metros en Forks.

Su supuesto conocido le regaló una sonrisa, una sonrisa demasiado blanca (no deslumbrante, simplemente blanca). Y, aunque podía apostar su alma que jamás antes se lo había topado, le pareció que había visto esa sonrisa en algún lado.

―Sé que no te gustan las presentaciones formales, así que te lo digo sin tantos rodeos – dijo el nuevo invitado. Entre más lo miraba, más se confundía. El color rojizo de su piel y el negro penetrante de sus ojos también le recordaban a algo. – Mi nombre es Jacob Alexander Black de Quileutendom, pero tú me llamas Jake.

Jake. Eso era. Ese muchacho le recordaba a Jake. Soltó una pequeña y burlona risita. Era tonto, pero ese joven se parecía a su enorme y peludo amig…

No.

Un momento.

"Tú me llamas Jake"…

No se parecía… No es que se lo recordara… No es que fuera tonto…

Ese muchacho era Jake. Su Jake.

A lo lejos, escuchó un ruido extraño, algo así como un crujido, casi al mismo tiempo que en su puño se instalaba un agudo dolor. Correcto. Sin planearlo, había golpeado al bastardo que tenía enfrente con toda su fuerza y percatarse de ello no le provocaba culpa alguna; todo lo contrario, estaba muy orgullosa de sus impulsos.

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―Entonces, dime si he comprendido bien – solicitó Rose, yendo de aquí a allá por el pequeño espacio de la sala – Tú eres un príncipe, pero hace un par de horas, eras un perro.

―Un lobo – corrigió el moreno

―Genial – ironizó la rubia – Sabía que debía echarte a patadas de aquí desde que Bella te trajo.

―Lástima que no lo hiciste. Ahora es demasiado tarde – sonrió Jacob, de manera provocadora.

―Señorita Rosalie – interceptó Seth – Si me permitís aclararos algo. Mi amo no es sólo el príncipe, sino el legítimo heredero al trono de Quileutendom, sólo que, desde años atrás, él se ha rehusado a tomar su lugar.

Isabella apretó los puños mientras veía a Jacob tan despreocupado, tan cómodo, desparramado sobre el sillón, con sus largos brazos abarcando todo el ancho del respaldo, como si nada estuviera pasando, como si la verdad que acababa de delatar fuera algo sencillo de digerir.

―¿Estás bien? – le preguntó Edward, acomodando una mano sobre su hombro.

Ella negó con la cabeza. Por supuesto que no estaba bien. Necesitaba salir de allí, dejar de ver a ese tipo lleno de mentiras.

Apenas y pudo dar unos pasos fuera de la casa. Cuando comenzaba a andar por las escaleras, resbaló y rebotó tres gradas abajo. Vociferó una extensa maldición y permaneció allí sentada, con la cabeza entre las manos y un molesto ardor en el trasero.

―Ten más cuidado – Edward se sentó a su lado. ―¿Cuántas veces te has lesionado hoy?

―Ya estoy acostumbrada

Él sonrió y elevó su mano para apartar la maraña caoba que crinaba su rostro.

―¿Podrías dejarnos solos? – terció una voz tras sus espaldas.

Isabella la reconoció al instante, pese a que tenía poco de haberla escuchado, así que, cuando volvió la vista hacia atrás, lo hizo con rabia acumulada en sus pupilas.

Edward se marchó. No es que la idea le gustara, era, simplemente que no se sentía con derecho de privarlos a una discusión.

Jacob ocupó el lugar vacío que el príncipe había dejado.

―¿Cómo está tu puño? – preguntó, pero no obtuvo una respuesta de regreso, así que agregó: - Sabía que me golpearías, pero nunca creí que fuera con tanta fuerza. Creo que casi me tiras un diente.

―Entonces no fue lo suficientemente fuerte – siseó ella.

―Bella, comprendo que estés enojada, pero déjame explicarte…

―Demasiado tarde. Tuviste cuatro años para hacerlo. Ahora no quiero escucharte.

―Quieres escucharme – discutió él – Te conozco. Si no quisieras hacerlo, te hubieras marchado ya.

―No es que no quiera irme. Me duele el trasero.

―Te hubieras marchado ya, importándote poco el dolor de tu trasero.

Los ojos de Isabella se encontraron con los del muchacho y vio en ellos la misma mirada inteligente, fiel y astuta de su antiguo amigo.

―Confiaba en ti – acusó, percatándose que, más que molesta, se encontraba defraudada y triste.

―Puedes seguir haciéndolo – apuntó él

―¿Confiar en ti? ¿Cómo? – reprochó

―Pensé decirte la verdad poco después de que me trajeras a casa y cuidaras de mí – admitió Jacob – pero me di cuenta cómo tratabas al resto de las personas. Las tratabas de manera distinta, tajante, mientras que a mí me llenabas de mimos y caricias…

―¿Y eso no es motivo suficiente para que hubieras abierto el hocico y decirme lo que realmente pasaba?

―Me tratabas así porque pensabas que yo no era humano – concluyó él con seriedad – porque estabas segura que no te traicionaría. Por eso decidí permanecer un poco más de esa forma, para cuidarte, pero poco a poco comprendí que había cometido un error y que decirte la verdad, seguramente, me costaría tu amistad. Por eso callé tanto tiempo, porque quería buscar un momento apropiado para desaparecer como Jake y presentarme ante ti como un hombre. Mis planes salieron mal. No contaba con que me volvería a encontrar con mi pasado… Bella, lo siento. Sé que es difícil lo que te voy a pedir, pero, confía en mí. Sigue confiando en mí.

―Eres un idiota.

―Sí que lo soy.

La castaña cerró los ojos y dejó que su frente descansara en los anchos y duros hombros del moreno. Estaba furiosa, no con Jacob, si no consigo misma. Quería odiarlo, pero la verdad es que cada vez se sentía menos molesta y más cercana a él, como si, en el fondo, aceptara su propuesta, como si, en el fondo… ella siguiera considerándolo su mejor amigo.

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―Debí de haber hecho algo sumamente bueno en mi otra vida – sollozó Seth – No puedo creer que, finalmente, os he encontrado, Alteza.

―Deja el sentimentalismo y el formalismo a un lado, Seth – indicó Jacob – No puedo creer que, ni bien me ausento unos cuantos años, Quileutendom cae en desgracia. ¿Qué mierda está haciendo Sam?

―El Rey logró escapar junto a otras personas y ahora se encuentran ocultos en el bosque.

―¿Desde cuándo?

―Hace un año, aproximadamente.

―Tengo una duda – expresó Alice, con timidez – ¿Cómo es que Su Alteza se trasladó a esta época y cuál es la condición para revertir el hechizo?

―No hay condición que cumplir para regresar – contestó Jacob –A diferencia de ustedes, no estoy aquí contra mi voluntad. Fui yo mismo quien realizó el hechizo para salir de Quileutendom, aunque, como era de esperarse, la poción tuvo efectos secundarios. De día soy estrictamente un lobo, de noche puedo regresar a mi forma humana, si lo deseo. De igual manera, puedo irme cuando me plazca. Y ahora, se me ha antojado dar un pequeño viaje.

―¿Te irás? – preguntó Bella, aparentando más preocupación de la que le hubiera gustado.

―Veo que sin mí, el idiota de Sam no puede hacer nada.

―¿Cuándo?

―En la noche. Necesito que Seth me dé más detalles sobre lo sucedido.

―Yo también voy – anunció Edward.

El rostro de la castaña palideció hasta lo imposible. Todos lo notaron, pero nadie mencionó ni una sola palabra.

―Yo te acompaño, primo – ofreció Emmett – Puedes contar con la ayuda de Macath.

―Y con la de Brendamia – apoyó Alice.

―Ingenuos – sonrió Jacob con ironía – ¿No se les olvida algo? Están hechizados.

―He escuchado rumores sobre la posición de tiempo que tu gente crea.- dijo el príncipe – Se dice que es muy poderosa. Podemos intentarlo.

―¿Y qué piensas hacer si no funciona?

Edward abrió la boca, pero la volvió a cerrar, sin dar una respuesta. Todos los presentes en la estancia dirigieron una fugaz mirada hacia la muchacha que permanecía a su lado, con el cabello caoba ocultando por completo su expresión.

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Isabella alzó la mirada hacia el reloj por trigésima novena ocasión. Cada movimiento efectuado por las manecillas era como una fina aguja ensartada en su estomago.

Alrededor de las seis de la tarde las ganas de vomitar la dominaron y desechó su desayuno en el excusado. Sentía el cuerpo roto, las tripas revueltas y escalofríos le recorrían de pies a cabeza constantemente.

Se lavó los dientes con rigor y se mojó la cara y parte de sus brazos para refrescarse. Estuvo a punto de tomar un baño pero recordó que ya lo había hecho hacía pocos minutos. Se sentó sobre la tapadera del WC y comenzó a jalar del rollo de papel higiénico, doblándolo en simétricos cuadritos hasta que junto cien. Repitió la tarea dos veces más. Se miró al espejo, ignorando las ojeras que habían aparecido de un momento a otro, cogió un cepillo y peinó su cabello en una trenza. Volvió a vomitar. Volvió a cepillarse los dientes… Esperó un momento y, cuando las excusas para permanecer en el baño se extinguieron, tuvo que salir.

Todos seguían presentes en la sala. Se respiraba un ambiente pesado, temeroso. En las horas que habían transcurrido, Rose había anunciado que se marchaba junto a Emmett y el resto. Debía admitirlo, admiraba el valor de su amiga para tomar decisiones. Ella no podía ni siquiera terminar de asimilar que todo esto estaba sucediendo y era real. Demasiadas cosas para digerir de un solo bocado.

Edward se acercó.

―¿Podemos hablar?

Asintió, aunque realmente no quería hablar con él. Estaba demasiado liada, no sabía ni qué pensar, sentir o decir. Estaba desincronizada por completo y temía equivocarse con él, consigo misma.

Se fueron a una recámara.

―No enciendas las luces – pidió ella.

Él comprendió. En medio de la obscuridad, su mano alcanzó el rostro de la castaña. El tacto fue suave, breve, nostálgico. Tenía un desabrido sabor a despedida.

―Discúlpame – susurró él.

―Allá te necesitan.

Bien. Lo había hecho bien. Había dicho lo correcto y no lo que realmente sentía. Porque lo que realmente hubiera querido decir era algo como "Vete al carajo. No te voy a disculpar. Sea cual sea el motivo, me hiciste creer que te quedarías conmigo y, de un momento a otro, resulta que no es así.".

Se quedaría con ese rencor para sí misma, porque era el precio que había de pagar por ser malvada y egoísta.

El príncipe dio un paso al frente, pero ella le frenó con un gesto. Edward no obedeció. Culminó la distancia con un solo movimiento y sus brazos la enrollaron fuertemente, atrayéndola hacia su cuerpo, mientras sus labios se presionaban afligidos, sobre su frente.

En el pecho de Isabella se instaló una punzada aguda, penetrante, al mismo tiempo que pensaba "Disfrútalo. Posiblemente, sea la última vez…"

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Alice apagó el fuego de la estufa y, con un guante, cogió la cafetera y vertió un poco de agua caliente en una taza. Al probar el café, hizo una mueca. Estaba demasiado amargo, sin nada de azúcar. Siguió tomando, pese a lo desagradable que le resultaba el sabor. Era como una forma de obligar a su mente en concentrarse en la bebida para no pensar en algo más.

―Alice – la voz de Jasper se escuchó desde atrás. La princesita dio media vuelta lentamente, aún con la taza entre las manos.

Se miraron a los ojos, en silencio, durante lo que pareció una eternidad, hasta que el rubio dijo:

―Tendrás cuidado, ¿verdad?

Alice asintió. El muchacho se recargó contra la pared, tenía las manos ligeramente empuñadas y veía hacia el suelo. El largo de su cabello cayendo por su cara no permitía que Alice viera su expresión.

Alice dejó la tacita sobre la mesa y se acercó.

―Lo siento – dijo él.

―Está bien – sonrió ella – Mi padre me dijo que sólo hay una cosa que no recibe órdenes y eso son los sentimientos. No es tu culpa que no me quieras de la forma que yo te quiero a ti.

La princesa se apoyó de puntitas y lo besó en la mejilla. Las manos de Jasper, por un momento, desearon aferrarse a ella, pero desistieron en el intento y terminaron yaciendo solas, flojas en el aire, mientras Alice salía de la cocina… para ya no regresar.

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Eran casi las once de la noche. La televisión estaba encendida, transmitiendo un documental de la especie marina. Isabella tenía puesta la mirada en la vieja, enorme, rota y redonda pantalla de la televisión. Se proponía ir a la mañana siguiente a ver los precios de una pantalla plasma. También aprovecharía para pasar a la tienda de música y buscar precios de guitarras eléctricas en internet. El dinero que había obtenido alcanzaba para eso y más, pero debía de economizar. Sostener los gastos de la casa sería más pesado sin Rose. Debía de buscar un trabajo de jornada completa, aprovechando las vacaciones y el tiempo… porque tiempo era lo que más iba a tener de ahora en adelante.

Una enorme mano apareció de repente frente a sus ojos, moviéndose de arriba abajo, como una especie de parabrisas.

―Planeta Tierra, llamado a Isabella Swan.

Parpadeó un par de veces y se echó para atrás, un tanto sorprendida, hasta que al final fue capaz de reconocer al moreno que le estaba hablando.

―Jacob.

―Me gusta más cuando me dices Jake, me hace sentir más cercano a ti – el muchacho se sentó a su lado - Vamos, Bella, deberías de verte en un espejo. Pareciera como si el mundo se fuera a acabar.

La castaña escupió una risita carente de humor. Por supuesto que el mundo no se acababa. Sin embargo, el fin de la humanidad no era la única razón para sentirse como se sentía.

Jacob tomó sus manos sin permiso. Isabella notó que su cercanía era cálida y reconfortante aún siendo humano y la situación se tornó mucho peor al descubrir que, oh, jodida sorpresa, se sumaba otro nombre (uno que nada tenía que ver con su mascota) a la lista de personas que mandaría a la mierda por decidir irse.

―Te ves mejor cubierto de pelos – se zafó, antes de que empezara a acostumbrarse a la nueva sensación de alivio que Jacob transmitía.- ¿Estás listo?

―No del todo. Aún no sé si me has perdonado.

―Por supuesto que no. No es así de fácil.

―¿Sigo siendo importante para ti?

―No imaginé que fueras tan vanidoso.

―Voy a regresar – prometió el moreno, mirándole a los ojos – Sé que no soy la persona que quisieras que te dijera estas palabras, pero, mejor escucharlas de mí que de nadie, ¿no crees?

La puerta de la habitación se abrió antes de que ella pudiera siquiera pensar en una respuesta. Vio a Edward de pie. Sus ropas eran las mismas que vestía cuando lo conoció. Quiso reírse, porque era realmente cómico darse cuenta cómo había cambiado su percepción hacia él en el tiempo que había transcurrido (ahora podía decir que la capa y la manta negra no le sentaban para nada mal), pero lo único que pudo hacer es permanecer quieta, mirándolo fijamente, como idiota.

"Voy a regresar", Edward no había dicho nada sobre eso y no sabía si sentirse agradecida o más molesta porque él no le veía lo suficientemente estúpida como para creer que la podía engañar.

Alice también apareció. Su largo vestido azul, de finas costuras y delicados detalles bordados, resaltaba la palidez de sus rasgos y la gracia de su pequeña figura. Se paró a un lado de Edward y la imagen que crearon en conjunto era difícil de describir. Definitivamente, algo había salido mal allí. Ellos lucían tan bien juntos. Ambos eran hermosos y elegantes sin necesidad de ostentosidad.

Emmett llegó al último, llevaba colgada del hombro una pequeña maleta. Rosalie le acompañaba. Sus manos iban agarradas. Su amiga lucía nerviosa, pero decidida.

―¿Están todos listos? – preguntó Seth.

Rosalie, Alice y Emmett afirmaron con un gesto de la cabeza. Edward miró a Isabella a través de la distancia, con el dilema de si acercarse o permanecer lejos impreso en su semblante. Ella apenas y pudo soportarlo. Se obligó a huir del par de penetrantes ojos color esmeralda que no hacían más que lastimarla y confundirla.

El príncipe finalmente asintió.

Seth dibujó un círculo blanco en el suelo e indicó que pisaran dentro. Los chicos obedecieron. Alice buscó con la mirada a Jasper, sin hallarlo. Seth empezó a recitar el conjuro, mientras pasaba una botellita de cristal con el brebaje mágico. A Bella le comenzaron a zumbar los oídos. Una nube de humo se fue formando a los pies de los viajeros. Los latidos de la castaña se hicieron pesados y dolorosos conforme las rodillas de Edward iban desapareciendo tras la neblina.

"No te vayas" intentó decir, pero no recordaba la manera de hablar. "Quédate", quiso alcanzarlo, pero su cuerpo no reaccionaba.

―¡Alice!

La neblina se disparó hacia el techo justo cuando Jasper alcanzaba la mano de la princesa. Isabella dejó de respirar. Intentó detenerlo, intentó frenar aquel instinto que la estaba dominando. No quería olvidarlo, pero sus ojos comenzaron a sentirse pesados.

"Todo fue un sueño… "

"Él nunca existió…"

"Ninguno de mis amigos…"

"Nunca los conocí…"

"Siempre ha sido así, yo viviendo sola en el departamento…"

"Todo fue…"

"Únicamente fue…"

"… Una pesadilla"

¡POM!

Algo estalló, haciéndola reaccionar.

―¿Qué sucede? – escuchó la voz de Jacob.

―El hechizo de Edward no puede ser revertido por la poción – contestó Emmett.

―Debemos hacer algo rápido – indicó Seth – O algo puede salir mal.

―Me quedaré – anunció Edward, a punto de salirse del círculo, cuando algo lo empujo de regreso.

―¡Bella…!

―Te quiero – susurró la castaña, bajito, muy bajito, que nadie, más que él, escuchó.

La neblina volvió a brotar con más intensidad, cubriendo a todos los muchachos y, luego, al departamento entero que, en cuestión de segundos, quedó vacío y en completo silencio.

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Entre sueños, Isabella podía distinguir aquellos sonidos: La suave corriente de un río, el trinar de varios pájaros, las hojas moviéndose por el viento. Ja; todo parecía como si estuviera dentro de algún cuento de hadas…

¡Abrió los ojos de golpe y permaneció quieta!, tendida sobre lo que parecía pasto verde y fresco, como si el más mínimo movimiento que realizara pudiera llegar a ser fatal.

Recorrió los alrededores con la mirada, lentamente… y estuvo segura de una cosa: El lugar en donde estaba, no era Forks.

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Esta vez no tardé, ¿verdad? Bueno, les dejo este capítulo antes de entrar a clases, así que espero les haya gustado porque, ya saben, entrando a la universidad apenas y tengo tiempo de respirar :-P. En fin, no me maten, no se maten, todas tranquilas… prometo actualizar en cuanto pueda. Saludos y gracias por su paciencia ^^